Archidiócesis de Madrid LOZANO BARRAGAN
PERFIL DEL MAESTRO CATÓLICO
DE MEDICINA+ Javier Card. Lozano Barragán
Introducción
En la siguiente reflexión trataré en especial de atender al último calificativo, "católico". La pregunta se impone, ¿realmente se diferenciará un maestro de medicina no católico de un maestro de medicina católico?; y si esto fuera posible, ¿en que consistirá esta diferencia?.
Tratando de responder a estos interrogantes trato de empezar siguiendo esta secuencia: el maestro como el que enseña, el maestro como profesor, y el maestro como católico.
Hablar del maestro es hablar de la cultura. La cultura se ha definido de muchísimas maneras, aquí la entiendo como la humanización de la naturaleza. Entiendo por naturaleza todo lo que está fuera del sujeto y que necesita para vivir. La educación, entendiendo así la cultura, será la asimilación de la cultura. Para entender el proceso de la educación es necesario comprender el proceso de la cultura. Esta abarca cuatro etapas fundamentales: introspección, tradición, asimilación y progreso. En la introspección el sujeto se da cuenta de sus propias necesidades; en la tradición ve que se le ofrece para llenarlas; en la asimilación, las llena; y en el progreso, detecta nuevas necesidades y procede a crear nuevos satisfactores que no ha encontrado en la tradición.
I. El profesor
católico de
medicina
1. El maestro de medicina
como
"enseñante"
El maestro es un
enseñante, enseña. Enseñar es una
palabra derivada del latín "Insignare" que
significa señalar. El maestro señala al
alumno aquello que el alumno necesita y debe apropiarse.
Esto significa que el maestro primero que todo necesita
conocer qué es lo que necesita el alumno para
guiarlo en su propia introspección y darse cuenta
de sus propias necesidades.
Una vez que el maestro enseña al alumno a conocer sus propias necesidades, le señala en la tradición aquello con lo cual puede llenarlas. Esto es lo que se suele llamar "bien cultural".
Detectado el "bien cultural" le señala también el camino para poder apropiarse de dicho bien y asimilarlo.
Debe también señalar nuevos horizontes, tanto en el ramo de las necesidades como en el ramo de posibles nuevos horizontes. Enseña como algo necesario la investigación que lleve a "crear" nuevos bienes culturales.
La cultura médica, consecuentemente, consiste en la humanización de la medicina, y la educación médica, en la asimilación de la humanización de la medicina. El cometido del maestro de medicina es señalar al alumno de medicina cómo asimilar la humanización de la medicina.
Siguiendo los pasos de toda cultura, en la etapa de la introspección, debe el maestro de medicina señalar al alumno el camino para que sea el mismo alumno que encuentre las necesidades que tiene que lo lleven a buscar la tradición médica como un satisfactor a las mismas. Aquí radica en primer lugar la aptitud o no aptitud de un alumno para aprender la cultura médica. Si sus necesidades, que están conexas con sus capacidades, no son aquellas que se llenan con la cultura médica, el maestro debe señalar al posible alumno que no es el caso de que sea educado en una cultura que no necesita, o para la que no es capaz.
Superado el paso de la introspección en la cultura médica, el maestro de medicina debe señalar la tradición médica. Esto es, todo el conjunto de "bienes culturales" médicos que existen. Aquí se encuentra todo el complejo terreno de las ciencias, técnicas y arte médicos. El maestro de medicina debe dominar este terreno, o, dada la complejidad del saber médico actual, al menos la especialidad en la cual él se encuentra como maestro.
Además de la competencia científica y técnica, el maestro de medicina como todo otro maestro, debe ser un perito en las ciencias de la educación, en especial en la Didáctica, pues al "enseñar", debe de hacerlo con tal claridad que el alumno pueda encontrar el bien cultural médico que se le indica. Aquí el maestro de medicina se aboca al tercer paso de la cultura, la asimilación. No basta con enseñar el complejo médico, sino que hay que señalar al alumno el camino práctico para enseñorearse de él.
Una vez que el maestro de medicina cumple con este tercer paso, debe abrir caminos ulteriores para que el alumno reconozca necesidades médicas ulteriores y basándose en lo existente logre "crear" en el futuro nuevos bienes culturales médicos. Debe señalar en concreto los caminos para el progreso de la medicina, y cómo sus alumnos deban caminar por estos senderos hasta ahora inexplorados.
2. El maestro de medicina
como
profesor
Además de ser un
enseñante el maestro de medicina debe ser un
profesor, y aquí abrimos nuestro pensamiento para
adentrarnos en el campo de un maestro católico de
medicina. Como enseñante, hasta cierto punto,
comparte su personalidad con cualquier otro
enseñante de medicina, sea de la mentalidad, o
ideología que sea; como profesor es otra
cosa.
