La Iglesia, misterio de comunión fundada en el amor (15.I.92)
1. Quiero comenzar también esta catequesis con un hermoso texto
de la carta a los Efesios, que dice: 'Bendito sea el Dios y Padre de nuestro
Señor Jesucristo... Nos ha elegido en él antes de la fundación
del mundo... en el amor, eligiéndonos de antemano para ser sus hijos
adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de
su voluntad... de hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está
en los cielos y lo que está en la tierra' (Ef 1, 3.10). San Pablo,
con vuelo de águila, con un profundo sentido del misterio de la Iglesia,
se eleva a la contemplación del designio eterno de Dios, que quiere
reunirlo todo en Cristo como Cabeza. Los hombres, elegidos desde la eternidad
por el Padre en el Hijo amado, encuentran en Cristo el camino para alcanzar
su fin de hijos adoptivos. Se unen a él convirtiéndose en
su Cuerpo. Por él suben al Padre, como una sola realidad, junto con
las cosas de la tierra y del cielo.
Este designio divino halla su realización histórica cuando
Jesús instituye la Iglesia, que primero anuncia (Cfr. Mt 16,18) y
luego funda con el sacrificio de su sangre y el mandato dado a los Apóstoles
de apacentar su rebano. Es un hecho histórico y, al mismo tiempo,
un misterio de comunión con Cristo. El apóstol no se limita
a contemplar ese misterio; se siente impulsado a traducir esa verdad contemplada
en un cántico de bendición: 'Bendito sea el Dios y Padre de
nuestro Señor Jesucristo...'
2. Para la realización de esta comunión de los hombres
en Cristo, querida desde la eternidad por Dios, reviste una importancia
esencial el mandamiento que Jesús mismos define 'el mandamiento mío'
(Jn 15, 12). Lo llama 'un mandamiento nuevo': 'Os doy un mandamiento nuevo:
que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así
os améis también vosotros los unos a los otros' (Jn 13, 34).
'Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros
como yo os he amado' (Jn 15, 12).
El mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo
como a si mismo, tiene sus raíces en el Antiguo Testamento. Pero
Jesús lo sintetiza, lo formula con palabras lapidarias y le da un
significado nuevo, como signo de que sus discípulos le pertenecen.
'En esto conocerán todos que sois discípulos míos:
si os tenéis amor los unos a los otros' (Jn 13, 35). Cristo mismo
es el modelo vivo y constituye la medida de ese amor, del que habla en su
mandamiento: 'Como yo os he amado', dice. Más aún, se presenta
la fuente de ese amor, como 'la vid', que fructifica con ese amor en sus
discípulos, que son sus 'sarmientos': 'Yo soy la vid; vosotros los
sarmientos. El que permanece en mi y yo en él, ése da mucho
fruto; porque separados de mi no podéis hacer nada' (Jn 15, 5). De
allí la observación: 'Permaneced en mi amor' (Jn 15, 9). La
comunidad de los discípulos, enraizada en ese amor con que Cristo
mismo los ha amado, es la Iglesia, Cuerpo de Cristo, única vid, de
la que somos sarmientos. Es la Iglesia.comunión, la Iglesia.comunidad
de amor, la Iglesia-misterio de amor.
3. Los miembros de esta comunidad aman a Cristo y, en él, se
aman recíprocamente. Pero se trata de un amor que, derivando de aquel
con que Jesús mismo los ha amado, se remonta a la fuente del amor
de Cristo hombre-Dios, a saber, la comunión trinitaria. De esa comunión
recibe toda su naturaleza, su característica sobrenatural, y a ella
tiende como a su propia realización definitiva. Este misterio de
comunión trinitaria, cristológica y eclesial, aflora en el
texto de san Juan que reproduce la oración sacerdotal del Redentor
en la última Cena. Esa tarde, Jesús dijo al Padre: 'No ruego
sólo por éstos, sino también por aquellos que, por
medio de su palabra, creerán en mi, para que todos sean uno. Como
tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean
uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado' (Jn
17, 20.21). 'Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente
uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado
a ellos como me has amado a mí' (Jn 17, 23)
4. En esa oración final, Jesús trazaba el cuadro completo
de las relaciones interhumanas y eclesiales, que tenían su origen
en él y en la Trinidad, y proponía a los discípulos,
y a todos nosotros, el modelo supremo de esa 'communio' que debe llegar
a ser la Iglesia en virtud de su origen divino; él mismo, en su íntima
comunión con el Padre en la vida trinitaria. Jesús en su mismo
amor hacia nosotros mostraba la medida del mandamiento que dejaba a los
discípulos, como había dicho en otra ocasión: 'Sed
perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial' (Mt 5, 48). Lo había
dicho en el sermón de la montaña, cuando recomendó
amar a los enemigos: 'Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan,
para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su
sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos' (Mt 5, 44.45).
En otras muchas ocasiones, y especialmente durante su pasión, Jesús
confirmó que este amor perfecto del Padre era también su amor:
el amor con que él mismo había amado a los suyos hasta el
extremo.
5. Este amor que Jesús enseña a sus seguidores, como reproducción
de su mismo amor, en la oración sacerdotal se refiere claramente
al modelo de la Trinidad. 'Que ellos también sean uno en nosotros',
dice Jesús, 'para que el amor con que tú me has amado esté
en ellos y yo en ellos' (Jn 17, 26). Subraya que éste es el amor
con que 'me has amado antes de la creación del mundo' (Jn 17, 24).
Y precisamente este amor, en el que se funda y edifica la Iglesia como
'communio' de los creyentes en Cristo, es la condición de su misión
salvífica: que sean uno como nosotros (pide al Padre), para que 'el
mundo conozca que tú me has enviado' (Jn 17, 23). Es la esencia del
apostolado de la Iglesia: difundir y hacer aceptable, creíble, la
verdad del amor de Cristo y de Dios atestiguado, hecho visible y practicado
por ella. La expresión sacramental de este amor es la Eucaristía.
En la Eucaristía la Iglesia, en cierto sentido renace y se renueva
continuamente como la 'communio' que Cristo trajo al mundo, realizando así
el designio eterno del Padre (Cfr Ef 1, 3.10). De manera especial en la
Eucaristía y por la Eucaristía la Iglesia encierra en sí
el germen de la unión definitiva en Cristo de todo lo que existe
en los cielos y de todo lo que existe en la tierra, tal como dijo Pablo
(Cfr Ef 1, 10): una comunión realmente universal y eterna.
El primer germen de la comunión eclesial (29.I.92)
1. Leemos en los Hechos de los Apóstoles que los discípulos
'entonces (es decir, después de la Ascensión de Cristo resucitado
a los cielos) se volvieron a Jerusalén... Y cuando llegaron subieron
a la estancia superior, donde vivían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés;
Felipe y Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago el de Alfeo, Simón
el Zelotes y Judas de Santiago. Todos ellos perseveraban en la oración,
con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres,
de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos' (Hech 1, 12.14).
Esta es la primera imagen de aquella comunidad, 'communio ecclesialis',
que los Hechos .como se puede comprobar. nos describen con bastante detalle.
2. Era una comunidad reunida por voluntad del mismo Jesús que,
poco antes de volver al Padre, había ordenado a sus discípulos
que permanecieran unidos en espera del gran acontecimiento que les había
anunciado: 'Voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre. Por vuestra
parte, permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder
desde lo alto' (Lc 24, 49).
El evangelista Lucas, autor también de los Hechos de los Apóstoles,
nos introduce en esa primera comunidad de la Iglesia en Jerusalén,
recordándonos la recomendación de Jesús mismo: 'mientras
estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén,
sino que aguardasen la promesa del Padre, que oísteis de mí:
Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados
en el Espíritu Santo dentro de pocos días' (Hech 1, 4).
3. Esos textos nos dan a entender que esa primera comunidad de la Iglesia,
que debía manifestarse a la luz del sol el día de Pentecostés
con la venida del Espíritu Santo, se había formado por orden
de Jesús mismo, que le había dado por así decir. su
propia 'forma'. El último de esos textos nos presenta un detalle
que merece nuestra atención: Jesús dio esa indicación
'mientras estaba comiendo con ellos' (Hech 1, 4). Una vez vuelto al Padre,
la Eucaristía se convertirá para siempre en la expresión
de la comunión de la Iglesia en la que Cristo se halla sacramentalmente
presente. En esa cena de Jerusalén Jesús estaba presente visiblemente
con su cuerpo resucitado, y celebraba con sus amigos la fiesta del Esposo
que volvía para estar con ellos por algún tiempo.
4. Después de la Ascensión de Cristo, la pequeña
comunidad continuaba su vida. Hemos leído ante todo que 'todos ellos
(los Apóstoles) perseveraban en la oración, con un mismo espíritu,
en compañía de algunas mujeres, de María, la madre
de Jesús, y de sus hermanos' (Hech 1, 14). La primera imagen de la
Iglesia nos la presente como una comunidad que perseveraba en la oración.
Todos oraban para invocar el don del Espíritu Santo, que les había
prometido Cristo antes de su pasión y, de nuevo, antes de su ascensión
al cielo.
La oración (la oración en común) es la característica
funda mental de esa 'comunión' en los comienzos de la Iglesia, y
así seguirá siendo siempre. Lo demuestra en todos los siglos
también hoy la oración en común, especialmente en su
forma litúrgica, en nuestras iglesias, en las comunidades religiosas
y, ) quiera Dios concedernos cada vez más esta gracia. en las familias
cristianas.
El autor de los Hechos de los Apóstoles pone de relieve la perseverancia
de esa oración: una oración constante, regular, bien distribuida
y comunitaria. Se trata de otra característica de la comunidad eclesial,
heredera de la comunidad primitiva, que es modelo para todas las generaciones
futuras.
5. San Lucas subraya también la 'unanimidad' de esa oración
(homothymadon). Esta palabra contribuye a destacar el significado comunitario
de la oración. La oración de la comunidad primitiva .como
sucederá siempre en la Iglesia. expresa y está al servicio
de la 'comunión' espiritual y, al mismo tiempo, la crea, profundiza
y consolida. En esta comunión de oración se superan las diferencias
y las divisiones originadas por otros factores materiales y espirituales:
la oración produce la unidad espiritual de la comunidad.
6. Otro detalle que destaca Lucas es el hecho de que los Apóstoles
perseveraban en la oración 'en compañía de algunas
mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos'.
En este caso, se les aplica la palabra hermanos a los primos, que pertenecían
a la familia de Jesús, y a los que los evangelios aluden en varios
momentos de la vida de Jesús. Los evangelios hablan también
de varias mujeres que se hallaban presentes y participaban activamente en
la acción evangelizadora del Mesías. El mismo Lucas nos lo
atestigua en su evangelio: 'Le acompañaban los Doce, y algunas mujeres
que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades:
María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios,
Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas
que les servían con sus bienes' (Lc 8, 1.3). En los Hechos describe,
asimismo, cómo se mantuvo esa situación evangélica
durante los comienzos de la comunidad eclesial. Esas mujeres generosas se
reunían en oración con los Apóstoles. El día
de Pentecostés debían recibir el Espíritu Santo junto
con ellos. Ya en esos días se vivía en la comunidad eclesial
lo que diría luego el apóstol san Pablo: 'Ya no hay... ni
hombre ni mujer, ya que todos sois uno en Cristo Jesús' (Gal 3, 28).
Ya por aquellos días la Iglesia se manifestaba como el germen de
la nueva humanidad, llamada en su totalidad a la comunión con Cristo.
7. San Lucas pone de relieve la presencia de María, la Madre
de Jesús, en aquella primera comunidad (Cfr. Hech 1,14). Ya se sabe
que María no había participado directamente en la actividad
pública de Jesús. Pero el evangelio de Juan nos asegura que
se hallaba presente en dos momentos decisivos: en Caná de Galilea,
cuando, gracias también a su intervención, Jesús comenzó
sus 'signos' mesiánicos, y en el Calvario. A su vez, Lucas, que en
su evangelio destacó la importancia de María ante todo en
la Anunciación, en la visitación, en el nacimiento, en la
presentación en el templo y en el período de la vida oculta
de Jesús en Nazaret, ahora, en los Hechos, nos la muestra como la
mujer que, después de haber dado la vida humana al Hijo de Dios,
está también presente en el nacimiento de la Iglesia, a través
de la oración, el silencio, la comunión y la espera confiada.
8. El concilio Vaticano II, recogiendo esa tradición bimilenaria
iniciada por Lucas y Juan, en el último capítulo de la constitución
sobre la Iglesia (Lumen Gentium, VIII) destacó la particular importancia
de la Madre de Cristo en la economía de la salvación, que
se hace realidad en la Iglesia. María es la figura de la Iglesia
(typus Ecclesiae), principalmente cuando se trata de la unión con
Cristo. Y esa unión es la fuente de la 'communio ecclesialis', como
hemos visto en las catequesis anteriores. Por ello, María está
al lado de Cristo en la raíz de esta comunión.
Es preciso notar también que la presencia de la Madre de Cristo
en la comunidad apostólica, el día de Pentecostés,
fue preparada de modo particular a los pies de la cruz en el Gólgota,
donde Jesús dio la vida 'para reunir en uno a los hijos de Dios que
estaban dispersos' (Jn 11, 52). El día de Pentecostés este
'reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos' comienza a realizarse
mediante la acción del Espíritu Santo. María .que Jesús
entregó como Madre al discípulo que amaba y, mediante él,
a la comunidad apostólica de toda la Iglesia. está presente
'en la estancia superior' (Hech 1,13), para lograr y estar al servicio de
la consolidación de la 'communio', que, por voluntad de Cristo, debe
ser la Iglesia.
9..Eso vale para todos los tiempos, incluido el presente, en el que
sentimos particularmente viva la necesidad de recurrir a la mujer que es
tipo y Madre de la unidad de la Iglesia, como nos recomienda el Concilio,
en un texto que resume la tradición y la doctrina cristiana, y con
el que queremos concluir esta catequesis. Leemos en él: 'Ofrezcan
todos los fieles súplicas apremiantes a la Madre de Dios y Madre
de los hombres para que ella, que ayudó con sus oraciones a la Iglesia
naciente, también ahora, ensalzada en el cielo por encima de todos
los ángeles y bienaventurados, interceda en la comunión de
todos los santos ante su Hijo hasta que todas las familias de los pueblos,
tanto los que se honran con el título de Cristianos como los que
todavía desconocen a su Salvador, lleguen a reunirse felizmente,
en paz y concordia, en un solo pueblo de Dios, para gloria de la santísima
e indivisible Trinidad' (Lumen gentium, 69).
La Iglesia-comunión en el período que siguió
a Pentecostés (5.II.92)
1. Los primeros rasgos de la comunidad que se ib convertir en la Iglesia
se encuentran ya antes de Pentecostés. La 'communio ecclesialis'
se formó siguiendo las recomendaciones hechas directamente por Jesús,
antes de su ascensión al cielo, en espera de la venida del Paráclito.
Aquella comunidad ya poseía los elementos fundamentales que, después
de la venida del Espíritu Santo, se consolidaron aún más
y cobraron relieve. Los Hechos de los Apóstoles nos dicen: 'Acudían
asiduamente a la enseñanza de los Apóstoles, a la comunión,
a la fracción del pan y a las oraciones' (Hech 2, 4) y también:
'La multitud de los creyentes no tenía sino un solo corazón
y una sola alma' (Hech 4, 32). Estas últimas palabras expresan, tal
vez de modo más claro y más concreto el contenido de la koinonia,
o comunión eclesial. La enseñanza de los Apóstoles,
la oración en común .también en el templo de Jerusalén
(Cfr. Hech 2, 46). contribuían a esa unidad interior de los discípulos
de Cristo: 'un solo corazón y una sola alma'.
2. Con vistas a esa unidad, un momento muy importante era la oración,
alma de la comunión, de manera especial en las situaciones difíciles.
Así, leemos que Pedro y Juan, después de haber sido puestos
en libertad por el Sanedrín, 'vinieron a los suyos y les contaron
todo lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y ancianos. Al
oirlo, todos a una elevaron su voz a Dios y dijeron: Señor, tú
que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos ...'
(Hech 4, 23.24). 'Acabada su oración, retembló el lugar donde
estaban reunidos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo y predicaban
la palabra de Dios con valentía' (Hech 4, 31). El Consolador, como
se ve, respondía también de modo inmediato a la oración
de la comunidad apostólica. Era casi un coronamiento constante de
Pentecostés.
Dicen también los Hechos: 'Acudían al templo todos los
días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían
el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez
de corazón' (Hech 2, 46). Aunque también en ese tiempo el
templo de Jerusalén era el lugar de oración, celebraban la
Eucaristía 'por las casas', uniéndola a una alegre comida
en común.
