Jesucristo, el Mesías ungido por el Espíritu Santo
(5.VIII.87)
1. 'Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo dejo el mundo y me
voy al Padre' (Jn 16, 28). Jesucristo tiene el conocimiento de su origen
del Padre: es el Hijo porque proviene del Padre. Como Hijo ha venido al
mundo, mandado por el Padre. Esta misión (missio) que se basa en
el origen eterno del Cristo) Hijo, de la misma naturaleza que el Padre,
está radicada en El. Por ello en esta misión el Padre revela
el Hijo y da testimonio de Cristo como su Hijo, mientras que al mismo tiempo
el Hijo revea al Padre. Nadie, efectivamente 'conoce al Hijo sino el Padre,
y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo'
(Mt 11, 27). El Hijo, que 'ha salido del Padre', expresa y confirma la propia
filiación en cuanto 'revea al Padre' ante el mundo. Y lo hace no
sólo con las palabras del Evangelio, sino también con su vida,
por el hecho de que El completamente 'vive por el Padre', y esto hasta el
sacrificio de su vida en la cruz.
2. Esta misión salvífica del Hijo de Dios como Hombre se
lleva a cabo 'en la potencia' del Espíritu Santo. Lo atestiguan numerosos
pasajes de los Evangelios y todo el Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento,
la verdad sobre la estrecha relación entre la misión del Hijo
y la venida del Espíritu Santo (que es también su 'misión')
estaba escondida, aunque también, en cierto modo, ya anunciada. Un
presagio particular son las palabras de Isaías, a las cuales Jesús
hace referencia al inicio de su actividad mesiánica en Nazaret: 'El
Espíritu del Señor está sobre mi, porque me ungió
para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos
la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner
en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor'
(Lc 4,17-19; cfr. Is 61, 1-2).
Estas palabras hacen referencia al Mesías: palabra que significa
'consagrado con unción' ('ungido'), es decir, aquel que viene de
la potencia del Espíritu del Señor. Jesús afirma delante
de sus paisanos que estas palabras se refieren a El: 'Hoy se cumple esta
Escritura que acabáis de oír' (Cfr. Lc 4, 21).
3. Esta verdad sobre el Mesías que viene en el poder del Espíritu
Santo encuentra su confirmación durante el bautismo de Jesús
en el Jordán, también al comienzo de su actividad mesiánica.
Particularmente denso es el texto de Juan que refiere las palabras del Bautista:
'Yo he visto el Espíritu descender del cielo como paloma y posarse
sobre El. Yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar
en agua me dijo: Sobre quien vieres descender el Espíritu y posarse
sobre El, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo. Y yo
vi, y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios' (Jn 1, 32)34).
Por consiguiente, Jesús es el Hijo de Dios, aquel que 'ha salido
del Padre y ha venido al mundo' (Cfr. Jn 16, 28), para llevar el Espíritu
Santo: 'para bautizar en el Espíritu Santo' (Cfr. Mc 1, 8), es decir,
para instituir la nueva realidad de un nuevo nacimiento, por el poder de
Dios, de los hijos de Adán manchados por el pecado. La venida del
Hijo de Dios al mundo, su concepción humana y su nacimiento virginal
se han cumplido por obra del Espíritu Santo. El Hijo de Dios se ha
hecho hombre y ha nacido de la Virgen María por obra del Espíritu
Santo, en su potencia.
4. El testimonio que Juan da de Jesús como Hijo de Dios está
en estrecha relación con el texto del Evangelio de Lucas donde leemos
que en la Anunciación María oye decir que Ella 'concebirá
y dará a luz en su seno un hijo que será llamado Hijo del
Altísimo' (Cfr. Lc 1, 31-32). Y cuando pregunta: '¿Cómo
podrá ser esto, pues yo no conozco varón?', recibe la respuesta.
'El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo
te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será
santo, será llamado Hijo de Dios' (Lc 1, 34-35).
Si, entonces, el 'salir del Padre y venir al mundo' (Cfr. Jn 16, 28)
del Hijo de Dios como hombre (el Hijo del hombre), se ha efectuado en el
poder del Espíritu Santo, esto manifiesta el misterio de la vida
trinitaria de Dios. Y este poder vivificante del Espíritu Santo está
confirmado desde el comienzo de la actividad mesiánica de Jesús,
como aparece en los textos de los Evangelios, sea de los sinópticos
(Mc 1, 10; Mt 3, 16; Lc 3, 22) como de Juan (Jn 1, 32-34).
