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Jesús de Medinaceli

Jesús de Medinaceli

FRANCISCO DE ASÍS QUE VIVE HOY

Todo el mundo conoce a Francisco de Asís, aquel hermano bueno, hijo de un comerciante rico de Asís de allá, por el siglo XIII, en la Italia medieval. Pero resulta evidente que su recuerdo y su legado espiritual siguen vivos hoy. Muchas personas, entidades, grupos cristianos, congregaciones religiosas y gentes de corazón noble recuerdan y sienten que el hermano universal que es Francisco sigue vivo y cercano a ellos. ¿Quién es este Francisco que sigue tan vivo? Foto del milagro

Francisco es, ante todo, un buscador que ha encontrado lo que quería. Un frío día de finales de febrero, en plena situación de búsqueda personal, escuchó en la misa el evangelio de la misión en que Jesús envía a sus seguidores en despojo y confianza, sin apoyos, sin grandes medios, creyendo en el amparo del Padre. Se produjo una explosión en el interior de Francisco, una luz estalló en sus entrañas y lo vio claro: “Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica”. Fue una luz cegadora, maravillosa, cautivadora. Nunca dejó de alumbrar esa luz en el fondo de su corazón. Aun en los momentos de más oscuridad, que los hubo, aquella luz primera permaneció encendida. Incluso contagió el brillo de ese descubrimiento a otras personas que vivieron búsquedas similares y albergaron anhelos parecidos.

Es, además, un hombre de abrazos. Efectivamente, El abrazo de Francisco a la gente fue siempre sincero y amable, cuidadoso y delicado, respetuoso. No se cansaba Francisco de decir a sus hermanos: “Si vais a un lugar y no os reciben, marchaos a otros; sed benignos; lo vuestro es anunciar la paz”. Desde aquel memorable abrazo que Francisco había dado en sus años jóvenes a un leproso, había aprendido que las dolencias del alma son tan importantes como las del cuerpo. Y que aquellas solamente se curan a base de abrazos.

Además, se puede entender al Pobre de Asís como un “hombre global”, uno que satisface a todos. Y ¿por qué? Por su afirmación optimista de lo humano y por el gusto y amor a la vida que trasmite. Y esta oferta la hizo en los caminos. Francisco de Asís fue también, en su época, un hombre de caminos. Él no entendió su vida ni de la de sus hermanos en la estabilidad de una gran abadía, ni en la quietud de una finca de buenas tierras. Como Jesús de Nazaret que ofreció su propuesta de vida en los caminos, así Francisco hizo de los caminos, del mundo, su propia casa, tal era su confianza en el corazón de los humanos. De esta manera hizo el itinerario hacia el sentido de su vida, descubriendo que ese sentido era, como el de Jesús, asentarse sobre el valor de la fraternidad y del amor a lo creado, pensar que había sido afortunado con haber sido llamado a la vida, sentirse llamado a ser hijo del Padre y con ello a la fraternidad global. Por eso, los caminos no fueron para él peso, desamparo, desvalimiento y peligro. Fueron, sobre todo, encuentro, disfrute, ánimo y lugar de fraternidad.

Hoy podría ser entendido también Francisco de Asís como una persona aventurera, osada, profética. Hizo viajes muy aventurados, como el que realizó a Siria; tuvo planes aventurados como el de andar por la vida sin documentos, en pobreza, sin apoyo logístico. Tuvo amistades aventuradas, incluso con mujeres como Jacoba de Sietesolios. Tuvo pensamiento aventurado, aquellas ideas de que Dios es esencialmente bueno, que el horizonte de la historia es la fraternidad, que la pobreza encierra muchos valores, que en el fondo de toda persona hay una imborrable bondad. Ideas elementales pero aventuradas si uno sacaba las consecuencias. Y él las sacó sin temor.

Fue persona generosa y cuidadora. Tenía predilección por las personas enfermas. Él, que era austero para sí, se volvía generoso y hasta desmedido cuando se trataba de cuidar a quien está enfermo. En cierta ocasión se habla de esa compasión suya por los enfermos y dice que “no tenía reparo en pedir carne por los lugares públicos de la ciudad para el hermano enfermo”. Se cuenta el caso de aquel hermano que se vio de noche afectado por un hambre horrible y Francisco comió con él para que no se avergonzara porque, lo tenía claro, “no es tan importante el alimento como la caridad”. Su manera de cuidar era de las que mantenía la dignidad sin herir, sin reprender, sin molestar.

La fuente de la que brota todo esto es un amor apasionado por Jesús. Francisco descubrió con ojos nuevos la humanidad honda de Jesús, su pobre nacimiento y su humillante muerte. Y dentro de esos límites el amor que se derrama en la historia como un caudal que la regenera. Copió a Jesús en su vida, revivió en su tiempo sus criterios y sus modos de comportamiento, hizo ver que el mensaje de Jesús se podía vivir de forma simple, con un corazón bondadoso.

Amigo de esta parroquia franciscana: qué bueno sería que tu aprecio de la persona de Francisco se fuera encauzando, que te acercaras a sus escritos (los puedes comprar en la tienda de al lado, que pudieras integrarte en algún grupo franciscano. Tu vida cristiana saldría potenciada y, más a la base, tu gusto por la vida mejoraría enormemente. Los frutos humildes y buenos de la espiritualidad franciscana.