El Pueblo de Dios en el Antiguo Testamento (30.X.91)
1. Según el Concilio Vaticano II, que recoge el texto de san
Cipriano sobre el que hemos reflexionado en la catequesis anterior, 'la
Iglesia aparece como un pueblo reunido en virtud de la unidad del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo ' (Lumen Gentium, 4; cfr. San Cipriano,
De oratione dominica, 23: PL 4, 553). Como ya explicamos, con esas palabras
el Concilio enseña que la Iglesia es ante todo un misterio arraigado
en Dios.Trinidad. Un misterio cuya dimensión primera y fundamental
es la dimensión trinitaria. La Iglesia 'aparece como un pueblo' (ib.)
precisamente por su relación con la Trinidad, fuente eterna de la
que brota. Así, pues, es el pueblo de Dios, del Dios uno y trino.
A este tema queremos dedicar esta catequesis y las sucesivas, siguiendo
siempre como hilo conductor la enseñanza del Concilio, que se inspira
todo él en la Sagrada Escritura.
2. El Concilio declara, en efecto, que 'fue voluntad de Dios el santificar
y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna con
otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera
santamente' (Lumen Gentium, 9). Este plan de Dios comenzó a manifestarse
desde la historia de Abrahán, con las primeras palabras que Dios
le dirigió: 'El Señor dijo a Abrahán: Vete de tu tierra
(...) a la tierra que yo te mostraré. De ti haré un gran pueblo
y te bendeciré' (Gen 12, 1.2).
Esta promesa fue confirmada posteriormente con una alianza (Gen 15,18;
17, 1-14) y proclamada solemnemente después del sacrificio de Isaac.
Abrahán, siguiendo el mandato de Dios, estaba dispuesto a sacrificarle
su hijo único, que el Señor le había dado a él
y a su esposa Sara en la vejez. Pero lo que Dios quería era sólo
probar su fe. Isaac, por tanto, en este sacrificio, no sufrió la
muerte, sino que permaneció vivo. Ahora bien, Abrahán había
aceptado el sacrificio en su corazón, y este sacrificio del corazón,
prueba de una fe magnifica, le obtuvo la promesa de una gran descendencia
innumerable: 'Por mi mismo juro, oráculo de Yahvéh, que por
haber hecho esto, por no haberme negado tu hijo, tu único, yo te
colmaré de bendiciones y acrecentaré muchísimo tu descendencia
como las estrellas del cielo y como las arenas de la playa' (Gen 22, 16.17).
3. La realización de esta promesa debía comprender diversas
etapas. En efecto, Abrahán estaba destinado a convertirse en 'padre
de todos los creyentes' (Cfr. Gen 15, 6; Gal 3, 6)7; Rom 4, 16)17). La primera
etapa se realizó en Egipto, donde 'los israelitas fueron fecundos
y se multiplicaron; llegaron a ser muy numerosos y fuertes y llenaron el
país' (Ex 1, 7). El linaje de Abrahán ya se había convertido
en 'el pueblo de los israelitas' (Ex 1, 9), pero se encontraba en una situación
humillante de esclavitud. Fiel a su alianza con Abrahán, Dios llamó
a Moisés y le dijo: 'Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo
en Egipto y he escuchado su clamor (...). He bajado para librarle sraelitas,
de Egipto' (Ex 3, 7-10).
Así fue llamado Moisés para sacar a ese pueblo de Egipto,
pero Moisés era sólo el ejecutor del plan de Dios, el instrumento
de su poder, porque, según la Biblia, es Dios mismo quien saca a
Israel de la esclavitud de Egipto...Cuando Israel era niño, yo le
amé, y de Egipto llamé a mi hijo', leemos en el libro del
profeta Oseas (11, 1). Israel es, por tanto, el pueblo de la predilección
divina: 'No porque seáis el más numeroso de todos los pueblos
se ha prendado Yahvéh de vosotros y os ha elegido, pues sois el menos
numeroso de todos los pueblos; sino por el amor que os tiene y por guardar
el juramento hecho a vuestros padres' (Dt 7, 7.8). Israel es el pueblo de
Dios no por sus cualidades humanas, sino sólo por la iniciativa de
Dios.
4. La iniciativa divina, esa elección soberana del Señor,
toma forma de alianza. Así sucedió con respecto a Abrahán.
Y así acontece también después de la liberación
de Israel de la esclavitud egipcia. El mediador de esa alianza establecida
a los pies del monte Sinaí es Moisés: Vino, pues, Moisés
y refirió al pueblo todas las palabras del Señor y todas sus
normas. Y todo el pueblo respondió a una voz: cumpliremos todas
las palabras que ha dicho el Señor .Entonces escribió Moisés
todas las palabras del Señor y, levantándose de mañana,
alzó al pie del monte un altar y doce estelas por las doce tribus
de Israel'. Luego, se ofrecieron sacrificios y Moisés derramó
sobre el altar una parte de la sangre de las víctimas. 'Tomó
después el libro de la Alianza y lo leyó ante el pueblo',
tras lo cual recibió una vez más de los presentes la promesa
de obediencia a las palabras de Dios. Y al fin, roció con la sangre
al pueblo (Cfr. Ex 24, 3.8).
5. En el libro del Deuteronomio se explica el significado de ese acontecimiento:
' Has hecho decir al Señor que él será tu Dios )tú
seguirás sus caminos, observarás sus preceptos, sus mandamientos
y sus normas, y escucharás su voz.. Y el Señor te ha hecho
decir hoy que serás su pueblo propio' (Dt 26, 17.18). La Alianza
con Dios es para Israel una 'elevación' particular. De este modo,
Israel se convierte en 'un pueblo consagrado al Señor su Dios' (Cfr.
Dt 26, 19), y eso significa una particular pertenencia a Dios. Más
aún: se trata de una pertenencia reciproca: 'Yo seré vuestro
Dios y vosotros seréis mi pueblo' (Jer 7, 23). Esta es la disposición
divina. Dios se compromete a si mismo en la Alianza. Todas las infidelidades
del pueblo, en las diversas etapas de su historia, no alteran la fidelidad
de Dios a esa alianza. Si acaso, se puede decir que esas infidelidades abren,
en cierto sentido, el camino a la Nueva Alianza, anunciada ya en el libro
del profeta Jeremías: 'Esta será la alianza que yo pacte con
la casa de Israel, después de aquellos días (...): pondré
mi ley en su interior y sobre sus corazones le escribiré' (Jer 31,
33).
6. En virtud de la iniciativa divina en la Alianza, un pueblo se transforma
en el pueblo de Dios y, como tal, es santo, es decir, consagrado a Dios-Señor:
'Tú eres un pueblo consagrado al Señor tu Dios' (Dt 7, 6;
cfr. Dt 26, 19). En el sentido de esta consagración se aclaran también
las palabras del Éxodo: 'Seréis para mi un reino de sacerdotes
y una nación santa' (Ex 19, 6). A pesar de que, en el curso de su
historia, aquel pueblo comete muchos pecados, no deja de ser pueblo de Dios.
Por eso, remitiéndose a la fidelidad del Señor a la alianza
establecida por él mismo, Moisés se dirige a él con
la súplica conmovedora: 'No destruyas a tu pueblo, tu heredad', como
leemos en el Deuteronomio (9, 26).
7. Dios, por su parte, no cesa de dirigirse al pueblo elegido con su
palabra. Le habla muchas veces por medio de los profetas. El principal mandamiento
sigue siendo siempre el del amor a Dios sobre todas las cosas: 'Amarás
al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con
toda tu fuerza' (Dt 6, 5). A este mandamiento se halla unido el mandamiento
del amor al prójimo: 'Yo soy el Señor. No oprimirás
a tu prójimo (...). No te vengarás ni guardarás rencor
contra los hijos de tu pueblo. Amarás a tu prójimo como a
ti mismo' (Lv 19,13.18).
8. Otro elemento emerge de los textos bíblicos: el Dios que establece
la alianza con Israel quiere estar presente de un modo particular en medio
de su pueblo. Esa presencia, durante la peregrinación a través
del desierto, se expresa mediante la tienda del encuentro. Más adelante,
se expresará mediante el templo, que el rey Salomón construirá
en Jerusalén.
Con respecto a la tienda del encuentro, leemos en el Éxodo: 'Cuando
salía Moisés hacia la tienda, todo el pueblo se levantaba
y se quedaba de pie ala puerta de su tienda, siguiendo con la vista a Moisés
hasta que entraba en la tienda. Y una vez entrado Moisés en la tienda,
bajada la columna de nube y se detenía a la puerta de la tienda mientras
el Señor hablaba con Moisés. Todo el pueblo veía la
columna de nube detenida en la puerta de la tienda y se levantaba el pueblo,
y cada cual se postraba junto a la puerta de su tienda. El Señor
hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo'
(Ex 33, 8.11). El don de esa presencia era un signo particular de elección
divina, que se manifestaba en formas simbólicas y casi en presagios
de la realidad futura: la Alianza de Dios con su nuevo pueblo en la Iglesia.
