SALUDO DEL PAPA A LA FEDERACIÓN SUIZA DE

LAS COMUNIDADES ISRAELITAS

Friburgo, 13 de junio 1984



Estimados señores y queridos hermanos:

Constituye un motivo de gozo para mí el encontrarme con los representantes de la Federación suiza de las Comunidades israelitas. Sucede siempre así, durante mis viajes apostólicos por el mundo, al menos cuando ello resulta posible.

No hace falta extenderse demasiado sobre la importancia de estos encuentros. Al permitir una cierta profundización de nuestra fe y una puesta en práctica de nuestro común patrimonio bíblico, contribuyen a reducir los prejuicios e incluso las barreras que todavía existen entre cristianos y judíos. Y, por parte suya, ¿cómo podrían los cristianos permanecer indiferentes ante los problemas y los peligros que os preocupan, si no en Suiza al menos en varias partes del mundo? Por otro lado la enseñanza de las Iglesias cristianas debe tener en cuenta el resultado de los estudios realizados acerca de esa herencia que nos es común y acerca del enraizamiento del cristianismo en la tradición bíblica. Es ese un camino hacia la afirmación de nuestro diálogo. A este respecto, agradezco al señor representante de la Federación Israelita el haber querido referirse de manera positiva al Instituto para los estudios Judeo-Cristianos de la facultad de Teología Católica de Lucerna.

Hubiera querido también queridos señores y hermanos, conversar con vosotros acerca de un problema fundamental: el de la paz. El shalom bíblico, con el cual es costumbre saludarse en los países de Oriente, ¿no lleva consigo una llamada a la responsabilidad? En verdad estamos todos invitados a operar ardientemente en pro del bien de la paz. Por lo que a ella toca, la Sede Apostólica se esfuerza continuamente por promover una paz que esté fundada sobre la justicia, el respeto de los derechos de todos, la supresión de las causas de enemistad, comenzando por las que están ocultas en el corazón del hombre. Recomienda sin cesar las vías de la negociación y el diálogo. No tiene ni prejuicios ni reservas hacia ningún pueblo. Querría manifestar a todos su solicitud, ayudar al desarrollo de unos y de otros, en el orden de la libertad entendida en su sentido más auténtico, como en el de la concordia interior y exterior, y en el de los verdaderos bienes aptos para promover toda persona y toda sociedad.

Es éste un ideal al cual el diálogo perseverante y la colaboración activa y fructuosa entre judíos y cristianos pueden contribuir en gran medida.

Permitidme concluir este breve encuentro con el augurio que vosotros tanto amáis: "¡Shalom Aléijem!" (la paz sea con vosotros). Es un deseo que brota de mi corazón hacia vosotros, que habéis venido a mi encuentro, hacia vuestras familias, hacia las comunidades judías de Suiza, hacia todas aquellas dispersas por el mundo, hacia todos los hombres de buena voluntad.