El sentido de la comunión era tan intenso que impulsaba a cada
uno a poner sus propios bienes materiales al servicio de las necesidades
de todos: 'Nadie consideraba como propiedad suya lo que le pertenecía,
sino que todo era común entre ellos'. Eso no significa que tuviesen
como principio el rechazo de la propiedad personal (privada); sólo
indica una gran sensibilidad fraterna frente a las necesidades de los demás,
como lo demuestran las palabras de Pedro en el incidente con Ananías
y Safira (Cfr. Hech 5, 4).
Lo que se deduce claramente de los Hechos, y de otras fuentes neotestamentarias,
es que la Iglesia primitiva era una comunidad que impulsaba a sus miembros
a compartir unos con otros los bienes de que disponían, especialmente
en favor de los más pobres.
3. Eso vale aún más con respecto al tesoro de verdad recibido
y poseído. Se trata de bienes espirituales que debían compartir,
es decir, comunicar, difundir, predicar, como enseñan los Apóstoles
con el testimonio de su palabra y ejemplo: 'No podemos nosotros dejar de
hablar de lo que hemos visto y oído' (Hech 4, 20). Por eso hablan,
y el Señor confirma su testimonio. En efecto, 'por mano de los Apóstoles
se realizaban muchas señales y prodigios en el pueblo' (Hech 5,12).
El apóstol Juan expresaba este propósito y este compromiso
de los Apóstoles con la declaración que hace en su primera
carta: 'Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también
vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos
en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo' (1 Jn 1, 3). Este
texto nos d entender la conciencia que tenían los Apóstoles,
y la comunidad primitiva formada por ellos, sobre la comunión de
la que la Iglesia saca su impulso hacia la evangelización, que a
su vez sirve para un desarrollo ulterior de la comunidad ('communio ecclesialis').
En el centro de esta comunión, y de la comunión en que
se abre, se encuentra Cristo. En efecto, escribe Juan: '(Os anunciamos)
lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que
hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos
acerca de la Palabra de vida, pues la Vida se manifestó, y nosotros
la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba
vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó' (1 Jn 1, 1.2). San
Pablo, a su vez, escribe a los Corintios: 'Fiel es Dios, por quien habéis
sido llamados a la comunión con su hijo Jesucristo, Señor
nuestro' (1 Cor 1,9).
4. San Juan pone de relieve la comunión con Cristo en la verdad.
San Pablo subraya la 'comunión en sus padecimientos', concebida y
propuesta como comunión con la Pascua de Cristo, comunión
en el misterio pascual, o sea, en el 'paso' redentor del sacrificio de la
cruz a la manifestación del 'poder de la resurrección' (Flp
3, 10).
La comunión y la Pascua de Cristo, en la Iglesia primitiva, y
en la de siempre, se convierte en fuente de comunión recíproca:
'Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él (1 Cor
12, 26). De aquí nace la tendencia a compartir los bienes temporales,
que san Pablo recomienda dar a los pobres, casi para llevan a cabo una cierta
compensación, en la equiparación de amor entre el dar de los
que tienen y el recibir de los necesitados: 'Vuestra abundancia remedia
sus necesidades, para que la abundancia de ellos pueda remediar también
vuestra necesidad' (2 Cor 8, 14). Como se puede ver, los que dan, según
el Apóstol, reciben al mismo tiempo. Y ese proceso no sirve sólo
para nivelar la sociedad (Cfr. 2 Cor 8, 14.15), sino también para
edificarla comunidad del Cuerpo-Iglesia, que 'recibe trabazón y cohesión...,realizando
así el crecimiento del cuerpo para su edificación en el amor'
(Ef 4,16). También mediante ese intercambio la Iglesia se realiza
como 'communio'.
5. La fuente de todo sigue siendo siempre Cristo, en su misterio pascual.
Ese 'paso' del sufrimiento al gozo fue comparado por Cristo, según
el texto de Juan, con los dolores del parto: 'La mujer, cuando v dar a luz,
está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a
luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido
un hombre en el mundo (Jn 16, 21). Este texto puede referirse también
al dolor de la Madre de Jesús en el Calvario, como a la mujer que
'precede' y resume en si a la Iglesia en el 'paso' del dolor de la Pasión
al gozo de la Resurrección. Jesús mismo aplica esa metáfora
suya a los discípulos y a la Iglesia: 'También vosotros estáis
tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro
corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar'
(Jn 16, 22).
6. Para realizar la 'comunión' y alimentar la comunidad congregada
en Cristo, interviene siempre el Espíritu Santo, de forma que en
la Iglesia siempre se da la 'comunión en el Espíritu' (koinonia
pneumatos), como dice san Pablo (Cfr. Flp 2,1). Precisamente mediante esta
'comunión en el Espíritu', también el compartir los
bienes temporales entra en la esfera del misterio y sirve a la institución
eclesial, incrementa la comunión y ésta se resuelve en un
'crecer en todo hasta aquel que es la Cabeza, Cristo' (Cfr. Ef 4, 15).
De Cristo, por él y en él, en virtud del Espíritu
vivificante, la Iglesia se realiza como un Cuerpo 'que recibe trabazón
y cohesión por medio de toda clase de junturas que IIevan la nutrición
según la actividad propia de cada una de las partes' (Ef 4, 16).
De la experiencia de 'comunión' de los primeros cristianos, percibida
en toda su profundidad, derivó la enseñanza de Pablo sobre
la Iglesia como 'Cuerpo' de Cristo 'Cabeza'.
La Iglesia, misterio de comunión en la santidad (12.II.92)
1. Habló el Señor a Moisés, diciendo: Habla a toda
la comunidad de los israelitas y diles: Sed santos, porque yo, el Señor,
vuestro Dios, soy santo' (Lv 19, 1)2). La IIamada a la santidad pertenece
a la esencia misma de la Alianza de Dios con los hombres ya en el Antiguo
Testamento. 'Soy Dios, no hombre, en medio de ti yo soy el Santo' (Os 11,
9). Dios, que por su esencia es la suma santidad, el tres veces santo (Cfr.
Is 6, 3), se acerca al hombre, al pueblo elegido, para insertarlo en el
ámbito de la irradiación de esta santidad. Desde el inicio,
en la Alianza de Dios con el hombre se inscribe la vocación a la
santidad, más aún, la 'comunión' en la santidad de
Dios mismo: 'Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación
santa' (Ex 19, 6). En este texto del Éxodo están vinculadas
la 'comunión' en la santidad de Dios mismo y la naturaleza sacerdotal
del pueblo elegido. Es una primera revelación de la santidad del
sacerdocio, que encontrará su cumplimiento definitivo en la Nueva
Alianza mediante la sangre de Cristo, cuando se realice la 'adoración
(culto) en espíritu y verdad', de la que Jesús mismos habla
en Siquem, en su conversación con la samaritana (Cfr. Jn 4, 24).
2. La Iglesia como 'comunión' en la santidad de Dios y, por tanto,
'Comunión de los santos' constituye uno de los pensamientos)guía
de la primera carta de san Pedro. La fuente de esta comunión es Jesucristo,
de cuyo sacrificio deriva la consagración del hombre y de toda la
creación. Escribe san Pedro: 'Cristo, para IIevarnos a Dios, murió
una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne,
vivificado en el espíritu' (1 Pe 3, 18). Gracias a la oblación
de Cristo, que contiene en si la virtud santificadora del hombre y de toda
la creación, el Apóstol puede declarar: 'Habéis sido
rescatados... con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin manciIIa,
Cristo' (1 Pe 1, 18.19). Y en este sentido: 'Vosotros sois linaje elegido,
sacerdocio real (Cfr. Ex 19, 6), nación santa' (1 Pe 2, 9). En virtud
del sacrificio de Cristo se puede participar en la santidad de Dios, actuar
'la comunión en la santidad'.
3. San Pedro escribe: 'Cristo sufrió por vosotros, dejándoos
ejemplo para que sigáis sus huellas' (1 Pe 2, 21). Seguir las huellas
de Jesucristo quiere decir revivir en vosotros su vida santa, de la que
hemos sido hechos partícipes con la gracia santificante y consagrante
recibida en el bautismo; quiere decir continuar realizando en la propia
vida 'la petición de salvación dirigid Dios de parte de una
buena conciencia, por medio de la resurrección de Jesucristo' (Cfr.
1 Pe 3, 21); quiere decir ponerse, mediante las buenas obras, en disposición
de dar gloria a Dios ante el mundo y especialmente ante los no creyentes
(Cfr. 1 Pe 2, 12; 3, 1 2). En esto consiste, según el Apóstol,
el 'ofrecer sacrificios espirituales gratos a Dios, por medio de Jesucristo'
(Cfr. 1 Pe 2, 5). En esto consiste el entrar en la 'construcción
de un edificio espiritual... cual piedras vivas... para un sacerdocio santo'
(1 Pe 2, 5).
El 'sacerdocio santo' se concreta al ofrecer sacrificios espirituales,
que tienen su fuente y su modelo perfecto en el sacrificio de Cristo mismo.
'Pues más vale padecer por obrar el bien, si ésa es la voluntad
de Dios, que por obrar el mal' (1 Pe 3, 17). De este modo se realiza la
Iglesia como 'comunión' en la santidad. En virtud de Jesús
y de obra del Espíritu Santo, la comunión del nuevo pueblo
de Dios puede responder plenamente a la llamada de Dios: 'Sed santos, porque
yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo'.
4. También en las cartas de san Pablo encontramos la misma enseñanza:
'Os exhorto, pues, hermanos, )escribe a los Romanos) por la misericordia
de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima
viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual'
(Rom 12, 1). 'Ofreceros vosotros mismos a Dios como muertos retornados a
la vida; y vuestros miembros, como armas de justicia al servicio de Dios'
(Rom 6, 13). El paso de la muerte a la vida, según el Apóstol,
se ha realizado por medio del sacramento del bautismo. Y ése es el
bautismo .'en la muerte' de Cristo. 'Fuimos, pues, con él sepultados
por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado
de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también
nosotros vivamos una vida nueva' (Rom 6, 4).
Como Pedro habla de 'piedras vivas' empleadas 'para la construcción
de un edificio espiritual', así también Pablo usa la imagen
del edificio: 'Vosotros sois (escribe) edificación de Dios' (1 Cor
3, 9), para después preguntar: '"No sabéis que sois santuario
de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?' (1 Cor 3,
16), y añadir, finalmente, casi respondiendo a su misma pregunta:
'El santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois este santuario' (1 Cor
3, 17).
La imagen del templo pone de relieve la participación de los
cristianos en la santidad de Dios, su 'comunión' en la santidad,
que se realiza por obra del Espíritu Santo. El Apóstol habla
asimismo del 'sello del Espíritu Santo' (Cfr. Ef 1, 13), con el que
los creyentes han sido marcados: Dios, es 'el que nos ungió, y el
que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu
en nuestros corazones' (2 Cor 1, 21-22).
5. Según estos textos de los dos Apóstoles, la 'comunión'
en la santidad de Dios significa la santificación obrada en nosotros
por el Espíritu Santo, en virtud del sacrificio de Cristo. Esta comunión
se expresa mediante la oblación de sacrificios espirituales a ejemplo
de Cristo. Por medio de esa oblación se realiza el 'sacerdocio santo'.
A su servicio se desempeña el ministerio apostólico, que tiene
como fin .escribe san Pablo. hacer que 'la oblación' de los fieles
'sea agradable, santificada por el Espíritu Santo' (Rom 15, 16).
Así, el don del Espíritu Santo en la comunidad de la Iglesia
fructifica con el ministerio de la santidad. La 'comunión' en la
santidad se traduce para los fieles en un compromiso apostólico para
la salvación de toda la humanidad.
6. Esa misma enseñanza de los apóstoles Pedro y Pablo
aparece también en el Apocalipsis. En este libro, inmediatamente
después del saludo inicial de 'gracia y paz' (Ap 1, 4), leemos la
aclamación siguiente, dirigida a Cristo, 'Al que nos ama y nos ha
lavado con su sangre de nuestros pecados y ha hecho de nosotros un reino
de sacerdotes para su Dios y Padre, a él la gloria y el poder por
los siglos de los siglos' (Ap 1, 5.6). En esta aclamación se expresa
el amor agradecido y el júbilo de la Iglesia por la obra de santificación
y de consagración sacerdotal que Cristo ha realizado 'con su sangre'.
Otro pasaje precisa que la consagración alcanza a hombres y mujeres
'de toda raza, lengua, pueblo y nación' (Ap 5, 9) y esta multitud
aparece luego 'de pie delante del trono (de Dios) y del Cordero' (Ap 7,
9) y da culto a Dios 'día y noche en su santuario' (Ap 7, 15).
Si la carta de Pedro muestra la 'comunión' en la santidad de
Dios mediante Cristo como tarea fundamental de la Iglesia en la tierra,
el Apocalipsis nos ofrece una visión escatológica de la comunión
de los santos en Dios. Es el misterio de la Iglesia del cielo, donde confluye
toda la santidad de la tierra, subiendo por los caminos de la inocencia
y de la penitencia, que tienen como punto de partida el bautismo, la gracia
que ese sacramento nos confiere, el carácter que imprime en el alma,
conformándola y haciéndola participar, como escribe santo
Tomás de Aquino, en el sacerdocio de Cristo crucificado (Cfr. S.Th.
III, q. 63, a. 3). En la Iglesia del cielo la comunión de la santidad
se ilumina con la gloria de Cristo resucitado.
La Iglesia, comunidad sacerdotal (18.III.92)
1. Hemos visto en la catequesis anterior que, según las cartas
de Pedro y Pablo y el Apocalipsis de Juan, Cristo Señor, 'sacerdote
tomado de entre los hombres' (Cfr. Hb 5, 1), hizo del nuevo pueblo: 'un
reino de sacerdotes para su Dios y Padre' (Ap 1, 6; cfr. 5, 9)10). Así
se realizó la 'comunión' en la santidad de Dios, según
la petición dirigida por él ya en el antiguo Israel y que
comprometía aún más al nuevo: 'Sed santos, porque yo,
el Señor, vuestro Dios, soy santo' (Lv 19, 2). La 'comunión'
en la santidad de Dios se ha hecho realidad como fruto del sacrificio redentor
de Cristo, en virtud del cual somos partícipes de aquel amor que
'ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo' (Rom
5, 5). El don del Espíritu santificador lleva a cabo en nosotros
'un sacerdocio santo' que, según Pedro, nos hace capaces de 'ofrecer
sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo'
(1 Pe 2, 5). Así, pues, existe un 'sacerdocio santo'. Por ello, podemos
reconocer en la Iglesia una comunidad sacerdotal, en el sentido que queremos
explicar ahora.
2 . Leemos en el concilio Vaticano II, que cita la primera carta de
Pedro, que 'los bautizados son consagrados por la regeneración y
la unción del Espíritu Santo como casa espiritual y sacerdocio
santo, para que, por medio de toda obra del hombre cristiano, ofrezcan sacrificios
espirituales y anuncien el poder de aquel que los llamó de las tinieblas
a su admirable luz (Cfr. 1 Pe 2, 4.10) (Lumen Gentium, 10). En ese texto,
el Concilio vincula luego la oración, mediante la cual los cristianos
dan gloria a Dios, con la ofrenda de sí mismos 'como hostia viva,
santa y grata a Dios' (Cfr. Rom 12, 1) y con el testimonio que es preciso
dar de Cristo. Vemos así resumida la vocación de todos los
bautizados como participación en la misión mesiánica
de Cristo, que es sacerdote, profeta y rey.
3. El Concilio considera la participación universal en el sacerdocio
de Cristo, llamada también sacerdocio de los fieles (sacerdotium
universale fidelium), en su relación particular con el sacerdocio
ministerial: 'El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial
o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en
grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a
su manera del único sacerdocio de Cristo' (Lumen Gentium, 10). El
sacerdocio jerárquico como 'oficio' (officium) es un servicio particular,
gracias al cual el sacerdocio universal de los fieles puede realizarse de
modo que la Iglesia constituya la plenitud de la 'comunidad sacerdotal'
según la medida de la repartición hecha por Cristo. 'Aquéllos
de entre los fieles que están sellados con el orden sagrado son destinados
a apacentar la Iglesia por la palabra y la gracia de Dios (Lumen Gentium,
11).
4. El Concilio subraya que el sacerdocio universal de los fieles y el
sacerdocio ministerial (o jerárquico) están ordenados el uno
al otro. Al mismo tiempo afirma que entre ellos existe una diferencia esencial
'y no sólo en grado' (Lumen Gentium, 10). El sacerdocio jerárquico.ministerial
no es un 'producto' del sacerdocio universal de los fieles. No proviene
de una elección no una delegación de la comunidad de los creyentes,
sino de una llamada divina particular: 'Nadie se arroga tal dignidad, sino
el llamado por Dios, lo mismo que Aarón' (Hb 5, 4). Un cristiano
se convierte en sujeto de ese oficio en virtud de un específico sacramento,
el del orden.
