Pentecostés, inicio del nuevo Pueblo de Dios (16.VIII.89)
1. El día de Pentecostés en Jerusalén los Apóstoles,
y con ellos la primera comunidad de los discípulos de Cristo, reunidos
en el Cenáculo en compañía de María, Madre del
Señor, reciben el Espíritu Santo. Se cumple así por
ellos la promesa que Cristo les confió al partir de este mundo para
volver al Padre. Ese día se revela al mundo la Iglesia, que había
brotado de la muerte del Redentor. Hablaré de esto en la próxima
catequesis.
Ahora quisiera mostrar que la venida del Espíritu Santo, como
realización de la Nueva Alianza 'en la sangre de Cristo', da inicio
al nuevo Pueblo de Dios Este Pueblo es la comunidad de aquellos que han
sido 'santificados en Cristo Jesús' (1 Cor 1, 2); de aquellos de
los que Cristo hizo 'un reino de sacerdotes para su Dios y padre' (Ap 1,
6; cfr. 5, 10; 1 Pe 2, 9). Todo esto sucedió en virtud del Espíritu
Santo.
2. Para captar plenamente el significado de esta verdad, anunciada por
los apóstoles Pedro y Pablo y por el Apocalipsis, es preciso volver
un momento a la institución de la antigua Alianza entre Dios-Señor
e Israel, representado por su jefe Moisés, tras la liberación
de la esclavitud de Egipto. Los textos que nos hablan de ella indican claramente
que la alianza establecida entonces no se reducía sólo a un
pacto fundado sobre compromisos bilaterales: Dios-Señor es quien
elige a Israel como su pueblo, de forma que el pueblo se convierte en su
propiedad, mientras El mismo será de ahora en adelante 'su Dios'.
Por tanto, leemos: 'Ahora, pues, si de veras escucháis mi voz
y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad personal
entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra: seréis
para mi un reino de sacerdotes y una nación santa' (Ex 19, 5). En
el libro del Deuteronomio encontramos la repetición y la confirmación
de lo que Dios proclama en el Éxodo. 'Tú (Israel) eres un
pueblo consagrado a Yahvéh; él te ha elegido a ti para que
seas el pueblo de su propiedad personal entre todos los pueblos que hay
sobre la haz de la tierra' (Dt 7, 6; análogamente 26, 18). (Conviene
notar que la expresión 'segullah' significa 'tesoro personal del
rey').
3. Esta elección por parte de Dios brota total y exclusivamente
de su amor: un amor del todo gratuito. Leemos: 'No porque seáis el
más numeroso de todos los pueblos se ha prendado Yahvéh de
vosotros y os ha elegido, pues sois el menos numeroso de todos los pueblos;
sino por el amor que os tiene y por guardar el juramento hecho a vuestros
padres, por eso os ha sacado Yahvéh con mano fuerte y os ha librado
de la casa de servidumbre' (Dt 7, 7-8). Lo mismo expresa con lenguaje imaginativo
el Libro del Éxodo: 'Ya habéis visto lo que he hecho con
los egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila
y os he traído a mí' (Ex 19, 4).
Dios actúa por amor gratuito. Este amor vincula a Israel con
Dios-Señor de modo especial y excepcional. Por él Israel se
ha convertido en propiedad de Dios. Pero este amor exige la reciprocidad,
y por tanto una respuesta de amor por parte de Israel: 'Amarás a
Yahvéh tu Dios' (Dt 6, 5).
4. Así, en la alianza nace un nuevo pueblo que es el Pueblo de
Dios. Ser 'Propiedad' de Dios)Señor quiere decir estar 'consagrado'
a El, ser un 'pueblo santo'. Y lo que, por intermedio de Moisés,
Dios)Señor hace saber a toda la comunidad de los israelitas: 'Sed
santos, porque Yo, Yahvéh, vuestro Dios, soy santo' (Lv 19, 2). Con
la misma elección Dios se d su pueblo en lo que le es más
propio, la santidad, y la pide a Israel como cualidad de vida.
Como pueblo 'consagrado' a Dios, Israel está llamado a ser un
'pueblo de sacerdotes': 'Vosotros seréis llamados 'sacerdotes de
Yahvéh', 'ministros de nuestro Dios se os llamará' (Is 61,
6).
5. La Nueva Alianza (nueva y eterna) es establecida 'en la sangre de
Cristo' (Cfr. 1 Cor 11, 25). En virtud de este sacrificio redentor, el 'nuevo
Consolador' 'Parákletos' (Cfr. Jn 14, 16) )el Espíritu Santo)
es dado a aquellos 'que han sido santificados en Cristo Jesús, llamados
a ser santos' (1 Cor 1, ). 'A todos los amados de Dios... y santos por vocación'
(Rom 1, 7), como escribe San Pablo al dirigir su Carta a los cristianos
de Roma. De igual forma se expresará también con los corintios:
' a la Iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos
que están en toda Acaya' (2 Cor 1, 1 ); con los filipenses: 'a todos
los santos en Cristo Jesús, que están en Filipos' (Flp 1,
1); con los colosenses: 'a los santos de Colosas, hermanos fieles en Cristo'
(Col 1, 2); o con los de Éfeso: 'a los santos y fieles en Cristo
Jesús' (Ef 1, 1).
Encontramos el mismo modo de hablar en los Hechos de los Apóstoles:
'Pedro... bajó también a visitar a los santos que habitaban
en Lida' (Hech 9, 32; cfr. 9, 41; y también 9, 13 'a tus santos en
Jerusalén').
En todos estos casos se trata de los cristianos, o de los 'fieles',
es decir, de los 'hermanos' que han recibido el Espíritu Santo. Es
precisamente El, el Espíritu Santo, el artífice directo de
aquella santidad, sobre la que )mediante la participación en la santidad
de Dios mismo), se edifica toda la vida cristiana:' Tes 2, 13; 1 Pe 1, 2).
6. Lo mismo hay que decir de la consagración que, en virtud del
Espíritu Santo, hace que los bautizados se conviertan en un reino
de sacerdotes para su Dios y Padre' (Cfr. Ap 1, 6; 5, 10; 20, 6). La primera
Carta a de Pedro desarrolla ampliamente esta verdad: 'También vosotros,
cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual,
para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos
a Dios por mediación de Jesucristo)' (1 Pe 2, 5). ' Vosotros sois
linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido,
par anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a
su admirable luz' (1 Pe 2, 9). Y sabemos que 'los ha llamado' con la voz
del Evangelio 'en el Espíritu Santo, enviado desde el cielo' (1 Pe
1, 12).
7. La Constitución Lumen Gentium del Concilio Vaticano II ha enunciado
esta verdad con las siguientes palabras: 'Cristo Señor, Pontífice
tomado de entre los hombres (Cfr. Hb 5, 1-5), de su nuevo pueblo hizo...
un reino y sacerdotes para Dios, su Padre (Ap 1, 6; cfr. 5, 9-10). Los bautizados,
en efecto, son consagrados por la regeneración y la unción
del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio santo para que,
por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan a sacrificios espirituales
y anuncien el poder de Aquel que los llamó de las tinieblas a su
admirable luz (Cfr. 1 Pe 2, 4-10)' (n.10).
'Tocamos aquí la esencia más intima de la Iglesia como
'Pueblo de Dios' y comunidad de santos, sobre la cual volveremos en la próxima
catequesis. Los textos citados, sin embargo, aclaran desde ahora que en
la condición de santidad y de consagración del 'Pueblo nuevo'
se expresa 'la unción', es decir, el poder y la acción del
Espíritu Santo.
La Iglesia de Cristo y el Espíritu Santo (30.VIII.89)
1. El día de Pentecostés, la Iglesia, surgida de la muerte
redentora de Cristo, se manifiesta al mundo, por obra del Espíritu
Santo. Este es el tema de la catequesis de hoy, introducida por precedente
acerca de la venida del Espíritu Santo que dio comienzo al nuevo
Pueblo de Dios. Hemos visto que, haciendo referencia a la antigua Alianza
entre Dios-Señor e Israel como pueblo 'elegido', el pueblo de la
Nueva Alianza, establecida 'en la sangre de Cristo' (Cfr. 1 Cor 11, 25),
está llamado en el 'Espíritu Santo a la santidad. Es el pueblo
consagrado mediante la unción del Espíritu Santo' ya en el
sacramento del bautismo. Es el 'sacerdocio real' llamado a ofrecer 'los
dones espirituales' (Cfr. 1 Pe 2, 9). Formando de esta manera el pueblo
de la Nueva Alianza, el Espíritu Santo hace manifiesta a la Iglesia,
que surgió del Corazón del Redentor atravesado en la cruz.
2. Ya en las catequesis del ciclo cristológico hemos demostrado
que Jesucristo, trasmitiendo a los apóstoles el reino recibido del
Padre (Cfr. Lc 22, 29; y también Mc 4, 11), coloca los cimientos
para la edificación de su Iglesia. En efecto, El no se limitó
atraer oyentes y discípulos mediante la palabra del Evangelio y los
'signos' que obraba, sino que también anunció claramente su
voluntad de 'edificar la Iglesia' sobre los Apóstoles, y en particular
sobre Pedro (Cfr. Mt 16, 18). Cuando llega la hora de su pasión,
la tarde de la víspera, El ora por su 'consagración por la
verdad' (Cfr. Jn 17, 17), ora por su unidad: 'para que todos sean uno.
Como tú Padre, en mí y yo en ti..., para que el mundo crea
que tú me has enviado' (Cfr. Jn 17, 21)23). Finalmente, da su vida
'como rescate por muchos' (Mc 10, 45), 'para reunir en uno a los hijos de
Dios que estaban dispersos' (Jn 11, 52).
3. La Constitución conciliar 'Lumen Gentium' subraya el vinculo
que existe entre el misterio pascual y Pentecostés: Como Jesús,
después de haber padecido muerte de cruz por los hombres, resucitó,
se presentó por ello constituido en Señor, Cristo y Sacerdote
para siempre, y derramó sobre sus discípulos el Espíritu
prometido por el Padre' (Lumen Gentium, 5). Esto se realizó en conformidad
con los anuncios dados por Jesús en el Cenáculo antes de su
pasión, y renovados antes de 'su partida definitiva de esta tierra
para volver al Padre: 'Recibid la fuerza del Espíritu Santo, que
vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén...
y hasta los confines de la tierra' (Hech 1, 8).
Este hecho es culminante y decisivo para la existencia de la Iglesia.
Cristo la anunció, la instituyó, y luego definitivamente 'la
engendró' en la cruz mediante su muerte redentora. Sin embargo, la
existencia de la Iglesia se hizo patente el día de Pentecostés,
cuando vino el Espíritu Santo y los Apóstoles comenzarán
a 'dar testimonio' del misterio pascual de Cristo. Podemos hablar de este
hecho como de un nacimiento de la Iglesia, como hablamos del nacimiento
de un hombre en el momento que sale del seno de la madre y 'se manifiesta'
al mundo.
4. En la Encíclica 'Dominum et Vivificantem' escribí: 'La
era de la Iglesia empezó con la 'venida' es decir, con la bajada
del 'Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo
de Jerusalén junto con María, la Madre del Señor. Dicha
era empezó en el momento en que las promesas y las profecías,
que explícitamente se referían al Paráclito, el Espíritu
de la verdad, comenzaron a verificarse con toda su fuerza y evidencia sobre
los Apóstoles, determinando así el nacimiento de la Iglesia...
El Espíritu Santo asumió la guía invisible (pero en
cierto modo 'perceptible') de quienes, después de la partida del
Señor Jesús, sentían profundamente que habían
quedado huérfanos. Estos, con la venida del Espíritu Santo,
se sintieron idóneos para realizar la misión que se les había
confiado. Se sintieron llenos de fortaleza. Precisamente esto obró
en ellos el Espíritu Santo, y lo 'que obrando continuamente en la
Iglesia, mediante sus sucesores' (n. 25).
5. El nacimiento de la Iglesia es como una 'nueva creación' (Ef
2, 15). Se puede establecer una analogía con la primera creación,
cuando 'Yahvéh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e
insufló en sus narices aliento de vida' (Gen 2, 7). A este 'aliento
de vida' el hombre debe el 'espíritu', que en el compuesto humano
hace que sea hombre-persona. A este 'aliento' creativo hay que referirse
cuando se lee que Cristo resucitado, apareciéndose a los Apóstoles
reunidos en el Cenáculo 'sopló sobre ellos y les dijo: 'recibid
el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan
perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos' (Jn
20, 22-23). Este acontecimiento, que tuvo lugar la tarde misma de Pascua,
puede considerarse un Pentecostés anticipado, aún no hecho
público. Siguió luego el día de Pentecostés,
cuando Jesucristo, 'exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre
el Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y
oís' (Hech 2, 33). Entonces por obra del Espíritu Santo se
realizó 'la nueva creación' (Cfr. Sal 103/104, 30).
6. Además de la analogía con el libro del Génesis,
se puede encontrar otra en un pasaje del libro del profeta Ezequiel, donde
leemos: 'Así dice el Señor Yahvéh: Ven, espíritu,
de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que vivan' (Ez 37,
9). 'He aquí que yo abro vuestras tumbas; os haré salir de
vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo
de Israel' (Ez 37,12). 'Infundiré mi espíritu en vosotros
y viviréis... y sabréis que yo soy el Señor' (Ez 7,
14). '... y el espíritu entró en ellos y se incorporaron sobre
sus pies' (Ez 37, 10).
Esta grandiosa y penetrante visión profética se refiere
a la restauración mesiánica de Israel tras el exilio, anunciada
por Dios después del largo sufrimiento (Cfr. Ez 37, 11)14). Es el
mismo anuncio de continuación y de nueva vida dado por Oseas (Cfr.
6, 2; 13, 14) y por Isaías (26, 19). Pero el simbolismo usado por
el profeta infundía en el alma de Israel la aspiración hacía
la idea de una resurrección individual, tal vez ya entrevista por
Job (Cfr. 19, 25). Esa idea habría madurado sucesivamente, como lo
atestiguan otros pasos del Antiguo Testamento (Cfr. Dn 12, 2; 2 Mac 7, 9-14.23)36;
12, 43-46) y del Nuevo (Mt 22, 29-32; 1 Cor 15). Pero en aquella idea estaba
la preparación para el concepto de la 'vida nueva', que se revelará
en la resurrección de Cristo y por obra del Espíritu Santo
descenderá sobre los que creerán Por lo tanto, también
en el texto de Ezequiel podemos leer, nosotros los creyentes en Cristo,
una cierta analogía pascual.
7. Y he aquí un último aspecto del misterio de la Iglesia
naciente bajo la acción del Espíritu el día de Pentecostés:
en ella se realiza la oración sacerdotal de Cristo en el Cenáculo,
'para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mi y yo en ti, que ellos
también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú
me has enviado' (Jn 17, 12). Descendiendo sobre los Apóstoles reunidos
en torno a María, Madre de Cristo, el Espíritu Santo los transforma
y los une, 'colmándolos' con la plenitud de la vida divina. Ellos
se hacen, 'uno': una comunidad apostólica, lista para dar testimonio
de Cristo crucificado y resucitado. Esta es la 'nueva creación' surgida
de la cruz y vivificada por el Espíritu Santo, el cual, el día
de Pentecostés, la pone en marcha en la historia.
El bautismo en el Espíritu Santo (6.IX.89)
1. Cuando la Iglesia, brotada del sacrificio de la cruz, comenzó
su camino en el mundo por obra del Espíritu Santo, que bajó
al Cenáculo el día de Pentecostés, tuvo inicio 'su
tiempo', 'el tiempo de la Iglesia' como colaboradora del Espíritu
en la misión de hacer fructificar la redención de Cristo en
la humanidad, de generación en generación. Precisamente en
esta misión y colaboración con el Espíritu se realiza
'la sacramentalidad' que le atribuye el Concilio Vaticano II cuando enseña
que ' La Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea, signo e instrumento
de la unión intima con Dios y de la unidad de todo el género
humano' (Lumen Gentium 1). Esta 'sacramentalidad ' tiene un significado
profundo en relación con el misterio de Pentecostés, que da
a la Iglesia el vigor y los carismas para operar visiblemente en toda la
familia humana.
2. En esta catequesis queremos considerar principalmente la relación
entre Pentecostés y el sacramento del bautismo. Sabemos que la venida
del Espíritu Santo fue anunciada en el Jordán junto con la
venida de Cristo. Fue Juan Bautista quien asoció las dos venidas,
e incluso mostró su intima conexión, hablando de 'bautismo
' El os bautizará con Espíritu Santo' (Mc 1, 8); 'El os bautizará
en Espíritu Santo y fuego' (Mt 3, 11). Este vinculo entre el Espíritu
Santo y el fuego se ha de colocar en el contexto del lenguaje bíblico,
que ya en el Antiguo Testamento presentaba el fuego como el medio usado
por Dios para purificar las conciencias (Cfr. Is 1, 25; 6, 5-7; Za 13, 9;
Mal 3, 2-3; Sir 2, 5, etc.). A su vez el bautismo, que se practicaba en
el judaísmo y en otras religiones antiguas, era una inmersión
ritual, con la que se quería significar una purificación renovadora.
