El milagro, manifestación del poder divino de Cristo (18.XI.87)
1. Si observamos atentamente los 'milagros, prodigios y señales'
con que Dios acreditó la misión de Jesucristo, según
las palabras pronunciadas por el Apóstol Pedro el día de Pentecostés
en Jerusalén, constatamos que Jesús, al obrar estos milagros)
señales, actuó en nombre propio, convencido de su poder divino,
y, al mismo tiempo, de la más íntima unión con el Padre.
Nos encontramos, pues, todavía y siempre, ante el misterio del 'Hijo
del hombre) Hijo de Dios', cuyo Yo transciende todos los límites
de la condición humana, aunque a ella pertenezca por libre elección,
y todas las posibilidades humanas de realización e incluso de simple
conocimiento.
2. Una ojeada a algunos acontecimientos particulares; presentados por
los Evangelistas, nos permite darnos cuenta de la presencia arcana en cuyo
nombre Jesucristo obra sus milagros. Helo ahí cuando, respondiendo
a las súplicas de un leproso, que le dice: 'Si quieres, puedes limpiarme',
El, en su humanidad, 'enternecido', pronuncia una palabra de orden que,
en un caso como aquél, corresponde a Dios, no a un simple hombre:
'Quiero, sé limpio. Y al instante desapareció la lepra y quedó
limpio' (Cfr. Mc 1, 40-42). Algo semejante encontramos en el caso del paralítico
que fue bajado por un agujero realizado en el techo de la casa: 'Yo te digo...
levántate, toma tu camilla y vete a tu casa' (Cfr. Mc 2, 11-12).
Y también: en el caso de la hija de Jairo leemos que 'El (Jesús)...tomándola
de la mano, le dijo: 'Talitha qumi', que quiere decir: 'Niña, a ti
te lo digo, levántate'. Y al instante se levantó la niña
y echó a andar' (Mc 5, 41-42). En el caso del joven muerto de Naín:
'Joven, a ti te hablo, levántate. Sentóse el muerto y comenzó
a hablar' (Lc 7, 14-15). ¡En cuántos de estos episodios vemos
brotar de la palabras de Jesús la expresión de una voluntad
y de un poder al que El se apela interiormente y que expresa, se podría
decir, con la máxima naturalidad, como si perteneciese a su condición
más íntima, el poder de dar a los hombres la salud, la curación
e incluso la resurrección y la vida!
3. Un atención particular merece la resurrección de Lázaro,
descrita detalladamente por el cuarto Evangelista. Leemos: 'Jesús,
alzando los ojos al cielo, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado;
yo sé que siempre me escuchas, pero por la muchedumbre que me rodea
lo digo, para que crean que Tú me has enviado. Diciendo esto, gritó
con fuerte voz Lázaro, sal fuera. Y salió el muerto' (Jn 11,
41-44). En la descripción cuidadosa de este episodio se pone de relieve
que Jesús resucitó a su amigo Lázaro con el propio
poder y en unión estrechísima con el Padre. Aquí hallan
su confirmación las palabras de Jesús: 'Mi Padre sigue obrando
todavía, y por eso obro yo también' (Jn 5,17), y tiene una
demostración, que se puede decir preventiva, lo que Jesús
dirá en el Cenáculo, durante la conversación con los
Apóstoles en la última Cena, sobre sus relaciones con el Padre
y, más aún, sobre su identidad sustancial con El.
4. Los Evangelios muestran con diversos milagros) señales cómo
el poder divino que actúa en Jesucristo se extiende más allá
del mundo humano y se manifiesta como poder de dominio también sobre
las fuerzas de la naturaleza. Es significativo el caso de la tempestad calmada:
'Se levantó un fuerte vendaval'. Los Apóstoles pescadores
asustados despiertan a Jesús que estaba durmiendo en la barca. El
'despertado, mandó al viento y dijo al mar: Calla, enmudece. Y se
aquietó el viento y se hizo completa calma... Y sobrecogidos de gran
temor, se decían unos a otros: ¿Quién será éste,
que hasta el viento y el mar le obedecen?' (Cfr. Mc 4, 37-41).
En este orden de acontecimientos entran también las pescas milagrosas
realizadas, por la palabra de Jesús (in verbo tuo), después
de intentos precedentes malogrados (Cfr. Lc 5, 4)6; Jn 21, 3)6). Lo mismo
se puede decir, por lo que respecta a la estructura del acontecimiento,
del 'primer signo' realizado en Caná de Galilea, donde Jesús
ordena a los criados llenar las tinajas de agua y llevar después
'el agua convertida en vino' al maestresala (Cfr. Jn 2, 7-9). Como en las
pescas milagrosas, también en Caná de Galilea, actúan
los hombres: los pescadores) apóstoles en un caso, los criados de
las bodas en otro, pero está claro que el efecto extraordinario de
a acción no proviene de ellos, sino de Aquel que les ha dado la orden
de actuar y que obra con su misterioso poder divino. Esto queda confirmado
por la reacción de los Apóstoles, y particularmente de Pedro,
que después de la pesca milagrosa 'se postró a los pies de
Jesús, diciendo: Señor, apártate de mí, que
soy un pecador' (Lc 5,8). Es uno de tantos casos de emoción que toma
la forma de temor reverencial o incluso miedo, ya sea en los Apóstoles,
como Simón Pedro, ya sea en la gente, cuando se sienten acariciados
por el ala del misterio divino
5. Un día, después de a ascensión, se sentirán
invadidos por un 'temor' semejante los que vean los 'prodigios y señales'
realizados 'por los Apóstoles' (Cfr. Hech 2, 43). Según el
libro de los Hechos, la gente sacaba 'a las calles los enfermos, poniéndolos
en lechos y camillas, para que, llegando Pedro, siquiera su sombra los cubriese'
(Hech 5, 15). Sin embargo, estos 'prodigios y señales', que acompañaban
los comienzos de la Iglesia apostólica, eran realizados por los
Apóstoles no en nombre propio, sino en el nombre de Jesucristo, y
eran, por tanto, una confirmación ulterior de su poder divino. Uno
queda impresionado cuando lee la respuesta y el mandato de Pedro al tullido
que le pedía una limosna junto a la puerta del templo de Jerusalén:
'No tengo oro ni plata; lo que tengo, eso te doy: en nombre de Jesucristo
Nazareno, anda. Y tomándole de la diestra, le levantó, y al
punto sus pies y sus talones se consolidaron' (Hech 3, 6-7). O lo que es
lo mismo, Pedro dice a un paralítico de nombre Eneas: 'Jesucristo
te sana; levántate y toma tu camilla. Y al punto se irguió'
(Hech 9, 34).
