PALABRAS DE JUAN PABLO II

28 de octubre 1992




Un pensamiento de solidaridad fraterna deseo dirigir ahora a los miembros del pueblo judío. Precisamente hoy es el aniversario de la promulgación de la Declaración del Concilio Vaticano II Nostra Aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, y en especial con los descendientes de la "estirpe de Abraham". Además la semana pasada se ha clausurado el ciclo de las solemnes festividades de apertura del año judío, con la celebración de Simhath Torá, la "exultación por la Ley" divina.

Destaco estos aniversarios teniendo en el ánimo muy viva amargura por las noticias de ataques y profanaciones, que desde hace algún tiempo ofenden la memoria de las víctimas de la Shoa en esos mismos lugares que han sido testigos de los sufrimientos de millones de inocentes.

Como enseña el Concilio, y como he repetido también en la sinagoga de Roma, la Iglesia "deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos". Más, en general, ante los repetidos episodios de xenofobia, de tensiones raciales y nacionalismo extremos y fanáticos, siento el deber de reafirmar que toda forma de racismo es un pecado contra Dios y contra el hombre, ya que toda persona humana lleva en sí la imagen divina.