En efecto, la palabra profesor tiene en sí una connotación religiosa, pues viene del verbo profesar, que significa adhesión a una fe y su profesión. Si el maestro se queda en el nivel sólo de enseñante se frustra él y frustra a su alumno. Señala las ciencias y técnicas de la salud y de la vida; pero siendo realista, señala que toda la ciencia y técnica médica tienen la batalla finalmente perdida, porque viene la muerte y ante ella, toda la ciencia y técnica médica se manifiestan impotentes y fracasadas. Siendo sincero consigo mismo y con sus alumnos, en los niveles de introspección y asimilación de la medicina como superación de enfermedades debe señalar el fracaso último de toda la ciencia, técnica y artes médicos, pues al final de todos sus esfuerzos se encuentra la muerte.
Sólo si es capaz de señalar, junto con la misma medicina y en cierta forma desde ella, la superación de la muerte, su enseñanza tiene un valor duradero y no se pierde en un solo alejar el final cuanto se pueda.
Pero para ello debe superar el mero nivel de enseñante y volverse verdaderamente profesor. Profesar una fe que abre la salud y la vida hacia la trascendencia.
3. El maestro de medicina
como profesor
católico.
Si el profesor de medicina
es católico, entonces esta trascendencia y esta
victoria sobre la muerte no son meramente bellos deseos
que para muchos, en nuestra cultura secularizada, no
pasan de ser buenas intenciones y paliativos al fracaso
de la muerte; sino que se fundan en la misma realidad de
un hecho histórico irrefutable, la
resurrección del Señor Jesucristo.
Profesando esta fe, el maestro de medicina se vuelve un profesor triunfante. Él y sus alumnos van hacia la cultura médica con el convencimiento y la alegría de que los avances en las ciencias de la salud son pregustaciones de la salud plena que encontrarán para sí mismos y para sus pacientes en Cristo resucitado.
Es obvio que para quien no profesa esta fe, esto es incomprensible. Para un médico que no tiene la fe en Cristo y en su Iglesia todo lo que aquí se diga no tiene sentido, más bien es algo absurdo que pareciera para tontos y locos ya que se opone al conocimiento experimental biológico que se piensa sea el único válido en medicina: "evidence based medicin". Sin embargo aquí se encuentra otra evidencia más fuerte aun que la evidencia de laboratorio, la evidencia de una fe que se funda en un hecho irrefutable al que se llega por la misma razón, pero que nace de una decisión libre y firme de la voluntad de cada uno. Ya San Pablo decía que el anuncio de un Mesías crucificado les resulta ofensivo a los judíos y a los no judíos les parece una locura, sin embargo, es mucho más sabio que toda sabiduría humana; y lo que en Dios puede parecer debilidad, es más fuerte que toda la fuerza humana (I Cor 1,23-25).
De acuerdo a esta profesión de fe, ¿cómo deberá ser pues un profesor católico de medicina? La respuesta es, enseñando cómo debe ser un médico no frustrado sino que abre las ciencias y técnicas de la salud, el arte de curar, hacia la victoria plena sobre la muerte en la resurrección de Jesucristo nuestro Señor. Un profesor católico de medicina es aquel que enseña, señala, a sus alumnos, cómo se es médico católico
A continuación, propongo algunas líneas que trazan la figura del médico católico y que podrán servir de base para que un profesor católico de medicina señale a sus alumnos cómo se es médico católico.
II. El médico
católico.
Tomo como base la Carta para
los Agentes de Salud que ha publicado el Pontificio
Consejo para la Pastoral de la Salud, que a su vez
refiere al pensamiento del Siervo de Dios Juan Pablo II
al respecto y desde la identidad trazada por el Papa y en
ella, trato de hilvanar unas cuantas ideas como su
interpretación y comentario.
CARTA DE LOS AGENTES DE LA
SALUD
En la Carta Para los Agentes
de la Salud se describe así al médico
católico:
Al médico católico, su profesión le exige ser custodio y servidor de la vida humana. Debe hacerlo mediante una presencia vigilante y solícita al lado de los enfermos. La actividad médicosanitaria se funda sobre una relación interpersonal, es un encuentro entre una confianza y una conciencia. La confianza de un hombre marcado por el sufrimiento y la enfermedad que se confía a otro hombre que puede hacerse cargo de su necesidad y que lo va a encontrar para asistirlo, cuidarlo y sanarlo.
El paciente no es sólo un caso clínico sino un hombre enfermo hacia el cual el médico deberá adoptar una actitud de sincera simpatía, padeciendo junto con él, mediante una participación personal en las situaciones concretas del paciente individual. Enfermedad y sufrimiento son fenómenos que tocados a fondo van más allá de la medicina y tocan la esencia de la condición humana en este mundo.
El médico que se ocupa de ellos deberá se consciente de que allí esta implicada toda la humanidad y le es requerida una entrega total. Esta es la misión que lo constituye, y es el fruto de una llamada o vocación que el médico escucha, personificada en el rostro sufriente e invocante del paciente confiado a sus cuidados. Aquí se enlaza la misión del médico de dar la vida, con la del mismo Cristo que vino a dar la vida y darla en abundancia (Jn 10,10). Esta vida trasciende la vida física hasta llegar a la altura de la Santísima Trinidad, es la vida nueva y eterna que consiste en la comunión con el Padre a la que todo hombre está llamado gratuitamente en el Hijo, por obra del Espíritu Santo.