También el otro Príncipe de los Apóstoles, Pablo,
cuando recuerda en la Carta a los Romanos lo que él ha realizado
'como ministro de Cristo entre los paganos', se apresura a añadir
que en aquel ministerio consiste su único mérito: 'No me atreveré
a hablar de cosa que Cristo no haya obrado por mí para la obediencia
(de la fe) de los gentiles, de obra o de palabra, mediante el poder de milagros
y prodigios y el poder del Espíritu Santo' (15, 17-19).
6. En la Iglesia de los primeros tiempos, y especialmente esta evangelización
del mundo llevada a cabo por los Apóstoles, abundaron estos 'milagros,
prodigios y señales', como el mismo Jesús les había
prometido (Cfr. Hech 2, 22). Pero se puede decir que éstos se han
repetido siempre en la historia de la salvación, especialmente en
los momentos decisivos para la realización del designio de Dios.
Así fue ya en el Antiguo Testamento con relación al 'Éxodo'
de Israel de la esclavitud de Egipto y a la marcha hacia la tierra prometida,
bajo la guía de Moisés. Cuando, con la encarnación
del Hijo de Dios, llegó la plenitud de los tiempos' (Cfr. Gal 4,
4), estas señales milagrosas del obrar divino adquieren un valor
nuevo y una eficacia nueva por a autoridad divina de Cristo y por la referencia
a su Nombre (y, por consiguiente, a su verdad, a su promesa, a su mandato,
a su gloria) por el que los Apóstoles y tantos santos los realizan
en la Iglesia. También hoy se obran milagros y en cada uno de ellos
se dibuja el rostro del 'Hijo del hombre) Hijo de Dios' y se afirma en ellos
un don de gracia y de salvación.
Significado salvífico de los milagros (25.XI.87)
1. Un texto de San Agustín nos ofrece la clave interpretativa
de los milagros de Cristo como señales de su poder salvífico.
'El haberse hecho hombre por nosotros ha contribuido más a nuestra
salvación que los milagros que ha realizado en medio de nosotros;
el haber curado las enfermedades del alma es más importante que el
haber curado las enfermedades del cuerpo destinado a morir' (San Agustín,
In Io. Ev. Tr., 17, 1). En orden a esta salvación del alma y a la
redención del mundo entero Jesús cumplió también
milagros de orden corporal. Por tanto, el tema de la presente catequesis
es el siguiente: mediante los 'milagros, prodigios y señales' que
ha realizado, Jesucristo ha manifestado su poder de salvar al hombre del
mal que amenaza al alma inmortal y su vocación a la unión
con Dios.
2. Es lo que se revela en modo particular en la curación del paralítico
de Cafarnaum. Las personas que lo llevaban, no logrando entrar por la puerta
en la casa donde Jesús estaba enseñando, bajaron al enfermo
a través de un agujero abierto en el techo, de manera que el pobrecillo
vino a encontrase a los pies del Maestro. 'Viendo Jesús la fe de
ellos, dijo al paralítico: !Hijo, tus pecados te son perdonados!'.
Estas palabras suscitan en algunos de los presentes la sospecha de blasfemia:
'Blasfemia. ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo
Dios?'. Casi en respuesta a los que habían pensado así, Jesús
se dirige a los presentes con estas palabras: '¿Qué es más
fácil, decir al paralítico: tus pecados te son perdonados,
o decirle: levántate, toma tu camilla y vete? Pues para que veáis
que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados
)se dirige al paralítico) , yo te digo: levántate, toma tu
camilla y vete a tu casa. El se levantó y, tomando luego la camilla,
salió a la vista de todo' (Cfr. Mc 2, 1)12; análogamente,
Mt 9, 1-8; Lc 5, 18-26: 'Se marchó a casa glorificando a Dios' 5,
25).
Jesús mismo explica en este caso que el milagro de la curación
del paralítico es signo del poder salvífico por el cual El
perdona los pecados. Jesús realiza esta señal para manifestar
que ha venido como salvador del mundo, que tiene como misión principal
librar al hombre del mal espiritual, el mal que separa al hombre de Dios
e impide la salvación en Dios, como es precisamente el pecado.
3. Con la misma clave se puede explicar esta categoría especial
de los milagros de Cristo que es 'arrojar los demonios'. 'Sal, espíritu
inmundo, de ese hombre', conmina Jesús, según el Evangelio
de Marcos, cuando encontró a un endemoniado en la región de
los gerasenos (Mc 5, 8). En esta ocasión asistimos a un coloquio
insólito. Cuando aquel 'espíritu inmundo' se siente amenazado
por Cristo, grita contra El. '¿Qué hay entre ti y mí,
Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Por Dios te conjuro que no
me atormentes'. A su vez, Jesús 'le preguntó: !¿Cuál
es tu nombre?!. El le dijo: Legión es mi nombre, porque somos muchos'
(Cfr. Mc 5, 7-9). Estamos, pues, a orillas de un mundo oscuro, donde entran
en juego factores físicos y psíquicos que, sin duda, tienen
su peso en causar condiciones patológicas en las que se inserta esta
realidad demoníaca, representada y descrita de manera variada en
el lenguaje humano, pero radicalmente hostil a Dios y, por consiguiente,
al hombre y a Cristo que ha venido para librarlo de este poder maligno.
Pero, muy a su pesar, también el 'espíritu inmundo', en el
choque con la otra presencia, prorrumpe en esta admisión que proviene
de una mente perversa, pero, al mismo tiempo, lúcida: 'Hijo del Dios
Altísimo'.
4. En el Evangelio de Marcos encontramos también la descripción
del acontecimiento denominado habitualmente como la curación del
epiléptico. En efecto, los síntomas referidos por el Evangelista
son característicos también de esta enfermedad ('espumarajos,
rechinar de dientes, quedarse rígido'). Sin embargo, el padre del
epiléptico presenta a Jesús a su Hijo como poseído
por un espíritu maligno, el cual lo agita con convulsiones, lo hace
caer por tierra y se revuelve echando espumarajos. Y es muy posible que
en un estado de enfermedad como éste se infiltre y obre el maligno,
pero, admitiendo que se trate de un caso de epilepsia, de la que Jesús
cura al muchacho considerado endemoniado por su padre, es sin embargo, significativo
que El realice esta curación ordenando al 'espíritu mudo y
sordo': 'Sal de él y no vuelvas a entrar más el' (Cfr. Mc
9, 17-27). Es una reafirmación de su misión y de su poder
de librar al hombre del mal del alma desde las raíces.
