Misión pastoral de Pedro (9.XII.92)
1. La promesa que Jesús hace a Simón Pedro, de constituirlo
piedra fundamental de su Iglesia, queda confirmada con el mandato que Cristo
le confía después de su resurrección: 'Apacienta mis
corderos', 'Apacienta mis ovejas' (Jn 21, 15.17). Existe una relación
objetiva entre el encargo de la misión, atestiguado por el relato
de Juan, y la promesa referida por Mateo(Cfr. Mt 16, 18.19). En el texto
de Mateo se ofrecía un anuncio. En el de Juan se encuentra su cumplimiento.
Las palabras: 'Apacienta mis ovejas' manifiestan la intención de
Jesús de asegurar el futuro de la Iglesia fundada por él,
bajo la guía de un pastor universal, o sea Pedro, al que dijo que,
por su gracia, seria 'piedra' y tendría las 'llaves del reino de
los cielos', con el poder de 'atar y desatar'. Jesús, después
de su resurrección da una forma concreta al anuncio ya la promesa
de Cesarea de Filipo, instituyendo la autoridad de Pedro como ministerio
pastoral de la Iglesia, con una dimensión universal.
2. Digamos en seguida que en esa misión pastoral se inserta el
cometido de 'confirmar a los hermanos' en la fe, del que tratamos ya en
la anterior catequesis. 'Confirmar a los hermanos'. Y 'apacentar las ovejas'
constituyen conjuntamente la misión de Pedro: se podría decir
que es lo proprium de su ministerio universal. Como afirma el concilio Vaticano
1, la tradición constante de la Iglesia ha considerado, con razón,
que el primado apostólico de Pedro 'abarca también la suprema
potestad de magisterio' (Cfr. DS 3065).Tanto el primado como la potestad
de magisterio son conferidos directamente por Jesús a Pedro como
persona singular, aunque ambas prerrogativas están ordenadas a la
Iglesia, sin derivar de la Iglesia, sino sólo de Cristo. El primado
se le da a Pedro (Cfr. Mt 16, 18) .con expresión de san Agustín.
como 'totius Ecclesiae figuram gerenti' (Epist. 53, 1 2), o sea, en cuanto
que él personalmente representa a la Iglesia entera; y la tarea y
el poder de magisterio se le confiere como fe confirmada para que a su vez
confirme a todos los 'hermanos' (Cfr. Lc 22, 31 ss.). Pero todo es en la
Iglesia y para la Iglesia, de la que Pedro es cimiento, encargado de las
llaves y pastor en su estructura visible, en nombre y por mandato de Cristo.
3. Jesús había anunciado esta misión a Pedro no
sólo en Cesarea de Filipo, sino también con ocasión
de la primera pesca milagrosa, cuando, a Simón que se reconocía
pecador, le había dicho: 'No temas. Desde ahora serás pescador
de hombres' (Lc 5, 10). En esa circunstancia, Jesús había
reservado a Pedro personalmente ese anuncio, distinguiéndolo entre
sus compañeros y socios, incluidos 'los hijos de Zebedeo', Santiago
y Juan (Cfr. Ib )
También en la segunda pesca milagrosa, después de la resurrección,
resalta la persona de Pedro en medio de los demás según la
descripción que nos hace Juan del acontecimiento (21, 2 ss.), casi
para transmitirnos su recuerdo en el marco de una simbología profética
de la fecundidad de la misión confiada por Cristo a aquellos pescadores.
4. Cuando Jesús está a punto de conferir la misión
a Pedro, se dirige a él con un apelativo oficial: 'Simón,
hijo de Juan' (Jn 21, 15), pero asume luego un tono familiar y de amistad:
'¿Me amas más que estos?'. Esta pregunta expresa un interés
hacia la persona de Simón Pedro y está en relación
con su elección para una misión personal. Jesús la
formula tres veces, con una referencia implícita a su triple negación.
Y Pedro da una respuesta que no está fundada en la confianza en sus
propias fuerzas y capacidades personales o en sus propios méritos.