5. 'El sacerdocio ministerial )siempre según el Concilio) por
la potestad sagrada de que goza, forma y dirige el pueblo sacerdotal, confecciona
el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo y lo ofrece en
nombre de todo el pueblo a Dios' (Lumen Gentium, 10). Mucho más ampliamente
trata este punto el Concilio en el decreto sobre la vida y el ministerio
de los sacerdotes: 'El Señor, con el fin de que los fieles formaran
un solo cuerpo, en el que no todos los miembros desempeñan la misma
función (Rom 12, 4), de entre los mismos fieles instituyó
a algunos por ministros, que en la sociedad de los creyentes poseyeran la
sagrada potestad del orden para ofrecer el sacrificio y perdonarlos pecados,
y desempeñaran públicamente el oficio sacerdotal... Los presbíteros,
por la unión del Espíritu Santo, quedan sellados con un carácter
particular, y así se configuran con Cristo sacerdote, de suerte que
puedan obrar como en persona de Cristo cabeza' (Presbyterorum ordinis, 2;
Cfr. santo Tomás, S.Th. III, q. 63, a. 3). Con el carácter
se les confiere la gracia necesaria para desempeñar dignamente su
ministerio: 'Como los presbíteros participan por su parte el ministerio
de los Apóstoles, dales Dios gracia para que sean ministros de Cristo
en las naciones, desempeñando el sagrado ministerio del Evangelio'
(Presbyterorum ordinis, 2).
6. Como hemos dicho, el sacerdocio jerárquico.ministerial fue
instituido en la Iglesia para actuar todos los recursos del sacerdocio universal
de los fieles. El Concilio lo afirma en diversos puntos y en particular
cuando trata de la participación de los fieles en la celebración
de la Eucaristía. Leemos: 'Participando del sacrificio eucarístico,
fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima
divina y se ofrecen a si mismos juntamente con ella. Y así, sea por
la oblación o sea por la sagrada comunión, todos tienen en
la celebración litúrgica una parte propia, no confusamente,
sino cada uno de modo distinto. Más aún, confortados con el
cuerpo de Cristo en la sagrada liturgia eucarística, muestran de
un modo concreto la unidad del pueblo de Dios, significada con propiedad
y maravillosamente realizada por este augustísimo sacramento' (Lumen
Gentium, 11). Según esa doctrina, que pertenece a la más antigua
tradición cristiana, la 'actividad' de la Iglesia no se reduce al
ministerio jerárquico de los pastores, como si los laicos tuvieran
que permanecer en un estado de pasividad. Toda la actividad cristiana que
han desempeñado los laicos en todo tiempo, y especialmente el apostolado
moderno de los laicos, da testimonio de la enseñanza conciliar, según
la cual el sacerdocio de los fieles y el ministerio sacerdotal de la jerarquía
eclesiástica están 'ordenados el uno al otro'.
7. 'Los ministros que poseen la sacra potestad )sostiene el Concilio)
están al servicio de los hermanos, a fin de que todos cuantos pertenecen
al pueblo de Dios y gozan, por tanto, de la verdadera dignidad cristiana,
tendiendo libre y ordenadamente a un mismo fin, alcancen la salvación'
(Lumen Gentium, 18). Por esto, el sacerdocio de la jerarquía tiene
carácter ministerial. Precisamente por ello los obispos y los sacerdotes
son en la Iglesia pastores. Su tarea consiste en estar al servicio de los
fieles, como Jesucristo, el Buen Pastor, el único Pastor universal
de la Iglesia y de toda la humanidad, que dice de sí mismo: 'El Hijo
del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como
rescate por muchos' (Mt 20, 28). A la luz de la enseñanza y del ejemplo
del Buen Pastor, toda la Iglesia, partícipe de la gracia de la Redención
difundida en todo el cuerpo de Cristo por el Espíritu Santo, es y
actúa como una comunidad sacerdotal.
El bautismo, en la Iglesia, comunidad sacerdotal y sacramental (25.III.92)
1. Leemos en la constitución pastoral Lumen Gentium del concilio
Vaticano II: 'El carácter sagrado y orgánicamente estructurado
de la comunidad sacerdotal se actualiza por los sacramentos y por las virtudes'
(n. 11). Eso significa que el ejercicio del sacerdocio universal se halla
ligado a los sacramentos, que ciertamente desempeñan un papel fundamental
en la vida cristiana. Pero el Concilio asocia 'sacramentos' y 'virtudes'.
Esta asociación significativa indica, por una parte, que la vida
sacramental no puede reducirse a un conjunto de palabras y de gestos rituales:
los sacramentos son expresiones de fe, esperanza y caridad. Por otra parte,
dicha asociación subraya que el desarrollo de esas virtudes y de
todas las demás en la vida cristiana es suscitado por los sacramentos.
Podemos, pues, decir que, según la concepción católica,
el culto sacramental tiene su prolongación natural en el florecimiento
de la vida cristiana. El Concilio hace referencia, ante todo, al bautismo,
sacramento que, al constituir a la persona humana como miembro de la Iglesia,
la introduce en la comunidad sacerdotal. Leemos: 'Los fieles, incorporados
a la Iglesia por el bautismo, quedan destinados por el carácter al
culto de la religión cristiana, y, regenerados como hijos de Dios,
están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron
de Dios mediante la Iglesia' (ib.). Es un texto denso de doctrina, derivada
del Nuevo Testamento y desarrollada por la tradición de los Padres
y Doctores de la Iglesia. En esta catequesis queremos captar sus puntos
esenciales.
2. El Concilio comienza recordando que el bautismo hace entrar en la
Iglesia, cuerpo de Cristo. Es un eco de san Pablo, que escribía:
'En un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar
más que un cuerpo' (1 Cor 12, 13). Es importante subrayar el papel
y el valor del bautismo para el ingreso en la comunidad eclesial. También
hoy hay personas que manifiestan poco aprecio hacia ese papel, descuidando
o aplazando el bautismo, particularmente en el caso de los niños.
Ahora bien, según la tradición consolidada de la Iglesia,
la vida cristiana se inaugura no simplemente con disposiciones humanas,
sino con un sacramento dotado de eficacia divina. El bautismo, como sacramento,
es decir, como signo visible de la gracia invisible, es la puerta a través
de la cual Dios actúa en el alma .también en la de un recién
nacido. para unirla a sí mismo en Cristo y en la Iglesia. La hace
partícipe de la Redención. Le infunde la 'vida nueva'. La
inserta en la comunión de los santos. Le abre el acceso a todos los
demás sacramentos, que tienen la función de llevar a su pleno
desarrollo la vida cristiana. Por esto, el bautismo es como un renacimiento,
por el que un hijo de hombre se convierte en hijo de Dios.
3. El Concilio, hablando de los bautizados, dice: 'regenerados como
hijos de Dios'. Se trata de un eco de las palabras del apóstol Pedro,
que bendice a Dios Padre porque 'por su gran misericordia... nos ha regenerado'
(1 Pe 1, 3).Y es también un eco de la enseñanza de Jesús
en la narración de la conversación con Nicodemo: 'En verdad,
en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede
entrar en el reino de Dios' (Jn 3, 5). Jesús nos enseña que
es el Espíritu quien da origen al nuevo nacimiento. Lo subraya la
carta a Tito, según la cual Dios nos ha salvado 'por medio del baño
de regeneración y de renovación del Espíritu Santo,
que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro
Salvador' (Tit 3, 5.6). Ya el Bautista había anunciado el bautismo
en el Espíritu (Cfr. Mt 3, 11). Y Jesús nos dice que el Espíritu
Santo es 'el que da la vida' (Jn 6, 63). Nosotros profesamos la fe en esta
verdad revelada, diciendo con el Credo nicenoconstantinopolitano: 'Et in
Spiritum Sanctum Dominum et vivificantem'. Se trata de la vida nueva, por
la que somos hijos de Dios en sentido evangélico: y es Cristo quien
hace a los creyentes participes de su filiación divina por medio
del bautismo, instituido por él como bautismo en el Espíritu.
En este sacramento tiene lugar el nacimiento espiritual a la nueva vida,
que es fruto de la Encarnación redentora: el bautismo hace que el
ser humano viva la misma vida de Cristo resucitado. Es la dimensión
soteriológica del bautismo, del que san Pablo afirma: 'cuantos fuimos
bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte... pues,
al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos..., así también
nosotros vivamos una vida nueva' (Rom 6, 3.4). Este pasaje de la carta a
los Romanos nos permite comprender bien el aspecto sacerdotal del bautismo.
Nos demuestra que recibir el bautismo significa estar unidos personalmente
al misterio pascual de Jesús, que constituye la única ofrenda
sacerdotal realmente perfecta y agradable a Dios. De esta unión todo
bautizado recibe la capacidad de hacer que toda su existencia sea ofrenda
sacerdotal unida a la de Cristo (Cfr. Rom 1 2, 1 ; 1 Pe 2, 4.5).
4. El bautismo, con la vida de Cristo, infunde en el alma su santidad,
como nueva condición de pertenencia a Dios con la liberación
y purificación. Así lo dice san Pablo a los Corintios: 'habéis
sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados
en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro
Dios' (1 Cor 6, 11). Siempre según la doctrina del Apóstol,
toda la Iglesia es purificada por Cristo 'mediante el baño del agua,
en virtud de la palabra': es 'santa e inmaculada' en sus miembros, en virtud
del bautismo (Ef 5, 26), que es liberación del pecado también
para bien de toda la comunidad, cuyo constante camino de crecimiento espiritual
sostiene (Cfr. Ef 1, 21). Es evidente que la santificación bautismal
produce en los cristianos .tanto individuos como comunidad. la posibilidad
y la obligación de una vida santa. Según san Pablo, los bautizados
están 'muertos al pecado' y deben renunciar ala vida de pecado (Rom
6, 2). Y recomienda: 'Consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios
en Cristo Jesús' (Rom 6, 11). En este sentido, el bautismo nos hace
participar en la muerte y resurrección de Cristo, en su victoria
sobre los poderes del mal. Ese es el significado del rito bautismal, en
el que se pregunta al candidato: '¿Renuncias a Satanás?',
para pedirle el compromiso legal por la total liberación del pecado
y, por tanto, del poder de Satanás; el compromiso de luchar, a lo
largo de toda la vida terrena, contra las seducciones de Satanás.
Será una 'hermosa lucha', que hará al hombre más digno
de su vocación celeste, pero también más perfeccionado
en cuanto hombre. Por esta doble razón, la petición y la aceptación
del compromiso merecen hacerse también en el bautismo de un niño,
que responde por medio de sus padres y padrinos. En virtud del sacramento,
es purificado y santificado por el Espíritu, que le infunde la vida
nueva como participación en la vida de Cristo.
5. Además de la gracia vivificante y santificante del Espíritu,
en el bautismo se recibe la impresión de un sello que se llama carácter,
del que el Apóstol dice a los cristianos: 'Fuisteis s con el Espíritu
Santo de la Promesa' (Ef 1, 13; cfr. 4, 30; 2 Cor 1, 22). El carácter
(en griego sfragís) es signo de pertenencia: el bautizado se convierte
en propiedad de Cristo, propiedad de Dios, y en esta pertenencia se realiza
su santidad fundamental y definitiva, por la que san Pablo llamaba 'santos'
a los cristianos (Rom 1 7; 1 Cor 1, 2; 2 Cor 1, 1, etc.). Es la santidad
del sacerdocio universal de los miembros de la Iglesia, en la que se cumple
de modo nuevo la Antigua promesa: 'Seréis para mi un reino de sacerdotes
y una nación santa' (Ex 19, 6). Se trata de una consagración
definitiva, permanente, obrada por el bautismo y fijada con un carácter
indeleble.
6. El Concilio de Trento, intérprete de la tradición cristiana,
afirmó que el carácter es un 'signo espiritual e indeleble',
impreso en el alma por tres sacramentos: bautismo, confirmación y
orden (DS 1609). Eso no significa que se trate de un signo visible, aunque
en muchos bautizados son visibles algunos de sus efectos, como el sentido
de pertenencia a Cristo y a la Iglesia, que se manifiesta en las palabras
y en las obras de los cristianos .presbíteros y laicos.realmente
fieles. Una de esas manifestaciones puede ser el celo por el culto divino.
En efecto, según la hermosa tradición cristiana, citada y
confirmada por el concilio Vaticano II, los fieles 'están destinados
por el carácter al culto de la religión cristiana', es decir,
a tributar culto a Dios en la Iglesia de Cristo. Lo había sostenido,
basándose en esa tradición, santo Tomás de Aquino,
según el cual el carácter es 'potencia espiritual' (S.Th.
III, q. 63, a. 2), que da la capacidad de participar en el culto de la Iglesia
como miembros suyos reconocidos y convocados a la asamblea, especialmente
a la ofrenda eucarística y a toda la vida sacramental. Y esa capacidad
es inalienable y no puede serles arrebatada, pues deriva de un carácter
indeleble. Es motivo de gozo descubrir este aspecto del misterio de la 'vida
nueva', inaugurada por el bautismo, primera fuente sacramental del 'sacerdocio
universal', cuya tarea fundamental consiste en rendir culto a Dios. Con
todo, en este momento quiero añadir que la capacidad que encierra
el carácter implica una misión y, por tanto, unar esponsabilidad:
quien ha recibido la santidad de Cristo la debe manifestar al mundo 'en
toda su conducta' (1 Pe 1, 15) y, en consecuencia, la ha de alimentar con
la vida sacramental, en especial con la participación en el banquete
eucarístico.
7. La gracia del Espíritu Santo infundida en el bautismo, hace
vital el carácter. En su dinamismo, esa gracia produce todo el desarrollo
de la vida de Cristo Sacerdote en nosotros: de Cristo que da el culto perfecto
al Padre en la Encarnación, en la cruz y en el cielo, y admite al
cristiano a la participación de su sacerdocio en la Iglesia, instituida
para que sea en el mundo ante todo renovadora de su sacrificio. Y de la
misma forma que Cristo en la tierra conformó toda su vid las exigencias
de la oblación sacerdotal, así sus seguidores .como individuos
y como comunidad. están llamados a extender la capacidad oblativa
recibida con el carácter en un comportamiento que entre en el espíritu
del sacerdocio universal, al que han sido admitidos con el bautismo.
8. El Concilio subraya en particular el desarrollo del testimonio de
la fe: 'Regenerados como hijos de Dios, (los bautizados) están obligados
a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios mediante
la Iglesia'. En efecto, el bautismo, según san Pablo, tiene como
efecto una iluminación: 'Te iluminará Cristo' (Ef 5, 14; cfr.
Hb 6, 4; 10, 32). Los bautizados, que han salido de la Antigua noche, deben
vivir en esta luz: 'En otro tiempo fuisteis tinieblas; mas ahora sois luz
en el Señor. Vivid como hijos de la luz' (Ef 5, 8). Esta vida en
la luz se traduce también en la profesión pública de
la fe, exigida por Jesús: 'Por todo aquel que se declara por mi ante
los hombres, yo también me declararé por él ante mi
Padre que está en los cielos' (Mt 10, 32). Es una profesión
personal que el cristiano hace en virtud de la gracia bautismal: una profesión
de la fe 'recibida de Dios mediante la Iglesia', como dice el Concilio (Lumen
Gentium, 11). Por tanto, se inserta en la profesión de la Iglesia
universal, que cada día repite en coro, 'con obras y según
la verdad' (1 Jn 3,18), su Credo.
La confirmación en la Iglesia, comunidad sacerdotal y sacramental
(1.IV.92)
1. Manteniendo como base el texto conciliar que dice: 'EL carácter
sagrado y orgánicamente estructurado de la comunidad sacerdotal se
actualiza por los sacramentos y por las virtudes' (Lumen Gentium, 11), en
la catequesis de hoy seguiremos desarrollando esta verdad acerca de la Iglesia,
concentrando nuestra atención en el sacramento de la confirmación.
Leemos en la constitución Lumen Gentium: 'Por el sacramento de la
confirmación (los fieles bautizados) se vinculan más estrechamente
a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza especial del Espíritu
Santo, y con ello quedan obligados más estrictamente a difundir y
defender la fe, como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra juntamente
con las obras' (n. 11).
2. Un primer testimonio de este sacramento aparece en los Hechos de
los Apóstoles, que nos narran cómo el diácono Felipe
(persona diversa de Felipe, el Apóstol), uno de los siete hombres
'llenos de Espíritu y de Sabiduría' ordenados por los Apóstoles,
había bajado a una ciudad de Samaria para predicar la buena nueva.
'La gente escuchaba con atención y con un mismo espíritu lo
que decía Felipe, porque le oían y veían las señales
que realizaba... Cuando creyeron a Felipe que anunciaba la buena nueva del
reino de Dios y el nombre de Jesucristo, empezaron a bautizarse hombres
y mujeres... Al enterarse los Apóstoles que estaban en Jerusalén
de que Samaria había aceptado la palabra de Dios, les enviaron a
Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el
Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre
ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en el
nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos
y recibían el Espíritu Santo' (Hech 8, 6.17).
