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• Discurso a los participantes en la asamblea ordinaria de la Academia pontificia para la vida, sábado 21 de febrero de 2009

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miércoles 4 de febrero de 2009

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Reflexiones y comentarios acerca de las alocuciones,
audiencias y documentos del Santo Padre Benedicto XVI

Discurso al Tribunal de la Rota romana con motivo de la inauguración del Año Judicial. Jueves 29 de enero de 2009

DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL TRIBUNAL DE LA ROTA ROMANA CON MOTIVO
DE LA INAUGURACIÓN DEL AÑO JUDICIAL


Sala Clementina
Jueves 29 de enero de 2009

 

Ilustres jueces,
oficiales y colaboradores del Tribunal de la Rota romana:

La solemne inauguración de la actividad judicial de vuestro Tribunal me ofrece también este año la alegría de recibir a sus dignos componentes: al monseñor decano, a quien agradezco sus nobles palabras de saludo, al Colegio de los prelados auditores, a los oficiales del Tribunal y a los abogados del Estudio rotal. A todos os dirijo mi cordial saludo, juntamente con la expresión de mi aprecio por las importantes tareas que realizáis como fieles colaboradores del Papa y de la Santa Sede.

Vosotros esperáis del Papa, al inicio de vuestro año de trabajo, unas palabras que os sirvan de luz y orientación en el cumplimiento de vuestras delicadas tareas. Son muchos los temas que podríamos tratar en esta circunstancia, pero a veinte años de distancia de los discursos de Juan Pablo II sobre la incapacidad psíquica en las causas de nulidad matrimonial, del 5 de febrero de 1987 (AAS 79 [1987] 1453-1459) y del 25 de enero de 1988 (AAS 80 [1988] 1178-1185), parece oportuno preguntarse en qué medida esas intervenciones han tenido una recepción adecuada en los tribunales eclesiásticos. No es este el momento de hacer un balance, pero está a la vista de todos el dato de hecho de un problema que sigue siendo de gran actualidad. En algunos casos, por desgracia, se puede advertir aún viva la exigencia de la que hablaba mi venerado predecesor: la de preservar a la comunidad eclesial "del escándalo de ver destruido en la práctica el valor del matrimonio cristiano por la multiplicación exagerada y casi automática de las declaraciones de nulidad, en caso de fracaso del matrimonio, con el pretexto de cierta inmadurez o debilidad psíquica de los contrayentes" (Discurso a la Rota romana, 5 de febrero de 1987, n. 9: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 22 de marzo de 1987, p. 20).

En nuestro encuentro de hoy me urge llamar la atención de los operadores del derecho sobre la exigencia de tratar las causas con la debida profundidad que exige el ministerio de verdad y de caridad que es propio de la Rota romana. En efecto, a la exigencia del rigor de procedimiento, los discursos mencionados, basándose en los principios de la antropología cristiana, proporcionan los criterios de fondo, no sólo para el análisis de los informes periciales psiquiátricos y psicológicos, sino también para la misma definición judicial de las causas. Al respecto, conviene recordar una vez más algunas distinciones que trazan la línea de demarcación ante todo entre "una madurez psíquica, que sería el punto de llegada del desarrollo humano", y la "madurez canónica, que es en cambio el punto mínimo de partida para la validez del matrimonio" (ib., n. 6); en segundo lugar, entre incapacidad y dificultad, en cuanto que "sólo la incapacidad, y no simplemente la dificultad para prestar el consentimiento y para realizar una verdadera comunidad de vida y de amor, hace nulo el matrimonio" (ib., n. 7); en tercer lugar, entre la dimensión canónica de la normalidad, que inspirándose en la visión integral de la persona humana, "comprende también moderadas formas de dificultad psicológica", y la dimensión clínica que excluye del concepto de la misma toda limitación de madurez y "toda forma de psicopatología" (Discurso a la Rota romana, 25 de enero de 1988, n. 5: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 7 de febrero de 1988, p. 21); por último, entre la "capacidad mínima, suficiente para un consentimiento válido", y la capacidad idealizada "de una plena madurez en orden a una vida conyugal feliz" (ib., n. 9).

Por lo que atañe a la implicación de las facultades intelectivas y volitivas en la formación del consentimiento matrimonial, el Papa Juan Pablo II, en la mencionada intervención del 5 de febrero de 1987, reafirmó el principio según el cual una verdadera incapacidad "puede considerarse como hipótesis sólo en presencia de una seria forma de anomalía que, de cualquier modo que se quiera definir, ha de afectar sustancialmente a la capacidad de entender y/o de querer" (Discurso a la Rota romana, n. 7). Al respecto parece oportuno recordar que la norma jurídica sobre la incapacidad psíquica en su aspecto aplicativo ha sido enriquecida e integrada también por la reciente instrucción Dignitas connubii del 25 de enero de 2005. En efecto, esta instrucción, para comprobar dicha incapacidad, requiere, ya en el tiempo del matrimonio, la presencia de una particular anomalía psíquica (art. 209, 1) que perturbe gravemente el uso de la razón (art. 209, 2, n. 1; can. 1095, n. 1), o la facultad crítica y electiva en relación con decisiones graves, particularmente por cuanto se refiere a la libre elección del estado de vida (art. 209, 2, n. 2; can. 1095, n. 2), o que provoque en el contrayente no sólo una dificultad grave, sino también la imposibilidad de afrontar los deberes inherentes a las obligaciones esenciales del matrimonio (art. 209, 2, n. 3; can. 1095, n. 3).