En este momento sabe bien que debe poner toda su confianza sólo en
Cristo: 'Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero'
(Jn 21,17).
Evidentemente, la tarea de pastor requiere un amor particular hacia Cristo.
Pero es él, es Dios quien da todo, incluso la capacidad de responder
a la vocación, de cumplir la propia misión. Sí, es
preciso decir que 'todo es gracia', especialmente en ese nivel.
5. Una vez recibida la respuesta deseada Jesús confiere a Simón
Pedro la misión pastoral: 'Apaciente mis corderos', 'Apacienta mis
ovejas'. Es como una prolongación de la misión de Jesús,
que dijo de sí mismo: 'Yo soy el buen pastor' (Jn 10, 11). Jesús,
que participó a Simón su calidad de 'piedra', le comunica
también su misión de 'pastor'. Es una comunicación
que implica una comunión íntima, que se manifiesta también
en la formulación de Jesús: 'Apacienta mis corderos mis ovejas';
de la misma forma que había ya dicho: 'Sobre esta piedra edificaré
mi Iglesia' (Mt 16, 18). La Iglesia es propiedad de Cristo, no de Pedro.
Corderos y ovejas pertenecen a Cristo, y a nadie más. Le pertenecen
como a 'buen Pastor', que 'da su vida por las ovejas' (Jn 10, 11).Pedro
debe ejercer el ministerio pastoral con respecto a los redimidos 'con la
sangre preciosa de Cristo'(1 Pe 1, 19).
Sobre la relación entre Cristo y los hombres, convertidos en su
propiedad mediante la redención, se funda el carácter de servicio
que distingue el poder anejo a la misión conferida a Pedro: servicio
a aquel que es el único 'pastor y guardián de nuestras almas'
(1 Pe 2, 25) y, al mismo tiempo a todos los que Cristo, buen pastor, ha
redimido con el precio de su sacrificio en la cruz.
Es claro por lo demás, el contenido de ese servicio: como el pastor
guía a las ovejas hacia lugares en que pueden encontrar alimento
y seguridad, así el pastor de las almas debe ofrecerles el alimento
de la palabra de Dios y de su santa voluntad (Cfr. Jn 4, 34), asegurando
la unidad de la grey y defendiéndola de toda incursión hostil.
6. La misión, desde luego, comporta un poder, pero para Pedro
(y para sus sucesores) es una potestad ordenada al servicio, a un servicio
específico, un ministerium. Pedro la recibe en la comunidad de los
Doce. Y es uno de la comunidad de los Apóstoles. Pero no cabe duda
de que Jesús, mediante el anuncio (Cfr. Mt 16, 18-19) y mediante
el encargo de la misión después de su resurrección,
se refiere de modo especial a Pedro cuanto transmite a todos los Apóstoles,
como misión y como poder. Sólo a él dice: 'Apacienta',
repitiéndoselo tres veces. De ahí se sigue que, en el ámbito
de la tarea común de los Doce, Pedro recibe una misión y un
poder, que corresponden sólo a él.
7. Jesús se dirige a Pedro como a persona singular en medio de
los Doce, no sólo como a un representante de esos Doce: '¿Me
amas tú más que éstos?' (Jn 21, 15). A este sujeto
.el tú de Pedro. se le pide la declaración de amor y se le
confiere esa misión y esa autoridad singular. Pedro es, por consiguiente,
distinguido entre los demás Apóstoles. También la triple
repetición de la pregunta sobre el amor de Pedro, probablemente en
relación con su triple negación de Cristo acentúa el
hecho del encargo que le hace de un ministerium particular como decisión
de Cristo mismo independientemente de cualquier cualidad o mérito
del Apóstol; es más, a pesar de su infidelidad momentánea.
8. La comunión en la misión mesiánica, establecida
por Jesús con Pedro mediante ese mandato: 'Apacienta mis corderos...',
no puede menos de comportar una participación del Apóstol-pastor
en el estado sacrificial de Cristo buen pastor 'que da su vida por las ovejas'.
