ENCUENTRO DE JUAN PABLO II CON EL

"COMITÉ JUDÍO-AMERICANO"

Vaticano, 16 de marzo 1990




Señor Presidente, distinguidos miembros del Comité Judío-Americano:

¡Shalom! Este es mi saludo para cada uno de vosotros cuando os doy la bienvenida en el Vaticano. Nuestro encuentro de hoy me recuerda otra visita análoga del Comité Judío-Americano en el año 1985 con el fin de conmemorar el vigésimo aniversario de la Declaración "Nostra Aetate" del Concilio Vaticano II sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas. Esta Declaración no cesa de difundir un importante y oportuno mensaje, inspirándonos esperanza y promesa para el futuro.

Aunque la doctrina católica relativa a los judíos y el Judaísmo se resumían en el artículo cuarto de la declaración muchos de sus elementos fundamentales están también presentes en otros documentos del Concilio. Referencias al mismo tema pueden ser encontradas en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia y la Revelación Divina, en la Declaración de Libertad Religiosa, en la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Moderno y en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia. Quizá ha llegado el momento, después de veinticinco años, de hacer un estudio sistemático de la enseñanza del Concilio en esta materia. Nos gustaría continuar este estudio como parte de nuestro diálogo. Hoy, me gustaría limitarme, por mi parte, a algunas observaciones generales.

"Nostra Aetate" habla del vínculo espiritual que une al Nuevo Testamento con la raza de Abraham (n.4). Esta referencia es completada por otro texto que se encuentra en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia. Allí podemos leer: "Aquellos que todavía no han recibido el Evangelio están emparentados bajo diversas formas con el Pueblo de Dios. En primer lugar está el Pueblo al que fueron hechas las alianzas y las promesas y del que nació Cristo según la carne. (cfr. Rom 9, 4-5). A causa de sus padres, este Pueblo sigue siendo muy querido por Dios, pues los dones y la vocación de Dios son irrevocables, (cfr. Rom 11, 28-29)" (n.16).

El origen de nuestra "común herencia espiritual" (cfr. Nostra Aetate n.4), sin embargo, debe estar cimentada en la fe de Abraham, Isaac y Jacob. Dentro de esta común herencia podemos incluir la veneración de las Sagradas Escrituras, la confesión de un Dios vivo (cfr. Ex 20, 3. 23; Dt 6, 4), el amor al prójimo (cfr. Lev 19, 18) y un testimonio profético de la justicia y de la paz.

Vivimos también en confiada expectación de la venida del reino de Dios y pedimos que la voluntad de Dios se haga tanto en la tierra como en el cielo.

Como resultado de ello, efectivamente podemos trabajar juntos en la promoción de la dignidad de toda persona humana y en la salvaguardia de los derechos humanos, especialmente el de la libertad religiosa.

Debemos estar también unidos para combatir todas las formas de discriminación y odio racial, étnico o religioso, incluido el antisemitismo.

Estoy encantado al observar el significativo nivel de cooperación que se ha conseguido en estas áreas a lo largo de los últimos veinticinco años, y espero fervientemente que estos esfuerzos continuarán y se incrementarán.

En la nueva y positiva atmósfera que se ha desarrollado desde el Concilio entre los católicos, es tarea de toda iglesia local fomentar la cooperación entre cristianos y judíos. Como Sucesor de San Pedro, tengo un interés especial por todas las iglesias y, por tanto, estoy comprometido en fomentar dicha línea de conducta en todo el mundo. Al mismo tiempo me entero con satisfacción de las iniciativas adoptadas por vosotros mismos en este campo.

Espero que vuestro próximo encuentro en Polonia con la Comisión Episcopal para el diálogo con los judíos sea verdaderamente útil. Ojalá sea una señal esperanzadora de la hermandad auténtica entre cristianos y judíos en la Europa Central y Oriental, y de esta forma contribuya a que allí se instaure el proceso de desarrollo pacífico y democrático.

Esta iniciativa y el continuo intercambio entre vuestro Comité y la Comisión de la Santa Sede para las relaciones religiosas con los judíos refleja nuestro común deseo de un mejor entendimiento y de una mayor armonía. Ojalá que sirva para beneficiar a nuestras dos comunidades y a fomentar la justicia y la paz en el mundo, especialmente en la Tierra de los Padres y en Jerusalem -el país y la ciudad considerados santos por millones de creyentes, judíos, cristianos y musulmanes.

Ojalá llegue el día en que todas las naciones "conviertan sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en podaderas", y en el que "no alzarán la espada gente contra gente, ni se ejercitarán para la guerra". Sobre todos vosotros invoco la abundancia de las bendiciones divinas.