Jesucristo, verdadero hombre (27.I.88)
1. Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre: es el misterio central
de nuestra fe y es también la verdad) clave de nuestras catequesis
cristológicas. Esta mañana nos proponemos buscar el testimonio
de esta verdad en la Sagrada Escritura, especialmente en los Evangelios
y en la tradición cristiana.
Hemos visto ya que en los Evangelio Jesucristo se presenta y se da a
conocer como Dios-Hijo, especialmente cuando declara: 'Yo y el Padre somos
una sola cosa' (Jn 10, 30), cuando se atribuye a Sí mismo el nombre
de Dios 'Yo soy' (Cfr. Jn 8, 58), y los atributos divinos; cuando afirma
que le 'ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra' (Mt 28, 18):
el poder del juicio final sobre todos los hombres y el poder sobre la ley
(Mt 5, 22. 28. 32. 34. 39. 44) que tiene su origen y su fuerza en Dios,
V por último el poder de perdonar los pecados (Cfr. Jn 20, 22)23),
porque aun habiendo recibido del Padre el poder de pronunciar el 'juicio'
final sobre el mundo (Cfr. Jn 5, 22), El viene al mundo 'a buscar y salvar
lo que estaba perdido' (Lc 19, 10).
Para confirmar su poder divino sobre la creación, Jesús
realiza 'milagros', es decir, 'signos' que testimonian que junto con El
ha venido al mundo el reino de Dios.
2. Pero este Jesús que, a través de todo lo que 'hace y
enseña', da testimonio de Sí como Hijo de Dios, a la vez se
presenta a Sí mismo y se da a conocer como verdadero hombre. Todo
el Nuevo Testamento y en especial los Evangelios atestiguan de modo inequívoco
esta verdad, de la cual Jesús tiene un conocimiento clarísimo
y que los Apóstoles y Evangelistas conocen, reconocen y transmiten
sin ningún género de duda. Por tanto, debemos dedicar la catequesis
de hoy a recoger y a comentar al menos en un breve bosquejo los datos evangélicos
sobre esta verdad, siempre en conexión con cuanto hemos dicho anteriormente
sobre Cristo como verdadero Dios.
Este modo de aclarar la verdadera humanidad del Hijo de Dios es hoy
indispensable, dada la tendencia tan difundida a ver y a presentar a Jesús
sólo como hombre: un hombre insólito y extraordinario, pero
siempre y sólo un hombre. Esta tendencia característica de
los tiempos modernos es en cierto modo antitética a la que se manifestó
bajo formas diversas en los primeros siglos del cristianismo y que tomó
el nombre de 'docetismo'. Según los 'docetas', Jesucristo era un
hombre 'aparente', es decir, tenia a apariencia de un hombre, pero en realidad
era solamente Dios.
Frente a estas tendencias opuestas, la Iglesia profesa y proclama firmemente
la verdad sobre Cristo como Dios-hombre, verdadero Dios y verdadero Hombre;
una sola Persona (la divina del Verbo) subsistente en dos naturalezas, la
divina y la humana, como enseña el catecismo. Es un profundo misterio
de nuestra fe, pero encierra en sí muchas luces.
3. Los testimonios bíblicos sobre la verdadera humanidad de Jesucristo
son numerosos y claros. Queremos reagruparlos ahora para explicarlos después
en las próximas catequesis.
El punto de arranque es aquí la verdad de la Encarnación:
'Et incarnatus est', profesamos en el Credo. Más distintamente se
expresa esta verdad en e el prólogo del Evangelio de Juan: 'Y el
Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros' (Jn 1, 14). Carne (en
griego 'sarx') significa el hombre en concreto, que comprende la corporeidad
y, por tanto, !a precariedad, la debilidad, en cierto sentido la caducidad
('Toda carne es hierba', leemos en el libro de Isaías 40, 6). Jesucristo
es hombre en este significado de la palabra 'carne.'
Esta carne (y por tanto la naturaleza humana) la ha recibido Jesús
de su Madre, María, la Virgen de Nazaret. Si San Ignacio de Antioquía
llama a Jesús 'sarcóforos' (Ad Smirn., 5), con esta palabra
indica claramente su nacimiento humano de una mujer, que le ha dado la 'carne
humana'. San Pablo había dicho ya que 'envió Dios a su Hijo,
nacido de mujer' (Gal 4, 4).
4. El Evangelista Lucas habla de este nacimiento de una mujer cuando
describe los acontecimientos de la noche de Belén: 'Estando allí
se cumplieron los días de su parto y dio a luz a su hijo primogénito
y le envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre'
(Lc 2, 6-7). El mismo Evangelista nos da a conocer que el octavo día
después del nacimiento, el Niño fue sometido a la circuncisión
ritual y 'le dieron el nombre de Jesús (Lc 2, 21). El día
cuadragésimo fue ofrecido como 'primogénito' en el templo
jerosolimitano según la ley de Moisés (Cfr. Lc 2, 22-24)
Y, como cualquier otro niño, también este 'Niño
crecía y se fortalecía lleno de sabiduría' (Lc 2, 40).