La Iglesia, pueblo de Dios (6.XI.91)
1. Según el programa y el método que nos hemos propuesto,
podemos comenzar también esta catequesis con la lectura de un pasaje
de la constitución conciliar Lumen Gentium que dice así: 'Fue
voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente,
sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo,
que lo confesara en verdad y lo sirviera santamente (...). Pactó
con él una alianza y lo instruyó gradualmente, revelándose
a sí mismo y los designios de su voluntad a través de la historia
de este pueblo, y santificándolo para sí' (n. 9). El objeto
de la catequesis anterior era ese pueblo de Dios en la Antigua Alianza.
Pero el Concilio agrega en seguida que 'todo esto sucedió como preparación
y figura de la Alianza nueva y perfecta que había de pactarse en
Cristo y de la revelación completa que había de hacerse por
el mismo Verbo de Dios hecho carne' (Lumen Gentium, 9). Todo este pasaje
de la constitución conciliar sobre la Iglesia que hemos citado se
encuentra al comienzo del capítulo 11, titulado 'El pueblo de Dios'.
Efectivamente, según el Concilio, la Iglesia es el pueblo de Dios
de la Nueva Alianza. Este es el pensamiento que san Pedro transmite y las
primeras comunidades cristianas: 'Vosotros que en un tiempo no erais pueblo
y que ahora sois el pueblo de Dios' (1 Pe 2, 10).
2. En su realidad histórica y en su misterio teológico,
la Iglesia emerge del pueblo de Dios de la Antigua Alianza. Aunque se la
designa con el nombre qahal (=asamblea), se desprende claramente del Nuevo
Testamento que ella es el pueblo de Dios constituido de un modo nuevo por
obra de Cristo y en virtud del Espíritu Santo.
San Pablo escribe en la segunda Carta a los Corintios: 'Nosotros somos
santuario de Dios vivo, como dijo Dios: 'Habitaré en medio de ellos
y andaré entre ellos; yo seré su Dios y ellos serán
mi pueblo ' (6,16). El pueblo de Dios se constituye de un modo nuevo, porque
forman parte de él todos los creyentes en Cristo, sin 'ninguna discriminación'
entre judíos y no judíos (Cfr. Hech 15, 9). San Pedro lo afirma
claramente en los Hechos de los Apóstoles al referir que 'Dios ya
al principio intervino para pro curarse entre los gentiles un pueblo para
su Nombre' (Hech 15, 14). Y Santiago declara que 'con esto concuerdan los
oráculos de los Profetas' (Hech 15,15).
San Pablo nos da otra confirmación de esta perspectiva, durante
su primera estancia en la ciudad pagana de Corinto, donde oyó estas
palabras de Cristo: 'No tengas miedo, sigue hablando y no calles (...) pues
tengo yo un pueblo numeroso en esta ciudad' (Hech 18, 9)10). Finalmente,
en el Apocalipsis se proclama: 'Esta es la morada de Dios con los hombres.
Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y él,
Dios-con-ellos , será su Dios' (Ap 21, 3).
De todo esto se trasluce la conciencia que desde el principio existe
en la Iglesia sobre la continuidad y al mismo tiempo la novedad de su realidad
como pueblo de Dios.
3. Ya en el Antiguo Testamento, Israel debió el hecho de ser
pueblo de Dios a una elección y a una iniciativa divina. Pero estaba
limitada a una única nación. El nuevo pueblo de Dios supera
esa frontera. Comprende en sí a hombres de todas las naciones, lenguas
y razas. Tiene carácter universal, es decir, católico. Como
dice el Concilio: 'Ese pacto nuevo, a saber, el Nuevo Testamento en su sangre'
(Cfr. 1 Cor 11, 25), lo estableció Cristo convocando un pueblo de
judíos y gentiles, que se unificara no según la carne, sino
en el Espíritu, y constituyera el nuevo pueblo de Dios' (Lumen Gentium,
9). El fundamento de esa novedad .el universalismo. es la redención
obrada por Cristo. Por eso, 'también Jesús, para santificar
al pueblo con su sangre, padeció fuera de la puerta' (Hb 13,12).
'Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos, para ser misericordioso
y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en orden a expiar los pecados
del pueblo' (Hb 2, 17).
4. Así se ha formado el pueblo de Dios de la Nueva Alianza, que
había sido anunciada por los profetas del Antiguo Testamento, en
particular por Jeremías y Ezequiel. Leemos en Jeremías: 'He
aquí que días vienen (oráculo del Señor): pondré
mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré
su Dios y ellos serán mi pueblo' (Jer 31, 33).
El profeta Ezequiel hace que se transparente aún más la
perspectiva de una efusión del Espíritu Santo en la que se
cumplirá la Nueva Alianza: 'Os daré un corazón nuevo,
quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré
un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros
y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis
y practiquéis mis normas' (Ez 36, 2627).
5. El Concilio saca principalmente de la primera Carta de Pedro su enseñanza
sobre el pueblo de Dios de la Nueva Alianza, heredero de la antigua Alianza.
'Quienes creen en Cristo, renacidos no de un germen corruptible, sino de
uno incorruptible, mediante la palabra de Dios vivo (Cfr. 1 Pe 1, 23), no
de la carne, sino del agua y del Espíritu Santo (Cfr. Jn 3, 5)6),
pasan, finalmente, a constituir un linaje escogido, sacerdocio regio, nación
santa, pueblo de adquisición (...), que en un tiempo no era pueblo
y ahora es pueblo de Dios' (Lumen Gentium, 9). Como se ve, esta doctrina
conciliar subraya, con san Pedro, la continuidad del pueblo de Dios con
el de la Antigua Alianza, pero destaca asimismo la novedad, en cierto sentido
absoluta, del nuevo pueblo instituido en virtud de la redención de
Cristo, salvado (=adquirido) por la sangre del Cordero.
6. El Concilio describe la novedad de 'este pueblo mesiánico'
que 'tiene por cabeza a Cristo, que 'fue entregado por nuestros pecado y
resucitó para nuestra salvación' (Rom 4, 25) (...). La condición
de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos
corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley
el nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos amó a nosotros
(Cfr. Jn 13, 34). Y tiene en último lugar, como fin, el dilatar más
y más el reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta
que al final de los tiempos él mismo también lo consume, cuando
se manifieste Cristo, vida nuestra (Cfr. Col 3, 4), y la misma criatura
sea libertada de la servidumbre de la corrupción para participar
en la libertad de los hijos de Dios (Rom 8, 21)' (Lumen Gentium, 9).
7. Se trata de la descripción de la Iglesia como pueblo de Dios
de la Nueva Alianza (Cfr. Lumen Gentium, 9), núcleo central de la
humanidad nueva llamada en su totalidad a formar parte del nuevo pueblo.
En efecto, el Concilio añade que 'el pueblo mesiánico (...)
aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca
una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano,
un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación.
Cristo, que lo instituyó para ser comunión de vida, de caridad
y de verdad, se sirve también de él como de instrumento de
la redención universal y lo envía a todo el universo como
luz del mundo y sal de la tierra (Cfr. Mt 5,13.16)' (Lumen Gentium, 9).
La próxima catequesis la dedicaremos a este tema fundamental y fascinante.
La Iglesia pueblo universal (13.XI.91)
1. La Iglesia es el pueblo de Dios de la Nueva Alianza, como he nos
visto en la catequesis anterior. Este pueblo de Dios tiene una dimensión
universal: es el tema de la catequesis de hoy. Según la doctrina
del concilio Vaticano II, 'el pueblo mesiánico, aunque no incluya
a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña,
es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo
(firmissimum germen) de unidad, de esperanza y de salvación' (Lumen
Gentium, 9). Esa universalidad de la Iglesia como pueblo de Dios está
en íntima relación con la verdad revelada sobre Dios como
Creador de todo lo que existe, Redentor de todos los hombres y Autor de
santidad y de vida en todos con el poder del Espíritu Santo.
2.. Sabemos que la Antigua Alianza fue establecida con un solo pueblo
elegido por Dios, Israel. Sin embargo, ya en el Antiguo Testamento se hallan
textos que anuncian la futura universalidad. Esta universalidad aparece
insinuada en la promesa hecha por Dios a Abrahán: 'Por ti se bendecirán
todos los linajes de la tierra' (Gen 12, 3), promesa renovada en otras ocasiones
y extendida a 'los pueblos todos de la tierra' (Gen 18, 8). Otros textos
precisan que esta bendición universal sería comunicada por
medio de la descendencia de Abrahán (Gen 22, 18), de Isaac (Gen 6,
4) y de Jacob (Gen 28, 14). La misma perspectiva, con otros términos,
aparece en los profetas, y en especial en el libro de Isaías: 'Sucederá
en días futuros que el monte de la casa de Yahvéh será
asentado en la cima de los montes y se alzará por encima de las colinas.
