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• Discurso a los participantes a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina, miércoles 20 de febrero de 2009
Discurso a los participantes
A la Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina
Sala del Consistorio
Viernes 20 de febrero de 2009
Señores Cardenales,
queridos hermanos en el Episcopado:
1. Saludo cordialmente a los Consejeros y Miembros de la Pontificia Comisión para América Latina, que en su Asamblea Plenaria han reflexionado sobre «la situación actual de la formación sacerdotal en los Seminarios» de aquella tierra. Agradezco las palabras que, en nombre de todos, me ha dirigido el Presidente de la Comisión, el Señor Cardenal Giovanni Battista Re, presentándome las líneas centrales de los trabajos y recomendaciones pastorales que han surgido en este encuentro.
2. Doy gracias a Dios por los frutos eclesiales de esta Comisión Pontificia desde su creación, en mil novecientos cincuenta y ocho, cuando el Papa Pío XII vio la necesidad de crear un organismo de la Santa Sede para intensificar y coordinar más estrechamente la obra desarrollada en favor de la Iglesia en Latinoamérica, ante la escasez de sus sacerdotes y misioneros. Mi venerado predecesor Juan Pablo II corroboró y potenció esta iniciativa, con el fin de resaltar la especial solicitud pastoral del Sucesor de Pedro por las Iglesias que peregrinan en aquellas queridas tierras. En esta nueva etapa de la Comisión, no puedo dejar de mencionar con viva gratitud el trabajo realizado por su Vicepresidente durante largos años, el Obispo Cipriano Calderón Polo, recientemente fallecido, y al que el Señor habrá premiado su abnegado y fiel servicio a la Iglesia.
3. El año pasado recibí a muchos Obispos de América Latina y del Caribe en su visita ad limina. Con ellos he dialogado sobre la realidad de las Iglesias particulares que les han sido encomendadas, pudiendo así conocer más de cerca las esperanzas, y dificultades de su ministerio apostólico. A todos los acompaño con mi oración, para que continúen ejerciendo con fidelidad y alegría su servicio al Pueblo de Dios, impulsando en la hora presente la «Misión continental», que se está poniendo en marcha como fruto de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (cf. Documento conclusivo, n. 362).
Conservo un grato recuerdo de mi estancia en Aparecida, cuando vivimos una experiencia de intensa comunión eclesial, con el único deseo de acoger el Evangelio con humildad y sembrarlo generosamente. El tema escogido Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida continúa orientando los esfuerzos de los miembros de la Iglesia en aquellas amadas Naciones.
Cuando presenté un balance de mi viaje apostólico a Brasil ante los miembros de la Curia Romana, me preguntaba: «¿Hizo bien Aparecida, buscando la vida para el mundo, en dar prioridad al discipulado de Jesucristo y a la evangelización? ¿Era una retirada equivocada hacia la interioridad?» A ello respondía con toda certeza: «No. Aparecida decidió lo correcto, precisamente porque mediante el nuevo encuentro con Jesucristo y su Evangelio, y sólo así, se suscitan las fuerzas que nos capacitan para dar la respuesta adecuada a los desafíos de nuestro tiempo» (Discurso a la Curia romana, 21 diciembre 2007). Sigue siendo fundamental ese encuentro personal con el Señor, alimentado por la escucha de su Palabra y la participación en la Eucaristía, así como la necesidad de transmitir con gran entusiasmo nuestra propia experiencia de Cristo.
4. Los Obispos, sucesores de los Apóstoles, somos los primeros que hemos de mantener siempre viva la llamada gratuita y amorosa del Señor, como la que Él hizo a los primeros discípulos (cf. Mc 1,16-20). Como ellos, también nosotros hemos sido elegidos para «estar con Él» (cf. Mc 3,14), acoger su Palabra y recibir su fuerza, y vivir así como Él, anunciando a todas las gentes la Buena Nueva del Reino de Dios.
Para todos nosotros, el seminario fue un tiempo decisivo de discernimiento y preparación. Allí, en diálogo profundo con Cristo, se fue fortaleciendo nuestro deseo de enraizarnos hondamente en Él. En aquellos años, aprendimos a sentirnos en la Iglesia como en nuestra propia casa, acompañados de María, la Madre de Jesús y amantísima Madre nuestra, obediente siempre a la voluntad de Dios. Por eso me complace que esta Asamblea Plenaria haya dedicado su atención a la situación actual de los Seminarios en Latinoamérica.
5. Para lograr presbíteros según el corazón de Cristo, se ha de poner la confianza en la acción del Espíritu Santo, más que en estrategias y cálculos humanos, y pedir con gran fe al Señor, «Dueño de la mies», que envíe numerosas y santas vocaciones al sacerdocio (cf. Lc 10,2), uniendo siempre a esta súplica el afecto y la cercanía a quienes están en el seminario con vistas a las sagradas órdenes. Por otro lado, la necesidad de sacerdotes para afrontar los retos del mundo de hoy, no debe inducir al abandono de un esmerado discernimiento de los candidatos, ni a descuidar las exigencias necesarias, incluso rigurosas, para que su proceso formativo ayude a hacer de ellos sacerdotes ejemplares.
