Archidiócesis de Madrid
Pastoral

CIUDAD DEL VATICANO, martes, 11 diciembre 2007 (ZENIT.org).- A dos
meses exactos de la Jornada Mundial del Enfermo, el secretario del
Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud indica en la figura del obispo
la clave para potenciar una pastoral sanitaria que responda a las
necesidades personales y sociales de hoy.
Para ello se cuenta con el apoyo y la actividad de este dicasterio, cuya
dimensión y alcance traza, en esta entrevista, el obispo José Luis Redrado
Marchite, O.H.
--¿Cuál es la misión del Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud?
--Monseñor Redrado: Éste es un dicasterio que precisamente entiende de
pastoral; no es un «Ministerio de la Salud» al estilo de los gobiernos. Hay
que comprenderlo bien. El apellido fuerte es «pastoral de la salud» con todo
lo que implica «pastoral»: evangelización, acción de la Iglesia en el sector
sanitario respecto a los enfermos y a los sanos, empezando por aquellos
que cuidan a los enfermos. La misión del dicasterio también se extiende a la
prevención, un aspecto dirigido a todas las personas para que cuiden bien
de la salud como tal.
Por pastoral sanitaria entendemos el «paso de Jesús» en medio de los
enfermos y ayudarles a que encuentren sentido a la enfermedad.
--Esto implica un contacto estrecho, directo, personal con el que sufre...
--Monseñor Redrado: Se trata de hacer llegar un mensaje de valores
cristianos a estos hombres y mujeres que están enfermos, hacerles
despertar a un sentido nuevo de la vida, que descubran que la vida de Jesús
tuvo sentido cuando evangelizaba, pero también cuando estuvo en la cruz
por cuanto que emanó desde ahí: un gran amor que salvó a todos, un gran
sufrimiento, pero éste preñado de amor. Que la Iglesia en su
evangelización, en su pastoral, pueda llegar a hacer constante esta realidad
y hacer vivirla es lo máximo.
Por eso hay una llamada a los servicios de pastoral en los hospitales, y
claramente también a los que tienen la denominación de católicos, que no se pueden limitar a curar los cuerpos, sino a las personas; el paso por un
hospital católico debe ser, sobre todo, un paso que renueve la vida, que les
diga algo a los enfermos, que les haga encontrarse con el Señor. Por eso
nuestro dicasterio está intentando formar hombres y mujeres que puedan
estar más cerca del enfermo con este gran mensaje, descubriendo que la
enfermedad no es inútil, sino que puede llevar a un camino como el de
Emaús, a descubrir que es el Señor que camina junto a nosotros.
--¿Cómo traduce esta labor evangelizadora su dicasterio?
--Monseñor Redrado: Tiene funciones institutivas; fundamental es animar,
informar y formar, y estar al tanto de lo que sucede en la salud y en la
enfermedad en el mundo para ver de qué forma se puede integrar la
pastoral.
Se anima con conferencias internacionales, con reuniones de grupos,
cursos, cursillos, programas de radio, de televisión, con la publicación de
libros, con nuestra revista «Dolentium Hominum» --que se envía en cuatro
idiomas a todo el mundo-- en la que se vierten criterios sobre la salud y la
enfermedad, el sentido cristiano y cómo se debe realizar este ministerio.
Se enmarca en nuestra finalidad haber celebrado veintidós grandes
conferencias internacionales. Son numerosísimos los profesionales que han
venido a escuchar y a intervenir en esas convocatorias: una media de
seiscientas personas por conferencia, y hubo otras dos con nueve mil
inscripciones. El abanico de posibilidades, pues, es amplísimo.
En cuestión de animación también se han realizado viajes internacionales
desde el Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud: más de ciento
cincuenta para tomar el pulso a la salud en las distintas naciones y ver
cómo están animando las Conferencias Episcopales este sector en sus
respectivas regiones.
--La última Conferencia Internacional, celebrada el pasado noviembre, dio protagonismo al enfermo anciano...
--Monseñor Redrado: Es la tercera Conferencia que dedicamos al anciano, si
bien cada una ha tenido un corte diverso. Ésta se ha centrado más en las
enfermedades características del anciano: pierde vigor, audición, sentido
cognoscitivo, puede entrar en un período de depresión --siempre en la vida,
pero en esta edad más todavía-- y muchos otros sufrimientos que en esta
etapa de la vida hay que cuidar.
Teniendo en cuenta que la sociedad ha alcanzado un nivel cuantitativo de
años elevado --al menos en las sociedades desarrolladas se llega de 75 a 80
años de edad--, hay que luchar por dar calidad de vida controlando o
previniendo este tipo de padecimientos. La finalidad de esta Conferencia
Internacional ha sido analizar cómo afrontar esta realidad actual en la
sociedad. Y es que, como Pontificio Consejo, estamos abiertos e insertos
fuertemente en la sociedad; tenemos una misión enormemente social: la
salud y la enfermedad son de alcance universal. El Papa accedió
inmediatamente a que celebráramos esta convocatoria sobre el tema citado.
Las sociedades, que envejecen, tienen que estar atentas a muchos de estos
aspectos.
Por ejemplo, la familia está llamada en primera persona a atender al
enfermo anciano, que no le complica, sino que le implica; y el enfermo, a
esta edad, tiene que estar muy bien acogido, ser muy amado. De lo
contrario otra enfermedad como la depresión --subrayo-- entra por la
puerta rápidamente. Son temas que se han debatido a nivel internacional,
igual que el aspecto psicológico del anciano enfermo --quien toca con la
mano que la vida se termina, que ve desaparecer a sus contemporáneos--.