'Jesús crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios
y ante los hombres' (Lc 2, 52).
5. Veámoslo de adulto, como nos lo presentan más frecuentemente
los Evangelios. Como verdadero hombre, hombre de carne (sarx), Jesús
experimentó el casancio, el hambre y la sed. Leemos: 'Y habiendo
ayunado cuarenta días y cuarenta noches, al fin tuvo hambre' (Mt
4, 2). Y en otro lugar: 'Jesús, fatigado del camino, se sentó
sin más junto a la fuente... Llega una mujer de Samaria a sacar agua
y Jesús le dice: dame de beber' (Jn 4, 6).
Jesús tiene, pues, un cuerpo sometido al cansancio, al sufrimiento,
un cuerpo mortal. Un cuerpo que al final sufre las torturas del martirio
mediante la flagelación, la coronación de espinas y, por último,
la crucifixión. Durante la terrible agonía, mientras moría
en el madero de la cruz, Jesús pronuncia aquel su 'Tengo sed' (Jn
19, 28), en el cual está contenida una última, dolorosa y
conmovedora expresión de la verdad de su humanidad.
6. Sólo un verdadero hombre ha podido sufrir como sufrió
Jesús en el Gólgota, sólo un verdadero hombre ha podido
morir como murió verdaderamente Jesús. Esta muerte la constataron
muchos testigos oculares, no sólo amigos y discípulos, sino,
como leemos en el Evangelio de San Juan, los mismos soldados que 'llegando,
a Jesús, como le vieron ya muerto, no le rompieron las piernas sino
que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al
instante salió sangre y agua' (Jn 19, 33-34).
'Nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder
de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado': con estas palabras
del Símbolo de los Apóstoles la Iglesia profesa la verdad
del nacimiento y de la muerte de Jesús. La verdad de la Resurrección
se atestigua inmediatamente después con las palabras: 'al tercer
día resucitó de entre los muertos'.
7. La resurrección confirma de un modo nuevo que Jesús
es verdadero hombre: si el Verbo para nacer en él tiempo 'se hizo
carne', cuando, resucito volvió a tomar el propio cuerpo de hombre.
Sólo un verdadero hombre ha podido sufrir y morir en la cruz, sólo
un verdadero hombre ha podido resucitar. Resucitar quiere decir volver a
la vida en el cuerpo. Este cuerpo puede ser transformado, dotado de nuevas
cualidades y potencias, y al final incluso glorificado (como en a ascensión
de Cristo y en la futura resurrección de los muertos), pero es cuerpo
verdaderamente humano. En efecto, Cristo resucitado se pone en contacto
con los Apóstoles, ellos lo ven, lo miran, tocan a las cicatrices
que quedaron después de la crucifixión y El no sólo
habla y se entretiene con ellos, sino que incluso acepta su comida: 'Le
dieron un trozo de pez asado y tomándolo comió delante de
ellos' (Lc 24, 42-43). Al final Cristo con este cuerpo resucitado y ya glorificado
pero siempre cuerpo de verdadero hombre asciende al cielo para sentarse
'a la derecha del Padre'.
8. Por tanto verdadero Dios y verdadero hombre. No un hombre aparente,
no un 'fantasma' (homo phantasticus), sino hombre real. Así lo conocieron
los Apóstoles y el grupo de creyentes que constituyó la Iglesia
de los comienzos. Así nos hablaron en su testimonio.
Notamos desde ahora que así las cosas no existe en Cristo una
antinomia entre lo que es 'divino' y lo que es 'humano'. Si el hombre desde
el comienzo ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Cfr. Gen 1, 27;
5, 1), y por tanto lo que es 'humano puede manifestar también lo
que es 'divino', mucho más ha podido ocurrir esto en Cristo. El reveló
su divinidad mediante la humanidad, mediante una vida auténticamente
humana. Su 'humanidad' sirvió para revelar su 'divinidad': su Persona
de Verbo-Hijo.
Al mismo tiempo El como Dios)Hijo no era, por ello, menos hombre. Para
revelarse como Dios no estaba obligado a ser 'menos' hombre. Más
aún: por este hecho El era 'plenamente' hombre, o sea en a asunción
de la naturaleza humana en unidad con la Persona divina del Verbo, El realizaba
en plenitud la perfección humana. Es una dimensión antropológica
de la cristología sobre la que volveremos a hablar.
Jesucristo, plenamente hombre (3.II.88)
1. Jesucristo es verdadero hombre. Continuamos la catequesis anterior
dedicada a este tema. Se trata de una verdad fundamental de nuestra fe.