Confluirán a él todas las naciones, y acudirán pueblos
numerosos. Dirán Venid, subamos al monte de Yahvéh, a la casa
del Dios de Jacob, para que él nos enseñe sus caminos y nosotros
sigamos sus senderos ... El juzgará entre las gentes, será
árbitro de pueblos numerosos' (Is 2, 2.4). 'El Señor de los
ejércitos hará a todos los pueblos en este monte un convite
de manjares frescos, convite de buenos vinos... Consumirá en este
monte el velo que cubre a todos los pueblos y la cobertura que cubre a todas
las gentes' (Is 25, 6.7).Del Deutero.Isaías provienen las predicciones
referentes al 'Siervo de Yahvéh': Yo, Yahvéh,... te formé
y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes' (Is 42,
6). Es también significativo el libro de Jonás, cuando describe
la misión del profeta en Nínive, fuera del ámbito de
Israel (Cfr. Jon 4, 10.11).
Estos y otros pasajes nos dan a entender que el pueblo elegido de la
Antigua Alianza era una prefiguración y una preparación al
futuro pueblo de Dios, que tendría una dimensión universal.
Por esto, después de la resurrección de Cristo, la 'Buena
Nueva' fue anunciada sobre todo a Israel(Hech 2, 36; 4,10).
3. Jesucristo fue el fundador del pueblo nuevo. El anciano Si meón
había descubierto ya en Jesús niño la 'luz de las gentes',
anunciada en la profecía de Isaías que hemos citado (Is 42,
6). Fue él quien abrió el camino de los pueblos de Dios, como
escribe san Pablo: 'Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos
hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad' (Ef 2,14).
Por eso, 'ya no hay judío ni griego..., ya que todos vosotros sois
uno en Cristo Jesús' (Gal 3, 28). El apóstol Pablo fue el
principal heraldo del alcance universal del nuevo pueblo de Dios. Especialmente
de su enseñanza y acción, que derivaba de Jesús mismo,
pasó a la Iglesia la firme convicción acerca de la verdad
según la cual en Jesucristo todos han sido elegidos, sin ninguna
distinción de nación, lengua o cultura. Como dice el concilio
Vaticano II, 'el pueblo mesiánico', que nace del Evangelio y de la
redención mediante la cruz, es un firmissimum germen ('germen segurísimo')
de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género
humano (Cfr. Lumen Gentium, 9)
La afirmación de esta universalidad del pueblo de Dios en la nueva
Alianza se encuentra, para iluminarla desde lo alto, con las aspiraciones
y los esfuerzos con que los pueblos, especialmente en nuestros días,
buscan la unidad y la paz obrando sobre todo en el ámbito de la vida
internacional y de su organización vital. La Iglesia no puede menos
de sentirse involucrada en ese movimiento histórico, en virtud de
su misma vocación y misión originaria.
4. El Concilio prosigue asegurando que Cristo instituyó el pueblo
mesiánico (la Iglesia) para ser comunión de vida, de caridad
y de verdad, y 'se sirve también de él como instrumento de
la redención universal y lo envía a todo el universo como
luz del mundo y sal de la tierra' (ib.). Esta apertura a todo el mundo,
a todos los pueblos, a todo lo humano, pertenece a la constitución
misma de la Iglesia, brota de la universalidad de la redención obrada
en la cruz y en la resurrección de Cristo (Cfr. Mt 28, 19; Mc 16,
15) y encuentra su consagración el día de Pentecostés,
a través de la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles
y sobre la comunidad de Jerusalén, primer núcleo de la Iglesia.
Desde aquellos días, la Iglesia tiene conciencia de la llamada universal
de los hombres a formar parte del pueblo de la nueva Alianza.
5. Dios ha convocado a formar parte de su pueblo a toda la comunidad
de los que miran con fe a Jesús, autor de la salvación y fuente
de paz y de unidad. Esta 'comunidad convocada' es la Iglesia, instituida
'a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de esta
unidad salutífera. Debiendo difundirse en todo el mundo, entra, por
consiguiente, en la historia de la humanidad, si bien transciende a los
tiempos y las fronteras de los pueblos' (Lumen Gentium, 9). Es la enseñanza
del Concilio, que prosigue: 'Así como el pueblo de Israel, según
la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia (Cfr.
2 Esd 13, 1; Nm 20, 4; Dt 23, 1 ss), así el nuevo Israel, que caminando
en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne (Cfr. Hb 13,14),
también es designado como Iglesia de Cristo (Cfr. Mt 16,18), porque
fue El quien la adquirió con su sangre (Cfr. Hech 20, 28), la llenó
de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión
visible y social' (ib.).
La universalidad de la Iglesia responde, por tanto, al designio trascendente
de Dios, que obra en la historia humana en virtud de la misericordia 'que
quiere que todos los hombres se salven' (1 Tim 2, 4).
6. Esta voluntad salvífica de Dios Padre es la razón y
el objetivo de la acción que la Iglesia lleva a cabo desde el principio
para responder a su vocación de pueblo mesiánico de la Nueva
Alianza, con dinamismo abierto a la universalidad, como Jesús mismo
indica en el mandato y en la garantía que da a Pablo de Tarso, el
Apóstol de los gentiles: 'Yo te libraré de tu pueblo y de
los gentiles, a los cuales yo te envío, para que les abras los ojos;
para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y del poder de Satanás
a Dios; y para que reciban el perdón de los pecados y una parte en
la herencia entre los santificados, mediante la fe en mí' (Hech 26,
17.18).
7. La Nueva Alianza, a la que está llamada la humanidad, es también
una alianza eterna (Cfr. Hb 13, 20), y por eso el pueblo mesiánico
está marcado con una vocación escatológica. Es lo que
nos asegura de modo especial el último libro del Nuevo Testamento,
el Apocalipsis, que pone de relieve el carácter universal de una
Iglesia extendida en el tiempo y, más allá del tiempo, en
la eternidad. En la gran visión celeste, que sigue en el Apocalipsis
a las cartas dirigidas a las siete Iglesias, el Cordero es alabado solemnemente
porque ha sido inmolado y ha rescatado para Dios con su sangre 'hombres
de toda raza, lengua, pueblo y nación' y ha hecho de ellos para nuestro
Dios un reino de sacerdotes (Cfr. Ap 5, 9 10). En una visión sucesiva,
Juan ve 'una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda
nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono (de Dios)
y del Cordero' (Ap 7, 9), Iglesia de los bienaventurados, Iglesia de los
hijos de Dios en el tiempo y en la eternidad: es la única realidad
del pueblo mesiánico, que se extiende más allá de todos
los límites de espacio y de toda época histórica, según
el plan divino de la salvación, que se refleja en la catolicidad.
La Iglesia, cuerpo de Cristo (20.XI.91)
1. San Pablo utiliza la imagen del cuerpo para representar la Iglesia:
'En un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar
más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y
todos hemos bebido de un solo Espíritu' (1 Cor 12,13). Es una imagen
nueva. Mientras el concepto de 'pueblo de Dios' que hemos explicado en las
últimas catequesis, pertenece al Antiguo Testamento, y es recogido
y enriquecido en el Nuevo, la imagen de 'cuerpo de Cristo', empleada también
por el concilio Vaticano II al hablar de la Iglesia, no tiene precedentes
en el Antiguo Testamento. Se encuentra en las cartas de san Pablo, a las
que acudiremos, sobre todo, en esta catequesis. Muchos exegetas y teólogos
de nuestro siglo han estudiado esa imagen en san Pablo, en la tradición
patrística y teológica .que deriva de él. y en la validez
que posee para presentar a la Iglesia hoy. También el Magisterio
pontificio la ha recogido, y el Papa Pío XII le dedicó una
memorable encíclica, titulada precisamente Mystici Corporis Christi
(1943).
Conviene notar, asimismo, que en las cartas de san Pablo no encontramos
el calificativo 'místico', que aparecerá sólo más
tarde; en las cartas paulinas se habla del 'cuerpo de Cristo', estableciendo
simplemente una comparación realista con el cuerpo humano. En efecto,
escribe el Apóstol que 'del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque
tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad,
no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo'
(1 Cor 12,12).
2. El Apóstol, con esas palabras, quiere poner de relieve la
unidad y, al mismo tiempo, la multiplicidad que es propia de la Iglesia.
'Pues, así como nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros,
y no desempeñan todos los miembros la misma función, así
también nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo
cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los
otros' (Rom 12, 4.5). Se podría decir que, mientras el concepto de
'pueblo de Dios' subraya la multiplicidad, el de 'cuerpo de Cristo 'destaca
la unidad dentro de la multiplicidad, indicando sobre todo el principio
y la fuente de esa unidad: Cristo. 'Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y
sus miembros' (1 Cor 12, 27). 'También nosotros, siendo muchos, no
formamos mas que un solo cuerpo en Cristo' (Rom 12, 5). Por consiguiente,
pone de relieve la unidad Cristo.Iglesia, y la unidad de los muchos miembros
de la Iglesia entre si, en virtud de la unidad de todo el cuerpo con Cristo.