El médico es como el buen samaritano que se detiene al lado del enfermo haciéndose su próximo (prójimo) por su comprensión y simpatía, en una palabra, por su caridad. Así el médico participa del amor de Dios como su instrumento difusivo y a la vez se contagia del amor de Dios hacia el hombre.
Esta es la caridad terapéutica de Cristo que pasó haciendo el bien y sanando a todos (Hch 10,38). Y al mismo tiempo, la caridad hacia Cristo representado en cada paciente. El es el que es curado en cada hombre o mujer, "cuando estaba enfermo, me fuiste a ver", como dirá el Señor en el Juicio final (Mt 25,31-40).
De aquí resulta que la identidad del médico es la identidad recibida por su ministerio terapéutico, su ministerio de la vida. Es un colaborador de Dios en la recuperación de la salud en el cuerpo del enfermo. La Iglesia asume el trabajo del médico como un momento de su ministerio, pues considera el servicio a los enfermos, parte integrante de su misión; sabe bien que el mal físico aprisiona al espíritu, así como el mal del espíritu somete al cuerpo. De esta manera, el médico con su ministerio terapéutico participa de la acción pastoral y evangelizadora de la Iglesia. Los caminos por los que debe caminar son los marcados por la dignidad de la persona humana y por tanto de la ley Moral. En especial cuando trata de ejercer su actividad en el campo de la Biogenética y la Biotecnología. La Bioética le dará sus cauces delineándole sus principios de acción .
LA IDENTIDAD DEL
MÉDICO
En esta posición del
Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud se
encuentra una síntesis apretada de la identidad
cristiana del médico; como lo había ya
mencionado, me esforzaré por reflexionar sobre
dicha identidad fijándome en especial en que se
trata de una identidad recibida por una vocación y
una misión que funda un ministerio del todo
especial, el ministerio terapéutico, el ministerio
de la vida, el ministerio de la salud.
La Vocación y la
Iglesia
Empezamos
refiriéndonos a la significación de la
vocación en la Iglesia. Muchas veces las
etimologías ayudan a remontarnos al sentido
original de palabras que usamos con frecuencia y que
parecen desgastadas por el uso. Una de ellas es la
palabra Iglesia. Nos situamos en dos etimologías,
la griega y la latina. Su etimología griega nos
lleva al verbo 'EKKALEIN, llamar. La Iglesia, "EKKLESIA",
sería el participio plural del verbo 'ekkalein, y
significaría los llamados.
Ahora, situándonos en la perspectiva etimológica latina, La Iglesia es el efecto de la "Vocación"; La "Vocación", etimológicamente hablando, es la acepción latina sustantivada del verbo latino VOCARE, llamar, (lo mismo que "ekkalein") significaría así la misma llamada que congrega a los llamados, esto es, que congrega a la Iglesia. La vocación pues hace la Iglesia.
La única "Vocación" o llamada fundamental es la que hace Dios con la Palabra con la que llama a la existencia a todo lo que existe, y esta llamada, esta "vocación" primigenia, es Cristo; que es la Palabra de Dios por la que todo lo que existe y cada uno de nosotros, se llama a la existencia (Cf Ef 1,3-10; Col 1,15-20). Es en particular interesante constatar que la forma máxima de llamar hoy de parte de Dios a todo lo que existe, la máxima presencia de Cristo en el mundo, tenga su realización en la Eucaristía, pues es el memorial, la presencialización de Cristo en el hoy de la historia (Cf Lc 22,19).
En esta llamada de Dios, descubrimos tres momentos esenciales de la misma que la constituyen y que podemos sintetizar con tres palabras: "SER", "CON", "PARA". Esto es, somos llamados para ser (existir), con Dios, para los demás.
Así por ejemplo lo podemos comprobar en la llamada que Cristo hace a sus apóstoles (Mc 3,14-15), y muy en especial en la llamada que hace a la Virgen María para que sea la Madre de Dios, el Mesías (Lc 1,26-38). Pero se trata de un paradigma que se extiende por toda la historia de la Salvación.
Estas tres palabras de la Vocación nos van a servir como pauta para reflexionar sobre la doctrina pontificia acerca de la identidad del médico católico que expusimos en la Carta del Pontificio Consejo.
1.
"SER"
Cuando hablamos del "Ser" en
la vocación, hablamos de la existencia total. Dios
habla y todo empieza a existir. Dice el Génesis:
"Entonces dijo Dios: que haya luz. Y hubo luz...(1,3).
Cuando Dios pronuncia su Palabra, ésta es
práctica: hace lo que dice, y todo tiene en ella
su consistencia, su inicio y su fin, su
totalidad.
Cuando hablamos del auténtico médico católico, éste es tal por una verdadera vocación recibida de Dios mismo del cual recibe toda su existencia, por supuesto que sin excluir la colaboración al llamado de parte del mismo médico. ¿Cómo y en qué consiste la vocación médica, a qué llama Dios al médico?: diseñamos a continuación algunos rasgos del "ser" de esta llamada.