5. Jesús da a conocer claramente esta misión suya de librar
al hombre del mal y, antes que nada del pecado, mal espiritual. Es una misión
que comporta y explica su lucha con el espíritu maligno que es el
primer autor del mal en la historia del hombre. Como leemos en los Evangelios,
Jesús repetidamente declara que tal es el sentido de su obra y de
la de sus Apóstoles. Así, en Lucas: 'Veía yo a Satanás
caer del cielo como un rayo. Yo os he dado poder para andar... sobre todo
poder enemigo y nada os dañará' (Lc 10, 18-19). Y según
Marcos, Jesús, después de haber constituido a los Doce, les
manda 'a predicar, con poder de expulsar a los demonios' (Mc 3, 14-15).
Según Lucas, también los setenta y dos discípulos,
después de su regreso de la primera misión, refieren a Jesús:
'Señor, hasta los demonios se nos sometían en tu nombre' (Lc
10, 17).
Así se manifiesta el poder del Hijo del hombre sobre el pecado
y sobre el autor del pecado. El nombre de Jesús, que somete también
a los demonios, significa Salvador. Sin embargo, esta potencia salvífica
alcanzará su cumplimiento definitivo en el sacrificio de la cruz.
La cruz sellará la victoria total sobre Satanás y sobre el
pecado, porque éste es el designio del Padre, que su Hijo unigénito
realiza haciéndose hombre: vencer en la debilidad, y alcanzar la
gloria de la resurrección y de la vida a través de la humillación
de la cruz. También en este hecho paradójico resplandece su
poder divino, que puede justamente llamarse la 'potencia de la cruz'.
6. Forma parte también de esta potencia y pertenece a la misión
del Salvador del mundo manifestada en los 'milagros, prodigios y señales',
la victoria sobre la muerte, dramática consecuencia del pecado. La
victoria sobre el pecado y sobre la muerte marca el camino de la misión
mesiánica de Jesús desde Nazaret hasta el Calvario. Entre
las 'señales' que indican particularmente el camino hacia la victoria
sobre la muerte, están sobre todo las resurrecciones: 'los muertos
resucitan' (Mt 11, 5), responde, en efecto, Jesús a la pregunta acerca
de su mesianidad que le hacen los mensajeros de Juan el Bautista (Cfr. Mt
11, 3). Y entre los varios 'muertos', resucitados por Jesús, merece
especial atención Lázaro de Betania, porque su resurrección
es como un 'preludio' de la cruz y de la resurrección de Cristo,
en el que se cumple la victoria definitiva sobre el pecado y la muerte.
7. El Evangelista Juan nos ha dejado una descripción pormenorizada
del acontecimiento. Bástenos referir el momento conclusivo. Jesús
pide que se quite la losa que cierra la tumba ('Quitad la piedra'). Marta,
la hermana de Lázaro, indica que su hermano está desde hace
ya cuatro días en el sepulcro y el cuerpo ha comenzado ya, sin duda,
a descomponerse. Sin embargo, Jesús, gritó con fuerte voz:
¡Lázaro, sal fuera!. 'Salió el muerto', atestigua el
Evangelista (Cfr. Jn 11, 38-43). EL hecho suscita la fe en muchos de los
presentes. Otros, por, el contrario, van a los representantes del Sanedrín
para denunciar lo sucedido. Los sumos sacerdotes y los fariseos se quedan
preocupados, piensan en una posible reacción del ocupante romano
('vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra
nación': cfr. Jn 11, 45-48). Precisamente entonces se dirigen al
Sanedrín las famosas palabras de Caifás: 'Vosotros no sabéis
nada; ¿no comprendéis que conviene que muera un hombre por
todo el pueblo y no que perezca todo el pueblo?'. Y el Evangelista anota:
'No dijo esto de sí mismo, sino que, como era pontífice aquel
año, profetizó'. ¿De qué profecía se
trata? He aquí que Juan nos da la lectura cristiana de aquellas palabras,
que son de una dimensión inmensa: 'Jesús había de morir
por el pueblo y no sólo por el pueblo, sino para reunir en uno todos
los hijos de Dios que estaban dispersos' (Cfr. Jn 11, 49-52).
8. Como se ve, la descripción joánica de la resurrección
Lázaro contiene también indicaciones esenciales referentes
al significado salvífico de este milagro. Son indicaciones definitivas,
precisamente porque entonces tomó el Sanedrín la decisión
sobre la muerte de Jesús (Cfr. Jn 11, 53). Y será la muerte
redentora 'por el pueblo' y 'para reunir en uno todos los hijos de Dios
que estaban dispersos' para la salvación del mundo. Pero Jesús
dijo ya que aquella muerte llegaría a ser también la victoria
definitiva sobre la muerte. Con motivo de la resurrección de Lázaro,
dijo a Marta: 'Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí,
aunque muera vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá
para siempre' (Jn 11, 25-26)
9. Al final de nuestra catequesis volvemos una vez más al texto
de San Agustín: 'Si consideramos ahora los hechos realizados por
el Señor y Salvador nuestro, Jesucristo, vemos que los ojos de los
ciegos, abiertos milagrosamente, fueron cerrados por la muerte, y los miembros
de los paralíticos, liberados del maligno, fueron nuevamente inmovilizados
por la muerte: todo lo que temporalmente fue sanado en el cuerpo mortal,
al final, fue deshecho; pero el alma que creyó, pasó a la
vida eterna. Con este enfermo, el Señor ha querido dar un gran signo
al alma que habría creído, para cuya remisión de los
pecados había venido, y para sanar sus debilidades El se había
humillado' (San Agustín, In Io Ev. Tr., 17, 1).
Sí, todos los 'milagros, prodigios y señales' de Cristo
están en función de la revelación de El como Mesías,
de El como Hijo de Dios: de El, que, solo, tiene el poder de liberar al
hombre del pecado y de la muerte, de El que verdaderamente es el Salvador
del mundo.
Los milagros, signos de salvación (2.XII.87)
1. No hay duda sobre el hecho de que, en los Evangelios, los milagros
de Cristo son presentados como signos del reino de Dios, que ha irrumpido
en la historia del hombre y del mundo. 'Mas si yo arrojo a los demonios
con el Espíritu de Dios, entonces es que ha llegado a vosotros el
reino de Dios', dice Jesús (Mt 12, 28). Por muchas que sean las discusiones
que se puedan entablar o, de hecho, se hayan entablado acerca de los milagros
(a las que, por otra parte, han dado respuesta los apologistas cristianos),
es cierto que no se pueden separar los 'milagros, prodigios y señales',
atribuidos a Jesús e incluso a sus Apóstoles y discípulos
que obraban 'en su nombre', del contexto auténtico del Evangelio.
