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Vaticano, 6 de abril 1993 Al acercarse el 50º aniversario de la sublevación del ghetto de Varsovia, deseo recordar, en unión con toda la Iglesia, aquellos días terribles de la II Guerra Mundial, días de desprecio de la persona humana, manifestado en el horror de los sufrimientos soportados en aquella época por muchos de nuestros hermanos y hermanas judíos. Con profundo dolor recordamos lo que sucedió en aquellos años y, sobre todo, lo que sucedió en la larga noche de la Shoa. Lo recordamos; tenemos necesidad de recordarlo; pero tenemos necesidad de recordarlo con confianza renovada en Dios y en su bendición salvadora. En su carta pastoral del 30 de noviembre de 1990, los obispos polacos se refirieron a lo ocurrido en Polonia en aquel entonces, pero también a la actual responsabilidad de cristianos y judíos: "La muerte de unos y otros, y el mar de terribles sufrimientos y males que soportamos, no debería dividirnos, sino más bien unirnos. Los lugares de exterminio y, en muchos casos, las sepulturas comunes, exigen esta unidad". Tanto los cristianos como los judíos, siguiendo el ejemplo de la fe de Abraham, están invitados a ser bendición para el mundo (cf. Gn 12, 2ss). Esta es la tarea común que nos espera. Pero es preciso que todos, cristianos y judíos seamos, en primer lugar, bendición los unos para los otros. Esto sólo se hará realidad efectivamente, si estamos unidos para afrontar los males que aún nos amenazan: la indiferencia y el prejuicio, así como las manifestaciones de antisemitismo. Doy gracias a Dios junto con vosotros por todo lo que cristianos y judíos han hecho ya a través del diálogo y la cooperación; y ofrezco mis oraciones fervientes por todo lo que todavía estamos llamados a hacer. Que Dios nos siga guiando por los caminos de su voluntad soberana y amorosa para toda la familia humana. |