1.1. La
profesión
En primer lugar diremos que
Dios llama al médico para una profesión,
que no es lo mismo que para un oficio. Profesiones
propiamente se reconocen en la historia tres, la del
sacerdote, la del médico y la del gobernante o del
juez. Hay que notar que como decíamos
anteriormente la profesión es algo ligado con la
profesión de la fe, es algo religioso. La
profesión no es algo propiamente jurídico,
pues lo jurídico en sentido positivo puede
llevarse a cabo o no, o cambiarse según la
voluntad de los que contraen una obligación, en
cambio, la profesión es una obligación y
una responsabilidad que se contrae con Dios mismo. Es una
responsabilidad, y una responsabilidad significa
originariamente la capacidad de responder, responder
viene del griego "Spenden" que originariamente significa
ofrecer un sacrificio de libación a Dios. La
responsabilidad profesional médica significa un
compromiso (Compromiso es syngrafein en griego,
significa escribir juntos) que se escribe a partida
doble entre el hombre y Dios.
De esta sacralidad de la profesión médica se origina el juramento de Hipócrates, es el juramento de no hacer el mal al paciente, hacerle siempre el bien y estar totalmente por la vida en todas sus etapas, juramento que no es una promesa que se hace al paciente, sino que se hace directamente a Dios. La vocación del médico en este contexto es una vocación que nace del amor de Dios, es a Dios a quien el médico sigue en esta profesión, como el Bien sumamente amable .
1.2. El amor de Dios en el
médico
Sin embargo, a pesar de lo
sublime de esta posición hipocrática,
ésta es limitada y defectuosa. Hablábamos
del amor de Dios, pero este amor, de acuerdo con la
mentalidad griega clásica, la mentalidad de
Sócrates y Platón, de la cual participaba
Hipócrates, es algo defectuoso pues presupone
necesidad y nunca es plenitud. De hecho, para la
Filosofía clásica griega, Dios no ama. Es
sumamente amable, pero no ama, pues amar
significaría carencia y Dios no puede carecer de
nada. El amor es propio sólo del hombre
necesitado e interesado en saciarse, no de Dios el
Omniperfecto. En la Mitología griega, el amor
nace de Poros y Penia en las bodas de Afrodita. Poros
representa el expediente, la necesidad, y Penia, la
pobreza; juntando necesidad con pobreza, nace el amor
como deseo interesado.
Esta mentalidad es totalmente corregida por la Revelación divina: Dios mismo es Amor. Es esta la definición más profunda de Dios. Su amor no consiste en que carezca de algo, sino en la máxima difusión de su propia bondad, que en tal forma se presenta que Dios Padre llega a amar tanto al mundo al que ha creado por amor difusivo de sí, que le entrega hasta la muerte a su Hijo Unigénito (Jn 3,16).
Por eso la profesión cristiana médica se centra en el amor, pero no en el amor interesado y pobre, hipocrático, sino que imita al amor perfecto de Dios y tiene su paradigma en el Buen Samaritano que en tal manera padece juntamente con el enfermo, en tal forma lo compadece, que provee a todo lo que éste necesita para su curación. En esta forma el Buen samaritano viene a ser el ejemplo a imitar por el médico cristiano. El Buen samaritano es la figura de Cristo que se ha compadecido de toda la humanidad enferma y caída, y la ha levantado hasta su deificación; es el amor infinito y está tanto en el que ama como en el que es amado, está en ambos como plenitud. Y así el Buen Samaritano es la figura que identifica al médico que se compadece en hasta tal punto del paciente que hace todo lo que está de su parte para devolverle la salud, por amor de plenitud .
Hablando del amor que el médico debe tener a Dios y así a sus pacientes, el Papa Pío XII nos habla de los mandamientos de la ley de Dios en el ámbito de la medicina. Nos habla del primer mandamiento que es amar a Dios sobre todas las cosas y del segundo que es amar al prójimo como a uno mismo y en este amor hace consistir la identidad del médico cuando sus relaciones con el paciente están rodeadas de humanidad y comprensión, de delicadeza y solicitud.
El mismo Papa Pío XII complementa los rasgos del ser del médico aludiendo a otros dos mandamientos en especial, al quinto, "no matarás" y al octavo, "no mentirás" .
1.3. Respeto y Defensa de la
Vida
En cuanto al quinto
mandamiento nos recuerda cómo la identidad del
médico cristiano consiste en que por el amor que
está obligado a tener a Dios y a su paciente,
está totalmente obligado a defender la vida en
cualquier etapa en la que ésta se encuentre, pero
en especial en las etapas en las que más
débil se sienta, como son las iniciales y
terminales. Su personalidad se diseña desde un
claro y absoluto no al aborto y no a la eutanasia. En el
quinto mandamiento se comprende toda la
significación de la vida humana, como un don dado
por Dios en mera administración al hombre y a la
mujer, y que sólo deberá tener su origen
dentro del matrimonio.