3. El cuerpo es el organismo que, precisamente por ser organismo, expresa
la necesidad de cooperación entre los diversos órganos y miembros
en la unidad del conjunto, compuesto y ordenado de esa manera, según
san Pablo, 'para que no hubiera división alguna en el cuerpo, sino
que todos los miembros se preocuparan lo mismo los unos de los otros' (1
Cor 12, 25). 'Más bien los miembros del cuerpo que tenemos por más
débiles, son indispensables'(1 Cor 12, 22). Y el Apóstol llega
incluso a decir que 'somos miembros los unos de los otros' (Rom 12, 5) en
el cuerpo de Cristo, la Iglesia. La multiplicidad de los miembros y la variedad
de las funciones no pueden ir en perjuicio de la unidad, así como
la unidad no puede anular o destruir la multiplicidad y la variedad de los
miembros y de las funciones.
4. Es una exigencia de armonía 'biológica' del organismo
humano que, trasladada a modo de analogía al plano eclesiológico,
indica la necesidad de la solidaridad entre todos los miembros de la comunidad)Iglesia.
En efecto, escribe el Apóstol: 'Si sufre un miembro, todos los demás
sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás
toman parte en su gozo' (1 Cor 12, 26).
5. Se puede decir, por tanto, que el concepto de Iglesia como 'cuerpo
de Cristo' es complementario con respecto al concepto de 'pueblo de Dios'.
Se trata de la misma realidad, expresada según los dos aspectos de
unidad y de multiplicidad, con dos analogías diversas.
La analogía del cuerpo pone de relieve sobre todo la unidad de
vida: los miembros de la Iglesia se hallan unidos entre sí en virtud
del principio de la unidad en la idéntica vida que proviene de Cristo.
'¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo' (1
Cor 6, 15). Se trata de la vida espiritual, más aún, de la
vida en el Espíritu Santo. Cristo .como leemos en la constitución
conciliar sobre la Iglesia. 'a sus hermanos, congregados de entre todos
los pueblos, los constituyó místicamente su cuerpo, comunicándoles
su Espíritu' (Lumen Gentium, 7). De este modo, Cristo mismo es 'la
cabeza del cuerpo, de la Iglesia' (Col 1, 18). La condición para
participar en la vida del cuerpo es la unión con la cabeza, 'de la
cual todo el cuerpo, por medio de junturas y ligamentos, recibe nutrición
y cohesión, para realizar su crecimiento en Dios' (Col 2, 19).
6. El concepto paulino de 'cabeza' (Cristo)cabeza del cuerpo que es
la Iglesia) significa en primer lugar el poder que le pertenece sobre todo
el cuerpo: un poder supremo, a propósito del cual leemos en la carta
a los Efesios que Dios 'bajo sus pies sometió todas las cosas y le
constituyó cabeza suprema de la Iglesia' (Ef 1, 22). Como cabeza,
Cristo transmite a la Iglesia.cuerpo su vida divina, a fin de que crezca
'en todo hasta aquel que es la cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo recibe
trabazón y cohesión por medio de toda clase de junturas que
llevan la nutrición según la actividad propia de cada una
de las partes, realizando así el crecimiento del cuerpo para su edificación
en el amor' (Ef 4, 15 16).
Como cabeza de la Iglesia, Cristo es el principio y la fuente de cohesión
entre todos los miembros del cuerpo (Cfr. Col 2, 19). Es el principio y
la fuente de crecimiento en el Espíritu: de él todo el cuerpo
recibe el crecimiento para su edificación en el amor (Cfr. Ef 4,
16). Por eso el Apóstol exhorta a ser 'sinceros en el amor' (Ef 4,
15). El crecimiento espiritual del cuerpo de la Iglesia y de cada uno de
sus miembros es un crecimiento 'desde Cristo '(principio) y, al mismo tiempo,
..hacia Cristo' (fin). Nos lo dice el Apóstol, cuando completa su
exhortación así: 'Siendo sinceros en el amor, crezcamos en
todo hasta aquel que es la cabeza, Cristo' (Ef 4, 15).
7. Debemos añadir también que la doctrina de la Iglesia
como cuerpo de Cristo-cabeza tiene una relación muy intima con la
Eucaristía. En efecto, el Apóstol pregunta: 'La copa de bendición
que bendecimos "no es acaso comunión con la sangre de Cristo?
Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?'
(1 Cor 10, 16). Se trata, desde luego, del cuerpo personal de Cristo, que
recibimos de modo sacramental en la Eucaristía bajo la especie del
pan. Pero, siguiendo su idea, san Pablo responde a la pregunta planteada:
'Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos
participamos de un solo pan' (1 Cor 10,17). Y este 'un solo cuerpo' son
todos los miembros de la Iglesia, unidos espiritualmente a la cabeza, que
acaba de identificar con Cristo en persona.
La Eucaristía, como sacramento del cuerpo y la sangre personal
de Cristo, forma la Iglesia, que es el cuerpo social de Cristo en la unidad
de todos los miembros de la comunidad eclesial. Baste por ahora esta breve
explicación de una admirable verdad cristiana, sobre la cual hemos
de volver cuando, Dios mediante, tratemos sobre la Eucaristía.
La Iglesia, misterio y sacramento (27.XI.91)
1. Según el Concilio Vaticano II, 'la Iglesia es en Cristo como
un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión
con Dios y de la unidad de todo el género humano' (Lumen Gentium,
1). Esta doctrina, propuesta desde el principio de la constitución
dogmática sobre la Iglesia, necesita alguna aclaración que
haremos durante esta catequesis. Comencemos señalando que el texto
apenas citado sobre la Iglesia como 'sacramento' se encuentra en la constitución
Lumen Gentium, en el capitulo primero, cuyo titulo es 'El misterio de la
Iglesia' (De Ecclesiae mysterio). Por tanto, es preciso buscar una explicación
de esta sacramentalidad que el Concilio atribuye a la Iglesia en el ámbito
del misterio ('mysterium'), tal como lo entiende este primer capítulo
de la constitución.
2. La Iglesia es un misterio divino porque en ella se realiza el designio
(o plan) divino de la salvación de la humanidad, a saber, 'el misterio
del reino de Dios' revelado en la palabra y en la misma existencia de Cristo,
Jesús revela este misterio, en primer lugar, a los Apóstoles:
'A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios, pero a los que
están fuera todo se les presenta en parábolas' (Mc 4, 11).
El significado de las parábolas del reino, a las que ya dedicamos
una catequesis, encuentra su realización primera y fundamental en
la Encarnación, y su cumplimiento en el tiempo que va desde la Pascua
de la cruz y de la resurrección de Cristo hasta el Pentecostés
en Jerusalén, donde los Apóstoles y los miembros de la primera
comunidad recibieron el bautismo del Espíritu de verdad, que los
hizo capaces de dar testimonio de Cristo. Precisamente en aquel mismo tiempo,
el misterio eterno del designio divino de la salvación de la humanidad
asumió la forma visible de la Iglesia.nuevo pueblo de Dios.
3. Las cartas paulinas lo expresan de modo muy explícito y eficaz.
En efecto, el Apóstol anuncia a Cristo 'conforme... a la revelación
de un misterio mantenido en secreto durante siglos enteros, pero manifestado
al presente' (Rom 16, 25.26). 'El misterio escondido desde siglos y generaciones,
y manifestado ahora a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer cuál
es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo
entre vosotros, la esperanza de la gloria' (Col 1, 26.27): éste es
el misterio revelado para consolar los corazones, para edificar la caridad
y para alcanzar la inteligencia plena de la riqueza que contiene (Cfr. Col
2, 2). Al mismo tiempo, el Apóstol pide a los Colosenses que oren
'para que Dios nos abra una puerta a la Palabra, y podamos anunciar el misterio
de Cristo', y confía poder darlo a conocer anunciándolo como
debo hacerlo' (Col 4, 3 4).
4. Ese misterio divino, o sea, el misterio de la salvación de
la humanidad en Cristo es, sobre todo, el misterio de Cristo, pero está
destinado 'a los hombres'. Leemos en la carta a los Efesios que ese misterio
'no fue dado a conocer a los hombres, como ha sido ahora revelado a sus
santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles
sois coherederos, miembros del mismo Cuerpo y participes de la misma promesa
en Cristo Jesús por medio del Evangelio, del cual .agrega el Apóstol.
he llegado a ser ministro, conforme al don de la gracia de Dios a mí
concedida por la fuerza de su poder' (Ef 3, 5.7).
5. El concilio Vaticano II recoge y vuelve a proponer esta enseñanza
de Pablo cuando afirma: 'Cristo, levantado sobre la tierra, atrajo hacia
sí a todos (Cfr. Jn 12, 32); habiendo resucitado de entre los muertos
(Cfr. Rom 6, 9), envió sobre los discípulos a su Espíritu
vivificador, y por él hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia, sacramento
universal de salvación (Lumen Gentium, 48). Y también: 'Dios
formó una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús
el autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz,
y la constituyó Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno
sacramento visible de esta unidad salutífera' (Lumen gentium, 9).
