SECCIONES FIJAS:


EL SANTO DEL MES
San Juan Crisóstomo
Antonio R. Rubio Pbo

13 de septiembre
EL SANTO DE LA GLORIA DE DIOS

En algunos santorales san Juan Crisóstomo recibe el calificativo de mártir, pero si bien no sufrió un martirio violento, no es menos cierto que fue testigo de Cristo y que fue su fidelidad al Maestro lo que le llevó al destierro y a numerosas penalidades y sufrimientos que le acarrearon la muerte. Enfrentarse al poder imperial, sobre todo al de la emperatriz Eudoxia, lleva a nuestro santo a este final. El Imperio romano de Oriente no es ya oficialmente el imperio pagano perseguidor de la Iglesia. Desde el reinado de Teodosio, el cristianismo es la religión oficial del Estado. Se crea así un espejismo, repetido muchas veces a lo largo de la Historia: el de un cristianismo protegido y tutelado por las autoridades civiles. Instrumentalización y cesaropapismo. Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla, no está dispuesto a que la voz de la Iglesia sea silenciada o manipulada en la nueva situación. Y el poder establecido responderá en todas las épocas siempre con la misma táctica: no atacará a la Iglesia como tal institución sino a las personas que la representan; desvinculará a la persona de la institución para poner en duda su legitimidad... Se empleó esta tácticas incluso contra Papas, ¿por qué no se emplearía contra un arzobispo de Constantinopla, que empleaba la denuncia profética contra injusticias de todo tipo, y por qué no buscar entre otros miembros de la jerarquía y del clero a hombres que descalificaran la actuación de Juan Crisóstomo?

De muchos santos se recuerdan sus últimas palabras, y en el caso de aquel arzobispo de Constantinopla, éstas fueron: “¡Gloria a Dios sobre todas las cosas!”. Para Dios, toda la gloria. Dios, en primer lugar, pues la gloria del ser humano es enteramente tributaria de la gloria divina. Reconocer la gloria de Dios no es empequeñecer al hombre sino acogerse a la fe y recordar que procede de Dios, que está hecho a su imagen y semejanza. La dignidad humana no sufre por el reconocimiento de la gloria de Dios. Es el reconocimiento de una verdad, aunque esa verdad no sea comprendida por todos. Juan Crisóstomo se entrega a Dios desde su juventud, desde su bautismo a los dieciocho años de edad. Su talento natural para la oratoria se ajustó a la búsqueda de la gloria de Dios. Sermones, escritos diversos y cartas del hombre de la “boca de oro” (crisóstomo, en griego) no tienen otro objeto que la gloria de Dios. Era un heredero de la retórica griega clásica pero la elevó hasta cumbres no alcanzadas en mucho tiempo –eran cumbres alcanzadas por el Espíritu- sólo por el hecho de que todo lo hacía por la gloria de Dios. Esta adhesión a la gloria divina fue sellada también con la cruz. Llama la atención que sus perseguidores lo arrestaran la víspera de la Pascua del año 404. Juan Crisóstomo debía pasar, al igual que Cristo, por el sufrimiento para entrar después en la gloria.

Quizás esos perseguidores buscaran privarle de la alegría de celebrar la Pascua con sus fieles, pero erraban por completo si tales eran sus cálculos. Quien ha configurado su vida con la gloria de Dios, quien busca hacer su voluntad e identificarse con su Hijo, puede ser privado del Pan y de la Palabra, en sentido físico o material. Será una situación dolorosa para él, pero esto no le privará de Dios, pues nada puede atentar contra su libertad interna, pues es una libertad que sólo le debe a Cristo. Nada material puede encarcelar su espíritu; tampoco el exilio o la soledad forzada que fue lo que se empleó contra Juan Crisóstomo. Quien lleva a Dios dentro de sí y quien sólo vive para su gloria, encuentra a Dios en todas partes y en toda circunstancia. El exilio elegido por los enemigos del santo son los límites del mundo conocido hasta entonces, el Ponto Euxino, las orillas del Mar Negro que desde la más remota antigüedad simbolizaban para los griegos un mundo hostil. Juan Crisóstomo no regresará nunca a su diócesis de Constantinopla y sus guardianes le harán más dura su condición de exiliado. Muere, sin embargo, el mismo día en que la Iglesia celebrará siglos después la Exaltación de la Santa Cruz. Poco después, sus restos serían conducidos a Constantinopla y su imagen sería rehabilitada incluso por sus propios perseguidores. Pero la imagen verdadera, la que perdura de Juan Crisóstomo es la del cristiano fiel, el que busca, ante todo, la gloria de Dios .