Fe basada en la palabra de Cristo mismo, confirmada por el testimonio de
los Apóstoles y discípulos, trasmitida de generación
en generación en la enseñanza de la Iglesia: 'Credimus...
Deum verum et hominem verum non phantasticum, sed unum et unicum Filium
Dei' (Concilio Lugdunense II: DS, 852) .
Más recientemente, el Concilio Vaticano II ha recordado la misma
doctrina al subrayar la relación nueva que el Verbo, encarnándose
y haciéndose hombre como nosotros, ha inaugurado con todos y cada
uno: 'El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo,
con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia
de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón
de hombre. Nacido de la Virgen María se hizo verdaderamente uno de
los nosotros. semejante en todo, a nosotros, excepto en el pecado' (Gaudium
et Spes, 22)
2. Ya en el marco de la catequesis precedente hemos intentado hacer ver
esta 'semejanza' de Cristo con ' nosotros', que se deriva del hecho de que
El era verdadero hombre: 'El Verbo se hizo carne', y 'carne' ('sarx') indica
precisamente el hombre en cuanto ser corpóreo (sarkikos), que viene
a la luz mediante el nacimiento 'de una mujer' (Cfr. Gal. 4, 4). En su corporeidad,
Jesús de Nazaret, como cualquier hombre, ha experimentado el casancio,
el hambre y la sed. Su cuerpo era pasible, vulnerable, sensible al dolor
físico. Y precisamente en esta carne ('sarx'), fue sometido El a
torturas terribles, para ser finalmente, crucificado: 'Fue crucificado,
murió y fue sepultado'.
El texto conciliar citado más arriba, completa todavía
esta imagen cuando dice 'Trabajó con manos de, hombre, pensó
con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó
con corazón de hombre' (Gaudium et Spes, 22).
3. Prestemos hoy un atención particular a esta última afirmación,
que nos hace entrar en el mundo interior de la vida psicológica de
Jesús. El experimentaba verdaderamente los sentimientos humanos:
a alegría, la, tristeza, la indignación, a admiración,
el amor. Leemos, por ejemplo, que Jesús 'se sintió inundado
de gozo en el Espíritu Santo' (Lc 10, 21); que lloró sobre
Jerusalén: 'Al ver la ciudad, lloró sobre ella, diciendo:
¡Si al menos en este día conocieras lo que hace a la paz tuya!'
(Lc 9, 41-42), lloró también después de la muerte de
su amigo Lázaro: 'Viéndola llorar Jesús (a María),
y que lloraban también los judíos que venían con ella,
se conmovió hondamente y se turbó, y dijo ¿Dónde
le habéis puesto? Dijéronle Señor, ven y ve. Lloró
Jesús' (Jn 11, 33-35).
4. Los sentimientos de tristeza alcanzan en Jesús una intensidad
particular en el momento de Getsemaní. Leemos: 'Tomando consigo a
Pedro, a Santiago y a Juan comenzó a sentir temor y angustia, y les
decía: Triste está mi alma hasta la muerte' (Mc 14, 33-34;
cfr. también Mt 26, 37). En Lucas leemos: 'Lleno de angustia, oraba
con más insistencia; y sudó como gruesas gotas de sangre,
que corrían hasta la tierra' (Lc 22, 44). Un hecho de orden psico-físico
que atestigua, a su vez, la realidad humana de Jesús.
5. Leemos, asimismo, episodios de indignación de Jesús.
Así, cuando se presenta a El, para que lo cure, un hombre con la
mano seca, en día de sábado, Jesús. en primer lugar,
hace a los presentes esta pregunta: '¿Es, lícito en sábado
hacer bien o mal, salvar una vida o matarla?, y ellos callaban. Y dirigiéndoles
una mirada airada, entristecido por la dureza de su corazón, dice
al hombre: Extiende tu mano. La extendió y fuele restituida la mano'
(Mc 3,5).
La misma indignación vemos en el episodio de los vendedores
arrojados del templo. Escribe Mateo que 'arrojo de allí a cuantos
vendían y compraban n él, y derribó las mesas de los
cambistas y los asientos de los vendedores de palomas, diciéndoles:
escrito está: !Mi casa será llamada Casa de oración
pero vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones (Mt 21, 12-13;
cfr. Mc 11,15).
6. En otros lugares leemos que Jesús 'se admira': 'Se admiraba
de su incredulidad' (Mc 6, 6). Muestra también admiración
cuando dice: 'Mirad los lirios como crecen... ni Salomón en toda
su gloria se vistió como uno de ellos' (Lc 12, 27). Admira también
la fe de la mujer cananea: 'Mujer, ¡qué grande es tu fe!' (Mt
15, 28).