Por tanto, la iniciativa eterna del Padre, que concibe el plan salvífico,
manifestado a la humanidad y realizado en Cristo, constituye el fundamento
del misterio de la Iglesia en la que éste, por obra del Espíritu
Santo, es participado a los hombres, comenzando por los Apóstoles.
Gracias a esa participación en el misterio de Cristo, la Iglesia
es el Cuerpo de Cristo. La imagen y el concepto paulino de 'cuerpo de Cristo'
expresan al mismo tiempo la verdad del misterio de la Iglesia y la verdad
de su carácter visible en el mundo y en la historia de la humanidad.
6. El término griego mysterion ha sido traducido al latín
como sacramentum. En este sentido lo usa el magisterio conciliar en los
textos que acabamos de citar. En la Iglesia latina, la palabra 'sacramentum'
ha tomado un sentido teológico más específico, designando
los siete sacramentos. Está claro que la aplicación de este
sentido a la Iglesia sólo es posible de modo analógico.
En efecto, según la enseñanza del concilio de Trento,
un sacramento 'es el signo de una cosa santa y la expresión visible
de la gracia invisible' (Cfr. DS 1639). Sin duda, semejante definición
puede aplicarse de modo analógico a la Iglesia.
Pero es necesario notar que esa definición no basta para expresar
lo que es la Iglesia. La Iglesia es signo, pero no es sólo signo;
en sí misma es, también, fruto de la obra redentora. Los sacramentos
son los medios de santificación. En cambio, la Iglesia es la asamblea
de las personas santificadas y constituye, por tanto, la finalidad de la
intervención salvífica (Cfr. Ef 5, 25.27).
Hechas estas aclaraciones, el término 'sacramento' puede aplicarse
a la Iglesia. En efecto, la Iglesia es el signo de la salvación realizada
por Cristo y destinada a todos los hombres mediante la obra del Espíritu
Santo. Es un signo visible: la Iglesia, como comunidad del pueblo de Dios,
tiene un carácter visible. También es un signo eficaz, pues
la adhesión a la Iglesia otorga a los hombres la unión con
Cristo y todas las gracias necesarias para la salvación.
7. Cuando se habla de los sacramentos como signos eficaces de la gracia
salvífica, instituidos por Cristo y celebrados en su nombre por la
Iglesia, la analogía de la sacramentalidad con respecto a la Iglesia
subsiste a través del vinculo orgánico entre la Iglesia y
los sacramentos; de todas formas, hay que tener en cuenta que no se trata
de una identidad sustancial. No es posible, desde luego, atribuir a todo
el conjunto de las funciones y de los ministerios de la Iglesia la institución
divina y la eficacia de los siete sacramentos. Por otra parte, en la Eucaristía
hay una presencia sustancial de Cristo, que ciertamente no puede extenderse
a toda la Iglesia. Dejemos para otro momento una explicación más
ampliada de esas diferencias. Pero podemos concluir esta catequesis con
la gozosa observación de que el vinculo orgánico entre la
Iglesia.sacramento y cada uno de los sacramentos es muy estrecho y esencial
precisamente en lo referente a la Eucaristía. En efecto, la Eucaristía
actúa y hace presente a la Iglesia, en la medida en que ésta
(como sacramento) celebra la Eucaristía. La Iglesia se manifiesta
en la Eucaristía, y la Eucaristía hace la Iglesia. Sobre todo
en la Eucaristía la Iglesia es y se convierte cada vez más
en el sacramento 'de la unión íntima con Dios' (Lumen Gentium,
1).
La Iglesia, prefigurada como Esposa en el A.T. (4.XII.91)
1. Ya en el Antiguo Testamento se habla de una especie de nupcias entre
Dios y su pueblo, es decir, Israel. Así, leemos en la tercera de
las profecías de Isaías: 'Porque tu esposo es tu Hacedor,
el Señor de los ejércitos es su nombre; y el que te rescata,
el Santo de Israel, Dios de toda la tierra se llama' (Is 54, 5). Nuestra
catequesis sobre la Iglesia como 'sacramento de la unión con Dios'
(mysterium Ecclesiae, Lumen Gentium, 1) nos hace remontarnos a aquel antiguo
hecho de la Alianza de Dios con Israel, el pueblo elegido, que fue la preparación
para el misterio fundamental de la Iglesia, prolongación del misterio
mismo de la Encarnación. Lo hemos visto en las catequesis anteriores.
En la de hoy queremos subrayar que los profetas presentan la Alianza de
Dios con Israel como un lazo nupcial. También este hecho particular
de las relaciones de Dios con su pueblo tiene un valor figurativo y preparatorio
del lazo nupcial existente entre Cristo y la Iglesia, nuevo pueblo de Dios,
nuevo Israel constituido por Cristo con el sacrificio de la cruz.
2. En el Antiguo Testamento, además del texto de Isaías
que hemos citado al inicio, encontramos otros, de manera especial en los
libros de Oseas, Jeremías y Ezequiel, en los que la Alianza de Dios
con Israel es interpretada con la imagen del pacto matrimonial de los esposos.
Siguiendo esa comparación, estos profetas lanzan contra el pueblo
elegido la acusación de que es como una esposa infiel y adúltera.
Así, dice Oseas: '¡Pleitead con vuestra madre, pleitead, porque
ella ya no es mi mujer, y yo no soy su marido!' (Os 2, 4). De igual forma,
afirma Jeremías: 'Como engaña una mujer a su compañero,
así me ha engañado la casa de Israel' (Jer 3, 20). Y, aludiendo
a la infidelidad de Israel a la ley de la Alianza, y en especial a sus numerosos
pecados de idolatría, Jeremías añade el reproche: 'Tú
has fornicado con muchos compañeros, ¿y vas a volver a mí?
Oráculo del Señor' (Jer 3,1). Finalmente, Ezequiel dice: 'Pero
tú te pagaste de tu belleza, te aprovechaste de tu fama para prostituirte,
prodigaste tu lascivia a todo transeúnte, entregándote a él'
(Ez 16, 15; cfr. 16, 29. 32).
Con todo, es preciso decir que las palabras de los profetas no contienen
un rechazo absoluto y definitivo de la esposa adúltera; más
bien, constituyen una invitación a la conversión y una promesa
de volver a aceptarla si se convierte. Así, dice Oseas: 'Yo te desposaré
(de nuevo) conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia
y en derecho, en amor y en compasión, te desposaré conmigo
en fidelidad, y tú conocerás al Señor' (Os 2, 21.22).
De forma análoga, Isaías afirma: 'Por un breve instante te
abandoné, pero con gran compasión te recogeré. En un
arranque de furor te oculté mi rostro por un instante, pero con amor
eterno te he compadecido, dice el Señor, tu Redentor' (Is 54, 78).
3. Estos anuncios de los profetas van más allá del confín
histórico de Israel y más allá de la dimensión
étnica y religiosa del pueblo que no ha mantenido la alianza. Se
han de colocar en la perspectiva de una Nueva Alianza, indicada como algo
que sucederá en el futuro. Véase en especial Jeremías:
'Esta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después
de aquellos días...: pondré mi ley en su interior y sobre
sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán
mi pueblo' (Jer 31, 33). Algo semejante anuncia Ezequiel, después
de haber prometido a los desterrados el retorno a su patria: 'Yo les daré
un solo corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo:
quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré
un corazón de carne, para que caminen según mis preceptos,
observen mis normas y las pongan en práctica, y sí sean mi
pueblo y yo sea su Dios' (Ez 11,19.20).
4. El cumplimiento de esta promesa de una Nueva Alianza comienza con
María. La Anunciación es la primera manifestación de
este inicio, pues en ese momento la Virgen de Nazaret responde con la obediencia
de la fe al designio eterno de la salvación del hombre mediante la
encarnación del Verbo: la encarnación del Hijo de Dios significa
el cumplimiento de los anuncios mesiánicos y, al mismo tiempo, el
amanecer de la Iglesia como nuevo pueblo de la Nueva Alianza. María
es consciente de la dimensión mesiánica del anuncio que recibe
y del sí con que responde. Parece que el evangelista Lucas quiere
poner de relieve esta dimensión, con la detallada descripción
del diálogo entre el Ángel y la Virgen, y más tarde
con la formulación del Magnificat.
5. El diálogo y el cántico ponen de manifiesto la humildad
de María y la intensidad con que también ella vivió
en su espíritu la espera del cumplimiento de la promesa mesiánica
hecha a Israel. Resuenan en su corazón las palabras de los profetas
sobre la Alianza nupcial de Dios con el pueblo elegido, recogidas y meditadas
en su corazón en esos momentos decisivos, que nos refiere san Lucas.
