Muchas veces me propuse ir a Roma pero el Señor no me lo permitió. Sin embargo, El mismo fue quien dispuso que naciera con la ciudadanía romana, algo no muy frecuente en un fariseo e hijo de fariseos. Se ha cumplido la alocución del Espíritu que me anunciaba prisiones y tribulaciones, pero ha sido precisamente en la cárcel dónde el Señor me ha dicho que tengo que dar testimonio de El también en Roma, al igual que lo he dado en Jerusalén. A punto estuve de ser azotado en el mismo patio del Pretorio dónde fuera maltratado el Señor Jesús. No era ésa la voluntad de Dios. El quiso asociarme a la Pasión de su Hijo con múltiples padecimientos corporales a lo largo de estos años, pero no consintió que mi cáliz se desbordara más allá de lo necesario. Antes bien, El que no libró a su propio Hijo en ocasión semejante, me libró de los judíos y de las vejaciones de la soldadesca. Lo hizo por su Providencia ordinaria al hacer valer mi condición de ciudadano romano. Afirmar la propia ciudadanía siempre da resultado ante las autoridades e incluso puede suscitar temor, tal y como sucediera con los magistrados de Filipos que nos arrojaron injustamente a la cárcel a Silas y a mí. Pero la voluntad del Señor no es que me enorgullezca de los bienes terrenos recibidos sino que haga uso de ellos para su gloria y el anuncio del Evangelio. Mi título de ciudadano es la llave que me abre las puertas de Roma aunque el designio del Señor es que entre en esa ciudad cargado de cadenas, anunciando también con esos signos exteriores el mensaje de salvación de su Hijo. Mis brazos estarán encadenados pero no la palabra que he recibido del Señor. Las cadenas no serán obstáculos para la difusión del Evangelio, pues sigo siendo apóstol aunque sea prisionero por el nombre de Cristo. Soy prisionero pero intento mantener limpia mi conciencia ante Dios y los hombres, y bien sabe El que todo lo juzga que en nada he agraviado a los que me acusan y piden mi muerte. En realidad, quieren juzgarme por haber proclamado ante ellos y en voz alta mi esperanza en la resurrección de los muertos, en la resurrección de Cristo, primogénito de entre los muertos.
Cuando el gobernador Festo me propuso subir a Jerusalén para ser juzgado por él, invoqué inmediatamente mi condición de romano para apelar al César. No podía confiar en que el proceso tuviera una resolución adecuada. Las autoridades romanas de Judea siempre están dispuestas a congraciarse con los judíos, pues tienen sobrada experiencia de sus alborotos y revueltas. En estas circunstancias, la inocencia de un hombre puede ser sacrificada a la preservación del orden en la levantisca Judea. No ha de darse lugar a ninguna injusticia y si además los designios de Dios son que vaya a Roma, éste es el camino que he de seguir, en vez de permanecer en Jerusalén mientras los judíos urden toda clase de maquinaciones. Pero ya se ha resuelto que salgamos para Italia. Mis oraciones han sido escuchadas y ahora podré llegar hasta los hermanos de Roma, tal y como había suplicado ardientemente. El viaje que nos aguarda no está exento de peligros, pero me siento tranquilo y confiado pues el Señor me ha asegurado que llegaré a Roma. Ya hace tiempo que se plantó allí la semilla de la palabra de Dios, traída primero por los judíos de la diáspora que cuando fueron a Jerusalén para celebrar la Pascua, se encontraron con la inesperada sorpresa del anuncio del Evangelio. Con el paso del tiempo, ese Evangelio ha llegado hasta los gentiles de toda condición. El nombre de Cristo ha entrado incluso en la Casa del César. Decía en la carta que escribí a la Iglesia que está en Roma, que aspiraba a descansar entre esos hermanos. Pero el Señor me apremia a anunciarles su mensaje de salvación. Son las cadenas el signo visible de esta premura. Dios me ha cargado con ellas y me empuja para que vaya a esa ciudad, sin que pueda oponer resistencia alguna por mi parte. ¿Cómo podrá un hombre encadenado ser creído cuando diga que Cristo nos ha liberado del pecado? Es una prueba más de que el anuncio no es mío sino de Aquel que me ha enviado. Es el mismo que se rebajó a la condición de siervo y dejó que le clavaran en una cruz, pero resucitó al tercer día según las Escrituras. Ese siervo es el Hijo que nos ha liberado a todos y romperá toda clase de cadenas.
Al cargarme de cadenas, Dios me está volviendo a decir que me apresure a salir de la tierra de los judíos para dirigirme a naciones lejanas, y ha elegido a Roma como meta de mi viaje. Decía el rey Agripa que yo podía haber sido liberado si no hubiera apelado al César. Apelando al César, he apelado también a Dios que no me dejará de su mano en Roma. Como hiciera un día lejano en el camino de Damasco, Cristo Jesús me ha alcanzado en la carrera y no puedo sustraerme a sus mandatos. He querido olvidar muchas cosas de mi vida, sobre todo del tiempo en que fui perseguidor y blasfemo, pero no he podido olvidar ese día en que quedé cegado por la luz de Cristo. Desde entonces, hice el firme propósito de obedecer los requerimientos de Aquel que me amó primero, aunque sea todavía incapaz de comprender por qué me designó a mí entre sus apóstoles. Si el Señor así lo ha dispuesto, seré su instrumento en la capital de este mundo y haré en ella uso de mi condición de ciudadano romano para proclamar con audacia y en todo lugar el mensaje de Cristo. Ser ciudadano me librará de los calabozos y me procurará alguna libertad de movimientos, pese a estas cadenas. Las cadenas dan razón de mi esperanza en Cristo. Para muchos, las cadenas son prueba de mi insignificancia y mi debilidad. Están en lo cierto, pues sirven para recordarme la fragilidad de mi carne y que la única fuerza en la que puedo apoyarme es la fuerza de Cristo.
Más que la ciudadanía humana, con o sin cadenas, tengo que valorar como el bien más supremo que soy ciudadano del cielo, del reino que el Señor Jesús nos ha preparado. Cristo ha otorgado a todos los que creen en El, sin distinción de judíos, griegos o bárbaros, esta carta de ciudadanía. Los poderes de este mundo suelen restringir la concesión de la ciudadanía, pero Cristo, con una generosidad infinita que le ha llevado a derramar su sangre, la ha extendido a todos sin excepción. Si el ciudadano es un hombre libre, lo es más aun el cristiano que ha recibido la ciudadanía del cielo.