Esta es la clave de interpretación de muchas vicisitudes que han
tenido lugar en la historia del pontificado de los sucesores de Pedro. En
todo el arco de esta historia se halla presente la predicción de
Jesús: 'Cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro
te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras'
(Jn 21, 18). Era la predicción de que Pedro confirmaría su
ministerio pastoral con la muerte por martirio. Como dice Juan con esa muerte
Pedro 'ib glorificar a Dios' (Jn 21, 19). El servicio pastoral, confiado
a Pedro en la Iglesia, tendría su consumación en la participación
en el sacrificio de la cruz, ofrecido por Cristo para la redención
del mundo. La cruz, que había redimido a Pedro, se convertiría
así para él en el medio privilegiado para ejercitar hasta
el fondo su misión de siervo de los siervos de Dios'.
La autoridad de Pedro en los inicios de la Iglesia (16.XII.92)
1. Los textos que expuse y explique en las catequesis anteriores se refieren
directamente a la misión de Pedro de confirmar en la fe a sus hermanos
y de apacentar la grey de los seguidores de Cristo. Son los textos fundamentales
acerca del ministerio petrino y deben considerase en el marco más
completo de todo el discurso neotestamentario sobre Pedro, comenzando por
la colocación de su misión en el conjunto del Nuevo Testamento.
En sus cartas san Pablo habla de él como el primer testigo de la
resurrección (Cfr. 1 Cor 15 3 ss.), y afirma que fue a Jerusalén
'para consultar a Cefas' (Cfr. Gal 1, 18). La tradición reflejada
en el evangelio de Juan recoge una fuerte presencia de Pedro, y también
en los sinópticos aparecen numerosas alusiones a él.
El discurso neotestamentario hace referencia también a la posición
de Pedro en el grupo de los Doce. En él destaca el trío: Pedro,
Santiago y Juan. Basta pensar, por ejemplo, en los episodios de la transfiguración,
la resurrección de la hija de Jairo Y Getsemaní. Pedro aparece
siempre en primer lugar en todas las listas de los Apóstoles (en
el texto de Mt 10, 2 incluso se le califica con la palabra 'primero'). A
él Jesús le da un nombre nuevo, Cefas que se traduce al griego
(eso indica que era significativo), para designar el oficio y el puesto
que Simón ocupará en la Iglesia de Cristo.
Son elementos que nos sirven para comprender mejor el significado histórico
y eclesiológico de la promesa de Jesús contenida en el texto
de Mateo(16, 18-19) y el encargo de la misión pastoral descrito por
Juan (21 15-19): el primado de autoridad en el colegio apostólico
y en la Iglesia.
2. Se trata de un dato comprobado, que recogen los evangelistas, registradores
de la vida y la doctrina de Cristo, pero a la vez testigos de la fe y la
praxis de la comunidad cristiana primitiva. De sus escritos se deduce que
en los primeros tiempos de la Iglesia Pedro ejercía la autoridad
de modo decisivo en su nivel más alto. Este ejercicio, aceptado y
reconocido por la comunidad, es una confirmación histórica
de las palabras pronunciadas por Cristo acerca de la misión y el
poder de Pedro.
Es fácil admitir que las cualidades personales de Pedro no hubieran
bastado por sí mismas para obtener el reconocimiento de una autoridad
suprema en la Iglesia. Aunque tenía un temperamento adecuado para
ser jefe, ya demostrado en aquella especie de cooperativa para la pesca
en el lago, compuesta por él y sus 'socios' Juan y Andrés
(Cfr. Lc 5, 10), no hubiera podido imponerse por sí mismo, entre
otras cosas, a causa de sus límites y defectos también bastante
conocidos. Se sabe, por lo demás, que durante la vida terrena de
Jesús los Apóstoles habían discutido quién ib
ocupar entre ellos el primer lugar en el reino. Así pues, el hecho
de que la autoridad de Pedro fuese reconocida pacíficamente en la
Iglesia, se debió exclusivamente a la voluntad de Cristo, y muestra
que las palabras con que Jesús había atribuido al Apóstol
su singular autoridad pastoral habían sido entendidas y aceptadas
sin dificultad en la comunidad cristiana.