Juan Bautista había adoptado esta práctica del bautismo en
el agua, aun subrayando que su valor no era sólo ritual sino también
moral, puesto que era 'para la conversión' (Cfr. Mt 3, 2.6.8.11;
Lc 3,10-14).
Además, ese bautismo constituía una especie de iniciación,
mediante la cual aquellos que lo recibían se convertían en
discípulos del Bautista y constituían en torno a él
y con él una cierta comunidad caracterizada por la espera escatológica
del Mesías (Cfr. Mt 3, 2.11; Jn 1, 19)34). Sin embargo, se trataba
de un bautismo de agua; es decir, no tenía un poder de purificación
sacramental. Tal poder sería propio del bautismo de fuego (elemento
en sí mucho más poderoso que el agua) traído por el
Mesías. Juan proclamaba la función preparatoria y simbólica
de su bautismo en relación con el Mesías, que debía.
bautizar 'en Espíritu Santo y fuego' (Mt 3, 11; cfr. 3.7.10.12; Jn
1, 33). Y añadía que si con el fuego del Espíritu el
Mesías iba a purificar a fondo a los hombres bien dispuestos, recogidos
como 'trigo en el granero', sin embargo, quemaría 'la paja con fuego
que no se apaga', como el 'fuego de la gehenna' (Cfr. Mt 18, 8-9), símbolo
de la consumación a la que está destinado todo lo que no se
ha dejado purificar (Cfr. Is 66, 24; Jdt 16, 17; Sir 7, 17; Sof 1, 18; Sal
21, 10, etc.).
3. Mientras está desarrollando su función profética
y prefiguradora en la línea del simbolismo del Antiguo Testamento,
el Bautista un día se encuentra con Jesús en las aguas del
Jordán. Reconoce en El al Mesías, del que proclama que es
'el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo' (Jn 1, 29) y, por petición
suya, lo bautiza (Cfr. Mt 3, 14-15); pero, al mismo tiempo, da testimonio
de su mesianidad, de la que se profesa un simple anunciador y precursor
(Cfr. Jn 1, 30-31). Este testimonio de Juan está constituido por
la comunicación que él mismo hace a sus discípulos
y oyentes acerca de la experiencia que tuvo él en esa circunstancia,
y que tal vez le hizo recordar la narración del Génesis sobre
la conclusión del diluvio (Cfr. Gen 8, 10': 'He visto al Espíritu
que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo
no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me
dijo: Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre
él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo' (Jn 1,
32-33; cfr. Mt 3, 16; Mc 1, 8; Lc 3, 22).
'Bautizar en Espíritu Santo' significa regenerar la humanidad
con el poder del Espíritu de Dios; es lo que hace el Mesías,
sobre el que, como había predicho Isaías (11, 2; 42, 1), reposa
el Espíritu colmando su humanidad de valor divino a partir de la
Encarnación hasta la plenitud de la resurrección tras la muerte
en la cruz (Cfr. Jn 7, 39; 14, 26; 16, 7.8; 20, 22; Lc 24, 49). Adquirida
esta plenitud, el Mesías Jesús puede dar el nuevo bautismo
en el Espíritu del que está lleno (Cfr. Jn 1, 33; Hech 1,
5). De su humanidad glorificada, como de un manantial de agua viva, el Espíritu
se difundirá por el mundo (Cfr. Jn 7, 37-39; 19, 34; cfr. Rom 5,
5). Este es el anuncio que hace el Bautista al dar testimonio de Cristo
con ocasión del bautismo, en el que se funden los símbolos
del agua y del fuego, expresando el misterio de la nueva energía
vivificadora que el Mesías y el Espíritu han derramado en
el mundo.
4. También Jesús, durante su ministerio, habla de su pasión
y muerte como un bautismo que El mismo debe recibir: un bautismo, porque
deberá sumergirse totalmente en el sufrimiento, simbolizado también
por el cáliz que ha de beber (Cfr. Mc 10, 38; 14, 36); pero un bautismo
vinculado por Jesús con el otro símbolo del fuego, que El
vino a traer a la tierra (Lc 12, 49-50): fuego, en el que es bastante fácil
entrever al Espíritu Santo que colma' su humanidad y que un día,
después del incendio de la cruz, se extenderá por el mundo
como propagación del bautismo de fuego, que Jesús desea tan
intensamente recibir, que se encuentra angustiado hasta que se haya realizado
en él (Cfr. Lc 1 2, 50).
5. Escribí en la Encíclica Dominum et Vivificantem: 'En
el Antiguo Testamento se habla varias veces del 'fuego del cielo', que quemaba
los sacrificios presentados por los hombres. Por analogía se puede
decir que el Espíritu Santo es el 'fuego del cielo' que actúa
en lo más profundo del misterio de la cruz... Como amor y don, desciende,
en cierto modo, al centro mismo del sacrificio que se ofrece en la cruz.
Refiriéndonos a la Tradición bíblica podemos decir:
El consuma este sacrificio con el fuego del amor, que une al Hijo con el
Padre en la comunión trinitaria. Y dado que el sacrificio de la cruz
es un acto propio de Cristo, también en este sacrificio El 'recibe'
el Espíritu Santo. Lo recibe de tal manera que después )El
solo con Dios Padre) puede 'darlo' a los Apóstoles, a la Iglesia,
y a la humanidad. El solo lo 'envía' desde el Padre. El solo se presenta
ante los Apóstoles reunidos en el Cenáculo, 'sopla sobre ellos'
y les dice: 'Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis
los pecados, les quedan perdonados' (Jn 20, 23)' (n. 41).
6. Así encuentra su realización el anuncio mesiánico
de Juan en el Jordán: 'El os bautizará en Espíritu
Santo y fuego' (Mt 3, 11; cfr. Lc 3, 16). Aquí encuentra también
su realización el simbolismo bíblico, con el que Dios mismo
se manifestó como la columna de fuego que guiaba a su pueblo a través
del desierto (Cfr. Ex 13, 21-22), como palabra de fuego por la que 'la montaña
(del Sinaí) ardía en llamas hasta el mismo cielo' (Dt 4, 11),
como luz en el fuego (Is 10, 17), como fuego de ardiente gloria en el amor
a Israel (Cfr. Dt 4, 24). Encuentra realización lo que Cristo mismo
prometió cuando dijo que había venido a encender el fuego
sobre la tierra (Cfr. Lc 12, 49), mientras el Apocalipsis dirá de
él que sus ojos son como llama de fuego (Cfr. Ap 1, 14; 2, 18; 19,
12). Se explica así que el Espíritu Santo sea enviado en el
fuego (Cfr. Hech 2, 3). Todo esto sucede en el misterio pascual, cuando
Cristo en el sacrificio de la cruz recibe el bautismo con el que El mismo
debía ser bautizado (Cfr. Mc 10, 38) y en el misterio de Pentecostés,
cuando Cristo resucitado y glorificado comunica su Espíritu a los
Apóstoles y a la Iglesia.
Por aquel 'bautismo de fuego' recibido en su sacrificio, según
San Pablo, Cristo en su resurrección se convirtió, como 'último
Adán', en 'espíritu que da vida' (1 Cor 15, 45). Por esto,
Cristo resucitado anuncia a los Apóstoles: 'Juan bautizó
con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo
dentro de pocos días' (Hech 1, 5). Por obra del 'último Adán',
Cristo, será dado a los Apóstoles y a la Iglesia 'el Espíritu
que da vida' (Jn 6, 63).
7. El día de Pentecostés se da la revelación de
este bautismo: el bautismo nuevo y definitivo, que obra la purificación
y la santificación para una vida nueva; el bautismo en virtud del
cual nace la Iglesia en la perspectiva escatológica que se extiende
'hasta el fin del mundo' (Cfr. Mt 28, 20): no sólo la 'Iglesia de
Jerusalén', de los Apóstoles y de los discípulos inmediatos
del Señor, sino la Iglesia 'entera' tomada en su universalidad, que
se realiza a través de los tiempos y los lugares de su arraigo terreno.
Las lenguas de fuego que acompañan el acontecimiento de Pentecostés
en el Cenáculo de Jerusalén, son el signo de aquel fuego que
Jesucristo trajo y encendió sobre la tierra (Cfr. Lc 12, 49): el
fuego del Espíritu Santo.
8. A la luz de Pentecostés también podemos comprender mejor
el significado del bautismo como primer sacramento, en cuanto es obra del
Espíritu Santa Jesús mismo había aludido ludido a ello
en el coloquio con Nicodemo: 'En verdad, en verdad te digo: el que no nazca
de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios' (Jn 3,
5). En aquel mismo coloquio Jesús alude también a su futura
muerte en la cruz (Cfr. Jn 3, 14-15) y a su exaltación celeste (Cfr.
Jn 3, 13); es el bautismo del sacrificio, del que el bautismo de agua, el
primer sacramento de la Iglesia. recibirá la virtud de obrar el nacimiento
por el Espíritu Santo y de abrir a los hombres 'la entrada al reino
de Dios'. En efecto, como escribe San Pablo a los Romanos, 'cuantos fuimos
bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte. Fuimos,
pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que,
al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la
gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva'
(Rom 6, 34). Este camino bautismal en la vida nueva tiene inicio el día
de Pentecostés en Jerusalén.
9. El Apóstol ilustra más veces el significado del bautismo
en sus Cartas (Cfr. 1 Cor 6, 11; Tit 3, 5; 2 Cor 1, 22; Ef 1, 13). El lo
concibe como un 'baño de peregrinación y de renovación
del Espíritu Santo' (Tit 3, 5), heraldo de justificación 'en
el nombre del Señor Jesucristo' (1 Cor 6, 11; cfr. 2 Cor 1, 22);
como un 'sello del Espíritu Santo de la Promesa' (Ef 1, 13); como
'arras del Espíritu en nuestros corazones' (2 Cor 1, 22). Dada esta
presencia del Espíritu Santo en los bautizados, el Apóstol
recomendaba a los cristianos de entonces y lo repite también a nosotros
hoy: 'No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios, con el que
fuisteis sellados para el día de la redención' (Ef 4, 30)
.
El Espíritu Santo y la Eucaristía (13.IX.89)
1. La promesa de Jesús: 'seréis bautizados en el Espíritu
Santo dentro de pocos días' (Hech 1, 5) significa que existe un vinculo
entre el Espíritu Santo y el bautismo. Lo hemos visto en la anterior
catequesis, en la que, partiendo del bautismo de penitencia que Juan impartía
en el Jordán anunciando la venida de Cristo, nos hemos acercado a
aquel que bautizará 'en Espíritu Santo y fuego'. Nos hemos
acercado también a aquel único bautismo con que debía
ser bautizado El mismo (Cfr. Mc 10, 38); el sacrificio de la cruz, que ofreció
Cristo 'por el Espíritu Eterno' (Hb 9, 14) hasta el punto de hacerse
'el último Adán' y, como tal, 'espíritu que da vida',
según lo que dice San Pablo (Cfr. 1 Cor 15, 45). Sabemos que Cristo
'dio a los Apóstoles el Espíritu que da vida el día
de la Resurrección (Cfr. Jn 20, 22) y, a continuación, en
la solemnidad de Pentecostés, cuando todos quedaron 'llenos del Espíritu
Santo' (Hech 2, 4).
2. Entre el sacrificio pascual de Cristo y el don del Espíritu
existe, por tanto, una relación objetiva. Puesto que la Eucaristía
renueva místicamente el sacrificio redentor de Cristo, es fácil,
por lo demás, entender el vínculo intrínseco que existe
entre este sacramento y el don del Espíritu: formando la Iglesia
mediante su propia venida el día de Pentecostés, el Espíritu
Santo la constituye haciendo referencia objetiva a la Eucaristía
y la orienta hacia la Eucaristía.
Jesús había dicho en una de sus parábolas: 'El
Reino de los Cielos es semejante a un rey que celebró el banquete
de bodas de su hijo' (Mt 22, 2). La Eucaristía constituye la anticipación
sacramental y en cierto sentido una 'pregustación' de aquel banquete
real que el Apocalipsis llama 'el banquete del Cordero' (Cfr. Ap 19, 9).
El Esposo que está en el centro de aquella fiesta de bodas, y de
su prefiguración y anticipación eucarística, es el
Cordero que 'borró los pecados del mundo', el Redentor.
3. En la Iglesia que nace del bautismo en Pentecostés, cuando
los Apóstoles, y junto con ellos los demás discípulos
y confesores de Cristo, son 'bautizados en Espíritu', la Eucaristía
es y permanece hasta el fin de los tiempos el sacramento del cuerpo y de
la sangre de Cristo.
En Ella está presente 'da sangre de Cristo, que por el Espíritu
Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios' (Hb 9, 14);
la sangre 'derramada por muchos' (Mc 14, 24) 'para perdón de los
pecados' (Mt 26, 28); la sangre que 'purificará de las obras muertas
nuestra conciencia' (Cfr. Hb 9, 14); la 'sangre de la alianza' (Mt 26, 28).
Jesús mismo, al instituir la Eucaristía, declara: 'Esta copa
es la Nueva Alianza en mi sangre' (Lc 22, 20; cfr. 1 Cor 11, 25), y recomienda
a los Apóstoles: 'haced esto en recuerdo mío' (Lc 22, 19).
En la Eucaristía (cada vez) se renueva (es decir, se realiza
nuevamente) el sacrificio del cuerpo y de la sangre, ofrecido por Cristo
una sola vez al Padre en la cruz para la redención del mundo. Dice
la Encíclica Dominum et Vivificantem que 'en el sacrificio del Hijo
del hombre el Espíritu Santo está presente y actúa
El mismo Jesucristo en su humanidad se ha abierto totalmente a esta acción...
que del sufrimiento hace brotar el eterno amor salvífico' (n. 40).
4. La Eucaristía es el sacramento de este amor redentor, estrechamente
vinculado a la presencia del Espíritu Santo y a su acción.
¿Cómo no recordar, en este momento, las palabras pronunciadas
por Jesús cuando, en la sinagoga de Cafarnaún, tras la multiplicación
del pan (Cfr. Jn 6, 27), proclamaba la necesidad de alimentarse de su carne
y de su sangre? A muchos de los que lo escuchaban, su lenguaje sobre el
comer su cuerpo y beber su sangre (Cfr. Jn 6, 53) les pareció 'duro'
(Jn 6, 60). Intuyendo esta dificultad Jesús les dijo ' Esto os escandaliza?
'cuándo veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?'
(Jn 6, 61-62). Era una explícita alusión a la futura ascensión
al cielo. Y precisamente en aquel momento añade una referencia al
Espíritu Santo, que sólo tras la ascensión adquiriría
plenitud de sentido. Dijo: 'El espíritu es el que da vida: la carne
no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son
vida' (Jn 6, 63).
Los oyentes de Jesús entendieron de modo 'material' aquel primer
anuncio eucarístico. El Maestro quiso en seguida precisar que su
contenido sólo podía aclararse y entenderse por obra del
'Espíritu que da vida'. En la Eucaristía Cristo nos da su
cuerpo y su sangre como alimento y bebida, bajo las especies del pan y del
vino, como durante el banquete pascual de la última Cena. Solamente
en virtud del Espíritu, que da vida, el alimento y la bebida eucarísticos
pueden obrar en nosotros la 'comunión', es decir, la unión
salvífica con el Cristo crucificado y glorificado.
5. Hay un hecho significativo, ligado al acontecimiento de Pentecostés:
desde los primeros tiempos después de la venida del Espíritu
Santo los Apóstoles y sus seguidores, convertidos y bautizados, 'acudían
asiduamente... a la fracción del pan y a las oraciones' (Hech 2,
42), como si el mismo Espíritu Santo nos hubiera orientado a la Eucaristía.
He subrayado en la Encíclica Dominum et Vivificantem que 'guiada
por el Espíritu Santo, la Iglesia desde el principio se manifestó
y se confirmó a sí misma a través de la Eucaristía'
(n.62).
La Iglesia primitiva era una comunidad fundada en la enseñanza
de los Apóstoles (Hech 2, 42) y animada en su totalidad por el Espíritu
Santo, el cual infundía luz a los creyentes para que comprendiesen
la Palabra, y los congregaba en la caridad en torno a la Eucaristía.
Así la Iglesia crecía y se propagaba en una muchedumbre de
creyentes que 'no tenía sino un solo corazón y una sola alma'
(Hech 4, 32).