1.4. La formación
médica
En el octavo mandamiento,
"no mentirás", nos habla del compromiso claro del
médico hacia la verdad, tanto a la verdad de la
enfermedad y de la salud, como a la verdad de la ciencia
médica .
La identidad del médico viene desde la formación que recibe, ahora bien, si atendemos a la que viene dándose en muchas Facultades de medicina podemos constatar que ésta tiene muchas deficiencias, en efecto, el curriculum escolástico de la carrera médica tiene dos partes esenciales, la primera es de los conocimientos básicos y la segunda de los conocimientos que se obtienen por las ciencias clínicas divididas por disciplinas o bien por su consideración de los diversos órganos del cuerpo humano. Es obvio que estas asignaturas deban impartirse, pero lo que a la vez se constata es que hay un reduccionismo biotécnico; en la exposición de las materias se ha perdido su valor antropocéntrico y los valores éticos, afectivos y existenciales. El médico se entiende desde los requerimientos del paciente y las exigencias de un sistema economicista sanitario con plena indiferencia por las violaciones de los derechos del hombre, en especial de la vida humana.
Muchas veces encontramos como paradigma de las aplicaciones clínicas actuales una fragmentación y reducción del paciente a órganos y funciones biológicas o tecnológicas y a medicamentos; se pretende llegar a un dominio de conocimientos especializados fragmentados sin la perspectiva de totalidad mediante conocimientos y competencias relacionales con otros campos humanos fuera de la medicina; la idea de salud se propone como adaptación pasiva a estímulos patógenos y de naturaleza bio-física; la adaptación de la clínica se hace con referencia tantas veces exclusiva a los requerimientos, incluso económicos, del sistema sanitario nacional; se constata la pérdida de los valores éticos en la medicina y el anonimato de los pacientes; incluso se ve que se da poco valor a los aspectos existenciales de la profesión médica, a la persona del paciente, del médico y de la enfermera.
Frente a esta problemática del "ser" médico desde sus inicios en la formación que se recibe, se han formulado una serie de métodos que han sido concebidos para hacer activa la enseñanza, especialmente desde el llamado PBL (Problem Based Learning) y el método de enseñanza orientado hacia la comunidad que entiende al médico como una persona necesariamente competente a nivel relacional y científico, inserto en una realidad comunitaria, capaz de colaborar con otras figuras sanitarias y administrar los recursos a disposición en un continuo aprendizaje, como abogado siempre de la salud del paciente, capaz de conjuntar los conocimientos con la práctica médica, y por ello, en formación continua.
Esta clase de formación médica daría una nueva comprensión de la salud y de la enfermedad, atendería a la prevención y manejo de la enfermedad en el contexto de la individualidad del paciente que se complementa por su propia familia y la sociedad entera; desarrollaría así un aprendizaje basado más en la curiosidad e investigación continua que en adquisiciones pasivas; reduciría la carga de la información; propiciaría el contacto directo con los pacientes mediante el análisis personalizado de sus problemas y de todo su curriculum.
Se debería pues elaborar un programa que se basara en los siguientes principios: 1. Existencia de un significado comprensivo y último del saber médico. 2. Definición de su orientación epistemológica. 3. Definición de los valores, de las motivaciones, de la madurez psicológica, de la calidad de los conocimientos objetivos y de las capacidades metodológicas, relacionales, técnicas, aplicadas al ejercicio de la profesión. 4. Definición de los valores, de las motivaciones y de las capacidades y de la calidad de la formación de los docentes. 5. Definición de los objetivos generales y parciales de la formación. 6. Definición de los métodos didácticos. Estos principios acogen los conocimientos epistemológicos de la medicina actual que consideran la salud como una construcción psicobiológica determinada por la posibilidad y la calidad de los recursos de la persona y finalizada en dar una respuesta unitaria a las preguntas fundamentales de la existencia humana .
1.5. La formación
permanente
La identidad del
médico no se forja una vez por todas en su
formación inicial, sino que debe prolongarse en su
formación permanente. Exige la preparación
muy cuidadosa de los estudiantes de medicina, pero a la
vez requiere la preparación continua y progresiva
de los profesores que imparten cualquier asignatura
médica, preparación que nunca debe de
faltar. Los profesores en especial tienen la
responsabilidad de la promoción de los nuevos
médicos, la que nunca facilitarán si no les
consta en conciencia de la capacidad de cada alumno para
llevar a cabo tan delicada misión.
En virtud del mismo octavo mandamiento les obliga a todos los médicos el secreto profesional, y como lo hemos ya repetido, poseer una sólida cultura médica que debe constantemente perfeccionarse mediante la formación permanente.
2.
"CON"
Decíamos que el
segundo rasgo de la vocación cristiana se expresa
por la preposición "con", con Dios. Esto es, toda
vocación es para estar con Dios nuestro
Señor, que es Quien capacita al hombre para
llevar a cabo una misión que sin su fuerza
sería inútil emprenderla. Leemos en el
libro del Exodo que dice Moisés a Dios en el monte
Horeb: "Y quien soy yo para presentarme ante el
Faraón y sacar de Egipto a los israelitas, y Dios
le contestó: Yo estaré contigo..." (Ex
3,12).
