El Espíritu Santo que Cristo nos prometió (26.IV.89)
1. 'Creo en el Espíritu Santo'.
En el desarrollo de una catequesis sistemática bajo la guía
del Símbolo de los Apóstoles, después de haber explicado
los artículos sobre Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre por nuestra
salvación, hemos llegado a la profesión de fe en el Espíritu
Santo. Completado el ciclo cristológico, se abre el neumatológico,
que el Símbolo de los Apóstoles expresa con una fórmula
concisa: 'Creo en el Espíritu Santo'.
El llamado Símbolo niceno-constantinopolitano desarrolla más
ampliamente la fórmula del artículo de fe: 'Creo en el Espíritu
Santo, Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que
con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que
habló por los profetas'.
2. El Símbolo, profesión de fe formulada por la Iglesia,
nos remite a las fuentes bíblicas, donde la verdad sobre el Espíritu
Santo se presenta en el contexto de la revelación de Dios Uno y Trino.
Por tanto, la neumatología de la Iglesia está basada en la
Sagrada Escritura, especialmente en el Nuevo Testamento, aunque, en cierta
medida, hay preanuncios de ella en el Antiguo.
La primera fuente a la que podemos dirigirnos es un texto joaneo contenido
en el 'discurso de despedida' de Cristo el día antes de la pasión
y muerte en cruz. Jesús habla de la venida del Espíritu Santo
en conexión con la propia 'partida', anunciando su venida (o descenso)
sobre los Apóstoles. 'Pero yo os digo la verdad: Os conviene que
yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito;
pero si me voy os lo enviaré' (Jn 16, 7).
El contenido de este texto puede parecer paradójico. Jesús,
que tiene que subrayar: 'Pero yo os digo la verdad', presenta la propia
'partida' (y por tanto la pasión y muerte en cruz) como un bien:
'Os conviene que yo me vaya...'.Pero enseguida explica en qué consiste
el valor de su muerte: por ser una muerte redentora, constituye la condición
para que se cumpla el plan salvífico de Dios que tendrá su
coronación en la venida del Espíritu Santo; constituye por
ello la condición de todo lo que, con esta venida, se verificará
para los Apóstoles y para la Iglesia futura a medida que, acogiendo
el Espíritu, los hombres reciban la nueva vida. La venida del Espíritu
y todo lo que de ella se derivará en el mundo serán fruto
de la redención de Cristo.
3. Si la partida de Jesús tiene lugar mediante la muerte en cruz,
se comprende que el Evangelista Juan haya podido ver, ya en esta muerte,
la potencia y, por tanto, la gloria del Crucificado: pero las palabras de
Jesús implican también la ascensión al Padre como partida
definitiva (Cfr. Jn 16, 10), según lo que leemos en los Hechos de
los Apóstoles: Exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre
el Espíritu Santo prometido' (Hech 2, 33).
La venida del Espíritu Santo sucede después de la ascensión
al cielo. La pasión y muerte redentora de Cristo producen entonces
su pleno fruto. Jesucristo, Hijo del hombre, en el culmen de su misión
mesiánica, 'recibe' del Padre el Espíritu Santo en la plenitud
en que este Espíritu debe ser 'dado' a los Apóstoles y a la
Iglesia, para todos los tiempos. Jesús predijo: 'Yo, cuando sea levantado
de la tierra, atraeré a todos hacia mi' (Jn 12, 32). Es una clara
indicación de la universalidad de la redención, tanto en el
sentido extensivo dela salvación obrada para todos los hombres, cuanto
en el intensivo de totalidad de los bienes de gracia que se les han ofrecido.
Pero esta redención universal debe realizarse mediante el Espíritu
Santo.
4. El Espíritu Santo es el que 'viene' después y en virtud
de la 'partida' de Cristo. Las palabras de Jn 16, 7, expresan una relación
de naturaleza causal. El Espíritu viene mandado en virtud de la redención
obrada por Cristo: 'Cuando me vaya os lo enviaré' (Cfr. Encíclica
Dominum et Vivificantem, 8). Más aún, según el designio
divino, la 'partida' de Cristo es condición indispensable del 'envío'
y de la venida del Espíritu Santo, indican que entonces comienza
la nueva comunicación salvífica por el Espíritu Santo'
(ib. n. 11).
Si es verdad que Jesucristo, mediante su elevación' en la cruz,
debe atraer a todos hacia sí' (Cfr. Jn 12, 32), a la luz de las palabras
del Cenáculo entendemos que ese atraer' es actuado por Cristo glorioso
mediante el envío del Espíritu Santo. Precisamente por esto
Cristo debe irse. La encarnación alcanza su eficacia redentora mediante
el Espíritu Santo. Cristo, al marcharse de este mundo, no sólo
deja su mensaje salvífico, sino que da' el Espíritu Santo,
al que está ligada la eficacia del mensaje y de la misma redención
en toda su plenitud.
5. El Espíritu Santo presentado por Jesús especialmente
en el discurso de despedida en el Cenáculo, es evidentemente una
Persona diversa de Él: 'Yo pediré al Padre y os dará
otro Paráclito' (Jn 14, 16). 'Pero el Paráclito, el Espíritu
Santo, que el Padre enviará en mi nombre, él os lo enseñará
todo y os recordará todo lo que yo os he dicho' (Jn 14, 26). Jesús
habla del Espíritu Santo adoptando frecuentemente el pronombre personal
'él': 'El convencerá al mundo en lo referente al pecado' (Jn
16, 8). 'Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, os guiará
hasta la verdad completa' (Jn 16, 13), 'Él me dará gloria'
(Jn 16, 14). De estos textos emerge la verdad del Espíritu Santo
como Persona, y no sólo como una potencia impersonal emanada de Cristo
(Cfr. por ejemplo Lc 6,19: 'De él salía una fuerza'). Siendo
una Persona, le pertenece un obrar propio, de carácter personal.
En efecto, Jesús, hablando del Espíritu Santo, dice a los
Apóstoles: 'Vosotros le conocéis, porque mora con vosotros
y en vosotros está' (Jn 14, 17). 'Él os lo enseñará
todo y os recordará todo lo que yo os he dicho' (Jn 14 26), Dará
testimonio de mí' (Jn 15, 26); Os guiará a la verdad completa',
'os anunciará lo que ha de venir' (Jn 16, 13); 'Él dará
gloria' a Cristo (Jn 16, 14), y 'convencerá al mundo en lo referente
al pecado' (Jn 16, 8). El Apóstol Pablo, por su parte, afirma que
'el Espíritu clama' en nuestros corazones (Gal 4, 6), 'distribuye'
sus dones a cada uno en particular 'según su voluntad' (1 Cor 12,
11), 'intercede por los fieles' (Cfr. Rom 8, 27).
6. El Espíritu Santo revelado por Jesús es, por tanto,
un ser personal (tercera Persona de la Trinidad) con un obrar propio personal.
Pero en el mismo discurso de 'despedida', Jesús muestra los vínculos
que unen a la persona del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo:
por ello el anuncio de la venida del Espíritu Santo )en ese 'discurso
de despedida'), es al mismo tiempo la definitiva revelación de Dios
como Trinidad.
Efectivamente, Jesús dice a los Apóstoles: 'Yo pediré
al Padre y os dará otro Paráclito' (Jn 14, 16): 'el Espíritu
de la verdad, que procede del Padre' (Jn 15, 26) que 'el Padre enviará
en mi nombre' (Jn 14, 26). El Espíritu Santo es, por tanto, una persona
distinta del Padre y del Hijo y, al mismo tiempo, unida íntimamente
a ellos: 'procede' del Padre, 'el Padre lo envía' en el hombre del
Hijo: y esto en consideración de la redención, realizada por
el Hijo mediante la ofrenda de Sí mismo en la cruz. Por ello Jesucristo
dice: 'Si me voy os lo enviaré' (Jn 16, 7). El Espíritu de
verdad que procede del Padre' es anunciado por Cristo como el Paráclito,
que yo os enviaré junto al Padre' (Jn 15, 26).
7. En el texto de Juan, que refiere el discurso de Jesús en el
Cenáculo, está contenida, por tanto, la revelación
de la acción salvífica de Dios como Trinidad. En la Encíclica
Dominum et Vivificantem he escrito: El Espíritu Santo, consubstancial
al Padre y al Hijo en la divinidad, es amor y don (increado), del que deriva
como de una fuente (fons vivus) toda dádiva a las criaturas (don
creado): la donación de la existencia a todas las cosas mediante
la creación; la donación de la gracia a los hombres mediante
toda la economía de la salvación' (n. 10).
En el Espíritu Santo se halla, pues, la revelación de la
profundidad de la Divinidad: el misterio de la Trinidad en el que subsisten
las Personas divinas, pero abierto al hombre para darle vida y salvación.
A ello se refiere San Pablo en la Primera Carta a los Corintios, cuando
escribe: 'El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de
Dios' (1 Cor 2, 10).
El Espíritu de la Verdad (17.V.89)
1. Hemos citado varias veces las palabras de Jesús, que en discurso
de despedida dirigido a los Apóstoles en el Cenáculo promete
la venida del Espíritu Santo como nuevo y definitivo defensor y consolador:
'Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para
que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad,
a quien el mundo no puede recibir, porque le ve ni le conoce' (Jn 14, 16-7).
Aquel 'discurso de despedida', que se encuentra en la narración solemne
de la última cena (Cfr. Jn 13, 2), es una fuente de primera importancia
para neumatología, es decir, para la disciplina teológica
que se refiere al Espíritu Santo. Jesús habla de Él
como del Paráclito, que 'procede' del Padre, y que el Padre 'enviará'
a los Apóstoles a la Iglesia 'en nombre del Hijo', cuando el propio
Hijo se vaya, 'a costa' de su partida mediante el sacrificio de la cruz.
Hemos de considerar el hecho de que Jesús llama al Paráclito
el 'Espíritu de la verdad'. También en otros momentos lo ha
llamado así (Cfr. Jn 15, 26; Jn 16, 13).
2. Tengamos presente que en el mismo 'discurso de despedida' Jesús,
respondiendo a una pregunta del Apóstol Tomás acerca de su
identidad, afirma de sí mismo: 'Yo soy el camino, la verdad y la
vida' (Jn 14, 6). De esta doble referencia a la verdad que Jesús
hace para definir tanto a Sí mismo como al Espíritu Santo
se deduce que, si el Paráclito es llamado por Él 'Espíritu
de la verdad', esto significa que el Espíritu Santo es quien después
de la partida de Cristo, mantendrá entre los discípulos la
misma verdad, que Él ha anunciado y revelado y, más aún,
que es Él mismo. El Paráclito, en efecto, es la verdad, como
lo es Cristo. Lo dirá Juan en su Primera Carta: 'El Espíritu
es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad' (1 Jn 5,
6). En la misma Carta el Apóstol escribe también: 'Nosotros
somos de Dios. Quien conoce a Dios nos escucha, quien no es de Dios no nos
escucha. En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu
del error 'spiritus erroris'' (1 Jn 4, 6). La misión del Hijo y la
del Espíritu Santo encuentran, están ligadas y se complementan
recíprocamente en la afirmación de la verdad y en la victoria
sobre el error. Los campos de acción en que actúa son el espíritu
humano y la historia del mundo. La distinción entre la verdad y error
es el primer momento de dicha actuación.
3. Permanecer en la verdad y obrar en la verdad es el problema esencial
para los Apóstoles y para los discípulos de Cristo, tanto
de los primeros tiempos como de todas las nuevas generaciones de la Iglesia
a lo largo de los siglos. Desde este punto de vista, el anuncio del Espíritu
de la verdad tiene una importancia clave. Jesús dice en el Cenáculo:
'Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora (todavía) no
podéis con ello' (Jn 16, 12). Es verdad que la misión mesiánica
de Jesús duró poco, demasiado poco para revelar a los discípulos
todos los contenidos de la revelación. Y no sólo fue breve
el tiempo a disposición, sino que también resultaron limitadas
la preparación y la inteligencia de los oyentes. Varias veces se
dice que los mismos Apóstoles 'estaban desconcertados en su interior'
(Cfr. Mc 6, 52), y 'no entendían' (Cfr., por ejemplo, Mc 8, 21),
o bien entendían erróneamente las palabras y las obras de
Cristo (Cfr., por ejemplo, Mt 16, 6)11 ).
Así se explican en toda la plenitud de su significado las palabras
del Maestro: 'Cuando venga... el Espíritu de la verdad, os guiará
hasta la verdad completa' (Jn 16, 13).
4. La primera confirmación de esta promesa de Jesús tendrá
lugar en Pentecostés y en los días sucesivos, como atestiguan
los Hechos de los Apóstoles. Pero la promesa no se refiere sólo
a los Apóstoles y a sus inmediatos compañeros en la evangelización,
sino también a las futuras generaciones de discípulos y de
confesores de Cristo. El Evangelio, en efecto, está destinado a todas
las naciones y a las generaciones siempre nuevas, que se
desarrollarán en el contexto de las diversas culturas y del múltiple
progreso dela civilización humana. Mirando todo el arco de la historia
Jesús dice: 'El Espíritu del a verdad, que procede del Padre,
dará testimonio de mí'. 'Dará testimonio', es decir,
mostrará el verdadero sentido del Evangelio en el interior de la
Iglesia para que ella lo anuncie de modo auténtico a todo el mundo.
Siempre y en todo lugar, incluso en la interminable sucesión de las
cosas que cambian desarrollándose en la vida de la humanidad, el
'espíritu de la verdad' guiará a la Iglesia 'hasta la verdad
completa' (Jn 16, 13).