El episodio nos muestra la relación que existía, desde
los primeros tiempos de la Iglesia, entre el bautismo y una 'imposición
de manos', nuevo acto sacramental para obtener y conferir el don del Espíritu
Santo. Este rito es considerado como un complemento del bautismo. Le conceden
tanta importancia que envían expresamente a Pedro y a Juan desde
Jerusalén a Samaria con esa finalidad.
3. El papel que desempeñaron los dos Apóstoles en el don
del Espíritu Santo es el origen del papel atribuido al obispo en
el rito latino de la Iglesia. El rito, que consiste en la imposición
de las manos, ha sido practicado por la Iglesia desde el siglo segundo,
como lo atestigua la Tradición apostólica de Hipólito
Romano (alrededor del año 200), el cual habla de un doble rito: la
unción hecha por el presbítero antes del bautismo y, luego,
la imposición de la mano a los bautizados, hecha por un obispo, que
derrama sobre su cabeza el santo crisma. Así se manifiesta la distinción
entre la unción bautismal y la unción propia de la confirmación.
4. A lo largo de los siglos cristianos se han consolidado costumbres
diversas en Oriente y Occidente con respecto a la administración
de la confirmación.
En la Iglesia oriental la confirmación es conferida inmediatamente
después del bautismo (bautismo que se hace sin unción), mientras
que en la Iglesia occidental, a un niño bautizado se le confiere
la confirmación cuando llega al uso de la razón o más
tarde, según establezca la respectiva Conferencia episcopal (Código
de Derecho Canónico, c. 891).
En Oriente, el ministro de la confirmación es el sacerdote que
bautiza; en Occidente, el ministro ordinario es el obispo, pero también
algunos presbíteros reciben la facultad de administrar el sacramento.
Además, en Oriente el rito esencial consiste únicamente
en la unción; en Occidente la unción se hace con la imposición
de la mano (c. 880).
A estas diferencias entre Oriente y Occidente se añade la variedad
de disposiciones que en la Iglesia occidental se han tomado con respecto
a la edad más oportuna para la confirmación, según
los tiempos, los lugares y las condiciones espirituales y culturales. Todo
ello en virtud de la libertad que la Iglesia conserva en la determinación
de las condiciones particulares de la celebración del rito sacramental.
5. El efecto esencial del sacramento de la confirmación es el
perfeccionamiento del don del Espíritu Santo recibido en el bautismo,
que hace a quien lo recibe capaz de dar testimonio de Cristo con la palabra
y con la vida.
El bautismo realiza la purificación, la liberación del
pecado, y confiere una vida nueva. La confirmación pone el acento
en el aspecto positivo de la santificación y en la fuerza que da
el Espíritu Santo al cristiano con vistas a una vida auténticamente
cristiana y a un testimonio eficaz.
6. Como en el bautismo, también en el sacramento de la confirmación
se imprime en el alma un carácter especial. Es un perfeccionamiento
de la consagración bautismal, conferida por medio de dos gestos rituales,
la imposición de las manos y la unción.
También la capacidad de ejercitar el culto, ya recibida en el
bautismo, es corroborada con la confirmación. El sacerdocio universal
queda más arraigado en la persona, y se hace más eficaz en
su ejercicio. La función específica del carácter de
la confirmación consiste en llevar a actos de testimonio y de acción
cristiana, que ya San Pedro indicaba como derivaciones del sacerdocio universal
(Cfr. 1 Pe 2, 11 ss.). Santo Tomás de Aquino precisa que quien ha
recibido la confirmación da testimonio del nombre de Cristo, realiza
las acciones propias del buen cristiano para la defensa y propagación
de la fe, en virtud de la 'especial potestad' del carácter (Cfr.
S.Th. III, q. 72, a. 5, in c. y ad 1), por el hecho de que queda investido
de una función y de un mandato peculiar. Es una 'participación
del sacerdocio de Cristo en los fieles, llamados al culto divino, que en
el cristianismo es una derivación del sacerdocio de Cristo' (ib.,
q. 63, a. 3). También el dar testimonio público de Cristo
entra en el ámbito del sacerdocio universal de los fieles que están
llamados a darlo 'quasi ex officio' (ib., q. 72, a. 5, ad 2).
7. La gracia conferida por el sacramento de la confirmación es
más específicamente un don de fortaleza. Dice el Concilio
que los bautizados, con la confirmación 'se enriquecen con una fuerza
especial del Espíritu Santo' (Lumen Gentium, 11). Este don responde
a la necesidad de una energía superior para afrontar el 'combate
espiritual' de la fe y de la caridad (Cfr. S. TH. III, q. 72, a. 5), para
resistir a las tentaciones y para dar testimonio de la palabra y de la vida
cristiana en el mundo, con valentía, fervor y perseverancia. En el
sacramento, el Espíritu Santo confiere esta energía.
Jesús había aludido al peligro de sentir vergüenza
de profesor la fe: 'Quien se avergüence de mí y de mis palabras,
de ése se avergonzará el Hijo del hombre, cuando venga en
su gloria, en la de su Padre y en la de los santos Ángeles' (Lc 9,
26; cfr. Mc 8, 38). Avergonzarse de Cristo se manifiesta a menudo en diversas
formas de 'respeto humano' que llevan a ocultar la propia fe y a buscar
compromisos, inadmisibles para quien quiere ser de verdad su discípulo.
¡Cuántos hombres, incluso entre los cristianos, hoy recurren
a compromisos!
Con el sacramento de la confirmación el Espíritu Santo
infunde en el hombre el valor necesario para profesar la fe en Cristo. Profesar
esta fe significa, según el texto conciliar que tomamos como punto
de partida 'difundirla y defenderla por la palabra juntamente con las obras',
como testigos coherentes y fieles.
8. Desde la Edad Media, la teología, desarrollada en un contexto
de esfuerzo generoso por librar el 'combate espiritual' por la causa de
Cristo, no vaciló en subrayar la fuerza que confiere la confirmación
a los cristianos llamados a 'militar al servicio de Dios'. Y, a pesar de
ello, descubrió también en este sacramento el valor oblativo
y consagratorio que encierra, en virtud de la 'plenitud de la gracia' de
Cristo (Cfr. SS. Th. III, q. 72, a. 1, ad 4). Santo Tomás explicaba
la distinción y sucesión de la confirmación con respecto
al bautismo de la siguiente manera: 'EL sacramento de la confirmación
es como el coronamiento del bautismo: en el sentido que, si en el bautismo
.según san Pablo. el cristiano es formado como un edificio espiritual
(Cfr. 1 Cor 3, 9) y queda escrito como una carta espiritual (Cfr. 2 Cor
3, 2 3), en el sacramento de la confirmación este edificio espiritual
es consagrado para convertirse en templo del Espíritu Santo, y esta
carta queda sellada con el sello de la cruz' (S.Th. III, q.72,a. 11).
9. Como es sabido, se plantean diversos problemas pastorales en relación
con la confirmación, y en especial con respecto a la edad más
adecuada para recibir este sacramento.
Existe una tendencia reciente a retrasar el momento de conferir la confirmación
hasta la edad de 15 a 18 años, con el fin de que la personalidad
del sujeto sea más madura y pueda asumir con plena conciencia un
compromiso más serio y estable de vida y de testimonio cristiano.
Otros, en cambio, prefieren conferirlo antes de esa edad. En cualquier
caso, es de desear que se realice una preparación profunda a este
sacramento que permita a los que lo reciben renovar las promesas del bautismo
con plena conciencia de los dones que reciben y de las obligaciones que
asumen. Sin una larga y seria preparación, correrían el peligro
de reducir el sacramento a pura formalidad, o a un rito meramente externo;
o, incluso, correrían el peligro de perder de vista el aspecto sacramental
esencial, insistiendo unilateralmente en el compromiso moral.
10. Quiero concluir recordando que la confirmación es el sacramento
adecuado para suscitar y sostener los esfuerzos de los fieles que quieren
dedicarse al testimonio cristiano en la sociedad. Espero que todos los jóvenes
cristianos merezcan )especialmente ellos, con la ayuda de la gracia de la
confirmación) el elogio del apóstol san Juan: 'Os he escrito,
jóvenes, porque sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros
y habéis vencido al maligno' (1 Jn 2,14).
La Eucaristía y la Iglesia (8.IV.92)
1. Según el concilio Vaticano II, la verdad de la Iglesia como
comunidad sacerdotal, que se realiza por medio de los sacramentos, alcanza
su plenitud en la Eucaristía. En efecto, leemos en la Lumen Gentium
que los fieles, 'participando del sacrificio eucarístico, fuente
y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la víctima divina
y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella' (n. 11).
La Eucaristía es la fuente de la vida cristiana, pues quien participa
de ella recibe el impulso y la fuerza necesaria para vivir como auténtico
cristiano. La ofrenda de Cristo en la cruz, hecha presente en el sacrificio
eucarístico comunica al creyente su dinamismo de amor generoso; el
banquete eucarístico nutre a los fieles con el cuerpo y la sangre
del Cordero divino, inmolado por nosotros y les da la fuerza para 'seguir
sus huellas'(Cfr. 1 Pe 2, 21 ).
La Eucaristía es el culmen de toda la vida cristiana, porque
los fieles llevan a ella todas sus oraciones y obras buenas, sus gozos y
sufrimientos, y estas modestas ofrendas se unen a la oblación perfecta
de Cristo, quedan plenamente santificadas y se elevan hasta Dios en un culto
perfectamente agradable, que introduce a los fieles en la intimidad divina
(Cfr. Jn 6, 56-57). Por ello, como escribe santo Tomás de Aquino,
la Eucaristía es 'el coronamiento de la vida espiritual y el fin
de todos los sacramentos' (S.Th. III, q. 66, a. 6).
2. El doctor angélico hace notar también que 'el efecto
de este sacramento es la unidad del cuerpo místico (la Iglesia),
sin la cual no puede existir la salvación. Por ello, es necesario
recibir la Eucaristía, al menos con el deseo (in voto), para salvarse'
(ib., III, q. 73, a. 1, arg. 2). En estas palabras se percibe el eco de
lo que dijo Jesús mismo acerca de la necesidad de la Eucaristía
para la vida cristiana: 'En verdad, en verdad os digo: si no coméis
la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis
vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna,
y yo lo resucitaré el último día' (Jn 6, 53.54).
Según estas palabras de Jesús, la Eucaristía es
prenda de la resurrección futura, pero ya en el tiempo es fuente
de vida eterna. Jesús no dice 'tendrá vida eterna' sino 'tiene
vida eterna'. La vida eterna de Cristo, con el pan eucarístico, penetra
y se da en la vida humana.
3. La Eucaristía requiere la participación de los miembros
de la Iglesia. Según el Concilio, 'sea por la oblación, o
sea por la sagrada comunión, todos tienen en la celebración
litúrgica (eucarística) una parte propia, no confusamente,
sino cada uno de modo distinto' (Lumen Gentium, 11).
La participación es común a todo el 'pueblo sacerdotal',
admitido a unirse en la oblación y en la comunión. Pero es
diversa según la situación en que se encuentran los miembros
de la Iglesia de acuerdo con la institución sacramental. El ministerio
sacerdotal desempeña un papel específico, pero no quita, sino
que más bien promueve el papel del sacerdocio común. Se trata
de un papel específico querido por Cristo, cuando encargó
a sus Apóstoles que realizaran la Eucaristía en conmemoración
suya, instituyendo para este oficio el sacramento del orden, conferido a
obispos y presbíteros (y a los diáconos, como ministros del
altar).
4. El ministerio sacerdotal tiene como finalidad la convocación
del pueblo de Dios 'de suerte que todos los que a este pueblo pertenecen,
por estar santificados por el Espíritu Santo, se ofrezcan a sí
mismos como sacrificio viviente, santo y acepto a Dios (Rom 12, 1)' (Presbyterorum
ordinis, 2).
Si, como ya puse de relieve en catequesis anteriores, el sacerdocio
común está destinado a ofrecer sacrificios espirituales, los
fieles pueden hacer esta ofrenda porque están 'santificados por el
Espíritu Santo'. El Espíritu Santo, que animó la ofrenda
de Cristo en la cruz (Cfr. Hb 9, 14), anima también la ofrenda de
los fieles.
5. Según el Concilio, gracias al ministerio sacerdotal, los sacrificios
espirituales pueden alcanzar su meta. 'Por el ministerio de los presbíteros
se consuma el sacrificio espiritual de los fieles en unión con el
sacrificio de Cristo, mediador único, que, por manos de ellos, en
nombre de toda la Iglesia, se ofrece incruenta y sacramentalmente en la
Eucaristía hasta que el Señor mismo retorne' (Presbyterorum
ordinis, 2).
En virtud del bautismo y la confirmación, como hemos dicho en
las catequesis anteriores, el cristiano es capacitado para participar 'quasi
ex officio' en el culto divino, que tiene su centro y culmen en el sacrificio
de Cristo, presente en la Eucaristía. Pero la ofrenda eucarística
implica la intervención de un ministro ordenado, pues tiene lugar
dentro del acto consagratorio realizado por el sacerdote en nombre de Cristo.
Así, el ministerio sacerdotal contribuye a la plena valoración
del sacerdocio universal. Como recuerda el Concilio, citando a san Agustín,
el ministerio de los presbíteros tiene como finalidad que 'toda la
ciudad misma redimida, es decir, la congregación y sociedad de los
santos, sea ofrecida como sacrificio universal a Dios por medio del gran
sacerdote (Cristo), que también se ofreció a sí mismo
en la pasión por nosotros para que fuéramos cuerpo de tan
extensa cabeza (De civitate Dei, 10, 6: PL 41, 284)' (Presbyterorum ordinis,
2).
6. Realizada la ofrenda, la comunión eucarística que la
sigue está destinada a proporcionar a los fieles las fuerzas espirituales
necesarias para el pleno desarrollo del 'sacerdocio' y especialmente para
la ofrenda de todos los sacrificios de su existencia diaria. 'Los presbíteros
.leemos en el decreto Presbyterorum ordinis. enseñan a fondo a los
fieles a ofrecer a Dios Padre la víctima divina en el sacrificio
de la misa y a hacer, juntamente con ella, oblación de su propia
vida'(n. 5).
Se puede decir que, según la intención de Jesús,
que en la última cena formuló el nuevo mandamiento del amor,
la comunión eucarística hace a los que participan de ella
capaces de ponerlo en práctica: 'Amaos los unos a los otros, como
yo os he amado' (Jn 13, 34;15, 12).
7. La participación en el banquete eucarístico es testimonio
de unidad, como subraya el Concilio cuando escribe que los fieles, 'confortados
con el cuerpo de Cristo en la sagrada liturgia eucarística, muestran
de un modo concreto la unidad del pueblo de Dios, significada con propiedad
y maravillosamente realizada por este augustísimo sacramento' (Lumen
gentium, 11).
Es la verdad que la fe de la Iglesia ha heredado de san Pablo, que escribía:
'El pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?
Porque, aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos
participamos de un solo pan'(1 Cor 10, 16.17). Por esta razón, santo
Tomás veía en la Eucaristía el sacramento de la unidad
del 'cuerpo místico' (S. Th. III, q.72, a.3).
Quisiera concluir esta catequesis eclesiológico-eucarística
subrayando que, si la comunión eucarística es el signo eficaz
de la unidad, de ella todos los fieles reciben también un nuevo impulso
al amor mutuo y a la reconciliación, así como la energía
sacramental necesaria para mantener en las relaciones familiares y eclesiales
una benéfica concordia.
La Penitencia en la Iglesia, comunidad sacerdotal y sacramental (15.IV.92)
1. Como dice el concilio Vaticano II, 'el carácter sagrado y
orgánicamente estructurado de la comunidad sacerdotal se actualiza
por los sacramentos y por las virtudes' (Lumen Gentium, 11). En la catequesis
de hoy queremos descubrir el reflejo de esta verdad en el sacramento de
la reconciliación, que tradicionalmente es llamado sacramento de
la penitencia. En él se realiza un ejercicio real del 'sacerdocio
universal', común a todos los bautizados, porque es tarea fundamental
del sacerdocio eliminar el obstáculo del pecado, que impide la relación
vivificante con Dios. Ahora bien, este sacramento fue instituido para el
perdón de los pecados cometidos después del bautismo y en
el los bautizados desempeñan un papel activo. No se limitan a recibir
un perdón ritual y formal, como sujetos pasivos. Al contrario, con
la ayuda de la gracia, toman la iniciativa de luchar contra el pecado, confesando
sus culpas y pidiendo perdón por ellas. Los bautizados saben que
el sacramento implica de su parte un acto de conversión. Y con esta
conciencia participan activamente y desempeñan su papel en el sacramento,
como se desprende del mismo rito.
2. Es preciso reconocer que en tiempos recientes se ha manifestado en
muchos lugares una crisis de la frecuencia de los fieles al sacramento de
la penitencia. Las razones, que guardan relación con las mismas condiciones
espirituales y socio.culturales de grandes estratos de la humanidad de nuestro
tiempo, pueden resumirse en dos.
