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(27 de enero de 2002) "Siembra la paz en tu tierra" es el lema de la Infancia Misionera de este año. En un mundo en el que 250.000 niños mueren cada semana por causas relacionadas con el hambre, 300.000 han sido enrolados en diversas guerras, 300 millones trabajan como esclavos, 12 millones son refugiados, 40 millones son niños de la calle, y más de 1000 millones no han oído jamás hablar de Jesús, los niños de la Infancia Misionera, repartidos por todo el mundo, son los protagonistas de 123 proyectos de asistencia a los niños más desfavorecidos de la tierra, poniendo a su alcance alimentos, educación, atención sanitaria y formación religiosa. Una obra de esta gran envergadura, aún poco conocida por los niños de hoy en España, si exceptuamos los grupos parroquiales y de muchos colegios religiosos, tiene una historia que merece la pena recodar, que se remonta a la que entonces se llamaba "La Santa Infancia". Muchos adultos recordarán aquellas huchas de porcelana con los bustos de niños de todas las razas y culturas, con las que se hacia la cuestación de esta jornada cada año. Todo empezó el primer día del año 1835, cuando en el santuario de Nuestra Señora de Atocha de Madrid se erige canónicamente la Santa Infancia en España. Como primera asociada, fundadora y protectora de esta Obra, acompañó al Cardenal Primado en la presidencia la Infanta de Asturias. El arzobispo de Toledo publicó con tal ocasión una carta pastoral en la que invitaba a todos los obispos españoles a constituir la Santa Infancia en sus diócesis. Las dificultades de la Iglesia en España a partir de 1868 frenaron mucho el constante desarrollo de la Santa Infancia de los años anteriores, pero se mantuvo en aquellos años decisivos de la enrome promoción desde Roma de las obras misionales en general y de la Santa Infancia en particular. León XIII dijo en 1882 que deseaba "ver a todos los niños del mundo católico miembros de esta hermosa obra". Treinta años después el padre jesuita José María Pascouret comenzó a reorganizar la Santa Infancia en Salamanca y en Vitoria, donde su sucesor como celador de la misma en España, el Padre Durant, constituyó, de acuerdo con el Consejo de París, la Delegación Hispanoamericana para todos los países de lengua castellana. Tras él se harían cargo de este centro primero el padre Recalde, y después el presbítero Clemente Ortiz de Urbina, que supo mantenerla en los años de la Segunda República, con la expulsión de los jesuitas, siendo nombrado director general de la Obra de la Santa Infancia en 1930, y que con la ayuda inestimable del arzobispo de Madrid-Alcalá el Patriarca Leopoldo Eijo y Garay, la Santa Infancia se extendió y se consolido en todas las diócesis españolas. Es precisamente en los años 30 cuando la preocupación eclesial por la Santa Infancia hace que surjan nuevas congregaciones religiosas. Los relatos que espléndidas revistas misioneras como "Catolicismo" cuentan en España conmueven a una Iglesia y a una sociedad que pasa por no pocas calamidades, pero que es rica en entrega, y sobre todo, en vocaciones misioneras. Sirva de muestra esta descripción del jesuita Mertens de una Casa-Cuna de la Santa Infancia en algún lugar de la India, regentada por las Religiosas Auxiliares del Purgatorio, en 1933: "He recorrido con la lágrimas en los ojos estos largos salones, llenos de niñitos moribundos, que solo tendrán tres o cuatro días. Muros desnudos y tristes, de blancura mortal y limpieza helada, serie monótona de alineadas cunitas de hierro, lánguido silencio que apenas interrumpen los tenues vagidos de agonizantes. La hermana descorre delicadamente la cortina del mosquetero y me enseña sus queridos bebés. Hay algunos que al parecer aún podrían ir tirando. Este que saca los bracitos escuálidos sobre la colcha y el chupete en la boca, la medalla de la Virgen al cuello, y que nos mira con esos ojos tan negros y tan dolorosos. Ese otro que parece dormir con una tenue sonrisa dibujada en los labios, ya resecos... Más para quien tiene fe ¡como se ilumina este horror!. Los ángeles de estos recién nacidos moribundos revolotean sobre estas pálidas cunas mortuorias, y auroras celestiales van a iluminar las frentes que el agua bautismal acaba de purificar". Tras su maduración y fortalecimiento en los años 40 y 50, la Santa Infancia se adapta a las nuevas orientaciones y estilos del Concilio Vaticano II, cambiando su nombre por el de Infancia Misionera, y quedando definida en sus estatutos como una obra de la Iglesia que "presta un servicio a las Iglesias locales para ayudar a los educadores a despertar progresivamente en los niños la conciencia misional universal y a guiarlos hacia una comunión espiritual y material con los niños de las regiones y de las iglesias más pobres". Gracias a los miles de niños pertenecientes a la Infancia Misionera de tantos países, a sus colectas realizadas con sus huchas por las calles, pero sobre todo a sus pequeños sacrificios y aguinaldos, se han salvado no pocas vidas que además han recibido la catequesis y la escolarización en los países de misión. Sólo en el año 2001 los niños españoles contribuyeron a la obra de la Infancia Misionera con 6.702.045 (111.340.380 pesetas). Pero además ha habido generaciones enteras de niños que han podido crecer con una gran sensibilidad misionera, ardiente en deseos de evangelización, probada desde la austeridad y el desprendimiento, y con una mirada solidaria y sin fronteras. Hoy la Infancia Misionera atiende a más veinte millones de niños necesitados, tanto del "pan" como de la "Palabra", difunden las revistas infantil y juvenil "Gesto" y "Supergesto" entre niños de miles de parroquias y de colegios, y sostienen centenares seminarios, muchos de cuyos alumnos provienen de las filas de la Infancia Misionera. En este mundo y en este tiempo incierto de inicio de un nuevo milenio y de un nuevo siglo XXI, del que los niños de hoy serán sus protagonistas, las amenazas a la esperanza en forma de guerras, atentados contra los derechos humanos, y terrible situación de injusticia y desigualdad en el mundo, estos niños de la Infancia Misionera son un grito de esperanza. Pocas cosas mejores que esta podemos darles y proponerles a estos niños de hoy, hombres y mujeres de mañana. Manuel María Bru Alonso |