6. En la Encíclica citada leemos también que 'mediante
la Eucaristía, las personas y comunidades, bajo la acción
del Paráclito consolador, aprenden a descubrir el sentido divino
de la vida humana' (n. 62). Es decir, descubren el valor de la vida interior,
realizando en sí mismas la imagen de Dios Trinidad que siempre se
nos ha presentado en los libros del Nuevo Testamento y especialmente en
las Cartas de San Pablo, como Alfa y Omega de nuestra vida, o sea, el principio
según el cual el hombre es creado y modelado, y el fin último
al que está ordenado y es guiado según el designio y la voluntad
del Padre, reflejados en el Hijo-Verbo y en el Espíritu-Amor. Es
una hermosa y profunda interpretación que la tradición patrística,
resumida y formulada en términos teológicos por Santo Tomás
(Cfr. S.Th. I, q. 93, a. 8), ha dado de un principio clave de la espiritualidad
y de la antropología cristiana, así expresado en la Carta
a los Efesios: 'Por eso doblo mis rodillas ante el padre, de quien toma
nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os conceda, según
la riqueza de su gloria, que seáis fortalecidos por la acción
de su Espíritu en el hombre interior; que Cristo habite por la fe
en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis
comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud,
la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede a todo
conocimiento para que os vayáis llenando hasta la total Plenitud
de Dios' (Ef 3, 14-19)
7. Es Cristo quien nos da esta plenitud divina (Cfr. Col 2, 9 ss.) mediante
la acción del Espíritu Santo. Así, colmados de vida
divina, los cristianos entran y viven en la plenitud del Cristo total que
es la Iglesia, y, a través de la Iglesia, en el nuevo universo que
poco a poco se va construyendo (Cfr. Ef 1, 23; 4,12-13; Col 2, 10). En el
centro de la Iglesia y del nuevo universo está la Eucaristía,
donde se halla presente el Cristo que obra en los hombres y en el mundo
entero mediante el Espíritu Santo.
Pentecostés: comienza la misión de la Iglesia (20.IX.89)
1. En el Decreto conciliar Ad gentes sobre la actividad misionera
de la Iglesia, encontramos ligados el acontecimiento de Pentecostés
y la puesta en marcha de la Iglesia en la historia: 'El día de Pentecostés
(el Espíritu Santo) descendió sobre los discípulos...
Fue en Pentecostés cuando empezaron los ¡hechos de los Apóstoles!'
(Ad gentes, 4). Por tanto, si desde el momento de su nacimiento, saliendo
al mundo el día de Pentecostés, la Iglesia se manifestó
como 'misionera', esto sucedió por obra del Espíritu Santo.
Y podemos enseguida añadir que la Iglesia permanece siempre así:
permanece 'en estado de misión' (in statu missionis). El carácter
misionero de la Iglesia pertenece a su misma esencia, es una propiedad constitutiva
de la Iglesia de Cristo, porque el Espíritu Santo la hizo 'misionera'
desde el momento de su nacimiento.
2. El análisis del texto de los Hechos de los Apóstoles
que es narra el acontecimiento de Pentecostés (Hech 2, 1)13) nos
permite captar la verdad de esta afirmación conciliar, que pertenece
al patrimonio común de la Iglesia.
Sabemos que los Apóstoles y los demás discípulos
reunidos con María en el Cenáculo, tras haber escuchado 'un
ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, ' vieron bajar sobre
sí unas 'lenguas como de fuego' (Cfr. Hech 2, 2-3). En la el tradición
judía el fuego era signo de una especial manifestación de
Dios que hablaba para instruir, guiar y salvar a su pueblo. El recuerdo
de la experiencia maravillosa del Sinaí se mantenía vivo
en el alma de Israel y lo disponía a entender el significado de las
nuevas comunicaciones contenidas bajo aquel simbolismo, como sabemos también
por el Talmud de Jerusalén (Cfr. Hag 2, 77b, 32; cfr. también
el Midrash Rabbah 5, 9, sobre Ex 4, 27). La misma tradición judía
había preparado a los Apóstoles para comprender que las 'lenguas'
significaban la misión de anuncio, de testimonio, de predicación,
que Jesús mismo les había encargado, mientras el 'fuego' estaba
en relación no sólo con la Ley de Dios, que Jesús había
confirmado y completado, sino también con El mismo, con su persona
y su vida, con su muerte y su resurrección, ya que El era la nueva
Toráh para proponer al mundo. Y bajo la acción del Espíritu
Santo las 'lenguas de fuego' se convirtieron en palabra en los labios de
los Apóstoles: 'Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y
se pusieron a hablar en otras lenguas según el Espíritu les
concedía expresarse' (Hech 2, 4).
3. Ya en la historia del Antiguo Testamento se había realizado
dos manifestaciones análogas, en las que se había dado el
espíritu del Señor para un hablar profético (Cfr. Miq
3, 8; Is 61, 1; Za 7, 12; Neh 9, 30). Isaías había visto un
serafín que se acercaba teniendo en la mano 'una brasa que con las
tenazas había tomado de sobre el altar' y con ella le tocaba los
labios para purificarlo de toda iniquidad antes de que el Señor le
confiase la misión de hablar a su pueblo (Cfr. Is 6, 6-9 ss.). Los
Apóstoles conocían este simbolismo tradicional y por ello
eran capaces de captar el sentido de lo que sucedía en ellos ese
día de Pentecostés, como atestigua Pedro en su primer discurso
vinculando el don de las lenguas con la profecía de Joel acerca de
la futura efusión del espíritu divino que debía capacitar
a los discípulos para profetizar (Hech 2, 17 ss.; Cfr. Jl 3, 1-5).
4. Con la 'lengua de fuego' (Hech 2, 3) cada uno de los Apóstoles
recibió el don multiforme del Espíritu, como los siervos de
la parábola evangélica que habían recibido todos un
cierto número de talentos para hacer fructificar (Cfr. Mt 25, 14
ss.): y aquella 'lengua' era un signo de la conciencia que los Apóstoles
poseían y mantenían viva acerca cerca del compromiso misionero
al que habían sido llamados y al que se habían consagrado.
En efecto, apenas estuvieron y se sintieron 'llenos del Espíritu
Santo, se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu
les concedía expresarse'. Su poder venía del Espíritu,
y ellos ponían en práctica la consigna bajo el impulso interior
imprimido desde arriba.
5. Esto sucedió en el Cenáculo, pero en seguida el anuncio
misionero y la glosolalia, o don de las lenguas, traspasaron las paredes
de aquella habitación. Y entonces se verificaron dos acontecimientos
extraordinarios, descritos por los Hechos de los Apóstoles. Ante
todo la glosolalia, que expresaba palabras pertenecientes a una multiplicidad
de lenguas y empleadas para cantar las alabanzas de Dios (Cfr. Hech 2, 11).
La muchedumbre, atraída por el fragor y asombrada por aquel hecho,
estaba compuesta, es verdad, por 'judíos observantes' que se encontraban
en Jerusalén con ocasión de la fiesta, pero pertenecían
a 'todas las naciones que hay bajo el cielo' (Hech 2, 5) y hablaban las
lenguas de los pueblos en los que se habían integrado bajo el aspecto
civil y administrativo, aunque étnicamente habían permanecido
judíos.
Ahora bien, aquella muchedumbre, reunida en torno a los Apóstoles,
'se llenó de estupor al oirles hablar cada uno en su propia lengua.
Estupefactos y admirados decían: '¿Es que no son galileos
todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno
de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa?' (Hech 2,
6)8). En este momento Lucas no duda en dibujar una especie de mapa del mundo
mediterráneo del que procedían aquellos 'judíos observantes',
casi para oponer aquella ecumene de los convertidos a Cristo a la Babel
de las lenguas y de los pueblos descrita en el Génesis (11, 1)9),
sin dejar de nombrar junto a los demás a los 'forasteros de Roma':
'Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia,
el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con
Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses
y árabes' (Hech 2, 9)11). A todos esos Lucas, casi reviviendo el
hecho acontecido en Jerusalén y transmitido en la primera tradición
cristiana, pone en su boca las palabras: 'les oímos (a los Apóstoles,
galileos de origen) hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios' (Hech
2,11).
6. El acontecimiento de ese día fue ciertamente misterioso, pero
también muy significativo. En él podemos descubrir un signo
de la universalidad del cristianismo y del carácter misionero de
la Iglesia: el hagiógrafo nos la presenta consciente de que el mensaje
está destinado a los hombres de 'todas las naciones', y de que, además,
es el Espíritu Santo quien interviene para hacer que cada uno entienda
al l menos algo en su propia lengua: 'les oímos en nuestra propia
lengua nativa' (Hech 2, 8). Hoy hablaríamos de un adaptación
a las condiciones lingüísticas y culturales de cada uno. Por
tanto, se puede ver en todo esto una primera forma de 'inculturación',
realizada por obra del Espíritu Santo.
7. El segundo hecho extraordinario es la valentía con que Pedro
y los otros once se levantan y toman la palabra para explicar el significado
mesiánico y pneumatológico de lo que estaba aconteciendo bajo
los ojos de aquella muchedumbre asombrada (Hech 2, 14 ss.). Pero sobre este
hecho volveremos a su debido tiempo. Aquí conviene hacer una última
reflexión acerca de la contraposición (una especie de analogía
ex contrariis) entre lo que sucedió en Pentecostés y lo que
leemos en el libro del Génesis sobre el tema de la torre de Babel
(Cfr. Gen 11, 1-9). Allí se nos narra la 'dispersión' de las
lenguas, y por eso también de los hombres que, hablando en diversas
lenguas, no logran ya entenderse. En cambio, en el acontecimiento de Pentecostés,
bajo la acción del Espíritu, que es Espíritu de verdad
(Cfr. Jn 15, 26), la diversidad de las lenguas no impide ya entender lo
que se proclama en nombre y par alabanza de Dios. Se tiene así una
relación de unión entre los hombres que va más allá
de los limites de las lenguas y de las culturas, producida en el mundo por
el Espíritu Santo.
8. Se trata de un primer cumplimiento de las palabras dirigidas por Jesús
a los Apóstoles al subir al Padre: 'Recibiréis la fuerza del
Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis
mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines
de la tierra' (Hech 1, 8).
'El Espíritu Santo (comenta el Concilio Vaticano II) unifica
en la comunión y en el ministerio y provee de diversos dones jerárquicos
y carismáticos' (Lumen Gentium, 4) a toda la Iglesia a través
de todos los tiempos, vivificando, a la manera del alma, las instituciones
eclesiásticas e infundiendo en el corazón de los fieles el
mismo espíritu de misión que impulsó a Cristo' (Ad
gentes, 4). De Cristo a los Apóstoles, a la Iglesia, al mundo entero:
bajo la acción del Espíritu Santo puede y debe desarrollarse
el proceso de la unificación universal en la verdad y en el amor.
Universalidad y diversidad de la Iglesia (7.IX.89)
1. Leemos en la Constitución Lumen Gentium del Concilio
Vaticano II: 'Consumada la obra que el Padre encomendó realizar al
Hijo sobre la tierra (Cfr. Jn 17, 4), fue enviado el Espíritu Santo
el día de Pentecostés a fin de santificar indefinidamente
la Iglesia y para que de este modo los fieles tengan acceso al Padre por
medio de Cristo en un mismo Espíritu (Cfr. Ef 2, 18). Eles el Espíritu
de vida o la fuente de agua que salta hasta la vida eterna (Cfr. Jn 4, 14:
7, 38-39)... El Espíritu Santo habita en la Iglesia y en el corazón
de los fieles como en un templo (Cfr. 1 Cor 3 16; 6, 19) y en ellos ora
y da testimonio de su adopción como hijos (Cfr. Gal 4, 6; Rom 9;
15-16 y 26)' (Lumen Gentium, 4)
Por tanto, el nacimiento de la Iglesia el día de Pentecostés
coincide con la manifestación del Espíritu Santo. Por esto
también nuestras catequesis acerca del misterio de la Iglesia con
relación al Espíritu Santo se concentran en torno a Pentecostés.
2. El análisis de este acontecimiento nos ha permitido constatar
y explicar )en la anterior catequesis) que la Iglesia, por obra del Espíritu
Santo, nace 'misionera' y que desde entonces permanece 'in statu missionis'
en todas las Épocas y en todos los lugares de la tierra.
El carácter misionero de la Iglesia está vinculado estrechamente
a su universalidad. Al mismo tiempo, la universalidad de la Iglesia, por
una parte implica la más sólida unidad y, por otra, una pluralidad
y una multiformidad, es decir, una diversificación, que no resultan
un obstáculo para la unidad, sino que por el contrario le confieren
el carácter de 'comunión'. La Constitución Lumen Gentium
lo subraya de modo especial cuando habla del 'don de unión en el
Espíritu Santo' (n. 13), don del que participa la Iglesia desde el
día de su nacimiento en Jerusalén.
3. El análisis del pasaje de los Hechos de los Apóstoles
que se refiere al día de Pentecostés permite afirmar que la
Iglesia, desde el inicio, nació como Iglesia universal, y no sólo
como Iglesia particular de Jerusalén a la que sucesivamente se habrían
unido otras Iglesias particulares en otros lugares. Ciertamente, la Iglesia
nació en Jerusalén como pequeña comunidad originaria
de los Apóstoles y de los primeros discípulos, pero las circunstancias
de su nacimiento indicaban desde el primer momento la perspectiva de universalidad.
Una primera circunstancia es aquel 'hablar (de los Apóstoles) en
otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse'
(Cfr. Hech 2, 4), de forma que las personas de diversas naciones, presentes
en Jerusalén, oían 'las maravillas de Dios' (Hech 2, 11) pronunciadas
en sus propias lenguas, aunque los que hablaban 'eran galileos' (Cfr. Hech
2, 7). Lo hemos observado ya en la catequesis precedente.
4. También la circunstancia del origen galileo de los Apóstoles
tiene, en este caso especifico, su propia elocuencia. En efecto, la Galilea
era una región de población heterogénea (Cfr. 1 Mac
5, 14-23), donde los judíos tenían muchos contactos con gente
de otras naciones. Más aún, la Galilea solía ser designada
como 'Galilea de las naciones' (Is 9, 1 citado en Mt 4, 15; 1 Mac 5, 15)
y por este motivo era considerada inferior, desde el punto de vista religioso,
a la Judea, región de los auténticos judíos.
La Iglesia, por consiguiente, nació en Jerusalén, pero
el mensaje de la fe no fue proclamado allí por ciudadanos de Jerusalén,
sino por un grupo de galileos y, por otra parte, su predicación no
se dirigió exclusivamente a los habitantes de Jerusalén, sino
a los judíos y prosélitos de toda precedencia.
Como resultado del testimonio de los Apóstoles, surgirán
poco después de Pentecostés las comunidades (es decir, las
Iglesias locales) en diversos lugares, y naturalmente también y,
ante todo, en Jerusalén. Pero la Iglesia, que nació con la
venida del Espíritu Santo, no era sólo Iglesia local de Jerusalén.
Ya en el momento de su nacimiento la Iglesia era universal y estaba orientada
a la universalidad, que se manifestaría a continuación por
medio de todas las Iglesias particulares.
5. La apertura universal de la Iglesia quedó confirmada en el
así llamado Concilio de Jerusalén (Cfr. Hech 15, 13)14), del
que leemos: 'Cuando terminaron de hablar, tomó Santiago la palabra
y dijo: 'Hermanos, escuchadme. Simón ha referido cómo Dios
ya al principio intervino para procurarse entre los gentiles un pueblo'
(Hech 15, 13-14). Por tanto, conviene observar que en aquel 'Concilio' Pablo
y Bernabé son los testigos de la difusión del Evangelio entre
los gentiles: Santiago, que toma la palabra, representa autorizadamente
la posición judeo-cristiana típica de la Iglesia de Jerusalén
(Cfr. Gal 2, 12), de la que será el primer responsable en el momento
de la partida de Pedro (Cfr. Hech 15, 13; 21, 18); y Simón, es decir,
Pedro, es el heraldo de la universalidad de la Iglesia, que está
abierta a acoger en su seno tanto a los miembros del pueblo elegido como
a los paganos.
6. El Espíritu Santo desde el inicio quiso la universalidad, es
decir, la catolicidad de la Iglesia en el contexto de todas las comunidades
(esto es, las Iglesias) locales y particulares. Se cumplen así las
significativas palabras pronunciadas por Jesús en la conversación
que tuvo junto al pozo de Sicar, cuando dijo a la samaritana: 'Créeme
mujer, que llega la hora en que, ni en este monte ni en Jerusalén
adoraréis al Padre... Pero llega la hora (ya estamos en ella) en
que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu
y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren'
(Jn 4, 21)23).
La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés
da inicio a aquella 'adoración del Padre en espíritu y verdad',
que no puede encerrarse en un solo lugar porque se inscribe en la vocación
del hombre a reconocer y honrar al único Dios, que es puro Espíritu,
y, por tanto, está abierta a la universalidad.