Ella misma deseaba encarnar en sí la imagen de la esposa completamente
fiel y plenamente entregada al Espíritu divino y, por eso, se convierte
en el comienzo del nuevo Israel, es decir, del pueblo querido por el Dios
de la Alianza en su corazón de esposo. María no usa, ni en
el diálogo ni en el cántico, términos de la analogía
nupcial, pero hace mucho más: confirma y consolida una consagración
que ya está viviendo y que resulta su condición habitual de
vida. En efecto, replica al Ángel de la Anunciación: 'No conozco
varón' (Lc 1, 34). Es como si dijera: soy virgen consagrad Dios y
no quiero abandonar a este Esposo, porque creo que no lo quiere él,
tan celoso de Israel, tan severo con quien lo ha traicionado, tan insistente
en su misericordiosa llamada a la reconciliación.
6. María es consciente de la infidelidad de su pueblo y quiere
ser una esposa fiel al Esposo divino, tan amado. Y el Ángel le anuncia
el cumplimiento en ella de la Nueva Alianza de Dios con la humanidad en
una dimensión insospechada, como maternidad virginal en la obra del
Espíritu Santo: 'El Espíritu Santo vendrá sobre ti
y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra' (Lc 1, 35).
La Virgen de Nazaret, por obra del Espíritu Santo, se convierte de
modo virginal en la madre del Hijo de Dios. El misterio de la Encarnación
comprende en su ámbito esta maternidad de María, realizada
divinamente por obra del Espíritu Santo. Ese es, por tanto, el momento
del inicio de la Nueva Alianza, en la que Cristo, Esposo divino, une a sí
a la humanidad, llamada a ser su Iglesia como pueblo universal de la Nueva
Alianza.
7. Ya en ese momento de la Encarnación, María como Virgen.Madre
se convierte en figura de la Iglesia en su carácter, a la vez, virginal
y materno. 'Pues en el misterio de la Iglesia .explica el concilio Vaticano
II., que con razón es llamada también madre y virgen, precedió
la Santísima Virgen, presentándose de forma eminente y singular
como modelo, tanto de la virgen como de la madre' (Lumen Gentium, 63). Con
mucha razón el mensaje enviado por Dios salud María, desde
el primer momento, con la palabra Xaire (que quiere decir 'alégrate').
En este saludo resuena el eco de muchas palabras proféticas del Antiguo
Testamento: '¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría,
hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él
y victorioso' (Za 9, 9). '¡Lanza gritos de gozo, hija de Sión...
Alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén!
¡El Señor, rey de Israel, está en medio de ti!... ¡No
tengas miedo, Sión!... Un poderoso salvador... te renueva por su
amor; danza por ti con gritos de júbilo' (So 3,14.17). 'No temas,
suelo, jubila y regocíjate, porque el Señor hace grandezas...
¡Hijos de Sión, jubilad, alegraos en el Señor, vuestro
Dios!' (Jl 2, 21.23).
María y la Iglesia son, pues, el término de la realización
de estas profecías, en el umbral del Nuevo Testamento. Es más,
se puede decir que en este umbral se encuentra la Iglesia en María,
y María en la Iglesia y como Iglesia. Es una de las obras maravillosas
de Dios, que son objeto de nuestra fe.
La Iglesia, presentada como Esposa por los Evangelios (11.XII.91)
1. 'Porque tu esposo es tu Hacedor, el Señor de los ejércitos;
tu Redentor es el Santo de Israel' (Is 54, 5). Una vez más citamos
estas palabras de Isaías, para recordar que los profetas del Antiguo
Testamento veían en Dios al Esposo del pueblo elegido. Israel era
presentado como una esposa, a menudo infiel a causa de sus pecados, especialmente
por las caídas en la idolatría. Con todo, el Señor
de los ejércitos permanecía en su fidelidad hacia el pueblo
elegido. Permanecía como 'el Redentor, el Santo de Israel'.
En el terreno preparado por los profetas, el Nuevo Testamento presenta
a Jesucristo como Esposo para el nuevo pueblo de Dios: él es 'el
Redentor, el Santo de Israel' previsto y anunciado desde antes; en él,
el Cristo-Esposo, se han cumplido las profecías.
2. El primero que presenta a Jesús a esta luz es Juan Bautista
en su predicación a la orilla del Jordán: 'Yo no soy el Cristo
.dice a los que le escuchan., sino que he sido enviado delante de él.
El que tiene a la esposa es el esposo; pero el amigo del esposo, el que
asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del esposo' (Jn 3, 28.29). Como
se ve, la tradición nupcial del Antiguo Testamento se manifiesta
en la conciencia que este austero mensajero del Señor tiene de su
misión con respecto a la identidad de Cristo. El sabe quién
es y 'qué cosa le ha dado el cielo'. Todo su servicio en medio del
pueblo se dirige hacia el Esposo que ha de venir. Juan se presenta a sí
mismo como 'el amigo del esposo', y confiesa que su alegría más
grande estriba en el hecho de que le ha sido concedido escuchar su voz.
Por esta alegría está dispuesto a aceptar su propia 'disminución',
es decir, a dejar su lugar a aquel que ha de manifestarse, que es mayor
que él, y por el cual está dispuesto a dar la vida, pues sabe
que, según el designio divino de la salvación, ahora debe
'crecer' el Esposo, 'el Santo de Israel': 'Es preciso que él crezca
y que yo disminuya' (Jn 3, 30).
3. Jesús de Nazaret es, pues, introducido en medio de su pueblo
como el Esposo que había sido anunciado por los profetas. Lo confirma
él mismo cuando a la pregunta de los discípulos de Juan: '"Por
qué... tus discípulos no ayunan?' (Mc 2, 18), responde: '"Pueden
acaso ayunar los invitados a la boda mientras el esposo está con
ellos? Mientras tengan consigo al esposo no pueden ayunar. Días vendrán
en que les será arrebatado el esposo; entonces ayunarán, en
aquel día' (Mc 2, 19.20). Con esta respuesta, Jesús d entender
que el anuncio de los profetas sobre el Dios.Esposo, sobre 'el Redentor,
el Santo de Israel', encuentra en él mismo su cumplimiento. El revela
su conciencia del hecho de ser Esposo entre sus discípulos, aunque
al final 'les será arrebatado'.
Es una conciencia de mesianidad y de la cruz en la que realizará
su sacrificio en obediencia al Padre, como anunciaron los profetas (Cfr.
Is 42, 1.9; 49, 1.7;50, 4.11; 52, 13.53, 12).
4. Lo que expresan la declaración de Juan a orillas del Jordán
y la respuesta de Jesús a la pregunta de los discípulos de
Juan el Bautista, a saber, que ya he llegado el Esposo anunciado por los
profetas, encuentra confirmación también en las parábolas,
en las que la expresión del motivo nupcial es indirecta, pero bastante
transparente. Jesús dice que 'el reino de los cielos es semejante
a un rey que celebró el banquete de bodas de su hijo' (Mt 22,2).
Todo el conjunto de la parábola d entender que Jesús habla
de sí mismo, pero lo hace en tercera persona, cosa frecuente en las
parábolas. En el contexto de la parábola del rey que invita
al banquete de bodas de su hijo, Jesús, con la analogía del
banquete nupcial, quiere poner de relieve la verdad acerca del reino de
Dios, que él mismo trae al mundo y las invitaciones de Dios al banquete
del Esposo, o se la aceptación del mensaje de Cristo en la comunión
del pueblo nuevo, que la parábola presenta como convocado a las bodas.
Pero añade la referencia a los rechazos de la invitación,
que Jesús tiene ante sus ojos en la realidad de muchos de sus oyentes.
También añade, para todos los invitados de su tiempo y de
todos los tiempos, la necesidad de una actitud digna de la vocación
recibida, simbolizada por el 'vestido nupcial' que deben llevar quienes
quieran participar del banquete, hasta el punto de que quien no lo tenga
será rechazado por el rey, es decir, por Dios Padre que llama a la
fiesta de su Hijo en la Iglesia.
5. Al parecer, en el mundo de Israel, con ocasión de los grandes
banquetes, se ponían a disposición de los convidados, en el
atrio de la casa del banquete, los vestidos que se habían de llevar.
Eso explicaría aún mejor el significado de ese detalle de
la parábola de Jesús: la responsabilidad no sólo de
quien rechaza la invitación, sino también de los que pretenden
participar sin respetar las condiciones exigidas para ser dignos. Lo mismo
se ha de decir de quien se considerase o se declarase seguidor de Cristo
y miembro de la Iglesia, sin llevar el 'vestido nupcial' de la gracia, que
engendra la fe viva, la esperanza y la caridad. Es verdad que este 'vestido'
.interior, más que exterior. es dado por Dios mismo, autor de la
gracia y de todo bien del alma. Pero La parábola subraya la responsabilidad
de cada invitado, cualquiera que sea su procedencia, con respecto al sí
que debe dar al Señor que lo llama y con respecto a la aceptación
de su ley, la respuesta total a las exigencias de la vocación cristiana
y la participación cada vez más plena en la vida de la Iglesia.
