¿Qué quiere decir "creer"? 13.III.85
1. El primer y fundamental punto de referencia de la presente catequesis
son las profesiones de la fe cristiana universalmente conocidas. Se llaman
también 'símbolos de fe'. La palabra griega 'symbolon' significaba
la mitad de un objeto partido (p.ej. un sello) que se presentaba como el
signo de reconocimiento. En nuestro caso, los 'símbolos' significan
la colección de las principales verdades de fe, es decir, de aquello
en lo que la Iglesia cree.
2. Entre los varios 'símbolos de fe' antiguos, el más autorizado
es el 'símbolo apostólico', de origen antiquísimo y
comúnmente recitado en las 'oraciones del cristiano'. En él
se contienen las principales verdades de la fe transmitidas por los Apóstoles
de Jesucristo. Otro símbolo antiguo y famoso es el 'niceno-constantinopolitano':
contiene las mismas verdades de la fe apostólica autorizadamente
explicadas en los dos primeros Concilios Ecuménicos de la Iglesia
universal: Nicea (325) I Constantinopla (381).
Los símbolos de fe son el principal punto de referencia para la
presente catequesis. Pero ellos nos remiten al conjunto del 'depósito
de la Palabra de Dios', constituido por la Sagrada Escritura y la Tradición
apostólica, del que son una síntesis conocida. Por esto, a
través de las profesiones de fe nos proponemos remontarnos también
nosotros a ese 'depósito' inmutable, guiados por la interpretación
que la Iglesia, asistida por el Espíritu Santo, ha dado de él
en el curso de los siglos.
3. Cada uno de los mencionados 'símbolos' comienza con la palabra
'creo'. Efectivamente, cada uno de ellos nos sirve no tanto como instrucción,
sino como profesión. Los contenidos de esta confesión son
las verdades de la fe cristiana: todas están enraizadas en esta primera
palabra 'creo'. Y precisamente sobre esta expresión 'creo', deseamos
centrarnos en esta primera catequesis.
La expresión está presente en el lenguaje cotidiano, aún
independientemente de todo contenido religioso, y especialmente del cristiano.
'Te creo', significa: me fío de ti, estoy convencido de que dices
la verdad. 'Creo en lo que tú dices' significa: estoy convencido
de que el contenido de tus palabras corresponde a la realidad objetiva.
En este uso común de la palabra 'creo' se ponen de relieve algunos
elementos esenciales. 'Creer' significa aceptar y reconocer como verdadero
y correspondiente a la realidad el contenido de lo que se dice, esto es,
de las palabras de otra persona (o incluso de más personas), en virtud
de su credibilidad (o de ellas). Esta credibilidad decide, en un caso dado,
sobre la autoridad especial de la persona: la autoridad de la verdad. Así,
pues, al decir 'Creo', expresamos simultáneamente una doble referencia:
a la persona y a la verdad; a la verdad, en consideración de la persona
que tiene particulares títulos de credibilidad.
4. La palabra 'creo' aparece con frecuencia en las páginas del
Evangelio y de toda la Sagrada Escritura. Sería muy útil confrontar
y analizar todos los puntos del Antiguo y Nuevo Testamento que nos permiten
captar el sentido bíblico del 'Creer'. Al lado del verbo 'creer'
encontramos también el sustantivo 'fe' como una de las expresiones
centrales de toda la Biblia. Encontramos incluso cierto tipo de 'definiciones',
como p.ej.: 'La fe es la garantía de lo que se espera, la prueba
de las cosas que no se ven' ('fides est sperandarum substantia rerum et
argumentum non apparentium') de la Carta a los Hebreos (11, 1).
Estos datos bíblicos han sido estudiados, explicados, desarrollados
por los Padres y los teólogos a lo largo de dos mil años de
cristianismo, como nos lo atestigua la enorme literatura exegética
y dogmática que tenemos a disposición. Lo mismo que en los
'símbolos', así también en toda la teología
el 'creer', la 'fe', es una categoría fundamental. Es también
el punto de partida de la catequesis, como primer acto con el que se responde
a la Revelación de Dios.
5. En el presente encuentro nos limitaremos a una sola fuente, pero que
resume todas las otras. Es la Constitución conciliar Dei Verbum del
Vaticano II. Allí leemos:
'Quiso Dios, con su bondad y sabiduría, revelarse a Sí
mismo y manifestar el misterio de su voluntad; mediante el cual los hombres,
por Cristo, la Palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden
llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina.' (Dei Verbum,
2).
'Cuando Dios revela, el hombre tiene que someterse con la fe. Por la
fe el hombre se entrega entera y libremente a Dios, le ofrece el homenaje
total de su entendimiento y voluntad, asintiendo libremente a lo que Dios
le revela' (Dei Verbum, 5).
En estas palabras del documento conciliar se contiene la respuesta a
la pregunta: ¿Qué significa 'creer'?. La explicación
es concisa, pero condensa una gran riqueza de contenido. Deberemos en lo
sucesivo penetrar más ampliamente en esta explicación del
Concilio (.).
Ante todo hay una cosa obvia: existe un genético y orgánico
vínculo entre nuestro 'credo' cristiano y esa particular 'iniciativa'
de Dios mismo, quese llama 'Revelación'.
Por esto, la catequesis sobre el 'credo' (la fe), hay que realizarla
juntamente con la de la Revelación divina. Lógica e históricamente
la revelación precede a la fe. La fe está condicionada por
la Revelación. Es la respuesta del hombre a la divina Revelación.
Digamos desde ahora que esta respuesta es posible y justo darla, porque
Dios es creíble. Nadie lo es como El. Nadie como El posee la verdad.
En ningún caso como en la fe en Dios se realiza el valor conceptual
y semántico de la palabra tan usual en el lenguaje humano: 'Creo',
'Te creo'.
Conocimiento racional de Dios 20.III.85
1. Concentrémosnos todavía un poco sobre el sujeto de la
fe: sobre el hombre que dice 'creo' respondiendo de este modo a Dios que
'en su bondad y sabiduría' ha querido 'revelarse al hombre',
Antes de pronunciar su 'creo', el hombre posee ya algún concepto
de Dios que obtiene con el esfuerzo de la propia inteligencia. Al tratar
de la revelación divina, la Constitución Dei Verbum recuerda
este hecho con las siguientes palabras: 'El Santo Sínodo profesa
que el hombre puede conocer ciertamente a Dios con la razón natural
por medio de las cosas creadas' (Dei Verbum, 6).
El Vaticano II se remite aquí a la doctrina expuesta con amplitud
por el Concilio anterior, el Vaticano I. Es la misma de toda la Tradición
doctrinal de la Iglesia que hunde sus raíces en la Sagrada Escritura,
en el Antiguo y Nuevo Testamento.
2. Un texto clásico sobre el tema de la posibilidad de conocer
a Dios -en primer lugar su existencia- a partir de las cosas creadas, lo
encontramos en la Carta de San Pablo a los Romanos: . lo cognoscible de
Dios es manifiesto a ellos, pues Dios se lo manifestó; porque desde
la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad,
son conocidos mediante las obras. De manera que son inexcusables' (Rom 1,
19-21). Aquí el Apóstol tiene presentes a los hombres que
'aprisionan la verdad con la injusticia' (Rom 1,19). El pecado les impide
dar la gloria debida a Dios, a quien todo hombre puede conocer. Puede conocer
su existencia y también hasta un cierto grado su esencia, perfecciones
y atributos. En cierto sentido Dios invisible 'se hace visible en sus obras'.
En el Antiguo Testamento, el libro de la Sabiduría proclama la
misma doctrina del Apóstol sobre la posibilidad de llegar al conocimiento
de la existencia de Dios a partir de las cosas creadas. La encontramos en
un pasaje algo más extenso que conviene leer entero:
'Vanos son por naturaleza todos los hombres, en quienes hay desconocimiento
de Dios,/ y que a partir de los bienes visibles son incapaces de ver al
que es,/ ni mediante la consideración de sus obras conocieron al
artífice.
Sino que al fuego, al viento, al aire ligero,/ o al círculo de
los astros, o al agua impetuosa,/ o a las lumbreras del cielo tomaron por
dioses rectores del universo.
Pues si, seducidos por su hermosura, los tuvieron por dioses,/ debieron
conocer cuánto mejor es el Señor de ellos,/ pues es el autor
de la belleza quien hizo todas estas cosas.
Y si se admiraron del poder y de la fuerza,/ debieron deducir de aquí
cuánto más poderoso es su plasmador.
Pues en la grandeza y hermosura de las criaturas,/ por analogía
se puede Contemplar a su Hacedor original.
Pero sobre éstos no cae tan grande reproche,/ pues por ventura
yerran/buscando realmente a Dios y queriendo hallarle.
Y ocupados en la investigación de sus obras,/ a la vista de ellas
se persuaden de la hermosura de lo que ven, aunque no son excusables.
Porque si pueden alcanzar tanta ciencia/ y son capaces de investigar
el universo,/ cómo no conocen más fácilmente al Señor
de él?' (Sab 13, 1-9).
El Pensamiento principal de este pasaje lo encontramos también
en la Carta de San Pablo a los Romanos (1, 18-21): Se puede conocer a Dios
por sus criaturas; para el entendimiento humano el mundo visible constituye
la base de la afirmación de la existencia del Creador invisible.
El pasaje del libro de la Sabiduría es más amplio. En él
polemiza el autor inspirado con el paganismo de su tiempo que atribuía
a las criaturas una gloria divina. A la vez nos ofrece elementos de reflexión
y juicio que pueden ser válidos en toda poca, también en la
nuestra. Habla del enorme esfuerzo realizado para conocer el universo visible.