7. Bajo la acción del Espíritu queda, por tanto, inaugurada
la universalidad cristiana, que se expresa desde el inicio en la multitud
y diversidad de las personas que participan en la primera irradiación
de Pentecostés y, de alguna manera, en la pluralidad de los pueblos
y de las naciones, que aquellas personas representan en Jerusalén
en aquella circunstancia, y de todos los grupos humanos y los estratos sociales
de donde procederán los seguidores de Cristo a lo largo de los siglos.
Ni para los de los primeros tiempos ni para los de los siglos sucesivos
la universalidad querrá decir uniformidad.
Estas exigencias de la universalidad y de la variedad se manifestarán
también en la esencial unidad interna de la Iglesia, mediante la
multiplicidad y la diversidad de los 'dones' o carismas, y también
de los ministerios y de las iniciativas. A este respecto observamos en seguida
que, el día de Pentecostés, también María, Madre
de Cristo, recibió la confirmación de su misión materna,
no sólo respecto al Apóstol Juan, sino también respecto
a todos los discípulos de su Hijo, es decir, respecto a todos los
cristianos (Cfr. Redemptoris Mater, 24; Lumen Gentium, 59). Y se puede decir
que a todos los que, reunidos aquel día en el Cenáculo de
Jerusalén (tanto hombres como mujeres), quedaron 'llenos del Espíritu
Santo' (Cfr. Hech 2, 4), se les concedieron también los diversos
dones de los que hablaría San Pablo: 'Hay diversidad de carismas,
pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el
Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios
que obra todo en todos. A cada cual se le otorga la manifestación
del Espíritu para provecho común' (1 Cor 12, 4-7). 'Así
los puso Dios en la Iglesia, primeramente como apóstoles; en segundo
lugar como profetas; en tercer lugar como maestros; luego, los milagros;
luego, el don de las curaciones, de asistencia, de gobierno, diversidad
de lenguas' (1 Cor 12, 28). Mediante este abanico de carismas y ministerios,
desde los primeros tiempos, el Espíritu Santo reunía, gobernaba
y vivificaba la Iglesia de Cristo.
8. San Pablo reconocía y subrayaba el hecho de que, por efecto
de estos bienes regalados por el Espíritu Santo a los creyentes,
en la Iglesia la diversidad de los carismas y de los ministerios se orientan
hacia la unidad de todo el cuerpo. Como leemos en la Carta a los Efesios:
'El mismo !dio a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros,
evangelizadores; a otros, pastores y maestros, para el recto ordenamiento
de los santos en orden a las funciones del ministerio, para edificación
del Cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del
conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la
madurez de la plenitud de Cristo' (4, 11-13).
Recogiendo las voces de los Apóstoles y de la tradición
cristiana, la Constitución Lumen Gentium sintetiza así su
enseñanza acerca de la acción del Espíritu Santo en
la Iglesia: el Espíritu Santo 'guía la Iglesia a toda la verdad'
(Cfr. Jn 16, 13), la unifica en comunión y ministerio, la provee
y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos y
la embellece con sus frutos (Cfr. Ef 4, 11-12; 1 Cor 12, 4; Gal 5, 22).
Con la fuerza del Evangelio rejuvenece la Iglesia, la renueva incesantemente
y la conduce a la unión consumada con su Esposo. En efecto, el Espíritu
y la Esposa dicen al Señor Jesús: ¡Ven! (Cfr. Ap 22,
17)' (n. 4).
Pentecostés y la estructura apostólica de la Iglesia
(25.X.89)
1. Leemos en los Hechos de los Apóstoles que, después de
la venida del Espíritu Santo, cuando los Apóstoles comenzaron
a hablar en las diversas lenguas, 'todos estaban estupefactos y perplejos
y se decían unos a otros: '¿Qué significa esto?' (Hech
2, 12). Los Hechos permiten a los lectores descubrir el significado de aquel
hecho extraordinario, porque ya han descrito lo que sucedió en el
Cenáculo cuando los Apóstoles y discípulos de Cristo,
hombres y mujeres, reunidos en compañía de María, su
Madre, quedaron 'llenos del Espíritu Santo' (Hech 2, 4). En este
acontecimiento el Espíritu-Paráclito en sí mismo permanece
invisible. A pesar de eso, es visible el comportamiento de aquellos en los
cuales y a través de los cuales el Espíritu actúa.
De hecho, desde el momento en que los Apóstoles salen del Cenáculo,
su insólito comportamiento es notado por la multitud que acude y
se reúne allí en torno a ellos. Por eso, todos se preguntan
'¿Qué significa esto?'. El autor de los Hechos no deja de
añadir que entre los testigos del acontecimiento había también
algunos que se burlaban del comportamiento de los Apóstoles, insinuando
que probablemente estaban 'llenos de mosto' (Hech 2, 13).
En aquella situación resultaba indispensable una palabra de explicación.
Hacía falta una palabra que esclareciese el justo sentido de lo que
acababa de acontecer: una palabra que, incluso a quienes se habían
reunido fuera del Cenáculo, les hiciese conocer la acción
del Espíritu Santo, experimentada por los que se encontraban allí
reunidos cuando vino el Espíritu Santo.
2. Esta fue la ocasión propicia para el primer discurso de Pedro
que, inspirado por el Espíritu Santo, hablando también en
nombre y en comunión con los otros, puso en práctica por primera
vez su función de heraldo del Evangelio, de predicador de la verdad
divina, de testigo de la Palabra, y dio comienzo, se puede decir, a la misión
de los Papas y de los obispos que, a lo largo de los siglos, les sucederían
a él y los otros Apóstoles. 'Entonces Pedro, presentándose
con los Once, levantó su voz y les dijo' (Hech 2, 14).
En esta intervención de Pedro aparece cuál era desde el
inicio la estructura apostólica de la Iglesia. Los Once comparten
con Pedro la misma misión, la vocación de dar con autoridad
el mismo testimonio. Pedro habla como el primero entre ellos en virtud del
mandato recibido directamente de Cristo. Nadie pone en duda la tarea y el
derecho que precisamente él tiene de hablar en primer lugar y en
nombre de los demás. Ya en ese hecho se manifiesta la acción
del Espíritu Santo, quien (según el Concilio Vaticano II)
'guía la Iglesia..., la unifica... y la gobierna con diversos dones
jerárquicos y carismáticos' (Lumen Gentium, 4).
3. Aquella intervención de Pedro en Jerusalén, en comunión
con los otros Once, indica también que el primero de los deberes
pastorales es el anuncio de la Palabra: la evangelización. Es lo
que enseña también el Concilio Vaticano II: 'Los Obispos son
los pregoneros de la fe que ganan nuevos discípulos para Cristo y
son los maestros auténticos, o sea, los que están dotados
de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado
la fe que ha de ser creída y ha de ser aplicada a su vida, y la ilustran
bajo la luz del Espíritu Santo, extrayendo del tesoro de la Revelación
cosas nuevas y viejas (Cfr. Mt 13, 52), la hacen fructificar y con vigilancia
apartan de su grey los errores que la amenazan (Cfr. 2 Tim 4, 1-4)' (Lumen
Gentium, 25). De igual modo 'los presbíteros, como colaboradores
que son de los obispos, tienen por deber primero el de anunciar a todos
el Evangelio de Dios, de forma que, cumpliendo el mandato del Señor:
!marchad por el mundo entero y llevad la buena nueva a toda criatura (Mc
16, 15), formen y acrecienten el Pueblo de Dios' (Presbyteriorum ordinis,
4).
4. Además, se puede también observar que, según
esa página de los Hechos, para la evangelización no bastan
las 'intervenciones' impetuosas de un arrebato carismático. Esas
intervenciones proceden del Espíritu Santo y, bajo algunos aspectos,
ofrecen el primer testimonio de su acción, como hemos visto en la
'glosolalia' del día del Pentecostés. Pero es indispensable
también una evangelización autorizada, motivada y, cuando
hace falta 'sistemática', como sucede ya en los tiempos apostólicos
y en la primera comunidad de Jerusalén con el kerygma y la catequesis,
que, bajo la acción del Espíritu, permiten a las mentes descubrir
en su unidad y 'comprender' en su significado el plan divino de salvación.
Es precisamente esto lo que sucedió el día de Pentecostés.
Hacía falta que a las personas de diversas naciones, reunidas fuera
del Cenáculo se les manifestase y explicase el Acontecimiento que
acababa de verificarse; hacía falta instruirlas acerca del plan salvífico
de Dios, expresado en lo que había sucedido.
5. El discurso de Pedro es importante también desde este punto
de vista. Precisamente por esto, antes de pasar al examen de su contenido,
detengámonos un momento en la figura del que habla Pedro, ya en el
período prepascual, había hecho dos veces la profesión
de fe en Cristo.
Una vez, tras el anuncio eucarístico cerca de Cafarnaún,
a Jesús, que, viendo alejarse a muchos de sus discípulos,
había preguntado a los Apóstoles' ¿También vosotros
queréis marcharos?' (Jn 6, 67), Pedro había respondido con
aquellas palabras de fe inspiradas desde lo alto: 'Señor, ¿donde
y a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y
nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios' (Jn 6, 68-69).
En otra ocasión, la profesión de fe de Pedro sucedió
en las cercanías de Cesarea de Filipo, cuando Jesús preguntó
a los Apóstoles: 'Y vosotros, ¿quién decís que
soy yo?'. Según Mateo, 'Simón Pedro contestó: !Tú
eres el Cristo, el Hijo de Dios vivos !' (Mt 16, 15-16).
Ahora bien, el día de Pentecostés, Pedro, ya librado de
la crisis de miedo que los días de la Pasión lo había
llevado a la negación, profesa aquella misma fe en Cristo, reforzada
por el acontecimiento pascual, y proclama abiertamente ante toda aquella
gente que Cristo había resucitado' (Cfr. Hech 2, 24 ss.).
6. Además, tomando la palabra de ese modo, Pedro Manifiesta su
conciencia y la de los otros Once de que el responsable principal del testimonio
y de la enseñanza de la fe en Cristo es él, aunque los Once
comparten como él esa tarea y esa responsabilidad. Pedro es consciente
de lo que hace cuando, con aquel primer 'discurso' ejercita su misión
de maestro, que le deriva de su 'oficio' apostólico.
Por otra parte, el discurso de Pedro es, en cierta manera, una prolongación
de la enseñanza de Jesús mismo: como Cristo exhortaba a la
fe a quienes le escuchaban, así también Pedro, aun cuando
Jesús ejercía su ministerio en el periodo prepascual )se puede
decir), en la perspectiva de su resurrección; Pedro, en cambio, habla
y actúa a la luz de la Pascua ya sucedida, que ha confirmado la verdad
de la misión y del Evangelio de Cristo. El habla y actúa bajo
el influjo del Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad, recordando
las obras y las palabras de Cristo, que arrojan luz sobre el acontecimiento
mismo de Pentecostés.
7. Y, finalmente, leemos en el texto de los Hechos de los Apóstoles
que 'Pedro... levantó su voz y les dijo' (2, 14). Parece que aquí
el autor no sólo quiere aludir a la fuerza de la voz de Pedro, sino
también y, sobre todo, a la fuerza de convicción y a la autoridad
con que tomó la palabra. Sucedía algo semejante a lo que los
Evangelios narran acerca de Jesús, es decir, que cuando enseñaba
a los oyentes 'quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba
como quien tiene autoridad' (Mc 1, 22; cfr. también Mt 7, 29), 'porque
hablaba con autoridad' (Lc 4, 32).
El día de Pentecostés, Pedro y los demás Apóstoles,
habiendo recibido el Espíritu de la verdad, podían con su
fuerza hablar, siguiendo el ejemplo de Cristo. Desde el primer discurso,
Pedro expresaba en sus palabras la autoridad de la misma verdad revelada.
Pentecostés, inicio del 'kerygma' apostólico (8.XI.89)
1. Antes de volver al Padre, Jesús había prometido a los
Apóstoles: 'Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo,
que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén,
en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra' (Hech 1, 8).
Como escribí en la Encíclica Dominum et vivificantem, 'el
día de Pentecostés este anuncio se cumple fielmente. Actuando
bajo el influjo del Espíritu Santo, recibido por los Apóstoles
durante la oración en el Cenáculo ante una muchedumbre de
diversas lenguas congregada para la fiesta, Pedro se presenta y habla. Proclama
lo que ciertamente no habría tenido el valor de decir anteriormente'
(n. 30). Es el primer testimonio dado públicamente, y casi podríamos
decir solemnemente, de Cristo resucitado, de Cristo victorioso. Es también
el inicio del kerygma apostólico.
2. Ya en la última catequesis hemos hablado de él, examinándolo
desde el punto de vista del sujeto que enseña: 'Pedro con los otros
Once' (Cfr. Hech 2, 14). Ahora queremos analizar este primer kerygma en
su contenido, como modelo o esquema de los muchos otros 'anuncios' que seguirán
en los Hechos de los Apóstoles, y luego en la historia de la Iglesia.
Pedro se dirige a los que se habían reunido en las cercanías
del Cenáculo, diciéndoles: 'Judíos y habitantes todos
de Jerusalén' (Hech 2, 14). Son los mismos que habían asistido
al fenómeno de la glosolalia, escuchando cada uno en su propia lengua
la alabanza pronunciada por los Apóstoles de las 'maravillas de Dios'
(Hech 2, 11). En su discurso, Pedro comienza haciendo una defensa o al menos
precisando la condición de los que, 'llenos del Espíritu Santo'
(Hech 2, 4), por el insólito comportamiento mostrado, fueron considerados
'llenos de mosto'. Y desde sus primeras palabras ofrece la respuesta: 'No
están éstos borrachos, como vosotros suponéis, pues
es la hora tercia del día, sino que es lo que dijo el profeta Joel'
(Hech 2, 15-16).
3. En los Hechos se recuerda ampliamente el pasaje del profeta: 'Sucederá
en los últimos días, dice Dios: derramaré mi Espíritu
sobre toda carne y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas'
(Hech 2, 17). Esta 'efusión del Espíritu' se refiere tanto
a los jóvenes como a los ancianos, tanto a los esclavos como a las
esclavas: por tanto, tendrá carácter universal. Y será
confirmada por señales: 'Haré prodigios arriba en el cielo
y señales abajo en la tierra' (Hech 2, 19). Estas serán las
señales del 'día del Señor' que se está acercando
(Cfr. Hech 2, 20): 'Y todo el que invoque el nombre del Señor se
salvará' (Hech 2, 21 ) .
4. En la intención del orador, el texto de Joel sirve para explicar
de modo adecuado el significado del acontecimiento, del que los presentes
han visto las señales: 'la efusión del Espíritu Santo'.
Se trata de una acción sobrenatural de Dios unida a las señales
típicas de la venida de Dios, predicha por los profetas e identificada
por el Nuevo Testamento con la venida misma de Cristo. Este es el contexto
en que el Apóstol vierte el contenido esencial de su discurso, que
es el núcleo mismo del kerygma apostólico: Israelitas, escuchad
estas palabras: A Jesús, el Nazareno, hombre acreditado por Dios
entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por
su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis, a éste,
que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento
de Dios, vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de
los impíos; a éste, pues, Dios lo resucitó, librándole
de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio
(Hech 2, 22-24).
Tal vez no todos los presentes durante el discurso de Pedro, llegados
de muchas regiones para la Pascua y Pentecostés, habían participado
en los acontecimientos de Jerusalén que habían concluido con
la crucifixión de Cristo. Pero el Apóstol se dirige también
a ellos como a 'israelitas', es decir, pertenecientes a un mundo antiguo
en el que ya habían brillado para todos las señales de la
nueva venida del Señor.
5. Las señales y los milagros a los que se refería Pedro
se hallaban presentes ciertamente en la memoria de los habitantes de Jerusalén,
pero también de muchos otros de sus oyentes que, al menos, debían
haber escuchado hablar de Jesús de Nazaret. De cualquier modo, tras
haber recordado todo lo que Cristo había hecho, el Apóstol
pasa al hecho de su muerte en cruz y habla directamente de la responsabilidad
de los que habían entregado a Jesús a la muerte. Pero añade
que Cristo 'fue entregado según el determinado designio y previo
conocimiento de Dios' (Hech 2, 23). Por consiguiente, Pedro introduce a
sus oyentes en la visión del plan salvífico de Dios que se
ha realizado precisamente por medio de la muerte de Cristo. Y se apresura
a dar la confirmación decisiva de la acción de Dios mediante
y por encima de lo que han hecho los hombres. Esta confirmación es
la resurrección de Cristo: 'Dios le resucitó, librándole
de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio'
(Hech 2, 24).
Es el punto culminante del kerygma apostólico acerca de Cristo
salvador y vencedor.
6. Pero, llegado a este punto, el Apóstol recurre nuevamente al
Antiguo Testamento. En efecto, cita el salmo mesiánico 15/16 (versículos
8-11):
'Veía constantemente al Señor delante de mi,
puesto que está a mi derecha, para que no vacile.