7. Pero en los Evangelios resulta, sobre todo, que Jesús ha amado.
Leemos que durante el coloquio con el joven que vino a preguntarle qué
tenía que hacer para entrar en el reino de los cielos, 'Jesús
poniendo en él los ojos, lo amó' (Mc 10, 21 ) . El Evangelista
Juan escribe que 'Jesús amaba a Marta y a su hermana y a Lázaro'
(Jn 11, 5), y se llama a sí mismo 'el discípulo a quien Jesús
amaba' (Jn 13, 23).
Jesús amaba a los niños: 'Presentáronle unos niños
para que los tocase...y abrazándolos, los bendijo imponiéndoles
las manos' (Mc 10, 13-16). Y cuando proclamó el mandamiento del amor,
se refiere al amor con el que El mismo ha amado: 'Este es mi precepto: que
os améis unos a otros como yo os he amado' (Jn 15, 12).
8. La hora de la pasión, especialmente a agonía en la cruz,
constituye, puede decirse, el zenit del amor con que Jesús, 'habiendo
amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin'
(Jn 13, 1). 'Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por
sus amigos' (Jn 15, 13).Contemporáneamente, éste es también
el zenit de la tristeza y del abandono que El ha experimentado en su vida
terrena. Una expresión penetrante de este abandono, permanecerán
por siempre aquellas palabras: 'Eloí, Eloí, lama sabachtani?...
Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?'
(Mc 15, 34).Son palabras que Jesús toma del Salmo 22 (22, 2) y con
ellas expresaba el desgarro supremo de su alma y de su cuerpo, incluso la
sensación misteriosa de un abandono momentáneo por parte de
Dios. ¡El clavo más dramático y lacerante de toda la
pasión!
9. Así, pues, Jesús se ha hecho verdaderamente semejante
a los hombres, asumiendo la condición de siervo, como proclama la
Carta a los Filipenses(Cfr. 2, 7). Pero la Epístola a los Hebreos,
al hablar de El como 'Pontífice de los bienes futuros' (Heb 9, 11),
confirma v precisa que 'no es nuestro Pontífice tal que no pueda
compadecerse de nuestras flaquezas, antes fue tentado en todo a semejanza
nuestra, fuera del pecado' (Heb 4, 15). Verdaderamente 'no había
conocido el pecado', aunque San Pablo dirá que Dios, 'a quien no
conoció el pecado, le hizo pecado por nosotros para que en El fuéramos
justicia de Dios' (2 Cor 5, 21 ).
El mismo Jesús pudo lanzar el desafío: '¿Quién
de vosotros me argüirá de pecado?' (Jn 8, 46). Y he aquí
la fe de la Iglesia: 'Sine peccato conceptus, natus et mortuus'. Lo proclama
en armonía con toda la Tradición el Concilio de Florencia
(Decreto pro Iacob.: DS 1347): Jesús 'fue concebido, nació
y murió sin mancha de pecado'. El es el hombre verdaderamente justo
y santo.
10. Repetimos con el Nuevo Testamento, con el Símbolo y con el
Concilio: 'Jesucristo se ha hecho verdaderamente uno de nosotros, en todo
semejante a nosotros, excepto en el pecado' (Cfr Heb 4, 15). Y precisamente,
gracias a una semejanza tal: 'Cristo, el nuevo Adán..., manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su
vocación' (Gaudium et Spes 22).
Se puede decir que, mediante esta constatación, el Concilio Vaticano
II da respuesta, una vez más, a la pregunta fundamental que lleva
por titulo el celebre tratado de San Anselmo: Cur Deus homo? Es una pregunta
del intelecto que ahonda en el misterio del Dios)Hijo, el cual se hace verdadero
hombre 'por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación', como
profesamos en el Símbolo de fe niceno-constantinopolitano.
Cristo manifiesta 'plenamente' el hombre al propio hombre por el hecho
de que El 'no había conocido el pecado'. Puesto que el pecado no
es de ninguna manera un enriquecimiento del hombre. Todo lo contrario: lo
deprecia, lo disminuye, lo priva de la plenitud que le es propia (Cfr. Gaudium
et Spes, 13). La recuperación, la salvación del hombre caído
es la respuesta fundamental a la pregunta sobre el porqué de la Encarnación.
La Encarnación del Verbo, revaloriza la humanidad (10.II.88)
1. Jesucristo, verdadero hombre, es 'semejante a nosotros en todo excepto
en el pecado'. Este ha sido el tema de la catequesis precedente. El pecado
está esencialmente excluido de Aquel que, siendo verdadero hombre,
es también verdadero Dios ('verus homo', pero no 'merus homo').
Toda la vida terrena de Cristo y todo el desarrollo de su misión
testimonian la verdad de su absoluta impecabilidad. El mismo lanzó
el reto: '¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?'