En la predicación de los Apóstoles, de la cual principalmente
toman origen los Evangelios, los primeros cristianos oían narrar
de labios de testigos oculares los hechos extraordinarios acontecidos en
tiempos recientes y, por tanto, controlables bajo el aspecto que podemos
llamar crítico-histórico, de manera que no se sorprendían
de su inserción en los Evangelios. Cualesquiera que hayan sido en
los tiempos sucesivos las contestaciones, de las fuentes genuinas de la
vida y enseñanza de Jesús emerge una primera certeza: los
Apóstoles, los Evangelistas y toda la Iglesia primitiva veían
en cada uno de los milagros el supremo poder de Cristo sobre la naturaleza
y sobre las leyes. Aquel que revea a Dios como Padre Creador y Señor
de lo creado, cuando realiza estos milagros con su propio poder, se revea
a Sí mismo como Hijo consubstancial con el Padre e igual a El en
su señorío sobre la creación.
2. Sin embargo, algunos milagros presentan también otros aspectos
complementarios al significado fundamental de prueba del poder divino del
Hijo del hombre en orden a la economía de la salvación.
Así, hablando de la primera 'señal' realizada en Caná
de Galilea, el Evangelista Juan hace notar que, a través de ella,
Jesús 'manifestó su gloria y creyeron en El sus discípulos'
(Jn 2, 11). El milagro, pues, es realizado con una finalidad de fe, pero
tiene lugar durante la fiesta de unas bodas. Por ello, se puede decir que,
al menos en la intención del Evangelista, la 'señal' sirve
para poner de relieve toda la economía divina de a alianza y de la
gracia que en los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento se expresa a
menudo con la imagen del matrimonio. El milagro de Caná de Galilea,
por tanto, podría estar en relación con la parábola
del banquete de bodas, que un rey preparó para su hijo, y con el
'reino de los cielos' escatológico que 'es semejante' precisamente
a un banquete (Cfr. Mt 22, 2). El primer milagro de Jesús podría
leerse como una 'señal' de este reino, sobre todo, si se piensa que,
no habiendo llegado aún 'la hora de Jesús', es decir, la hora
de su pasión y de su glorificación (Jn 2, 4; cfr. 7, 30; 8,
20; 12, 23, 27; 13, 1; 17, 1), que ha de ser preparada con la predicación
del 'Evangelio del reino' (Cfr. Mt 4, 23; 9, 35), el milagro, obtenido por
la intercesión de María, puede considerarse como una 'señal'
y un anuncio simbólico de lo que está para suceder.
3. Como una 'señal' de la economía salvífica se
presta a ser leído, aún con mayor claridad, el milagro de
la multiplicación de los panes, realizado en los parajes cercanos
a Cafarnaum. Juan enlaza un poco más adelante con el discurso que
tuvo Jesús el día siguiente, en el cual insiste sobre la necesidad
de procurarse 'el alimento que permanece hasta la vida eterna', mediante
la fe 'en Aquel que El ha enviado' (Jn 6 29), y habla de Sí mismo
como del Pan verdadero que 'da la vida al mundo' (Jn 6, 33) y también
que Aquel que da su carne 'para vida del mundo' (Jn 6, 51). Está
claro que el preanuncio de la pasión y muerte salvífica, no
sin referencias y preparación de la Eucaristía que había
de instituirse el día antes de su pasión, como sacramento)
pan de vida eterna (Cfr. Jn 6, 52-58).
4. A su vez, la tempestad calmada en el lago de Genesaret puede releerse
como 'señal' de una presencia constante de Cristo en la 'barca' de
la Iglesia, que, muchas veces, en el discurrir de la historia, está
sometida a la furia de los vientos en los momentos de tempestad, Jesús,
despertado por sus discípulos, orden a los vientos y al mar, y se
hace una gran bonanza. Después les dice: '¿Por qué
sois tan tímidos? ¿Aún no tenéis fe?' (Mc 4,
40). En éste, como en otros episodios, se ve la voluntad de Jesús
de inculcar en los Apóstoles y discípulos la fe en su propia
presencia operante y protectora, incluso en los momentos más tempestuosos
de la historia, en los que se podría infiltrar en el espíritu
la duda sobre a asistencia divina. De hecho, en la homilética y en
la espiritualidad cristiana, el milagro se ha interpretado a menudo como
'señal' de la presencia de Jesús y garantía de la confianza
en El por parte de los cristianos y de la Iglesia.
5. Jesús, que va hacia los discípulos caminando sobre las
aguas, ofrece otra 'señal' de su presencia, y asegura una vigilancia
constante sobre sus discípulos y su Iglesia. 'Soy yo, no temáis',
dice Jesús a los Apóstoles que lo habían tomado por
un fantasma (Cfr. Mc 6, 49)50; cfr. Mt 14, 26)27; Jn 6, 16)21). Marcos hace
notar el estupor de los Apóstoles 'pues no se habían dado
cuenta de lo de los panes: su corazón estaba embotado' (Mc 6, 52).
Mateo presenta la pregunta de Pedro que quería bajar de la barca
para ir al encuentro de Jesús, y nos hace ver su miedo y su invocación
de auxilio, cuando ve que se hunde: Jesús lo salva, pero lo amonesta
dulcemente: 'Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?' (Mt
14, 31). Añade también que los que estaban en la barca 'se
postraron ante El, diciendo: Verdaderamente, tú eres Hijo de Dios'
(Mt 14,33).
6. Las pescas milagrosas son para los Apóstoles y para la Iglesia
las 'señales' de la fecundidad de su misión, si se mantienen
profundamente unidas al poder salvífico de Cristo (Cfr. Lc 5, 4-10;
Jn 21, 3)6). Efectivamente, Lucas inserta en la narración el hecho
de Simón Pedro que se arroja a los pies de Jesús exclamando:
'Señor, apártate de mí, que soy hombre pecador' (Lc
5,8), y la respuesta de Jesús es: 'No temas, en adelante vas a ser
pescador de hombres' (Lc 5, 10). Juan, a su vez, tras la narración
de la pesca después de la resurrección, coloca el mandato
de Cristo a Pedro: 'Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas" (Cfr.
Jn 21, 15-17). Es un acercamiento significativo.