Habla asimismo de los hombres que 'buscan a Dios y quieren hallarle'. Se
pregunta por qué el saber humano que consigue 'investigar el universo'
no llega a conocer a su Señor. El autor del libro de la Sabiduría,
al igual que San Pablo más adelante, ve en ello una cierta culpa.
Pero convendrá volver de nuevo a este tema por separado.
Por ahora preguntémosnos también nosotros esto: ¿Cómo
es posible que el inmenso progreso en el conocimiento del universo (del
macrocosmos y del microcosmos), de sus leyes y avatares, de sus estructuras
y energías, no lleve a todos a reconocer al primer Principio sin
el que el mundo no tiene explicación?. Hemos de examinar las dificultades
en que tropiezan no pocos hombres de hoy. Hagamos notar con gozo que, sin
embargo, son muchos también hoy los científicos verdaderos
que en su mismo saber científico encuentran un estímulo para
la fe o, al menos, para inclinar la frente ante el misterio.
3. Siguiendo la Tradición que, como hemos dicho, tiene sus raíces
en la Sagrada Escritura del Antiguo y Nuevo Testamento, en el siglo XIX,
durante el Concilio Vaticano I, la Iglesia recordó y confirmó
esta doctrina sobre la posibilidad de que está dotado el entendimiento
del hombre para conocer a Dios a partir de las criaturas. En nuestro siglo,
el Concilio Vaticano II ha recordado de nuevo esta doctrina en el contexto
de la Constitución sobre la revelación divina (Dei Verbum
). Ello reviste suma importancia.
La Revelación divina constituye de hecho la base de la fe: del
'creo' del hombre. Al mismo tiempo, los pasajes de la Sagrada Escritura
en que está consignada esta Revelación, nos enseñan
que el hombre es capaz de conocer a Dios con su sola razón, es capaz
de una cierta 'ciencia' sobre Dios, si bien de modo indirecto y no inmediato.
Por tanto, al lado del 'yo creo' se encuentra un cierto 'yo sé '.
Este 'yo sé ' hace relación a la existencia de Dios e incluso
a su esencia hasta un cierto grado. Este conocimiento intelectual de Dios
se trata de modo sistemático en una ciencia llamada 'teología
natural', que tiene carácter filosófico y surge en el terreno
de la metafísica, o sea, de la filosofía del ser. Se concentra
sobre el conocimiento de Dios en cuanto Causa primera y también en
cuanto Fin último del universo.
4. Estos problemas y toda la amplia discusión filosófica
vinculada a ellos, no pueden tratarse a fondo en el marco de una breve instrucción
sobre las verdades de la fe. Ni siquiera queremos ocuparnos con detenimiento
de las 'vías' que conducen a la mente humana en la búsqueda
de Dios (las cinco 'vías' de Santo Tomás de Aquino). Para
nuestra catequesis de ahora es suficiente tener presente el hecho de que
las fuentes del cristianismo hablan de la posibilidad de conocer racionalmente
a Dios. Por ello y según la Iglesia todo nuestro pensar acerca de
Dios sobre la base de la fe tiene también carácter 'racional'
e 'intelectivo'. E incluso el ateísmo queda en el círculo
de una cierta referencia al concepto de Dios. Pues si de hecho se niega
la existencia de Dios, debe saber ciertamente de Quien niega la existencia.
Claro está que el conocimiento mediante la fe es diferente del
conocimiento puramente racional. Sin embargo, Dios no podía haberse
revelado al hombre si éste no fuera capaz por naturaleza de conocer
algo verdadero a su respecto. Por consiguiente, junto y más allá
de un 'yo sé ', propio de la inteligencia del hombre, se sitúa
un 'yo creo', propio del cristiano: en efecto, con la fe el creyente tiene
acceso, si bien sea en la oscuridad, al misterio de la vida íntima
de Dios.
La Revelación divina 27.III.85
1. Nuestro punto de partida en la catequesis sobre Dios que se revela
sigue el texto del Concilio Vaticano II: 'Quiso Dios, con su bondad y sabiduría,
revelarse a Sí mismo y manifestar el misterio de su voluntad: por
Cristo, la palabra hecha carne, y con el Espíritu Santo, pueden los
hombres llegar hasta el Padre y participar de la naturaleza divina. En esta
revelación, Dios invisible, movido por amor, habla a los hombres
como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía'.
(Dei Verbum , 2).
Pero ya hemos considerado la posibilidad de conocer a Dios con la capacidad
de la sola razón humana. Según la constante doctrina de la
Iglesia, expresada especialmente en el Concilio Vaticano I, y tomada por
el Concilio Vaticano II, la razón humana posee esta capacidad y posibilidad:
'Dios, principio y fin de todas las cosas -se dice- puede ser conocido con
certeza con la luz natural de la razón humana partiendo de las cosas
creadas', aun cuando es necesaria la Revelación divina para que 'todos
los hombres, en la condición presente de la humanidad, puedan conocer
fácilmente, con absoluta certeza y sin error las realidades divinas,
que en sí no son inaccesibles a la razón humana'.
Este conocimiento de Dios por medio de la razón, ascendiendo a
El 'a partir de las cosas creadas', corresponde a la naturaleza racional
del hombre. Corresponde también al designio original de Dios, el
cual, al dotar al hombre de esta naturaleza, quiere poder ser conocido por
él. 'Dios creando y conservando el universo por su Palabra, ofrece
a los hombres en la creación un testimonio perenne de Sí mismo'
(Dei Verbum, 3). Este testimonio se da como don y, a la vez, se deja como
objeto de estudio por parte de la razón humana. Mediante la atenta
y perseverante lectura del testimonio de las criaturas, la razón
humana se dirige hacia Dios y se acerca a El. Esta es, en cierto sentido,
la vía 'ascendente': por las gradas de las criaturas el hombre se
eleva a Dios, leyendo el testimonio del ser, de la verdad, del bien y de
la belleza que las criaturas poseen en sí mismas.
2. Esta vía del conocimiento que, en algún sentido, tiene
su comienzo en el hombre y en su mente, permite a la criatura subir al Creador.
Podemos llamarla la vía del 'saber'. Hay una segunda vía,
la vía de la 'fe'. que tiene su comienzo exclusivamente en Dios.
Estas dos vías son diversas entre sí, pero se encuentran en
el hombre mismo y, en cierto sentido, se completan y se ayudan recíprocamente.
De manera diversa que en el conocimiento mediante la razón a partir
'de las criaturas', las cuales sólo indirectamente llevan a Dios,
en el conocimiento mediante la fe nos inspiramos en la Revelación,
con la que Dios 'se da a conocer a Sí mismo' directamente. Dios se
revela, es decir, permite que se le conozca a El mismo manifestando a la
humanidad 'el misterio de su voluntad' (Ef 1, 9). La voluntad de Dios es
que los hombres, por medio de Cristo, Verbo hecho hombre, tengan acceso
en el Espíritu Santo al Padre y se hagan partícipes de la
naturaleza divina. Dios, pues, revela al hombre 'a Sí mismo', revelando
a la vez su plan salvífico respecto al hombre. Este misteriosos proyecto
salvífico de Dios no es accesible a la sola fuerza razonadora del
hombre. Por tanto, la más perspicaz lectura del testimonio de Dios
en las criaturas no puede desvelar a la mente humana estos horizontes sobrenaturales.
No abre ante el hombre 'el camino de la salvación sobrenatural' (como
dice la Constitución Dei Verbum, 3), camino que está íntimamente
unido al 'don que Dios hace de Sí' al hombre. Con la revelación
de Sí mismo Dios 'invita y recibe al hombre a la comunión
con El' (Cfr. Dei Verbum, 2).
3. Sólo teniendo todo esto ante los ojos, podemos captar que es
realmente la fe: cuál es el contenido de la expresión 'creo'.
Si es exacto decir que la fe consiste en aceptar como verdadero lo que
Dios ha revelado, el Concilio Vaticano II ha puesto oportunamente de relieve
que es también una respuesta de todo el hombre, subrayando la dimensión
'existencial' y 'personalista' de ella. Efectivamente, si Dios 'se revela
a Sí mismo' y manifiesta al hombre el salvífico 'misterio
de su voluntad', es justo ofrecer a Dios que se revela esta 'obediencia
de la fe', por la cual todo el hombre libremente se abandona a Dios, prestándole
'el homenaje total de su entendimiento y voluntad' (Vaticano I), 'asintiendo
voluntariamente a lo que Dios revela' (Dei Verbum, 5).
En el conocimiento mediante la fe el hombre acepta como verdad todo el
contenido sobrenatural y salvífico de la Revelación; sin embargo,
este hecho lo introduce, al mismo tiempo, en una relación profundamente
personal con Dios mismo que se revela. Si el contenido propio de la Revelación
es la 'auto-comunicación' salvífica de Dios, entonces la respuesta
de fe es correcta en la medida que el hombre -aceptando como verdad ese
contenido salvífico-, a la vez, 'se abandona totalmente a Dios'.
Sólo un completo 'abandono a Dios' por parte del hombre constituye
una respuesta adecuada.
Jesucristo culmina la revelación 3.IV.85
1. La fe -lo que encierra la expresión 'creo'- está en
relación esencial con la Revelación. La respuesta al hecho
de que Dios se revela 'a Sí mismo' al hombre, y simultáneamente
desvela ante él el misterio de la eterna voluntad de salvar al hombre
mediante la 'participación de la naturaleza divina', es el 'abandono
en Dios' por parte del hombre, en el que se manifiesta la 'obediencia de
la fe'. La fe es la obediencia de la razón y de la voluntad a Dios
que revela. Esta 'obediencia' consiste ante todo en aceptar 'como verdad'
lo que Dios revela: el hombre permanece en armonía con la propia
naturaleza racional en este acoger el contenido de la revelación.