Con todo, en esta ocasión quiero volver a tratar el tema de la incapacidad de contraer matrimonio, de la que habla el canon 1095, a la luz de la relación entre la persona humana y el matrimonio, y recordar algunos principios fundamentales que deben iluminar a los especialistas en derecho. Es necesario ante todo redescubrir en positivo la capacidad que en principio toda persona humana tiene de casarse en virtud de su misma naturaleza de hombre o de mujer. En efecto, corremos el peligro de caer en un pesimismo antropológico que, a la luz de la situación cultural actual, considera casi imposible casarse. Aparte del hecho de que esa situación no es uniforme en las diferentes regiones del mundo, no se pueden confundir con la verdadera incapacidad consensual las dificultades reales en que se encuentran muchos, en especial los jóvenes, llegando a considerar que la unión matrimonial normalmente es impensable e impracticable. Más aún, la reafirmación de la capacidad innata humana para el matrimonio es precisamente el punto de partida para ayudar a las parejas a descubrir la realidad natural del matrimonio y la relevancia que tiene en el plano de la salvación. Lo que en definitiva está en juego es la verdad misma sobre el matrimonio y sobre su intrínseca naturaleza jurídica (cf. Benedicto XVI, Discurso a la Rota romana, 27 de enero de 2007, AAS 99 [2007] 86-91), presupuesto imprescindible para poder captar y valorar la capacidad requerida para casarse.

En este sentido, la capacidad debe ser puesta en relación con lo que es esencialmente el matrimonio, es decir, "la comunión íntima de vida y amor conyugal, fundada por el Creador y estructurada con leyes propias" (Gaudium et spes, 48), y, de modo particular, con las obligaciones esenciales inherentes a ella, que deben asumir los esposos (cf. can. 1095, n. 3). Esta capacidad no se mide en relación a un determinado grado de realización existencial o efectiva de la unión conyugal mediante el cumplimiento de las obligaciones esenciales, sino en relación al querer eficaz de cada uno de los contrayentes, que hace posible y operante esa realización ya desde el momento del pacto nupcial.

Así pues, el discurso sobre la capacidad o incapacidad tiene sentido en la medida en que atañe al acto mismo de contraer matrimonio, ya que el vínculo creado por la voluntad de los esposos constituye la realidad jurídica de la una caro bíblica (cf. Gn 2, 24; Mc 10, 8; Ef 5, 31; can. 1061, 1), cuya subsistencia válida no depende del comportamiento sucesivo de los cónyuges a lo largo de la vida matrimonial. De forma diversa, en la visión reduccionista que desconoce la verdad sobre el matrimonio, la realización efectiva de una verdadera comunión de vida y de amor, idealizada en el plano del bienestar puramente humano, resulta esencialmente dependiente sólo de factores accidentales, y no del ejercicio de la libertad humana sostenida por la gracia.

Es verdad que esta libertad de la naturaleza humana, "herida en sus propias fuerzas naturales" e "inclinada al pecado" (Catecismo de la Iglesia católica, n. 405), es limitada e imperfecta, pero no por ello es inauténtica e insuficiente para realizar el acto de autodeterminación de los contrayentes que es el pacto conyugal, que da vida al matrimonio y a la familia fundada en él.

Obviamente, algunas corrientes antropológicas "humanistas", orientadas a la autorrealización y a la autotrascendencia egocéntrica, idealizan de tal forma a la persona humana y el matrimonio, que acaban por negar la capacidad psíquica de muchas personas, fundándola en elementos que no corresponden a las exigencias esenciales del vínculo conyugal. Ante estas concepciones, los estudiosos del derecho eclesial no pueden menos de tener en cuenta el sano realismo al que hacía referencia mi venerado predecesor (cf. Juan Pablo II, Discurso a la Rota romana, 27 de enero de 1997, n. 4: AAS 89 [1997] 488), porque la capacidad hace referencia a lo mínimo necesario para que los novios puedan entregar su ser de persona masculina y femenina para fundar ese vínculo al que está llamada la gran mayoría de los seres humanos. De ahí se sigue que las causas de nulidad por incapacidad psíquica exigen, en línea de principio, que el juez se sirva de la ayuda de peritos para certificar la existencia de una verdadera incapacidad (can. 1680; art. 203, 1, DC), que es siempre una excepción al principio natural de la capacidad necesaria para comprender, decidir y realizar la donación de sí mismos de la que nace el vínculo conyugal.