5. Ya en el Evangelio de la infancia, cuando se dice de Jesús
que 'la gracia de Dios estaba en El' (Lc 2, 40), se pone de relieve la presencia
santificante del Espíritu Santo. Pero es en el momento del bautismo
en el Jordán cuando los Evangelios hablan mucho más expresamente
de a actividad de Cristo en la potencia del Espíritu: 'enseguida
(después del bautismo) el Espíritu le empujó hacia
el desierto' dice Marcos (Mc 1, 12). Y en el desierto, después de
un período de cuarenta días de ayuno, el Espíritu de
Dios permitió que Jesús fuese tentado por el espíritu
de las tinieblas, de forma que obtuviese sobre él la primera victoria
mesiánica (Cfr. Lc 4, 1-14). También durante su actividad
pública, Jesús manifiesta numerosas veces la misma potencia
del Espíritu Santo respecto a los endemoniados. El mismo lo resalta
con aquellas palabras suyas: 'si yo arrojo los demonios con el Espíritu
de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el reino de Dios' (Mt 12,
28). La conclusión de todo el combate mesiánico contra las
fuerzas de las tinieblas ha sido el acontecimiento pascual: la muerte en
cruz y la resurrección de Quien ha venido del Padre en la potencia
del Espíritu Santo.
6. También, después de la ascensión, Jesús
permaneció, en la conciencia de sus discípulos, como aquel
a quien 'ungió Dios con el Espíritu Santo y con poder' (Hech
10, 38). Ellos recuerdan que gracias a este poder los hombres, escuchando
las enseñanzas de Jesús, alababan a Dios y decían:
'un gran profeta se ha levantado entre nosotros y Dios ha visitado a su
pueblo' (Lc 7, 16),' Jamás hombre alguno habló como éste'
(Jn 7, 46), y atestiguaban que, gracias a este poder, Jesús 'hacia
milagros, prodigios y señales' (Cfr. Hech 2, 22), de esta manera
'toda la multitud buscaba tocarle, porque salía de El una virtud
que sanaba a todos' (Lc 6, 19). En todo lo que Jesús de Nazaret,
el Hijo del hombre, hacía o enseñaba, se cumplían las
palabras del profeta Isaías (Cfr. Is 42, 1 ) sobre el Mesías:
'He aquí a mi siervo a quien elegí; mi amado en quien mi alma
se complace. Haré descansar asar mi espíritu sobre él...'
(Mt 12, 1 8).
7. Este poder del Espíritu Santo se ha manifestado hasta el final
en el sacrificio redentor de Cristo y en su resurrección. Verdaderamente
Jesús es el Hijo de Dios 'que el Padre santificó y envió
al mundo' (Cfr. Jn 10, 36). Respondiendo a la voluntad del Padre, El mismo
se ofrece a Dios mediante el Espíritu como víctima inmaculada
y esta víctima purifica nuestra conciencia de las obras muertas,
para que podamos servir al Dios viviente (Cfr. Heb 9,14). El mismo Espíritu
Santo (como testimonio al Apóstol Pablo) 'resucitó a Cristo
Jesús de entre los muertos' (Rom 8, 11), y mediante este 'resurgir
de los muertos'. Jesucristo recibe la plenitud de la potencia mesiánica
y es definitivamente revelado por el Espíritu Santo como 'Hijo de
Dios con potencia' (literalmente): 'constituido Hijo de Dios, poderoso según
el Espíritu de Santidad a partir de la resurrección de entre
los muertos' (Rom 1, 4).
8. Así pues, Jesucristo, el Hijo de Dios, viene al mundo por obra
del Espíritu Santo, y como Hijo del hombre cumple totalmente su misión
mesiánica en la fuerza del Espíritu Santo. Pero si Jesucristo
actúa por este poder durante toda su actividad salvífica y
al final en la pasión y en la resurrección, entonces es el
mismo Espíritu Santo el que revela que El es el Hijo de Dios. De
modo que hoy, gracias al Espíritu Santo, la divinidad del Hijo, Jesús
de Nazaret, resplandece ante el mundo. Y 'nadie (como escribe San Pablo)
puede decir: 'Jesús es el Señor', sino en el Espíritu
Santo' (1 Cor 12,3).