5. La relación entre la revelación comunicada por el Espíritu
Santo y la de Jesús es muy estrecha. No se trata de una revelación
diversa, heterogénea. Esto se puede argumentar desde una peculiaridad
del lenguaje que Jesús usa en su promesa: 'El Paráclito, el
Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará
todo y os recordará todo lo que yo os he dicho' (Jn 14, 26). El recordar
es la función de la memoria. Recordando se vuelve a lo pasado, a
lo que se ha dicho y realizado, renovando así en la conciencia las
cosas pasadas, y casi haciéndolas revivir. Tratándose especialmente
del Espíritu Santo, espíritu de una verdad cargada del poder
divino, su misión no se agota al recordar el pasado como tal: 'recordando'
las palabras, las obras y todo el misterio salvífico de Cristo, el
Espíritu de la verdad lo hace continuamente presente en la Iglesia,
de modo que revista una 'actualidad' siempre nueva en la comunidad de la
salvación. Gracias a la acción del Espíritu Santo,
la Iglesia no sólo recuerda la verdad, sino que permanece y vive
en la verdad recibida de su Señor. También de este modo se
cumplen las palabras de Cristo: 'El (el Espíritu Santo) dará
testimonio de mío (Jn 15, 26). Este testimonio del Espíritu
de la verdad se identifica así con la presencia de Cristo siempre
vivo, con la fuerza operante del Evangelio, con la actuación creciente
de la redención, con una continua ilustración de verdad y
de virtud. De este modo, el Espíritu Santo 'guía' a la Iglesia
'hasta la verdad completa'.
6. Tal verdad está presente, al menos de manera implícita,
en el Evangelio. Lo que el Espíritu Santo revelará ya lo dijo
Cristo. Lo revela Él mismo cuando, hablando del Espíritu Santo,
subraya que 'no hablará por su cuenta, sino que hablará lo
que oiga... El me dará gloria, porque recibirá de lo mío
y os lo anunciará a vosotros' (Jn 16, 13)14). Cristo, glorificado
por el Espíritu de la verdad, es, ante todo, el mismo Cristo crucificado,
despojado de todo y casi 'aniquilado' en su humanidad para la redención
del mundo. Precisamente por obra del Espíritu Santo la 'palabra de
la cruz' tenia que ser aceptada por los discípulos, a los cuales
el mismo Maestro había dicho: 'Ahora (todavía) no podéis
con ello' (Jn 16, 12). Se presentaba, ante aquellos pobres hombres, la imagen
de la cruz. Era necesaria un acción profunda para hacer que sus mentes
y sus corazones fuesen capaces de descubrir la 'gloria de la redención'
que se había realizado precisamente en la cruz. Era necesario una
intervención divina para convencer y transformar interiormente a
cada uno de ellos, como preparación, sobre todo, para el día
de Pentecostés, y, posteriormente la misión apostólica
en el mundo. Y Jesús les advierte Espíritu Santo 'me dará
gloria, porque recibirá de lo mío anunciará a vosotros'.
Sólo el Espíritu que, según San Pablo (1 Cor 2, 10)
'sondea las profundidades de Dios', conocer el misterio del Hijo-Verbo en
su relación filial con el Padre y en su relación redentora
con los hombres de todos los tiempos. Él, el Espíritu de la
verdad, puede abrir las mentes y los corazones humanos haciéndolos
capaces de aceptar el inescrutable misterio de Dios y de su Hijo encarnado,
crucificado y resucitado Jesucristo el Señor.
7. Jesús añade: 'El Espíritu de la verdad... os
anunciará que ha de venir' (Jn 16, 13). '¿Qué significa
esta proyección profética y escatológica con la que
Jesús coloca bajo el radio de acción del Espíritu Santo
el futuro de la Iglesia, todo el camino histórico que ella está
llamada a realizar a lo largo de los siglos? Significa ir al encuentro de
Cristo glorioso, hacia tiende en virtud de la invocación suscitada
por el Espíritu Santo: 'Ven, Señor Jesús!' (Ap 22,
17,20). El Espíritu conduce a la Iglesia hacia un constante progreso
en la comprensión de la verdad revelada. Vela por la enseñanza
de dicha verdad, por su conservación, por su aplicación a
las cambiantes situaciones históricas. Suscita y conduce el desarrollo
de todo lo que contribuye al conocimiento y ala difusión de esta
verdad: en particular, la exégesis de la Sagrada Escritura y la investigación
teológica, que nunca se pueden separar de la dirección del
Espíritu de la verdad ni del Magisterio de la Iglesia, en el que
el Espíritu siempre está actuando.
Todo acontece en la fe y por la fe, bajo la acción del Espíritu,
como he dicho en la Encíclica Dominum et vivificante: 'El misterio
de Cristo en su globalidad exige la fe, ya que ésta introduce oportunamente
al hombre en la realidad del misterio revelado. El 'guiar hasta la verdad
completa' se realiza, pues, en la fe y mediante la fe, lo cual es obra del
Espíritu de verdad y fruto de su acción en el hombre. El Espíritu
debe ser en esto la guía suprema del hombre y la luz del espíritu
humano. Esto sirve para los Apóstoles, testigos oculares, que deben
llevar ya a todos los hombres el anuncio de lo que Cristo 'hizo y enseñó'
y, especialmente, el anuncio de su cruz y de su resurrección. En
una perspectiva más amplia esto sirve también para todas las
generaciones de discípulos y confesores del Maestro, ya que deberán
aceptar con fe y confesar con lealtad el misterio de Dios operante en la
historia del hombre, el misterio revelado que explica el sentido definitivo
de esa historia' (n. 6).
8. De este modo, el 'Espíritu de la verdad' continuamente anuncia
los acontecimientos futuros; continuamente muestra a la humanidad este futuro
de Dios, que está por encima y fuera de todo futuro 'temporal'; y
así llena de valor eterno el futuro del mundo. Así el Espíritu
convence al hombre, haciéndole entender que, con todo lo que es,
y tiene, y hace, está llamado por Dios en Cristo a la salvación.
Así, el 'Paráclito', el Espíritu de la verdad, es el
verdadero Consolador' del hombre. Así es el verdadero Defensor y
Abogado. Así es el verdadero Garante del Evangelio en la historia:
bajo su acción la Buena Nueva es siempre 'la misma' y es siempre
'nueva'; y de modo siempre nuevo ilumina el camino del hombre en la perspectiva
del cielo con 'palabras de vida eterna' (Jn 6, 68).
Nuestro Abogado Defensor (24.V.89)
1. En la pasada catequesis sobre el Espíritu Santo hemos partido
del texto de Juan, tomado del 'discurso de despedida' de Jesús, que
constituye, en cierto modo, la principal fuente evangélica de la
neumatología. Jesús anuncia la venida del Espíritu
Santo, Espíritu de la verdad, que 'procede del Padre' (Jn 15, 26)
y que será enviado por el Padre a los Apóstoles y a la Iglesia
'en el nombre' de Cristo, en virtud de la redención llevad cabo en
el sacrificio de la cruz, según el eterno designio de salvación.
Por la fuerza de este sacrificio también el Hijo 'envía' el
Espíritu, anunciando que su venida se efectuará como consecuencia
y casi al precio de su propia partida (Cfr Jn 16, 17). Hay, por tanto, un
vínculo establecido por el mismo Jesús, entre su muerte-resurrección-ascensión
y la efusión del Espíritu Santo, entre Pascua y Pentecostés.
Más aún, según el IV Evangelio, el don del Espíritu
Santo se concede la misma tarde de la resurrección (Cfr. Jn 20, 22)25).
Se puede decir que la herida del costado de Cristo en la cruz abre el camino
a la efusión del Espíritu Santo, que será un signo
y un fruto de la gloria obtenida con la pasión y muerte.
El texto del discurso de Jesús en el Cenáculo nos manifiesta
también que Él llama al Espíritu Santo el 'Paráclito':
'Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito para que
esté con vosotros para siempre' (Jn 14,16). De forma análoga,
también leemos en otros textos: ' el Paráclito, el Espíritu
Santo' (Cfr. Jn 14, 26; Jn 15, 26; Jn 6, 7). En vez de 'Paráclito'
muchas traducciones emplean la palabra 'Consolador'; ésta es aceptable,
aunque es necesario recurrir al original griego 'Parakletos' para captar
plenamente el sentido de lo que Jesús dice del Espíritu Santo.
2. 'Parakletos' literalmente significa: 'aquel que es invocado' (de para-kaléin,
'llamar en ayuda'); y, por tanto, 'el defensor'. 'el abogado', además
de 'el mediador', que realiza la función de intercesor ('intercessor')
Es, en este sentido de 'Abogado)Defensor', el que ahora nos interesa, sin
ignorar que algunos Padres de la Iglesia usan 'Parakletos' en el sentido
de 'Consolador', especialmente en relación a la acción del
Espíritu Santo en lo referente a la Iglesia. Por ahora fijamos nuestra
atención y desarrollamos el aspecto del Espíritu Santo como
Parakletos-Abogado-Defensor. Este término nos permite captar también
la estrecha afinidad entre la acción de Cristo y la del Espíritu
Santo, como resulta de un ulterior análisis del texto de Juan.
3. Cuando Jesús en el Cenáculo, la vigilia de su pasión,
anuncia la venida del Espíritu Santo, se expresa de la siguiente
manera: 'EI Padre os dará otro Paráclito'. Con estas palabras
se pone de relieve que el propio Cristo es el primer Paráclito, y
que la acción del Espíritu Santo será semejante a la
que El ha realizado, constituyendo casi su prolongación.
Jesucristo, efectivamente, era el 'defensor' y continúa siéndolo.
El mismo Juan lo dirá en su Primera Carta a: 'Si alguno peca, tenemos
a uno que abogue 'Parakletos' ante el Padre: a Jesucristo, el Justo' (1
Jn 2, 1).
El abogado (defensor) es aquel que, poniéndose de parte de los
que son culpables debido a los pecados cometidos, los defiende del castigo
merecido por sus pecados, los salva del peligro de perder la vida y la salvación
eterna. Esto es precisamente lo que ha realizado Cristo. Y el Espíritu
Santo es llamado 'el Paráclito', porque continúa haciendo
operante la redención con la que Cristo nos ha librado del pecado
y de la muerte eterna .
4. El Paráclito será 'otro abogado-defensor' también
por una segunda razón. Permaneciendo con los discípulos de
Cristo, El los envolverá con su vigilante cuidado con virtud omnipotente.
'Yo pediré al Padre (dice Jesús) y os dará otro Paráclito
para que esté con vosotros para siempre' (Jn 14, 16): 'mora con vosotros
y en vosotros está' (Jn 14, 17). Esta promesa está unida a
las otras que Jesús ha hecho al ir al Padre: 'Y he aquí que
yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo' (Mt
28, 20). Nosotros sabemos que Cristo es el Verbo que 'se hizo carne y puso
su Morada entre nosotros' (Jn 1,14). Sí, yendo al Padre, dice: 'Yo
estoy con vosotros.. hasta el fin del mundo' (Mt 28, 20), se deduce de ello
que los Apóstoles y la Iglesia tendrán que reencontrar continuamente
por medio del Espíritu Santo aquella presencia del Verbo)Hijo, que
durante su misión terrena era 'física' y visible en la humanidad
asumida, pero que, después de su ascensión al Padre, estará
totalmente inmersa en el misterio. La presencia del Espíritu Santo
que, como dijo Jesús, es íntima a las almas y a la Iglesia
'él mora con vosotros y en vosotros está' (Jn 14, 17), hará
presente a Cristo invisible de modo estable , 'hasta el fin del mundo'.
La unidad trascendente del Hijo y del Espíritu Santo hará
que la humanidad de Cristo, asumida por el Verbo, habite y actúe
dondequiera que se realice, con la potencia del padre, el designio trinitario
de la salvación.
5. El Espíritu Santo)Paráclito será el abogado defensor
de los Apóstoles, y de todos aquellos que, a lo largo de los siglos,
serán en la Iglesia los herederos de su testimonio y de su apostolado,
especialmente en los momentos difíciles que comprometerán
su responsabilidad hasta el heroísmo. Jesús lo predijo y lo
prometió: 'os entregarán a los tribunales... seréis
llevados ante gobernadores y reyes... Mas cuando os entreguen, no os preocupéis
de cómo o qué vais a hablar... no seréis vosotros los
que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará
en vosotros' (Mt 10, 17-20; análogamente Mc 13, 11; Lc 12,12, dice:
'porque el Espíritu Santo os enseñará en aquel mismo
momento lo que conviene decir').
También en este sentido tan concreto, el Espíritu Santo
es el Paráclito-Abogado. Se encuentra cerca de los Apóstoles,
más aún, se les hace presente cuando ellos tienen que confesar
la verdad, motivarla y defenderla. Él mismo se convierte, entonces,
en su inspirador; Él mismo habla con sus palabras, y juntamente con
ellos y por medio de ellos da testimonio de Cristo y de su Evangelio. Ante
los acusadores Él llega a ser como el 'abogado' invisible de los
acusados, por el hecho de que actúa como su patrocinador, defensor,
confortador.
6. Especialmente durante las persecuciones contra los Apóstoles
y contra los primeros cristianos, y también en aquellas persecuciones
de todos los siglos, se verificarán las palabras que Jesús
pronunció en el Cenáculo: 'Cuando venga el Paráclito,
que yo os enviaré junto al Padre..., Él dará testimonio
de mi Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis
conmigo desde el principio' (Jn 15, 26-27).
