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CONSEJO CENTRAL DE LOS JUDÍOS Berlín, 23 de junio 1996 Estimados señores, queridos hermanos: Aprovecho con alegría y gratitud la ocasión de encontrarme con vosotros también durante mi tercera visita a Alemania. Nuestro encuentro de hoy tiene lugar en Berlín. En esta ciudad, que las autoridades nacionalsocialistas convirtieron en el centro de su dictadura criminal y que sufrió profundamente hasta hace poco tiempo las consecuencias de esa dictadura, nuestro encuentro asume un significado particular. Precisamente la comunidad judía de Berlín, que contribuyó a forjar la vida cultural y científica de esta ciudad, en el período oscuro del nacionalsocialismo se vio obligada a pagar un alto tributo de sangre, y eso redujo su número. Sin embargo, hoy es muy vital, y esto constituye un signo de esperanza segura. Una terrible experiencia El pueblo judío fue elegido por su vocación y su historia para anunciar a todo el género humano la voluntad salvífica de Dios (cf. Dei Verbum, 14). El sufrimiento inimaginable de vuestro pueblo ha subrayado de modo terrible la desgracia que sufre el hombre cuando se aleja, con arrogancia y soberbia arbitrarias, de su Dios y de sus mandamientos. El cristianismo comparte con el pueblo judío la fe en el hecho de que Dios es creador del mundo y Señor de la historia, y que el hombre fue creado a su imagen, como afirma el primer libro de la Biblia: "Creó Dios al ser humano a imagen suya; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó" (Gn 1,27). Esta semejanza con Dios es el fundamento de la dignidad inviolable del hombre y de los derechos que derivan de ella. El respeto a Dios y la dignidad del hombre están estrechamente relacionados. Precisamente la espantosa experiencia del régimen del terror nacionalsocialista ha demostrado que, sin respeto a Dios, se pierde también el respeto a la dignidad del hombre. Frente a ese régimen de terror muchas personas se preguntan por qué Dios permitió esa horrible desgracia, pero más dolorosa aún es la constatación de lo qué es capaz de hacer el hombre que ha perdido el respeto a Dios, y qué rostro puede tener un humanismo sin Dios. Hoy la Iglesia, en representación de muchos otros, honra a los sacerdotes Karl Leisner y Bernhard Lichtenberg que, en virtud de su fe, se opusieron a la ideología inhumana del nacionalsocialismo y por eso sacrificaron su vida. En particular, el deán Bernhard Lichtenberg testimonió la dignidad que Dios ha dado a los hombres. En su testimonio percibimos la fuerza de lo que sólo aparentemente es falta de fuerza, la fuerza de quienes conocen a Dios y a quienes Dios conoce. Al ver el sufrimiento de su pueblo elegido en la esclavitud, Dios dijo: "Conozco sus sufrimientos" (Ex 3,7). En su testimonio descubrimos el significado profundo de la expresión Victor in vinculis, victoriosos en las cadenas, que se puede aplicar a ambos, y comprendemos lo que Karl Leisner escribía en su diario: "Si puede resistir la mirada límpida de Dios que me juzga, ¿qué pueden hacerme los hombres?". El deán Bernhard Lichtenberg vio con sus propios ojos lo que los hombres pueden hacer a sus semejantes cuando, los días 9 y 10 de noviembre de 1938, asistió a una terrible anticipación de los pogromos. Esa tarde, desde el púlpito de la catedral de Santa Eduvigis, dijo: "Fuera arde el templo; también ésa es una casa de Dios". Comenzó a orar cada tarde públicamente en la catedral "por los cristianos no arios perseguidos, por los judíos". Durante los años siguientes también extendió sus oraciones "a los detenidos en los campos de concentración, a los millones de refugiados sin nombre y sin patria, a los soldados heridos, a los moribundos, a los combatientes de ambas partes y a las ciudades bombardeadas en los territorios aliados y enemigos" (Acta del interrogatorio del 25 de octubre de 1941). Denunciado por esta oración, fue arrestado el 23 de octubre de 1941. Dos años más tarde murió durante el traslado al campo de concentración