3. Repasemos brevemente los hechos. Narra el libro de los Hechos que,
inmediatamente después de la Ascensión, los Apóstoles
se reunieron: en su lista se nombra a Pedro en primer lugar (Cfr. 1, 13),
como por lo demás sucede en las listas de los Doce que nos proporcionan
los evangelios y en la enumeración de los tres privilegiados (Cfr.
Mc 5, 37; 9,2; 13,3; 14,33 y paralelos).
Es Pedro quien, con autoridad, toma la palabra: 'Uno de aquellos días
Pedro se puso en pie en medio de los hermanos" (Hech 1 15). No es la
asamblea quien lo designa. El se comporta como alguien que posee la autoridad.
En esa reunión Pedro expone el problema creado por la traición
y muerte de Judas, que redujo a once el número de los Apóstoles.
Por fidelidad a la voluntad Jesús, llena de simbolismo sobre el paso
del antiguo al nuevo Israel (doce tribus.doce Apóstoles), Pedro indica
la solución que se impone: designar un sustituto que sea, al igual
que los once 'testigo de la resurrección' de Cristo (Cfr. Hech 1,
21.22). La asamblea acepta y pone en práctica esa solución,
echándolo a suertes, a fin de que la designación venga de
arriba: así 'la suerte cayó sobre Matías, que fue agregado
al número de los doce apóstoles' (Hech 1,26).
Conviene subrayar que entre los testigos de la resurrección, en
virtud de la voluntad de Cristo, Pedro ocupaba el primer lugar. El ángel
que había anunciado a las mujeres la resurrección de Jesús
les había dicho: 'Id a decir a sus discípulos y a Pedro '
(Mc 16, 7). Juan deja entrar a Pedro en el lugar del sepulcro (Cfr. Jn 20,
1.10). A los discípulos que vienen de Emaús, los demás
les dicen: '¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se
ha aparecido Simón' (Lc 24, 34). Una tradición primitiva,
recogida por Iglesia y referida por san Pablo, asegura que Cristo resucitado
se apareció en primer lugar a Pedro 'Se apareció y luego a
los Doce' (1 Cor 15, 5).
Esta prioridad corresponde a la misión asignada a Pedro de confirmar
a sus hermanos en la fe, como primer testigo de la resurrección
4. El día de Pentecostés Pedro actúa como jefe de
los testigo de la resurrección. Es él quien toma la palabra,
por un impulso espontáneo 'Pedro, presentándose con los Once,
levantó su voz y les dijo: ' (Hech 2 14). Comentando el acontecimiento,
declara 'A este Jesús Dios le resucitó de lo cual todos nosotros
somos testigos' (Hech 2, 32). Todos los Doce son testigos de este hecho,
Pedro lo proclama en nombre de todos ellos. Podemos decir que es el portavoz
institucional de la comunidad primitiva y del grupo de los Apóstoles
él será quien indique a los oyente lo que deben hacer 'Convertíos
y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo'
(Hech 2,38)
Es también Pedro quien obra el primer milagro provocando entusiasmo
en la muchedumbre. Según la narración de los Hechos, se encuentra
en compañía de Juan cuando se dirige al tullido que pide limosna.
Es él quien habla. 'Pedro fijó en él la mirada juntamente
con Juan, y le dijo: 'Míranos'. Elles miraba con fijeza esperando
recibir algo de ellos. Pedro le dijo: 'No tengo plata ni oro; pero lo que
tengo, te doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, ponte a andar'. Y tomándole
de la mano derecha le levantó. Al instante cobraron fuerza sus pies
y tobillos, de un salto se puso en pie y andaba (Hech 3, 4.8). Así
pues, Pedro, con sus palabras y sus gestos, se hace instrumento del milagro,
convencido de gozar del poder que le venía de Cristo también
en este campo.