Venerados componentes del Tribunal de la Rota romana, esto es lo que deseaba exponeros en esta circunstancia solemne, siempre tan grata para mí. A la vez que os exhorto a perseverar con alta conciencia cristiana en el ejercicio de vuestro oficio, cuya gran importancia para la vida de la Iglesia emerge también de las cosas que os acabo de decir, os deseo que el Señor os acompañe siempre en vuestro delicado trabajo con la luz de su gracia, de la que quiere ser prenda la bendición apostólica, que os imparto a cada uno con profundo afecto.

 

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• Comentario al discurso al Tribunal de la Rota romana con motivo de la inauguración del Año Judicial. Jueves 29 de enero de 2009

 

Capacitados para el amor

Afirmar hoy en día la capacidad innata en el ser humano, varón y mujer, para vivir en plenitud el matrimonio cristiano no es poca cosa. Fácilmente pactamos con la opinión de que tal y como están las cosas y con el ambiente que nos rodea es prácticamente imposible plantearse en serio una vida matrimonial fecunda y estable, para toda la vida -como se suele decir-. Así que, ¡pobrecitos estos jóvenes que se casaron hace poco y que ya se van a separar!, porque ellos, en realidad, no tienen toda la culpa; la tiene también el ambiente, el trabajo, la crisis, las dificultades de carácter, la dureza de la convivencia y, en último análisis, el gobierno que no ayuda nada a las familias. Reconozcámoslo: hace tiempo que dejamos que nos ganaran irreversiblemente la batalla del divorcio y ahora, además de padecer de forma cada vez más generalizada las consecuencias de tanta desunión familiar, se nos hace muy difícil achicar un agua que nos está desbordando por todas partes. Así que volvamos al principio roussoniano de que el hombre es naturalmente bueno, echemos balones fuera que para eso sirven de vez en cuando la sociedad y el gobierno y quedémonos con la conciencia tranquila, porque aunque es verdad que muchas de nuestras jóvenes familias se están rompiendo, total, no es nada malo, porque es lo que hace todo el mundo.

Afirmar hoy en día la capacidad innata de todo ser humano, varón y mujer, para el matrimonio es, además, esquivar, una vez más un humanismo reduccionista que considera que el ser humano es incapaz de elegir el modo propio de realizar en plenitud la vocación fundamental de su existencia que es el amor y la donación personal al otro (en el matrimonio) o al Otro (en la virginidad consagrada y en el celibato). Si así fuera, es decir, si el ser humano fuera realmente incapaz de asumir hasta el fondo y con todas las consecuencias el estado de vida elegido estaríamos hablando, además, de un Dios tremendamente injusto y limitado que, además de crear un ser humano incapacitado para la donación y el amor -justo aquello que le hace ser más humano-, exige de nosotros algo superior a nuestras fuerzas. Así las cosas, plantear en toda su amplitud y belleza el ideal del matrimonio cristiano tendría sentido sólo para unos cuantos héroes cristianos hechos de una pasta especial y, desde luego, siempre como un fenómeno de minorías selectas y especialmente entrenadas para la vida dura. No se trata, por tanto, de caer en pesimismos antropológicos, que consideran prácticamente imposible vivir la comunión matrimonial de manera estable y fecunda, ni de echar la culpa a factores accidentales: la sociedad, el gobierno, la crisis y hasta el matrimonio cristiano, considerado en sí mismo y objetivamente como un estado de vida utópico, inalcanzable y propio de épocas pasadas. Por este camino terminaríamos inevitablemente en el callejón sin salida de considerar la libertad humana ciertamente incapaz e insuficiente para realizar en plenitud ese acto de donación de los contrayentes que es el consentimiento y el pacto conyugal que de él deriva.

Puea bien, a pesar del pecado, estamos naturalmente capacitados para vivir el amor humano a imagen y semejanza del amor de Dios. Ese amor humano que se vive en el matrimonio y en la consagración virginal o sacerdotal. Ese que, precisamente por ser humano, requiere en su misma estructura, que sea estable, fecundo y exclusivo. Ese que no se puede reducir a otros sucedáneos infrahumanos como es el puro sexo -sexo separado del amor y del bien de la persona- o el mero apareamiento animal. Ese que tiene como medida humana el valor integral de la persona humana, un bien respecto del cual el único comportamiento adecuado es el de amarle. Ese amor humano que se expresa en la propia sexualidad masculina y femenina, vivida conyugalmente en el matrimonio y virginalmente en la consagración y en el sacerdocio. Y ese amor humano que tiene como medida suprema a Cristo en la cruz. Hasta que no amemos así al otro, o al Otro, no llegaremos a experimentar en plenitud el gozo inefable que inunda el corazón humano cuando ama a imagen y semejanza del corazón de Dios.

Carmen Álvarez
Facultad de Teología San Dámaso





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