. Por una parte, el sentido del pecado se ha debilitado también
en la conciencia de cierto número de fieles que, bajo el influjo
del clima de reivindicación de una libertad e independencia total
del hombre, vigente en el mundo moderno, experimentan dificultad para reconocer
la realidad y la gravedad del pecado y la propia culpabilidad, incluso delante
de Dios.
Por otra, hay algunos fieles que no ven la necesidad y la utilidad de
recurrir al sacramento, y prefieren pedir más directamente a Dios
el perdón: en este caso experimentan dificultad para admitir una
mediación de la Iglesia en la reconciliación con Dios.
3. A estas dos dificultades responde brevemente el Concilio, que considera
el pecado en su doble aspecto de ofensa a Dios y de herida a la Iglesia.
Leemos en la Lumen Gentium: 'Quienes se acercan al sacramento de la penitencia
obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha
a él y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que
hirieron pecando, y que colabora a su conversión con la caridad,
con el ejemplo y las oraciones' (n.11). Las palabras del Concilio, sintéticas,
meditadas e iluminadas, sugieren varias reflexiones importantes para nuestra
catequesis.
4. Ante todo, el Concilio recuerda que una característica esencial
del pecado es ser ofensa a Dios. Se trata de un hecho enorme, que incluye
el acto perverso de la criatura que, a sabiendas y voluntariamente, se opone
a la voluntad de su Creador y Señor, violando la ley del bien y entrando,
mediante una opción libre, bajo el yugo del mal. Es un acto de lesa
majestad divina, ante el cual santo Tomás de Aquino no duda en decir
que 'el pecado cometido contra Dios tiene una cierta infinidad, en virtud
de la infinidad de la majestad divina' (S.Th. III, q. 1, a. 2, ad 2). Es
preciso decir que es también un acto de lesa caridad divina, en cuanto
infracción de la ley de la amistad y alianza que Dios estableció
con su pueblo y con todo hombre mediante la sangre de Cristo; y, por tanto,
un acto de infidelidad y, en la práctica, de rechazo de su amor.
El pecado, por consiguiente, no es un simple error humano, y no comporta
sólo un daño para el hombre: es una ofensa hecha a Dios, en
cuanto que el pecador viola su ley de Creador y Señor, y hiere su
amor de Padre. No se puede considerar el pecado exclusivamente desde el
punto de vista de sus consecuencias psicológicas: el pecado adquiere
su significado de la relación del hombre con Dios.
5. Es Jesús quien (de manera especial en la parábola del
hijo pródigo) nos hace comprender que el pecado es ofensa al amor
del Padre, cuando describe el desprecio ultrajante de un hijo hacia la autoridad
y la casa de su padre. Son muy tristes las condiciones de vid las que se
reduce el hijo: reflejan la situación de Adán y sus descendientes
después del primer pecado. Pero el gran don que Jesús nos
hace con su parábola es la revelación consoladora y confortante
del amor misericordioso de un Padre que permanece con los brazos abiertos,
en espera de que vuelva el hijo pródigo, para apresurarse a abrazarlo
y perdonarlo, borrando todas las consecuencias del pecado y celebrando en
su honor la fiesta de la vida nueva (Cfr. Lc 15, 11.32). ¡Cuánta
esperanza ha encendido en los corazones! ¡¡Cuántos retornos
a Dios ha facilitado, a lo largo de los siglos cristianos, la lectura de
esta parábola, referida por Lucas, quien con plena razón ha
sido definido 'el escribano de la mansedumbre de Cristo' (scriba mansuetudinis
Christi)! El sacramento de la penitencia pertenece a la revelación
que Jesús nos hizo del amor y de la bondad paterna de Dios.
6. El Concilio nos recuerda que el pecado es también una herida
infligida a la Iglesia. En efecto, todo pecado va contra la santidad de
la comunidad eclesial. Dado que todos los fieles son solidarios en la comunidad
cristiana, no existe nunca un pecado que no tenga algún efecto sobre
toda la comunidad. Como es verdad que el bien hecho por uno procura un beneficio
y una ayuda a todos, también es verdad, por desgracia, que el mal
cometido por uno va contra la perfección a la que todos tienden.
Si cada alma que se eleva levanta al mundo entero, como dice la beata Isabel
Leseur, también es verdad que todo acto de traición al amor
divino perjudica a la condición humana y empobrece a la Iglesia.
La reconciliación con Dios es también reconciliación
con la Iglesia y, en cierto sentido, con toda la creación, cuya armonía
ha quedado violada por el pecado. La Iglesia es la mediadora de esta reconciliación.
Es un papel que le asignó su mismo Fundador, quien le confirió
la misión y el poder de 'perdonar los pecados'. Toda reconciliación
con Dios se realiza, pues, en relación explícita o implícita,
consciente o inconsciente, con la Iglesia. Como escribe santo Tomás,
'no puede existir salvación sin la unidad de Cuerpo místico:
nadie puede salvarse sin la Iglesia, como en el diluvio nadie se salvó
fuera del arca de Noé, símbolo de la Iglesia, tal como enseña
san Pedro (1 Pe 3, 20.21 ') (S.Th. III, q. 73, a. 3; cfr. Suppl., q. 17,
a. 1). Sin duda, el poder de perdonar corresponde a Dios, y la remisión
de los pecados es obra del Espíritu Santo. Con todo, el perdón
proviene de la aplicación al pecador de la redención realizada
en la cruz de Cristo (Cfr. Ef 1,7; Col 1,14.20), que confió a su
Iglesia la misión y el ministerio de llevar en su nombre la salvación
a todo el mundo (Cfr. S.Th. III, q. 84, a. 1). El perdón, por tanto,
hay que pedirlo a Dios, y es Dios quien lo concede, pero no lo hace de forma
independiente de la Iglesia, fundada por Jesucristo para la salvación
de todos.
7. Sabemos que Cristo resucitado, para comunicar a los hombres los frutos
de su pasión y muerte, confirió a los Apóstoles el
poder de perdonar los pecados: 'A quienes perdonéis los pecados,
les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos'
(Jn 20, 23). Como herederos de la misión y del poder de los Apóstoles,
los presbíteros, en la Iglesia, perdonan los pecados en nombre de
Cristo. Pero se puede decir que en el sacramento de la reconciliación
el ministerio específico de los sacerdotes no excluye, sino que comprende
el ejercicio del 'sacerdocio común' de los fieles, que confiesan
sus pecados y piden el perdón bajo el influjo del Espíritu
Santo, que los convierte en su interior con la gracia de Cristo redentor.
Santo Tomás, cuando afirma este papel de los fieles, cita las famosas
palabra de san Agustín: 'El que te creó sin ti, no te justificará
sin ti' (San Agustín, Super Ioannem, serm. 169, c. 11; Santo Tomás,
S.Th. III, q. 84, aa. 5 y 7).
El papel activo del cristiano en el sacramento de la penitencia consiste
en reconocer sus propias culpas con una 'confesión' que, salvo casos
excepcionales, se hace individualmente al sacerdote; con la manifestación
del propio arrepentimiento por la ofensa hecha a Dios: 'contrición';
con la sumisión humilde al sacerdocio institucional de la Iglesia,
para recibir el 'signo eficaz' del perdón divino; con el ofrecimiento
de la 'satisfacción' impuesta por el sacerdote como signo de participación
personal en el sacrificio reparador de Cristo, que se ofreció al
Padre como hostia por nuestras culpas; y, finalmente, con la acción
de gracias por el perdón obtenido.
8. Conviene recordar que todo cuando hemos dicho vale para el pecado
que rompe la amistad con Dios y priva de la 'vida eterna)u y que, por ello,
se llama 'mortal'. Recurrir al sacramento es necesario cuando se ha cometido
incluso un solo pecado mortal (Cfr. Concilio de Trento, DS 1707). Pero el
cristiano que cree en la eficacia del perdón sacramental recurre
al sacramento, también fuera del caso de necesidad, con una cierta
frecuencia, y encuentra en él el camino de una creciente delicadeza
de conciencia y de una purificación cada vez más profunda,
una fuente de paz, una ayuda en la lucha contra las tentaciones y en el
esfuerzo por llevar una vida más acorde con las exigencias de la
ley y del amor de Dios.
9.. La Iglesia está al lado del cristiano, como comunidad que
'colabora a su conversión con la caridad, con el ejemplo y las oraciones'
(Lumen Gentium, 11). El cristiano nunca queda solo, ni siquiera cuando se
halla en estado de pecado: siempre forma parte de la 'comunidad sacerdotal',
que lo sostiene con la solidaridad de la caridad, la fraternidad y la oración,
para obtenerle la reintegración en la amistad de Dios y en la compañía
de los 'santos'. La Iglesia, comunidad de los santos, en el sacramento de
la penitencia se manifiesta y actúa como comunidad sacerdotal de
misericordia y perdón.
La unción de los enfermos, en la Iglesia, comunidad sacerdotal
y sacramental (29.IV.92)
1. Se puede decir que la realidad de la comunidad sacerdotal se actúa
y manifiesta de modo particularmente significativo en el sacramento de la
unción de los enfermos, del que el apóstol Santiago escribe:
'¿Está enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros
de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el
nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al
enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido
pecados, le serán perdonados' (St 5, 14.15).
Como se ve, la carta de Santiago recomienda la iniciativa del enfermo
que, personalmente o por medio de sus seres queridos, solicita la presencia
de los presbíteros. Se puede decir que de esta manera ya se da un
ejercicio del sacerdocio común, mediante un acto personal de participación
en la vida de la comunidad de los 'santos', a saber, de los congregados
en el Espíritu Santo, del que se recibe la unción. Pero la
carta d entender también que ayudar a los enfermos con la unción
es una tarea del sacerdocio ministerial, llevado a cabo por los 'presbíteros'.
Es un segundo momento de realización de la comunidad sacerdotal en
la armoniosa participación activa en el sacramento.
2. El primer fundamento de este sacramento se puede descubrir en la
solicitud y cuidado de Jesús por los enfermos. Los evangelistas nos
relatan cómo, desde el inicio de su vida pública, trataba
con gran amor y compasión sincera a los enfermos y a todos los demás
necesitados y atribulados, que le pedían su intervención.
San Mateo atestigua que 'sanaba toda enfermedad y toda dolencia' (Mt 9,
35).
Para Jesús esas innumerables curaciones milagrosas eran el signo
de la salvación que quería aportar a los hombres. Con frecuencia
establece claramente esta relación de significado, como cuando perdona
los pecados al paralítico y sólo después realiza el
milagro, para demostrar que 'el Hijo del hombre tiene en la tierra poder
de perdonar los pecados' (Mc 2, 10). Su mirada, por consiguiente, no se
detenía sólo en la salud del cuerpo; buscaba también
la curación del alma, la salvación espiritual.
3.. Este comportamiento de Jesús pertenecía a la economía
de la misión mesiánica, que la profecía del libro de
Isaías había descrito en términos de curación
de los enfermos y de ayuda a los pobres (Cfr. Is 61, 1 ss.; Lc 4, 18)19).
Es una misión que, ya durante su vida terrena, Jesús quiso
confiar a sus discípulos, a fin de que socorriesen a los menesterosos
y, en especial, curasen a los enfermos. En efecto, el evangelista san Mateo
nos asegura que Jesús, 'llamando a sus doce discípulos, les
dio poder sobre los espíritus inmundos para expulsarlos, y para curar
toda enfermedad y toda dolencia' (Mt 10, 1). Y Marcos dice de ellos que
'expulsaban a muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos
y los curaban' (Mc 6, 13). Es significativo que ya en la Iglesia primitiva
no sólo se subrayara este aspecto de la misión mesiánica
de Jesús, al que se hallan dedicadas numerosas páginas de
los evangelios, sino también la obra confiada por él a sus
discípulos y apóstoles, en conexión con su misión.
4. La Iglesia ha hecho suya la atención especial de Jesús
para con los enfermos. Por una parte, ha suscitado muchas iniciativas de
dedicación generosa a su curación. Por otra, con el sacramento
de la unción, les ha proporcionado y les proporciona el contacto
benéfico con la misericordia de Cristo mismo.
Es conveniente notar a este respecto que la enfermedad nunca es sólo
un mal físico; al mismo tiempo se trata de una prueba moral y espiritual.
El enfermo experimenta gran necesidad de fuerza interior para salir victorioso
de esa prueba. Por medio de la unción sacramental, Cristo le manifiesta
su amor y le comunica la fuerza interior que necesita. En la parábola
del buen samaritano, el aceite derramado sobre las heridas del viajero asaltado
en el camino de Jericó, sirve simplemente como medio de curación
física. En el sacramento, la unción con el aceite resulta
signo eficaz de gracia y de salvación también espiritual,
mediante el ministerio de los presbíteros.
5.. En la carta de Santiago leemos que la unción y la oración
sacerdotal tienen como efectos la salvación, la conformación
y el perdón de los pecados. El concilio de Trento (DS 1696) comenta
el texto de Santiago diciendo que, en este sacramento, se comunica una gracia
del Espíritu Santo, cuya unción interna, por una parte, libra
el alma del enfermo de las culpas y de las reliquias del pecado y, por otra,
la alivia y fortalece, inspirándole gran confianza en la bondad misericordiosa
de Dios. Así, le ayuda a soportar más fácilmente los
inconvenientes y las penas de la enfermedad, y a resistir con mayor energía
las tentaciones del demonio. Además, la unción a veces obtiene
al enfermo también la salud del cuerpo, cuando conviene a la salvación
de su alma. Esta es la doctrina de la Iglesia, expuesta por ese concilio.
Se da, por consiguiente, en el sacramento de la unción una gracia
de fuerza que aumenta el valor y la capacidad de resistencia del enfermo.
Esa gracia produce la curación espiritual, como perdón de
los pecados, obrada por virtud de Cristo por el sacramento mismo, si no
se encuentran obstáculos en la disposición del alma, y a veces
también la curación corporal. Esta última no es la
finalidad esencial del sacramento, pero, cuando se produce, manifiesta la
salvación que Cristo proporciona por su gran caridad y misericordia
hacia todos los necesitados, que ya revelaba durante su vida terrena. También
en la actualidad su corazón palpita con ese amor, que perdura en
su nueva vida en el cielo y que el Espíritu Santo derrama en las
criaturas humanas.
6. El sacramento de la unción es, pues, una intervención
eficaz de Cristo en todo caso de enfermedad grave o de debilidad orgánica
debida a la edad avanzada, en que los 'presbíteros' de la Iglesia
son llamados a administrarlo.
En el lenguaje tradicional se llamaba 'extrema unción', porque
se consideraba como el sacramento de los moribundos. El concilio Vaticano
II ya no usó esa expresión, para que la unción se juzgase
mejor, como es, el sacramento de los enfermos graves. Por ello, no está
bien esperar a los últimos momentos para pedir este sacramento, privando
así al enfermo de la ayuda que la unción procura al alma y,
a veces, también al cuerpo. Los mismos parientes y amigos del enfermo
deben hacerse tempestivamente intérpretes de su voluntad de recibirlo
en caso de enfermedad grave. Esta voluntad se debe suponer, si no consta
un rechazo, incluso cuando el enfermo ya no tiene la posibilidad de expresarla
formalmente. Forma parte de la misma adhesión a Cristo con la fe
en su palabra y la aceptación de los medios de salvación por
él instituidos y confiados al ministerio de la Iglesia. También
la experiencia demuestra que el sacramento proporciona una fuerza espiritual,
que transforma el ánimo del enfermo y le da alivio incluso en su
situación física. Esta fuerza es útil especialmente
en el momento de la muerte, porque contribuye al paso sereno al más
allá. Oremos diariamente para que, al final de la vida, se nos conceda
ese supremo don de gracia santificante y, al menos en perspectiva, ya beatificante.
7. El concilio Vaticano II subraya el empeño de la Iglesia que,
con la santa unción, interviene en la hora de la enfermedad, de la
vejez y, finalmente, de la muerte. 'Toda la Iglesia', dice el Concilio (Lumen
Gentium, 11), pide al Señor que alivie los sufrimientos del enfermo,
manifestando así el amor de Cristo hacia todos los enfermos. El presbítero,
ministro del sacramento, expresa ese empeño de toda la Iglesia, 'comunidad
sacerdotal', de la que también el enfermo es aún miembro activo,
que participa y aporta. Por ello, la Iglesia exhorta a los que sufren a
unirse a la pasión y muerte de Jesucristo para obtener de él
la salvación y una vida más abundante para todo el pueblo
de Dios. Así, pues, la finalidad del sacramento no es sólo
el bien individual del enfermo, sino también el crecimiento espiritual
de toda la Iglesia. Considerada a esta luz, la unción aparece .tal
cual es. como una forma suprema de la participación en la ofrenda
sacerdotal de Cristo, de la que decía san Pablo: 'Ahora me alegro
por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo
que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la
Iglesia' (Col 1, 24).