Precisamente en este sentido él explica al pueblo el milagro mostrando
que la curación manifiesta el poder de Cristo resucitado: 'Dios le
resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello'
(Hech 3, 15). Por consiguiente, exhorta a los oyentes: 'Arrepentíos,
pues, y convertíos' (Hech 3,19).
En el interrogatorio del Sanedrín es Pedro, 'lleno del Espíritu
Santo', quien habla, para proclamar la salvación traída por
Jesucristo (Cfr. Hech 4, 8 ss.), crucificado y resucitado (Cfr. Hech 7,10).
A continuación, es Pedro quien, 'juntamente con los Apóstoles',
responde a la prohibición de enseñar en nombre de Jesús:
'Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres ' (Hech 5, 29).
5. También en el caso penoso de Ananías y Safira, Pedro
manifiesta su autoridad como responsable de la comunidad. Reprochando a
aquella pareja cristiana la mentira con relación a la recaudación
de la venta de una propiedad, acusa a los dos culpables de haber mentido
al Espíritu Santo (Cfr. Hech 5, 1.11).
De igual modo, el mismo Pedro responde a Simón el mago que había
ofrecido dinero a los Apóstoles para obtener el Espíritu Santo
con la imposición de las manos: 'Vaya tu dinero a la perdición
y tú con él; pues has pensado que el don de Dios se compra
con dinero Arrepiéntete pues de esa tu maldad y ruega al Señor,
a ver si te perdona ese pensamiento de tu corazón' (Hech 8, 20.22).
Los Hechos, además, nos dicen que las muchedumbres consideraban
a Pedro como quien, más que los demás Apóstoles, obra
maravillas. Ciertamente, no es el único que realiza milagros: 'Por
manos de los Apóstoles se realizaban muchas señales y prodigios
en el pueblo' (Hech 5, 12). Pero de él sobre todo se esperan las
curaciones: 'Sacaban los enfermos a las plazas y los colocaban en lechos
y camillas para que, al pasar Pedro, siquiera su sombra cubriese a algunos
de ellos' (Hech 5, 15).
Así pues, algo que resalta claramente en estos primeros momentos
de la historia de la Iglesia es que bajo la fuerza del Espíritu y
de acuerdo con el mandato de Jesús, Pedro actúa en comunión
con los Apóstoles pero toma la iniciativa y decide personalmente
como jefe.
6. Así se explica también el hecho de que, cuando Herodes
manda encerrar a Pedro en prisión, se eleva en la Iglesia una oración
más insistente por él: 'la Iglesia oraba insistentemente por
él a Dios' (Hech 12, 5). También esta oración brota
de la convicción común de la importancia única de Pedro:
con ella comienza la cadena ininterrumpida de súplicas que se elevarán
en la Iglesia, en todas las épocas, por los sucesores de Pedro.
La intervención del ángel y la liberación milagrosa
(Cfr. Hech. 12, 6.17) manifiestan, por lo demás, la protección
especial de que goza Pedro: protección que le permite cumplir toda
la misión pastoral que se le ha confiado. Esta misma protección
y asistencia pedirán los fieles para los sucesores de Pedro en los
momentos de sufrimiento y persecuciones que atravesarán siempre en
su ministerio de 'siervo de los siervos de Dios".
7. Podemos concluir reconociendo que, de verdad, en los primeros tiempos
de la Iglesia, Pedro actúa como quien posee la primera autoridad
dentro del colegio de los apóstoles y que por eso habla en nombre
de los Doce como testigos de la resurrección.
Por eso obra milagros que se asemejan a los de Cristo y los realiza en
su nombre. Por eso asume la responsabilidad del comportamiento moral de
los miembros de la comunidad primitiva y su desarrollo futuro. Y por eso
mismo está en el centro del interés del nuevo pueblo de Dios
y de la oración dirigida al cielo para que lo proteja y libere.