LA Acción del Espíritu Santo es 'dar testimonio'. Es una
acción interior, 'inmanente', que se desarrolla en el corazón
de los discípulos, los cuales, después, dan testimonio de
Cristo al exterior. Mediante aquella presencia y aquella acción inmanente,
se manifiesta y avanza en el mundo el 'trascendente' poder de la verdad
de Cristo, que es el Verbo)Verdad y Sabiduría. De Él deriva
a los Apóstoles, mediante el Espíritu, el poder de dar testimonio
según su promesa: 'Yo os daré una elocuencia y una sabiduría
a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios'
(Lc 21, 15). Esto viene sucediendo ya desde el caso del primer mártir,
Esteban, del que el autor de los Hechos de los Apóstoles escribe
que estaba 'lleno del Espíritu Santo' (Hech 6,5), de modo que los
adversarios 'no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu
con que hablaba' (Hech 6, 10). También en los siglos sucesivos los
adversarios de la fe cristiana han continuado ensañándose
contra los anunciadores del Evangelio, apagando a veces su voz en la sangre,
sin llegar, sin embargo, a sofocar la Verdad de la que eran portadores:
ésta ha seguido fortaleciéndose en el mundo con la fuerza
del Espíritu Santo.
7. El Espíritu Santo (Espíritu de la verdad, Paráclito)
es aquel que, según la palabra de Cristo, 'convencerá al mundo
en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente
al juicio' (Jn 16, 8). Es significativa la explicación que Jesús
mismo hace de estas palabras: pecado, justicia y juicio. 'Pecado' significa,
sobre todo, la falta de fe que Jesús encuentra entre 'los suyos',
es decir, los de su pueblo, los cuales llegaron incluso a condenarle a muerte
en la cruz. Hablando después de la 'justicia', Jesús parece
tener en mente aquella justicia definitiva, que el Padre le hará
('... por que voy al Padre') en la resurrección y en la ascensión
al cielo. En este contexto, 'juicio' significa que el Espíritu de
la verdad mostrará la culpa del 'mundo' al rechazar a Cristo, o,
más generalmente, al volverla espalda a Dios. Pero puesto que Cristo
no ha venido al mundo para juzgarlo o condenarlo, sino para salvarlo, en
realidad también aquel 'convencer respecto al pecado' por parte del
Espíritu de la verdad tiene que entenderse como intervención
orientativa a la salvación del mundo, al bien último de los
hombres.
El 'juicio' se refiere, sobre todo, al príncipe' de este mundo',
es decir, a Satanás. Él, en efecto, desde el principio, intenta
llevar la obra de la creación contra la alianza y la unión
del hombre con Dios: se opone conscientemente a la salvación. Por
esto 'ha sido ya juzgado' desde el principio, como expliqué en la
Encíclica Dominum et vivificantem (n. 27).
8. Si el Espíritu Santo Paráclito debe convencer al mundo
precisamente de este 'juicio', sin duda lo tiene que hacer para continuar
la obra de Cristo que mira a la salvación universal (Cfr. ib.).
Por tanto, podemos concluir que en el dar testimonio de Cristo, el Paráclito
es un asiduo (aunque invisible) Abogado y Defensor de la obra de la salvación,
y de todos aquellos que se comprometen en esta obra. Y es también
el Garante de la definitiva victoria sobre el pecado y sobre el mundo sometido
al pecado, para librarlo del pecado e introducirlo en el camino de la salvación.
La venida del Espíritu Santo, sello de la Nueva Alianza
(31.V.89)
1. 'Mirad yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre' (Lc
24, 29). Después de los anuncios hechos por Jesús a los Apóstoles
el día a antes de su pasión y muerte, ahora, en el Evangelio
de Lucas, está la promesa de un próximo cumplimiento. En las
catequesis anteriores nos hemos basado, sobre todo, en el texto del 'discurso
de la despedida', del Evangelio de Juan, analizando lo que dice Jesús
en la última Cena sobre el Paráclito y sobre su venida: texto
fundamental en cuanto nos trae el anuncio y la promesa de Jesús que,
en vísperas de su muerte, vincula la venida del Espíritu con
su 'partir' subrayando así que tendrá el 'precio' de su marcha.
Por eso Jesús dice 'Os conviene que yo me vaya' (Jn 16, 7).
También el Evangelio de Lucas, en su parte final, aporta sobre
el tema importantes afirmaciones de Jesús, después de su resurrección.
Dice: 'Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre... permaneced
en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto' (Lc
24, 49). El Evangelista reitera esta misma afirmación al principio
de los Hechos de los Apóstoles, libro del cual es también
autor: 'Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen
de Jerusalén, sino que aguardasen la Promesa del padre' (Hech 1,
4).
2. Hablando de la 'Promesa del Padre', Jesús señala la
venida del Espíritu Santo ya anunciada de antemano en el antiguo
Testamento. Leemos eh el Libro del profeta Joel: 'Sucederá después
de esto que yo derramaré mi Espíritu en toda carne. Vuestros
hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán
sueños, y vuestros jóvenes verán visiones' (Jn 13,
1)2). Precisamente a este texto del Profeta Joel hará referencia
Pedro en el primer discurso de Pentecostés, como veremos inmediatamente.
También Jesús, cuando habla de la 'promesa del Padre' recuerda
el anuncio de los profetas, significativo incluso en su carácter
genérico. Los anuncios de Jesús en la última Cena son
explícitos y directos. Si ahora, después de la resurrección,
se refiere al Antiguo Testamento, es señal de que quiere poner de
relieve la continuidad de la verdad neumatológica a lo largo de toda
la Revelación. Quiere decir que Cristo da cumplimiento a todas las
promesas hechas por Dios ya en la antigua Alianza.
3. Estas promesas han encontrado una expresión concreta en el
Profeta Ezequiel (36, 22.28). Dios anuncia, por medio del profeta, la revelación
de su propia santidad, profanada por los pecados del pueblo elegido, especialmente
por la idolatría. Anuncia también que de nuevo reunirá
a Israel purificándolo de toda mancha. Y luego promete: 'Y os daré
un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu
nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra...Infundiré
mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según
mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas..., seréis
mi pueblo y yo seré vuestro Dios' (Ez 36, 26-28) .
El oráculo de Ezequiel precisaba, con la promesa del don del Espíritu,
la conocida profecía de Jeremías sobre la Nueva Alianza: 'He
aquí que vienen días (oráculo de Yahvéh) en
que yo pactaré con la casa de Israel (y con la casa de Judá)
una nueva Alianza... pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones
la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo'
(Jr 31,31.33). En este texto el profeta subraya que esta 'nueva Alianza'
será distinta de la anterior, esto es, de aquella que estaba vinculada
con la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto.
4. Jesús, antes de marchar al Padre, en la proximidad de lo que
iba a suceder el día de Pentecostés, recuerda las promesas
proféticas. Tiene presente, de modo especial, los textos tan elocuentes
de Ezequiel y de Jeremías, en los que se hace ex presa referencia
a la 'alianza nueva'. Este 'infundir en vosotros un 'espíritu nuevo',
proféticamente anunciado y prometido, está dirigido al 'corazón',
a la esencia interior, espiritual, del hombre. El fruto de este injertar
un espíritu nuevo será la colocación de la ley de Dios
en lo intimo del hombre 'en su interior', y será, por tanto, un vinculo
profundo de naturaleza espiritual y moral. En esto consistirá la
esencia de la Nueva Ley, infundida en los corazones 'indita' como dice Santo
Tomás (Cfr. I-II, q. 106, a. 1), refiriéndose al Profeta Jeremías
y a San Pablo, y siguiendo a San Agustín (Cfr. De spiritu et littera
cc. 17, 21, 24: PL 44, 218, 224, 225).
Según el oráculo de Ezequiel, no se trata sólo de
la ley de Dios infundida en el alma del hombre sino del don del Espíritu
de Dios. Jesús anuncia el próximo cumplimiento de esta profecía
maravillosa: el Espíritu Santo, autor de la Nueva Ley y Nueva Ley
El mismo, estará presente en los corazones y actuará en ellos:
'vosotros le conocéis porque mora con vosotros y en vosotros está'
(Jn 14, 17). Cristo, ya la tarde de la resurrección, haciéndose
presente a los Apóstoles reunidos en el Cenáculo, les dice:
'Recibid el Espíritu Santo' (Jn 20, 22).
5. La infusión del Espíritu Santo no comporta solamente
el 'poner', el inscribir la ley divina en lo intimo de la esencia espiritual
del hombre. En virtud de la pascua redentora de Cristo, se realiza también
el Don de una Persona divina: el Espíritu Santo mismo se les 'da'
a los Apóstoles (Cfr. Jn 14, 16), para que 'more' en ellos (Cfr.
Jn 14,17). Es un Don por el cual Dios mismo se comunica al hombre en el
misterio intimo de la propia divinidad, a fin de que, participando en la
naturaleza divina, en la vida trinitaria, dé frutos espirituales.
Es, por tanto, el don que está como fundamento de todos los dones
sobrenaturales, según explica Santo Tomas (I, q. 88, a. 2). Es la
raíz de la gracia santificante que, precisamente, 'santifica mediante
la 'participación en la naturaleza divina)' (Cfr. 2 Ped 1, 4). Está
claro que esta santificación implica una transformación del
espíritu humano en el sentido moral. Y de este modo, lo que había
sido formulado en el anuncio de los profetas como un 'infundir' la ley de
Dios en el 'corazón', se confirma, se precisa y se enriquece de significado
en la nueva dimensión de la 'efusión del Espíritu'.
En boca de Jesús y en los textos de los Evangelistas, la 'promesa'
alcanza la plenitud de su significado: el Don de la Persona misma del Paráclito.
6. Esta 'efusión', este don del Espíritu tiene como fin
también la consolidación de la misión de los Apóstoles,
en el asomarse de la Iglesia a la historia y, por consiguiente, en todo
el desarrollo de su misión apostólica. Al despedirse de los
Apóstoles, Jesús les dice: seréis revestidos de poder
desde lo alto' (Lc 24, 49). '... recibiréis la fuerza del Espíritu
Santo que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en
Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra'
(Hech 1, 8).
'Seréis mis testigos': Los Apóstoles escucharon esto durante
el 'discurso de despedida' (Cfr. Jn 15, 27). En el mismo discurso Jesús
había unido su testimonio humano, ocular e 'histórico' sobre
Él con el testimonio del Espíritu Santo: 'él dará
testimonio de mi' (Jn 15, 26). Por esto, 'sobre el testimonio del Espíritu
de la Verdad el testimonio humano de los Apóstoles encontrará
el supremo sostén. Y encontrará, por consiguiente, en él
también el fundamento interior de su continuación entre las
generaciones que se sucederán a lo largo de los siglos' (Dominum
et Vivificantem, 5).
Se trata entonces, y por consiguiente, de la realización del reino
de Dios tal como es entendido por Jesús. Él, en el mismo diálogo
anterior a la Ascensión al cielo, insiste una vez más a los
Apóstoles que se trata de este reino (Cfr. Hech 1, 3), en su sentido
universal y escatológico y no de un 'reino de Israel' (Hech 1, 6),
sólo temporal, en el cual tenían ellos puesta su mirada.
7. Al mismo tiempo Jesús encarga a los Apóstoles que permanezcan
a en Jerusalén después de la ascensión. Precisamente
allí 'recibirán el poder desde lo alto'. Allí descenderá
sobre ellos el Espíritu Santo. Una vez más se pone de relieve
el vinculo y la continuidad entre la antigua y la Nueva Alianza. Jerusalén,
punto de llegada de la historia del pueblo de la antigua Alianza, debe transformarse
en el punto de partida de la historia del Pueblo de la Nueva Alianza, es
decir, de la Iglesia.
Jerusalén ha sido elegida por Cristo mismo (Cfr. Lc 9, 51; Lc
13, 33) como el lugar del cumplimiento de su misión mesiánica;
lugar de su muerte y resurrección '(Destruid este Santuario y en
tres días lo levantaré': Jn 2,19), lugar de la redención.
Con la pascua de Jerusalén, el 'tiempo de Cristo' se prolonga en
el 'tiempo de la Iglesia': el momento decisivo será el día
de Pentecostés. 'Así está escrito que el Cristo padeciera
y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en
su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas
las naciones, empezando desde Jerusalén' (Lc 24, 46-47). Este 'comienzo'
acontecerá bajo la acción del Espíritu Santo que, en
el inicio de la Iglesia, como Espíritu Creador 'Veni, Creator Spiritus',
prolonga la obra llevada a cabo en el momento de la primera creación,
cuando el Espíritu de Dios 'aleteaba por encima de las aguas' (Gen
1, 2).
La comunidad apostólica en oración (21.VI.89)
1. Conocemos la suprema promesa y la última orden de Jesús
a sus Apóstoles antes de la ascensión: 'Mirad, yo voy a enviar
sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra parte permaneced en la
ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto' (Lc 24,
49; cfr. también Hech 1, 4). Hemos hablado de ella en la catequesis
precedente, poniendo de relieve también la continuidad y el desarrollo
de la verdad neumatológica entre la Antigua y la Nueva Alianza .
