Novena
de la Inmaculada
Mes de
mayo - Flores a María

Santo
Rosario
Via Lucis
Calvario

Via
Crucis

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meditación del Via Crucis (en formato PDF)
QUINCE MINUTOS EN COMPAÑÍA DE
JESÚS
SACRAMENTADO

Ponte en la
presencia de Dios ¿Qué es eso?
Pues tener en cuenta que
estás con Jesús y hablar con Él con la familiaridad con la que se habla
con los amigos.
Haz la señal de
la cruz y empieza tu
oración, tu diálogo con Él, con
esta oración preparatoria: “Señor
mío y Dios mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me
oyes, te adoro con profunda reverencia y gracia para hacer con fruto
este rato de oración, Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor,
Ángel de mi guarda, interceded por mí”
Después puedes
ponerte a la escucha, y el
Señor, que está frente a ti,
abrirá el fuego:
No es preciso,
hijo mío, saber mucho para
agradarme mucho; basta que me
ames con fervor. Háblame, pues, aquí sencillamente, como hablarías a tu
madre, a tu hermano. ¿Necesitas hacerme en favor de alguien una súplica
cualquiera? Dime su nombre, bien sea el de tus padres, bien el de tus
hermanos y amigos; dime en seguida qué quisieras que hiciese
actualmente por ellos. Pide mucho, mucho, no vaciles en pedir; me
gustan los corazones generosos que llegan a olvidarse en cierto modo de
sí mismos, para atender a las necesidades ajenas. Háblame así, con
sencillez, con llaneza, de los pobres a quienes quisieras consolar, de
los enfermos a quienes ves padecer, de los extraviados que quisieras
que volvieran al buen camino, de los amigos ausentes que quisieras ver
otra vez a tu lado.
Dime por todos
una palabra de amigo, palabra
entrañable y fervorosa.
Recuérdame que he prometido escuchar toda súplica que salga del corazón
; y ¿no ha de salir del corazón el ruego que me dirijas por aquellos
que tu corazón especialmente ama?
Y para ti, ¿no
necesitas alguna gracia?
Hazme, si quieres, una lista de
tus necesidades, y ven, léela en mi presencia. Dime francamente qué
sientes -soberbia, amor a la sensualidad y al regalo; que eres tal vez
egoísta, inconstante, negligente... ; y pídeme luego que venga en ayuda
de los esfuerzos, pocos o muchos, que haces para quitar de ti tales
miserias.
No te
avergüences, ¡pobre alma! ¡Hay en el
cielo tantos justos, tantos
Santos de primer orden, que tuvieron esos mismos defectos! Pero rogaron
con humildad... ; y poco a poco se vieron libres de ellos.
Ni menos vaciles
en pedirme bienes
espirituales y corporales: salud,
memoria, éxito feliz en tus trabajos, negocios o estudios; todo eso
puedo darte, y lo doy, y deseo que me lo pidas en cuanto no se oponga,
sino que más bien favorezca y ayude a tu santificación. Hoy por hoy,
¿qué necesitas? ¿qué puedo hacer por tu bien? ¡Si supieras los deseos
que tengo de favorecerte !
¿Traes ahora
mismo entre manos algún
Proyecto? Cuéntamelo todo
minuciosamente. ¿Qué te preocupa? ¿qué piensas? ¿qué deseas? ¿qué
quieres que haga por tu hermano, por tu amigo, por tu superior? ¿qué
desearías hacer por ellos?
¿Y por Mí? ¿No
sientes deseos de mi gloria?
¿No quisieras poder hacer
algún bien a tus prójimos, a tus amigos, a quienes amas mucho, y que
viven quizás olvidados de Mí?
Dime qué cosa
llama hoy particularmente tu
atención, qué anhelas más
vivamente, y con qué medios cuentas para conseguirlo. Dime si te sale
mal tu empresa, y yo te diré las causas del mal éxito. ¿No quisieras
que me interesase algo en tu favor? Hijo mío, soy dueño de los
corazones, y dulcemente los llevo, sin perjuicio de su libertad, adonde
me place.
¿Sientes acaso
tristeza o mal humor?
Cuéntame, cuéntame, alma
desconsolada, tus tristezas con todos sus pormenores. ¿Quién te hirió?
¿quién lastimó tu amor propio ? ¿quién te ha despreciado? Acércate a mi
Corazón, que tiene bálsamo eficaz para curar todas esas heridas del
tuyo. Dame cuenta de todo, y acabarás en breve por decirme que, a
semejanza de Mí todo lo perdonas, todo lo olvidas, y en pago recibirás
mi consoladora bendición.
¿Tienes miedo de
algo? ¿Sientes en tu alma
aquellas vagas melancolías,
que no por ser infundadas dejan de ser desgarradoras? Échate en brazos
de mi providencia. Estoy contigo; me tienes aquí, a tu lado; todo lo
veo, todo lo oigo, ni un momento te desamparo.
¿Sientes
desprecio o ignorancia por parte de
personas que antes te
quisieron bien, y ahora olvidadas se alejan de ti, sin que les hayas
dado el menor motivo? Ruega por ellas, y yo las volveré a tu lado, si
no han de ser obstáculo a tu santificación.
¿Y no tienes tal
vez alegría alguna que
comunicarme? ¿Por qué no me
haces partícipe de ella como un buen amigo?
Cuéntame lo que
desde ayer, desde la última
visita que me hiciste, ha
consolado y hecho como sonreír tu corazón. Quizá has tenido agradables
sorpresas, quizá has visto resolverse algunos problemas, quizá has
recibido buenas noticias, alguna carta o muestra de cariño; has vencido
alguna dificultad, o salido de alguna situación complicada. Obra mía es
todo esto, y yo te lo he proporcionado: ¿por qué no has de manifestarme
por ello tu gratitud, y decirme sencillamente, como un hijo a su padre:
«¡Gracias, Padre mío, gracias!»? El agradecimiento trae consigo nuevos
beneficios, porque al bienhechor le gusta verse correspondido.
¿Tampoco tienes
promesa alguna para hacerme?
Leo, ya lo sabes, en el
fondo de tu corazón. A los hombres se les engaña fácilmente; a Dios,
no. Háblame, pues, con toda sinceridad. ¿Tienes firme resolución de no
exponerte ya más a aquella ocasión de pecado? ¿de privarte de aquel
objeto que te dañó? ¿de no leer más aquel libro que exaltó tu
imaginación? ¿de no tratar más aquella persona que turbó la paz de tu
alma?
¿Volverás a ser
dulce, amable y
condescendiente con aquella otra a
quien, por haberte faltado, has mirado hasta hoy como enemiga?
Ahora, hijo mío;
vuelve a tus ocupaciones
habituales, al taller, a la
familia, al estudio... pero no olvides los quince minutos de grata
conversación que hemos tenido aquí los dos, en la soledad del
santuario. Guarda, en cuanto puedas, silencio, modestia, recogimiento,
resignación, caridad con el prójimo. Ama a mi Madre, que lo es también
tuya, la Virgen Santísima, y vuelve otra vez mañana con el corazón más
amoroso, más entregado a mi servicio. En mi Corazón encontrarás cada
día nuevo amor, nuevos beneficios, nuevos consuelos.
Después
puedes concluir ese rato de diálogo
con una acción de gracias
(es de bien nacidos el ser agradecidos). Puedes decirle: “Te doy
gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones
que me has comunicado en este rato de oración, te pido ayuda para
ponerlos por obra, Madre mía Inmaculada, San José, mi padre y señor,
Ángel de mi guarda, interceded por mí”.
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