(Jn 8, 46). Hombre 'sin pecado', Jesucristo, durante toda su vida, lucha
con el pecado y con todo lo que engendra el pecado, comenzando por Satanás,
que es el 'padre de la mentira', en la historia del hombre 'desde el principio'
(Cfr. Jn 8, 44). Esta lucha queda delineada ya al principio de la misión
mesiánica de Jesús, en el momento de la tentación (Cfr.
Mc 1, 13; Mt 4, 1-11; Lc 4, 1-13), y alcanza su culmen en la cruz y en la
resurrección. Lucha que, finalmente, termina con la victoria.
2. Esta lucha contra el pecado y sus raíces no aleja a Jesús
del hombre. Muy al contrario, lo acerca a los hombres, a cada hombre. En
su vida terrena Jesús solía mostrarse particularmente cercano
de quienes, a los ojos de los demás, pasaban por pecadores.. Esto
lo podemos ver en muchos pasajes del Evangelio.
3. Bajo este aspecto es importante la 'comparación' que hace Jesús
entre su persona misma y Juan el Bautista. Dice Jesús: 'porque vino
Juan, que no comía ni bebía, y dicen: Está poseído
del demonio. Vino el Hijo del hombre, comiendo y bebiendo, y dicen: Es un
comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores' (Mt 11,
18-19).
Es evidente el carácter 'polémico' de estas palabras contra
los que antes criticaban a Juan el Bautista, profeta solitario y asceta
severo que vivía y bautizaba a orillas del Jordán, y critican
a después a Jesús porque se mueve y actúa en medio
de la gente. Pero resulta igualmente transparente, a la luz de estas palabras,
la verdad sobre el modo de ser, de sentir, de comportarse Jesús hacia
los pecadores.
4. Lo acusaban de 'ser amigo de publicanos (es decir, los recaudadores
de impuestos, de mala fama, odiados y considerados no observantes: cfr.
Mt 5, 46; 9, 11; 18, 17) y pecadores'. Jesús no rechaza radicalmente
este juicio, cuya verdad ) aun excluida toda connivencia y toda reticencia)
aparece confirmada en muchos episodios registrados por el Evangelio. Así,
por ejemplo, el episodio referente al jefe de los publicanos de Jericó,
Zaqueo, a cuya casa Jesús, por así decirlo, se auto-invitó:
'Zaqueo, baja pronto ) Zaqueo, siendo de pequeña estatura estaba
subido sobre un árbol para ver mejor a Jesús cuando pasara)
porque hoy me hospedaré en tu casa'. Y cuando el publicanos bajó
lleno de alegría. y ofreció a Jesús la hospitalidad
de su propia a casa, oyó que Jesús le decía: 'Hoy ha
venido la salud a tu casa, por cuanto éste es también hijo
de Abrahán; pues el Hijo de! hombre ha venido a buscar y salvar lo
que estaba perdido' (Cfr. Lc 19, 1-10). De este texto se desprende no sólo
la familiaridad de Jesús con publicanos y pecadores, sino también
el motivo por el que Jesús los buscara y tratara con ellos: su salvación.
5. Un acontecimiento parecido queda vinculado al nombre de Leví,
hijo de Alfeo. El episodio es tanto más significativo cuanto que
este hombre, que Jesús había visto 'sentado al mostrador de
los impuestos', fue llamado para ser uno de los Apóstoles: 'Sígueme',
le dijo Jesús. Y él, levantándose, lo siguió.
Su nombre aparece en la lista de los doce como Mateo y sabernos que es el
autor de uno de los Evangelios. El Evangelista Marcos dice que Jesús
'estaba sentado a la mesa en casa de éste' y que 'muchos publicanos
y pecadores estaban recostados con Jesús y con sus discípulos'
(Cfr. Mc 2, 13)15). También en este caso 'los escribas de la secta
de los fariseos' presentaron sus quejas a los discípulos; pero Jesús
les dijo: 'No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos;
ni he venido yo a llamar a los justos, sino a los pecadores' (Mc 2, 17).
6. Sentarse a la mesa con otros )incluidos 'los Publicanos y los pecadores')
es un modo de ser humano, que se nota en Jesús desde el principio
de su actividad mesiánica. Efectivamente, una de las primeras ocasiones
en que El manifestó su poder mesiánico fue durante el banquete
nupcial de Caná de Galilea, al que asistió acompañado
de su Madre y de sus discípulos (Cfr. Jn 2,1-12). Pero también
más adelante Jesús solía aceptar las invitaciones a
la mesa no sólo de los 'Publicanos', sino también de los 'fariseos',
que eran sus adversarios más encarnizados. Veámoslo, por ejemplo,
en Lucas: 'Le invitó un fariseo a comer con él, y entrando
en su casa, se puso a la mesa' (Lc 7, 36).