La autoridad de Pedro en la apertura de la Iglesia a los paganos
(13.I.93)
1. La autoridad primaria de Pedro en medio de los demás Apóstoles
se manifiesta especialmente en la solución del problema fundamental
que tuvo que afrontar la Iglesia primitiva: el de la relación con
la religión judaica y, por consiguiente, de la base constitutiva
del nuevo Israel. Es decir, se debía tomar la decisión de
sacar las consecuencias del hecho de que la Iglesia no era una ramificación
del régimen mosaico, ni una corriente religiosa o secta del antiguo
Israel. En concreto, cuando el problema se planteó a los Apóstoles
y a la comunidad cristiana primitiva con el caso del centurión Cornelio,
que pedía el bautismo, la intervención de Pedro fue decisiva.
Los Hechos describen el desarrollo del acontecimiento. El centurión
pagano, en una visión, recibe de un 'ángel del Señor'
la orden de dirigirse a Pedro: 'Haz venir a un tal Simón, a quien
llaman Pedro' (Hech 10, 5). Esta orden del ángel incluye y confirma
la autoridad que poseía Pedro: será precisa una decisión
suya para la admisión de los paganos al bautismo.
2. La decisión de Pedro, por lo demás, está iluminada
por una luz que le llega, de modo excepcional, de lo alto: en una visión,
Pedro es invitado a comer carne prohibida por la ley judaica; escucha una
voz que le dice: 'Lo que Dios ha purificado no lo llames tú profano'
(Hech 10,15). Esa iluminación, que se le da tres veces como antes
había recibido tres veces el poder de apacentar a toda la grey de
Cristo, mostraba a Pedro que debía pasar por encima de las exigencias
de la observancia legal acerca de los alimentos y, en general, por encima
de los procedimientos rituales judaicos. Era una novedad religiosa importante
en virtud de la acogida y el trato que había que dispensara los paganos,
cuya llegada ya se presentía.
3. El paso decisivo tuvo lugar inmediatamente después de la visión,
cuando se presentaron a Pedro los hombres enviados por el centurión
Cornelio. Pedro hubiera podido vacilar en seguirlos, pues la ley judaica
prohibía el contacto con extranjeros paganos, considerados impuros.
Pero la nueva conciencia, que se había formado en él durante
la visión, lo impulsaba a superar esa ley discriminadora. A ello
se añadió el impulso del Espíritu Santo, que le hizo
comprender que debí acompañar sin vacilación a esos
hombres, que le había enviado el Señor, acatando plenamente
el designio de Dios sobre su vida. Es fácil suponer que, sin la iluminación
del Espíritu, Pedro habría preferido observar las prescripciones
de la ley judaica. Esa luz, dada personalmente a él para que tomase
una decisión conforme al plan del Señor, fue la que lo guió
y sostuvo en su decisión.
4. Y entonces, por primera vez, Pedro se encuentra ante un grupo de paganos,
reunidos en torno al centurión Cornelio, y les ofrece su testimonio
sobre Jesucristo y su resurrección: 'Verdaderamente comprendo que
Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación
el que le teme y practica la justicia le es grato' (Hech 10, 34.35). Es
una decisión que, con respecto a la mentalidad judaica vinculad la
interpretación corriente de la ley mosaica, resultaba revolucionaria.
El designio de Dios, mantenido oculto alas generaciones anteriores, preveía
que los paganos fuesen llamados a ser 'partícipes de la misma Promesa
en Cristo Jesús' (Ef 3, 6), sin tener que ser incorporados antes
a la estructura religiosa y ritual de la antigua alianza. Era la novedad
aportada por Jesús, que Pedro con ese gesto suyo hacia propia y aplicaba
a la realidad concreta.
5. Es preciso subrayar el hecho de que la apertura realizada por Pedro
lleva el sello del Espíritu Santo, que desciende sobre el grupo de
los paganos convertidos. Existe un vínculo entre la palabra de Pedro
y la acción del Espíritu Santo. En efecto, leemos que 'estaba
Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre
todos los que escuchaban la Palabra' (Hech 10, 44). En calidad de testigo
de ese don del Espíritu Santo, Pedro saca las consecuencias diciendo
a sus 'hermanos': '¿Acaso puede alguno negar el agua del bautismo
a éstos que han recibido el Espíritu Santo somos nosotros?