Hoy podemos comprobar por los Hechos de los Apóstoles que aquella
orden fue ejecutada por los Apóstoles, que 'cuando llegaron, entraron
en la estancia superior, donde vivían... Todos ellos perseveraban
en la oración con un mismo espíritu' (Hech 1, 13-14). No sólo
se quedaron en la ciudad, sino que también se reunieron en el Cenáculo
para formar comunidad y permanecer en oración, junto con María,
Madre de Jesús como preparación inmediata para la venida del
Espíritu Santo y para la primera manifestación 'hacia afuera',
por obra del Espíritu Santo, de la Iglesia nacida de la muerte y
resurrección de Cristo. Toda la comunidad se está preparando,
y en ella cada uno personalmente .
2. Es una preparación hecha de oración: 'Todos ellos perseveraban
en la oración, con un mismo espíritu' (Hech 1, 14). Es como
una repetición o una prolongación de la oración mediante
la que Jesús de Nazaret se preparaba a la venida del Espíritu
Santo en el momento del bautismo en el Jordán, cuando debía
iniciar su misión mesiánica: 'Cuando Jesús estaba en
oración, se abrió el cielo, y bajó sobre él
el Espíritu Santo' (Lc 3, 21-22).
Alguien podría preguntar: ¿Por qué implorar aún
en la oración lo que ya ha sido prometido? La oración de Jesús
en el Jordán muestra que es indispensable orar para recibir oportunamente
'el don que viene de lo alto' (St 1,17). Y la comunidad de los Apóstoles
y de los primeros discípulos debía prepararse para recibir
justamente este don, que viene de lo alto: el Espíritu Santo que
daría inicio a la misión de la Iglesia de Cristo sobre la
tierra.
En momentos especialmente importantes la Iglesia actúa de modo
semejante. Busca nuevamente aquella unión de los Apóstoles
en la oración en compañía de la Madre de Cristo. En
cierto sentido vuelve al Cenáculo. Así sucedió, por
ejemplo, al comienzo del Concilio Vaticano II. Cada año, por lo demás,
la solemnidad de Pentecostés es preparada por la 'novena' al Espíritu
Santo, que reproduce la experiencia de oración de la primera comunidad
cristiana en espera de la venida del Espíritu Santo.
3. Los Hechos de los Apóstoles subrayan que se trataba de una
oración 'con un mismo espíritu'. Este detalle indica que se
había realizado una importante transformación en los corazones
de los Apóstoles, entre los que existían poco antes diferencias,
e incluso algunas rivalidades (Cfr. Mc 9, 34, Lc 9, 46; 22, 24). Era la
señal de que la oración sacerdotal de Jesús había
producido sus frutos. En aquella oración Jesús había
pedido la unidad: 'Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mi y yo
en ti, que ellos también sean uno en nosotros' (Jn 17, 21). Yo en
ellos y tú en mi, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca
que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado
a mí' (Jn 17, 23).
A lo largo de todos los tiempos y en toda generación cristiana,
esta oración de Cristo por la unidad de la Iglesia conserva su actualidad.
Y qué actuales han resultado aquellas palabras en nuestros tiempos,
animados por los esfuerzos ecuménicos en favor de la unión
de los cristianos! Probablemente nunca como hoy han tenido un significado
tan cercano al que tuvieron en los labios de Cristo en el momento en que
la Iglesia estaba para salir al mundo. También hoy existe, por todas
partes, el sentimiento de que nos encaminamos hacia un mundo nuevo, más
unido y solidario.
4. Además, la oración de la comunidad de los Apóstoles
y discípulos antes de Pentecostés era perseverante: 'perseveraban
en la oración' (en griego:pros a aerountez). Por tanto, no fue una
oración de momentánea exaltación. La palabra griega
empleada por el autor de los Hechos de los Apóstoles indica una perseverancia
paciente, en cierto sentido, incluso 'obstinado, que incluye un sacrificio
y superar dificultades. Fue, por consiguiente, una oración que compromete
completamente no sólo el corazón, sino también la voluntad.
Los Apóstoles eran conscientes de la misión que les esperaba.
5. Aquella oración era ya un fruto de la acción interior
del Espíritu Santo, porque es Él quien inspira la oración
y ayuda a perseverar en ella. Vuelve de nuevo a la mente la analogía
con Jesús mismo, quien, antes de comenzar su actividad mesiánica,
se dirigió al desierto. Los Evangelios subrayan que 'el Espíritu
lo empujó' (Mc 1,12, cfr. Mt 4, 1), que 'era conducido por el Espíritu
al desierto' (Lc 4, 1). si son múltiples los dones del Espíritu
Santo, hay que decir que, durante la permanencia en el Cenáculo de
Jerusalén, el Espíritu Santo ya actuaba en los Apóstoles
en lo oculto de la oración, para que el día de Pentecostés
estuviesen dispuestos para recibir este don grande y 'decisivo'' por medio
del cual debía comenzar definitivamente sobre la tierra la vida de
la Iglesia de Cristo.
6. En la comunidad unida en la. oración, además de los
Apóstoles, estaban igualmente presentes otras personas, hombres y
también mujeres.
La recomendación de Cristo, en el momento de su partida para volver
al Padre, tenia como destinatarios directos a los Apóstoles. Sabemos
que les ordenó 'que no se ausentasen de Jerusalén, sino que
aguardasen la Promesa del Padre' (Hech 1, 4). A ellos Jesús les había
encomendado una misión especial en su Iglesia.
Ahora bien, el hecho de que en la preparación de Pentecostés
tomaran parte también otras personas, y especialmente las mujeres,
constituye una simple continuación del comportamiento de Jesús
mismo, como aparece en diversos pasajes de los Evangelios. Lucas nos da
incluso los nombres de estas mujeres que seguían, colaboraban y ayudaban
a Jesús: María, llamada Magdalena, Juana, mujer de Cusa, administrador
de Herodes, Susana y muchas otras (Cfr. Lc 8, 1)3). El anuncio evangélico
del reino de Dios se desarrollaban o sólo en presencia de los 'doce'
y de los discípulos en general, sino también de estas mujeres
en particular, de las que habla el Evangelista diciendo que ellas 'les (a
Jesús y a los Apóstoles) servían con sus bienes' (Lc
8, 3).
De ello se deduce que las mujeres, de la misma manera que los hombres,
están llamadas a participar en el reino de Dios que Jesús
anunciaba: a formar parte de él, y a contribuir a su crecimiento
entre los hombres, como expliqué ampliamente en la Carta apostólica
Mulieris dignitatem.
7. Bajo este punto de vista, la presencia de las mujeres en el Cenáculo
de Jerusalén durante la preparación de Pentecostés
y el nacimiento de la Iglesia reviste una especial importancia. Hombres
y mujeres, simples fieles, participaban en el acontecimiento entero junto
a los Apóstoles, y en unión con ellos. Desde el inicio, la
Iglesia es una comunidad de Apóstoles y discípulos, tanto
hombres como mujeres.
No puede ponerse en duda que la presencia de la Madre de Cristo tuvo
una importancia especial en aquella preparación de la comunidad primitiva
para Pentecostés. Pero a este tema convendrá dedicar una catequesis
aparte.
María en la espera de Pentecostés (28.VI.89)
1. 'Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu
en compañía de algunas mujeres, de María, la Madre
de Jesús, y de sus hermanos'(Hech 1,14). Con estas sencillas palabras
el autor de los Hechos de los Apóstoles señala la presencia
de la Madre de Cristo en el Cenáculo, en los días de preparación
para Pentecostés.
En la catequesis precedente ya entramos al Cenáculo y vimos que
los Apóstoles, obedeciendo la orden recibida de Jesús antes
de su partida hacia el Padre, se habían reunido allí y 'perseveraban...
con un mismo espíritu' en la oración. No estaban solos, pues
contaban con la participación de otros discípulos, hombres
y mujeres. Entre esas personas que pertenecían a la comunidad originaria
de Jerusalén, San Lucas autor de los Hechos, nombra
también a María, Madre de Cristo. La nombra entre los demás
presentes, sin añadir nada de particular respecto a Ella. Pero sabemos
que Lucas es también el Evangelista que manifestó de forma
más completa la maternidad divina y virginal de María, utilizando
las informaciones que consiguió con una precisa intención
metodológica (Cfr. Lc 1, 1 ss.; Hech 1, 1 ss.) en las comunidades
cristianas, informaciones que al menos indirectamente se remontaban a la
primerísima fuente de todo dato mariológico: la misma Madre
de Jesús. Por ello, en la doble narración de Lucas, así
como la venida al mundo del Hijo de Dios está presentada en estrecha
relación con la persona de María, así ahora se presenta
el nacimiento de la Iglesia vinculado con Ella. La simple constatación
de su presencia en el Cenáculo de Pentecostés basta para hacernos
entrever toda la da la importancia que Lucas atribuye a este detalle.
2. En los Hechos, María aparece parece como una de las personas
que participan en calidad de miembro de la primera comunidad de la Iglesia
naciente, en la preparación para Pentecostés. Sobre la base
del Evangelio de Lucas y otros textos del Nuevo Testamento, se formó
una tradición cristiana acerca de la presencia de María en
la Iglesia, que el Concilio Vaticano II ha resumido afirmando que Ella es
un miembro excelentísimo y enteramente singular (Cfr. Lumen Gentium,
53) por ser Madre de Cristo, Hombre)Dios, y por consiguiente Madre de Dios.
Los Padres conciliares recordaron en el mensaje introductorio, las palabras
de los Hechos de los Apóstoles que acabamos de leer, como si quisieran
subrayar que, como María había estado presente en aquella
primera hora de la Iglesia, así deseaban que estuviese en su reunión
de sucesores de los Apóstoles, congregados en la segunda mitad del
siglo XX en continuidad con la comunidad del Cenáculo. Reuniéndose
para los trabajos conciliares también los Padres querían perseverar
en la oración con un mismo espíritu... en compañía
de María, la Madre de Jesús' (Cfr. Hech 1,14).
3. Ya en el momento de la anunciación María había
experimentado la venida del Espíritu Santo. El Ángel Gabriel
le había dicho: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y
el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra: por eso el
que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios' (Lc
1, 35). Por medio de esta venida del Espíritu Santo a Ella, María
fue asociada de modo único e irrepetible al misterio de Cristo. En
la Encíclica Redemptoris Mater escribí: En el misterio de
Cristo María está presente ya 'antes de la creación
del mundo' (Cfr. Ef 1, 4) como Aquella que el Padre 'ha elegido' como Madre
de su Hijo en la Encarnación, y junto con el Padre la ha elegido
el Hijo, confiándola eternamente al Espíritu de santidad'
(Rom 8).
4. Ahora bien, en el Cenáculo de Jerusalén, cuando mediante
los acontecimientos pascuales el misterio de Cristo sobre la tierra llegó
a su plenitud, María se encuentra en la comunidad de los discípulos
para preparar una nueva venida del Espíritu Santo, y un nuevo nacimiento:
el nacimiento de la Iglesia. Es verdad que Ella misma es ya templo del Espíritu
Santo' (Lumen Gentium, 53) por su plenitud de gracia y su maternidad divina,
pero Ella participa en las súplicas por la venida del Paráclito
a fin de que con su poder suscite en la comunidad apostólica el impulso
hacia la misión que Jesucristo al venir al mundo, recibió
del Padre (Cfr. Jn 5, 36), y, al volver al Padre, transmitió a la
Iglesia (Cfr. Jn 17, 18). María, desde el inicio, está unida
a la Iglesia, como uno de los 'discípulos' de su Hijo pero al mismo
tiempo destaca en todos los tiempos como tipo y ejemplar acabadísimo
de la misma (Iglesia) en la fe y en la caridad' (Lumen Gentium, 53).
5. Lo ha puesto 'muy bien de relieve el Concilio Vaticano II en la Constitución
sobre la Iglesia, donde leemos: 'La Virgen Santísima, por el don
y la prerrogativa de la maternidad divina, que 'a une con el Hijo Redentor,
y por sus gracias y dones singulares, está también íntimamente
unida con la Iglesia. Como ya enseñó San Ambrosio la Madre
de Dios es tipo de la Iglesia en el Orden de la fe, dé la caridad
y de la unión perfecta con Cristo' (Lumen Gentium, 6).
'Pues en el misterio de la Iglesia (prosigue el Concilio)... precedió
la Santísima Virgen presentándose de forma eminente... Creyendo
y obedeciendo, engendró en la tierra al mismo Hijo del Padre, y sin
conocer varón, cubierta con la sombra del Espíritu Santo'
(Lumen Gentium, 63).
La oración de María en el Cenáculo, como preparación
a Pentecostés, tiene un significado especial precisamente por razón
del vinculo con el Espíritu Santo que se estableció en el
momento del misterio de la Encarnación. Ahora bien, este vinculo
vuelve a presentarse, enriqueciéndose con una nueva relación.
6. Al afirmar que María 'precedió' en el orden de la fe,
la Constitución parece referirse a la bienaventuranza' escuchada
por la Virgen de Nazaret durante la visita a su parienta Isabel tras la
anunciación: 'Feliz la que ha creído' (Lc 1, 45). El Evangelista
escribe que 'Isabel quedó llena de Espíritu Santo' (Lc 1,
41) mientras respondía al saludo de María y pronunciaba aquellas
palabras. También en el Cenáculo de Pentecostés en
Jerusalén según el mismo Lucas, 'todos quedaron llenos del
Espíritu Santo' (Hech 2, 4). Por tanto, también Aquella que
había concebido por obra del Espíritu Santo' (Cfr. Mt 1, 18)
recibió una nueva plenitud de Él. Toda su vida de fe, de caridad,
de perfecta unión con Cristo desde aquella hora de Pentecostés
quedó unida al camino de la Iglesia.