Pero mediante la fe el hombre se abandona del todo a este Dios que se revela
a Sí mismo, y entonces, a la vez que recibe el don 'de lo Alto',
responde a Dios con el don de la propia humanidad. De este modo, con la
obediencia de la razón y de la voluntad a Dios que revela, comienza
un modo nuevo de existir de toda la persona humana en relación a
Dios.
La Revelación -y, por consiguiente, la fe- 'supera' al hombre,
porque abre ante él las perspectivas sobrenaturales. Pero en estas
perspectivas está puesto el más profundo cumplimiento de las
aspiraciones y de los deseos enraizados en la naturaleza espiritual del
hombre: la verdad, el bien, el amor, la alegría, la paz. San Agustín
expresó esta realidad con la famosa frase: 'Nuestro corazón
está inquieto hasta que descanse en Ti' (Confesiones, I, 1).Santo
Tomás dedica las primeras cuestiones de la segunda parte de la Suma
Teológica a demostrar, como desarrollando el pensamiento de San Agustín,
que sólo en la visión y en el amor de Dios se encuentra la
plenitud de la realización de la perfección humana y, por
tanto, el fin del hombre. Por esto, la divina Revelación se encuentra,
en la fe, con la capacidad transcendente de apertura del espíritu
humano a la Palabra de Dios.
2. La Constitución conciliar Dei Verbum hace notar que esta 'economía
de la revelación' se desarrolla desde el principio de la historia
de la humanidad. 'Se realiza por obras y palabras intrínsecamente
ligadas; las obras que Dios realiza en la historia de la salvación
manifiestan y confirman la doctrina y las realidades que las palabras significan;
a la vez, las palabras proclaman las obras y explican su misterio' (Dei
Verbum, 2). Puede decirse que esa economía de la Revelación
contiene en sí una particular 'pedagogía divina'. Dios 'se
comunica' gradualmente al hombre, introduciéndole sucesivamente en
su 'auto-revelación' sobrenatural, hasta el culmen, que es Jesucristo.
Al mismo tiempo, toda la economía de la Revelación se realiza
como historia de la salvación, cuyo proceso impregna la historia
de la humanidad desde el principio. 'Dios creando y conservando el universo
por su Palabra, ofrece a los hombres en la creación un testimonio
perenne de Sí mismo; queriendo además abrir el camino de la
salvación sobrenatural, se revelo desde el principio a nuestros primeros
padres' (Dei Verbum, 3).
Así, pues, como desde el principio el 'testimonio de la creación
habla al hombre atrayendo su mente hacia el Creador invisible, así
también desde el principio perdura en la historia la auto-revelación
de Dios, que exige una respuesta justa en el 'creo' del hombre. Esta Revelación
no se interrumpió por el pecado de los primeros hombres. Efectivamente,
Dios 'después de su caída, los levantó a la esperanza
de la salvación, con la promesa de la redención: después
cuidó continuamente del género humano, para dar la vida eterna
a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas
obras. Al llegar el momento, llamó a Abrahán para hacerlo
padre de un gran pueblo. Después de la edad de los Patriarcas. Instruyó
a dicho pueblo por medio de Moisés y los Profetas, para que lo reconociera
a El como Dios único y verdadero, como Padre providente y justo juez;
para que esperara al Salvador prometido. De este modo fue preparando a través
de los siglos el camino del Evangelio' (Dei Verbum, 4).
La fe como respuesta del hombre a la palabra de la divina Revelación
entró en la fase definitiva con al venida de Cristo, cuando 'al final'
Dios 'nos habló por medio de su Hijo' (Heb 1, 1-2).
3. 'Jesucristo, pues, Palabra hecha carne, hombre enviado a los hombres,
habla las palabras de Dios y realiza la obra de la salvación que
el Padre le encargó. Por eso, quien ve a Jesucristo, ve al Padre;
El, con su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, signos
y milagros, sobre todo con su muerte y gloriosa resurrección, con
el envío del Espíritu de la verdad, lleva a plenitud toda
la Revelación y la confirma con testimonio divino; a saber, que Dios
está con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de
la muerte y para hacernos resucitar a una vida eterna' (Dei Verbum, 4).
Creer en sentido cristiano quiere decir acoger la definitiva auto-revelación
de Dios en Jesucristo, respondiendo a ella con un 'abandono en Dios', del
que Cristo mismo es fundamento, vivo ejemplo y mediador salvífico.
Esta fe incluye, pues, la aceptación de toda la 'economía
cristiana' de la salvación como una nueva y definitiva alianza, que
'no pasará jamás'. Como dice el Concilio: . no hay que esperar
otra revelación pública antes de la gloriosa manifestación
de Jesucristo nuestro Señor' (Dei Verbum , 4)
Así el Concilio, que en la Constitución Dei Verbum
nos presenta de manera concisa, pero completa, toda la 'pedagogía'
de la divina Revelación, nos enseña, al mismo tiempo, que
es la fe, que significa 'creer', y en particular 'creer cristianamente',
como respondiendo a la invitación de Jesús mismo; 'Creéis
en Dios, creed también en mí' (Jn 14, 1).
Características de la fe 10.IV.85
1. Hemos dicho varias veces en estas consideraciones, que la fe es la
respuesta particular del hombre a la Palabra de dios que se revela a Sí
mismo hasta la revelación definitiva en Jesucristo. Esta respuesta
tiene, sin duda, un carácter cognoscitivo; efectivamente, da al hombre
la posibilidad de acoger este conocimiento (auto-conocimiento) que Dios
'comparte con él'.
La aceptación de este conocimiento de Dios, que en la vida presente
es siempre parcial, provisional e imperfecto, da, sin embargo, al hombre
la posibilidad de participar desde ahora en la verdad definitiva y total,
que un día le será plenamente revelada en la visión
inmediata de Dios. 'Abandonándose totalmente a Dios', como respuesta
a la auto-Revelación, el hombre participa en esta verdad. De tal
participación toma origen una nueva vida sobrenatural, a la que Jesús
llama 'vida eterna' (Jn 17, 3) y que, con la Carta a los Hebreos, puede
definirse 'vida mediante la fe': 'mi justo vivirá de la fe' (Heb
10, 38).
2. Si queremos profundizar, pues, en la comprensión de lo que
es la fe, de lo que quiere decir 'creer', lo primero que se nos presenta
es la originalidad de la fe en relación con el conocimiento racional
de Dios, partiendo 'de las cosas creadas'.
La originalidad de la fe está ante todo en su carácter
sobrenatural. Si el hombre en la fe da la respuesta a la 'auto-Revelación
de Dios' y acepta el plan divino de la salvación, que consiste en
la participación en la naturaleza y en la vida íntima de Dios
mismo, esta respuesta debe llevar al hombre por encima de todo lo que el
ser humano mismo alcanza con las facultades y las fuerzas de la propia naturaleza,
tanto en cuanto a conocimiento como en cuanto a voluntad: efectivamente,
se trata del conocimiento de una verdad infinita y del cumplimiento transcendente
de las aspiraciones al bien y a la felicidad, que están enraizadas
en la voluntad, en el corazón: se trata, precisamente, de la 'vida
eterna'.
'Por medio de la revelación divina -leemos en la Constitución
Dei Verbum- Dios quiso manifestarse a Sí mismo y sus planes de salvar
al hombre, para que el hombre se haga partícipe de los bienes divinos,
que superan totalmente la inteligencia humana' (n.6). La Constitución
cita aquí las palabras del Concilio Vaticano I (Cons. Dei Filius
, 12), que ponen de relieve el carácter sobrenatural de la fe.
Si, pues, la respuesta humana a la auto-revelación de Dios, y
en particular a su definitiva auto-revelación en Jesucristo, se forma
interiormente bajo la potencia luminosa de Dios mismo que actúa en
lo profundo de las facultades espirituales del hombre, y, de algún
modo, en todo el conjunto de sus energías y disposiciones. Esa fuerza
divina se llama gracia, en particular, la gracia de la fe.
3. Leemos también en la misma Constitución del Vaticano
II: "Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios,
que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu
Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del
espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad (palabras
del Concilio Arausicano II). Para que el hombre pueda comprender cada vez
más profundamente la Revelación, el Espíritu Santo
perfecciona constantemente la fe con sus dones' (Dei Verbum , 5).
La Constitución Dei Verbum se pronuncia de modo sucinto sobre
el tema de la gracia de la fe; sin embargo, esta formulación sintética
es completa y refleja la enseñanza de Jesús mismo, que ha
dicho: 'Nadie puede venir a mí si el Padre, que me ha enviado, no
lo atrae' (Jn 6, 44). La gracia de la fe es precisamente esta 'atracción'
por parte de Dios, ejercida en relación con la esencia interior del
hombre, e indirectamente de toda la subjetividad humana, para que el hombre
responda plenamente a la 'auto-revelación' de Dios en Jesucristo,
abandonándose a El. Esa gracia previene el acto de fe, lo suscita,
sostiene y guía; su fruto es que el hombre se hace capaz ante todo
de 'creer a Dios' y cree de hecho. De este modo, en virtud de la gracia
proveniente y cooperante se instaura una 'comunión' sobrenatural
interpersonal que es la misma viva estructura que sostiene la fe, mediante
la cual el hombre, que cree en Dios, participa de su 'vida eterna': 'conoce
al Padre y a su enviado Jesucristo' (Cfr. Jn 17, 3) y, por medio de la caridad
entra en una relación de amistad con ellos (Cfr. Jn 14, 23; 15, 15).