7. Se puede, pues, decir que los milagros de Cristo, manifestación
de la omnipotencia divina respecto de la creación, que se revela
en su poder mesiánico sobre hombres y cosas, son, al mismo tiempo,
las 'señales' mediante las cuales se revela la obra divina de la
salvación, la economía salvífica que con Cristo se
introduce v se realiza de manera definitiva en la historia del hombre y
se inscribe así en este mundo visible, que es también obra
divina. La gente (como los Apóstoles en el lago), viendo los milagros
de Cristo, se pregunta: '¿Quién será éste, que
hasta el viento y el mar le obedecen?' (Mc 4,41), mediante estas 'señales',
queda preparada para acoger la salvación Que Dios ofrece al hombre
en su Hijo.
Este es el fin esencial de todos los milagros y señales realizados
por Cristo a los ojos de sus contemporáneos, y de todos los milagros
que a lo largo de la historia serán realizados por sus Apóstoles
y discípulos con referencia al poder salvífico de su nombre:
'En nombre de Jesús Nazareno, anda' (Hech 3,6).
Los milagros, signos del amor (9.XII.87 )
1. 'Signos' de la omnipotencia divina y del poder salvífico del
Hijo del hombre, los milagros de Cristo, narrados en los Evangelios, son
también la revelación del amor de Dios hacia el hombre, particularmente
hacia el hombre que sufre, que tiene necesidad, que implora la curación,
el perdón, la piedad. Son, pues, 'signos' del amor misericordioso
proclamado en el Antiguo y Nuevo Testamento (Cfr. Encíclica Dives
in misericordia). Especialmente, la lectura del Evangelio nos hace comprender
y casi 'sentir' que los milagros de Jesús tienen su fuente en el
corazón amoroso y misericordioso de Dios que vive y vibra en su mismo
corazón humano. Jesús los realiza para superar toda clase
de mal existente en el mundo: el mal físico, el mal moral, es decir,
el pecado, y, finalmente, a aquél que es 'padre del pecado' en la
historia del hombre: a Satanás.
Los milagros, por tanto, son 'para el hombre'. Son obras de Jesús
que, en armonía con la finalidad redentora de su misión, restablecen
el bien allí donde se anida el mal, causa de desorden y desconcierto.
Quienes los reciben, quienes los presencian se dan cuenta de este hecho,
de tal modo que, según Marcos, 'sobremanera se admiraban, diciendo:
'Todo lo ha hecho bien; a los sordos hace oír y a los mudos hablar!'
(Mc 7, 37)
2. Un estudio atento de los textos evangélicos nos revela que
ningún otro motivo, a no ser el amor hacia el hombre, el amor misericordioso,
puede explicar los 'milagros y señales' del Hijo del hombre. En el
Antiguo Testamento, Elías se sirve del 'fuego del cielo' para confirmar
su poder de Profeta y castigar la incredulidad (Cfr. 2 Re 1, 10). Cuando
los Apóstoles Santiago y Juan intentan inducir a Jesús a que
castigue con 'fuego del cielo' a una aldea samaritana que les había
negado hospitalidad, El les prohibió decididamente que hicieran semejante
petición. Precisa el Evangelista que, 'volviéndose Jesús,
los reprendió' (Lc 9, 55). (Muchos códices y la Vulgata añaden:
'Vosotros no sabéis de qué espíritu sois. Porque el
Hijo del hombre no ha venido a perder las almas de los hombres, sino a salvarlas').
Ningún milagro ha sido realizado por Jesús para castigar a
nadie, ni siquiera los que eran culpables.
3. Significativo a este respecto es el detalle relacionado con el arresto
de Jesús en el huerto de Getsemaní. Pedro se había
prestado a defender al Maestro con la espada, e incluso 'hirió a
un siervo del pontífice, cortándole la oreja derecha. Este
siervo se llamaba Malco' (Jn 18, 10). Pero Jesús le prohibió
empuñar la espada. Es más, 'tocando la oreja, lo curó'
(Lc 22, 51).Es esto una confirmación de que Jesús no se sirve
de la facultad de obrar milagros para su propia defensa. Y confía
a los suyos que no pide al Padre que le mande 'más de doce legiones
de ángeles' (Cfr. Mt 26, 53) para que lo salven de las insidias de
sus enemigos. Todo lo que El hace, también en la realización
de los milagros, lo hace en estrecha unión con el Padre. Lo hace
con motivo del reino de Dios y de la salvación del hombre. Lo hace
por amor.
4. Por esto, y al comienzo de su misión mesiánica, rechaza
todas las 'propuestas' de milagros que el Tentador le presenta, comenzando
por la del trueque de las piedras en pan (Cfr. Mt 4, 31). El poder de Mesías
se le ha dado no para fines que busquen sólo el asombro o al servicio
de la vanagloria. El que ha venido 'para dar testimonio de la verdad' (Jn
18, 37), es más, el que es 'la verdad' (Cfr. Jn 14, 6), obra siempre
en conformidad absoluta con su misión salvífica. Todos sus
'milagros y señales' expresan esta conformidad en el cuadro del 'misterio
mesiánico' del Dios que casi se ha escondido en la naturaleza de
un Hijo del hombre, como muestran los Evangelios, especialmente el de Marcos.
Si en los milagros hay casi siempre un relampagueo del poder divino, que
los discípulos y la gente a veces logran aferrar, hasta el punto
de reconocer y exaltar en Cristo al Hijo de Dios, de la misma manera se
descubre en ellos la bondad, la sobriedad y la sencillez, que son las dotes
más visibles del 'Hijo del hombre'.
5. El mismo modo de realizar los milagros hace notar la gran sencillez,
y se podría decir humildad, talante, delicadeza de trato de Jesús.
Desde este punto de vista pensemos, por ejemplo, en las palabras que acompañan
a la resurrección de la hija de Jairo: 'La niña no ha muerto,
duerme' (Mc 5 39)como si quisiera 'quitar importancia' al significado de
lo que iba a realizar. Y, a continuación, añade: 'Les recomendó
mucho que nadie supiera aquello' (Mc 5, 43). Así hizo también
en otros casos, por ejemplo, después de la curación de un
sordomudo (Mc 7, 36), y tras la confesión de fe de Pedro (Mc 8, 29-30)
Para curar al sordomudo es significativo el hecho de que Jesús
lo tomó 'aparte, lejos de la turba'. Allí, 'mirando al cielo,
suspiró'. Este 'suspiro' parece ser un signo de compasión
y, al mismo tiempo, una oración. La palabra 'efeta' ('¡abrete!')
hace que se abran los oídos y se suelte 'la lengua' del sordomudo
(Cfr. 7, 33)35).