Por eso se ha alegrado mi corazón
y se ha alborozado mi lengua,
y hasta mi carne reposará en la esperanza
de que no abandonarás mi alma en el Hades
ni permitirás que tu santo experimente la corrupción.
Me has hecho conocer caminos de Vida,
me llenarás de gozo con tu rostro'
(Hech
2, 25-28).
Es una legitima adaptación del salmo davídico, que el
autor de los Hechos cita según la versión griega de los Setenta,
que acentúa la aspiración del alma judía a huir de
la muerte, en el sentido de la esperanza de liberación, incluso de
la muerte ya sucedida .
7. A Pedro, sin duda, le urge subrayar que las palabras del salmo no
aluden a David, cuya tumba )observa él) 'permanece entre nosotros
hasta el presente'. Se refieren, en cambio, a su descendiente, Jesucristo:
David 'vio a lo lejos y habló de la resurrección de Cristo'
(Hech 2, 31). Por consiguiente, se han cumplido las palabras proféticas:
'A este Jesús Dios lo resucitó; de lo cual todos nosotros
somos testigos. Y exaltado a la diestra de Dios, ha recibido del Padre el
Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis... Sepa,
pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor
y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado'
(Hech 2, 32.33, 36).
8. La víspera de su Pasión, Jesús había dicho
a los Apóstoles en el Cenáculo, hablando del Espíritu
Santo: 'El dará testimonio de mí Pero también vosotros
daréis testimonio' (Jn 15, 26-27). Como escribí en la Encíclica
Dominum et vivificantem, 'en el primer discurso de Pedro en Jerusalén
este 'testimonio' encuentra su claro comienzo: es el testimonio sobre Cristo
crucificado y resucitado. El testimonio del Espíritu Paráclito
y de los Apóstoles' (n. 30).
En este testimonio Pedro quiere recordar a sus oyentes el misterio de
Cristo resucitado, pero también quiere explicar lo hechos a los que
han asistido en Pentecostés, mostrándolo como señales
de la venida del Espíritu Santo. El Paráclito ha venido realmente
en virtud de la Pascua de Cristo. Ha venido y ha transformado a aquellos
galileos a los que se había confiado el testimonio acerca de Cristo.
Ha venido porque fue enviado por Cristo, 'exaltado a la diestra de Dios'
(Cfr. Hech 2, 33), decir, exaltado por su victoria sobre la muerte. Su venida
es, por tanto, una confirmación del poder divino del resucitado.
'Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido
Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis
crucificado', concluye Pedro (Hech 2, 36). También Pablo, escribiendo
a los Romanos, proclamará: 'Jesús es Señor' (Rom 10-9).
Discurso de San Pedro y primeras conversiones (15.XI.89)
1. Después de haber referido el primer discurso de Pedro en el
día de Pentecostés, el autor de los Hechos nos informa de
que los presentes 'al oír esto, dijeron con el corazón compungido'
(Hech 2, 37). Son palabras elocuentes, que indican la acción del
Espíritu Santo en las almas de los que escucharon de Pedro el primer
kerygma apostólico, su testimonio acerca de Cristo crucificado y
resucitado, su explicación de los hechos extraordinarios acaecidos
aquel día. En particular, aquella primera presentación pública
del misterio pascual había tocado el centro mismo de las expectativas
de los hombres de la antigua Alianza, cuando Pedro había dicho: 'Dios
ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros
habéis crucificado' (Hech 2, 36) .
La venida del Espíritu Santo, que había actuado aquel
día, ante todo, en los Apóstoles, ahora actuaba en los oyentes
de su mensaje. Las palabras de Pedro habían tocado los corazones,
despertando en ellos 'la convicción de haber pecado': el inicio de
la conversión.
2. Con el corazón así compungido, '... dijeron a Pedro
y a los demás Apóstoles: ¿Qué hemos de hacer,
hermanos.?' (Hech 2, 37). La pregunta '¿Qué hemos de hacer?'
demuestra la disponibilidad de la voluntad. Era la buena disposición
interior de los oyentes de Pedro que, al escuchar su palabra, se habían
dado cuenta de que era necesario un cambio en su vida. Se dirigieron a Pedro
y también a los demás Apóstoles porque sabían
que Pedro había hablado y hablaba también en nombre de ellos,
y que por eso 'los Once' (es decir, todos los Apóstoles) eran testigos
de la misma verdad y habían recibido la misma misión. Es también
significativo el hecho de que los llamaron 'hermanos' haciéndose
eco de Pedro que había hablado con espíritu fraterno en su
discurso, en cuya última parte se había dirigido a los presentes
con el apelativo de 'hermanos'.
3. El mismo Pedro responde ahora la pregunta de los presentes. Es una
respuesta muy simple, que se puede muy bien definir lapidaría: 'Convertíos'
(Hech 2, 38). Con esta exhortación, Jesús de Nazaret había
comenzado su misión mesiánica (Cfr. Mc 1, 15). Ahora Pedro
la repite el día de Pentecostés, con el poder del Espíritu
de Cristo, que ha venido a él y a los demás Apóstoles.
Es el paso fundamental de la conversión obrada por el Espíritu
Santo, como lo he subrayado en la Encíclica Dominum et vivificantem:
'Convirtiéndose en !luz de los corazones!, es decir, de las conciencias,
el Espíritu Santo !convence en lo referente al pecado!, o sea hace
conocer al hombre su mal (el mal por él cometido) y, al mismo tiempo,
lo orienta hacia el bien... Bajo el influjo del Paráclito se realiza,
por tanto, la conversión del corazón humano, que es condición
indispensable para el perdón de los pecados' (n. 42).
4. 'Convertíos', en la boca de Pedro significa: pasad del rechazo
de Cristo a la fe en el Resucitado. La crucifixión había sido
la expresión definitiva del rechazo de Cristo, sellado por una muerte
infame sobre el Gólgota. Ahora el Apóstol exhorta a los que
crucificaron a Jesús a la fe en el Resucitado: 'Dios le resucitó
librándole de los dolores del Hades' (Hech 2, 24). Pentecostés
es ya la confirmación de la resurrección de Cristo.
La exhortación a la conversión implica sobre todo la fe
en Cristo-Redentor, pues la resurrección es la revelación
de aquel poder divino que, por medio de la crucifixión y muerte de
Cristo, realiza la redención del hombre, su liberación del
pecado.
Si, mediante las palabras de Pedro, el Espíritu Santo 'convence
en lo referente al pecado', lo hace 'en virtud de la Redención realizada
por la sangre del Hijo del hombre... La Carta a los Hebreos dice que esta
!sangre purifica nuestra conciencia (Cfr. 9, 14). Esta sangre, pues, por
decirlo de algún modo, abre al Espíritu Santo el camino hacia
la intimidad del hombre, es decir, hacia el santuario de las conciencias
humanas' (Dominum et vivificantem, 42).
A este nivel de profundidad y de interioridad )nos anuncia y atestigua
Pedro en su discurso de Pentecostés) llega la acción del Espíritu
Santo en virtud de la redención realizada por Cristo.
5. Pedro completa así sí su mensaje: 'Convertíos
y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo,
para remisión de vuestros pecados; y recibiréis el don del
Espíritu Santo' (Hech 2, 38). Aquí escuchamos el eco de lo
que Pedro y los demás Apóstoles oyeron de Jesús después
de su resurrección, cuando 'abrió sus inteligencias para que
comprendieran las Escrituras, y les dijo: !Así está escrito
que el Cristo padeciera y resucitara... y se predicara en su nombre la conversión
para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde
Jerusalén!' (Lc 24, 45)47).
Cumpliendo fielmente lo que Cristo había establecido (Cfr. Mc
16, 16; Mt 28, 19), Pedro exige no sólo 'da conversión', sino
también el bautismo en el nombre de Cristo 'para remisión
de los pecados' (Hech 2, 38). En efecto, los Apóstoles, el día
de Pentecostés, quedaron 'llenos del Espíritu Santo' (Cfr.
Hech 2, 4). Por eso, transmitiendo la fe en Cristo Redentor exhortan al
bautismo que es el primer sacramento de está fe. Puesto que ese bautismo
realiza la remisión de los pecados, la fe debe encontrar en el bautismo
la propia expresión sacramental para que el hombre se haga participe
del don del Espíritu Santo.
Este es el camino ordinario, podemos decir, de la conversión
y de la gracia. No se excluye que existan también otros caminos,
puesto que 'el Espíritu sopla donde quiere' (Cfr. Jn 3, 8) y puede
realizar la obra de la salvación mediante la santificación
del hombre, incluso fuera del sacramento, cuando éste no es posible.
Es el misterio del encuentro entre la gracia divina y el alma humana: baste
por ahora sólo haber hecho una alusión, porque volveremos
a hablar de ello, si Dios quiere, en las catequesis sobre el bautismo.
6. En la Encíclica Dominum et vivificantem me detuve a analizar
la victoria sobre el pecado obtenida por el Espíritu Santo en referencia
a la acción de Cristo Redentor. Allí escribí: 'El convencer
en lo referente al pecado, mediante el misterio de la predicación
apostólica en la Iglesia naciente, es relacionado (bajo el impulso
del Espíritu derramado en Pentecostés) con el poder redentor
de Cristo crucificado y resucitado. De este modo, se cumple la promesa referente
al Espíritu Santo hecha antes de Pascua: 'recibirá de lo
mío y os lo anunciará a vosotros'. Por tanto, cuando Pedro,
durante el acontecimiento de Pentecostés, habla del pecado de aquellos
que 'no creyeron' y entregaron a una muerte ignominiosa a Jesús
de Nazaret, da testimonio de la victoria sobre el pecado; victoria que se
ha alcanzado, en cierto modo, mediante el mayor pecado que el hombre podía
cometer: la muerte de Jesús, Hijo de Dios, consubstancial al Padre.
De modo parecido, la muerte del Hijo de Dios vence la muerte humana: 'Seré
tu muerte, oh muerte', como el pecado de haber crucificado al Hijo de Dios
'vence' el pecado humano. Aquel pecado que se consumó el día
de Viernes Santo en Jerusalén y también cada pecado del hombre
corresponde, en el corazón del Redentor, la oblación del amor
supremo, que supera el mal de todos los pecados de los hombres' (n. 31).
Por tanto, ¡la victoria es del amor! Esta es la verdad encerrada
en la exhortación de Pedro a la conversión mediante el bautismo.
7. En virtud del amor victorioso de Cristo también la Iglesia
nace en el bautismo sacramental por obra del Espíritu Santo el día
de Pentecostés, cuando suceden las primeras conversiones a Cristo.
En efecto, leemos que 'los que acogieron su Palabra (es decir, la verdad
encerrada en las palabras de Pedro) fueron bautizados. Aquel día
se les unieron unas tres mil almas' (Hech 2, 41): es decir, 'se unieron'
a los que ya con anterioridad habían quedado 'llenos del Espíritu
Santo', los Apóstoles. Una vez bautizados 'con el agua y con el Espíritu
Santo', se convierten en comunidad 'de los hijos adoptivos de Dios' (Cfr.
Rom 8, 15). Como 'hijos en el Hijo' (Cfr. Ef 1, 5) se hacen 'uno' en el
vinculo de una nueva fraternidad. Mediante la acción del Espíritu
Santo se transforman en la Iglesia de Dios.
8. A este respecto, conviene recordar el acontecimiento sucedido a Simón
Pedro en el lago de Genesaret. El evangelista Lucas narra que Jesús
'dijo a Simón: 'Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar'.
Simón le respondió: 'Maestro, hemos estado bregando toda la
noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes'.
Y, haciéndolo así, pescaron gran cantidad de peces, de modo
que las redes amenazaban romperse... y llenaron tanto las dos barcas que
casi se hundían. Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas
de Jesús, diciendo: 'Aléjate de mí, Señor, que
soy un hombre pecador'... Jesús dijo a Simón: 'No temas. Desde
ahora serás pescador de hombres'. Llevaron a tierra las barcas y,
dejándolo todo, le siguieron' (Lc 5,4-8.10-11).
En aquel acontecimiento)signo se encerraba el anuncio de la futura victoria
sobre el pecado mediante la fe, el arrepentimiento y el bautismo, predicados
por Pedro en nombre de Cristo. Aquel anuncio se hizo realidad el día
de Pentecostés, cuando quedó confirmado por obra del Espíritu
Santo. Pedro el pescador y sus compañeros del lago de Genesaret encontraron
en esta realidad la expresión pascual del poder de Cristo, y al mismo
tiempo el significado de su misión apostólica. Encontraron
la realización del anuncio: 'Desde ahora serás pescador de
hombres'.
Misión del Paráclito y anuncio del Reino (22.XI.89)
1. Como hemos visto en el progresivo desarrollo de las catequesis pneumatológicas,
en el día de Pentecostés el Espíritu Santo se revela
en su potencia salvífica. Se revela como 'otro Paráclito'
(Jn 14, 16) que 'procede del Padre' (Jn 15, 26) y 'que el Padre enviará
en el nombre del Hijo' (Jn 14, 26). Se 'revela como 'Alguien' distinto del
Padre y del Hijo, y al mismo tiempo de la misma sustancia que ellos. Se
revela por obra del Hijo, aunque permanece invisible. Se revela por medio
de su potencia con una acción propia, distinta de la del Hijo y al
mismo tiempo íntimamente unida a El. Así es el Espíritu
Santo según el anuncio de Cristo la víspera de su pasión:
'El me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os
lo anunciará a vosotros' (Jn 16, 14); 'no hablará por su cuenta,
sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de
venir' (Jn 16,13).
El Paráclito-Consolador no sustituye a Cristo, viene después
de El en virtud de su sacrificio redentor. Viene para que Cristo pueda permanecer
en la Iglesia y actuar en Ella como Redentor y Señor.
2. Escribí en la Encíclica Dominum et vivificantem : 'Entre
el Espíritu Santo y Cristo subsiste... en la economía de la
salvación una relación intima por la cual el Espíritu
actúa en la historia del hombre como !otro Paráclito!, asegurando
de modo permanente la transmisión y la irradiación de la Buena
Nueva revelada por Jesús de Nazaret. Así, resplandece la gloria
de Cristo en el Espíritu Santo Paráclito, que en el misterio
y en la actividad de la Iglesia continúa incesantemente la presencia
histórica del Redentor sobre la tierra y su obra salvífica,
como lo atestiguan las siguientes palabras de Juan: 'El me dará gloria,
porque recibirá de lo mío y os lo comunicará a vosotros'
(n. 7).
3. La verdad contenida en esta promesa de Jesús en Pentecostés
resulta transparente: el Espíritu Santo 'revela' plenamente el misterio
de Cristo, su misión mesiánica y redentora. La Iglesia primitiva
tiene conciencia de este hecho, como se deduce del primer kerygma de Pedro
y de muchos episodios sucesivos, anotados en los Hechos de los Apóstoles.
En el día de Pentecostés es significativo el hecho de
que Pedro, respondiendo a la pregunta de sus oyentes '¿Qué
hemos de hacer?' los exhorta: 'Convertíos y que cada uno de vosotros
se haga bautizar en el nombre de Jesucristo' (Hech 2, 38). Ya se sabe que
Jesús, enviando a los Apóstoles a todo el mundo, les había
ordenado que administraran el bautismo 'en el nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo' (Mt 28, 19). Pedro se hace eco fiel de aquella
palabra del Maestro Y el resultado es que, en la circunstancia, 'unas tres
mil almas' (Hech 2, 41 ) son bautizadas 'en el nombre de Jesucristo' (Hech
2, 38). Esta expresión, 'en el nombre de Jesucristo', representa
la clave para entrar con la fe en la plenitud del misterio trinitario y
llegar a ser posesión de Cristo, como personas consagradas a El.
En este sentido los Hechos hablan de la invocación del nombre de
Jesús para recibir la salvación (Cfr. 2, 21; 3, 16;4, 10-12;
8, 16; 10, 48; 19, 5; 22, 16), y San Pablo en sus Cartas insiste en la misma
exigencia de orden salvífico (Cfr. Rom 6, 3; 1 Cor 6, 11; Gal 3,
27; cfr. también Sant 2, 7). El bautismo 'en el Espíritu Santo',
conferido 'en el nombre de Cristo', hace concreto el don trinitario que
Jesús mismo prometió la tarde de la Ultima Cena, cuando dijo
a los Apóstoles: 'El Espíritu de la verdad... me dará
gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará
a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho:
recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros' (Jn
16, 13-15).
4. También en todas las acciones realizadas después de
Pentecostés bajo el influjo del Espíritu Santo, los Apóstoles
se refieren a Cristo como a razón, a principio, a potencia operante.