4. Esta gracia es fuente de la iluminación sobrenatural que 'abre
los ojos del espíritu'; y, por lo mismo, la gracia de la fe abarca
particularmente la esfera cognoscitiva del hombre y se centra en ella. Logra
de ella la aceptación de todos los contenidos de la Revelación
en los cuales se desvelan los misterios de Dios y los elementos del plan
salvífico respecto al hombre. Pero, al mismo tiempo, la facultad
cognoscitiva del hombre bajo la acción de la gracia de la fe tiende
a la comprensión cada vez más profunda de los contenidos revelados,
puesto que tiende hacia la verdad total prometida por Jesús (Cfr.
Jn 16, 13), hacia la 'vida eterna'. Y en este esfuerzo de comprensión
creciente encuentra apoyo en los dones del Espíritu Santo, especialmente
en los que perfeccionan el conocimiento sobrenatural de la fe: ciencia,
entendimiento, sabiduría.
Según este breve bosquejo, la originalidad de la fe se presenta
como una vida sobrenatural, mediante la cual la 'auto-revelación'
de Dios arraiga en el terreno de la inteligencia humana, convirtiéndose
en la fuente de la luz sobrenatural, por la que el hombre participa, en
la medida humana, pero a nivel de comunión divina, de ese conocimiento,
con el que Dios se conoce eternamente a Sí mismo y conoce toda otra
realidad en Sí mismo.
El carácter de la fe 17.IV.85
1. Si la originalidad de la fe consiste en el carácter de conocimiento
esencialmente sobrenatural, que proviene de la gracia de Dios y de los dones
del Espíritu Santo, igualmente se debe afirmar que la fe posee una
originalidad auténticamente humana. En efecto, encontramos en ella
todas las características de la convicción racional y razonable
sobre la verdad contenida en la divina Revelación. Esta convicción
-o sea, certeza- corresponde perfectamente a la dignidad de la persona como
ser racional y libre.
Sobre este problema es muy iluminadora, entre los documentos del Concilio
Vaticano II, la Declaración Dignitatis humanae . En ella, leemos,
entre otras cosas: 'Es uno de los capítulos principales de la doctrina
católica, contenido en la Palabra de Dios y predicado constantemente
por los Padres, que el hombre, al creer, debe responder voluntariamente
a Dios, y que, por tanto, nadie debe ser forzado a abrazar la fe contra
su voluntad. Porque el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza,
ya que el hombre, redimido por Cristo Salvador y llamado en Jesucristo a
la filiación adoptiva, no puede adherirse a Dios, que se revela a
Sí mismo, a menos que, atraído por el Padre, rinda a Dios
el obsequio racional y libre de la fe. Está, por consiguiente, en
total acuerdo con la índole de la fe el excluir cualquier género
de coacción por parte de los hombres en materia religiosa' (Dignitatis
humanae, 10).
'Dios llama ciertamente a los hombres a servirle en espíritu y
en verdad. Por este llamamiento quedan ellos obligados en conciencia, pero
no coaccionados. Porque Dios tiene en cuenta la dignidad de la persona humana,
que El mismo ha creado, y que debe regirse por su propia determinación
y usar la libertad. Esto se hizo patente sobre todo en Cristo Jesús.'
(n.11).
2. Y aquí el documento conciliar explica de que modo Cristo trató
de 'excitar y robustecer la fe de los oyentes', excluyendo toda coacción.
En efecto, El dio testimonio definitivo de la verdad de su Evangelio mediante
la cruz y la resurrección, 'pero no quiso imponerla por la fuerza
a los que le contradecían Cían'. 'Su reino. se establece dando
testimonio de la verdad y prestándole oído, y crece por el
amor con que Cristo, levantado en la cruz, atrae los hombres a Sí
mismo' (n.11). Cristo encomendó luego a los Apóstoles el mismo
modo de convencer sobre la verdad del Evangelio.
Precisamente, gracias a esta libertad, la fe -lo que expresamos con la
palabra 'creo'- posee su autenticidad y originalidad humana, además
de divina. En efecto, ella expresa la convicción y la certeza sobre
la verdad de la revelación, en virtud de un acto de libre voluntad.
Esta voluntariedad estructural de la fe no significa en modo alguno que
el creer sea 'facultativo', y que por lo tanto, sea justificable una actitud
de indiferentismo fundamental; sólo significa que el hombre está
llamado a responder a la invitación y al donde Dios con la adhesión
libre y total de sí mismo.
3. El mismo documento conciliar, dedicado al problema de la libertad
religiosa, pone de relieve muy claramente que la fe es una cuestión
de Conciencia.
'Por razón de su dignidad, todos los hombres, por ser personas,
es decir, dotados de razón y de voluntad libre y, por tanto, enaltecidos
con una responsabilidad personal, son impulsados por su propia naturaleza
a buscar la verdad, y además tienen la obligación moral de
buscarla, sobre todo, la que se refiere a la religión. Están
obligados, asimismo, a adherirse a la verdad conocida y a ordenar su vida
según las exigencias de la verdad' (n.2). Si éste es el argumento
esencial a favor del derecho a la libertad religiosa, es también
el motivo fundamental por el cual esta misma libertad debe ser correctamente
comprendida y observada en la vida social.
4. En cuanto a las decisiones personales, 'cada uno tiene la obligación,
y en consecuencia también el derecho, de buscar la verdad en materia
religiosa, a fin de que, utilizando los medios adecuados, llegue a formarse
prudentemente juicios rectos y verdaderos de conciencia. Ahora bien, la
verdad debe buscarse de modo apropiado a la dignidad de la persona humana
y a su naturaleza social, mediante la libre investigación, con la
ayuda del magisterio o enseñanza, de la comunicación y del
diálogo, por medio de los cuales los hombres se exponen mutuamente
la verdad que han encontrado o juzgan haber encontrado para ayudarse unos
a otros en la búsqueda de la verdad; y una vez conocida ésta,
hay que adherirse firmemente a ella con asentimiento personal'(n.3).
En estas palabras hallamos una característica muy acentuada de
nuestro 'credo' como acto profundamente humano, que responde a la dignidad
del hombre en cuanto persona. Esta correspondencia se manifiesta en la relación
con la verdad mediante la libertad interior y la responsabilidad de conciencia
del sujeto creyente.
Esta doctrina, inspirada en la Declaración conciliar sobre la
libertad religiosa Dignitatis humanae, sirve también para
hacer comprender lo importante que es una catequesis sistemática,
tanto porque hace posible el conocimiento de la verdad sobre el proyecto
de Dios, contenido en la divina Revelación, como porque ayuda a adherirse
cada vez más a la verdad ya conocida y aceptada mediante la fe.
Sagrada Tradición y Sagrada Escritura 24.IV.85
1. ¿Donde podemos encontrar lo que Dios ha revelado para adherirnos
a ello con nuestra fe convencida y libre?. Hay un 'sagrado depósito',
del que la Iglesia toma comunicándonos sus contenidos.
Como dice el Concilio Vaticano II: 'Esta Sagrada Tradición con
la Sagrada Escritura de ambos Testamentos, son el espejo en el que la Iglesia
peregrina contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta el día
en que llegue a verlo cara a cara, como El es' (Dei Verbum , 7).
Con estas palabras la Constitución conciliar sintetiza el problema
de la transmisión de la Revelación Divina, importante para
la fe de todo cristiano. Nuestro 'credo', que debe preparar al hombre sobre
la tierra a ver a Dios cara a cara en la eternidad, depende en cada etapa
de la historia, de la fiel inviolable transmisión de esta auto-revelación
de Dios, que en Jesucristo ha alcanzado su ápice y su plenitud.
2. Cristo mandó 'a los Apóstoles predicar a todo el mundo
el Evangelio como fuente de toda verdad salvadoras y de toda norma de conducta,
comunicándoles así los bienes divinos' (n.7). Ellos ejecutaron
la misión que les fue confiada ante todo mediante la predicación
oral, y al mismo tiempo algunos de ellos 'pusieron por escrito el mensaje
de salvación inspirados por el Espíritu Santo' (n. 7). Esto
hicieron también algunos del círculo de los Apóstoles
(Marcos, Lucas).
Así se formó la transmisión de la Revelación
divina en la primera generación de cristianos: 'Para que este Evangelio
se conservara siempre vivo e integro en la Iglesia, los Apóstoles
nombraron como sucesores a los obispos, dejándoles su función
en el magisterio (S. Ireneo)' (n.7).
3. Como se ve, según el Concilio, en la transmisión de
la divina Revelación en la Iglesia se sostienen recíprocamente
y se completan la Tradición y la Sagrada Escritura, con las cuales
las nuevas generaciones de los discípulos y de los testigos de Jesucristo
alimentan su fe, por que 'lo que los Apóstoles transmitieron . comprende
todo lo necesario para una vida santa y para una fe creciente del Pueblo
de Dios' (n.8).
'Esta Tradición apostólica va creciendo en la Iglesia con
la ayuda del Espíritu Santo; es decir, crece la comprensión
de las palabras y de las instituciones transmitidas cuando los fieles las
contemplan y estudian re pasándolas en su corazón, cuando
comprenden internamente los viven, cuando las proclaman los obispos, sucesores
de los Apóstoles en el carisma de la verdad. La Iglesia camina a
través de los siglos hacia la plenitud de la verdad, hasta que se
cumplan en ella plenamente las palabras de Dios' (n.8).
Pero en esta tensión hacia la plenitud de la verdad divina la
Iglesia bebe constantemente en el único 'depósito' originario,
constituido por la Tradición apostólica y la Sagrada Escritura,
las cuales 'manan de una misma fuente divina, se unen en un mismo caudal,
corren hacia el mismo fin' (n.9).