6. También en la parábola de las diez vírgenes
'que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del esposo'
(Mt 25, 1), se encuentra la analogía nupcial usada por Jesús
para dar a entender su pensamiento sobre el reino de Dios y la Iglesia,
en la que ese reino se hace realidad. En esa misma parábola se puede
apreciar también la insistencia en la necesidad de la disposición
interior, sin la que no se puede participar en el banquete de bodas. Mediante
esa parábola Jesús nos llama a la prontitud, a la vigilancia
y al esfuerzo fervoroso en la espera del Esposo. Sólo cinco de las
diez vírgenes se habían cuidado de que sus lámparas
estuviesen encendidas a la llegada del Esposo. A las otras, por imprevisión,
les faltó el aceite. 'Llegó el esposo, y las que estaban preparadas
entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta'
(Mt 25, 10). Es una alusión delicada, pero muy clara, a la suerte
de quien no tiene la disposición interior adecuada para el encuentro
con Dios y, por tanto, carece de fervor y de perseverancia en la espera.
Esa alusión, por consiguiente, se refiere al peligro de que le cierren
la puerta en el rostro. Una vez más encontramos la llamada del sentido
de responsabilidad frente a la vocación cristiana.
7. Volviendo de la parábola a la narración evangélica
de los hechos, debemos recordar el banquete de bodas que tuvo lugar en Caná
de Galilea (Cfr. Jn 2,1-11). Según el evangelista Juan, en esa circunstancia
Jesús hizo su primer milagro, es decir, el primer signo para demostrar
su misión mesiánica. Es lícito interpretar ese gesto
como un modo de dar a entender, indirectamente, que el Esposo anunciado
por los profetas estaba ya presente en medio de su pueblo, Israel. Todo
el contexto de la ceremonia nupcial toma en este caso un significado especial.
En particular, notemos que Jesús realiza su primer 'signo' a petición
de su Madre. Conviene recordar aquí lo que hemos dicho en la catequesis
anterior: María es el inicio y la figura de la Iglesia-Esposa de
la Nueva Alianza.
Concluyamos con aquellas palabras finales de la página de san
Juan: 'Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo
a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él
sus discípulos' (Jn 2, 11). En ese 'así' se afirma que el
Esposo está ya actuando. Y junto a él comienza a dibujarse
la figura de la Esposa de la Nueva Alianza, la Iglesia presente en María
y en los discípulos en el banquete nupcial.
La Iglesia, descrita por san Pablo como Esposa (18.XII.91)
1. En su carta a los Efesios escribe san Pablo: 'Cristo amó
a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella' (Ef 5, 25).
Como se ve, san Pablo utiliza la analogía del amor nupcial, heredada
de los profetas de la Antigua Alianza, que recogió en su predicación
Juan Bautista y que Jesús usó, como atestiguan los evangelios.
Juan Bautista y los evangelios presentan a Cristo como Esposo: lo hemos
visto en la catequesis anterior. Esposo del nuevo pueblo de Dios, que es
la Iglesia. En boca de Jesús y de su Precursor, la analogía
recibida de la Antigua Alianza servía para anunciar que había
llegado el tiempo de su realización. Los acontecimientos pascuales
le confirieron su pleno significado. Precisamente con referencia a esos
eventos, el Apóstol puede escribir en la carta a los Efesios que
'Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por
ella'. En estas palabras resuena un eco de los profetas, que en la antigua
Alianza habían usado esta analogía para hablar del amor nupcial
de Dios hacia el pueblo elegido, Israel. Se encuentra en ellas, al menos
de forma implícita, una referencia a la aplicación que Jesús
había hecho a sí mismo, presentándose como Esposo,
tal como lo debieron decir los Apóstoles a las primeras comunidades,
en las que nacieron los evangelios. Asimismo, se descubre allí una
profundización de la dimensión salvífica del amor de
Cristo Jesús, que es al mismo tiempo nupcial y redentor: 'Cristo
se entregó a si mismo por la Iglesia', recuerda el Apóstol.
2. Eso resulta aún más evidente si se considera que la
carta a los Efesios coloca el amor nupcial de Cristo hacia la Iglesia en
relación directa con el sacramento que une como esposos a un hombre
y una mujer, consagrando su amor. En efecto, leemos: 'Maridos, amad a vuestras
mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí
mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño
del agua, en virtud de la palabra (alusión al bautismo), y presentándola
resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga, ni cosa
parecida, sino que sea santa e inmaculada' (Ef 5, 25.27). Un poco más
adelante, el Apóstol mismo subraya el gran misterio de la unión
nupcial, porque la pone en relación con Cristo y la Iglesia (Cfr.
Ef 5, 32). Sus palabras, en su esencia quieren significar que en el matrimonio
y en el amor nupcial cristiano se refleja el amor nupcial del Redentor hacia
la Iglesia: amor redentor, preñado de poder salvífico, operante
en el misterio de la gracia con la que Cristo hace a los miembros de su
Cuerpo partícipes de la vida nueva.
3. Por este motivo, al desarrollar su idea, el Apóstol recurre
al pasaje del Génesis que, hablando de la unión del hombre
y la mujer, dice: 'los dos se harán una sola carne' (Ef 5, 31; Gen
2, 24). Inspirándose en esta afirmación, el Apóstol
escribe: 'Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios
cuerpos. El que ama a su mujer se ama a si mismo. Porque nadie aborreció
jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño,
lo mismo que Cristo a la Iglesia' (Ef 5, 28.29).
Se puede decir que en el pensamiento de Pablo el amor nupcial entra
en una ley de igualdad, que el hombre y la mujer realizan en Jesucristo
(Cfr. 1 Cor 7, 4). Con todo, cuando el Apóstol constata: 'El marido
es cabeza de la mujer, como Cristo es Cabeza de la Iglesia, el salvador
del Cuerpo' (Ef 5, 23), queda superada la igualdad, la paridad interhumana,
porque en el amor hay un orden. El amor del marido hacia la mujer es participación
del amor de Cristo hacia la Iglesia. Ahora bien, Cristo, Esposo de la Iglesia,
ha sido el primero en el amor, porque ha realizado la salvación (Cfr.
Rom 5, 6; 1 Jn 4, 19). Así, pues, él es al mismo tiempo 'Cabeza'
de la Iglesia, su 'Cuerpo', que él salva, alimenta y cuida con amor
inefable.
Esta relación entre Cabeza y Cuerpo no anula la reciprocidad
nupcial, sino que la refuerza. Precisamente la precedencia del Redentor
con respecto a los redimidos (y, por tanto, con respecto a la Iglesia) es
lo que hace posible esa reciprocidad nupcial, en virtud de la gracia que
Cristo mismo concede. Esta es la esencia del misterio de la Iglesia como
Esposa de Cristo. Redentor, verdad repetidamente testimoniada y enseñada
por san Pablo.
4. El Apóstol no es un testigo lejano o desinteresado, como si
hablase o escribiese de forma académica o notarial. En sus cartas
se muestra profundamente comprometido en la tarea de inculcar esta verdad.
Como escribe a los Corintios: 'Celoso estoy de vosotros con celos de Dios.
Pues os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta
virgen a Cristo' (2 Cor 11, 2). En este texto, Pablo se presenta a sí
mismo como el amigo del Esposo, cuya gran preocupación consiste en
favorecer la fidelidad perfecta de la esposa a la unión conyugal.
En efecto, prosigue: 'Temo que, al igual que la serpiente engañó
a Eva con su astucia, se perviertan vuestras mentes apartándose de
la sinceridad con Cristo' (2 Cor 11,3). Ese es el celo del Apóstol.
5. También en la primera carta a los Corintios leemos la misma
verdad de la carta a los Efesios y de la segunda carta a los mismos Corintios,
que hemos citado más arriba. Escribe el Apóstol: '"No
sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? Y "había
que tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de prostituta?
'¡De ningún modo!' (1 Cor 6,15). También aquí
es fácil advertir casi un eco de los profetas de la Antigua Alianza,
que acusaban al pueblo de prostitución, especialmente por sus caídas
en la idolatría. Los profetas hablaban de 'prostitución' en
sentido metafórico, para echar en cara cualquier culpa grave de infidelidad
a la ley de Dios. San Pablo, en cambio, habla efectivamente de relaciones
sexuales con prostitutas y las declara totalmente incompatibles con un auténtico
cristiano. No es posible tomar los miembros de Cristo y hacerlos (miembros
de una prostituta. Pablo precisa, luego, un punto importante: mientras la
relación de un hombre con una prostituta se realiza sólo a
nivel de la carne y, por ello, provoca un divorcio entre carne y espíritu,
la unión con Cristo se lleva a cabo al nivel del espíritu
y corresponde, por consiguiente a todas las exigencias del amor auténtico:
'¿O no sabéis que quien se une a la prostituta se hace un
solo cuerpo con ella? Pues está dicho: Los dos se harán una
sola carne. Mas el que se une al Señor, se hace un solo espíritu
con él' (1 Cor 6, 16.17). Como se ve, la analogía usada por
los profetas para condenar con tanta pasión la profanación,
la traición y el amor nupcial de Israel con su Dios, sirve aquí
al Apóstol para poner de relieve la unión con Cristo, que
es la esencia de la Nueva Alianza, y para precisar las exigencias que implica
para la conducta cristiana: 'Quien se une al Señor forma con él
un solo espíritu'.