Jesucristo trae al Espíritu Santo (12.VIII.87)
1. Jesucristo, el Hijo de Dios, que ha sido mandado por el Padre al mundo,
llega a ser hombre por obra del Espíritu Santo en el seno de María,
la Virgen de Nazaret, y en la fuerza del Espíritu Santo cumple como
hombre su misión mesiánica hasta la cruz y la resurrección.
En relación a esta verdad (que constituía el objeto de
la catequesis precedente), es oportuno recordar el texto de San Ireneo que
escribe: 'EL Espíritu Santo descendió sobre el Hijo de Dios,
que se hizo Hijo del hombre; habituándose junto a El a habitar en
el género humano, a descansar asar en los hombres, y realizar las
obras de Dios, llevando a cabo en ellos la voluntad del Padre, transformando
su vetustez en la novedad de Cristo' (Adv. haer. III, 17,1).
Es un pasaje muy significativo que repite con otras palabras lo que
hemos tomado del Nuevo Testamento, es decir, que el Hijo de Dios se ha hecho
hombre por obra del Espíritu Santo y en su potencia ha desarrollado
la misión mesiánica, para preparar de esta manera el envío
y la venid las almas humanas de este espíritu, que 'todo lo escudriña,
hasta las profundidades de Dios' (1 Cor 2, 10), para renovar y consolidar
su presencia y su acción santificante en la vida del hombre. Es interesante
esta expresión de Ireneo, según la cual, el Espíritu
Santo, obrando en el Hijo del hombre, 'se habituaba junto a El a habitar
en el género humano'.
2. En el Evangelio de Juan leemos que 'el último día, el
día grande de la fiesta, se detuvo Jesús y gritó diciendo:
!Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. Al que cree en mi, según
dice la Escritura, ríos de agua viva manarán de sus entrañas!.
Esto dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeran
en El, pues aún no había sido dado el Espíritu porque
Jesús no había sido glorificado'. (Jn 7, 37)39).
Jesús anuncia la venida del Espíritu Santo, sirviéndose
de la metáfora del 'agua viva', porque 'el espíritu es el
que da la vida...' (Jn 6, 63). Los discípulos recibirán este
Espíritu de Jesús mismo en el tiempo oportuno, cuando Jesús
sea 'glorificado': el Evangelista tiene en mente la glorificación
pascual mediante la cruz y la resurrección.
3. Cuando este tiempo )o sea, la 'hora' de Jesús) está
ya cercana, durante el discurso en el Cenáculo, Cristo repite su
anuncio, y varias veces promete a los Apóstoles la venida del Espíritu
Santo como nuevo Consolador (Paráclito).
Les dice así: 'yo rogaré al Padre y os dará otro
Abogado que estará con vosotros para siempre: el Espíritu
de verdad, que el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce;
vosotros le conocéis, porque permanece con vosotros' (Jn 14, 16)17).
'El Abogado, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi
nombre, ése os lo enseñará todo y os traerá
a la memoria todo lo que yo os he dicho' (Jn 14, 26). Y más adelante:
'Cuando venga el Abogado, que yo os enviaré de parte del Padre, el
Espíritu de verdad, que procede del Padre, El dará testimonio
de mí...' (Jn 15, 26).
Jesús concluye así: 'Si no me fuere, el Abogado no vendrá
a vosotros: pero, si me fuere, os lo enviaré. Y al venir éste,
amonestará al mundo sobre el pecado, la justicia y el juicio...'
(Jn 16, 7-8).
4. En los textos reproducidos se contiene de una manera densa la revelación
de la verdad sobre el Espíritu Santo, que procede del Padre y del
Hijo. (Sobre este tema me he detenido ampliamente en la Encíclica
'Dominum et Vivificantem'). En síntesis, hablando a los Apóstoles
del cenáculo, la vigilia de su pasión, Jesús une su
partida, ya cercana, con la venida del Espíritu Santo. Para Jesús
se da una relación casual: El debe irse a través de la cruz
y de la resurrección, para que el Espíritu de su verdad pueda
descender sobre los Apóstoles y sobre la Iglesia entera como el Abogado.
Entonces el Padre mandará el Espíritu 'en nombre del Hijo',
lo mandará en la potencia del misterio de la Redención, que
debe cumplirse por medio de este Hijo, Jesucristo. Por ello, es justo afirmar,
como hace Jesús, que también el mismo Hijo lo mandará:
'el Abogado que yo os enviaré de parte del Padre' (Jn 15,26).
5. Esta promesa hecha a los Apóstoles en la vigilia de su pasión
y muerte, Jesús la ha realizado el mismo día de su resurrección.