4. A este propósito conviene precisar y subrayar, también
de acuerdo con el Concilio, que . La Iglesia no saca exclusivamente de la
Sagrada Escritura la certeza de todo lo revelado' (n.9). Esta Escritura
'es la Palabra de Dios en cuanto escrita por inspiración del Espíritu
Santo'. Pero 'la Palabra de Dios, encomendada por Cristo y el Espíritu
Santo a los Apóstoles, la transmite íntegra a los sucesores,
para que ellos, iluminados por el Espíritu de verdad, la conserven,
la expongan y la difundan fielmente en su predicación' (n.9). 'La
misma Tradición da a conocer a la Iglesia el canon íntegro
de los Libros Sagrados y hace que los comprenda cada vez mejor y los mantenga
siempre activos' (n.8).
'La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura constituyen un solo
depósito sagrado de la Palabra de Dios, confiado a la Iglesia. Fiel
a dicho depósito, el pueblo cristiano entero, unido a sus Pastores,
persevera siempre en la doctrina apostólica.' (n.10). Por ello ambas,
la Tradición y la Sagrada Escritura, deben estar rodeadas de la misma
veneración y del mismo respeto religioso.
5. Aquí nace el problema de la interpretación auténtica
de la Palabra de Dios, escrita o transmitida por la Tradición. Esta
función ha sido encomendada 'únicamente al Magisterio vivo
de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo' (n.10). Este
Magisterio 'no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio,
para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y
con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo
custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este depósito de
la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído'(n.10).
6. He aquí, pues, una nueva característica de la fe: creer
de modo cristiano significa también: aceptar la verdad revelada por
Dios, tal como la enseña la Iglesia. Pero al mismo tiempo el Concilio
Vaticano II recuerda que ' la totalidad de los fieles. no pueden equivocarse
cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el
sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo, cuando desde los obispos
hasta los últimos fieles laicos prestan su consentimiento universal
en las cosas de fe y costumbres. Con este sentido de la fe, que el Espíritu
de verdad suscita y mantiene, el Pueblo de Dios se adhiere indefectiblemente
a la fe confiada de una vez para siempre a los santos, penetra más
profundamente en ella con juicio certero y le da más plena aplicación
en la vida guiado en todo por el sagrado Magisterio' (LumenGentium, 12).
7. La Tradición, la Sagrada Escritura, el Magisterio de la Iglesia
y el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo de Dios forman ese
proceso vivificante en el que la divina Revelación se transmite a
las nuevas generaciones. 'Así Dios, que habló en otros tiempos,
sigue conversando con la esposa de su Hijo amado; así el Espíritu
Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la iglesia, y por
ella en el mundo entero, va introduciendo a los fieles en la verdad plena
y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo' (Dei Verbum,
8).
Creer de modo cristiano significa aceptar ser introducidos y conducidos
por el Espíritu a la plenitud de la verdad de modo consciente y voluntario.
Sagrada Escritura: inspiración e interpretación
1.V.85
1. Repetimos hoy una vez más las hermosas palabras de la Constitución
conciliar Dei Verbum ; ' Así Dios, que habló en otros tiempos.'
(n.8).
Digamos, de nuevo que significa 'creer'.
Creer de modo cristiano significa precisamente: ser introducidos por
el Espíritu Santo en la verdad plena de la divina Revelación.
Quiere decir: ser una comunidad de fieles abiertos a la Palabra del Evangelio
de Cristo. Una y otra cosa son posibles en cada generación, porque
la viva transmisión de la divina Revelación, contenida en
la Tradición y la Sagrada Escritura, perdura integra en la Iglesia,
gracias al servicio especial del Magisterio, en armonía con el sentido
sobrenatural del Pueblo de Dios.
2. Para completar esta concepción del vínculo entre nuestro
'credo' católico y su fuente, es importante también la doctrina
sobre la inspiración de la Sagrada Escritura y de su interpretación
auténtica. Al presentar esta doctrina seguimos (como en las catequesis
anteriores) ante todo la Constitución Dei Verbum.
Dice el Concilio: 'La Santa Madre Iglesia fiel a la fe de los Apóstoles,
reconoce que todos los libros del Antiguo y Nuevo Testamento, con todas
sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, que escritos
por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor,
y como tales han sido confiados a la Iglesia' (n.11).
Dios -como Autor invisible y transcendente- 'se valió de hombres
elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos; de este modo. como
verdaderos autores, pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios
quería' (n.11). Con este fin el Espíritu Santo actuaba en
ellos y por medio de ellos (Cfr. n.11).
3. Dado este origen, se debe reconocer 'que los libros de la Sagrada
Escritura enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad
que Dios hizo consignar en dichos libros para la salvación nuestra'
(n.11). Lo confirman las palabras de San Pablo en la Carta a Timoteo: 'Toda
la Escritura es divinamente inspirada y útil para enseñar,
para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que
el hombre de Dios sea perfecto y consumado en toda obra buena' (2 Tim. 3,
16-17).
La Constitución sobre la divina revelación, siguiendo a
San Juan Crisóstomo, manifiesta admiración por la particular
'condescendencia', que es como un 'inclinarse' de la eterna Sabiduría.
'La Palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al
lenguaje humano, como la Palabra del Eterno Padre, asumiendo nuestra débil
condición humana, se hizo semejante a los hombres' (n.13).
4. De la verdad sobre la divina inspiración de la Sagrada Escritura
se deriva lógicamente algunas normas que se refieren a su interpretación.
La Constitución Dei Verbum las resume brevemente:
El primer principio es que 'porque Dios habla en la Escritura por medio
de hombres y en lenguaje humano, el intérprete de la Sagrada Escritura,
para conocer lo que Dios quiso comunicarnos, debe estudiar con atención
lo que los autores querían decir y Dios quería dar a conocer
con dichas palabras' (n.12).
Con esta finalidad -y éste es el segundo punto- es necesario tener
en cuenta, entre otras cosas, 'los géneros literarios'. 'Pues la
verdad se presenta y enuncia de modo diverso en obras de diversa índole
histórica, en libros proféticos o poéticos, o en otros
géneros literarios' (n.12). El sentido de lo que el autor expresa
depende precisamente de estos géneros literarios, que se deben tener,
pues, en cuenta sobre el fondo de todas las circunstancias de una poca precisa
y de una determinada cultura.
Y, por esto, tenemos el tercer principio para una recta interpretación
de la Sagrada Escritura: 'Para comprender exactamente lo que el autor sagrado
propone en sus escritos, hay que tener muy en cuenta los habituales y originarios
modos de pensar, de expresarse, de narrar que se usaban en el tiempo del
escritor, y también las expresiones que entonces solían emplearse
en la conversación ordinaria' (n.12).
5. Estas indicaciones bastantes detalladas, que se dan para la interpretación
de carácter histórico-literario, exigen una relación
profunda con las premisas de la doctrina sobre la divina inspiración
de la Sagrada Escritura. 'La escritura se ha de leer e interpretar con el
mismo Espíritu con que fue escrita' (n.12). Por esto, 'hay que tener
muy en cuenta el contenido y la unidad de toda la Escritura, la Tradición
viva de toda la Iglesia, la analogía de la fe' (n.12).
Por 'analogía de la fe' entendemos la cohesión de cada
una de las verdades de fe entre sí y con el plan total de la Revelación
y la plenitud de la divina economía encerrada en él.
6. La misión de los exegetas, es decir, de los investigadores
que estudian con métodos idóneos la Sagrada Escritura, es
contribuir, según dichos principios, 'para ir penetrando y exponiendo
el sentido de la Sagrada Escritura, de modo que con dicho estudio pueda
madurar el juicio de la Iglesia' (n.12). Puesto que la Iglesia tiene 'el
mandato y el ministerio divino de Conservar e interpretar la Palabra de
Dios', todo lo que se refiere 'al modo de interpretar la Escritura, queda
sometido al juicio definitivo de la Iglesia' (n.12).
Esta norma es importante para precisar la relación recíproca
entre exégesis (y la teología) y el Magisterio de la Iglesia.
Es una norma que está en relación muy íntima con lo
que hemos dicho anteriormente a propósito de la transmisión
de la divina Revelación. Hay que poner de relieve una vez más
que el Magisterio utiliza el trabajo de los teólogos-exegetas y,
al mismo tiempo, vigila oportunamente sobre los resultados de sus estudios.
Efectivamente, el Magisterio está llamado a custodiar la verdad plena,
contenida en la divina Revelación.
7. Creer de modo cristiano significa, pues, adherirse a esta verdad gozando
de la garantía de verdad que por institución de Cristo mismo
se le ha dado a la Iglesia. Esto vale para todos los creyentes: y, por tanto
-en su justo nivel y en el grado adecuado-, también para los teólogos
y exegetas. Para todos se revela en este campo la misericordiosa providencia
de Dios, que ha querido concedernos no sólo el don de su auto-revelación,
sino también la garantía de su fiel conservación, interpretación
y explicación, confiándola a la Iglesia.
El Antiguo Testamento 8.V.85
1. La Sagrada Escritura, como es sabido, se compone de dos grandes colecciones
de libros: el Antiguo y el Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento, redactado
todo él antes de la venida de Cristo, es una colección de
46 libros de carácter diverso. Los enumeraremos aquí, agrupándolos
de manera que se distinga, al menos genéricamente, la índole
de cada uno de ellos.
2. El primer grupo que encontramos es el llamado 'Pentateuco', formado
por: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio.
Casi como prolongación del Pentateuco se encuentra el Libro de Josué
y, luego, el de los Jueces. El conciso Libro de Rut constituye, en cierto
modo, la introducción al grupo siguiente de carácter histórico,
compuesto por los dos Libros de Samuel y por los dos Libros de los Reyes.
Entre estos libros deben incluirse los dos de las Crónicas, el Libro
de Esdras y el de Nehemías, que se refieren al período de
la historia de Israel posterior a la cautividad de Babilonia.
El Libro de Tobías, el de Judit y el de Ester, aunque se refieren
a la historia de la nación elegida, tienen carácter de narración
alegórica y moral, más bien que de historia verdadera y propia.