La comunidad apostólica tenia necesidad de su presencia ' de aquella
perseverancia en la oración en compañía de Ella, la
Madre del Señor. Se puede decir que en aquella oración 'en
compañía de María' se trasluce su particular mediación
nacida de la plenitud de los dones del Espíritu Santo. Como su mística
Esposa, María imploraba su venida a la Iglesia, nacida del costado
de Cristo atravesado en la cruz, y ahora a punto de manifestarse al mundo.
7. Como se ve, la breve mención que hace el autor de los Hechos
de los Apóstoles acerca de la presencia de María entre los
Apóstoles y todos aquellos que perseveraban en la oración'
como preparación a Pentecostés y a la efusión del Espíritu
Santo, encierra un contenido sumamente rico.
En la Constitución Lumen Gentium el Concilio Vaticano II ha dado
expresión a esta riqueza de contenido. Según el importante
texto conciliar, 'Aquella que en el Cenáculo en medio de los discípulos
perseveraba en la oración, es la Madre del Hijo predestinado por
Dios a ser el primogénito entre muchos hermanos' (Cfr. Rom 8, 29).
Pero el Concilio añade que 'Ella misma cooperó a la regeneración
y formación' de estos hermanos' de Cristo, con su amor de Madre.
La Iglesia, a su vez, desde el día de Pentecostés, 'por la
predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e inmortal a
los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios'
(Lumen Gentium, 64). La Iglesia, por consiguiente, convirtiéndose
así también ella en madre, mira a la Madre de Cristo como
a su modelo. Esta mirada de la Iglesia hacia María tuvo su inicio
en el Cenáculo.
Pentecostés fiesta de la nueva mies (5.VII.89)
1. De las catequesis que hemos dedicado al articulo de los Símbolos
de la fe acerca del Espíritu Santo se puede deducir el rico fundamento
bíblico de la verdad neumatológica. Sin embargo, es preciso
al mismo tiempo señalar el diferente matiz que, en la Revelación
divina, tiene esta verdad en relación con la verdad cristológica.
En efecto, de los textos sagrados se deduce que el Hijo eterno, consubstancial
con el Padre es la plenitud de la autorrevelación de Dios en la historia
de la humanidad. Al hacerse 'hijo del hombre', 'nacido de mujer' (Cfr. Gal
4, 4), él se manifestó y actuó como verdadero hombre.
Como tal también reveló definitivamente al Espíritu
Santo, anunciando su venida y dando a conocer su relación con el
Padre y con el Hijo en la misión salvífica, y, por consiguiente,
en el misterio de la Trinidad. Según el anuncio y la promesa de Jesús,
con la venida del Paráclito comienza la Iglesia, Cuerpo de Cristo
(Cfr. 1 Cor 12, 27) y sacramento de su presencia con nosotros hasta el fin
del mundo' (Cfr. Mt 28, 20).
Sin embargo, el Espíritu Santo, consubstancial con el Padre y
el Hijo, permanece como el 'Dios escondido'. Aun obrando en la Iglesia y
en el mundo, no se manifiesta visiblemente, a diferencia del Hijo, que asumió
la naturaleza humana y se hizo semejante a nosotros, de forma que los discípulos,
durante su vida mortal, pudieron verlo y 'tocarlo con la mano', a Él,
la palabra de vida (Cfr. 1 Jn 1, 1).
Por el contrario, el conocimiento del Espíritu Santo, fundado
en la fe en la revelación de Cristo, no tiene para su consuelo la
visión de una Persona divina viviente en medio de nosotros de forma
humana, sino sólo la constatación de los efectos de su presencia
y de su actuación en nosotros y en el mundo. El punto clave para
este conocimiento es el acontecimiento de Pentecostés.
2. Según la tradición religiosa de Israel, Pentecostés
era originariamente la fiesta de la siega. Tres veces al año se presentarán
todos tus varones ante Yahvéh, el Señor, el Dios de Israel'
(Ex 34, 23). La primera vez era con ocasión de la fiesta de Pascua;
la segunda, con ocasión de la fiesta de la siega, y la tercera, con
ocasión de la fiesta de las Tiendas.
La fiesta de la siega, 'de las primicias de tus trabajos, de lo que hayas
sembrado en el campo' (Ex 23, 16) se llamaba en griego Pentecostés
puesto que se celebraba 50 días después de la fiesta de Pascua.
Solía también llamarse fiesta de las semanas, por el hecho
de que caía siete semanas después de la fiesta de Pascua.
Luego se celebraba por separado la fiesta de la cosecha, hacia el fin del
año (Cfr. Ex 23, 16; 34, 22). Los libros de la Ley contenían
prescripciones detalladas acerca de la celebración de Pentecostés
(Cfr. Lv 23,15 ss.; Nm 28. 26-31), Que a continuación se transformó
también en la fiesta de la renovación de la alianza (Cfr.
2 Cor 15,10-13), como veremos a su tiempo.
3. La bajada del Espíritu Santo sobre los apóstoles y sobre
la primera comunidad de los discípulos de Cristo que en el Cenáculo
'perseveraban en la oración, con un mismo espíritu' en compañía
de María, la madre de Jesús (Cfr. Hech 1,14), hace referencia
al significado veterotestamentario de Pentecostés La fiesta de la
siega se convierte en la fiesta de la nueva 'mies' que es obra del Espíritu
Santo: la mies en el Espíritu.
Esta mies es el fruto de la siembra de Cristo Sembrador. Recordemos las
palabras de Jesús que nos refiere el Evangelio de Juan: Pues bien,
yo os digo: alzad vuestros ojos y ved los campos, que blanquean ya para
la siega' (Jn 4, 35). Jesús daba a entender que los Apóstoles
recogerían ya tras su muerte la mies de esta siembra: 'Uno es el
sembrador y otro el segador: yo os he enviado a segar donde vosotros no
os habéis fatigado. Otros se fatigaron y vosotros os aprovecháis
de su fatiga' (Jn 4, 37)38).
Desde el día de Pentecostés, por obra del Espíritu
Santo, los Apóstoles se transformarán en segadores de la siembra
de Cristo 'El segador recibe el salario, y recoge fruto para vida eterna
de modo que el sembrador se alegra igual que el segador' (Jn 4, 36). Y,
en verdad, ya el día de Pentecostés, tras el primer discurso
de Pedro, la mies se manifiesta abundante porque se convirtieron 'cerca
de tres mil personas' (Hech 2, 41 ) de forma que eso constituyó motivo
de una alegría común: la alegría de los apóstoles
y de su Maestro, el divino Sembrador.
4. Efectivamente, la mies es fruto de su sacrificio. Si Jesús
habla de la 'fatiga' del Sembrador, ella consiste, sobre todo, en su pasión
y muerte en la Cruz. Cristo es aquel 'Otro' que se ha fatigado para esta
siega. 'Otro' que ha abierto el camino al Espíritu de verdad, que,
desde el día de Pentecostés, comienza a obrar eficazmente
por medio del kerigma apostólico.
El camino ha sido abierto mediante la ofrenda que Cristo hizo de sí
mismo en la Cruz: mediante la muerte redentora, confirmada por el costado
atravesado del Crucificado. En efecto, de su corazón 'al instante
salió sangre y agua' (Jn 19, 34), señal de la muerte física.
Pero en este hecho se puede ver también el cumplimiento de las misteriosas
palabras que dijo en una ocasión Jesús, el último día
de la fiesta de las Tiendas, acerca de la venida del Espíritu Santo.
'Si alguno tiene sed, venga a mi y beba el que crea en mi, como dice la
Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva'. El Evangelista
comenta: Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que
iban a recibir los que creyeran en él' (Jn 7, 37-39). Quiere decir
que los creyentes recibirían mucho más que la lluvia implorada
en la fiesta de las Tiendas, alcanzando una fuente de la que vendría
en verdad el agua regeneradora de Sión, anunciada por los profetas
(Cfr. Za 14, 8, Ez 47, 1 ss.).
5. Acerca del Espíritu Santo Jesús había prometido:
'Si me voy, os lo enviaré' (Jn 16, 7). Verdaderamente el agua que
mana del costado atravesado de Cristo (Cfr. Jn 19, 34) es la señal
de este 'envío'. Será una efusión 'abundante': incluso,
un río de agua viva', metáfora que expresa una especial generosidad
y benevolencia de Dios que se da al hombre.
Pentecostés, en Jerusalén, es la confirmación de
esta abundancia divina, prometida y concedida por Cristo mediante el Espíritu.
Las mismas circunstancias de la fiesta parecen tener en la narración
de Lucas un significado simbólico. La bajada del Paráclito
sucede efectivamente, en el apogeo de la fiesta. La expresión usada
por el Evangelista alude a una plenitud, ya que dice: 'Al llegar el día
de Pentecostés' (Hech 2, 1). Por otra parte, San Lucas refiere incluso
que 'estaban todos reunidos en un mismo lugar', lo que indica la totalidad
de la comunidad reunida: todos reunidos', no sólo los Apóstoles,
sino también la totalidad del grupo originario de la Iglesia naciente
hombres y mujeres, en compañía de la Madre de Jesús.
Es un primer detalle que conviene tener presente. Pero en la descripción
de aquel acontecimiento hay también otros detalles que, siempre desde
el punto de vista de la 'plenitud', se revelan igualmente importantes.
Como escribe Lucas, 'de repente vino del cielo un ruido como el de una
ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que
se encontraban... y quedaron todos llenos del Espíritu Santo' (Hech
2, 2, 4). Observemos la insistencia en la plenitud ('llenó', 'quedaron
todos llenos'). Esta observación puede relacionarse con lo que dijo
Jesús al irse a su Padre: 'pero vosotros seréis bautizados
en el Espíritu Santo dentro de pocos días' (Hech 1, 5). Bautizados'
quiere decir 'inmersos' en el Espíritu Santo: es lo que expresa el
rito de la inmersión en el agua durante el bautismo. La 'inmersión'
y el 'estar llenos' significan la misma realidad espiritual, obrada en los
Apóstoles, y en todos los que se hallaban presentes en el Cenáculo,
por la bajada del Espíritu Santo.
6. Aquel estar llenos', vivido por la pequeña comunidad de los
comienzos el día de Pentecostés, se puede considerar casi
una prolongación espiritual de la plenitud del Espíritu Santo
que habita' en Cristo, en quien reside 'toda plenitud' (Cfr. Col 1, 19).
Como leemos en la Encíclica Dominum et Vivificantem todo 'lo que
dice (Jesús) del Padre y de sí como Hijo, brota de la plenitud
del Espíritu que está en Él y que se derrama en su
corazón, penetra su mismo 'yo', inspira y vivifica profunda mente
su acción' (n. 21). Por eso el Evangelio puede decir que Jesús
'se llenó de gozo en el Espíritu Santo' (Lc 10,21). Así
la 'plenitud' del Espíritu Santo, que se halla en Cristo, se manifestó
el día de Pentecostés llenando de Espíritu Santo' a
todos aquellos que estaban reunidos en el Cenáculo. Así se
constituyó aquella realidad cristológico eclesiológica
a que alude el apóstol Pablo: 'alcanzáis la plenitud en él,
que es la Cabeza' (Col 2, 10).
7. Se puede añadir que el Espíritu Santo en Pentecostés
'se transforma en amo' de los Apóstoles, demostrando su poder sobre
la comunidad. La manifestación de este poder re viste el carácter
de una plenitud del don espiritual que se manifiesta como poder del espíritu,
poder de la mente, de la voluntad y del corazón. En efecto, San Juan
escribe que 'Aquel a quien Dios ha enviado... da el Espíritu sin
medida (Jn 3, 34): esto vale en primer lugar para Cristo, pero puede aplicarse
también a los Apóstoles, a quienes Cristo dio el Espíritu,
para que ellos, a su vez, lo transmitieran a los demás.
8. Por último, observamos que en Pentecostés se han cumplido
también las palabras de Ezequiel: infundiré en vosotros un
espíritu nuevo' (36, 26). Y verdaderamente este 'soplo' ha producido
la alegría de los segadores, de forma que se puede decir con Isaías:
'Alegría por su presencia, cual la alegría en la siega' (Is
9, 2).
Pentecostés (la antigua fiesta de la siega),ha adquirido ahora
en Jerusalén un significado nuevo, como una especial 'mies' del divino
Paráclito' Así se ha cumplido la profecía de Joel:
'... yo derramaré mi Espíritu en toda carne' (Jl 3, 1).
Pentecostés como teofanía (12.VII.89)
1. Nuestro conocimiento del Espíritu Santo se basa en los anuncios
que de Él nos da Jesús, sobre todo cuando habla de su partida'
y de su vuelta al Padre. 'Si me voy, ... vendrá a vosotros el Paráclito'
(Jn 16, 7). Esta 'partida' pascual de Cristo, que se realiza mediante la
cruz, la resurrección y la ascensión, halla su 'coronamiento'
en Pentecostés, es decir, en la venida del Espíritu Santo
sobre los Apóstoles, 'que perseveraban en la oración) en el
Cenáculo 'en compañía de la Madre de Jesús'
(Cfr. Hech 1,14), y del grupo de personas que formaban el núcleo
de la Iglesia originaria.
En aquel acontecimiento el Espíritu Santo permanece el Dios 'misterioso'
(Cfr. Is 45, 15), y como tal permanecerá durante toda la historia
de la Iglesia y del mundo. Se podría decir que Él está
'escondido' en la sombra de Cristo, el Hijo Verbo consubstancial con el
Padre, que de forma visible 'se hizo carne y puso su morada entre nosotros'
(Jn 1,14).