Efectivamente, el Evangelio de Juan narra que, presentándose a los
discípulos que estaban aún refugiados en el cenáculo,
Jesús los saludó y mientras ellos estaban asombrados por este
acontecimiento extraordinario, 'sopló y les dijo: !Recibid el Espíritu
Santo; a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quien
se los retuviereis, les serán retenidos!' (Jn 20, 22 -23).
En el texto de Juan existe un subrayado teológico, que conviene
poner de relieve: Cristo resucitado es el que se presenta a los Apóstoles
y les 'trae' el Espíritu Santo, el que en cierto sentido lo 'da'
a ellos en los signos de su muerte en cruz ('les mostró las manos
y el costado': Jn 20, 20). Y siendo 'el Espíritu que da la vida'
(Jn 6, 63), los Apóstoles reciben junto con el Espíritu Santo
la capacidad y el poder de perdonar los pecados.
6. Lo que acontece de modo tan significativo el mismo día de la
resurrección, los otros Evangelistas lo distribuyen de alguna manera
a lo largo de los días sucesivos, en los que Jesús continúa
preparando a los Apóstoles para el gran momento, cuando en virtud
de su partida el Espíritu Santo descenderá sobre ellos de
una forma definitiva, de modo que su venida se hará manifiesta al
mundo.
Este será también el momento del nacimiento de la Iglesia:
'recibiréis el poder del Espíritu Santo, que vendrá
sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda
Judea, en Samaría y hasta el extremo de la tierra' (Hech 1,8). Esta
promesa, que tiene relación directa con la venida del Paráclito,
se ha cumplido el día de Pentecostés.
7. En síntesis, podemos decir que Jesucristo es aquel que proviene
del Padre como eterno Hijo, es aquel que 'ha salido' del Padre haciéndose
hombre por obra del Espíritu Santo. Y después de haber cumplido
su misión mesiánica como Hijo del hombre, en la fuerza del
Espíritu Santo, 'va al al Padre' (Cfr. Jn 14, 21). Marchándose
allí como Redentor del Mundo, 'da' a sus discípulos y manda
sobre la Iglesia para siempre el mismo Espíritu en cuya potencia
el actuaba como hombre. De este modo Jesucristo, como aquel que 'va al Padre'
por medio del Espíritu Santo conduce 'al Padre'' a todos aquellos
que lo seguirán en el transcurso de los siglos.
8. 'Exaltado a la diestra de Dios y recibida del Padre la promesa del
Espíritu Santo, (Jesucristo) le derramó' (Hech 2, 33), dirá
el Apóstol Pedro el día de Pentecostés. 'Y, puesto
que sois hijos, envió Dios a vuestros corazones el Espíritu
de su Hijo, que grita: ¡Abbá!, Padre!' (Gal 4, 6), escribía
el Apóstol Pablo. El Espíritu Santo, que 'procede del Padre'
(Cfr. Jn 15, 26), es, al mismo tiempo, el Espíritu de Jesucristo:
el Espíritu del Hijo.
9. Dios ha dado 'sin medida' a Cristo el Espíritu Santo, proclama
Juan Bautista, según el IV Evangelio. Y Santo Tomás de Aquino
explica en su claro comentario que los profetas recibieron el Espíritu
'con medida', y por ello, profetizaban 'parcialmente' Cristo, por el contrario,
tiene el Espíritu Santo 'sin medida': ya como Dios, en cuanto que
el Padre mediante la generación eterna le da el espirar (soplar)
el Espíritu sin medida; ya como hombre, en cuanto que, mediante la
plenitud de la gracia, Dios lo ha colmado de Espíritu Santo, para
que lo efunda en todo creyente (Cfr Super Evang S Ioannis Lectura, c. III,
1.6, nn. 541-544). El Doctor Angélico se refiere al texto de Juan
(Jn 3, 34): 'Porque aquel a quien Dios ha enviado habla palabras de Dios,
pues Dios no le dio el espíritu con medida' (según la traducción
propuesta por ilustres biblistas)
Verdaderamente podemos exclamar con íntima emoción, uniéndolos
al Evangelista Juan: 'De su plenitud todos hemos recibido' (Jn 1, 16); verdaderamente
hemos sido hechos participes de la vida de Dios en el Espíritu Santo
Y en este mundo de hijos del primer Adán, destinados a la muerte,
vemos erguirse potente a Cristo, el 'último Adán', convertido
en 'Espíritu vivificante' (1 Cor 15, 45).