6. Si Jesús realiza en sábado algunos de sus milagros,
lo hace no para violar el carácter sagrado del día dedicado
a Dios sino para demostrar que este día santo está marcado
de modo particular por a acción salvífica de Dios. 'Mi Padre
sigue obrando todavía, y por eso obro yo también' (Jn 5, 17).
Y este obrar es para el bien del hombre; por consiguiente, no es contrario
a la santidad del sábado, sino que más bien la pone de relieve:
'El sábado fue hecho a causa del hombre, y no el hombre por el sábado.
Y el dueño el sábado es el Hijo del hombre' (Mc 2, 27-28).
7. Si se acepta la narración evangélica de los milagros
de Jesús (y no hay motivos para no aceptarla, salvo el prejuicio
contra lo sobrenatural) no se puede poner en duda una lógica única,
que une todos estos 'signos' y los hace emanar de su amor hacia nosotros
de ese amor misericordioso que con el bien vence al mal, cómo demuestra
la misma presencia y acción de Jesucristo en el mundo. En cuanto
que están insertos en esta economía, los 'milagros y señales'
son objeto de nuestra fe en el plan de salvación de Dios y en el
misterio de la redención realizada por Cristo.
Como hecho, pertenecen a la historia evangélica, cuyos relatos
son creíbles en la misma y aún en mayor medida que los contenidos
en otras obras históricas. Está claro que el verdadero obstáculo
para aceptarlos como datos ya de historia ya de fe, radica en el prejuicio
antisobrenatural al que nos hemos referido antes. Es el prejuicio de quien
quisiera limitar el poder de Dios o restringirlo al orden natural de las
cosas, casi como una autoobligación de Dios a ceñirse a sus
propias leyes. Pero esta concepción choca contra la más elemental
idea filosófica y teológica de Dios, Ser infinito, subsistente
y omnipotente, que no tiene límites, si no en el no-ser y, por tanto,
en el absurdo.
Como conclusión de esta catequesis resulta espontáneo
notar que esta infinitud en el ser y en el poder es también infinitud
en el amor, como demuestran los milagros encuadrados en la economía
de la Encarnación y en la Redención. 'signos' del amor misericordioso
por el que Dios ha enviado al mundo a su Hijo para que todo el que crea
en El no perezca, generoso con nosotros hasta la muerte. 'Sic dilexit!'
(Jn 3, 16)
Que a un amor tan grande no falte la respuesta generosa de nuestra gratitud,
traducida en testimonio coherente de los hechos.
El milagro, llamada a la fe (16.XII.87)
1. Los 'milagros y los signos' que Jesús realizaba para confirmar
su misión mesiánica y la venida del reino de Dios, están
ordenados y estrechamente ligados a la llamada a la fe. Esta llamada con
relación al milagro tiene dos formas: la fe precede al milagro, más
aún, es condición para que se realice; la fe constituye un
efecto del milagro, bien porque el milagro mismo la provoca en el alma de
quienes lo han recibido, bien porque han sido testigos de él.
Es sabido que la fe es una respuesta del hombre a la palabra de la revelación
divina. El milagro acontece en unión orgánica con esta Palabra
de Dios que se revela. Es una 'señal' de su presencia y de su obra,
un signo, se puede decir, particularmente intenso. Todo esto explica de
modo suficiente el vínculo particular que existe entre los 'milagros-signos'
de Cristo y la fe: vínculo tan claramente delineado en los Evangelios.
2. Efectivamente, encontramos en los Evangelios una larga serie de textos
en los que la llamada a la fe aparece como un coeficiente indispensable
y sistemático de los milagros de Cristo.
Al comienzo de esta serie es necesario nombrar las páginas concernientes
a la Madre de Cristo con su comportamiento en Caná de Galilea, y
aún antes )y sobre todo) en el momento de a anunciación. Se
podría decir que precisamente aquí se encuentra el punto culminante
de su adhesión a la fe, que hallará su confirmación
en las palabras de Isabel durante la Visitación: 'Dichosa la que
ha creído que se cumplirá lo que se te he dicho de parte del
Señor' (Lc 1, 45). Sí, María ha creído como
ninguna otra persona, porque estaba convencida de que 'para Dios nada hay
imposible' (Cfr. Lc 1, 37).
Y en Caná de Galilea su fe anticipó, en cierto sentido,
la hora de la revelación de Cristo. Por su intercesión, se
cumplió aquel primer milagro-signo, gracias al cual los discípulos
de Jesús 'creyeron en él' (Jn 2, 11). Si el Concilio Vaticano
II enseña que María precede constantemente al Pueblo de Dios
por los caminos de la fe (Cfr. Lumen Gentium, 58 y 63; Redemptoris Mater,
5-6), podemos decir que el fundamento primero de dicha afirmación
se encuentra en el Evangelio que refiere los 'milagros-signos' en María
y por María en orden a la llamada a la fe.
3. Esta llamada se repite muchas veces. Al jefe de la sinagoga, Jairo,
que había venido a suplicar que su hija volviese a la vida, Jesús
le dice: 'No temas, ten sólo fe'. (Dice 'no temas', porque algunos
desaconsejaban a Jairo ir a Jesús) (Mc 5, 36).
Cuando el padre del epiléptico pide la curación de su
hijo, diciendo: 'Pero si algo puedes, ayúdanos...', Jesús
le responde: 'Si puedes! Todo es posible al que cree'. Tiene lugar entonces
el hermoso acto de fe en Cristo de aquel hombre probado: '¡Creo! Ayuda
a mi incredulidad' (Cfr. Mc 9, 22-24).
Recordemos, finalmente, el coloquio bien conocido de Jesús con
Marta antes de la resurrección de Lázaro: 'Yo soy la resurrección
y la vida... ¿Crees esto? Si, Señor, creo...' (Cfr. Jn 11,
25-27).
4. El mismo vínculo entre el 'milagro-signo' y la fe se confirma
por oposición con otros hechos de signo negativo. Recordemos algunos
de ellos. En el Evangelio de Marcos leemos que Jesús de Nazaret 'no
pudo hacer...ningún milagro, fuera de que a algunos pocos dolientes
les impuso las manos y los curó. El se admiraba de su incredulidad'
(Mc 6, 5)6).
Conocemos las delicadas palabras con que Jesús reprendió
una vez a Pedro: 'Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?'.
Esto sucedió cuando Pedro, que al principio caminaba valientemente
sobre las olas hacia Jesús, al ser zarandeado por la violencia del
viento, se asustó y comenzó a hundirse (Cfr. Mt 14, 29-31).