Y mandó que fueran bautizados en el nombre de Jesucristo' (Hech 10,
47.48). Esa resolución formal de Pedro claramente iluminado por el
Espíritu, revestía una importancia decisiva para el desarrollo
de la Iglesia, eliminando las barreras derivadas de la observancia de la
ley judaica.
6. No todos estaban preparados para aceptar y asimilar esa gran novedad.
De hecho, surgieron críticas contra la decisión de Pedro por
parte de los denominados 'judaizantes', que constituían un núcleo
importante de la comunidad cristiana. Era el prólogo de las reservas
y oposiciones que aparecerían en el futuro hacia quienes tendrían
la misión de ejercitar la autoridad suprema en la Iglesia (Cfr. Hech
11, 1.2). Pero Pedro respondió a esas críticas relatando lo
que había sucedido en la conversión de Cornelio y los demás
paganos, y explicando la venida del Espíritu Santo sobre ese grupo
de convertidos, con aquellas palabras del Señor: 'Juan bautizó
con agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu
Santo' (Hech 11, 16). Dado que la demostración venía de Dios
.de la palabra de Cristo y de los signos del Espíritu Santo., se
consideró convincente, y las críticas amainaron. Pedro aparece
así como el primer apóstol de los paganos.
7. Sabemos bien que para anunciar el Evangelio a los paganos fue llamado
de modo especial el apóstol Pablo, doctor Gentium. Pero él
mismo reconocía la autoridad de Pedro como garante de la rectitud
de su misión evangelizadora: iniciada su tarea de predicar a los
paganos el Evangelio .narra él mismo., 'de allí a tres años,
subí a Jerusalén para consultar a Cefas' (Gal 1, 18). Pablo
estaba al corriente del papel que desempeñaba Pedro en la Iglesia
y reconocía su importancia. Después de catorce años,
vuelve de nuevo a Jerusalén para una comprobación: 'para saber
si corría o había corrido en vano' (Gal 2, 2). Esta vez no
sólo se dirige a Pedro, sino también 'a los notables' (ib.).
Con todo, da a entender que considera a Pedro como jefe supremo pues, aunque
en la distribución geo-religiosa del trabajo a Pedro se le confió
predicar el Evangelio a los circuncisos (Cfr. Gal 2, 7), seguía siendo
el primero también en el anuncio del Evangelio a los paganos, como
hemos visto en la conversión de Cornelio. En ese caso Pedro abre
una puerta a todos los gentiles que por entonces podían tener contacto
con ellos.
8. El incidente acaecido en Antioquía no implica que Pablo rechazara
la autoridad de Pedro. Pablo le reprocha su modo de actuar, pero no pone
en tela de juicio su autoridad de jefe del colegio apostólico y de
la Iglesia. En la carta a los Gálatas escribe Pablo: 'Cuando vino
Cefas a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara,
porque era digno de reprensión. Pues, antes que llegaran algunos
del grupo de Santiago, comía en compañía de los gentiles;
pero una vez que aquellos llegaron, se le vio recatarse y separarse por
temor de los circuncisos (o sea, los convertidos del judaísmo). Y
los demás judíos le imitaron en su simulación, hasta
el punto de que el mismo Bernabé se vio arrastrado por la simulación
de ellos. Pero en cuanto vi que no procedían con rectitud, según
la verdad del Evangelio, dije a Cefas en presencia de todos: "Si tú,
siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿cómo
fuerzas a los gentiles a judaizar?" (Gal 2,11.14). Pablo no excluía
de ningún modo toda concesión a ciertas exigencias de la ley
judaica (Cfr. Hech 16, 3; 21, 26; 1 Cor 8, 13; Rom 14, 21, también
1 Cor 9, 20). Pero en Antioquía el comportamiento de Pedro tenía
el inconveniente de que forzaba a los cristianos procedentes del paganismo
a someterse a la ley judaica. Precisamente porque reconoce la autoridad
de Pedro, Pablo manifiesta su protesta y le reprocha que no actuara conforme
al Evangelio.