2. En el acontecimiento de la Encarnación el Espíritu Santo
no se manifiesta visiblemente )permanece el Dios escondido'), y envuelve
a María en su misterio. A la Virgen, mujer elegida para el decisivo
acercamiento de Dios al hombre, dice el Ángel: 'El Espíritu
Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá
con su sombra' (Lc 1, 35).
De la misma manera en Pentecostés el Espíritu Santo extiende
su sombra' sobre la Iglesia naciente, a fin de que bajo su soplo reciba
la fuerza para anunciar 'las maravillas de Dios' (Cfr. Hech 2, 11). Lo que
había sucedido en el seno de María en la Encarnación,
encuentra ahora una nueva realización. El Espíritu obra como
el 'Dios escondido', invisible en su persona.
3. Sin embargo, Pentecostés es una teofanía, es decir,
una poderosa manifestación divina, que completa la teofanía
del Sinaí cuando salió Israel de la esclavitud de Egipto bajo
la guía de Moisés. Según las tradiciones rabínicas,
la teofanía del Sinaí tuvo lugar cincuenta días después
de la Pascua del éxodo, el día de Pentecostés.
'Todo el monte Sinaí humeaba, porque Yahvéh había
descendido sobre Él en el fuego. Subía el humo como de un
horno, y todo el monte retemblaba con violencia' (Ex 19, 18). Esa había
sido una manifestación de la majestad de Dios, de la absoluta trascendencia
de 'Aquel que es' (Cfr. Ex 3, 14). Y los pies del monte Horeb Moisés
había escuchado aquellas palabras que salían de la zarza que
ardía y no se consumía: No te acerques aquí; quita
las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra
sagrada' (Ex 3, 5). Y a los pies del Sinaí el Señor ordena:
'Baja y orden l pueblo que no traspase las lindes para ver a Yahvéh,
porque morirían muchos de ellos' (Ex 19, 21).
4. La teofanía de Pentecostés es el punto de llegada de
la serie de manifestaciones con que Dios se ha dado a conocer progresivamente
al hombre. Con ella alcanza su culmen aquella autorrevelación de
Dios mediante la que Él ha querido infundir a su pueblo la fe en
su majestad y trascendencia, y al mismo tiempo en su presencia inmanente
de 'Emmanuel', de 'Dios con nosotros'.
En Pentecostés se realiza una teofanía que, con María,
toca directamente a toda la Iglesia en su núcleo inicial, completándose
así el largo proceso iniciado en la antigua Alianza. Si analizamos
los detalles del acontecimiento del Cenáculo, como los presentan
los Hechos de los Apóstoles (2, 1)13), encontramos en ellos diversos
elementos que nos recuerdan las teofanías precedentes, sobre todo
la del Sinaí, que Lucas parece tener presente al describir la venida
del Espíritu Santo. La teofanía del Cenáculo, según
la descripción de Lucas, se realiza mediante fenómenos semejantes
a los del Sinaí: 'Al llegar el día de Pentecostés estaban
todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como
el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa
en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego
que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos
llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en otras lenguas,
según el Espíritu les concedía expresarse' (Hech 2,
1-4).
Se trata de tres elementos (el ruido del viento, las lenguas de fuego,
el carisma del lenguaje),ricos por su valor simbólico, que conviene
tener presente. A la luz de estos elementos se comprende mejor qué
pretende decir el autor de los Hechos cuando afirma que los presentes en
el Cenáculo 'quedaron todos llenos del Espíritu Santo'.
5. 'Un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso'. Desde
el punto de vista lingüístico aflora aquí la afinidad
entre el viento (el soplo) y el 'espíritu'. En hebreo, así
como en griego, para decir 'viento' se usa la misma palabra que para 'espíritu':
'ruah' ) 'pneuma'. Leemos en el Libro del Génesis (1, 2): 'Un viento
de Dios aleteaba por encima de las aguas', y, en el Evangelio de Juan: 'El
viento (pneuma) sopla donde quiere' (Jn 3, 8).
El viento fuerte en la Biblia 'anuncia' la presencia de Dios. Es la señal
de una teofanía. 'Sobre las alas de los vientos planeó' leemos
en el segundo Libro de Samuel (22, 11). 'Vi un viento huracanado que venia
del Norte, una gran nube con fuego fulgurante': es la teofanía descrita
al comienzo del Libro del Profeta Ezequiel (1, 4). En particular, el soplo
del viento es la expresión del poder divino que saca del caos el
orden de la creación (Cfr. Gen 1, 2). Y es también la expresión
de la libertad del Espíritu: 'EI viento sopla donde quiere, y oyes
su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va' (Jn 3,
8).
'Un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso' es el primer
elemento de la teofanía de Pentecostés, manifestación
del poder divino operante en el Espíritu Santo.
6. El segundo elemento es el fuego: 'Se les aparecieron unas lenguas
como de fuego' (Hech 2, 3).
El fuego siempre está presente en las teofanías del Antiguo
Testamento: por ejemplo, con ocasión de la alianza establecida por
Dios con Abrahán (Cfr. Gen 15, 17); también en la zarza que
ardía sin consumirse cuando el Señor se manifestó a
Moisés (Ex 3, 2); e igualmente en la columna de fuego que guiaba
por la noche a Israel a lo largo del camino en el desierto (Cfr. Ex 13,
21-22). El fuego está presente, de manera especial, en la teofanía
del monte Sinaí (Cfr. Ex 19, 18), y en las teofanías escatológicas
descritas por los profetas (Cfr. Is 4, 5; 64, 1; Dn 7, 9, etc.). El fuego
simboliza, por tanto, la presencia de Dios. La Sagrada Escritura afirma
muchas veces que 'muestro Dios es fuego devorador' (Heb 12, 29; Dt 4, 24;
9, 3). En los ritos de holocausto lo que más importaba no era la
destrucción del objeto ofrecido sino más bien el 'suave perfume'
que simbolizaba el 'elevarse' de la ofrenda hacia Dios, mientras el fuego,
llamado también 'ministro de Dios' (Cfr. Sal 103/104, 4), simbolizaba
la purificación del hombre del pecado, así como la plata es
'purificada' y el oro es 'probado' en el fuego (Cfr. Za 13, 8 9).
En la teofanía de Pentecostés está también
el símbolo de las lenguas de fuego, que se posan sobre cada uno de
los presentes en el Cenáculo. Si el fuego simboliza la presencia
de Dios, las lenguas de fuego que se dividen sobre las cabezas, parecen
indicar la 'venida' de Dios Espíritu Santo sobre los presentes, su
donarse a cada uno de ellos para su misión.
7. El donarse del Espíritu, fuego de Dios, toma una forma especial,
la de 'lenguas', cuyo significado queda explicado inmediatamente cuando
el autor añade: 'Se pusieron a hablar en otras lenguas, según
el Espíritu les concedía expresarse' (Hech 2, 4). Las palabras
que provienen del Espíritu Santo son 'como fuego' (Cfr. Jr 5, 14;
23, 29), tienen una eficacia que las simples palabras humanas no poseen.
En este tercer elemento de la teofanía de Pentecostés, Dios)
Espíritu Santo, donándose a los hombres, produce en ellos
un efecto que es al mismo tiempo real y simbólico. Es real en cuanto
fenómeno que se refiere a la lengua como facultad del lenguaje, propiedad
natural del hombre. Pero también es simbólico porque las personas,
que son 'de Galilea' y por tanto capaces de servirse en la lengua o dialecto
de su propia región, hablan 'en otras lenguas' de manera que, en
la muchedumbre reunida rápidamente en torno al Cenáculo, cada
uno oye 'la propia lengua', aunque se encontraban representados en ella
diferentes pueblos (Cfr. Hech 2, 6).
Este simbolismo de la 'multiplicación de las lenguas' está
lleno de significado. Según la Biblia, la diversidad de las lenguas
era señal de la multiplicidad de los pueblos y de las naciones; más
aún, de su dispersión tras la construcción de la torre
de Babel (Cfr. Gen 11, 5 9), cuando la única lengua común
y comprendida por todos se disgregó en muchas lenguas, recíprocamente
incomprensibles. Ahora bien, al simbolismo de la torre de Babel sucede el
de las lenguas de Pentecostés, que indica lo contrario de aquella
'confusión de lenguas'. Se podría decir que las muchas lenguas
incomprensibles han perdido su carácter especifico, o por lo menos
han dejado de ser símbolo de división, cediendo el lugar a
la nueva obra del Espíritu Santo que mediante los Apóstoles
y la Iglesia lleva a la unidad espiritual pueblos de orígenes, lenguas
y culturas diversas, para la perfecta comunión en Dios anunciada
e invocada por Jesús (Cfr. Jn 17, 11. 21 22).
8. Concluyamos con las palabras del Concilio Vaticano II en la Constitución
sobre la Divina Revelación: 'Cristo... se manifestó a sí
mismo y a su Padre con obras y palabras, llevó a cabo su obra muriendo,
resucitando y enviando al Espíritu Santo. Levantado de la tierra,
atrae a todos hacia si (Cfr. Jn 12, 32), pues es el único que posee
palabras de vida eterna (Cfr. Jn 6, 68).A otras edades no fue revelado este
misterio como lo ha revelado ahora el Espíritu Santo a los Apóstoles
y Profetas (Cfr. Ef 3, 4-6) para que prediquen el Evangelio, susciten la
fe en Jesús Mesías y Señor, y congreguen la Iglesia'
(Dei Verbum, 17). Esta es la gran obra del Espíritu Santo y de la
Iglesia en los corazones y en la historia.
Pentecostés efusión de vida divina (19.VII.89)
1. El acontecimiento de Pentecostés en el Cenáculo de Jerusalén
constituye una especial teofanía. Ya hemos considerado sus principales
elementos 'externos': 'un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso',
'lenguas como de fuego' sobre los que se encontraban reunidos en el Cenáculo,
y finalmente el 'hablar en otras lenguas'. Todos estos elementos indican
no sólo la presencia del Espíritu Santo, sino también
su particular 'venida' sobre los presentes, su 'donarse', que provoca en
ellos una transformación visible, como se puede apreciar por el texto
de los Hechos de los Apóstoles (2, 1-12). Pentecostés cierra
el largo ciclo de las teofanías del Antiguo Testamento, entre las
que se puede considerar como principal la realizada a Moisés sobre
el monte Sinaí.
2. Desde el inicio de este ciclo de catequesis pneumatológicas,
hemos aludido también al vínculo que existe entre el evento
de Pentecostés y la Pascua de Cristo, especialmente bajo el aspecto
de 'partida' hacia el Padre mediante la muerte en cruz, la resurrección
y la ascensión. Pentecostés contiene en sí el cumplimiento
del anuncio que hizo Jesús a los apóstoles el día anterior
a su pasión durante el 'discurso de despedida' en el Cenáculo
de Jerusalén. En aquella ocasión Jesús había
hablado del 'nuevo Paráclito': 'Yo pediré al Padre y os dará
otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el
Espíritu de la verdad' (Jn 14, 16-17), subrayando: 'Si me voy, os
lo enviaré' (Jn 16, 7).
Hablando de su partida mediante la muerte redentora en el sacrificio
de la cruz, Jesús había dicho: 'Dentro de poco el mundo ya
no me verá, pero vosotros sí me veréis, porque yo vivo
y también vosotros viviréis' (Jn 14, 19).
Este es un nuevo aspecto del vínculo entre la Pascua y Pentecostés:
'Yo vivo'. Jesús hablaba de su resurrección. 'Vosotros viviréis':
la vida, que se manifestará y confirmará en mi resurrección,
se convertirá en vuestra vida. Ahora bien, la 'transmisión'
de esta vida, que se manifiesta en el misterio de la Pascua de Cristo, se
realiza de modo definitivo en Pentecostés. En la palabra de Jesús
se hacía alusión a la parte conclusiva del oráculo
de Ezequiel, en el que Dios prometía: 'Infundiré mi espíritu
en vosotros y viviréis' (37, 14). Por consiguiente, Pentecostés
está vinculado orgánicamente a la Pascua y pertenece al misterio
pascual de Cristo: 'Yo vivo y también vosotros viviréis'.
3. En virtud del Espíritu Santo, por su venida, también
se ha cumplido la oración de Jesús en el cenáculo:
'Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique
a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé
también vida eterna a todos los que tú le has dado' (Jn 17,
1-2).
Jesucristo, en el misterio pascual, es el artífice de esta vida.
El Espíritu Santo 'da' esta vida, 'tomando' de la redención
obrada por Cristo ('recibirá de lo mío', Jn 16, 14). Jesús
mismo había dicho: 'El espíritu es el que da vida' (Jn 6,
63). San Pablo, de la misma manera, proclama que 'da letra mata, mas el
Espíritu da vida' (2 Cor 3, 6). En Pentecostés brilla la verdad
que profesa la Iglesia con las palabras del Símbolo; 'Creo en el
Espíritu Santo, Señor y Dador de vida'.
Junto con la Pascua, Pentecostés constituye el coronamiento de
la economía salvífica de la Trinidad divina en la historia
humana.
4. Más aún: los primeros que experimentaron los frutos
de la resurrección de Cristo el día de Pentecostés
fueron los Apóstoles, reunidos en el Cenáculo de Jerusalén
en compañía de María, la Madre de Jesús, y otros
'discípulos' del Señor, hombres y mujeres.