Jesucristo revela la Trinidad (19.VIII.87)
1. Las catequesis sobre Jesucristo encuentran su núcleo en este
tema central que nace de la Revelación: Jesucristo, el hombre nacido
de la Virgen María, es el Hijo de Dios. Todos los Evangelios y los
otros libros del Nuevo Testamento documentan esta fundamental verdad cristiana,
que en las catequesis precedentes hemos intentado explicar, desarrollando
sus varios aspectos. El testimonio evangélico constituye la base
del Magisterio solemne de la Iglesia en los Concilios, el cual se refleja
en los símbolos de la fe (ante todo en el niceno-constantinopolitano)
y también, naturalmente, en la constante enseñanza ordinaria
de la Iglesia, en su liturgia, en la oración y en la vida espiritual
guiada y promovida por ella.
2. La verdad sobre Jesucristo, Hijo de Dios, constituye, en la autorrevelación
de Dios, el punto clave mediante el cual se desvela el indecible misterio
de un Dios único en la Santísima Trinidad. De hecho, según
la Carta a los Hebreos, cuando Dios, 'últimamente en estos días,
nos habló por su Hijo' (Heb 1, 2), ha desvelado la realidad de su
vida íntima, de esta vida en la que El permanece en absoluta unidad
en la divinidad, y al mismo tiempo es Trinidad, es decir, divina comunión
de tres Personas. De esta comunión da testimonio directo el Hijo
que 'ha salido del Padre y ha venido al mundo (Cfr. Jn 16, 28). Solamente
El. El Antiguo Testamento, cuando Dios 'habló por ministerio de los
profetas' (Heb 1, 1), no conocía este misterio íntimo de Dios.
Ciertamente, algunos elementos de la revelación veterotestamentaria
constituían la preparación de la evangélica y, sin
embargo, sólo el Hijo podía introducirnos en este misterio.
Ya que 'a Dios nadie lo vio jamás': nadie ha conocido el misterio
íntimo de su vida. Solamente el Hijo: 'el Hijo unigénito,
que está en el seno del Padre, ése le ha dado a conocen' (Jn
1, 18).
3. En el curso de las precedentes catequesis hemos considerado los principales
aspectos de esta revelación, gracias a la cual la verdad sobre la
filiación divina de Jesucristo nos aparece con plena claridad. Concluyendo
ahora este ciclo de meditaciones, es bueno recordar algunos momentos, en
los cuales, junto a la verdad sobre la filiación divina del Hijo
del hombre, Hijo de María, se desvela el misterio del Padre y del
Espíritu Santo.
El primero cronológicamente es ya en el momento de a anunciación,
en Nazaret. Según el Ángel, de hecho quien debe nacer de la
Virgen es el Hijo del Altísimo, el Hijo de Dios. Con estas palabras,
Dios es revelado como Padre y el Hijo de Dios es presentado como aquel que
debe nacer por obra del Espíritu Santo: 'El Espíritu Santo
vendrá sobre ti' (Lc 1, 35). Así, en la narración de
a anunciación se contiene el misterio trinitario: Padre, Hijo y Espíritu
Santo.
Tal misterio está presente también en la teofanía
ocurrida durante el bautismo de Jesús en el Jordán, en el
momento que el Padre, a través de una voz de lo alto, da testimonio
del Hijo 'predilecto', y ésta v acompañada por el Espíritu
'que bajó sobre Jesús en forma de paloma' (Mt 3, 16). Esta
teofanía es casi una confirmación 'visiva' de las palabras
del profeta Isaías, a las que Jesús hizo referencia en Nazaret,
al inicio de su actividad mesiánica: 'El Espíritu del Señor
está sobre mí, porque me ungió... me envió...'
(Lc 4, 18; cf. Is 61, 1).
4. Luego, durante el ministerio, encontramos las palabras con las cuales
Jesús mismo introduce a sus oyentes en el misterio de la divina Trinidad,
entre las cuales está la 'gozosa declaración' que hallamos
en los Evangelios de Mateo (11, 25)27) y de Lucas (10, 21)22). Decimos 'gozosa'
ya que, como leemos en el texto de Lucas, 'en aquella hora se sintió
inundado de gozo en el Espíritu Santo' (Lc 10, 21 ) y dijo: 'Yo te
alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas
cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos.
Si, Padre, porque así te plugo. Todo me ha sido entregado por mi
Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino
el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo' (Mt 11, 25)27).