8. Por consiguiente, hay que atraer la atención hacia la contribución
de los enfermos al desarrollo de la vida espiritual de la Iglesia. Todos
-los enfermos, sus seres queridos, los médicos y demás asistentes-
deben ser cada vez más conscientes del valor de la enfermedad como
ejercicio del 'sacerdocio universal', es decir, del sufrimiento unido a
la pasión de Cristo. Todos han de ver en ellos la imagen del Cristo
sufriente (Christus patiens), del Cristo que según el oráculo
del libro de Isaías acerca del siervo (Cfr. 53, 4). tomó sobre
sí nuestras enfermedades.
Por la fe y por las experiencias sabemos que la ofrenda que hacen los
enfermos es muy fecunda para la Iglesia. Los miembros dolientes del Cuerpo
místico son los que más contribuyen a la unción intima
de toda la comunidad con Cristo Salvador. La comunidad debe ayudar a los
enfermos de todos los modos que señala el Concilio, también
por gratitud a causa de los beneficios que de ellos recibe.
El matrimonio en la Iglesia, comunidad sacerdotal y sacramental
(6.V.92)
1. Según el concilio Vaticano II, la Iglesia es una 'comunidad
sacerdotal ', cuyo 'carácter sagrado y orgánicamente estructurado'
se actualiza por los sacramentos, entre los cuales ocupan un puesto especial
el del orden y el del matrimonio.
A propósito del orden, leemos en la constitución Lumen
Gentium: 'Aquellos de entre los fieles que están sellados con el
orden sagrado son destinados a apacentar la Iglesia por la palabra y gracia
de Dios'; y a propósito del matrimonio: 'Los cónyuges cristianos,
en virtud del sacramento del matrimonio, por el que significan y participan
el misterio de unidad y amor fecundo entre Cristo y la Iglesia (Cfr. Ef
5, 32), se ayudan mutuamente a santificarse' (n. 11). En esta catequesis
nos ocuparemos exclusivamente del sacramento del matrimonio. Sobre el sacerdocio
ministerial volveremos a su debido tiempo.
2. Ya hemos recordado en una catequesis anterior que el primer milagro
realizado por Jesús tuvo lugar en Caná, durante un banquete
de bodas. Aunque el significado de ese milagro, con el que Jesús
'manifestó su gloria' (Jn 2, 11),va mucho más allá
del hecho narrado, podemos descubrir en él el aprecio del Señor
hacia el amor conyugal y hacia la institución del matrimonio, así
como su intención de llevar la salvación a este aspecto fundamental
de la vida y de la sociedad humana. Cristo da un vino nuevo, símbolo
del amor nuevo. El episodio de Caná nos ayuda a caer en la cuenta
de que el matrimonio se halla amenazado cuando el amor corre el peligro
de agotarse. Con el sacramento, Jesús nos manifiesta de modo eficaz
su intervención a fin de salvar y reforzar, mediante el don de la
caridad teologal, el amor entre los cónyuges, y a fin de darles la
fuerza para la fidelidad. Podemos añadir que el milagro, realizado
por Jesús al comienzo de su vida pública, es un signo de la
importancia del matrimonio en el plan salvífico de Dios y en la formación
de la Iglesia.
Y, por último, se puede decir que la iniciativa de María,
que pide y obtiene el milagro, anuncia su futuro papel en la economía
del matrimonio cristiano: una presencia benévola, una intercesión
y una ayuda para superar las dificultades, que nunca han de faltar.
A la luz de Caná, queremos subrayar ahora el aspecto del matrimonio
que más nos interesa en este ciclo de catequesis eclesiológicas.
Y es que en el matrimonio cristiano el sacerdocio común de los fieles
se ejercita de modo notable, porque los cónyuges mismos son los ministros
del sacramento.
El acto humano, 'por el cual los esposos )como dice el Concilio) se
dan y se reciben mutuamente' (Gaudium et Spes, 48), ha sido elevado a la
dignidad de sacramento. Los cónyuges se administran mutuamente el
sacramento con su consentimiento reciproco.
El sacramento manifiesta el valor del consentimiento libre del hombre
y la mujer, como afirmación de su personalidad y expresión
del amor mutuo.
4. Siempre según el Concilio, los cónyuges cristianos,
con el sacramento, 'significan y participan el misterio de unidad y amor
fecundo entre Cristo y la Iglesia (Cfr. Ef 5, 32)' (Lumen Gentium, 11).
'EL genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y enriquece
por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de
la Iglesia para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos
a fortalecerlos en la sublime misión de la paternidad y la maternidad.
Por ello los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de
estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial'
(Gaudium et Spes, 48).
Es muy importante esta última afirmación de la Gaudium
et Spes, o sea, que los cónyuges están 'como consagrados por
un sacramento especial'. Precisamente en esto se manifiesta el ejercicio
de su sacerdocio de bautizados y confirmados.
5. En esta participación especial en el sacerdocio común
de la Iglesia, los cónyuges pueden realizar su santidad. En efecto,
con el sacramento, reciben la fuerza para cumplir su deber conyugal y familiar,
y para progresar en la santificación mutua. 'Se ayudan mutuamente
a santificarse en la vida conyugal y en la procreación y educación
de la prole, y por eso poseen su propio don, dentro del pueblo de Dios,
en su estado y forma de vida (Cfr. 1 Cor 7, 7)'(Lumen Gentium, 11).
El sacramento del matrimonio está orientado hacia la fecundidad.
Es una inclinación ya insita en la naturaleza humana. 'Por su, índole
natural (dice el Concilio) la institución del matrimonio y el amor
conyugal están ordenados por sí mismos a la procreación
y a la educación de la prole, con las que se ciñen como con
su corona propia' (Gaudium et Spes, 48).
El sacramento les proporciona fuerzas espirituales de fe, caridad y
generosidad para el cumplimiento del deber de la procreación y la
educación de la prole. Es un recurso de gracia divina, que corrobora
y perfecciona la recta inclinación natural y configura la misma psicología
de la pareja, que toma conciencia de su propia misión de 'cooperadores
del amor de Dios creador', como dice el Concilio (Gaudium et Spes, 50).
La conciencia de cooperar en la obra divina de la creación, y
en el amor que inspira esta obra, ayuda a los cónyuges a entender
mejor el carácter sagrado de la procreación y del amor procreante,
y refuerza la orientación de su amor hacia la transmisión
de la vida.
7. El Concilio subraya también la misión educativa de
los cónyuges. En efecto, leemos en la Gaudium et Spes: 'En cuanto
a los esposos, ennoblecidos por la dignidad y la función de padre
y de madre, realizarán concienzudamente el deber de la educación,
principalmente religiosa, que a ellos, sobre todo, compete' (n. 48). Pero
esta exhortación se ilumina a la luz espiritual de la Lumen Gentium,
que escribe: 'En esta especie de Iglesia doméstica los padres deben
ser para sus hijos los primeros predicadores de la fe' (n. 11). El Concilio,
por consiguiente, proyecta una luz eclesial sobre la misión de los
cónyuges.padres, en cuanto miembros de la Iglesia, comunidad sacerdotal
y sacramental.
Está claro que, para los creyentes, la educación cristiana
es el don más hermoso que los padres puedan dar a sus hijos, y la
manifestación más genuina y más elevada de su amor.
Esa educación requiere una fe sincera y coherente, y una vida conforme
a la fe.
8. El Concilio escribe, también, que la unión conyugal
'como mutua entrega de dos personas, lo mismo que el bien de los hijos,
exigen plena fidelidad conyugal y urgen su indisoluble unidad' (Gaudium
et Spes, 48). La fidelidad y la unidad vienen del 'don especial de la gracia
y la caridad' (ib., 49) dado por el sacramento. Ese don asegura que, a imitación
de Cristo que amó a la Iglesia, 'los esposos, con su mutua entrega,
se amen con perpetua fidelidad' (ib., 48). Se trata de una fuerza inherente
a la gracia del sacramento.
9. Por último, leemos en el Concilio que 'la familia cristiana,
cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación
de la Alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos
la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza
de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad
de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros'
(ib., 48).
Así, pues, no sólo todo cristiano, considerado individualmente,
sino la familia entera )formada por padres e hijos cristianos) como tal,
está llamada a ser testigo de la vida, del amor y de la unidad que
la Iglesia lleva en sí como propiedades derivadas de su naturaleza
de comunidad sagrada, constituida, y que vive en la caridad de Cristo.
El testimonio de la fe en la Iglesia, comunidad profética
(13.V.1992)
1. En las catequesis anteriores hemos hablado de la Iglesia como de
una 'comunidad sacerdotal' de 'carácter sagrado y orgánicamente
estructurado' que 'se actualiza por los sacramentos y por las virtudes'
(Lumen Gentium, 11). Era un comentario al texto de la constitución
conciliar Lumen Gentium, dedicado ala identidad de la Iglesia. Pero, en
la misma constitución leemos que 'el pueblo santo de Dios participa
también de la función profética de Cristo, difundiendo
su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad y ofreciendo a
Dios el sacrificio de alabanza, que es fruto de los labios que confiesan
su nombre(cfr. Hb 13,15)' (ib., 12). Según el Concilio, por tanto,
la Iglesia tiene un carácter profético como partícipe
del mismo oficio profético de Cristo. De este carácter trataremos
en esta catequesis y en las siguientes, siempre en la línea de la
citada constitución dogmática, donde el Concilio expone más
expresamente esta doctrina (ib., 12).
Hoy nos detendremos en los presupuestos que fundan el testimonio de
fe de la Iglesia.
2. El texto conciliar, presentando a la Iglesia como 'comunidad profética',
pone este carácter en relación con la función de 'testimonio'
para el que fue querida y fundada por Jesús. En efecto, dice el Concilio
que la Iglesia 'difunde el vivo testimonio de Cristo'. Es evidente la referencia
a las palabras de Cristo, que se encuentran en el Nuevo Testamento. Ante
todo a las que dirige el Señor resucitado a los Apóstoles,
y que recogen los Hechos: 'Recibiréis la fuerza del Espíritu
Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos' (Hech
1, 8). Con estas palabras Jesucristo subraya que la actuación de
la función de testimonio, que es la tarea particular de los Apóstoles,
depende del envío del Espíritu Santo prometido por él
y que tuvo lugar el día de Pentecostés. En virtud del Paráclito,
que es espíritu de verdad, el testimonio acerca de Cristo crucificado
y resucitado se transforma en compromiso y tarea también de los demás
discípulos, y en particular de las mujeres, que junto con la Madre
de Cristo se hallan presentes en el cenáculo de Jerusalén,
como parte de la primitiva comunidad eclesial. Más aún, las
mujeres ya han sido privilegiadas, pues fueron las primeras en llevar el
anuncio y ser testigos de la resurrección de Cristo (Cfr. Mt 28,
1.10).
3. Cuando Jesús dice a los Apóstoles: 'seréis mis
testigos' (Hech 1, 8), habla del testimonio de la fe en un sentido que encuentra
en ellos una actuación bastante peculiar. En efecto, ellos fueron
testigos oculares de las obras de Cristo, oyeron con sus propios oídos
las palabras pronunciadas por él, y recogieron directamente de él
las verdades de la revelación divina. Ellos fueron los primeros en
responder con la fe a lo que habían visto y oído. Eso hace
Simón Pedro cuando, en nombre de los Doce, confiesa que Jesús
es 'el Cristo, el Hijo de Dios vivo' (Mt 16, 16). En otra ocasión,
cerca de Cafarnaún, cuando algunos comenzaron a abandonar a Jesús
tras el anuncio del misterio eucarístico, el mismo Simón Pedro
no dudó en aclarar: 'Señor, ¿donde quién vamos
a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos
que tú eres el Santo de Dios' (Jn 6, 68.69).
4. Este particular testimonio de fe de los Apóstoles era un 'don
que viene de lo Alto' (Cfr. St 1,17). Y no sólo lo era para los mismos
Apóstoles, sino también para aquellos a quienes entonces y
más adelante transmitirían su testimonio. Jesús les
dijo: "A vosotros se os ha dado el misterio del Reino de Dios"
(Mc 4, 11). Y a Pedro, con vistas a un momento crítico, le garantiza:
'yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando
hayas vuelto, confirma a tus hermanos' (Lc 22, 32).
Podemos, por consiguiente, decir, a la luz de estas páginas significativas
del Nuevo Testamento, que, si la Iglesia, como pueblo de Dios, participa
en el oficio profético de Cristo, difundiendo el vivo testimonio
de él, como leemos en el Concilio (Cfr. Lumen Gentium, 12), ese testimonio
de la fe de la Iglesia encuentra su fundamento y apoyo en el testimonio
de los Apóstoles. Ese testimonio es primordial y fundamental para
el oficio profético de todo el pueblo de Dios.
5. En otra constitución conciliar, la Dei Verbum, leemos que
los Apóstoles, 'con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones,
transmitieron de palabra lo que habían aprendido de las obras y palabras
de Cristo y lo que el Espíritu Santo le enseñó'. Pero
también otros, junto con los Doce, cumplieron el mandato de Cristo
acerca del testimonio de fe en el Evangelio, a saber 'los mismos Apóstoles
(como Pablo) y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje
de la salvación inspirados por el Espíritu Santo' (n. 7).'Lo
que los Apóstoles transmitieron comprende todo lo necesario par una
vida santa y para una fe creciente del pueblo de Dios; así la Iglesia
con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas
las edades lo que es y lo que cree' (ib., 8).
Como se ve, según el Concilio existe una intima relación
entre la Iglesia, los Apóstoles, Jesucristo y el Espíritu
Santo. Es la línea de la continuidad entre el misterio cristológico
y la institución apostólica y eclesial: misterio que incluye
la presencia y la acción continua del Espíritu Santo.
6. Precisamente en la constitución sobre la divina revelación,
el Concilio formula la verdad acerca de la Tradición, mediante la
cual el testimonio apostólico perdura en la Iglesia como testimonio
de fe de todo el pueblo de Dios. 'Esta Tradición apostólica
va creciendo en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo; es decir,
crece la comprensión de las palabras e instituciones transmitidas
cuando los fieles las contemplan y estudian repasándolas en su corazón
(Cfr. Lc 2, 19.51), y cuando comprenden internamente los misterios que viven,
cuando las proclaman los obispos, sucesores de los Apóstoles en el
carisma de la verdad. La Iglesia camina a través de los siglos hacia
la plenitud de la verdad hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras
de Dios'(Dei Verbum, 8).
Según el Concilio, por tanto, este tender a la plenitud de la
verdad divina, bajo la tutela del Espíritu de verdad, se actualiza
mediante la comprensión, la experiencia (o sea, la inteligencia vivida
de las cosas espirituales) y la enseñanza (Cfr. Dei Verbum, 10).
También en este campo, María es modelo para la Iglesia,
por cuanto fue la primera que 'guardaba todas estas cosas, y las meditaba
en su corazón' (Lc 2, 19 y 51).
7. Bajo el influjo del Espíritu Santo, la comunidad profesa su
fe y aplica la verdad de fe a la vida. Por una parte está el esfuerzo
de toda la Iglesia para comprender mejor la revelación, objeto de
la fe: un estudio sistemático de la Escritura y una reflexión
o meditación continua sobre el significado profundo y sobre el valor
de la palabra de Dios. Por otra, la Iglesia da testimonio de la fe con su
propia vida, mostrando las consecuencias y aplicaciones de la doctrina revelada
y el valor superior que de ella deriva para el comportamiento humano. Enseñando
los mandamientos promulgados por Cristo, sigue el camino que él abrió
y manifiesta la excelencia del mensaje evangélico.
Todo cristiano debe 'reconocer a Cristo ante los hombres' (Cfr. Mt 10,32)
en unión con toda la Iglesia y tener entre los no creyentes 'una
conducta irreprensible' a fin de que alcancen la fe (Cfr. 1 Pe 2, 1 2).
8. Por estos caminos, señalados por el Concilio, se desarrolla
y se transmite, con el testimonio 'comunitario de la Iglesia, aquel 'sentido
de la fe' mediante el cual el pueblo de Dios participa en el oficio profético
de Cristo. 'Con este sentido de la fe .leemos en la Lumen Gentium. que el
Espíritu de verdad suscita y mantiene, el pueblo de Dios se adhiere
indefectiblemente a la fe confiada de una vez para siempre a los santos
(Jds 3), penetra más profundamente en ella con juicio certero y le
da más plena aplicación en la vida, guiado en todo por el
sagrado Magisterio, sometiéndose al cual no acepta ya una palabra
de hombres, sino la verdadera palabra de Dios (Cfr. 1 Tes 2,13)' (n. 12),
El texto conciliar pone de relieve el hecho de que 'el Espíritu
de verdad suscita y mantiene el sentido de la fe'. Gracias a ese 'sentido'
en el que da frutos 'la unción' divina, 'el pueblo de Dios se adhiere
indefectiblemente a la fe, guiado en todo por el sagrado Magisterio' (ib.).