Para ellos Pentecostés es el día de la resurrección,
es decir, de la nueva vida, en el Espíritu Santo. Es una resurrección
espiritual que podemos contemplar a través del proceso realizado
en los apóstoles en el curso de todos esos días: desde el
viernes de la Pasión de Cristo, pasando por el día de Pascua,
hasta el de Pentecostés. El prendimiento del Maestro y su muerte
en cruz fueron para ellos un golpe terrible, del que tardaron en reponerse.
Así se explica que la noticia de la resurrección, e incluso
el encuentro con el Resucitado, hallasen en ellos dificultades y resistencias.
Los Evangelios lo advierten en muchas ocasiones: 'no creyeron' (Mc 16, 11),
'dudaron' (Mt 28, 17). Jesús mismo se lo reprochó dulcemente:
'¿Por qué os turbáis, y por qué se suscitan
dudas en vuestro corazón?' (Lc 24, 38). El trataba de convencerlos
acerca de su identidad, demostrándoles que no era 'un fantasma',
sino que tenía 'carne y huesos'. Con este fin consumió incluso
alimentos bajo sus ojos ( Cfr. Lc 24, 37-43).
El acontecimiento de Pentecostés impulsa a los discípulos
a superar definitivamente esta actitud de desconfianza: la verdad de la
resurrección de Cristo penetra plenamente en sus mentes y conquista
su voluntad. Entonces de verdad 'de su seno corrieron ríos de agua
viva' (Cfr. Jn 7, 38), como había predicho de forma figurativa Jesús
mismo hablando del Espíritu Santo.
5. Por obra del Paráclito, los apóstoles y los demás
discípulos se transformaron en 'hombres pascuales': creyentes y testigos
de la resurrección de Cristo. Hicieron suya, sin reservas, la verdad
de tal acontecimiento decisivo y anunciaron desde aquel día de Pentecostés
'las maravillas de Dios' (Hech 2,11). Fueron capacitados desde dentro: el
Espíritu Santo obró su transformación interior, con
la fuerza de la nueva vida': la que Cristo recuperó en su resurrección
y ahora infundió por medio del 'nuevo Paráclito' en sus seguidores.
Se puede aplicar a esa transformación lo que Isaías había
predicho con lenguaje figurado: Al fin será derramado desde arriba...
un espíritu; se hará la estepa un vergel, y el vergel será
considerado como selva' (Is 32, 15). Verdaderamente brilla en Pentecostés
la verdad evangélica: Dios no es Dios de muertos, sino de vivos'
(Mt 22, 32), 'porque para El todos viven' (Lc 20, 38).
6. La teofanía de Pentecostés abre a todos los hombres
la perspectiva de la 'novedad de vida'. Aquel acontecimiento es el inicio
del nuevo 'donarse' de Dios a la humanidad, y a los apóstoles son
el signo y la prenda no sólo del 'nuevo Israel', sino también
de la 'nueva creación' realizada por obra del misterio pascual. Como
escribe San Pablo: 'la obra de justicia de uno solo procura toda la justificación
que da la vida... Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia'
(Rom 5, 18.20). Y esta victoria de la vida sobre la muerte, de la gracia
sobre el pecado, lograda por Cristo, obra en la humanidad mediante el Espíritu
Santo. Por medio de Él fructifica en los corazones el misterio de
la redención (Cfr. Rom 5, 5; Gal 5, 22).
Pentecostés es el inicio del proceso de renovación espiritual,
que realiza la economía de la salvación en su dimensión
histórica y escatológica, proyectándose sobre todo
lo creado.
7. En la Encíclica sobre el Espíritu Santo Dominum et Vivificantem
escribí: 'Pentecostés es un nuevo inicio en relación
con el primero, inicio originario de la donación salvífica
de Dios, que se identifica con el misterio de la creación. Así
leemos ya en las primeras páginas del libro del Génesis: 'En
el principio creó Dios los cielos y la tierra... y el Espíritu
de Dios (ruah Elohim) aleteaba por encima de las aguas' (1, 1 ss.). Este
concepto bíblico de creación comporta no sólo la llamada
del ser mismo del cosmos a la existencia, es decir, el dar la existencia,
sino también la presencia del Espíritu de Dios en la creación,
o sea, el inicio de la comunicación salvífica de Dios a las
cosas que crea. Lo cual es válido ante todo para el hombre, que ha
sido creado a imagen y semejanza de Dios' (n. 12). En Pentecostés
el 'nuevo inicio' del donarse salvífico de Dios se funde con el misterio
pascual, fuente de nueva vida.
El don de la filiación divina (26.VII.89)
1. En la teofanía de Pentecostés en Jerusalén hemos
analizado los elementos externos que nos ofrece el texto de los Hechos de
los Apóstoles: 'un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso',
'lenguas como de fuego' sobre aquellos que están reunidos en el Cenáculo,
y finalmente aquel fenómeno psicológico) vocal, gracias al
cual entienden lo que dicen los Apóstoles incluso aquellas personas
que hablan 'otras lenguas'. Hemos visto también que entre todas estas
manifestaciones externas lo más importante y esencial es la transformación
interior de los Apóstoles. Precisamente en esta transformación
se manifiesta la presencia y la acción del Espíritu) Paráclito,
cuya venida Cristo había prometido a los Apóstoles en el momento
de su vuelta al Padre.
La venida del Espíritu Santo está estrechamente vinculada
con el misterio pascual, que se realiza en el sacrificio redentor de la
cruz y en la resurrección de Cristo, generadora de 'vida nueva'.
El día de Pentecostés los Apóstoles (por obra del Espíritu
Santo) se hacen plenamente participes de esta vida, y así madura
en ellos el poder del testimonio que darán del Señor resucitado.
2. Si, el día de Pentecostés el Espíritu Santo se
manifiesta como Aquel que da la vida; y esto es lo que confesamos en el
Credo, cuando proclamamos: 'Dominum et Vivificantem'. Se realiza así
la economía de la autocomunicación de Dios, que comienza cuando
El 'se dona' al hombre, creado a su imagen y semejanza. Este donarse de
Dios, que constituye originariamente el misterio de la creación del
hombre y de su elevación a la dignidad sobrenatural, después
del pecado se proyecta en la historia en virtud de la promesa salvífica,
que se cumple en el misterio de la redención obrada por Cristo Hombre-Dios,
mediante el propio sacrificio. En Pentecostés unido al misterio pascual
de Cristo, el 'donarse de Dios' encuentra su cumplimiento. La teofanía
de Jerusalén significa el 'nuevo inicio' del donarse de Dios en el
Espíritu Santo. Los Apóstoles y todos los presentes en el
Cenáculo en compañía de la Madre de Cristo, María,
aquel día fueron los primeros que experimentaron esta nueva efusión'
de la vida divina que (en ellos y por medio de ellos, y por tanto en la
Iglesia y mediante la Iglesia) se ha abierto a todo hombre. Es universal
como la redención.
3. El inicio de la 'vida nueva' se realiza mediante 'el don de la filiación
divina', obtenida para todos por Cristo con la redención, y extendida
a todos por obra del Espíritu Santo que, en la gracia, rehace y casi
're-crea' al hombre a semejanza del Hijo unigénito del Padre. De
esta manera el Verbo encarnado renueva nueva y consolida el donarse de Dios,
ofreciendo al hombre mediante la obra redentora aquella participación
en la naturaleza divina', a la que se refiere la segunda Carta de Pedro
(Cfr. 2 Ped 1, 4); y también San Pablo, en la Carta a los Romanos,
habla de Jesucristo como de Aquel que ha sido 'constituido Hijo de Dios,
con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección
de entre los muertos' (1, 4).
El fruto de la resurrección, que realiza la plenitud del poder
de Cristo, Hijo de Dios, es por tanto participado a aquellos que se abren
a la acción de su Espíritu como nuevo don de filiación
divina. San Juan, en el prólogo de su Evangelio, tras haber hablado
de la Palabra que se hizo carne, dice que 'a todos los que la recibieron
les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre' (1,12).
Los dos Apóstoles, Juan y Pablo, fijan el concepto de la filiación
divina como don de la nueva vida al hombre, por obra de Cristo, mediante
el Espíritu Santo.
Esta filiación es un don que proviene del Padre, como leemos en
la primera Carta de Juan: 'Mirad qué amor nos ha tenido el Padre
para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! (1 Jn 3, 1). En la Carta
a los Romanos, Pablo expone la misma verdad a la luz del plan eterno de
Dios: 'Pues a los que de antemano conoció, también los predestinó
a reproducir la imagen de su Hijo para que fuera Él el primogénito
entre muchos hermanos' (8, 29). El mismo Apóstol en la Carta a los
Efesios habla de una filiación debida a la adopción divina,
habiéndonos predestinado Dios 'a ser sus hijos adoptivos por medio
de Jesucristo' (1, 5).
4. También en la Carta a los Gálatas, Pablo se refiere
al plan eterno concebido por Dios en la profundidad de su vida trinitaria,
y realizado en la plenitud de los tiempos' con la venida del Hijo en la
Encarnación para hacer de nosotros sus hijos adoptivos: Envió
Dios a su Hijo, nacido de mujer... para que recibiéramos la filiación
adoptiva' (Gal 4, 4)5). A esta misión' (missio) del Hijo, según
el Apóstol, en la economía trinitaria está estrechamente
ligada la misión del Espíritu Santo, y de hecho añade:
La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones
el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!' (Gal
4, 6).
Aquí tocamos el 'término' del misterio que se expresa en
Pentecostés: el Espíritu Santo viene 'a los corazones' como
Espíritu del Hijo. Precisamente porque el Espíritu del Hijo
nos permite a nosotros, hombres, gritar a Dios junto con Cristo: 'Abbá,
Padre'.
5. En este gritar se expresa el hecho de que no sólo hemos sido
llamados hijos de Dios, 'sino que lo somos' como subraya el Apóstol
Juan en su primera Carta (1 Jn 3,.1). Nosotros (por causa del don) participamos
de verdad en la filiación propia del Hijo de Dios, Jesucristo. Esta
es la verdad sobrenatural de nuestra relación con Cristo, la cual
puede ser conocida sólo por quien 'ha conocido al Padre' (Cfr. 1
Jn 2, 14) .
Ese conocimiento es posible solamente en virtud del Espíritu Santo
por el testimonio que Él da, desde el interior, al espíritu
humano, donde está presente como principio de verdad y de vida. Nos
instruye el Apóstol Pablo: 'EI Espíritu mismo se une a nuestro
espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos,
también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo' (Rom
8, 14). El Espíritu Santo 'sopla' en los corazones de los creyentes
como el Espíritu del Hijo, estableciendo en el hombre la filiación
divina a semejanza de Cristo y en unión con Cristo. El Espíritu
Santo forma desde dentro de dentro al espíritu humano según
el divino ejemplo que es Cristo. Así, mediante el Espíritu,
el Cristo conocido por las páginas del Evangelio se convierte en
la 'vida del alma', y el hombre al pensar, al amar, al juzgar, al actuar,
incluso al sentir, está conformado con Cristo, se hace 'cristiforme'.
7. Esta obra del Espíritu Santo tiene su 'nuevo inicio' en el
Pentecostés de Jerusalén, en el culmen del misterio pascual.
Desde entonces Cristo 'está con nosotros' y obra en nosotros mediante
el Espíritu Santo, actualizando el plan eterno del padre, que nos
ha predestinado 'para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo' (Ef
1, 5). No nos cansaremos nunca de repetir y de meditar esta maravillosa
verdad de nuestra fe.
Pentecostés manifiesta la Nueva Alianza (2.VIII.89)
1. En la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles,
reunidos en el Cenáculo de Jerusalén con María y con
la primera comunidad de los discípulos de Cristo, se realiza el cumplimiento
de las promesas y de los anuncios hechos por Jesús a sus discípulos.
Pentecostés constituye la solemne manifestación pública
de la Nueva Alianza establecida entre Dios y el hombre 'en la sangre' de
Cristo: 'Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre', había dicho
Jesús en la última Cena (1 Cor 11, 25). Se trata de una Alianza
nueva, definitiva y eterna, preparada por las precedentes alianzas de las
que habla la Sagrada Escritura. Estas últimas ya llevaban en si mismas
el anuncio del pacto definitivo, que Dios establecería con el hombre
en Cristo y en el Espíritu Santo. La palabra divina, transmitida
por el profeta Ezequiel, ya invitaba a ver a esta luz el acontecimiento
de Pentecostés: 'infundiré mi espíritu en vosotros'
(Ez 36, 27).
2. Hemos explicado con anterioridad que si en un primer momento Pentecostés
había sido la fiesta dé la siega (Ex 23, 16), seguidamente
comenzó a celebrarse también como recuerdo y casi como renovación
de la alianza establecida por Dios con Israel tras la liberación
de la esclavitud de Egipto (Cfr. 2 Cor 15, 10-13). Por lo demás,
ya en el Libro del Éxodo leemos que Moisés 'tomó el
libro de la alianza y lo leyó ante el pueblo, que respondió:
'obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Yahvéh'. Entonces tomó
Moisés la sangre roció con ella al pueblo y dijo: 'esta es
la sangre de la alianza que Yahvéh ha hecho con vosotros, según
todas estas palabras'' (Ex 24, 7-8).
3. La Alianza del Sinaí había sido establecida entre Dios-Señor
y el pueblo de Israel. Antes de esa, ya habían existido, según
los textos bíblicos, la alianza de Dios con el patriarca Noé
y con Abrahán.
