DELEGACIÓN DIOCESANA DE PASTORAL DE LA SALUD
Archidiócesis de Madrid
LOS SANTOS Y LA ATENCIÓN A LOS ENFERMOS
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En la Iglesia seguimos a Jesucristo su fundador y el Evangelio que como Buena Noticia nos trasmitió. Sabemos que el mayor mandamiento entre todos los de la Ley es el amor: “Maestro le preguntaron ¿Cuál es el mandamiento mayor de la Ley? El le respondió: Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón con toda tu alma y con toda tu mente”. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 36-39).Las muchas acciones de Jesús que describen los Evangelios; las parábolas que presentó en su predicación, las reflexiones de la última cena que recoge San Juan en los capítulos 13 al 17 culminándolas con la oración sacerdotal, lo confirman. Jesús lo tiene claro. Este es su ser de Mesías. Lo expresa al iniciar su vida pública, cuando en la sinagoga de Nazaret, le entregaron el libro de Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos y dar la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 17-19).Más tarde ante la pregunta de los discípulos de Juan el Bautista ¿eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? … responde: “Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (Lc 7, 20.22).Jesús presenta esta llamada de forma muy directa en la parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 29-37). Después de todo el relato hay una gran invitación, ahora vas tú y haces lo mismo. A la figura del Buen Samaritano Juan Pablo II dedicó todo el capítulo VII de su Carta Apostólica “Salvifici Doloris”. Con esta parábola, según el Santo Padre, Cristo quiere responder a la pregunta ¿quién es mi prójimo? Solamente el Samaritano demostró ser el prójimo del hombre infeliz robado y herido por los ladrones. La parábola del buen Samaritano indica cuál debe ser la relación de cada uno de nosotros con el prójimo que sufre. No nos está permitido pasar de largo, sino que debemos pararnos junto a él. Buen Samaritano es todo hombre que se para junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que ése sea. Esta parada no significa curiosidad, sino más bien disponibilidad. Después de un análisis de la parte compasiva de la dedicación a losdemás en su sufrimiento, el Papa pasa a un análisis de la ayuda ofrecida en el sufrimiento de cualquier clase que sea, de forma eficaz, como donación de sí mismo, que puede poner en peligro la propia vida, como ha sucedido en muchos casos de los enfermos infecciosos cuando no se han podido tener las condiciones necesarias para no ser infectados. De la parábola del Buen Samaritano, el Santo Padre pasa en su análisis al texto de Mt 25, 31-46, en el que Jesús manifiesta en el juicio final como hecho a El mismo cuanto se hace a los demás: “Venid benditos de mi padre porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber”, etc. Muchos cristianos, consagrados y no, como profesionales se han dedicado a las personas en su sufrimiento. También lo han hecho muchas personas como voluntarios dedicando su tiempo y sus conocimientos. La Iglesia ha tenido y tiene un gran ejército de personas que han dedicado sus vidas de forma especial a los demás, sobre todo, en sus necesidades, en su sufrimiento. 2.La entrega a los demás de forma heroica El misterio pascual de Jesucristo, pasión, muerte y resurrección, es testimonio de su entrega heroica, para redimirnos, al Padre y a nosotros. Este misterio pascual fue predicho en varias ocasiones. Una de ellas la recoge el evangelista Marcos: Jesús iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará” (Mc 9, 31). No es fácil llegar a comprender que hay que dar la vida por los demás. Pero cuando se logra es un gran camino de sentido de vida, de crecimiento espiritual. Una entrega de gran valor es la de la vida ordinaria. Saber levantarse cada día con la fuerza que nos da el Señor, con el gozo de iniciar la jornada como una nueva oportunidad para dedicarnos a los demás, con el agradecimiento por la salud, los que la tenemos y dedicar con generosidad nuestro ser y nuestro tiempo con gozo a la Iglesia, a las personas, al trabajo, a los que sufren, es un gran testimonio, es una heroicidad. Muchas jornadas llenas de contenido, de experiencias de contactos con enfermos y necesitados, personas a las que hemos ayudado en sus necesidades morales o espirituales, personas a las que hemos ayudado en sus realidades físicas. Es verdaderamente un privilegio. Las circunstancias han llevado a que, en algunos momentos, muchos cristianos hayan tenido que dar su vida hasta la muerte. El martirio de muchas personas por la causa de Cristo es realmente testimonio de una entrega por la confesión de la fe y por amor a Dios. No nos corresponde actualmente detenernos en ellos. Nuestro objetivo es presentar la vida de los santos y beatos que se han dedicado a la cura de los enfermos infecciosos. Su entrega fue heroica. En algunos casos no llegaron a ser contagiados de la enfermedad, en otros murieron a causa de la misma. 3.Testimonios de santos y beatos que se dedicaron a los enfermos infecciosos. Es sorprendente cuando se va a consultar el “Año cristiano” la cantidad de testigos que existen que a lo largo de la historia de la Iglesia se dedicaron en vida a atender enfermos con enfermedades infecciosas. Voy a detenerme en algunos de ellos. 3.1 Santos y beatos muertos a causa de epidemias al servicio de los enfermos
3.2 Beatos que dedicaron su vida al servicio de los leprosos aunque no se contagiaron de la enfermedad.
4. Comentarios biográficos Dependiendo de los conocimientos históricos que podamos tener, de los vínculos afectivos al ser miembros de nuestras Congregaciones religiosas, de la devoción o curiosidad que tengamos por algunas figuras, algunos de estos santos o beatos pueden ser conocidos por muchos o todos nosotros, pero muchos pueden ser totalmente desconocidos.