5. Jesús subraya más de una vez que los milagros que El
realiza están vinculados a la fe. 'Tu fe te ha curado', dice a la
mujer que padecía hemorragias desde hacia doce años y que,
acercándose por detrás le había tocado el borde de
su manto, quedando sana (Cfr. Mt 9, 20-22; y también Lc 8, 48; Mc
5, 34).
Palabras semejantes pronuncia Jesús mientras cura al ciego Bartimeo,
que, a la salida de Jericó, pedía con insistencia su ayuda
gritando: '¡Hijo de David, Jesús, ten piedad de mi!' (Cfr.
Mc 10, 46-52). Según Marcos: 'Anda, tu fe te ha salvado' le responde
Jesús. Y Lucas precisa la respuesta: 'Ve, tu fe te ha hecho salvo'
(Lc 18,42).
Una declaración idéntica hace al Samaritano curado de
la lepra (Lc 17, 19). Mientras a los otros dos ciegos que invocan a volver
a ver, Jesús les pregunta: '¿Creéis que puedo yo hacer
esto?'. 'Sí, Señor'... 'Hágase en vosotros, según
vuestra fe' (Mt 9, 28-29).
6. Impresiona de manera particular el episodio de la mujer cananea que
no cesaba de pedir a ayuda de Jesús para su hija 'atormentada cruelmente
por un demonio'. Cuando la cananea se postró delante de Jesús
para implorar su ayuda, El le respondió: 'No es bueno tomar el pan
de los hijos y arrojarlo a os perrillos' (Era una referencia a la diversidad
étnica entre israelitas y nananeos que Jesús, Hijo de David,
no podía ignorar en su comportamiento práctico, pero a la
que alude con finalidad metodológica para provocar la fe). Y he aquí
que la mujer llega intuitivamente a un acto insólito de fe y de humildad.
Y dice: 'Cierto, Señor, pero también los perrillos comen de
las migajas que caen de la mesa de sus señores'. Ante esta respuesta
tan humilde, elegante y confiada, Jesús replica: '¡Mujer, grande
es tu fe! Hágase contigo como tú quieres' (Cfr. Mt 15, 21-28).
Es un suceso difícil de olvidar, sobre todo si se piensa en los innumerables
' cananeos' de todo tiempo, país, color y condición social
que tienden su mano para pedir comprensión y ayuda en sus necesidades!
7. Nótese cómo en la narración evangélica
se pone continuamente de relieve el hecho de que Jesús, cuando 've
la fe', realiza el milagro. Esto se dice expresamente en el caso del paralítico
que pusieron a sus pies desde un agujero abierto en el techo (Cfr. Mc 2,
5; Mt 9, 2; Lc 5, 20). Pero la observación se puede hacer en tantos
otros casos que los evangelistas nos presentan. El factor fe es indispensable;
pero, apenas se verifica, el corazón de Jesús se proyecta
a satisfacer las demandas de los necesitados que se dirigen a El para que
los socorra con su poder divino.
8. Una vez más constatamos que, como hemos dicho al principio,
el milagro es un 'signo' del poder y del amor de Dios que salvan al hombre
en Cristo. Pero, precisamente por esto es al mismo tiempo una llamada del
hombre a la fe. Debe llevar a creer sea al destinatario del milagro sea
a los testigos del mismo.
Esto vale para los mismos Apóstoles, desde el primer 'signo'
realizado por Jesús en Caná de Galilea; fue entonces cuando
'creyeron en El' (Jn 2, 11). Cuando, más tarde, tiene lugar la multiplicación
milagrosa de los panes cerca de Cafarnaum, con la que está unido
el preanuncio de la Eucaristía, el evangelista hace notar que 'desde
entonces muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían',
porque no estaban en condiciones de acoger un lenguaje que les parecía
demasiado 'duro'. Entonces Jesús preguntó a los Doce: '¿Queréis
iros vosotros también?'. Respondió Pedro: 'Señor, ¿a
quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, y
nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios'
(Cfr. Jn 6, 66-69). Así, pues, el principio de la fe es fundamental
en la relación con Cristo, ya como condición para obtener
el milagro, ya como fin por el que el milagro se ha realizado. Esto queda
bien claro al final del Evangelio de Juan donde leemos: 'Muchas otras señales
hizo Jesús en presencia de los discípulos que no están
escritas en este libro; y éstas fueron escritas para que creáis
que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo
tengáis vida en su nombre' (Jn 20, 30-31).
Los milagros demuestran la existencia del mundo sobrenatural (13.I.88)
1. Hablando de los milagros realizados por Jesús durante su misión
en la tierra, San Agustín, en un texto interesante, los interpreta
como signos del poder y del amor salvífico y como estímulos
para elevarse al reino de las cosas celestes.
'Los milagros que hizo Nuestro Señor Jesucristo (escribe) son
obras divinas que enseñan a la mente humana a elevarse por encima
de las cosas visibles, para comprender lo que Dios es' (Agustín,
In Io. Ev. Tr., 24, 1 ).
2. A este pensamiento podemos referirnos al reafirmar la estrecha unión
de los 'milagros-signos' realizados por Jesús con la llamada a la
fe. Efectivamente, tales milagros demostraban la existencia del orden sobrenatural,
que es objeto de la fe. A quienes los observaban y, particularmente, a quienes
en su persona los experimentaban, estos milagros les hacían constatar,
casi con la mano, que el orden de la naturaleza no agota toda la realidad.
El universo en el que vive el hombre no está encerrado solamente
en el marco del orden de las cosas accesibles a los sentidos y al intelecto
mismo condicionado por el conocimiento sensible. El milagro es 'signo' de
que este orden es superior por el 'Poder de lo alto', y, por consiguiente,
le está también sometido. Este 'Poder de lo alto' (Cfr. Lc
24,49), es decir, Dios mismo, está por encima del orden entero de
la naturaleza. Este poder dirige el orden natural y, al mismo tiempo, da
a conocer que (mediante este orden y por encima de él) el destino
del hombre es el reino de Dios. Los milagros de Cristo son 'signos' de este
reino.