Gracias a esta inundación de 'gozo en el Espíritu Santo',
somos introducidos en las 'profundidades de Dios', en las 'profundidades'
que sólo el Espíritu escudriña: en la íntima
unidad de la vida de Dios, en la inescrutable comunión de las Personas.
5. Estas palabras, tomadas de Mateo y de Lucas, armonizan perfectamente
con muchas afirmaciones de Jesús que encontramos en el Evangelio
de Juan, como hemos visto ya en las catequesis precedentes. Sobre todas
ellas, domina la aserción de Jesús que desvela su unidad con
el Padre: 'Yo y el Padre somos una sola cosa' (Jn 10, 30). Est afirmación
se toma de nuevo y se desarrolla en la oración sacerdotal (Jn 17)
y en todo el discurso con el que Jesús en el cenáculo prepara
a los Apóstoles para su partida en el curso de los acontecimientos
pascuales.
6. Y propiamente aquí, en la óptica de esta 'partida',
Jesús pronuncia las palabras que de una manera definitiva re velan
el misterio del Espíritu Santo y la relación en la que El
se encuentra con respecto al Padre y el Hijo El Cristo que dice: 'Yo estoy
en el Padre y el Padre está en mí', anuncia al mismo tiempo
a los Apóstoles la venida del Espíritu Santo y afirma: Este
es 'el Espíritu de verdad, que procede del Padre' (Jn 15, 26). Jesús
añade que 'rogará al Padre o para que este Espíritu
de verdad sea dado a los Apóstoles, para que 'permanezca con ellos
para siempre' como 'Consolador' (Cfr. Jn 14,16). Y asegura a los Apóstoles:
'el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre' (Cfr.
Jn 14, 26). Todo ello, concluye Jesús, tendrá lugar después
de su partida, durante los acontecimientos pascuales, mediante la cruz y
la resurrección: 'Si me fuere, os lo enviaré' (Jn 16, 7).
7. 'En aquel día vosotros sabréis que yo estoy en el Padre',
afirma aún Jesús, o sea, por obra del Espíritu Santo
se clarificará plenamente el misterio de le unidad del Padre y del
Hijo: 'Yo en el Padre y el Padre en mí'. Tal misterio, de hecho,
lo puede aclarar sólo 'el Espíritu que escudriña las
profundidades de Dios' (Cfr. 1 Cor 2, 10), donde en la comunión de
las Personas se constituye la unidad de la vida divina en Dios. Así
se ilumina también el misterio de la Encarnación del Hijo,
en relación con los creyentes y con la Iglesia, también por
obra del Espíritu Santo. Dice de hecho Jesús: 'En aquel día
(cuando los Apóstoles reciban el Espíritu de verdad) conoceréis
(no solamente) que yo estoy en el Padre, (sino también que) vosotros
(estáis) en mi y yo en vosotros' (Jn 14, 20). La Encarnación
es, pues, el fundamento de nuestra filiación divina por medio de
Cristo, es la base del misterio de la Iglesia como cuerpo de Cristo.
8. Pero aquí es importante hacer notar que la Encarnación,
aunque hace referencia directamente al Hijo, es 'obra' de Dios Uno y Trino
(Concilio Lateranense IV). Lo testimonia ya el contenido mismo de a anunciación
(Cfr. Lc 1, 26-38). Y después, durante todas sus enseñanzas,
Jesús ha ido 'abriendo perspectivas cerradas a la razón humana'
(Gaudium et Spes, 24), las de la vida íntima de Dios Uno en la Trinidad
del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Finalmente, cumplida su
misión mesiánica, Jesús, al dejar definitivamente a
los Apóstoles, cuarenta días después del día
de la resurrección, realizó hasta el final lo que había
anunciado: 'Como me envió mi Padre, así os envío yo'
(Jn 20, 21). De hecho, les dice: 'Id, pues; enseñad a todas las gentes,
bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo' (Mt 28, 19).
Con estas palabras conclusivas del Evangelio, y antes de iniciarse el
camino de la Iglesia en el mundo, Jesucristo entregó a ella la verdad
suprema de su revelación: la indivisible Unidad de la Trinidad.
Y desde entonces, la Iglesia, admirada y adorante, puede confesar con
el evangelista Juan, en la conclusión del prólogo del IV Evangelio,
siempre con la íntima conmoción: 'A Dios nadie le vio jamás;
Dios unigénito, que está en el seno del Padre, ése
le ha dado a conocer' (Jn 1, 18). |