La situación de nuestro mundo en muchas partes es mejor de siglos anteriores. Los medios que tenemos a nuestra disposición para combatir las enfermedades nos dan mucha garantía. La higiene, la asepsia, los instrumentos que impiden los contactos directos (guantes, caretas, etc.) hacen que la posibilidad de contagio sean mínimas. Existiendo enfermedades infecciosas tenemos muchos más medios para combatirlas y si bien en algunos casos puntuales podemos llegar a ser infectados, ha sido por falta de cuidado, por promiscuidad, por contactos íntimos entre personas infectadas. Aunque también pueden darse casualidades que nos pueden llevar a la infección. 6. Conclusión El testimonio de nuestros santos nos da una posibilidad de reflexión para el futuro. Por una parte valorar que en la Iglesia se han dado personas muy entregadas: laicas y laicos, mujeres y hombres, entre ellos un monarca, sacerdotes y diáconos, religiosas y religiosos, que han vivido con una entrega generosa a las personas infectadas, de una enfermedad crónica, o a las personas que habían sido víctimas de una peste, del tifus, de enfermedades que pasan arrasando y acabando con la vida de los afectados. Podemos afirmar con satisfacción que la Iglesia ha sido pionera y constante en su amor hacia los débiles, los marginados, los pobres y, sobre todo, los enfermos y desvalidos. Estos han constituido y constituyen el objeto preferencial de su amor, siguiendo el modelo encarnado por Jesús. Los santos recordados, han tratado de ser testigos de Jesucristo que se entregó hasta la muerte por manifestar su amor misericordioso a los hombres. Ellos se han entregado al servicio de personas necesitadas hasta su propia muerte, habiéndoseles considerado mártires del servicio. Muchas Constituciones de las Congregaciones u Ordenes Religiosas contemplan la posibilidad de que llegue la necesidad de ese tipo de entrega heroica como es el caso nuestro “a prestar la asistencia a los enfermos y necesitados, con todos los servicios por humildes que sean, incluso con peligro de la propia vida, a imitación de Jesucristo, que nos amó hasta morir por nuestra salvación (Const 22). Innumerables han sido los que en este servicio han fallecido a lo largo de la historia de la Iglesia, cuya santidad no ha sido reconocida públicamente. Deben ser siempre testigos de la entrega de su vida con gran amor y deben ser llamada para dedicarnos con generosidad en nuestra forma de ser hoy apóstoles de la caridad. Como personas dedicadas a la asistencia a los enfermos por vocación, debe ser un gran reto el saber responder en cada necesidad. Tenemos muchos más medios que han tenido nuestros antepasados, debemos estar muy atentos a que por imprudencias no se den contagios, pero incluso puede darse el caso que, aún estando atentos, se puedan dar estar infecciones. Sin querer minusvalorar otro tipo de enfermedades infecciosas hoy la gran pandemia es la del VIH/SIDA. Su aparición provocó una gran sorpresa, muchos se vieron víctimas de una realidad impensable, que en los países menos desfavorecidos continúa a atacar. Ha habido desconocimiento de la realidad, ha habido formas de vida basadas en satisfacciones inmediatas y con una falta de asumir ideales de vida que puedan dignificar a las personas. Tenemos que decir que no en todos los casos. La dedicación de nuestros santos a los enfermos infecciosos es una gran llamada a dedicarnos a la educación y prevención de nuestros pueblos, gracias a Dios a poder ofrecer una vida digna si no con la desaparición de la infección del virus sí con la posibilidad de convivir con la enfermedad, a promover unidades en la que los más avanzados en la enfermedad puedan ser acompañados adecuadamente con los cuidados paliativos, a tener la comprensión con dichos enfermos sobre todo cuando sus pautas de vida no son las del Magisterio de la Iglesia ofreciéndoles siempre nuestro amor generoso, porque como dice Benedicto XVI donde hay amor está Dios, porque “Dios es amor y se hace presente justo en los momentos que no se hace más que amar” (DCE 31c). Que el Señor en esos momentos nos dé la capacidad de darnos con generosidad, asumir cuanto nos ha acontecido y sentirnos identificados con Cristo que murió por nosotros, sentirnos identificados con los mártires de la Iglesia que dieron su vida por confesar la fe y con los mártires que podemos denominar del amor y de la hospitalidad. P. PASCUAL PILES FERRANDO, O.H. |