En cambio, los dos Libros de los Macabeos tienen carácter histórico
(de crónica).
3. Los llamados 'Libros didácticos' forman un propio grupo, en
el cual se incluyen obras de diverso carácter. Pertenecen a él:
el Libro de Job, los Salmos, y el Cantar de los Cantares, e igualmente algunas
obras de carácter sapiencial-educativo: el Libro de los Proverbios,
el de Qohelet (es decir, el Eclesiastés), el Libro de la Sabiduría
y la Sabiduría de Sirácida (esto es, el Eclesiástico).
4. Finalmente, el último grupo de escritos del Antiguo Testamento
está formado por los 'Libros proféticos'. Se distinguen los
cuatro llamados Profetas 'mayores': Isaías, Jeremías, Ezequiel
y Daniel. Al Libro de Jeremías se añaden las lamentaciones
y el Libro de Baruc. Luego vienen los llamados Profetas 'menores': Oseas,
Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Naún, Habacuc,
Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías.
5. A excepción de los primeros capítulos del Génesis,
que tratan del origen del mundo y de la humanidad, los libros del Antiguo
Testamento, comenzando por la llamada de Abrahán, se refieren a una
nación que ha sido elegida por Dios. He aquí lo que leemos
en la Constitución Dei Verbum: 'Deseando Dios con su gran amor preparar
la salvación de toda la humanidad, escogió a un pueblo particular
a quien confiar sus promesas. Hizo primero una alianza con Abrahán;
después, por medio de Moisés, la hizo con el pueblo de Israel,
y así se fue revelando a su pueblo, con obras y palabras, como el
único Dios vivo y verdadero. De este modo Israel fue experimentando
la manera de obrar de Dios con los hombres, la fue comprendiendo cada vez
mejor al hablar Dios por medio de los Profetas, y fue difundiendo este conocimiento
entre las naciones. La economía de la salvación anunciada,
contada y explicada por los escritores sagrados, se encuentra, hecha palabra
de Dios, en los libros del antiguo Testamento; por eso dichos libros, divinamente
inspirados, conservan para siempre su valor.' (n.15).
6. La Constitución conciliar indica luego lo que ha sido la finalidad
principal de la economía de la salvación en el Antiguo Testamento:
'Preparar', anunciar proféticamente y significar con diversas figuras
la venida de Cristo redentor del universo y del reino mesiánico (Cfr.
n.15).
Al mismo tiempo, los libros del Antiguo Testamento, según la condición
del género humano antes de Cristo, 'muestran a todos el conocimiento
de Dios y del hombre y de que modo Dios, justo y misericordioso, trata a
los hombres. Estos libros, aunque contienen elementos imperfectos y pasajeros,
nos enseñan la pedagogía divina' (n.15). En ellos se expresa
'un vivo sentido de Dios', 'una sabiduría salvadora acerca del hombre'
y, finalmente, 'encierra tesoros de oración y esconden el misterio
de nuestra salvación' (n.15). Y por esto, también los libros
del Antiguo Testamento deben ser recibidos por los cristianos con devoción.
7. La Constitución conciliar explica así la relación
entre el Antiguo y Nuevo Testamento: 'Dios es el autor que inspira los libros
de ambos Testamentos, de modo que el Antiguo encubriera el Nuevo, y el Nuevo
descubriera el Antiguo' (según las palabras de San Agustín:
'Novum in Vetere latet, Vetus in Novo patet.'). 'Pues, aunque Cristo estableció
con su Sangre la Nueva Alianza, los libros íntegros del Antiguo Testamento,
incorporados a la predicación evangélica, alcanzan y muestran
su plenitud de sentido en el Nuevo Testamento y a su vez lo iluminan y lo
explican' (n.16).
Como veis, el Concilio nos ofrece una doctrina precisa y clara, suficiente
para nuestra catequesis. Ella nos permite dar un nuevo paso en la determinación
del significado de nuestra fe. 'Creer de modo cristiano' significa sacar,
según el espíritu que hemos dicho, la luz de la Revelación
también de los Libros de la Antigua Alianza.
El Nuevo Testamento 22.V.85
1. El Nuevo Testamento tiene dimensiones menores que el Antiguo. Bajo
el aspecto de la redacción histórica, los libros que lo componen
están escritos en un espacio de tiempo más breve que los de
la Antigua Alianza. Está compuesto por veintisiete libros, algunos
muy breves.
En primer lugar tenemos los cuatro Evangelios: según Mateo, Marcos,
Lucas y Juan. Luego sigue el libro de los Hechos de los Apóstoles,
cuyo autor es también Lucas. El grupo mayor está constituido
por las Cartas Apostólicas, de las cuales las más numerosas
son las Cartas de San Pablo: una a los Romanos, dos a los Corintios, una
a los Gálatas, una a los Efesios, una a los Filipenses, una a los
Colosenses, dos a los Tesalonicenses, dos a Timoteo, una a Tito y una a
Filemón. El llamado 'corpus paulinus' termina con la Carta a los
Hebreos, escrita en el ámbito de influencia de Pablo. Siguen: la
Carta de Santiago, dos Cartas de San Pedro, tres Cartas de San Juan y la
Carta de San Judas. El último libro del Nuevo Testamento es el Apocalipsis
de San Juan.
2. Con relación a estos libros se expresa así la Constitución
Dei Verbum: 'Todos saben que entre los escritos del Nuevo Testamento sobresalen
los Evangelios, por ser el testimonio principal de la vida y doctrina de
la Palabra hecha carne, nuestro Salvador. La Iglesia siempre y en todas
partes ha mantenido y mantiene que los cuatro Evangelios son de origen apostólico.
Pues lo que los Apóstoles predicaron por mandato de Jesucristo, después
ellos mismos con otros de su generación lo escribieron por inspiración
del Espíritu Santo y nos lo entregaron como fundamento de nuestra
fe: el Evangelio cuádruple, según Mateo, Marcos, Lucas y Juan'
(n.18).
3. La Constitución conciliar pone de relieve de modo especial
la historicidad de los cuatro Evangelios. Dice que la Iglesia 'afirma su
historicidad sin dudar', manteniendo con constancia que 'los cuatro .Evangelios.
transmiten fielmente lo que Jesús, el Hijo de Dios, viviendo entre
los hombres, hizo y enseñó realmente para la eterna salvación
de los mismos, hasta el día de la Ascensión' (n.19).
Si se trata del modo como nacieron los cuatro Evangelios, la Constitución
conciliar los vincula ante todo con la enseñanza apostólica,
que comenzó con la venida del Espíritu Santo el día
de Pentecostés. Leemos así: 'Los Apóstoles, después
de la Ascensión del Señor, comunicaron a sus oyentes esos
dichos y hechos con la mayor comprensión que les daban los acontecimientos
gloriosos de Cristo e iluminados por la enseñanza del Espíritu
Santo' (n.19). Estos 'acontecimientos gloriosos' están constituidos
principalmente por la resurrección del Señor y la venida del
Espíritu Sano. Se comprende que, a la luz de la resurrección,
los Apóstoles creyeron definitivamente en Cristo. La resurrección
proyectó a luz fundamental sobre su muerte en la cruz, y también
sobre todo lo que había hecho y proclamado antes de su pasión.
Luego, el día de Pentecostés sucedió que los Apóstoles
fueron 'iluminados por el Espíritu de verdad'.
4. De la enseñanza apostólica oral se pasó a la
redacción de los Evangelios, respecto a lo cual se expresa así
la Constitución conciliar: . los autores sagrados compusieron los
cuatro Evangelios escogiendo datos de la tradición oral o escrita,
reduciéndolos a síntesis, adaptándolos a la situación
de las diversas Iglesias, conservando el estilo de proclamación:
así nos transmitieron siempre datos auténticos y genuinos
acerca de Jesús. Sacándolos de su memoria o del testimonio
de los 'que asistieron desde el principio y fueron testigos de la palabra,
lo escribieron para que conozcamos la verdad de lo que nos enseñaban'
(n.19).
Este conciso párrafo del Concilio refleja y sintetiza brevemente
toda la riqueza de las investigaciones y estudios de los escrituristas no
han cesado de dedicar a la cuestión del origen de los cuatro Evangelios.
Para nuestra catequesis es suficiente este resumen.
5. En cuanto a los restantes libros de Nuevo Testamento, la Constitución
conciliar Dei Verbum se pronuncia del modo siguiente: . Estos libros,
según el sabio plan de Dios, confirman la realidad de Cristo, van
explicando su doctrina auténtica, proclaman la fuerza salvadora de
la obra de Cristo, cuentan los comienzos y la difusión de la Iglesia,
predicen su consumación gloriosa' (n.20). Se trata de una breve y
sintética presentación de contenido de esos libros, independientemente
de cuestiones cronológicas, que ahora nos interesan menos. sólo
recordaremos que los estudiosos fijan para su composición la segunda
mitad del siglo I.
Lo que más cuenta para nosotros es la presencia del Señor
Jesús y de su Espíritu en los autores del Nuevo Testamento,
que son, por lo mismo, medios a través de los cuales Dios nos introduce
en la novedad revelada. 'El Señor asistió a sus Apóstoles,
como lo había prometido, y les envió el Espíritu Santo,
que los fuera introduciendo en la plenitud de la verdad' (n.20). Los libros
del Nuevo Testamento nos introducen precisamente en el camino que lleva
a la plenitud de la verdad de la divina Revelación.
6. Y tenemos aquí otra conclusión para una concepción
más completa de la fe. Creer de modo cristiano significa aceptar
la auto-revelación de Dios en Jesucristo, que constituye el contenido
esencial del Nuevo Testamento.