2.1. Transparencia de Cristo
médico
En este apartado esbozamos
los más profundos valores que deben configurar la
identidad del médico católico. La
personalidad del médico cristiano se identifica
así como transparencia de Cristo médico.
Cristo envió a sus apóstoles a curar toda
dolencia y enfermedad y les dijo, Yo estaré con
Ustedes hasta que se acabe el mundo (Mc 16,17; Mt 28,20),
el ministerio terapéutico lo ejerce así el
médico, al lado de los apóstoles, como una
continuación de la misión de Cristo y como
su propia transparencia.
Hay que entender esta transparencia en toda su amplitud, el médico debe transparentar toda la vida de Cristo, ésta es la presencia de Cristo en el médico. Pues Cristo cura toda dolencia y enfermedad con toda su actuación tomada integralmente. Los milagros de curaciones que efectuó, incluso la resurrección de los muertos, no eran algo definitivo en su lucha contra el mal que existe en la humanidad, contra su dolencia y muerte, sino sólo un signo de la realidad profunda que entraña su propia muerte y resurrección.
2.2. El
Dolor
El tomó todos los
sufrimientos, todas las dolencias, todas las
enfermedades, sin excepción y las resumió
en su propia muerte como la muerte del Dios hecho hombre,
de manera que nada de dolor quedase fuera; y desde su
muerte hizo explotar a la misma muerte, la venció
en la plenitud de su resurrección. Uno de los
grandes interrogativos del médico es siempre el
problema del dolor, esta interrogación tiene
sólo aquí su respuesta, cuando el dolor no
aparece como algo negativo, sino como una positividad
que culmina es verdad en la muerte, pero en una muerte
fecunda de resurrección.
Así el médico debe de curar, transparentando la muerte y la resurrección de Cristo. Para esta transparencia es necesaria una identificación del médico como tal, como sanador, con Cristo sanante. Esta identificación hoy se lleva a cabo en especial en la Eucaristía y en los demás sacramentos. Los sacramentos son la presencia histórica de Cristo en el hoy, en el momento concreto que atravesamos en la vida.
2.3. La
Salud
Consecuentemente el
médico deberá darse cuenta que la salud es
complexiva y no se debe hablar de la salud corporal como
algo radicalmente distinto de la salud completa que
llamamos salud eterna o bien salvación. Por eso el
ministerio del médico es un ministerio eclesial
que se dirige a la salvación misma del hombre
desde su cuerpo, pero que entraña sus demás
aspectos.
Así describimos la salud como una tensión dinámica hacia la armonía física, psíquica, social y espiritual y no sólo la ausencia de enfermedad, que capacita al hombre para llevar a cabo la misión que Dios le ha encomendado, según la etapa de la vida en la que se encuentre.
La misión del médico es por tanto ocuparse de que se tenga esta tensión dinámica hacia la armonía integral, tal como se requiere en cada etapa de la vida de este hombre concreto que es su paciente, de manera que pueda llevar a cabo la misión que Dios le ha encomendado. De aquí la incongruencia de reducir la función médica al sólo aspecto físicoquímico de la enfermedad, su función es integral y además no puede ser estática, sino que debe de insertarse dentro del dinamismo del paciente que tiende hacia su propia armonía.
En este contexto, la muerte no aparece como la frustración del médico, sino como su triunfo, ya que ha acompañado a su paciente de manera que éste haya podido hacer rendir sus talentos al máximo en cada etapa de la vida y cuando ésta llega a su final, cesa la función médica, no en un grito de impotencia, sino en la satisfacción de la misión cumplida, tanto de parte del paciente, como de parte del mismo médico.
Así el médico verdaderamente está con Cristo y se identifica su profesión en esta comunión con Cristo mismo y entonces el médico se une con nuestro Padre Dios como un hijo con su Padre, y su amor profesional se vuelve la acción del Amor de Dios en sí mismo, que es el Espíritu Santo. Por eso el médico cristiano es aquel que es guiado siempre por el Espíritu Santo. Desde el Espíritu Santo y con el Espíritu Santo se entiende toda la simpatía que deba existir entre el médico y el paciente, toda la debida humanización de la medicina y toda la exigencia hacia la actualización y formación permanente, pues el Amor del Espíritu Santo hace al médico una persona esencialmente abierta para los demás, es a lo que se ha obligado ante Dios por su profesión de Fe que significa su profesión médica. Así llegamos a delinear ahora el tercer rasgo de la identidad médica, ser para los demás, es el "PARA" de su vocación y de su identidad profesional.
3.
"PARA"
Cuando Dios ha elegido a
Moisés, es muy claro que lo ha hecho para que
saque a su pueblo del poder de los egipcios, dice Dios,
"He bajado para salvarlos del poder de los egipcios" (
Ex 3,8).