6. Era necesaria la 'experiencia' de la Pascua de Cristo; era necesaria
la 'experiencia' de Pentecostés, para atribuir ese significado a
la analogía del amor nupcial, heredada de los profetas. Pablo conocía
esa doble experiencia de la comunidad primitiva, que había recibido
de los discípulos no sólo la instrucción, sino también
la comunicación viva de ese misterio. El había recibido y
profundizado esa experiencia, y ahora, a su vez, se hacia apóstol
de la misma con los fieles de Corinto, de Éfeso y de todas las Iglesias
a las que escribía. Era una traducción sublime de su experiencia
del carácter esponsal de la relación entre Cristo y la Iglesia:
'¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu
Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que
no os pertenecéis?' (1 Cor 6,19).
7. Concluyamos también nosotros con esta constatación
de fe, que nos hace desear esa hermosa experiencia: la Iglesia es la Esposa
de Cristo. Como Esposa, pertenece a él en virtud del Espíritu
Santo que, sacando 'de los manantiales de la salvación' (Is 12, 3),
santifica la Iglesia y le permite responder con amor al amor.
Dimensión histórica y proyección escatológica
de la Iglesia-esposa (8.I.92)
1. El apóstol Pablo nos dijo que 'Cristo amó a la Iglesia
y se entregó a sí mismo por ella' (Ef 5, 25). Esta verdad
fundamental de la eclesiología paulina, que se refiere al misterio
del amor nupcial del Redentor hacia su Iglesia, queda recogida y confirmada
en el Apocalipsis, en el que Juan habla de le esposa del Cordero: 'Ven,
que te voy a enseñar a la novia, a la esposa del Cordero' (Ap 21,
9). El autor ya anticipó la descripción de los preparativos:
'Han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha engalanado y se le
ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura .el lino son las
buenas acciones de los santos.... Dichosos los invitados al banquete de
bodas del Cordero' (Ap 19, 7.9). Así, pues, la imagen de las bodas
y del banquete nupcial se repite también en este libro de carácter
escatológico, en el que la Iglesia aparece representada en su forma
celeste. Pero se trata de la misma Iglesia de la que habló Jesús
al presentarse como su Esposo; de la que habló el apóstol
Pablo, al recordar la oblación del Cristo.Esposo por ella; y de la
que habla ahora Juan como esposa por la que se inmoló al Cordero.Cristo.
La tierra y el cielo, el tiempo y la eternidad se funden en esta visión
trascendente de la relación entre Cristo y la Iglesia.
2. El autor del Apocalipsis describe a la Iglesia)esposa, ante todo,
en una fase descendente: como un don de lo alto. La esposa del Cordero (Cfr
Ap 21, 9) se presenta como 'la ciudad santa de Jerusalén, que bajaba
del cielo, de junto a Dios, y tenía la gloria de Dios' (Ap 21, 10-11),
y como 'la nueva Jerusalén...engalanada como una esposa ataviada
para su esposo' (Ap 21, 2). Si en la carta a los Efesios Pablo presenta
a Cristo como Redentor que otorga los dones a la Iglesia.esposa, en el Apocalipsis
Juan asegura que la misma Iglesia.esposa, la esposa del Cordero, recibe
de él, como de su fuente, la santidad y la participación en
la gloria de Dios. En el Apocalipsis predomina, por tanto, el aspecto descendente
del misterio de la Iglesia: el don de lo alto, que no sólo se manifiesta
en su origen pascual y pentecostal, sino también en toda la peregrinación
terrestre bajo el régimen de la fe. También Israel, el pueblo
de la Antigua Alianza, peregrinaba, y su principal pecado consistió
en traicionar esa fe, es decir, en una infidelidad a Dios que lo había
elegido y amado como a una esposa. Para la Iglesia, nuevo pueblo de Dios,
el compromiso de fidelidades aún más fuerte y dura hasta el
último día. Como leemos en el concilio Vaticano II, '(La Iglesia)
es igualmente virgen, que guarda pura e íntegramente la fe prometida
al Esposo, y a imitación de la Madre de su Señor, por la virtud
del Espíritu Santo, conserva virginalmente una fe íntegra,
una esperanza sólida y una caridad sincera' (Lumen Gentium, 64).
La fe es el presupuesto fundamental del amor nupcial con el que la Iglesia
prosigue la peregrinación comenzada por la Virgen María.
3. También el apóstol Pedro, que cerca de Cesarea de
Filipo había profesado con respecto a Cristo una fe rebosante de
amor, escribió en la primera carta a sus discípulos: 'Vosotros
lo amáis (Cristo) sin haberle visto; creéis en él,
aunque de momento no le veáis' (1 Pe 1, 8). Según el Apóstol,
la fe en Cristo no consiste sólo en aceptar su verdad; es preciso
también referirse a su Persona, acogiéndola y amándola.
En este sentido, de la fe deriva la fidelidad, y la fidelidad es la prueba
del amor. En efecto, se trata de un amor que es suscitado por Cristo y que,
a través de él, alcanza a Dios para amarlo 'con todo el corazón',
como dice el primero y el mayor de los mandamientos de la Ley antigua (Cfr.
Dt 6, 5), confirmado y corroborado por Jesús mismo(Cfr., por ejemplo,
Mc 12, 28.30).
4. En virtud de este amor, aprendido de Cristo y los Apóstoles,
la Iglesia es la esposa 'que guarda pura e íntegramente la fe prometida
al Esposo' (Lumen Gentium, 64). Guiada por el Espíritu Santo y movida
por el poder que de él recibe, la Iglesia no puede separarse de su
Esposo. No puede caer en la infidelidad. Jesucristo mismo, al dar a la Iglesia
su Espíritu estableció ese vínculo indisoluble. No
podemos menos de notar aquí, con el Concilio, que esa imagen de la
Iglesia unida indisolublemente a Cristo, su Esposo, encuentra una expresión
particular en las personas vinculadas a él por los santos votos,
es decir, en los religiosos y religiosas, y en general en las almas consagradas.
Por ello ocupan un lugar esencial en la vida de la Iglesia (Cfr. Lumen Gentium,
44).
5. Ahora bien, la Iglesia es una sociedad que encierra en su seno también
a pecadores. El Concilio, plenamente consciente de esa verdad, escribe:
'La Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo
santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda
de la penitencia y de la renovación' (Lumen Gentium, 8). Dado que
la Iglesia trata de vivir en la verdad, vive sin duda en la verdad de la
Redención obrada por Cristo, pero vive también con la conciencia
de que sus hijos son pecadores. Y, efectivamente, en medio de las tentaciones
y tribulaciones de su camino histórico, 'se ve confortada con el
poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca
de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario,
persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción
del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue
aquella luz que no conoce ocaso' (Lumen Gentium, 9). De este modo, la imagen
que el Apocalipsis nos ofrece de la ciudad santa, que desciende del cielo,
se realiza constantemente en la Iglesia como imagen de un pueblo en camino.
6. Pero, por este camino la Iglesia avanza hacia la meta escatológica,
hacia la plena realización de las bodas con el Cristo descrito por
el Apocalipsis, hacia la fase final de su historia. Como leemos en la constitución
conciliar Lumen Gentium 'mientras la Iglesia camina (peregrinatur) en esta
tierra lejos del Señor (Cfr. 2 Cor 5, 6), se considera como en destierro,
buscando y saboreando las cosas de arriba, donde Cristo está sentado
a la derecha de Dios, donde la vida de la Iglesia está escondida
con Cristo en Dios hasta que aparezca con su Esposo en la gloria (Cfr. Col
3, 14)' (Lumen Gentium, 6).
La peregrinación de la Iglesia en la tierra es, pues, un camino
lleno de esperanza, que encuentra una expresión sintética
en las palabras del Apocalipsis: 'El Espíritu y la esposa dicen:
¡Ven!' (22, 17). Este texto confirma, al parecer, en la última
página del Nuevo Testamento, que la Iglesia es la esposa de Cristo.
7. A esta luz entendemos mejor lo que escribe el Concilio: 'La Iglesia
va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios
(Cfr. San Agustín, De civitate Dei, XVIII, 52, 2: PL 41, 614), anunciando
la cruz del Señor hasta que venga (Cfr. 1 Cor 11,26). Está
fortalecida, con la virtud del Señor resucitado, para triunfar con
paciencia y caridad de sus aflicciones y dificultades, tanto internas como
externas, y revelar al mundo fielmente su misterio, aunque sea entre penumbras,
hasta que se manifieste en todo el esplendor al final de los tiempos' (Lumen
Gentium, 8).
En este sentido, 'el Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven!'. |