La cuestión religiosa también es muy importante. Puede haber quien la
haya descuidado, pero si uno quiere ponerse en paz con Dios o quiere
acercarse a la fe, desde la vejez también se puede encontrar esa Mirada
superior y misericordiosa que convierte. Y otro punto crucial analizado es la
cuestión bioética, porque una sociedad materialista puede estar viendo al
anciano como un «estorbo» que no produce y encima consume.
--¿Qué se necesita para redescubrir el valor de los ancianos?
--Monseñor Redrado: Precisamente cambiar de valores. Naturalmente una sociedad materialista es la que produce. Sin embargo lo que tiene que hacer es percibir más el «ser» que el «hacer». Cuando se tiene juventud y salud hay que responder también con el «hacer». Pero el «hacer» del anciano es diferente. Pensemos en los ancianos del Antiguo Testamento: Abrahán, que es un padre de la fe que da alegría, entusiasmo; Ana, una mujer de gran devoción que espera al Salvador; Simeón, que abraza al Salvador...
--¿También cada persona debe aprender a valorar la propia ancianidad?
--Monseñor Redrado: Como tantas cosas importantes en la vida, no podemos vivirlas sin una preparación anterior. Por mi parte estoy haciendo mucha reflexión para que, si el Señor me da algunos años más, vivirlos con serenidad, con entusiasmo, en paz; vivirlos no como una persona inútil, sino útil; cuando me jubile, tiempo que quiero disfrutar enormemente, tengo muchas cosas que hacer si el Señor me da fuerza mental y física...
--El horizonte de actuación de su dicasterio es amplísimo. ¿Qué prioridad tiene en este momento?
--Monseñor Redrado: Las personas que tienen que actuar pastoralmente, y
en primer lugar los obispos; lo decimos fuertemente, porque es el obispo en
su diócesis sucesor de los apóstoles; es a quien se ha dado el poder de la
misión de evangelizar, de santificar y de gobernar. A Jesús siempre lo
encontramos con los enfermos; a los apóstoles también.
Insistimos desde el principio en que cada Conferencia Episcopal tuviera un
obispo responsable de la Pastoral de la Salud., que alentara en cada país
grupos de animación de pastoral de la salud en las diócesis; y esto se ha
multiplicado enormemente.
--¿Qué momentos sirven de referencia para llevar a cabo esta animación?
--Monseñor Redrado: Tenemos tres fechas privilegiadas, en la Iglesia, en el
campo de la salud: la Carta Apostólica «Salvifici doloris» [sobre el sentido
cristiano del sufrimiento humano] de Juan Pablo II, que deberíamos leer de
rodillas, es del 11 de febrero de 1984. Un año después exactamente, la
institución de este dicasterio. Y en 1992 la institución de la Jornada Mundial
del Enfermo. Tres fechas clave, por lo tanto, para animar la pastoral
sanitaria.
La Jornada Mundial del Enfermo, desde 1993, se ha ido celebrando en una
nación distinta, la última en Seúl (Corea del Sur). Pero desde ésta, el Papa
ha indicado que la Jornada Mundial se celebre de la siguiente manera:
solemnemente, cada tres años; anualmente, el 11 de febrero a nivel local
en la Iglesia. La celebración solemne trienal permite ajustarnos también a la
Jornada Mundial de la Juventud --todos los años en la Iglesia local, cada
tres años solemnemente--, igual que el Encuentro Mundial de la Familia --el
último fue en la ciudad española de Valencia--. Así que nos prepararemos y
exhortaremos a las Iglesias locales, porque la Jornada del Enfermo ha sido
y es una gran bendición en la pastoral sanitaria, ha despertado
enormemente su labor y descubre el mundo de los enfermos.
--¿Qué otros objetivos perfila en este momento el dicasterio para la Pastoral de la Salud?
--Monseñor Redrado: Continúa siendo muy importante la presencia de la
Iglesia junto a los enfermos de Sida, y al lado de cuantos están en fase
terminal. No querría encontrarme al final de la vida con alguien que no sabe
acompañar. Es necesario el acompañamiento de personas que entiendan
ese momento final y decisivo, porque en él puede cambiar la vida de
muchos enfermos.
Así que otro reto que se presenta a la pastoral de la salud, y que nuestro
dicasterio está empeñado en sacar a delante, es la formación de los que
acompañan a los enfermos: sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos
preparados para estar en los servicios pastorales de los hospitales o que
desde la parroquia atiendan a los enfermos, porque no es fácil. Se necesita
una formación básica y también especializada. Para eso están naciendo
centros de especialización en pastoral de la salud. Y también se requiere un
voluntariado acorde con esta realidad, porque no se puede ir a atender el
mundo de los enfermos simplemente con buenas intenciones; se trata de un
ámbito complejo que requiere preparación.
Otro desafío clave es la programación de los servicios pastorales, pues no
deben existir sólo para responder a necesidades del momento. El equipo de
pastoral de la salud de un hospital tiene que estar integrado en todo el
hacer del centro. Y no se trata sólo de llegar a los enfermos, sino a todo el
personal sanitario, insisto. Y también es fundamental saber situarse, que no
es fácil en un mundo tan complejo como es el hospital, en una medicina que
cada vez está más tecnificada, y saber alimentar otros valores, como es la
humanización, y prestar atención a la bioética. Todo reclama formación. Se
ha hecho mucho, pero todavía queda mucho por hacer.
Por Marta Lago