Así, en la curación del tullido que se encontraba 'junto a
la puerta del Templo llamada Hermosa' (Hech 3, 2), Pedro le dice: 'No tengo
plata ni oro; pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno,
ponte a andar' (Hech 3, 6). Este signo atrae bajo el pórtico a muchas
personas, y Pedro les habla, como el día de Pentecostés, del
Cristo crucificado que 'Dios... resucitó de entre los muertos, y
nosotros somos testigos de ello' (Hech 3, 15). Es la fe en Cristo la que
curó al tullido: 'Y por la fe en su nombre, este mismo nombre ha
restablecido a éste que vosotros veis y conocéis; es, pues,
la fe dada por su medio la que le ha restablecido totalmente ante todos
vosotros' (Hech 3, 16).
5. Cuando los Apóstoles fueron convocados por primera vez ante
el Sanedrín, 'Pedro, lleno del Espíritu Santo', en presencia
de los 'jefes del pueblo y de los ancianos' (Cfr. Hech 4, 8) dio una vez
más testimonio de Cristo crucificado y resucitado, y concluyó
su respuesta a los sanedristas de la siguiente manera: 'No hay bajo el cielo
otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos' (Hech
4, 12). Cuando fueron 'puestos en libertad', el autor de los Hechos narra
que volvieron 'a los suyos' y con ellos dieron gloria al Señor (Hech
4, 23)24). Luego hubo una especie de Pentecostés menor: 'Acabada
su oración, retembló el lugar donde estaban reunidos, y todos
quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban la Palabra de Dios
con valentía' (Hech 4, 31). Y también a continuación,
en la primera comunidad cristiana y ante el pueblo, 'dos Apóstoles
daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor
Jesús. Y gozaban todos de gran simpatía ' (Hech 4, 33) .
Manifestación particular de este intrépido testimonio
de Cristo será el diácono Esteban, el primer mártir,
del que leemos, en la narración de su muerte: 'El, lleno del Espíritu
Santo, miró fijamente al cielo y vio la gloria de Dios y a Jesús
que estaba en pie a la diestra de Dios; y dijo: 'Estoy viendo los cielos
abiertos y al Hijo del Hombre que está en pie a la diestra de Dios'.
Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos y se precipitaron
todos a una sobre él' (Hech 7, 55-59).
6. De estas y de otras narraciones de los Hechos resulta claramente que
la enseñanza impartida por los Apóstoles bajo el influjo del
Espíritu Santo tiene su punto de referencia, su clave de bóveda
en Cristo. El Espíritu Santo permite a los Apóstoles y a sus
discípulos penetrar en la verdad del Evangelio anunciado por Cristo,
y en particular en su misterio pascual. Enciende en ellos el amor a Cristo
hasta el sacrificio de su vida. Hace que la Iglesia realice, desde el principio,
el Reino traído por Cristo. Y este Reino, bajo la acción del
Espíritu Santo y con la colaboración de los Apóstoles,
de sus sucesores y de toda la Iglesia, se desarrollará en la historia
hasta el fin de los tiempos.
En los Evangelios, en los Hechos y en las Cartas de los Apóstoles
no hay trazas de utopismo pneumatológico, para el que al Reino del
Padre (Antiguo Testamento) y de Cristo (Nuevo Testamento) debería
suceder un Reino del Espíritu Santo, representado por los pretendidos
'espirituales' libres de toda la ley, incluso de la ley evangélica
predicada por Jesús. Como escribe Santo Tomás de Aquino, 'la
antigua ley no era sólo del Padre, sino también del Hijo,
puesto que la antigua ley prefiguraba a Cristo... Así también
la nueva ley no es sólo de Cristo, sino también del Espíritu
Santo, según la expresión paulina: !La ley del Espíritu
que da la vida en Cristo Jesús (Rom 8, 2). Por esto no hay que esperar
otra ley que sea del Espíritu Santo' (S.Th. II, q. 106, a. 4, ad
3). Fueron algunos medievales los que soñaron y predijeron, sobre
la base de las especulaciones apocalípticas del piadoso monje calabrés
Gioacchino da Fiore (1202), el acontecimiento de un 'tercer Reino', en el
que se llevaría a cabo la renovación universal que preparará
el fin del mundo predicha por Jesús (Cfr. Mt 24, 14). Pero Santo
Tomás hace también notar que 'desde el principio de la predicación
evangélica, Cristo afirmó: !el Reino de los cielos ha llegado
(Mt 4, 17). Por eso es algo realmente ridículo decir que el Evangelio
de Cristo no es el Evangelio del Reino' (S.Th. I)II, q. 106, a. 4, ad 4).
Es uno de los rarísimos casos en que el Santo Doctor usó palabras
severas al juzgar una opinión errónea, porque en el siglo
XIII estaba viva la polémica suscitada por las elucubraciones de
los 'espirituales', que abusaban de la doctrina de Gioacchino da Fiore,
y por otra parte él percibía toda la peligrosidad de las pretensiones
de los 'carismas', en perjuicio de la causa del Evangelio y del verdadero
'Reino de Dios'. Por ello, recordaba la necesidad de la 'predicación
del Evangelio en todo el mundo con pleno éxito, es decir, con la
fundación dela Iglesia en toda nación. Y en tal sentido...
el Evangelio no se ha predicado en todo el mundo: y el fin del mundo sucederá
después de esta predicación' (S.Th. I-II, q. 106, a. 4, ad
4).
Esta línea de pensamiento ha sido propia de la Iglesia desde
el principio, basándose en el kerygma de Pedro y de los demás
Apóstoles, en el que no hay ni sombra siquiera de una dicotomía
entre Cristo y el Espíritu Santo, sino más bien confirmación
de cuanto Jesús había dicho del Paráclito en la Ultima
Cena: 'El no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que
oiga, y os anunciará lo que ha de venir. El me dará gloria,
porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros'
(Jn 16, 13-14).
7. En este punto no podemos menos de alegrarnos del amplio espacio reservado
por la teología de nuestros hermanos de Oriente a la reflexión
sobre la relación entre Cristo y el Espíritu Santo, relación
que encuentra su expresión más intima en el Cristo)Pneuma
después de la resurrección y Pentecostés, según
lo que decía San Pablo acerca del 'último Adán, espíritu
que da vida' (1 Cor 15, 45). Es un campo abierto al estudio y a la contemplación
del misterio, que es al mismo tiempo cristológico y trinitario. En
la Encíclica Dominum et vivificantem se dice: 'La suprema y completa
autorrevelación de Dios, que se ha realizado en Cristo, atestiguada
por la predicación de los Apóstoles, sigue manifestándose
en la Iglesia mediante la misión del Paráclito invisible,
el Espíritu de la verdad. Cuán íntimamente esta misión
esté relacionada con la misión de Cristo y cuán plenamente
se fundamente en ella misma, consolidando y desarrollando en la historia
sus frutos salvíficos, está expresado con el verbo 'recibir':
'recibirá de lo mío y os lo comunicará'. Jesús,
para explicar la palabra 'recibirá', poniendo en clara evidencia
la unidad divina y trinitaria de la fuente, añade: 'Todo lo que tiene
el Padre es mío. Por eso os he dicho: Recibirá de lo mío
y os lo comunicará a vosotros'. Tomando de lo 'mío', por eso
mismo recibirá de 'lo que es del Padre' (n. 7).
Reconozcámoslo francamente: este misterio de la presencia trinitaria
en la humanidad mediante el Reino de Cristo y del Espíritu es la
verdad más bella y más letificante que la Iglesia puede dar
al mundo.
El Espíritu Santo en la Iglesia primitiva (29.XI.89)
1. La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés
es un acontecimiento Único, que, sin embargo, no se agota en sí
mismo. Al contrario, es el inicio de un proceso duradero, del que los Hechos
de los Apóstoles sólo nos narran las primeras fases. Se refieren,
ante todo a la vida de la Iglesia en Jerusalén, donde los Apóstoles,
tras haber dado testimonio de Cristo y del Espíritu y después
de haber conseguido las primeras conversiones, debieron defender el derecho
a la existencia de la primera comunidad de los discípulos y seguidores
de Cristo frente al Sanedrín. Los Hechos nos dicen que, también
frente a los ancianos, los Apóstoles fueron asistidos por la misma
fuerza recibida en Pentecostés: quedaron 'llenos del Espíritu
Santo' (Cfr., por ejemplo, Hech 4, 8).
Esta fuerza del Espíritu se manifiesta operante en algunos momentos
y aspectos de la vida de la comunidad jerosolimitana, de la que los Hechos
hacen una particular mención.
2. Resumámoslos sucintamente, comenzando por la oración
unánime en que la comunidad se recoge cuando los Apóstoles,
de vuelta del Sanedrín, refirieron a los 'hermanos' cuanto habían
dicho los sumos sacerdotes y los ancianos: 'Todos a una elevaron su voz
a Dios ' (Hech 4, 24). En la hermosa oración que nos refiere Lucas,
los orantes reconocen el plan de Dios en la persecución, recordando
cómo Dios ha hablado 'por el Espíritu Santo' (4, 25)y citan
las palabras del Salmo 2 (vv. 1.2), sobre las hostilidades desencadenadas
por los reyes y pueblos de la tierra 'contra el Señor y contra su
Ungido', aplicándolas a la muerte de Jesús: 'Porque verdaderamente
en esta ciudad se han aliado Herodes y Poncio Pilato con las naciones y
los pueblos de Israel contra tu santo siervo Jesús, a quien has ungido,
para realizar lo que en tu poder y en tu sabiduría habías
predeterminado que sucediera. Y ahora, Señor, ten en cuenta sus amenazas
y concede a tus siervos que puedan predicar tu Palabra con toda valentía
(Hech 4, 7.29).
Es una oración llena de fe y de abandono en manos de Dios, y
al final de la misma se realiza una nueva manifestación del Espíritu
y casi un nuevo acontecimiento de Pentecostés.
3. 'Acabada su oración, retembló el lugar donde estaban
reunidos' (Hech 4,31). Por consiguiente, se realiza una nueva manifestación
sensible del poder del Espíritu Santo, como había acontecido
en el primer Pentecostés. También la alusión al lugar
en que la comunidad se halla reunida confirma la analogía con el
Cenáculo, y significa que el Espíritu Santo quiere envolver
a toda la comunidad con su acción transformante. Entonces 'todos
quedaron llenos del Espíritu Santo', no sólo los Apóstoles
que habían afrontado a los jefes del pueblo, sino también
todos los 'hermanos' (4, 23) reunidos con ellos, que son
el núcleo central y más representativo de la primera comunidad.
Con el nuevo entusiasmo suscitado por la nueva plenitud' del Espíritu
Santo .dicen los Hechos. 'predicaban la Palabra de Dios con valentía
' (Hech 4, 31). Eso demostraban que había sido escuchada la oración
que habían dirigido al Señor: 'Concede a tus siervos que puedan
predicar tu Palabra con toda valentía' (Hech 4, 29).
El 'pequeño' Pentecostés marca, por tanto, un nuevo inicio
de la misión evangelizadora después del juicio y del encarcelamiento
de los Apóstoles por parte del Sanedrín. La fuerza del Espíritu
Santo se manifiesta especialmente en la valentía, que ya los miembros
del Sanedrín habían notado en Pedro y Juan, no sin quedar
maravillados 'sabiendo que eran hombres sin instrucción ni cultura'
y 'reconociendo... que habían estado con Jesús' (Hech 4, 13).
Ahora los Hechos subrayan de nuevo que 'llenos del Espíritu Santo
predicaban la Palabra de Dios con valentía'.
4. También toda la vida de la comunidad primitiva de Jerusalén
lleva las señales del Espíritu Santo, que es su guía
y su animador invisible. La visión de conjunto que ofrece Lucas nos
permite ver en aquella comunidad casi el tipo de las comunidades cristianas
formadas a lo largo de los siglos, desde las parroquiales a las religiosas,
en las que el fruto de la 'plenitud del Espíritu Santo' se concreta
en algunas formas fundamentales de organización, parcialmente recogidas
en la misma legislación de la Iglesia.
Son principalmente las siguientes: la 'comunión' (koinonía)
en la fraternidad y en el amor (Cfr. Hech 2, 42), de forma que se podía
decir de aquellos cristianos que eran 'un solo corazón y una sola
alma' (Hech 4, 32); el espíritu comunitario en la entrega de los
bienes a los Apóstoles para la distribución a cada uno según
sus necesidades (Hech 4, 34.37) o en su uso cuando se conservaba su propiedad,
de modo que 'nadie llamaba suyos a sus bienes' (4, 32; cfr. 2, 44.45; 4,
34.37); la comunión al escuchar asiduamente la enseñanza de
los Apóstoles (Hech 2, 42) y su testimonio de la resurrección
del Señor Jesús (Hech 4, 33); la comunión en la 'fracción
del pan' (Hech 2, 42), o sea, en la comida en común según
el uso judío, en la que, sin embargo, los cristianos insertaban el
rito eucarístico (Cfr. 1 Cor 10, 16; 11, 24; Lc 22, 19; 24, 35);
la comunión en la oración (Hech 2, 42.46.47). La Palabra de
Dios, la Eucaristía, la oración, la caridad fraterna, eran,
por tanto, el ámbito dentro del cual vivía, crecía
y se fortalecía la comunidad.
5. Por su parte, los Apóstoles 'daban testimonio con gran poder
de la resurrección del Señor Jesús' (4, 33) y realizaban
'muchas señales y prodigios'(5, 12), como habían pedido en
la oración del Cenáculo: 'Extiende tu mano para realizar curaciones,
señales y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús'
(Hech 4, 30). Eran señales de la presencia y de lección del
Espíritu Santo, a la que se refería toda la vida de la comunidad.
Incluso la culpa de Ananías y Safira, que fingieron llevar a los
Apóstoles y a la comunidad todo el precio de una propiedad vendida,
quedándose, sin embargo, con una parte, es considerada por Pedro
una falta contra el Espíritu Santo: 'Has mentido al Espíritu
Santo' (5, 3); '¿Cómo os habéis puesto de acuerdo para
poner aprueba al Espíritu del Señor?' (Hech 5, 9). No se trataba
de un 'pecado contra el Espíritu Santo' en el sentido en que hablaría
el Evangelio (Cfr. Lc 12, 10) y que pasaría a los textos morales
y catequísticos de la Iglesia. Era más bien, un dejar de cumplir
el compromiso de la 'unidad del Espíritu con el vinculo de la paz',
como diría San Pablo (Ef 4, 3) y, por tanto, una ficción al
profesar aquella comunión cristiana en la caridad, de la que es alma
el Espíritu Santo.
6. La conciencia de la presencia y de la acción del Espíritu
Santo vuelven a aparecer en la elección de los siete diáconos
hombres 'llenos de Espíritu Santo y de sabiduría' (Hech 6,
3) y, en particular, de Esteban, 'hombre lleno de fe y de Espíritu
Santo' (Hech 6, 5), que muy pronto comenzó a predicar a Jesucristo
con pasión, entusiasmo y fortaleza, realizando entre el pueblo 'grandes
prodigios y señales' (Hech 6, 8). Habiendo suscitado la ira y los
celos de una parte de los judíos, que se levantaron contra él,
Esteban no cesó de predicar y no dudó en acusar a aquellos
que se le oponían de ser los herederos de sus padres al 'resistir
al Espíritu Santo' (Hech 7, 51), yendo así serenamente al
encuentro del martirio, como narran los Hechos: 'El, lleno del Espíritu
Santo, miró fijamente el cielo y vio la gloria Dios y Jesús
que estaba en pie a la diestra de Dios ' (Hech 7, 55), y en aquella actitud
fue apedreado.
Así, la Iglesia primitiva, bajo la acción del Espíritu
Santo, añadía la experiencia de la comunión la del
martirio..
7. La comunidad de Jerusalén estaba compuesta por hombres y mujeres
provenientes del judaísmo, como los mismos Apóstoles y María.
No podemos olvidar este hecho, aunque a continuación aquellos judeocristianos,
reunidos en torno a Santiago cuando Pedro se dirigió a Roma, se dispersaron
y desaparecieron poco a poco. Sin embargo, lo que sabemos por los Hechos
debe inspirarnos respeto y también gratitud hacia aquellos nuestros
lejanos' hermanos mayores', en cuanto que ellos pertenecían a aquel
pueblo jerosolimitano que rodeaba de 'simpatía' a los Apóstoles
(Cfr. Hech 2, 47), los cuales 'daban testimonio con gran poder de la resurrección
del Señor Jesús' (Hech 4, 33). No podemos tampoco olvidar
que, después de la lapidación de Esteban y la conversión
de Pablo, la Iglesia, que se había desarrollado partiendo de aquella
primera comunidad, 'gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria; se edificaba
y progresaba en el temor del Señor y estaba llena de la consolación
del Espíritu Santo' (Hech 9, 31).
Por consiguiente, los primeros capítulos de los Hechos de los
Apóstoles nos testimonian que se cumplió la promesa hecha
por Jesús a los Apóstoles en el Cenáculo, la víspera
de su pasión: 'Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito
para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la
verdad' (Jn 14, 16.17). Como hemos visto a su tiempo, 'Consolador' .en griego
'Parákletos'. significa también Patrocinador o 'Defensor'.