7. Durante esta comida sucede un hecho que arroja todavía nueva
luz sobre el comportamiento de Jesús con la pobre humanidad, formada
por tantos y tantos 'pecadores', despreciados y condenados por los que se
consideran 'justos'. He aquí que una mujer conocida en la ciudad
como pecadora se encontraba entre los presentes y, llorando, besaba los
pies de Jesús y los ungía con aceite perfumado. Se entabla
entonces un coloquio entre Jesús y el amo de la casa, durante el
cual establece Jesús un vínculo esencial entre la remisión
de los pecados y el amor que se inspira en la fe: '...le son perdonados
sus muchos pecados, porqué amó mucho Tus pecados te son perdonados...
Tu fe te ha salvado, 'vete en paz!' (Cfr. Lc 7, 36-50).
8. No es el único caso de este género. Hay otro que, en
cierto modo, es dramático: es el de una mujer 'sorprendida en adulterio'
(Cfr. Jn 8, 1-11).También este acontecimiento (como el anterior)
explica en qué sentido era Jesús 'amigo de publicanos y de
pecadores'. Dijo a la mujer: 'Vete y no peques más' (Jn 8, 11). El,
que era 'semejante a nosotros en todo excepto en el pecado se mostró
cercano a los pecadores y pecadoras para alejar de ellos el pecado. Pero
consideraba este fin mesiánico de una manera completamente 'nueva'
respecto del rigor con que trataban a los 'pecadores' los que los juzgaban
sobre la base de la Ley antigua. Jesús obraba con el espíritu
de un amor grande hacia el hombre, en virtud de la solidaridad profunda,
que nutría en Sí mismo, con quien había sido creado
por Dios a su imagen y semejanza (Cfr. Gen 1, 27; 5, 1).
9. ¿En qué consiste esta solidaridad? Es la manifestación
del amor que tiene su fuente en Dios mismo. El Hijo de Dios ha venido al
mundo para revelar este amor. Lo revela ya por el hecho mismo de hacerse
hombre: uno como nosotros. Esta unión con nosotros en la humanidad
por parte de Jesucristo, verdadero hombre, es la expresión fundamental
de su solidaridad con todo hombre, porque habla elocuentemente del amor
con que .Dios mismo nos ha amado a todos y a cada uno. El amor es reconfirmado
aquí de una manera del todo particular El que ama desea compartirlo
todo con el ama. Precisamente por esto el Hijo de Dios se hace hombre. De
El había predicho Isaías: 'Él tomó nuestras
enfermedades y cargó con nuestras dolencias' (Mt 8,17; cf. Is 53,
4'. De esta manera, Jesús comparte con cada hijo e hija del género
humano la misma condición existencial. Y en esto revela El también
la dignidad esencial del hombre de cada uno y de todos. Se puede decir que
la Encarnación es una 'revalorización' inefable del hombre
y de la humanidad.
10. Este 'amor)solidaridad' sobresale en toda la vida y misión
terrena del Hijo del hombre en relación, sobre todo, con los que
sufren bajo el peso de cualquier tipo de miseria física o moral.
En el vértice de su camino estará 'la entrega de su propia
vida para rescate de muchos' (Cfr. Mc 10, 45): el sacrificio redentor de
la cruz. Pero, a lo largo del camino, que lleva a este sacrificio supremo,
la vida entera de Jesús es una manifestación multiforme de
su solidaridad con el hombre, sintetizada en estas palabras: 'EL Hijo del
Hombre no ha venido para ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate
por muchos (Mc. 10, 45). Era niño como todo niño humano. Trabajó
con sus propias manos junto a José de Nazaret, de la misma manera
como trabajan los demás hombres (Cfr. Laborem Exercens, 26). Era
un hijo de Israel, participaba en la cultura, tradición, esperanza
y sufrimiento de su pueblo. Conoció también lo que a menudo
acontece en la vida de los hombres llamados a una determinada misión:
la incomprensión e incluso la traición de uno de los que El
había elegido como sus Apóstoles y continuadores; y probó
también por esto un profundo dolor (Cfr. Jn 13, 21).
Y cuando se acercó el momento en que 'debía dar su vida
en rescate por muchos' (Mt 20, 28), se ofreció voluntariamente a
Sí mismo (Cfr. Jn 10, 18), consumando así el misterio de su
solidaridad en el sacrificio. EL gobernador romano, para definirlo ante
los acusadores reunidos, no encontró otra palabra fuera de éstas:
'Ahí tenéis al hombre' (Jn 19, 5)
Esta palabra de un pagano, desconocedor del misterio, pero no insensible
a la fascinación que se desprendía de Jesús incluso
en aquel momento, lo dice todo sobre la realidad humana de Cristo: Jesús
es el hombre; un hombre verdadero que, semejante a nosotros en todo menos
en el pecado, se ha hecho víctima por el pecado y solidario con todos
hasta la muerte de cruz.