Nos dice el Concilio: 'Cuando llegó la plenitud de los tiempos,
la palabra se hizo carne y habitó entre nosotros llena de gracia
y de verdad. Cristo estableció en la tierra el reino de Dios, se
manifestó a Si mismo y a su Padre con obras y palabras. Llevó
a cabo su obra muriendo, resucitando y enviando al Espíritu Santo.
Levantado de la tierra, atrae todos hacia Sí, pues es el único
que posee palabras de vida eterna' (n.17).
'De esto dan testimonio divino y perenne los escritos del Nuevo Testamento'
(n.17).
Y por lo mismo constituyen un particular apoyo para nuestra fe.
Fe cristiana y religiones no cristianas 5.VI.85
1. La fe cristiana se encuentra en el mundo con varias religiones que
se inspiran en otros maestros y en otras tradiciones, al margen del filón
de la revelación. Ellas constituyen un hecho que hay que tener en
cuenta. Como dice el Concilio, los hombres esperan de las diversas religiones
'la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana,
que hoy como ayer conmueven íntimamente su corazón: ¿Qué
es el hombre? Cuál es el sentido y fin de nuestra vida?. ¿Qué
es el bien y que es el pecado?. ¿Cuál es el origen y el fin
del dolor?. ¿Cuál es el camino para conseguir la verdadera
felicidad?. ¿Qué es la muerte, el juicio, y cuál es
la retribución después de la muerte?. ¿Cual es, finalmente,
aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia,
del cual procedemos y hacia el cual nos dirigimos' (Nostra aetate, 1).
De este hecho parte el Concilio en la Declaración Nostra Aetate
sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Es
muy significativo que el Concilio se haya pronunciado sobre este tema. Si
creer de modo cristiano quiere decir responder a la auto-revelación
de Dios, cuya plenitud está en Jesucristo, sin embargo, esta fe no
evita, especialmente en el mundo contemporáneo, una relación
consciente con las religiones no cristianas, en cuanto que en cada una de
ellas se expresa de algún modo 'aquello que es común a los
hombres y conduce a la mutua solidaridad' (n.1). La Iglesia no desecha esta
relación, más aún, la desea y la busca. Sobre el fondo
de una amplia comunión en los valores positivos de espiritualidad
y moralidad, se delinea ante todo la relación de la 'fe' con la 'religión'
en general, que es un sector especial de la existencia terrena del hombre.
El hombre busca en la religión la respuesta a los interrogantes arriba
enumerados y establece de modo diverso su relación con el 'misterio
que envuelve nuestra existencia'. Ahora bien, las diversas religiones no
cristianas son, ante todo, la expresión de esta búsqueda por
parte del hombre, mientras que la fe cristiana que tiene su base en la Revelación
por parte de Dios. Y en esto consiste -a pesar de algunas afinidades en
otras religiones- su diferencia esencial en relación con ellas.
2. La Declaración Nostra Aetate, sin embargo, trata de
subrayar las afinidades. Leemos: 'Ya desde la antigüedad y hasta nuestras
días se encuentran en los diversos pueblos una cierta percepción
de aquella fuerza misteriosa que se haya presente en la marcha de las cosas
y en los acontecimientos de la vida humana, y a veces también el
conocimiento de la suma Divinidad e incluso del Padre. Sensibilidad y conocimiento
que penetran toda la vida humana, y un íntimo sentido religioso'
(n.2). A este propósito podemos recordar que desde los primeros siglos
del cristianismo se ha querido ver la presencia inefable del Verbo en las
mentes humanas y en las realizaciones de cultura y civilización:
'Efectivamente, todos los escritores, mediante la innata semilla del Logos,
injertada en ellos, pudieron entrever oscuramente la realidad' , ha puesto
de relieve San Justino (II, 13, 3), el cual, con otros Padres, no ha dudado
en ver en la filosofía una especie de 'revelación menor'.
Pero en esto hay que entenderse. Ese 'sentido religioso', es decir, el
conocimiento religioso de Dios por parte de los pueblos, se reduce al conocimiento
de que es capaz el hombre con las fuerzas de su naturaleza, como hemos visto
en su lugar; al mismo tiempo, se distingue de las especulaciones puramente
racionales de los filósofos y pensadores sobre el tema de la existencia
de Dios. Ese conocimiento religioso implica a todo el hombre y llega a ser
en él un impulso de vida. Se distingue, sobre todo, de la fe cristiana,
ya sea como conocimiento fundado en la Revelación, ya como respuesta
consciente al don de Dios que está presente y actúa en Jesucristo.
Esta distinción necesaria no excluye, repito, una afinidad y una
concordancia de valores positivos, lo mismo que no impide reconocer, con
el Concilio, que las diversas religiones no cristianas (entre las cuales
en el Documento conciliarse recuerdan especialmente el hinduismo y el budismo,
de los que se traza un breve perfil) 'se esfuerzan por responder de varias
maneras a la inquietud del corazón humano, proponiendo caminos, es
decir, doctrinas, normas de vida y ritos sagrados' (n.2).
3. 'La Iglesia católica -continúa el Documento- considera
con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas
que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña,
no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos
los hombres' (n.2).Mi predecesor Pablo VI, de venerada memoria, puso de
relieve de modo sugestivo esta posición de la Iglesia en la Exhortación
Apostólica 'Evangelii nuntiandi'. He aquí sus palabras que
sintonizan con textos de los antiguos Padres: 'Ellas (las religiones no
cristianas) llevan en sí mismas el eco de milenios a la búsqueda
de Dios, búsqueda incompleta pero hecha frecuentemente con sinceridad
y rectitud de corazón. Poseen un impresionante patrimonio de textos
profundamente religiosos. Han enseñado a generaciones de personas
a orar. Todas están llenas de innumerables semillas del Verbo y constituyen
una auténtica preparación evangélica' (n.53).
Por esto, también la Iglesia exhorta a los cristianos y a los
católicos a fin de que 'mediante el diálogo y la colaboración
con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de la fe y vida cristiana,
reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales,
así como los valores socio-culturales, que en ellos existen' (n.2).
4. Se podría decir, pues, que creer de modo cristiano significa
aceptar, profesar y anunciar a Cristo que es 'el camino, la verdad y la
vida' (Jn. 14, 6), tanto más plenamente cuanto más se ponen
de relieve los valores de las otras religiones, los signos, los reflejos
y como los presagios de El.
5. Entre las religiones no cristianas merece una atención particular
la religión de los seguidores de Mahoma, a causa de su carácter
monoteísta y su vínculo con la fe de Abrahán, a quien
San Pablo definió el 'padre. de nuestra fe (cristiana)' (Cfr. Rom
4, 16).
Los musulmanes 'Adoran al único Dios, viviente y subsistente,
misericordioso y todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, que habló
a los hombres, a cuyos ocultos designios procuran someterse con toda el
alma, como se sometió a Dios Abrahán, a quien la fe islámica
mira con complacencia'. Pero aún hay más: los seguidores de
Mahoma honran también a Jesús: 'Aunque no reconocen a Jesús
como Dios, lo veneran como Profeta; honran a María, su Madre virginal,
y a veces también la invocan devotamente. Esperan, además,
el día del juicio, cuando Dios remunerará a todos los hombres
resucitados. Por ello, aprecian la vida moral y honran a Dios, sobre todo,
con la oración, las limosnas y el ayuno' (n.3).
6. Una relación especial -entre las religiones no cristianas-
es la que mantiene la Iglesia con los que profesan la fe en la Antigua Alianza,
los herederos de los Patriarcas y Profetas de Israel. Efectivamente, el
Concilio recuerda 'el vínculo con que el pueblo del Nuevo Testamento
está unido con la estirpe de Abrahán' (n.4).
Este vínculo, al que ya aludimos en la catequesis dedicada al
Antiguo Testamento, y que nos acerca a los judíos, se pone una vez
más de relieve en la Declaración Nostra Aetate, al referirse
a esos comunes inicios de la fe, que se encuentran en los Patriarcas, Moisés
y los Profetas. La Iglesia 'reconoce que todos los cristianos, hijos de
Abrahán según la fe, están incluidos en la vocación
del mismo Patriarca. La Iglesia no puede olvidar que ha recibido la revelación
del Antiguo Testamento, por medio de aquel pueblo con el que Dios, por su
inefable misericordia, se dignó establecer la Antigua Alianza' (n.4).
De este mismo Pueblo proviene 'Cristo según la carne' (Rom 9, 5),
Hijo de la Virgen María, así como también son hijos
de él sus Apóstoles.
Toda esta herencia espiritual, común a los cristianos y a los
judíos, constituye como un fundamento orgánico para una relación
recíproca, aun cuando gran parte de los hijos de Israel 'no aceptaron
el Evangelio'. Sin embargo, la Iglesia (juntamente con los Profetas y el
Apóstol Pablo) 'espera el día que sólo Dios conoce,
en que todos los pueblos invocarán al Señor con una sola voz
y le servirán como un sólo hombre (Sof 3, 9)'(n.4).
Diálogo de salvación 12.VI.85
1. Creer de modo cristiano significa 'aceptar la invitación al
coloquio con Dios', abandonándose al propio Creador. Esta fe consciente
nos predispone también a ese 'diálogo de la salvación'
que la Iglesia quiere establecer con todos los hombres del mundo de hoy
(Cfr. Pablo VI Enc. Ecclesiam suam), incluso con los no creyentes. 'Muchos
son. los que hoy día se desentienden del todo de esta íntima
y vital unión con Dios o la niegan de forma explícita' (Gaudium
et Spes, 19), constituida por la fe. Por esto, en la Constitución
pastoral Gaudium et Spes el Concilio tomó posición también
sobre el tema de la no creencia y del ateísmo. Nos dice además
cuán consciente y madura debería ser nuestra fe, de la que
con frecuencia tenemos que dar testimonio a los incrédulos y los
ateos. Precisamente en la poca actual la fe debe ser educada 'para poder
percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer'(n.21). Esta es
la condición esencial del diálogo de la salvación.