Y ya sea como Patrocinador o 'Defensor', ya sea como 'Consolador', el Espíritu
Santo se revela presente y operante en la Iglesia desde sus inicios en el
corazón del judaísmo. Veremos que muy pronto el mismo Espíritu
llevará a los Apóstoles y a sus colaboradores a extender Pentecostés
a todas las gentes.
El Pentecostés de los gentiles (6.XII.89)
1. Con la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés,
después del cumplimiento del misterio pascual con la 'partida' de
Cristo mediante el sacrificio de la cruz, culmina la autorrevelación
de Dios por medio de su Hijo hecho hombre. De ese modo, 'se realiza así
completamente la misión del Mesías, que recibió la
plenitud del Espíritu Santo para el pueblo elegido de Dios y para
toda la humanidad. 'Mesías' literalmente significa 'Cristo'; es decir,
'Urgido'; y en la historia de la salvación significa 'ungido con
el Espíritu Santo'. Esta era la tradición profética
del Antiguo Testamento. Siguiéndola, Simón Pedro dirá
en casa de Cornelio: 'Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea...
después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús
de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder' (Hech
10, 37 ss.)' (Encíclica Dominum et vivificantem, 15). Pedro prosigue
con un breve resumen de la historia evangélica, que es también
un embrión del Credo, dando testimonio de Cristo crucificado y resucitado,
Redentor y Salvador de los hombres, en la línea de 'todos los profetas'
(Hech 10, 43).
2. Pero si, por una parte, Pedro relaciona la venida del Espíritu
Santo con la tradición del Antiguo Testamento, por otra sabe y proclama
que el día de Pentecostés constituye el inicio de un proceso
nuevo que durará por siglos, dando plena realización a la
historia de la salvación. Las primeras fases de este proceso se hallan
descritas en los Hechos de los Apóstoles. Y precisamente Pedro se
encuentra en el primer lugar en un acontecimiento decisivo de aquel proceso:
la entrada del primer pagano en la comunidad de la Iglesia primitiva, bajo
el evidente influjo del Espíritu Santo que conduce la acción
de los Apóstoles. Se trata del centurión romano Cornelio,
que residía en Cesarea. Pedro, que lo había introducido en
la comunidad de los bautizados, era consciente de la importancia decisiva
de aquel acto, sin duda no conforme a las costumbres religiosas vigentes,
pero al mismo tiempo sabía con certeza que Dios lo había querido.
De hecho, entró en la casa del centurión y 'encontró
a muchos reunidos. Y les dijo: 'Vosotros sabéis que no le está
permitido a un judío juntarse con un extranjero ni entrar en su casa;
pero a mí me ha mostrado Dios que no hay que llamar profano o impuro
a ningún hombre'(Hech 10, 28).
Fue un gran momento en la historia de la salvación. Con aquella
decisión, Pedro hacía salir a la Iglesia primitiva de los
confines étnico-religiosos de Jerusalén y del judaísmo,
y se convertía en instrumento del Espíritu Santo al lanzarla
hacia 'todas las gentes', según el mandato de Cristo (Cfr. Mt 28,
19). Se cumplía así de modo pleno y superior la tradición
profética sobre la universalidad del Reino de Dios en el mundo, mucho
más allá de la visión de los israelitas apegados a
la antigua Ley. Pedro había abierto el camino de la Nueva Ley, en
la que el Evangelio de la salvación debía llegar a los hombres
más allá de todas las distinciones de nación, cultura
y religión, para hacer que todos gocen de los frutos de la Redención.
3. En los Hechos de los Apóstoles encontramos una descripción
detallada de este evento. En la primera parte nos dan a conocer el proceso
interior a través del cual pasó Pedro para llegar a la conciencia
personal sobre el paso que había de dar. En efecto, leemos que Pedro,
que se encontraba en Joppe como huésped durante algunos días
de 'un tal Simón, curtidor' (Hech 9, 43), 'subió al terrado,
sobre la hora sexta, para hacer oración. Sintió hambre y quiso
comer. Mientras se lo preparaban le sobrevino un éxtasis, y vio los
cielos abiertos y que bajaba hacia la tierra una cosa como un gran lienzo,
atado por las cuatro puntas. Dentro de él había toda suerte
de cuadrúpedos, reptiles de la tierra y aves del cielo. Y una voz
le dijo: 'Levántate, Pedro, sacrifica y come'. Pedro contestó:
'De ninguna manera, Señor; jamás he comido nada profano e
impuro'. La voz le dijo por segunda vez: 'Lo que Dios ha purificado no lo
llames tú profano'. Esto se repitió tres veces, e inmediatamente
la cosa aquella fue elevada hacia el cielo' (Hech 10, 9.16).
Era una 'visión' en la que tal vez se proyectaban preguntas y
perplejidades que ya fermentaban en el ánimo de Pedro bajo la acción
del Espíritu Santo a la luz de las experiencias realizadas en las
primeras formas de predicación y en conexión con los recuerdos
de la enseñanza y del mandato de Cristo sobre la evangelización
universal. Era una pausa de reflexión que sobre aquel terrado de
Joppe, que daba hacia el Mediterráneo, preparaba a Pedro para el
paso decisivo que debía realizar.
4. En efecto, 'estaba Pedro perplejo pensando qué podría
significar la visión que había visto' (Hech 10, 17). Luego,
'estando Pedro pensando en la visión, le dijo el Espíritu:
'Ahí tienes unos hombres que te buscan. Baja, pues, al momento y
vete con ellos sin vacilar, pues yo los he enviado' (Hech 10, 19.20). Por
consiguiente, es el Espíritu Santo el que prepara a Pedro para la
nueva tarea. Y actúa, ante todo, mediante la visión, con la
que estimula al Apóstol a la reflexión y dispone el encuentro
con los tres hombres .dos siervos y un piadoso soldado (Hech 10, 7). mandados
desde Cesare buscarlo e invitarlo. Cuando el proceso interior hubo concluido,
el Espíritu d Pedro una orden concreta. Cumpliéndola, el Apóstol
toma la resolución de dirigirse a Cesarea, a la casa de Cornelio.
Acogido por el centurión, y por los que vivían en su casa,
con el respeto debido a un mensajero divino, Pedro reflexiona sobre su visión
y pregunta a los presentes: '¿Por qué motivo me habéis
enviado a llamar?' (Hech 10, 29).
Cornelio, 'hombre justo y temeroso de Dios' (Hech 10, 22), explica al
Apóstol cómo había surgido la idea de aquella invitación,
debida también ella a una inspiración divina Y concluye diciendo:
'Ahora, pues, todos nosotros, en la presencia de Dios, estamos dispuestos
para escuchar todo lo que te ha sido ordenado por el Señor' (Hech
10, 33).
5. La respuesta de Pedro que nos transmiten los Hechos es densa de significado
teológico y misionero. Leemos: 'Entonces, Pedro tomó la palabra
y dijo: 'Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas,
sino que en cualquier nación el que le tema y practica la justicia
le es grato. El ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles
la Buena Nueva de la paz, por medio de Jesucristo que es el Señor
de todos. Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por
Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo
Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo
y con poder, y cómo El pasó haciendo el bien y curando a todos
los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con El; y nosotros somos
testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y
en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándolo de un madero;
a éste Dios le resucitó al tercer. día y le concedió
la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios
había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con
El, después que resucitó de entre los muertos. Y nos mandó
que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que
El está constituido por Dios juez de vivos y muertos. De éste
todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en El alcanza,
por su nombre, el perdón de los pecados' (Hech 10, 34.43).
6. Convenía citar todo el texto porque es una condensación
ulterior del kerygma y una primera síntesis de la catequesis que
quedará fijada luego en el Credo. Son el kerygma y la catequesis
de Jerusalén que tuvieron lugar el día de Pentecostés,
repetidos en Cesarea en la casa del pagano Cornelio, donde se renueva el
acontecimiento del Cenáculo en lo que se podría llamar el
Pentecostés de los paganos, análogo al de Jerusalén,
como constata el mismo Pedro (Cfr. Hech 10, 47; 11, 15; 15, 8). En efecto,
leemos que 'estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu
Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los fieles
circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos
al ver que el don del Espíritu Santo había sido derramado
también sobre los gentiles' (Hech 10, 44.45).
7. 'Entonces Pedro dijo: '"Acaso puede alguno negar el agua del
bautismo a éstos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros?'
(Hech 10, 47).
Lo dijo ante los 'fieles circuncisos', o sea, los provenientes del judaísmo,
quienes se maravillaban porque oían que los parientes y los amigos
de Cornelio 'hablaban en lenguas y glorificaban a Dios' (Cfr. Hech 10, 46),
precisamente como había sucedido en Jerusalén el día
del primer Pentecostés. Una analogía de acontecimientos llena
de significado; más aún, casi el mismo acontecimiento, un
único Pentecostés, que tuvo lugar en diversas circunstancias.
Idéntica es la conclusión: Pedro 'mandó que fueran
bautiza dos en el nombre de Jesucristo' (Hech 10, 48). Se verificó
entonces el bautismo de los primeros paganos. Así, en virtud de su
autoridad apostólica, Pedro, guiado por la luz del Espíritu
Santo, da inicio a la difusión del Evangelio y de la Iglesia más
allá de los confines de Israel.
8. El Espíritu Santo, que había descendido sobre los Apóstoles
en virtud del sacrificio redentor de Cristo, ahora ha confirmado que el
valor salvífico de este sacrificio engloba a todos los hombres. Pero
había escuchado que se le decía interiormente: 'Lo que Dios
ha purificado no lo llames tú profano' (Hech 10, 15). Sabía
muy bien que la purificación se había realizado por medio
de la sangre de Cristo, Hijo de Dios, quien, como leemos en la Carta a los
Hebreos(9, 14), 'por el mismo Espíritu Eterno se ofreció a
sí mismo sin tacha a Dios', de forma que estamos seguros de que aquella
sangre 'purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir
culto a Dios vivo'. Pedro se había dado cuenta más claramente
de que habían llegado los nuevos tiempos en los que, como habían
predicho los profetas, incluso los sacrificios de los paganos resultarían
gratos a Yahvéh (Cfr. Is 56, 7; Mal 1, 11; y también Rom 15,
16; Flp 4, 18; 1 Pe 2, 5). Por eso dijo con plena conciencia a centurión
Cornelio: 'Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de
personas', como Israel había comprendido ya desde el Deuteronomio,
que se refleja en las palabras del Apóstol: 'Yahvéh vuestro
Dios es el Dios de los dioses y el Señor de los señores, el
Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas
' (Dt 10, 17). Los Hechos nos atestiguan que Pedro fue el primero en captar
el sentido nuevo de esta idea antigua, como fue transmitida en la doctrina
de los Apóstoles (Cfr. 1 Pe 1, 17; Gal 2, 6; Rom 2, 11).
Esta es la génesis interior de aquellas hermosas palabras dirigidas
a Cornelio sobre la relación humana con Dios: '... el que le teme
y practica la justicia le es grato' (Hech 10, 35).
El 'Pentecostés de los paganos' (13.XII.89)
1. Después del bautismo de los primeros paganos, administrado
por orden de Pedro en Cesarea en la casa del centurión Cornelio,
el Apóstol se detuvo algunos días entre aquellos nuevos cristianos,
a invitación suya (Cfr. Hech 10, 48). Eso no agradó a los
'Apóstoles' y a los 'hermanos' que habían permanecido en Jerusalén,
quienes le reprocharon por ello a su regreso (Cfr. Hech 11, 3). Pedro, en
vez de defenderse de esa acusación, prefirió 'explicarles
punto por punto' cómo había sucedido todo (Cfr. Hech 11. 4).
de modo que los hermanos procedentes del judaísmo pudieran valorar
toda la importancia del hecho de que 'también los gentiles habían
aceptado la Palabra de Dios' (Hech 11, 1).
Por tanto, les puso al corriente de la visión tenida en Joppe,
de la invitación de Cornelio, del impulso interior procedente del
Espíritu Santo para que superara toda duda (Cfr. Hech 11, 12) y,
finalmente, de la venida del Espíritu Santo sobre los que se hallaban
presentes en la casa del centurión (Cfr. Hech 11, 16), para concluir
así su relación: 'Me acordé entonces de aquellas palabras
que dijo el Señor: Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis
bautizados con el Espíritu Santo . Por tanto, si Dios les ha concedido
el mismo don que a nosotros por haber creído en el Señor Jesucristo,
¿quién era yo para poner obstáculos a Dios?' (Hech
11, 16.17).
Según Pedro ésta era la verdadera cuestión, y no
el hecho de haber aceptado la hospitalidad de un centurión proveniente
del paganismo, cosa insólita y considerada ilegítima por los
cristianos de origen judío de Jerusalén. Es hermoso constatar
la eficacia de la palabra de Pedro, ya que leemos en los Hechos que 'al
oír esto se tranquilizaron y glorificaron a Dios diciendo: así
pues, también a los gentiles les ha dado Dios la conversión
que lleva a la vida' (Hech 11, 18).
Era la primera victoria sobre la tentación del particularismo
socio-religioso que amenazaba a la Iglesia primitiva por haber nacido de
la comunidad jerosolimitana y judía. La segunda victoria la conseguiría,
de modo aún más resonante, con la ayuda de Pedro, el Apóstol
Pablo. De esto hablaremos más adelante.
2. Ahora detengámonos a considerar cómo Pedro prosigue
por el camino iniciado con el bautismo de Cornelio: aparecerá de
nuevo que es el Espíritu Santo quien guía a los Apóstoles
en esta dirección.
Los Hechos nos dicen que los convertidos de Jerusalén, 'que se
habían dispersado cuando la tribulación originada a la muerte
de Esteban', realizaban una labor de proselitismo en los lugares donde se
habían establecido, pero 'sin predicar la Palabra a nadie más
que a los judíos' (Hech 11, 19). Sin embargo, algunos de ellos, que
eran ciudadanos de Chipre y de Cirene, tras llegar a Antioquía, capital
de la Siria, comenzaron a hablar también a los griegos (es decir,
a los no judíos), 'y les anunciaban la Buena Nueva del Señor
Jesús. La mano del Señor estaba con ellos, y un crecido número
recibió la fe y se convirtió al Señor. La noticia de
esto llegó a oídos de la Iglesia de Jerusalén y enviaron
a Bernabé a Antioquía' (Hech 11, 20.22). Era una especie
de inspección decidida por la comunidad que, por ser la comunidad
originaria, se atribuía la tarea de vigilancia sobre las demás
Iglesias (Cfr. Hech 8, 14; 11, 1; Gal 2, 2). Bernabé se dirigió
a Antioquía, y 'cuando llegó y vio la gracia de Dios se alegró
y exhortaba a todos a permanecer, con corazón firme, unidos al Señor,
porque era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Y una
considerable multitud se agregó al Señor. Partió para
Tarso en busca de Saulo y, en cuanto le encontró le llevó
a Antioquía. Estuvieron juntos durante un año entero en la
Iglesia y adoctrinaron a una gran muchedumbre. En Antioquía fue donde,
por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de 'cristianos'
(Hech 11, 24.26).
Es otro momento decisivo para la nueva fe fundada en la alianza en Cristo,
crucificado y resucitado. Incluso la nueva denominación de 'cristianos'
manifiesta la solidez del vinculo que une entre sí a los miembros
de la comunidad. El 'Pentecostés de los paganos' iluminado por la
predicación y por el comportamiento de Pedro lleva progresivamente
a cumplimiento el anuncio de Cristo acerca del Espíritu Santo: 'El
me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará
a vosotros' (Jn 16, 14). El afirmarse del cristianismo bajo la acción
del Espíritu Santo lleva a cabo con evidencia creciente la glorificación
del 'Señor Jesús'.
3. En el cuadro de las relaciones entre la Iglesia de Antioquía
y la de Jerusalén, hemos visto entrar en escena a Saulo de Tarso,
llevado por Bernabé a Antioquía. Los Hechos nos dicen que
'estuvieron juntos durante un año entero en la Iglesia y adoctrinaron
a una gran muchedumbre' (Hech 11, 26). Poco después añaden
que un día, 'mientras estaban celebrando el culto del Señor
y ayunando, dijo el Espíritu Santo. Separadme y Bernabé y
a Saulo para la obra a la que los he llamado . Entonces, después
de haber ayunado y orado, les impusieron las manos y les enviaron. Ellos,
pues, enviados por el Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí
navegaron hasta Chipre' (Hech 13, 2.4). Conviene recordar que Chipre era
la patria de Bernabé. (Hech 4, 36). La vocación y la misión
de Saulo, junto a Bernabé, se delinea de esta forma como querida
por el Espíritu Santo, el cual abre así una nueva fase de
desarrollo en la vida de la Iglesia primitiva.