'La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (Cfr.
1 Jn 2, 20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa
peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de
todo el pueblo cuando 'desde los obispos hasta los últimos fieles
laicos" presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres'
(ib.).
Adviértase que este texto conciliar muestra muy bien que ese
'consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres' no deriva de
un referéndum o un plebiscito. Puede entenderse correctamente sólo
si se tienen en cuenta las palabras de Cristo: 'Yo te bendigo, Padre, Señor
del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes,
y se las has revelado a pequeños' (Mt 11, 25).
El testimonio de la vida en Cristo en la Iglesia, comunidad profética
(20.V.1992)
1. La Iglesia ejercita el oficio profético, del que hemos hablado
en la catequesis anterior, por medio del testimonio de la fe. Este testimonio
comprende y pone de relieve todos los aspectos de la vida y la enseñanza
de Cristo. Lo afirma el concilio Vaticano II, en la constitución
pastoral Gaudium et Spes, cuando presenta a Jesucristo como el hombre nuevo,
que proyecta su luz sobre los enigmas de la vida y la muerte, de otra forma
insolubles. 'EL misterio del hombre .dice el Concilio. sólo se esclarece
en el misterio del Verbo encarnado' (Gaudium et Spes, 22). Y, más
adelante, afirma que ésta es la ayuda que la Iglesia desea ofrecer
a los hombres para que descubran o redescubran en la revelación divina
su genuina y completa identidad. 'Como a la Iglesia .leemos. se ha confiado
la manifestación del misterio de Dios, que es el último fin
del hombre, la Iglesia descubre con ello al hombre el sentido de la propia
existencia, es decir, la verdad más profunda acerca del ser humano.
Bien sabe la Iglesia que sólo Dios, al que ella sirve, responde a
las aspiraciones más profundas del corazón humano, el cual
nunca se sacia plenamente con solos los alimentos terrenos' (ib., 41). Eso
significa que el oficio profético de la Iglesia, que consiste en
anunciar la verdad divina, implica también la revelación al
hombre de la verdad sobre él mismo, verdad que sólo en Cristo
se manifiesta en toda su plenitud.
2. La Iglesia muestra al hombre esta verdad no sólo de forma
teórica o abstracta, sino también de un modo que podemos definir
existencial o muy concreto, porque su vocación es dar al hombre la
vida que está en Cristo crucificado y resucitado: como Jesús
mismo anuncia a los Apóstoles, 'porque yo vivo y también vosotros
viviréis' (Jn 14,19).
El regalo al hombre de una vida nueva en Cristo tiene su inicio en el
momento del bautismo. San Pablo lo afirma de modo inigualable en la carta
a los Romanos: '¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados
en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con
él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual
que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del
Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque
si nos hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante
a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante...
Así también vosotros, considerados como muertos al pecado
y vivos para Dios en Cristo Jesús' (Rom 6, 3.5. 11). Es el misterio
del bautismo, como inauguración de la vida nueva participada por
el 'hombre nuevo', Cristo, a los que son injertados sacramentalmente en
su único cuerpo, que es la Iglesia.
3. Se puede decir que, en el bautismo y en los demás sacramentos,
de verdad 'la Iglesia manifiesta plenamente al hombre el sentido de su propia
existencia', de un modo vivo y vital. Se podría hablar de una 'evangelización
sacramental', que se halla incluida en el oficio profético de la
Iglesia y ayuda a comprender mejor la verdad acerca de la Iglesia como 'comunidad
profética' .
El profetismo de la Iglesia se manifiesta al anunciar y producir sacramentalmente
la 'sequela Christi', que se transforma en imitación de Cristo no
sólo en sentido moral, sino también como auténtica
reproducción de la vida de Cristo en el hombre. Una 'vida nueva'
(Rom 6, 4), una vida divina, que por medio de Cristo es participada al hombre
como afirma en repetidas ocasiones san Pablo: 'A vosotros, que estabais
muertos en vuestros delitos..., Dios os vivificó juntamente con él
(Cristo)' (Col 2, 13); 'el que está en Cristo es una nueva creación'
(2 Cor 5,17).
4. Así, pues, Cristo es la respuesta divina que la Iglesia d
los problemas humanos fundamentales: Cristo, que es el hombre perfecto.
El Concilio dice que 'el que sigue a Cristo... se perfecciona cada vez más
en su propia dignidad de hombre' (Gaudium et Spes, 41). La Iglesia, al dar
testimonio de la vida de Cristo, 'hombre perfecto', señal todo hombre
el camino que lleva a la plenitud de realización de su propia humanidad.
Asimismo, presenta a todos con su predicación un auténtico
modelo de vida e infunde en los creyentes con los os sacramentos la energía
vital que permite el desarrollo de la vida nueva, que se transmite de miembro
a miembro en la comunidad eclesial. Por esto, Jesús llama a sus discípulos
'sal de la tierra' y 'luz del mundo' (Mt 5, 13.14).
5. En su testimonio de la vida de Cristo, la Iglesia d conocer a los
hombres a aquel que en su existencia terrena realizó del modo más
perfecto 'el mayor y el primer mandamiento' (Mt 22, 38)40), que él
mismo enunció. Lo realizó en su doble dimensión. En
efecto, con su vida y con su muerte, Jesucristo mostró lo que significa
amar a Dios 'sobre todas las cosas' con una actitud de reverencia y obediencia
al Padre, que le llevaba a decir: 'Mi alimento es hacer la voluntad del
que me ha enviado y llevar a cabo su obra' (Jn 4, 34). También confirmó
y realizó de modo perfecto el amor al prójimo, con respecto
al cual se definía y se comportaba como 'el Hijo del hombre (que)
no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por
muchos (Mt 20, 28).
6. La Iglesia es testigo de la verdad de las bienaventuranzas proclamadas
por Jesús (Cfr. Mt 5, 3.12). Trata de multiplicar en el mundo: .
'los pobres de espíritu', que no buscan en los bienes materiales
ni en el dinero la finalidad de la vida; 'los mansos', que revelan el 'corazón
manso y humilde' de Cristo y renuncian a la violencia; 'los limpios de corazón',
que viven en la verdad y en la lealtad; 'los que tienen hambre y sed de
justicia', es decir, de la santidad divina que quiere establecerse en la
vida individual y social; . 'los misericordiosos', que tienen compasión
de los que sufren y les ayudan; 'los que trabajan por la paz', que promueven
la reconciliación y la armonía entre los individuos y las
naciones.
7. La Iglesia es testigo y portadora de la ofrenda sacrificial que Cristo
hizo de sí mismo. Sigue el camino de la cruz y recuerda siempre la
fecundidad del sufrimiento soportado y ofrecido en unión con el sacrificio
del Salvador. Su oficio profético se ejercita en el reconocimiento
del valor de la cruz. Por ello, la Iglesia se esfuerza por vivir de modo
especial la bienaventuranza de los que lloran y los perseguidos.
Jesús anunció persecuciones a sus discípulos (Cfr.
Mt 24, 9 y paralelos). La perseverancia en las persecuciones es parte del
testimonio que la Iglesia da de Cristo: desde el martirio de san Esteban
(Cfr. Hech 7, 55-60), de los Apóstoles, de sus primeros sucesores
y de tantos cristianos, hasta los sufrimientos de los obispos, sacerdotes,
religiosos y simples fieles, que también en nuestro tiempo han derramado
su sangre y sufrido torturas, encarcelamientos y humillaciones de todo tipo
por su fidelidad a Cristo.
La Iglesia es testigo de la resurrección; testigo de la alegría
de la buena nueva; testigo de la felicidad eterna y de la que da Cristo
resucitado ya en la vida terrena, como veremos en la próxima catequesis.
8. Al dar este múltiple testimonio de la vida de Cristo, la Iglesia
ejercita su oficio profético. Al mismo tiempo, mediante este testimonio
profético 'manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le
descubre la sublimidad de su vocación' como nos dijo el Concilio
(Gaudium et Spes, 22).
Se trata de una misión profética que tiene un sentido
netamente cristocéntrico y que, precisamente por ello, reviste un
profundo valor antropológico, como luz y fuerza de vida que brota
del Verbo encarnado. En esta misión en favor del hombre se encuentra
comprometida hoy más que nunca la Iglesia, pues es consciente de
que en la salvación del hombre se alcanza la gloria de Dios. Por
esto, he dicho desde mi primera encíclica, Redemptor hominis, que
'el hombre es el camino de la Iglesia (n. 14).
El testimonio de la esperanza en la Iglesia, comunidad profética
(27.V.1992)
1. Por ser testigo de la vida de Cristo y en Cristo, como hemos visto
en la catequesis anterior, la Iglesia es también testigo de la esperanza:
de la esperanza evangélica, que en Cristo encuentra su fuente. El
concilio Vaticano II dice de Cristo en la constitución pastoral Gaudium
et Spes: 'EL Señor es el fin de la historia humana..., centro de
la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones'
(n. 45). En ese texto el Concilio recuerda las palabras de Pablo VI que,
en una alocución había dicho de Cristo que es 'el centro de
los deseos de la historia y la civilización' (Discurso 3.II.1965).
Como se ve, la esperanza testimoniada por la Iglesia reviste dimensiones
muy vastas, más aún, podríamos decir que es inmensa.
2. Se trata, ante todo, de la esperanza de la vida eterna. Esa esperanza
responde al deseo de inmortalidad que el hombre lleva en su corazón
en virtud de la naturaleza espiritual del alma. La Iglesia predica que la
vida eterna es el 'paso' a una vida nueva: a la vida en Dios, donde 'no
habrá ya muerte ni habrá llanto' (Ap 21, 4). Gracias a Cristo,
que (como dice san Pablo) es 'el primogénito de entre los muertos'
(Col 1, 18; cfr. 1 Cor 15, 20), gracias a su resurrección, el hombre
puede vivir en la perspectiva de la vida eterna anunciada y traída
por él.
3. Se trata de la esperanza de la felicidad en Dios. A esta felicidad
estamos todos llamados, como nos revela el mandato de Jesús: 'Id
por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva toda la creación' (Mc
16, 15). En otra ocasión Jesús asegura a sus discípulos
que 'en la casa de mi Padre hay muchas mansiones' (Jn 14, 2) y que, dejándolos
en la tierra, va al cielo 'a prepararos el lugar, para que donde esté
yo, estéis también vosotros' (Jn 1 4, 3).
4. Se trata de la esperanza de estar con Cristo 'en la casa del Padre'
después de la muerte. El apóstol Pablo estaba lleno de esa
esperanza, hasta el punto que pudo decir: 'deseo partir y estar con Cristo,
lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor' (Flp 1, 23). 'Esperamos, pues,
llenos de buen ánimo y preferimos salir de este cuerpo para vivir
con el Señor' (2 Cor 5, 8). La esperanza cristiana nos asegura, además,
que 'el exilio fuera del cuerpo' no durará y que nuestra felicidad
en compañía del Señor alcanzará su plenitud
con la resurrección de los cuerpos al fin del mundo. Jesús
nos ofrece la certeza: la pone en relación con la Eucaristía:
'EL que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré
el último día' (Jn 6, 54) Es una auténtica resurrección
de los cuerpos, con la plena reintegración de la persona en la nueva
vida del cielo, y no una reencarnación entendida como vuelta a la
vida en la misma tierra, en otros cuerpos. En la revelación de Cristo,
predicada y testimoniada por la Iglesia, la esperanza de la resurrección
se coloca en el contexto de 'un cielo nuevo y una tierra nueva' (Ap 21,
1), en donde encuentra plenitud de realización la 'vida nueva' participad
los hombres por el Verbo encarnado.
5. Si la Iglesia da testimonio de esta esperanza .esperanza de la vida
eterna, de la resurrección de los cuerpos, de la felicidad eterna
en Dios., lo hace como eco de la enseñanza de los Apóstoles,
y especialmente de san Pablo, según el cual Cristo mismo es fuente
y fundamento de esta esperanza. 'Cristo Jesús, nuestra esperanza',
dice el Apóstol (1 Tim 1, 1 ); y también escribe que en Cristo
se nos ha revelado 'el misterio escondido desde siglos y generaciones, y
manifestado ahora a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer cuál
es la riqueza de la gloria de este misterio... que es Cristo..., la esperanza
de la gloria' (Col 1, 26.27).
El profetismo de la esperanza tiene, pues, su fundamento en Cristo,
y de Él depende el crecimiento actual de la 'vida eterna'.
6. Pero la esperanza que deriva de Cristo, aun teniendo un término
último, que está más allá de todo confín
temporal, al mismo tiempo penetra en la vida del cristiano también
en el tiempo. Lo afirma san Pablo: 'En él (Cristo) también
vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de
vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis
sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es prenda de nuestra
herencia, para redención del pueblo de su posesión, para alabanza
de su gloria' (Ef 1, 13.14). En efecto, 'es Dios el que nos conforta...
en Cristo y el que nos ungió, y el que nos marcó con su sello
y nos dio en arras el Espíritu en nuestros corazones' (2 Cor 1, 21.22).
La esperanza es, por consiguiente, un don del Espíritu Santo,
Espíritu de Cristo, por el cual el hombre, ya en el tiempo, vive
la eternidad: vive en Cristo como participe de la vida eterna, que el Hijo
recibe del Padre y d sus discípulos (Cfr. Jn 5, 26; 6, 54)57; 10,
28; 17, 2). San Pablo dice que ésta es la esperanza que 'no falla'
(Rom 5, 5), porque se apoya en el poder del amor de Dios, que 'ha sido derramado
en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado'
(ib.).
De esta esperanza es testigo la Iglesia, que la anuncia y lleva como
don a las personas que aceptan a Cristo y viven en él, y al conjunto
de todos los hombres y de todos los pueblos, a los que debe y quiere dar
a conocer, según la voluntad de Cristo, el evangelio del reino' (Mt
24, 14).
7. También frente a las dificultades de la vida presente y a
las dolorosas experiencias de prevaricaciones y fracasos del hombre en la
historia, la esperanza es la fuente del optimismo cristiano. Ciertamente
la Iglesia no puede cerrar los ojos ante el abundante mal que existe en
el mundo. Con todo, sabe que puede contar con la presencia victoriosa de
Cristo, y en esa certeza inspira su acción larga y pacientemente,
recordando siempre aquella declaración de su Fundador en el discurso
de despedida a los Apóstoles: .Os he dicho estas cosas para que tengáis
paz en mi. En el mundo tendréis tribulación. Pero '¡ánimo!:
yo he vencido al mundo' (Jn 16, 33).
La certeza de esta victoria de Cristo, que se va haciendo cada vez más
profunda en la historia, es la causa del optimismo sobrenatural de la Iglesia
al mirar el mundo y la vida, que traduce en acción el don de la esperanza.
La Iglesia se ha entrenado en la historia a resistir y a continuar en su
obra como ministra de Cristo crucificado y resucitado: pero es en virtud
del Espíritu Santo como espera obtener siempre nuevas victorias espirituales,
infundiendo en las almas y propagando en el mundo el fermento evangélico
de gracia y de verdad (Cfr. Jn 16. 13). La Iglesia quiere transmitir a sus
miembros y, en cuanto le sea posible, a todos los hombres ese optimismo
cristiano, hecho de confianza, valentía y perseverancia clarividente.
Hace suyas las palabras del Apóstol Pablo en la carta a los Romanos:
'EL Dios (dador) de la esperanza os colme de todo gozo y paz en vuestra
fe, hasta rebosar de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo'
(Rom 15,13). El Dios de la esperanza es 'el Dios de la paciencia y del consuelo'(Rom
15, 5).
8. Podemos decir que el mundo en que Cristo ha obtenido su victoria
pascual se ha convertido, en virtud de su redención, en la 'isla
de la divina esperanza'.
El testimonio de la caridad en la Iglesia, comunidad profética
(3.VI.92)
1. En la constitución dogmática Lumen Gentium del concilio
Vaticano II leemos: 'El pueblo santo de Dios participa también de
la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio
vivo sobre todo con la vida de fe y caridad' (n. 12). En las anteriores
catequesis hemos hablado del testimonio del amor. Es un tema de suma importancia,
pues, como dice san Pablo, de estas tres virtudes: la fe, la esperanza y
la caridad, 'la mayor es la caridad' (Cfr. 1 Cor 13, 13). Pablo demuestra
que conoce muy bien el valor que Cristo dio al mandamiento del amor. En
el curso de los siglos la Iglesia no ha olvidado nunca esa enseñanza.
Siempre ha sentido el deber de dar testimonio del evangelio de caridad con
palabras y obras, a ejemplo de Cristo que, como se lee en los Hechos de
los Apóstoles, 'pasó haciendo el bien' (Hech 10, 38).