de Dachau. Un modelo perenne Entre todos los recuerdos que nos conmueven en este día, viene a nuestra memoria el valioso hecho histórico de que Bernhard Lichtenberg no era el único que sostenía a los perseguidos por el régimen nacionalsocialista, esto muestra el compromiso de muchos católicos que solos o reunidos en grupos, a costa de su vida, dieron ayuda efectiva, a menudo a escondidas. También la jerarquía eclesiástica, mediante protestas y cartas personales, realizó notables esfuerzos para obstaculizar ese sistema inhumano en sus terribles acciones. Como representantes de cuantos brindaron su ayuda y se opusieron, recordamos en esta ciudad a Margarete Sommer que a través de la "Obra de asistencia a los no arios", trató de proteger a sus semejantes perseguidos por el ataque de los nacionalsocialistas; al gran obispo de Berlín, el cardenal Konrad von Preysing, que hizo todo lo posible para sostener la oposición al régimen de Hitler y a María Terwiel, una joven que ayudó a sus compatriotas judíos proporcionándoles documentos personales y bonos de racionamiento, y que fue condenada a muerte por "favorecer al enemigo". Aunque numerosos sacerdotes y laicos, como los historiadores han demostrado, se opusieron a ese régimen de terror, y aunque se llevaron a cabo muchas formas de oposición en la vida diaria, todo eso resultó insuficiente. A todos ellos va hoy nuestro agradecimiento y nuestra estima. Su ejemplo y su recuerdo no son para nosotros sólo un modelo perenne, al mismo tiempo, constituyen también una exhortación para que los cristianos y los judíos trabajen juntos en favor de la dignidad de todos los hombres, dondequiera que se encuentre de nuevo amenazada. En particular, han de luchar contra toda forma de antisemitismo para que no se produzcan nunca más hechos como el de la Shoah. Cristianos y judíos Con ocasión de mi visita del 13 de abril de 1986 a la sinagoga de Roma subrayé "que la Iglesia de Cristo descubre su relación con el Judaísmo escrutando su propio misterio. La religión judía no es extrínseca, sino que, en cierto modo, es intrínseca a nuestra religión. Por tanto, tenemos con ella relaciones que no tenemos con ninguna otra religión" (n.4). Profundizar cada vez más estas relaciones sigue siendo un importante propósito de la Iglesia. Por esta razón, el Concilio Vaticano II ya había exhortado a un diálogo intenso entre las dos religiones, que "fomente el mutuo conocimiento y estima" (cf. Nostra Aetate, 4). Profundizar cada vez más estas relaciones sigue siendo un importante propósito de la Iglesia. Por esta razón, el Concilio Vaticano II ya había exhortado a un diálogo intenso entre las dos religiones, que "fomente el mutuo conocimiento y estima" (cf. Nostra Aetate, 4). Hay que llevar a cabo este diálogo mediante un "diálogo de vida, por el cual los creyentes (...) atestiguan unos a otros en la existencia cotidiana los propios valores humanos y espirituales, y se ayudan a vivirlos para edificar una sociedad más justa y fraterna" (Redemptoris missio, 57). La Iglesia en Berlín y en Alemania se comprometerá, de modo particular, en favor de este diálogo. A través de sus múltiples actividades, ya ha demostrado cuánto le interesa este diálogo. Con alegría ha podido afirmar que las comunidades judías no sólo han acogido benévolamente sus esfuerzos, sino que también los han sostenido con amabilidad. Desde esta ciudad enviamos hoy un mensaje de vida orientado a promover una convivencia entre judíos y cristianos que pueda desarrollarse en un clima de paz y comprensión recíproca, sin excluir a las personas de otras convicciones. Se trata, al mismo tiempo, de asumir la responsabilidad común de dar al futuro un rostro humano. Hoy alabamos y damos gracias a Dios. Pero también le pedimos que bendiga nuestro camino común y nuestros esfuerzos. ¡Ojalá que Alemania y Europa se opongan a las potencias de la muerte, se abran al mensaje de la vida y avancen por el camino hacia el tercer milenio bajo el signo de una nueva esperanza! ¡Shalom!. |