3. Sin embargo, los milagros no están en contraposición
con las fuerzas y leyes de la naturaleza, sino que implican a solamente
cierta 'suspensión' experimentable de su función ordinaria,
no su anulación. Es más, los milagros descritos en el Evangelio
indican la existencia de un Poder que supera las fuerzas y las leyes de
la naturaleza, pero que, al mismo tiempo, obra en la línea de las
exigencias de la naturaleza misma, aunque por encima de su capacidad normal
actual. ¿No es esto lo que sucede, por ejemplo, en toda curación
milagrosa? La potencialidad de las fuerzas de la naturaleza es activada
por la intervención divina, que la extiende más allá
de la esfera de su posibilidad normal de acción. Esto no elimina
ni frustra la causalidad que Dios ha comunicado a las cosas en la creación,
ni viola las 'leyes naturales' establecidas por El mismo e inscritas en
la estructura de lo creado, sino que exalta y, en cierto modo, ennoblece
la capacidad del obrar o también de recibir los efectos de la operación
del otro, como sucede precisamente en las curaciones descritas en el Evangelio.
4. La verdad sobre la creación es la verdad primera y fundamental
de nuestra fe. Sin embargo, no es la única, ni la suprema. La fe
nos enseña que la obra de la creación está encerrada
en el ámbito de designio de Dios, que llega con su entendimiento
mucho más allá de los limites de la creación misma.
La creación )particularmente la criatura humana llamada a la existencia
en el mundo visible) está abierta a un destino eterno, que ha sido
revelado de manera plena en Jesucristo. También en El la obra de
la creación se encuentra completada por la obra de la salvación.
Y la salvación significa una creación nueva (Cfr. 2 Cor 5,
17; Gal 6, 15), una 'creación de nuevo', una creación a medida
del designio originario del Creador, un restablecimiento de lo que Dios
había hecho y que en la historia del hombre había sufrido,
el desconcierto y la 'corrupción', como consecuencia del pecado.
Los milagros de Cristo entran en el proyecto de la 'creación
nueva' y están, pues, vinculados al orden de la salvación.
Son 'signos' salvíficos que llaman a la conversión y a la
fe, y en esta línea, a la renovación del mundo sometido a
la 'corrupción' (Cfr. Rom 8, 19-21). No se detienen, por tanto, en
el orden ontológico de la creación (creatio), al que también
afectan y al que restauran, sino que entran en el orden sotereológico
de la creación nueva (re) creatio totius universi), del cual son
co-eficientes y del cual, como 'signos', dan testimonio.
5. El orden sotereológico tiene su eje en la Encarnación;
y también los 'milagros-signos' de que hablan los Evangelios, encuentran
su fundamento en la realidad misma del Hombre)Dios. Esta realidad)misterio
abarca Y supera todos los acontecimientos)milagros en conexión con
la misión mesiánica de Cristo. Se puede decir que la Encarnación
es el 'milagro de los milagros', el 'milagro' radical y permanente del orden
nuevo de la creación. La entrada de Dios en la dimensión de
la creación se verifica en la realidad de la Encarnación de
manera única y, a los ojos de la fe, llega a ser 'signo' incomparablemente
superior a todos los demás 'signos-milagros' de la presencia y del
obrar divino en el mundo. Es más, todos estos otros 'signos' tienen
su raíz en la realidad de la Encarnación, irradian de su fuerza
atractiva, son testigos de ella. Hacen repetir a los creyentes lo que escribe
el evangelista Juan al final del Prólogo sobre la Encarnación:
'Y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre lleno
de gracia y de verdad' (Jn 1, 14).
6. Si la Encarnación es el signo fundamental al que se refieren
todos los 'signos' que dan testimonio a los discípulos y a la humanidad
de que 'ha llegado... el reino de Dios' (Cfr. Lc 11, 20), hay también
un signo último y definitivo, al que alude Jesús, haciendo
referencia al Profeta Jonás: 'Porque, como estuvo Jonás en
el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así
estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón
de a tierra' (Mt 12, 40): es el 'signo' de la resurrección.
Jesús prepara a los los Apóstoles para este 'signo' definitivo,
pero lo hace gradualmente y con tacto, recomendándoles discreción
'hasta cierto tiempo'. Una alusión particularmente clara tiene lugar
después de la transfiguración en el monte: 'Bajando del monte,
les prohibió contar a nadie lo que habían visto hasta que
el Hijo del hombre resucitase de entre los muertos' (Mc 9, 9).Podemos preguntarnos
al porque de esta gradualidad. Se puede responder que Jesús sabía
bien cómo se habrían de complicar las cosas si los Apóstoles
y los demás discípulos hubiesen comenzado a discutir sobre
la resurrección, para cuya comprensión no estaban suficientemente
preparados, como se desprende del comentario que el evangelista mismo hace
a continuación: 'Guardaron aquella orden, y se preguntaban que era
aquello de !cuando resucitase de entre los os muertos!' (Mc 9, 10). Además,
se puede decir que la resurrección de entre los muertos, aun anunciada
una y otra vez, estaba en la cima de aquella especie de 'secreto mesiánico'
que Jesús quiso mantener a lo largo de todo el desarrollo de su vida
y de su misión, hasta el momento del cumplimiento y de la revelación
finales, que tuvieron lugar precisamente con el 'milagro de los milagros',
la Resurrección, que, según San Pablo, es el fundamento de
nuestra fe (Cfr. 1 Cor 15, 12-19).
7. Después de la Resurrección, a ascensión y Pentecostés,
los 'milagros)signos' realizados por Cristo se 'prolongan' a través
de los Apóstoles, y después, a través de los santos
que se suceden de generación en generación. Los Hechos de
los Apóstoles nos ofrecen numerosos testimonios de los milagros realizados
'en el nombre de Jesucristo' por parte de Pedro (Cfr. Hech 3, 1)8; 5, 15;
9, 32)41), de Esteban (Hech 6, 8), de Pablo (por ej., Hech 14, 8)10). La
vida de los santos, la historia de la Iglesia, y, en particular, los procesos
practicados para las causas de canonización de los Siervos de Dios,
constituyen una documentación que, sometida al examen, incluso al
más severo, de la critica histórica y de la ciencia médica,
confirma la existencia del poder de lo 'alto' que obra en el orden de la
naturaleza y la supera. Se trata de 'signos' milagrosos realizados desde
los tiempos de los Apóstoles hasta hoy, cuyo fin esencial es hacer
ver el destino y la vocación del hombre al reino de Dios. Así,
mediante tales 'signos', se confirma en los distintos tiempos y en las circunstancias
más diversas la verdad del Evangelio y se demuestra el poder salvífico
de Cristo que no cesa de llamar a los hombres (mediante la Iglesia) al camino
de la fe. Este poder salvífico del Dios)Hombre, se manifiesta también
cuando los 'milagros)signos' se realizan por intercesión de los hombres,
de los santos, de los devotos, así como el primer 'signo' en Caná
de Galilea se realizó por la intercesión de la Madre de Cristo. |