2. La Constitución conciliar hace una análisis breve, pero
exhaustivo, del ateísmo. Observa, ante todo, que con este término
'se designan realidades muy diversas. Unos niegan a Dios expresamente (ateísmo);
los hay que someten la cuestión teológica a un análisis
metodológico tal, que reputa como inútil el propio planteamiento
de la cuestión (positivismo, cientifismo). Muchos, rebasando indebidamente
los límites de las ciencias positivas, pretenden explicarlo todo
sobre la base puramente científica o, por el contrario, rechazan
sin excepción toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al
hombre, que dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa más.
La afirmación del hombre que la negación de Dios. Hay quienes
imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios
del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean la cuestión de la existencia
de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna. El ateísmo
nace. a veces como violenta protesta contra la existencia del mal en el
mundo o como adjudicación indebida del carácter absoluto a
ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente como sucedáneos
de Dios. La civilización actual, no en sí misma, pero sí
por su sobrecarga de apego a la tierra (secularismo), puede dificultar en
grado notable el acceso del hombre a Dios' (n.19).
3. El texto conciliar, como se ve, indica la variedad y la multiplicidad
de lo que se oculta bajo el término 'ateísmo'.
Sin duda, muy frecuentemente se trata de una actitud pragmática
que es la resultante de la negligencia o de la falta de 'inquietud religiosa'.
Sin embargo, en muchos casos, esta actitud tiene sus raíces en todo
el modo de pensar el mundo, especialmente del pensar científico.
Efectivamente, se acepta como única fuente de certeza cognoscitiva
sólo la experiencia sensible, entonces queda excluido el acceso a
toda realidad suprasensible, transcendente. Tal actitud cognoscitiva se
encuentra también en la base de esa concepción particular
que en nuestra poca ha tomado el nombre de 'teología de la muerte
de Dios'.
Así, pues, los motivos del ateísmo y más frecuentemente
aún del agnosticismo de hoy son también de naturaleza teórico-cognoscitiva,
no sólo pragmática.
4. El segundo grupo de motivos que pone de relieve el Concilio está
unido a esa exagerada exaltación del hombre, que lleva a no pocos
a olvidar una verdad tan obvia, como la de que el hombre es un ser contingente
y limitado en la existencia. La realidad de la vida y de la historia se
encarga de hacernos constatar de modo siempre nuevo que, si hay motivos
para reconocer la gran dignidad y el primado del hombre en el mundo visible,
sin embargo, no hay fundamento para ver en él al absoluto, rechazando
a Dios.
Leemos en la Gaudium et Spes que en el ateísmo moderno 'el afán
de la autonomía humana lleva a negar toda dependencia del hombre
respecto de Dios. Los que profesan este ateísmo afirman que la esencia
de la libertad consiste en que el hombre es el fin de sí mismo, el
único artífice y creador de su propia historia. Lo cual no
puede conciliarse, según ellos, con el reconocimiento del Señor,
autor y fin de todo, o por lo menos tal afirmación de Dios es completamente
superflua. El sentido de poder que el progreso técnico actual da
al hombre puede favorecer esta doctrina' (n.2).
Efectivamente, hoy el ateísmo sistemático pone la 'liberación
del hombre principalmente en su liberación económica y social'.
Combate la religión de modo programático, afirmando que ésta
obstaculiza la liberación, 'porque, al orientar el espíritu
humano hacia una vida futura ilusoria, apartará al hombre del esfuerzo
por levantar la ciudad temporal'. Cuando los defensores de este ateísmo
llegan al gobierno de un Estado -añade el texto conciliar- 'atacan
violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre
todo, en el campo educativo, con el uso de todos los medios de presión
que tiene a su alcance el poder público' (n.20).
Este problema exige que se explique de modo claro y firme el principio
de la libertad religiosa, confirmado por el Concilio en una Declaración
a este propósito, la Dignitatis humanae.
5. Si queremos decir ahora cuál es la actitud fundamental de la
Iglesia frente al ateísmo, está claro que ella lo rechaza
'con toda firmeza' (n.21),porque está en contraste con la esencia
misma de la fe cristiana, la cual incluye la convicción de que la
existencia de Dios puede ser alcanzada por la razón. Sin embargo,
la Iglesia, 'aunque rechaza en forma absoluta el ateísmo., reconoce
sinceramente que todos los hombres, creyentes y no creyentes, deben colaborar
en la edificación de este mundo, en el que viven en común.
Esto no puede hacerse sin un prudente y sincero diálogo' (n.21).
Hay que añadir que la Iglesia es particularmente sensible a la
actitud de esos hombres que no logran conciliar la existencia de Dios con
la múltiple experiencia del mal y del sufrimiento.
Al mismo tiempo, la Iglesia es consciente de que lo que ella anuncia
-es decir, el Evangelio y la fe cristiana- 'está en armonía
con los deseos más profundos del corazón humano, cuando reivindica
la dignidad de la vocación del hombre, devolviendo la esperanza a
quienes desesperan ya de sus destinos más altos' (n.21).
'Enseña además la Iglesia que la esperanza escatológica
no merma la importancia de las tareas temporales, sino que más bien
proporciona nuevos motivos de apoyo para su ejercicio. Cuando, por el contrario,
faltan ese fundamento divino y esa esperanza de la vida eterna, la dignidad
humana sufre lesiones gravísimas., y los enigmas de la vida y de
la muerte, de la culpa y del dolor, quedan sin solucionar, llevando no raramente
al hombre a la desesperación' (n.21).
Por otra parte, aun rechazando el ateísmo, la Iglesia 'quiere
conocer las causas de la negación de Dios que se esconden en la mente
del hombre ateo. Consciente de la gravedad de los problemas planteados por
el ateísmo y movida por el amor que siente a todos los hombres, la
Iglesia juzga que los motivos del ateísmo deben ser objeto de serio
y más profundo examen' (n.21).En particular, se preocupa de progresar
'con continua renovación y purificación propias bajo la guía
del Espíritu Santo'(Cfr. n.21), para remover de su vida todo lo que
justamente pueda chocar al que no cree.
6. Con este planteamiento la Iglesia viene en nuestra ayuda una vez más
para responder al interrogante: '¿Qué es la fe?. ¿Qué
significa creer?, precisamente sobre el fondo de la incredulidad y del ateísmo,
el cual a veces adopta formas de lucha programada contra la religión,
y especialmente contra el cristianismo. Precisamente teniendo en cuenta
esta hostilidad, la fe debe crecer de manera especial consciente, penetrante
y madura, caracterizada por un profundo sentido de responsabilidad y de
amor hacia todos los hombres. La conciencia de las dificultades, de las
objeciones y de las persecuciones deben despertar una disponibilidad aún
más plena para dar testimonio 'de nuestra esperanza' (1 Ped 3, 15).
La fe y la Palabra de Dios 19.VI.95
1. Reanudamos el tema sobre la fe. Según la doctrina contenida
en la Constitución Dei Verbum, la fe cristiana es la respuesta consciente
y libre del hombre a la auto-revelación de Dios, que llegó
a su plenitud en Jesucristo. Mediante lo que San Pablo llama 'la obediencia
de la fe' (Cfr. Rom 16, 26; 1,5; 2 Cor 10, 5-6), todo el hombre se abandona
a Dios, aceptando como verdad lo que se contiene en la palabra divina de
la Revelación. La fe es obra de la gracia que actúa en la
inteligencia y en la voluntad del hombre, y, a la vez, es un acto consciente
y libre del sujeto humano.
La fe, don de Dios al hombre, es también una virtud teologal y
simultáneamente una disposición estable del espíritu,
es decir, un hábito o actitud interior duradera. Por esto exige que
el hombre creyente la cultive siempre, cooperando activa y conscientemente
con la gracia que Dios le ofrece.
2. Puesto que la fe encuentra su fuente en la Revelación divina,
un aspecto esencial de la colaboración con la gracia de la fe se
da por el constante y, en cuanto sea posible, sistemático contacto
con la Sagrada Escritura, en la que se nos ha transmitido la verdad revelada
por Dios en su forma más genuina. Esto halla expresión múltiple
en la vida de la Iglesia, como leemos también en la Constitución
Dei Verbum.
'Toda la predicación de la Iglesia, como toda la religión
cristiana, se ha de alimentar y regir con la Sagrada Escritura. En los libros
sagrados hay puestos tanta eficacia y poder, que constituyen sustento y
vigor de la Iglesia, firmeza de fe para sus hijos, alimento del alma, fuente
límpida y perenne de vida espiritual. Por eso se aplica a la Escritura
de modo especial aquellas palabras: la palabra de Dios es viva y enérgica
(Heb 4, 12), 'puede edificar y dar la herencia a todos los consagrados'
(Hech 20, 32; cfr. 1 Tes 2, 13)' (n.21).
3. He aquí por qué la Constitución Dei Verbum, refiriéndose
a la enseñanza de los Padres de la Iglesia, no duda en poner juntas
las 'dos mesas', es decir, la mesa de la Palabra de Dios y la del Cuerpo
del Señor, y hace notar que la Iglesia no cesa 'sobre todo en la
sagrada liturgia de tomar el pan de la vida' de ambas mesas, 'y de repartirlo
a sus fieles' (Cfr. n.21). Efectivamente la Iglesia siempre ha considerado
y continúa considerando la Sagrada Escritura, juntamente con la Sagrada
Tradición, 'como suprema norma de su fe' (Ib.), y como tal la ofrece
a los fieles para su vida cotidiana. |