4. Es conocida la historia de la conversión de Saulo de Tarso
y su importancia para la evangelización del mundo antiguo, afrontada
por él con toda la fuerza y el vigor de su alma gigantesca, cuando
de Saulo se convirtió en Pablo; el Apóstol de las naciones
(Cfr. Hech 13, 9). Aquí recordaremos sólo las palabras que
le dirigió el discípulo Ananías de Damasco, cuando
por orden del Señor fue a encontrar, 'en casa de Judas, en la calle
Recta' (Hech 9, 10), al perseguidor de los cristianos espiritualmente transformado
por el encuentro con Cristo. Según los Hechos, 'fue Ananías,
entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: 'Saulo, hermano,
me ha enviado a ti el Señor Jesús, el que se te apareció
en el camino por donde venías, para que recobres la vista y seas
lleno del Espíritu Santo' (Hech 9, 17). De hecho, Saulo recobró
la vista y enseguida comenzó a dar testimonio en las sinagogas primero
en Damasco, 'demostrándoles que aquél era el Cristo' (Hech
9, 22), luego en las de Jerusalén, iba y venía 'predicando
valientemente en el nombre del Señor' y discutiendo 'con los helenistas'
(Hech 9, 29). Estos judíos 'helenistas' violentamente opuestos a
todos los propagandistas cristianos (Cfr. Hech 6, 9; 7,58; 9, 1; 21, 27;
24, 19), se encarnizaron especialmente contra Saulo, hasta el punto de intentar
matarlo (Cfr. Hech 9. 29). 'Los hermanos, al saberlo, le llevaron a Cesarea
y le hicieron marchar a Tarso' (Hech 9, 30). Es aquí donde irá
a buscarlo Bernabé para llevarlo consigo a Antioquía (Cfr.
Hech 11, 25.26).
5.Ya sabemos que el desarrollo de la Iglesia en Antioquía, debido
en gran parte a la afluencia de los 'griegos' que se convertían al
Evangelio (Cfr. Hech 11, 20), había suscitado el interés de
la Iglesia de Jerusalén, en la que, sin embargo, incluso después
de la inspección de Bernabé, había permanecido cierta
perplejidad acerca de la medida tomada al admitir a los paganos al cristianismo
sin hacerlos pasar por la vía de Moisés. De hecho, en un momento
determinado, 'bajaron algunos (a Antioquía) de Judea que enseñaban
a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica,
no podéis salvaros . Se produjo con esto una agitación y una
discusión no pequeña de Pablo y Bernabé contra ellos;
y decidieron que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén,
donde los Apóstoles y presbíteros, para tratar esta cuestión'
(15, 1.2).
Era un problema fundamental, que tocaba la misma esencia del cristianismo
como doctrina y como vida fundada sobre la fe en Cristo, y su originalidad
e independencia del judaísmo.
El problema quedó resuelto en el 'concilio' de Jerusalén
(como se le suele llamar) por obra de los Apóstoles y de los presbíteros,
pero bajo la acción del Espíritu Santo. Narran los Hechos
que 'después de una larga discusión, Pedro se levantó
y les dijo: Hermanos, vosotros sabéis que ya desde los primeros
días me eligió Dios entre vosotros para que por mi boca oyesen
los gentiles la Palabra de la Buena Nueva y creyeran. Y Dios, conocedor
de los corazones, dio testimonio en su favor comunicándoles el Espíritu
Santo como a nosotros, y no hizo distinción alguna entre ellos y
nosotros, pues purificó sus corazones con la fe ' (Hech 15, 7.9).
Era el momento trascendental de la toma de conciencia del 'Pentecostés
de los paganos' en la comunidad madre de Jerusalén, donde se hallaban
reunidos los máximos representantes de la Iglesia. Esta, en todo
su conjunto, se daba cuenta de que vivía y se movía 'llena
de la consolación del Espíritu Santo' (Hech 9, 31). Sabía
que no sólo los Apóstoles sino también los demás
'hermanos' habían tomado decisiones y realizado acciones bajo la
moción del Espíritu, como, por ejemplo, Esteban (Hech 6, 5;
7, 55), Bernabé y Saulo (Hech 13, 2.4.9).
Pronto conocería un hecho acaecido en Éfeso, donde había
llegado Saulo convertido en Pablo, y narrado así por los Hechos:
'Mientras Apolo (otro predicador evangélico) estaba en Corinto, Pablo
atravesó las regiones altas y llegó a Éfeso donde,
encontró algunos discípulos; les preguntó: '"Recibisteis
el Espíritu Santo cuando abrazasteis la fe?'. Ellos contestaron:
'"Pero si nosotros no hemos oído decir siquiera que exista el
Espíritu Santo'... Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre
del Señor Jesús. Y, habiéndoles Pablo impuesto las
manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo y se pusieron a hablar
en lenguas y a profetizar' (Hech 19, 1.2.5.6). La comunidad de Jerusalén
sabía, por consiguiente, que aquella especie de epopeya del Espíritu
Santo estaba realizándose a través de muchos portadores de
carismas y de ministerios apostólicos. Pero en aquel primer concilio
se produjo un hecho eclesiástico institucional, reconocido como determinante
para la evangelización del mundo entero, gracias a la intima conexión
entre la asamblea, presidida por Pedro, y el Espíritu Santo.
7. De hecho, los Apóstoles comunicaron las conclusiones a las
que habían llegado y las decisiones que habían tomado, con
una fórmula muy significativa: 'Hemos decidido el Espíritu
Santo y nosotros' (Hech 15, 28). Era la expresión
de su plena conciencia de actuar bajo la guía de este Espíritu
de la verdad que Cristo les había prometido (Cfr. Jn 14, 16.17).
Ellos sabían que recibían de Él el prestigio que hacía
posible tomar aquella decisión, y la misma certeza de las decisiones
tomadas. Era el Paráclito, el Espíritu de la verdad, quien
en este momento hacía que el 'Pentecostés' de Jerusalén
se transformase cada vez más también en el 'Pentecostés
de los paganos' Así la Nueva Alianza de Dios con la humanidad 'en
la sangre de Cristo' (Cfr. Lc 22, 20) se abría hacia todos los pueblos
y naciones, hasta los extremos confines de la tierra.
La fecundidad de Pentecostés (20.XII.89)
1. Las catequesis sobre el Espíritu Santo tenidas hasta hoy estaban
ligadas sobre todo al acontecimiento de Pentecostés. Hemos podido
ver que, desde el día en que los Apóstoles, reunidos en el
Cenáculo de Jerusalén, fueron 'llenos del Espíritu
Santo' (Cfr. Hech 2, 4), tuvo inicio un proceso que, a través de
varias etapas descritas por los Hechos de los Apóstoles, muestra
la acción del Espíritu Santo como la de 'otro Paráclito'
prometido por Jesús (Cfr. Jn 14,16), y que vino a dar cumplimiento
a su obra salvífica. El permanece siempre el 'Dios escondido', invisible,
y a pesar de ello los Apóstoles tienen la plena conciencia de que
es precisamente El quien actúa en ellos y en la Iglesia. Es El quien
los guía, es El quien les da la fuerza para ser testigos de Cristo
crucificado y resucitado hasta el martirio, como en el caso del diácono
Esteban; es El quien les señala el camino hacia los hombres; es El
quien por medio de ellos convierte a cuantos abren su corazón a su
acción. Muchos de ellos se encuentran también fuera de Israel.
El primero es el centurión romano Cornelio en Cesarea. En Antioquía
y en otros lugares se multiplican y el Pentecostés de Jerusalén
se difunde ampliamente y alcanza poco a poco a los hombres y a todas las
comunidades humanas.
2.. Se puede decir que en todo este proceso, descrito por los Hechos
de los Apóstoles, se ve realizarse el anuncio dado por Cristo a Pedro
con ocasión de la pesca milagrosa: 'No temas. Desde ahora serás
pescador de hombres' (Lc 5,10; cfr. también Jn 21, 11.15-17).
También en el éxtasis de Joppe (Cfr. Hech 11, 5), Pedro
tuvo que evocar aquella idea de abundancia, cuando vio que el lienzo bajaba
hacia él y luego volvía a subir al cielo lleno de 'los cuadrúpedos
de la tierra, las bestias, los reptiles y las aves del cielo', mientras
una voz le decía: 'Levántate, sacrifica y come' (Hech 11,
6.7). Aquella abundancia podía muy bien significar los abundantes
frutos del ministerio apostólico, que el Espíritu Santo produciría
mediante la acción de Pedro y de los demás Apóstoles,
como Jesús lo había anunciado ya la víspera de su pasión:
'En verdad, en verdad os digo: el que crea en mi, hará él
también las obras que yo hago, y hará mayores aún,
porque yo voy al Padre' (Jn 14, 12). Ciertamente, no sólo las palabras
humanas de los Apóstoles constituían la fuente de aquella
abundancia, sino también el Espíritu Santo que actuaba directamente
en los corazones y en las conciencias de los hombres. Del Espíritu
Santo provenía toda la 'fecundidad' espiritual de la misión
apostólica.
3.. Los Hechos de los Apóstoles anotan el progresivo ensanchamiento
del círculo de aquellos que creían y se adherían a
la Iglesia, a veces dando su número y a veces hablando de ellos de
forma más genérica.
Así, a propósito de cuanto sucedió el día
de Pentecostés en Jerusalén, leemos que 'aquel día
se les unieron unas tres mil almas' (Hech 2, 41). Después del segundo
discurso de Pedro, nos informan de que 'muchos de los que oyeron la Palabra
creyeron; y el número de hombres llegó a unos cinco mil' (Hech
4, 4).
Lucas quiere subrayar este incremento numérico de los creyentes,
sobre el que insiste también a continuación, aun sin ofrecer
nuevas cifras: 'La Palabra de Dios iba creciendo; en Jerusalén se
multiplicó considerablemente el número de los discípulos,
y multitud de sacerdotes iban aceptando la fe' (Hech 6, 7). Naturalmente,
lo que más importa no es el número, que podría hacer
pensar en conversiones en masa. En realidad Lucas subraya el hecho de la
relación de los convertidos con Dios: 'El Señor agregaba cada
día a la comunidad a los que se habían de salvar' (Hech 2,
47). 'Los creyentes cada vez en mayor número se adherían al
Señor, una multitud de hombres y mujeres' (Hech 5, 14). Y, sin embargo,
el número tiene su importancia, como prueba o signo de una fecundidad
proveniente de Dios. Por eso Lucas nos da a conocer que el 'multiplicarse
los discípulos' es el motivo por el que fueron escogidos siete diáconos.
El nos dice también que 'la Iglesia... crecía' (Hech 9, 31).
En otro pasaje nos informa de que 'una considerable multitud se agregó
al Señor' (Hech 11, 24). Y además, 'las Iglesias... se afianzaban
en la fe y crecían en número de día en día'
(Hech 16, 5).
4.. En este incremento numérico y espiritual el Espíritu
Santo se dejaba reconocer como el 'Paráclito' anunciado por Cristo.
De hecho, Lucas nos dice que 'las Iglesias... estaban llenas de la consolación
del Espíritu Santo' (Hech 9,31). Esta consolación no abandonaba
a los testigos y a los confesores de Cristo en medio de las persecuciones
y las dificultades de la evangelización. Pensamos en la persecución
sufrida por Pablo y Bernabé en Antioquía de Pisidia, de donde
fueron expulsados. Esto no les quita su entusiasmo y su celo apostólico:
de hecho, 'sacudieron... el polvo de sus pies, y se fueron a Iconio. Los
discípulos quedaron llenos de gozo y del Espíritu Santo' (Hech
13, 51 52).
Este gozo, proveniente del Espíritu Santo, refuerza a los Apóstoles
y a los discípulos en las pruebas, puesto que sin desanimarse seguían
llevando por todas partes el mensaje salvífico de Cristo.
5. Así, desde el día de Pentecostés, el Espíritu
Santo se manifiesta como Aquel que da la fuerza interior (don de la fortaleza)
y al mismo tiempo ayuda a realizar las oportunas opciones (don del consejo),
sobre todo cuando revisten una importancia decisiva, como en la cuestión
del bautismo del centurión Cornelio, el primer pagano que Pedro admitió
a la Iglesia, o en el 'concilio' de Jerusalén, cuando se trató
de establecer las condiciones requeridas para admitir entre los cristianos
a los que se convertían del paganismo.
6. De la fecundidad de Pentecostés derivan también las
'señales' o milagros, de los que hemos hablado en anteriores catequesis.
Esas señales acompañaban la actividad de los Apóstoles,
como hacen notar con frecuencia los Hechos: 'Por mano de los Apóstoles
se realizaban muchas señales y prodigios en el pueblo' (Hech 5, 12).
Como había acaecido con la enseñanza de Cristo, estas señales
se orientaban a confirmar la verdad del mensaje salvífico. Esto se
dice abiertamente a propósito de la actividad del diácono
Felipe: 'La gente escuchaba con atención y con un mismo espíritu
lo que decía Felipe, porque le oían y veían las señales
que realizaba' (Hech 8, 6). El autor especifica que se trataba de liberación
de los endemoniados y de curación de los paralíticos y de
los cojos. Luego concluye: 'Y hubo una gran alegría en aquella ciudad'
(Hech 8, 6 8).
Es conveniente notar que se trata de una ciudad de Samaria (Cfr. Hech
8, 9): región habitada por una población que, aun compartiendo
con Israel la raza y la religión, estaba separada de él por
razones históricas y doctrinales (Cfr. Mt 10, 5 6; Jn 4, 9). Y, sin
embargo, también los samaritanos esperaban al Mesías (Cfr.
Jn 4, 25). Por entonces el diácono Felipe, conducido por el Espíritu,
se había dirigido a ellos para anunciarles que el Mesías había
venido, y había ofrecido como confirmación de esa Buena Noticia
algunos milagros: por eso se explica la alegría de aquella gente.
7.. Los Hechos añaden un episodio, del que debemos hacer al menos
una alusión, porque demuestran cuán elevada concepción
del Espíritu Santo tenían los predicadores evangélicos.
En aquella ciudad de Samaria, antes de la venida de Felipe, 'había
ya de tiempo atrás un, hombre llamado Simón que practicaba
la magia y tenía atónito al pueblo de Samaria y decía
que él era algo grande. Y todos, desde el menor hasta el mayor, le
prestaban atención...' (Hech 8, 9.10). ¡Cosas de todos los
tiempos! 'Pero cuando creyeron a Felipe que anunciaba la Buena Nueva del
Reino de Dios y el nombre de Jesucristo, empezaron a bautizarse hombres
y mujeres. Hasta el mismo Simón creyó y, una vez bautizado,
no se apartaba de Felipe; y estaba atónito al ver las señales
y grandes milagros que se realizaban' (Hech 8, 12 13).
Cuando en Jerusalén supieron que también 'Samaria había
aceptado la Palabra de Dios' predicada por Felipe, los Apóstoles
'les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que
recibieran el Espíritu Santo; pues todavía no había
descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido
bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían
las manos y recibían e! Espíritu Santo' (Hech 8, 14.17).
. Fue entonces cuando Simón, deseoso de adquirir también
él el poder de 'conferir el Espíritu', como los Apóstoles,
mediante la imposición de las manos, les ofreció dinero para
obtener a cambio aquel poder sobrenatural. (De aquí deriva la palabra
'simonía', que significa comercio en cosas sagradas.) Pero Pedro
reaccionó con indignación ante aquel intento de adquirir con
dinero 'el don de Dios', que es precisamente el Espíritu Santo (Hech
8, 20; cfr. 2, 38; 10, 45; 11, 17; Lc 11, 9, 13), amenazando a Simón
con la maldición divina.
Los dos Apóstoles volvieron luego a Jerusalén, evangelizando
las aldeas de Samaria por donde pasaron; Felipe, en cambio, bajó
hacia Gaza e, impulsado por el Espíritu Santo, se acercó a
un funcionario de la reina de Etiopía que pasaba por el camino en
su carro, y 'se puso a anunciarle la Buena Nueva de Jesús' (Hech
8, 25.26, 27, 35) y a esto siguió el bautismo. 'Y en saliendo del
agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe ' (Hech
8, 39).
Como se ve, Pentecostés se difundía y fructificaba abundantemente,
suscitando adhesiones al Evangelio y conversiones en el nombre de Jesucristo.
Los Hechos de los Apóstoles son la historia del cumplimiento de la
promesa de Cristo: es decir, que el Espíritu Santo, mandado por El,
debía descender sobre los discípulos y realizar su obra cuando
El, terminada su 'jornada de trabajo' (Cfr. Jn 5, 17), concluida con la
noche de la muerte (Cfr. Lc 13, 33; Jn 9, 4), volviera al Padre (Cfr. Jn
13, 1; 15, 28). Esta segunda fase de la obra redentora de Cristo comienza
con Pentecostés. |