'Se anonadó a sí mismo' (17.II.88)
1. 'Aquí tenéis al hombre' (Jn 19, 5). Hemos recordado
en la catequesis anterior estas palabras que pronunció Pilato al
presentar a Jesús a los sumos sacerdotes y a los guardias, después
de haberlo hecho flagelar y antes de pronunciar la condena definitiva a
la muerte de cruz. Jesús, llagado, coronado de espinas, vestido con
un manto de púrpura, escarnecido y abofeteado por los soldados, cercano
ya a la muerte, es el emblema de la humanidad sufriente.
'Aquí tenéis al hombre'. Esta expresión encierra
en cierto sentido toda la verdad sobre Cristo verdadero hombre: sobre Aquel
que se ha hecho 'en todo semejante a nosotros excepto en el pecado'; sobre
Aquel que 'se ha unido en cierto modo con todo hombre' (Cfr. Gaudium et
Spes, 22). Lo llamaron 'amigo de publicanos y pecadores'. Y justamente como
víctima por el pecado se hace solidario con todos, incluso con los
'pecadores', hasta la muerte de cruz. Pero precisamente en esta condición
de víctima, resalta un último aspecto de su humanidad, que
debe ser aceptado y meditado profundamente ala luz del misterio de su 'despojamiento'
(Kenosis). Según San Pablo, El, 'siendo de condición divina,
no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó
de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose
semejante a !os hombres y apareciendo en su porte como hombre, y se humilló
a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz' (Flp 2,
6-8).
2. El texto paulino de la Carta a los Filipenses nos introduce en el
misterio de la 'Kenosis' de Cristo. Para expresar esto misterio, el Apóstol
utiliza primero la palabra 'se despojó', y ésta se refiere
sobre todo a la realidad de la Encarnación: 'la Palabra se hizo carne'
(Jn 1,11). Dios-Hijo asumió la naturaleza humana, la humanidad, se
hizo verdadero hombre, permaneciendo Dios! La verdad sobre Cristo)hombre
debe considerarse siempre en relación a Dios-Hijo. Precisamente esta
referencia permanente la señala el texto de Pablo. 'Se despojó
de sí mismo' no significa en ningún modo que cesó de
ser Dios: ¡Sería un absurdo! Por el contrario significa, como
se expresa de modo perspicaz el Apóstol, que 'no retuvo ávidamente
el ser 'igual a Dios', sino que 'siendo de condición divina' ('in
forma Dei") (como verdadero Dios-Hijo), El asumió una naturaleza
humana privada de gloria, sometida al sufrimiento y ala muerte, en la cual
poder vivir la obediencia al Padre hasta el extremo sacrificio.
3. En este contexto, el hacerse semejante a los hombres comportó
una renuncia voluntaria, que se extendió incluso a los 'privilegios',
que El habría podido gozar como hombre. Efectivamente, asumió
'la condición de siervo'. No quiso pertenecer a las categorías
de los poderosos, quiso ser como el que sirve: pues 'el Hijo del hombre
no ha venido a ser servido, sino a servir' (Mc 10, 45).
4. De hecho vemos en los Evangelios que la vida terrena de Cristo estuvo
marcada desde el comienzo con el sello de la pobreza. Esto se pone de relieve
ya en la narración del nacimiento, cuando el Evangelista Lucas hace
notar que 'no tenían sitio (María y José) en el alojamiento'
y que Jesús fue dado a luz en un establo y acostado en un pesebre
(Cfr. Lc 2, 7). Por Mateo sabemos que ya en los primeros meses de su vida
experimentó la suerte del prófugo (Cfr. Mt 2, 13-15). La vida
escondida en Nazaret se desarrolló en condiciones extremadamente
modestas, las de una familia cuyo jefe era un carpintero (Cfr. Mt 13, 55),
y en el mismo oficio trabajaba Jesús con su padre putativo (Cfr.
Mc 6, 3). Cuando comenzó su enseñanza, una extrema pobreza
siguió acompañándolo, como atestigua de algún
modo él mismo refiriéndose a la precariedad de sus condiciones
de vida, impuestas por su ministerio de evangelización. 'Las zorras
tienen guaridas y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene
dónde reclinar la cabeza' (Lc. 9, 58).
5. La misión mesiánica de Jesús encontró
desde el principio objeciones e incomprensiones, a pesar de los 'signos'
que realizaba. Estaba bajo observación y era perseguido por los que
ejercían el poder y tenían influencia sobre el pueblo. Por
último, fue acusado, condenado y crucificado: la mas infamante de
todas las clases de penas de muerte, que se aplicaba sólo en los
casos de crímenes de extrema gravedad, a los que no eran ciudadanos
romanos y a los esclavos. También por esto se puede decir con el
Apóstol que Cristo asumió, literalmente, la 'condición
de siervo' (Flp 2, 7).