Jesús puso de relieve el carácter central del mandamiento
de la caridad cuando lo llamó su mandamiento: 'Este es el mandamiento
mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado'
(Jn 15,12). No se trata sólo del amor al prójimo como lo prescribió
el Antiguo Testamento, sino de un 'mandamiento nuevo' (Jn 13, 34). Es 'nuevo'
porque el modelo es el amor de Cristo 'como yo os he amado', expresión
humana perfecta del amor de Dios hacia los hombres. Y, más en particular,
es el amor de Cristo en su manifestación suprema, la del sacrificio:
'Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por los amigos' (Jn 15,13).
Así, la Iglesia tiene la misión de testimoniar el amor
de Cristo hacia los hombres, amor dispuesto al sacrificio. La caridad no
es simplemente manifestación de solidaridad humana: es participación
en el mismo amor divino.
2. Jesús dice: 'En esto conocerán todos que sois mis discípulos:
si os tenéis amor los unos a los otros' (Jn 13, 35). El amor que
nos enseña Cristo con su palabra y su ejemplo es el signo que debe
distinguir a sus discípulos. Cristo manifiesta el vivo deseo que
arde en su corazón cuando confiesa: 'He venido aa a arrojar un fuego
sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera
encendido!'.(Lc 12, 49). El fuego significa la intensidad y la fuerza del
amor de caridad. Jesús pide a sus seguidores que se les reconozca
por esta forma de amor. La Iglesia sabe que bajo esta forma el amor se convierte
en testimonio de Cristo. La Iglesia es capaz de dar este testimonio porque,
al recibir la vida de Cristo, recibe su amor. Es Cristo quien ha encendido
el fuego del amor en los corazones (Cfr. Lc 12, 49) y sigue encendiéndolo
siempre y por doquier. La Iglesia es responsable de la difusión de
este fuego en el universo. Todo auténtico testimonio de Cristo implica
la caridad; requiere el deseo de evitar toda herida al amor. Así,
también a toda la Iglesia se la debe reconocer por medio de la caridad.
3. La caridad encendida por Cristo en el mundo es amor sin limites,
universal. La Iglesia testimonia este amor que supera toda división
entre personas, categorías sociales, pueblos y naciones. Reacciona
contra los particularismos nacionales que desearían limitar la caridad
a las fronteras de un pueblo. Con su amor, abierto a todos, la Iglesia muestra
que el hombre está llamado por Cristo no sólo a evitar toda
hostilidad en el seno de su propio pueblo, sino también a estimar
y mar a los miembros de las demás naciones, e incluso a los pueblos
mismos.
4. La caridad de Cristo supera también la diversidad de las clases
sociales. No acepta el odio ni la lucha de clases. La Iglesia quiere la
unión de todos en Cristo; trata de vivir y exhorta y enseña
a vivir el amor evangélico, incluso hacia aquellos que algunos quisieran
considerar enemigos. Poniendo en práctica el mandamiento del amor
de Cristo, la Iglesia exige justicia social y, por consiguiente, justa participación
de los bienes materiales en la sociedad y ayuda a los más pobres,
a todos los desdichados. Pero al mismo tiempo predica y favorece la paz
y la reconciliación en la sociedad.
5. La caridad de la Iglesia implica esencialmente una actitud de perdón,
a imitación de la benevolencia de Cristo que, aun condenando el pecado,
se comportó como 'amigo de pecadores' (Cfr. Mt 11, 19; Lc 19, 5.10)
y no quiso condenarlos (Cfr. Jn 8, 11). De este modo, la Iglesia se esfuerza
por reproducir en sí, y en el espíritu de sus hijos, la disposición
generosa de Jesús, que perdonó y pidió al Padre que
perdonar los que lo habían llevado al suplicio (Cfr. Lc 23, 34).
Los cristianos saben que no pueden recurrir nunca a la venganza y que,
según la respuesta de Jesús a Pedro, deben perdonar todas
las ofensas, sin cansarse jamás (Cfr. Mt 18, 22). Cada vez que recitan
el Padre nuestro reafirman su deseo de perdonar. El testimonio del perdón,
dado y recomendado por la Iglesia, está ligado a la revelación
de la misericordia divina: precisamente para asemejarse al Padre celeste,
según la exhortación de Jesús (Cfr. Lc 6, 36.38; Mt
6, 14.15;18, 33.35), los cristianos se inclinan a la indulgencia, a la comprensión
y a la paz. Con esto no descuidan la justicia, que nunca se debe separar
de la misericordia.
6. La caridad se manifiesta también en el respeto y en la estima
hacia toda persona humana, que la Iglesia quiere practicar y recomienda
practicar. Ha recibido la misión de difundir la verdad de la revelación
y dar a conocer el camino de la salvación, establecido por Cristo.
Pero, siguiendo a Jesucristo, dirige su mensaje a hombres que, como personas,
reconoce libres, y les desea el pleno desarrollo de su personalidad, con
la ayuda de la gracia. En su obra, por tanto, toma el camino de la persuasión,
del diálogo, de la búsqueda común de la verdad y del
bien; y, aunque se mantiene firme en su enseñanza de las verdades
de fe y de los principios de la moral, se dirige a los hombres proponiéndoselos,
más que imponiéndoselos, respetuosa y confiada en su capacidad
de juicio.
7. La caridad requiere, asimismo, una disponibilidad para servir al
prójimo. Y en la Iglesia de todos los tiempos siempre han sido muchos
los que se dedican a este servicio. Podemos decir que ninguna sociedad religiosa
ha suscitado tantas obras de caridad como la Iglesia: servicio a los enfermos,
a los minusválidos, servicio a los jóvenes en las escuelas,
a las poblaciones azotadas por desastres naturales y otras calamidades,
ayuda a toda clase de pobres y necesitados. También hoy se repite
este fenómeno, que a veces parece prodigioso: a cada nueva necesidad
que va apareciendo en el mundo responden nuevas iniciativas de socorro y
de asistencia por parte de los cristianos que viven según el espíritu
del Evangelio. Es una caridad testimoniada en la Iglesia, a menudo, con
heroísmo. En ella son numerosos los mártires de la caridad.
Aquí recordamos sólo a Maximiliano Kolbe, que se entregó
a la muerte para salvar a un padre de familia.
8. Debemos reconocer que, al ser la Iglesia una comunidad compuesta
también por pecadores, no han faltado a lo largo de los siglos las
transgresiones al mandamiento del amor. Se trata de faltas de individuos
y de grupos, que se adornaban con el nombre cristiano, en el plano de las
relaciones recíprocas, sea de orden interpersonal, sea de dimensión
social e internacional. Es la dolorosa realidad que se descubre en la historia
de los hombres y de las naciones, y también en la historia de la
Iglesia. Conscientes de la propia vocación al amor, a ejemplo de
Cristo, los cristianos confiesan con humildad y arrepentimiento esas culpas
contra el amor, pero sin dejar de creer en el amor, que, según san
Pablo, 'todo lo soporta' y 'no acaba nunca' (1 Cor 13, 7.8). Pero, aunque
la historia de la humanidad y de la Iglesia misma abunda en pecados contra
la caridad, que entristecen y causan dolor, al mismo tiempo se debe reconocer
con gozo y gratitud que en todos los siglos cristianos se han dado maravillosos
testimonios que confirman el amor, y que muchas veces .como hemos recordado.
se trata de testimonios heroicos.
El heroísmo de la caridad de las personas va acompañado
por el imponente testimonio de las obras de caridad de carácter social.
No es posible hacer aquí un elenco de las mismas, aun sucinto. La
historia de la Iglesia, desde los primeros tiempos cristianos hasta hoy,
está llena de este tipo de obras. Y, a pesar de ello, la dimensión
de los sufrimientos y de las necesidades humanas rebasa siempre las posibilidades
de ayuda. Ahora bien, el amor es y sigue siendo invencible (omnia vincit
amor), incluso cuando da la impresión de no tener otras armas, fuera
de la confianza indestructible en la verdad y en la gracia de Cristo.
9. Podemos resumir y concluir con una aseveración, que encuentra
en la historia de la Iglesia, de sus instituciones y de sus santos, una
confirmación que podríamos definir experimental: la Iglesia,
en su enseñanza y en sus esfuerzos por alcanzar la santidad, siempre
ha mantenido vivo el ideal evangélico de la caridad; ha suscitado
innumerables ejemplos de caridad, a menudo llevada hasta el heroísmo;
ha producido una amplia difusión del amor en la humanidad; está
en el origen, más o menos reconocido, de muchas instituciones de
solidaridad y colaboración social que constituyen un tejido indispensable
de la civilización moderna; y, finalmente, ha progresado y sigue
siempre progresando en la conciencia de las exigencias de la caridad y en
el cumplimiento de las tareas que esas exigencias le imponen: todo esto
bajo el influjo del Espíritu Santo, que es Amor eterno e infinito.
La Iglesia, comunidad de carismas (24.VI.1992)
1. 'El Espíritu Santo no sólo santifica y dirige al pueblo
de Dios mediante los sacramentos y los misterios y lo adorna con virtudes,
sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de
cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere
(1 Cor 12, 11) sus dones, con los que los hace aptos y prontos para ejercer
las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación
y la mayor edificación de la Iglesia' (Lumen Gentium, 12). Esto es
lo que enseña el concilio Vaticano II.
Así, pues, la participación del pueblo de Dios en la misión
mesiánica no deriva sólo de la estructura ministerial y de
la vida sacramental de la Iglesia. Proviene también de otra fuente,
la de los dones espirituales o carismas.
Esta doctrina, recordada por el Concilio, se funda en el Nuevo Testamento
y contribuye a mostrar que el desarrollo de la comunidad eclesial no depende
únicamente de la institución de los ministerios y de los sacramentos,
sino que también es impulsado por imprevisibles y libres dones del
Espíritu, que obra también más allá de todos
los canales establecidos. A través de estas gracias especiales, resulta
manifiesto que el sacerdocio universal de la comunidad eclesial es guiado
por el Espíritu con una libertad soberana ('según quiere',
dice san Pablo: 1 Cor 12, 11), que a veces asombra.
2. San Pablo describe la variedad y diversidad de los carismas, que
es preciso atribuir a la acción del único Espíritu
(1 Cor 12, 4).
Cada uno de nosotros recibe múltiples dones, que convienen a
su persona y a su misión. Según esta diversidad, nunca existe
un camino individual de santidad y de misión que sea idéntico
a los demás. El Espíritu Santo manifiesta respeto a toda persona
y quiere promover un desarrollo original para cada uno en la vida espiritual
y en el testimonio.
3. Con todo, es preciso tener presente que los dones espirituales deben
aceptarse no sólo para beneficio personal, sino ante todo para el
bien de la Iglesia: 'Que cada cual .escribe san Pedro. ponga al servicio
de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores
de las diversas gracias de Dios (1 Pe 4, 10).
En virtud de estos carismas, la vida de la comunidad está llena
de riqueza espiritual y de servicios de todo género. Y la diversidad
es necesaria para una riqueza espiritual más amplia: cada uno presta
una contribución personal que los demás no ofrecen. La comunidad
espiritual vive de la aportación de todos.
4. La diversidad de los carismas es también necesaria para un
mejor ordenamiento de toda la vida del cuerpo de Cristo. Lo subraya san
Pablo cuando ilustra el objetivo y la utilidad de los dones espirituales:
'Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte'
(1 Cor 12, 27).
En el único cuerpo que formamos, cada uno debe desempeñar
su propio papel según el carisma recibido. Nadie puede pretender
recibir todos los carismas, ni debe envidiar los carismas de los demás.
Hay que respetar y valorar el carisma de cada uno en orden al bien del cuerpo
entero.
5. Conviene notar que acerca de los carismas, sobre todo en el caso
de los carismas extraordinarios, se requiere el discernimiento.
Este discernimiento es concedido por el mismo Espíritu Santo,
que guía la inteligencia por el camino de la verdad y de la sabiduría.
Pero, dado que Cristo ha puesto a toda la comunidad eclesial bajo la guía
de la autoridad eclesiástica, a ésta compete juzgar el valor
y la autenticidad de los carismas. Escribe el Concilio: 'Los dones extraordinarios
no deben pedirse temerariamente, ni hay que esperar de ellos con presunción
los frutos del trabajo apostólico. Y, además, el juicio de
su autenticidad y de su ejercicio razonable pertenece a quienes tienen la
autoridad en la Iglesia, a los cuales compete ante todo no sofocar el Espíritu,
sino probarlo todo y retener lo que es bueno (Cfr. 1 Tes 5, 12 y 19.21)'
(Lumen Gentium, 12).
6. Se pueden señalar algunos criterios de discernimiento generalmente
seguidos tanto por la autoridad eclesiástica como por los maestros
y directores espirituales:
a. Espíritu Santo no puede ser contrario a la fe que el mismo
Espíritu inspira a toda la Iglesia. 'Podréis conocer en esto
el espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo,
venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús,
no es de Dios' (1 Jn 4, 2.3).
b. La presencia del 'fruto del Espíritu: amor, alegría,
paz' (Gal 5, 22). Todo don del Espíritu favorece el progreso del
amor, tanto en la misma persona, como en la comunidad; por ello, produce
alegría y paz.
Si un carisma provoca turbación y confusión, significa
o que no es auténtico o que no es utilizado de forma correcta. Como
dice san Pablo: 'Dios no es un Dios de confusión, sino de paz' (1
Cor 1 4, 44)
Sin la caridad, incluso los carismas más extraordinarios carecen
de utilidad (1 Cor 13,1)3; Mt 7, 22)23).
c. La armonía con la autoridad de la iglesia y la aceptación
de sus disposiciones. Después de haber fijado reglas muy estrictas
para el uso de los carismas en la Iglesia de Corinto, san Pablo dice: 'Si
alguien se cree profeta o inspirado por el Espíritu, reconozca en
lo que os escribo un mandato del Señor' (1 Cor 14, 37). El auténtico
carismático se reconoce por su docilidad sincera hacia los pastores
de la Iglesia. Un carisma no puede suscitar la rebelión ni provocar
la ruptura de la unidad.
d. El uso de los carismas en la comunidad eclesial está sometido
a una regla sencilla: 'Todo sea para edificación' (1 Cor 14, 26);
es decir, los carismas se aceptan en la medida en que aportan una contribución
constructiva a la vida de la comunidad, vida de unión con Dios y
de comunión fraterna. San Pablo insiste mucho en esta regla (1 Cor
14, 4.5.12.18.19. 26.32).
7. Entre los diversos dones, san Pablo (como ya hemos observado) estimaba
mucho el de la profecía, hasta el punto que recomendaba: 'Aspirad
también a los dones espirituales, especialmente a la profecía'
(1 Cor 14,1). La historia de la Iglesia, y en especial la de los santos,
enseña que a menudo el Espíritu Santo inspira palabras proféticas
destinadas a promover el desarrollo o la reforma de la vida de la comunidad
cristiana. A veces, estas palabras se dirigen en especial a los que ejercen
la autoridad, como en el caso de santa Catalina de Siena, que intervino
ante el Papa para obtener su regreso de Aviñón a Roma. Son
muchos los fieles, y sobre todo los santos y las santas, que han llevado
a los Papas y a los demás pastores de la Iglesia la luz y la confortación
necesarias para el cumplimiento de su misión, especialmente en momentos
difíciles para la Iglesia.
8. Este hecho muestra la posibilidad y la utilidad de la libertad de
palabra en la Iglesia: libertad que puede también manifestar se mediante
la forma de una crítica constructiva. Lo que importa es que la palabra
exprese de verdad una inspiración profética, derivada del
Espíritu. Como dice san Pablo, 'donde está el Espíritu
del Señor, allí está la libertad' (2 Cor 3, 17). El
Espíritu Santo desarrolla en los fieles un comportamiento de sinceridad
y de confianza recíproca (Cfr. Ef 4, 25) y los capacita para amonestarse
mutuamente (Cfr. Rom 15,14; Col 1,16).
La crítica es útil en la comunidad, que debe reformarse
siempre y tratar de corregir sus propias imperfecciones. En muchos casos
le ayuda a dar un nuevo paso hacia adelante. Pero, si viene del Espíritu
Santo, la crítica no puede menos de estar animada por el deseo de
progreso en la verdad y en la caridad. No puede hacerse con amargura; no
puede traducirse en ofensas, en actos o juicios que vayan en perjuicio del
honor de personas o grupos. Debe estar llena de respeto y afecto fraterno
y filial, evitando el recurso a formas inoportunas de publicidad; y debe
atenerse a las indicaciones dadas por el Señor para la corrección
fraterna (Cfr. Mt 18,15.16).
9. Si ésta es la línea de la libertad de palabra, se puede
decir que no existe oposición entre carisma e institución,
puesto que es el único Espíritu quien con diversos carismas
anima a la Iglesia. Los dones espirituales sirven también en el ejercicio
de los ministerios. Esos dones son concedidos por el Espíritu para
contribuir a la extensión del reino de Dios. En este sentido, se
puede decir que la Iglesia es una comunidad de carismas. |