El médico no puede encerrarse en sí mismo. No puede simplemente pensar que ya tiene suficiente dinero, que ya no necesita trabajar, y que por tanto ahora se retira de su profesión, un verdadero médico es médico para toda la vida, si verdaderamente ha recibido esta vocación, la tendrá para siempre y la deberá ejercer para la humanidad como una misión precisamente recibida para bien de todos, y de la cual deberá dar cuenta a Dios cuando El le diga "estuve enfermo y me fuiste a ver" (Mt 25, 36.43).
3.1. Apertura al
paciente
Decíamos que el amor
de la profesión médica se calca en el amor
de Dios que es difusivo de sí. No puede encerrar
su conocimientos en puras teorías y laboratorios,
sino que debe de expanderlos en favor de la comunidad. Ha
recibido el don de vigilar y hacer crecer la vida. Su
vocación es para la vida, nunca para la muerte,
sería cegar la misión que Dios le ha
encomendado a cada persona humana. Al ministerio
religioso se acopla hoy, dice el Papa Juan Pablo II, el
ministerio terapéutico de los médicos en
la afirmación de la vida humana y de todas
aquellas singulares contingencias en las cuales la misma
vida puede estar comprometida por un propósito de
la voluntad humana. En su más profunda identidad
llevan consigo el ser ministros de la vida y nunca
instrumentos de muerte. Esta es la naturaleza más
íntima de su noble profesión. Están
llamados a humanizar la medicina y los lugares en los que
se ejerce, y a hacer que las tecnologías
más avanzadas se usen para la vida y no para la
muerte; teniendo siempre como supremo modelo a Cristo,
médico de los cuerpos y de las almas .
El médico católico, dice el Papa Pío XII, debe poner a disposición de los enfermos su saber, sus fuerzas, su corazón y su devoción. Debe comprender que él y sus pacientes se encuentran sujetos a la voluntad de Dios. La medicina es un reflejo de la bondad de Dios. Debe ayudar a que el enfermo acepte su enfermedad, y él mismo debe cuidarse del encandilamiento de la técnica y hacer fructificar los dones que Dios le ha dado y no ceder a las presiones para realizar atentados contra la vida. Debe permanecer fuerte frente a las tentaciones del materialismo .
El buen médico debe tener así las virtudes dianoéticas y las políticas y hacer de ellas una virtuosidad, esto es, un hábito, de manera que tanto las virtudes que ven a las ciencias teóricas como aquellas que ven a las prácticas, se encuentren en él como si fueran su segunda naturaleza .
3.2. Cualidades fundamentales
del
médico
Así se han llegado a
tipificar las cualidades fundamentales del médico
en 5 renglones: Conciencia de responsabilidad, humildad,
respeto, amor y veracidad. La conciencia de
responsabilidad lo lleva a trabajar con el enfermo y ser
consciente de que el médico es el que da la
dirección; la humildad le dice que el
médico vale por sus enfermos y no al revés,
la humildad lo hace reconocerse como deudor del enfermo;
el médico no puede hablar de "sus" pacientes, sino
más bien los enfermos hablarán de "su"
médico. El médico debe recibir a sus
enfermos como está escrito en el dintel de un
viejo hospital alemán: "recipere quasi Christum",
debe recibir a sus enfermos como si fueran el mismo
Cristo. El respeto y el amor al enfermo, del que hemos ya
hablado, fundamentan su humildad, se sabe depositario de
una misión para la cual no tiene las fuerzas
necesarias, sino que las recibe de quien lo envía
para la misma. La veracidad entraña ser consciente
de la gran confianza que le tiene el enfermo al revelarle
sus intimidades; se exige veracidad en el
diagnóstico y en la terapia, no sólo en el
plano corporal sino integral, mental, social,
psíquico, espiritual; nunca debe de experimentar
en el enfermo si en ello se encuentra un peligro
desproporcionado al bien que se pretende alcanzar, que
esto sea absolutamente necesario y que el enfermo
esté de acuerdo; debe comunicar al enfermo el
desarrollo de su enfermedad, decirle la verdad de su
estado cuándo y cómo sea más
oportuno. Debe complementar su acción con la
acción del sacerdote pues ambas misiones, la del
sacerdote y la del médico, se encuentran
estrechamente enlazadas .
3.3. Retrato del
Médico
No deja de tener actualidad
el "Retrato del perfecto médico" que en la
España del siglo XVI, con el lenguaje florido de
aquella época describió Enrique Jorge
Enriquez y que dice así: "El médico ha de
ser temiente del Señor y muy humilde, y no
soberbio y vanaglorioso, y que sea caritativo con los
pobres, manso, benigno, afable y no vengativo. Que guarde
el secreto, que no sea lenguaraz ni murmurador, ni
lisonjero ni envidioso. Que sea prudente, templado, que
no sea demasiado osado..., que sea continente y dado a la
honestidad y recogido; que trabaje en su arte y que huya
de la ociosidad. Que sea el médico muy
leído y que sepa dar razón de todo"
.