6. Con este 'despojamiento de sí mismo', que caracteriza profundamente
la verdad sobre Cristo verdadero hombre, podernos decir que se restablece
la verdad del hombre universal: se restablece y se 'repara'. Efectivamente,
cuando leemos que el Hijo 'no retuvo ávidamente el ser igual a Dios',
no podemos dejar de percibir en estas palabras una alusión a la primera
y originaria tentación a la que el hombre y la mujer cedieron 'en
el principio': 'seréis como dioses, conocedores del bien y del mal'
(Gen 3, 5). El hombre había caído en la tentación para
ser 'igual a Dios', aunque era sólo una criatura. Aquel que es Dios)Hijo,
'no retuvo ávidamente el ser igual a Dios', y al hacerse hombre se
despojó de sí mismo', rehabilitando con esta opción
a todo hombre, por pobre y despojado que sea. en su dignidad originaria.
7. Pero para expresar este misterio de la 'Kenosis', de Cristo, San Pablo
utiliza también otra palabra: 'se humilló a sí mismo'.
Esta palabra la inserta él en el contexto de la realidad de la redención.
Efectivamente, escribe que Jesucristo 'se humilló a sí mismo,
obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz' (Flp 2, 8). Aquí se
describe la 'Kenosis' de Cristo en su dimensión definitiva. Desde
el punto de vista humano es la dimensión del despojamiento mediante
la pasión y la muerte infamante. Desde el punto de vista divino es
la redención que realiza el amor misericordioso del Padre por medio
del Hijo que obedeció voluntariamente por amor al Padre y a los hombres
a los que tenia que salvar. En ese: momento se produjo un nuevo comienzo
de la gloria de Dios en la historia del hombre: la gloria de Cristo, su
Hijo hecho hombre. En efecto, el texto paulino dice: 'Por lo cual Dios le
exaltó y le otorgó el nombre, que está sobre todo nombre'
(Flp 2, 9).
8. He aquí cómo comenta San Atanasio este texto de la Carta
a los Filipenses: 'Esta expresión le exaltó no pretende significar
que haya sido exaltada la naturaleza del Verbo: en efecto, este último
ha sido y será siempre igual a Dios. Por el contrario, quiere indicar
la exaltación de la naturaleza humana. Por tanto estas palabras no
fueron pronunciadas sino después de la Encarnación del Verbo
para que apareciese claro que términos como humillado y exaltado
se refieren únicamente a la dimensión humana. Efectivamente,
sólo lo que es humilde es susceptible de ser ensalzado' (Atanasio.
Adversus Arianos Oratio 1, 41). Aquí añadiremos solamente
que toda la naturaleza humana (toda la humanidad) humillada en la condición
penosa a la que la redujo el pecado, halla en la exaltación de Cristo-hombre
la fuente de su nueva gloria.
9. No podemos terminar sin hacer una última alusión al
hecho de que Jesús ordinariamente habló de sí mismo
como del 'Hijo del hombre' (por ejemplo, Mc 2, 10.28; 14, 67; Mt 8, 20;
16, 27; 24, 27; Lc 9, 22; 11, 30; Jn 1, 51; 8.28; 13, 31, etc.). Esta expresión,
según la sensibilidad del lenguaje común de entonces, podía
indicar también que El es verdadero hombre como todos los demás
seres humanos y, sin duda, contiene la referencia a su real humanidad.
Sin embargo, el significado estrictamente bíblico, también
en este caso, se debe establecer teniendo en cuenta el contexto histórico
resultante de la tradición de Israel, expresada e influenciada por
la profecía de Daniel que da origen a esa formulación de un
concepto mesiánico (Cfr. Dn 7, 13)14). 'Hijo del hombre" en
este contexto no significa sólo un hombre común perteneciente
al género humano, sino que se refiere a un personaje que recibirá
de Dios una dominación universal y que transciende cada uno de los
tiempos históricos, en la era escatológica.
En la boca de Jesús y en los textos de los Evangelistas la fórmula
está, por tanto, cargada de un sentido pleno que abarca lo divino
y lo humano, cielo y tierra, historia y escatología, como el mismo
Jesús nos hace comprender cuando, testimoniando ante Caifás
que era Hijo de Dios, predice con fuerza: 'a partir de ahora veréis
al Hijo del hombre sentado a la diestra del Padre y venir sobre las nubes
del cielo' (Mt 26, 64). En el Hijo del hombre está por consiguiente
inmanente el poder y la gloria de Dios. Nos hallamos nuevamente ante el
único Hombre)Dios, verdadero Hombre y verdadero Dios. La catequesis
nos lleva continuamente a El para creamos y, creyendo, oremos y adoremos. |