6. Por consiguiente, las recomendaciones pastorales de esta Asamblea han de ser un punto de referencia imprescindible para iluminar el quehacer de los Obispos de Latinoamérica y del Caribe en este delicado campo de la formación sacerdotal. Hoy más que nunca, es preciso que los seminaristas, con recta intención y al margen de cualquier otro interés, aspiren al sacerdocio movidos únicamente por la voluntad de ser auténticos discípulos y misioneros de Jesucristo que, en comunión con sus Obispos, lo hagan presente con su ministerio y su testimonio de vida. Para ello es de suma importancia que se cuide atentamente su formación humana, espiritual, intelectual y pastoral, así como la adecuada elección de sus formadores y profesores, que han de distinguirse por su capacitación académica, su espíritu sacerdotal y su fidelidad a la Iglesia, de modo que sepan inculcar en los jóvenes lo que el Pueblo de Dios necesita y espera de sus pastores.
7. Encomiendo al amparo maternal de la Santísima Virgen María las iniciativas de esta Asamblea Plenaria, suplicándole que acompañe a quienes que se preparan para el ministerio sacerdotal en su caminar tras las huellas de su divino Hijo, Jesucristo, nuestro Redentor. Con estos sentimientos, les imparto con afecto la Bendición Apostólica.
© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana
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• Comentario al discurso a los participantes a la Asamblea Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina, miércoles 20 de febrero de 2009
Vocaciones sin berrugas
Nadie está libre de caer, en mayor o menor medida, en la tentación secularista. Tenemos una tendencia natural a ver, juzgar e interpretar las cosas a veces demasiado humanamente incluso demasiado ‘mundanamente’, y no desde la perspectiva de la fe. Nos creemos, por ejemplo, que a base de planificación, estrategias, cálculos humanos y una buena dosis de diplomacia pastoral nuestro apostolado va a resultar eficaz. Nos creemos que con el anzuelo del activismo apostólico, de los proyectos humanitarios y asistenciales, de las experiencias de voluntariado, o con eso de la flexibilidad y de que no hay que asustar a los jóvenes, estamos haciendo atractivo el ideal del seguimiento del Señor a muchas futuras vocaciones. Nos empeñamos en que sea la abundancia de la mies y no la oración el reclamo eficaz que atraiga a muchos obreros a trabajar la tierra del Señor. Sin darnos cuenta, quizá, de que las motivaciones meramente humanas, aun siendo muy buenas y piadosas, a la larga terminan siendo arena incapaz de sostener sólidamente un edificio; la única motivación capaz de fundamentar a lo largo y a lo ancho una vocación debe ser sólo Cristo, si no queremos que la casa se derrumbe al poco tiempo y al primer soplido de cualquier brisa.
Y, si no, pensemos en todos los ‘defectos de fábrica’ que, con el tiempo, le pueden salir, como si fueran feas berrugas, a una vocación que crece más sobre arenas movedizas que sobre roca firme. Pensemos, por ejemplo, en el cura2 (sí, el cura al cuadrado): ese que, bien por el tiempo que lleva asentado e instalado en su cargo, bien por tendencia natural que de todo hay además de cura es clerical y clericalista, es decir, contempla la realidad y las personas desde el pedestal de esa altísima condición, dignidad y boato que acompañan y deben acompañar su cargo y su clericatura. O pensemos, por ejemplo, en el cura margarita: ese que parece que hace, dice, predica, celebra, gestiona y se mueve más por aclamación popular que por otros motivos, y vive pendiente de si sus feligreses ‘me quieren, no me quieren, me vuelven a querer...’. Luego está el cura hinchable: ese del que nadie se acuerda que está en la parroquia hasta que algún otro cura necesita a alguien que le sustituya en algún bautizo o boda porque se tiene que ir de vacaciones. Claro que los hay también que terminan sustituyendo a la mujer, los hijos y los deberes de su propio estado por la parroquia, las actividades de apostolado o las innumerables horas de sacristía que dedican voluntaria y generosamente a salvar causas difíciles, y terminan clericalizándose más que los propios clérigos clericalizados. Y luego están también quienes, al interpretar algunos párrafos de las Constituciones de su Congregación, donde pone ‘oración’ leen ‘televisión’ o peluquería, donde pone ‘obediencia’ leen ‘consenso’, donde pone ‘comunión’ leen ‘igualdad de oportunidades’, o donde dice ‘pobreza’ leen ‘sí, pero sin exagerar’, y terminan viviendo su vocación en estado crónico de añoranza y melancolía por el estado laical perdido.
Es preciso que todos, pastores y no pastores, vivamos la propia vocación con intención muy recta y al margen de cualquier otro interés que no sea Cristo y la Iglesia. Y la misma historia, sabia maestra, no se ha cansado de mostrar cómo los cálculos y estrategias humanas quedan ampliamente superadas por las canicas y las carambolas de Dios. No, una vocación no hay quien la entienda ni quien la explique desde parámetros tan cortos como los humanos; ni tampoco merece la pena un seguimiento de Cristo que no vaya más allá de la mera filantropía, de la mera justicia social o de cualquier otro ideal muy noble, por cierto meramente humano.
Carmen Álvarez
Facultad de Teología San Dámaso
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