En la actualidad hablaríamos de la excelencia médica, sería lo que Aristóteles llamaba el "Teleios iatrós" (perfecto médico), o Galeno, "Aristós iatrós" (Médico mejor).
3.4. Moral y
Derecho
Habíamos dicho en un
principio que la profesión médica es algo
que excede al Derecho y se sitúa dentro de los
marcos de la Moral, y es cierto, pero no por eso puede
prescindir del Derecho médico. Un Derecho
médico sin una Moral adecuada, sería una
arbitrariedad fundada en intereses inconfesables; una
Moral sin un Derecho médico quedaría en
principios generales sin aplicación directa. Las
normas del Derecho médico deben ser
suficientemente claras y breves para facilitar la
acción del médico. El principio conductor
siempre es el mismo: la finalidad del médico es
socorrer y sanar, no hacer el mal ni matar.
Mención especial merece pues el campo de la Etica, el campo de la Moral, en el que el médico debe ser competente, pero en el que tantas veces no es un especialista; por eso se exigen los comités de Bioética en cada centro de salud, y también su erección en los centros docentes, en franco diálogo con los especialistas en las diversas materias implicadas.
De esta manera el médico se capacita para dar testimonio de Dios en todos los ambientes médicos, sindicales, políticos, etc., incluso, pueden ser válidos portadores del diálogo ecuménico y con otras religiones, ya que la enfermedad no conoce las barreras religiosas. Así el médico activamente pertenecerá a la Iglesia como persona individual y como grupo .
3.5. Trabajo en
equipo
Para llevar a cabo esta
misión tan exigente, el médico no puede
quedarse encerrado en su propia individualidad, debe
abrirse en primer lugar a otros médicos y tener la
humildad suficiente para trabajar en colaboración
y en equipo; tanto en cuestiones estrictamente
fisiológicas, como en especial en aquellas
relacionales que tienen que ver con campos que no
necesariamente domina y que en cierto modo caen fuera de
su competencia, vgr., aspectos sociológicos,
antropológicos, políticos, de campos
técnicos más allá de su
profesión, vgr., todo lo referido al campo
estricto de la informática.
En cierta forma, dentro de esta apertura, en el campo español de la medicina se diseña lo que dos autores llaman el decálogo del nuevo médico y lo expresan así: 1. Trabajo en equipo multidisciplinar y con un responsable final único. 2. Cuanto más científico sea el profesional, mejor. 3. Se reforzarán los aspectos humanos en el ejercicio profesional. 4. Se ajustará la actuación a protocolos diagnósticos y terapéuticos científicos consensuados. 5.Tendrán conciencia del gasto. Utilizará además de los protocolos, guías de buena práctica. 6. Facilitará la convivencia y la solidaridad con los compañeros de trabajo y con los enfermos. 7. Pensará que todo acto asistencial puede comportar una actuación preventiva, e incluso, de promoción de la salud. 8. Tendrá presente en todo momento la necesidad de cuidar de la satisfacción del usuario del servicio. 9. Se reforzarán las Unidades de Atención al paciente, difundiendo las quejas y sugerencias que se produzcan entre las personas a quienes afecte. Se realizarán frecuentes encuestas de opinión. 10. Será fundamental aplicar los principios éticos a las actividades profesionales.
CONCLUSION
Ser médico
católico es un ministerio que surge de una
vocación en la Iglesia. Es el ministerio
terapéutico. Está ligado fuertemente a Dios
nuestro Padre, transparentando a Cristo médico,
lleno del Amor que es el Espíritu Santo. Ser
médico es un camino para llegar a la plenitud del
ser humano; incoar ya la resurrección. Comporta
una proximidad e intimidad especial con Dios, a la vez
que significa una apertura y una donación total a
los demás. Esta es la identidad católica
del médico, ser la transparencia de Cristo que
sana.
Ser profesor católico de medicina es tener la profundidad de mirada para poder ver en la misma muerte la resurrección. Pero no sólo, es la capacidad de intuir en la salud una tensión armónica que camina hacia la plenitud, de acuerdo a las diversas etapas de la vida de las personas; y es palpar en las ciencias, técnicas y artes médicos la fuerza omnipotente de Dios que resucita a su Hijo Jesucristo y que nos da ya un pregustar de la resurrección en los adelantos médicos. Ser profesor católico de medicina es enseñar al Amor con el que el Espíritu Santo entrega al Padre a Jesucristo en la cruz, y con su fuerza amorosa lo resucita. Ser profesor católico de medicina es enseñar al médico a ser la caricia amorosa de Dios que cuida de sus hijos en la enfermedad y en la muerte, haciéndoles más llevadera su condición y abriéndolos a una esperanza total de una salud que no será ya tensión hacia la armonía, sino la armonía total del amor. Ser profesor católico de medicina es enseñar al médico a ser la transparencia de Cristo que sana
CD. del Vaticano, abril 15 de
2007.
+ Javier Card.
Lozano
Barragán.
Presidente del
Pontificio Consejo para la Pastoral de la
Salud.