La Alianza establecida con Noé después del diluvio contenía
el anuncio de una alianza que Dios quería establecer con toda la
humanidad: 'He aquí que yo establezco mi alianza con vosotros y con
vuestra futura descendencia, ...con todos los animales que han salido del
arca' (Gen 9, 9-10). Y por consiguiente no sólo con la humanidad,
sino también con toda la creación que rodea al hombre en el
mundo visible.
La Alianza con Abrahán tenia también otro significado.
Dios escogía a un hombre y con él establecía un alianza
por causa de su descendencia: 'Estableceré mi alianza entre nosotros
dos, y con tu descendencia después de ti, de generación en
generación: una Alianza eterna, de ser yo el Dios tuyo y el de tu
posterioridad' (Gen 17, 7). La Alianza con Abrahán era la introducción
a la alianza con un pueblo entero, Israel, en consideración del Mesías
que debía provenir precisamente de ese pueblo, elegido por Dios con
tal finalidad.
4. La Alianza con Abrahán no contenía propiamente una Ley.
La Ley divina fue dada más tarde, en la alianza del Sinaí,
Dios la prometió a Moisés que había subido al monte
por su llamada: 'Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz y guardáis
mi alianza, vosotros seréis mi propiedad... (Ex 19, 5). Habiendo
sido referida la promesa divina a los ancianos de Israel, 'todo el pueblo
a una respondió diciendo: 'haremos todo cuanto ha dicho Yahvéh'.
Y Moisés llevó a Yahvéh la respuesta del pueblo' (Ex
19, 8).
Esta descripción bíblica pone de relieve la figura de este
gran jefe y legislador de Israel, mostrando la génesis divina del
código que él dio al pueblo, pero quiere también darnos
a entender que la alianza del Sinaí implicaba compromisos por ambas
partes: Dios, el Señor, escogí Israel como su propiedad particular,
'un reino de sacerdotes y una nación santa' (Ex
19, 6), pero a condición de que el pueblo observase la Ley que
Él daría con el Decálogo (Cfr. Ex 20, 1, 22.), y las
demás prescripciones y normas. Por su parte, Israel se comprometió
a esta observancia.
5. La historia de la antigua Alianza nos muestra que este compromiso
muchas veces no fue mantenido. Especialmente los Profetas reprochan a Israel
sus infidelidades e interpretan los acontecimientos luctuosos de su historia
como castigos divinos. Los profetas amenazan nuevos castigos, pero al mismo
tiempo anuncian otra alianza . Leemos, por ejemplo, en Jeremías:
'He aquí que días vienen en que yo pactaré con la casa
de Israel una nueva Alianza ; no como la alianza que pacté con sus
padres, cuando les tomé de la mano para sacarles de Egipto; que ellos
rompieron mi alianza' (Jer 31, 31)32).
La nueva (futura) alianza será establecida implicando de modo
más intimo al ser humano. Leemos también: 'Esta será
la alianza que yo pacté con la casa de Israel, después de
aquellos días: 'pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones
la escribiré' (Jer 31, 33).
Esta nueva iniciativa de Dios afecta sobre todo al hombre anterior'.
La Ley de Dios será 'puesta' en lo profundo del 'ser' humano (del
'yo' humano). Este carácter de interioridad es confirmado por aquellas
otras palabras: 'sobre sus corazones la escribiré'. Por tanto, se
trata de una Ley, con la que el hombre se identifica interiormente. Sólo
entonces Dios es de verdad 'su' Dios.
6. Según el profeta Isaías la Ley constitutiva de la Nueva
Alianza será establecida en el espíritu humano por obra del
Espíritu de Dios. 'Saldrá un vástago del tronco de
Jesé, y un retoño de sus raíces brotará. Reposará
sobre Él el espíritu de Yahvéh' (Is 11, 1-2), es decir,
sobre el Mesías. En Él se cumplirán las palabras del
Profeta: 'El Espíritu del Señor Yahvéh está
sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahvéh' (Is 61, 1).
El Mesías, guiado por el Espíritu de Dios, realizará
la alianza y la hará nueva' y 'eterna'. Es lo que anuncia el mismo
Isaías con palabras proféticas suspendidas sobre la oscuridad
de la historia: 'Cuanto a mi, esta es la alianza con ellos, dice Yahvéh.
Mi espíritu que ha venido sobre ti y mis palabras que he puesto en
tus labios no caerán de tu boca ni de la boca de tu descendencia
(...), desde ahora y para siempre' (Is 59, 21).
7. Cualesquiera que sean los términos históricos y proféticos
en que se coloque la perspectiva de Isaías, podemos afirmar que sus
palabras encuentran su pleno cumplimiento en Cristo, en la Palabra que es
suya 'propia', pero también 'del Padre que lo ha enviado' (Cfr. Jn
5, 37): en su Evangelio, que renueva, completa y vivifica la Ley; y en el
Espíritu Santo que es enviado en virtud de la redención obrada
por Cristo mediante su cruz y su resurrección, confirmando plenamente
lo que había anunciado Dios por medio de los profetas ya en la antigua
Alianza. Con Cristo y en el Espíritu Santo se tiene la Nueva Alianza,
de la que el profeta Ezequiel, como portavoz de Dios, había predicho:
'Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un
espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón
de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré
mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según
mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas.. Vosotros
seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios' (Ez 36, 26-28).
8. En el acontecimiento del Pentecostés de Jerusalén la
venida del Espíritu Santo realiza definitivamente la 'nueva y eterna'
Alianza de Dios con la humanidad establecida 'en la sangre' del Hijo unigénito,
como momento culminante del 'Don de lo alto' (Cfr. St 1, 17). En aquella
alianza el Dios Uno y Trino 'se dona' no sólo al pueblo elegido,
sino también a toda la humanidad. La profecía de Ezequiel:
'Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios'(Ez 36,
28) cobra entonces una dimensión nueva y definitiva: la universalidad.
Realiza plenamente la dimensión de la interioridad, porque la plenitud
del Don (el Espíritu Santo) debe llenar todos los corazones, dando
a todos la fuerza necesaria para superar toda debilidad y todo pecado. Cobra
la dimensión de la eternidad: es una Alianza 'nueva y eterna' (Cfr.
Heb 13, 20). En aquella plenitud del Don tiene su propio inicio la Iglesia
como Pueblo de Dios de la nueva y eterna Alianza. Así se cumple la
promesa de Cristo sobre el Espíritu Santo, enviado como 'otro Consolador'
(Parákletos), 'para que esté con vosotros para siempre' (Jn
14,16).
Pentecostés, la Ley del Espíritu (9.VIII.89)
1. La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés
es el cumplimiento definitivo del misterio pascual de Jesucristo y realización
plena de los anuncios del Antiguo Testamento, especialmente los de los profetas
Jeremías y Ezequiel acerca de una nueva, futura alianza alianza que
Dios establecería con el hombre en Cristo y una 'efusión'
del Espíritu de Dios 'en toda carne' (Jl 9, 1); pero tiene también
el significado de una nueva inscripción de la ley de Dios 'en lo
profundo'> del 'ser' humano, o, como dice el profeta, en el 'corazón'
(Cfr. Jr 31, 33). Así se tiene una 'nueva ley', o 'ley del Espíritu',
que debemos ahora considerar para alcanzar un conocimiento más completo
del misterio del Paráclito.
2. Ya hemos puesto de relieve el hecho de que la antigua Alianza entre
Dios-Señor y el pueblo de Israel, establecida por medio de la teofanía
del Sinaí, estaba basada en la Ley. En su centro se encuentra el
decálogo. El señor exhorta a su pueblo a la observancia de
los mandamientos: 'Si de veras escucháis mi voz y guardáis
mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal entre todos los
pueblos, porque mía es toda la tierra; seréis para mi un reino
de sacerdotes y una nación santa' (Ex 19, 5-6)
Puesto que aquella alianza no fue mantenida fielmente, Dios, por medio
de los profetas, anuncia que establecerá un alianza nueva: 'Esta
será la alianza que yo pacte con la casa de Israel después
de aquellos días (oráculo de Yahvéh): pondré
mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré'. Estas
palabras de Jeremías, ya citadas en la precedente catequesis, están
vinculadas a la promesa: 'Y yo seré su Dios y ellos serán
mi pueblo' (Jr 31, 33).
3. Por tanto, la nueva (futura) Alianza anunciada por los profetas se
debía establecer por medio de un cambio radical de la relación
del hombre con la ley de Dios. En vez de ser una regla externa, escrita
sobre tablas de piedra, la Ley debía convertirse, gracias a la acción
del Espíritu Santo sobre el corazón del hombre, en una orientación
interna, establecida 'en lo profundo del ser humano'.
Esta Ley se resume, según el Evangelio, en el mandamiento del
amor a Dios y al prójimo. Cuando Jesús afirma que 'de estos
dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas' (Mt 22, 40), da a entender
que estaban ya contenidos en el Antiguo Testamento (Cfr. Dt 6, 5; Lv 19,
18). El amor de Dios es el mandamiento 'mayor y primero'; el amor al prójimo
es 'el segundo y semejante al primero' (Cfr. Mt 22, 37)39), y es también
condición necesaria para la observancia del primero: 'Pues el que
ama al prójimo ha cumplido la ley', como escribirá San Pablo
(Rom 13, 8).
4. El mandamiento del amor a Dios y al prójimo, esencia de la
nueva Ley instituida por Cristo con la enseñanza y el ejemplo hasta
dar 'su vida por sus amigos': (Cfr. Jn 15, 13), es 'escrito' en los corazones
por el Espíritu Santo. Por esto se convierte en 'la ley del Espíritu'.
Como escribe el Apóstol a los Corintios: Evidentemente sois una
Carta de Cristo, redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta,
sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en
tablas de carne, en los corazones' (2 Cor 3, 3). La Ley del Espíritu
es, por consiguiente, el imperativo interior del hombre, en el que actúa
el Espíritu Santo: es, más aún, el mismo Espíritu
Santo que se hace así Maestro y guía del hombre desde el interior
del corazón.
5. Una Ley entendida así está muy lejos de toda forma de
imposición externa por la que el hombre queda sometido en sus propios
actos. La Ley del Evangelio, contenida en la palabra y confirmada por la
vida y la muerte de Cristo, consiste en una revelación divina, que
incluye la plenitud de la verdad sobre el bien de las acciones humanas,
y al mismo tiempo sana perfecciona la libertad interior del hombre, como
escribe San Pablo: 'La ley del Espíritu que da la vida en Cristo
Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte' (Rom
8, 2). Según el Apóstol, el Espíritu Santo que 'da
vida', porque por medio de El el espíritu del hombre participa en
la vida de Dios, se transforma al mismo tiempo en el nuevo principio y la
nueva fuente del actuar del hombre: 'a fin de que la justicia de la ley
se cumpliera en nosotros que seguimos una conducta, no según la carne,
sino según el espíritu' (Rom 8, 4).
En esta enseñanza San Pablo hubiera podido hacer referencia a
Jesús mismo que en el Sermón de la Montaña advertía:
'No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido
a abolir, sino a dar cumplimiento' (Mt 5, 17). Precisamente este cumplimiento,
que Jesucristo ha dado a la Ley de Dios con su palabra y con su ejemplo,
constituye el modelo del 'caminar según el Espíritu'. En este
sentido, en los creyentes en Cristo, participes de su Espíritu, existe
y actúa la 'Ley del Espíritu', escrita por Él 'en la
carne de los corazones'.
6. Toda la vida de la Iglesia primitiva, como se nos muestra en los Hechos
de los Apóstoles, es una manifestación de la verdad enunciada
por San Pablo, según el cual 'el amor de Dios ha sido derramado en
nuestros corazones por El Espíritu Santo que nos ha sido dado' (Rom
5, 5). Aun entre los limites y los defectos de los hombres que la componen,
la comunidad de Jerusalén participa en la nueva vida que 'viene regalada
por el Espíritu', vive del amor de Dios. También nosotros
recibimos esta vida como un don del Espíritu Santo, el cual nos infunde
el amor )amor a Dios y al prójimo)contenido esencial del mandamiento
mayor. Así la nueva Ley, impresa en los corazones de los hombres
por el amor como don del Espíritu Santo, es en ellos Ley del Espíritu.
Y esa es Ley que libera, como escribe San Pablo: 'La ley del Espíritu
que da vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado
y de la muerte' (Rom 8, 2).
7. Por esto, Pentecostés, en cuanto es 'el derramarse en nuestros
corazones' del amor de Dios (Cfr. Rom 5, 5) marca el inicio de una nueva
moral humana, enraizada en la 'Ley del Espíritu'. Esta moral es algo
más que la observancia de la ley dictada por la razón o por
la misma Revelación. Esa moral deriva de una profundidad mayor y
al mismo tiempo alcanza una profundidad mayor. Deriva del Espíritu
Santo y hace vivir de un amor que viene de Dios y que se convierte en realidad
de la existencia humana por medio del Espíritu Santo 'derramado en
nuestros corazones'.
El apóstol Pablo fue el más alto pregonero de esta moral
superior, enraizada en la 'verdad del Espíritu'. Él, que había
sido un celoso fariseo, buen conocedor, meticuloso observante y fanático
defensor de la 'letra' de la Antigua Ley, convertido más tarde en
apóstol de Cristo, podrá escribir de si mismo: 'Dios... nos
capacitó para ser ministros de una nueva Alianza , no de la letra,
sino del Espíritu. Pues la letra mata mas el Espíritu da vida'
(2 Cor 3, 6). |