9. A continuación, el problema de la libertad con respecto a la
ley judaica se resolvió definitivamente en la reunión de los
Apóstoles y los ancianos, que se celebró en Jerusalén,
y en la que Pedro desempeñó un papel decisivo. Pablo y Bernabé
tuvieron una larga discusión con un cierto número de fariseos
convertidos que afirmaban la necesidad de la circuncisión para todos
los cristianos, incluidos los que provenían del paganismo. Después
de la discusión, Pedro se levantó para explicar que Dios no
quería ninguna discriminación y que había concedido
el Espíritu Santo a los paganos convertidos a la fe. 'Nosotros creemos
más bien que nos salvamos por la gracia del Señor Jesús,
del mismo modo que ellos' (Hech 15, 11). La intervención de Pedro
fue decisiva. Entonces .refieren los Hechos. 'toda la asamblea calló
y escucharon a Bernabé y a Pablo contar todas las señales
y prodigios que Dios había realizado por medio de ellos entre los
gentiles' (Hech 15, 12). Así se constataba que la posición
tomada por Pedro quedaba confirmada por los hechos. También Santiago
la hizo suya (Cfr. Hech 15, 14), añadiendo a los testimonios de Bernabé
y Pablo la confirmación procedente de la Escritura inspirada 'Con
esto concuerdan los oráculos de los profetas' (Hech 15, 15) y citó
un oráculo de Amós. La decisión de la asamblea fue,
por consiguiente, conforme a la posición asumida por Pedro. Su autoridad
desempeñó, así, un papel decisivo en la solución
de una cuestión esencial para el desarrollo de la Iglesia y para
la unidad de la comunidad cristiana. A esta luz encuentra su colocación
la figura y la misión de Pedro en la Iglesia primitiva.
El obispo de Roma sucesor de Pedro (27.I.93)
1. La intención de Jesús de hacer de Simón Pedro
la 'piedra' de fundación de su Iglesia (Cfr. Mt 16, 18) tiene un
valor que supera la vida terrena del Apóstol. En efecto, Jesús
concibió y quiso que su Iglesia estuviese presente en todas las naciones
y que actuase en el mundo hasta el último momento de la historia
(Cfr. Mt 24, 14; 28, 19; Mc 16, 15; Lc 24, 47; Hech 1, 8). Por eso, como
quiso que los demás Apóstoles tuvieran sucesores que continuaran
su obra de evangelización en las diversas partes del mundo, de la
misma manera previó y quiso que Pedro tuviera sucesores, que continuaran
su misma misión pastoral y gozaran de los mismos poderes, comenzando
por la misión y el poder de ser Piedra, o sea, principio visible
de unidad en la fe, en la caridad, y en el ministerio de evangelización,
santificación y guía, confiado a la Iglesia. Es lo que afirma
el concilio Vaticano I: 'Lo que Cristo Señor príncipe de los
pastores y gran pastor de las ovejas, instituyó en el bienaventurado
apóstol Pedro para perpetua salud y bien perenne de la Iglesia, menester
es que dure perpetuamente por obra del mismo Señor en la Iglesia
que, fundada sobre la piedra, tiene que permanecer firme hasta la consumación
de los siglos (Cons. Pastor aeternus, 2; DS 3056).
El mismo concilio definió como verdad de fe que 'es de institución
de Cristo mismo, es decir, de derecho divino, que el bienaventurado Pedro
tenga perpetuos sucesores en el primado sobre la Iglesia universal' (ib.;
DS 3058). Se trata de un elemento esencial de la estructura orgánica
y jerárquica de la Iglesia, que el hombre no puede cambiar. A lo
largo de la existencia de la Iglesia, habrá, por voluntad de Cristo,
sucesores de Pedro.
2. El concilio Vaticano II recogió y repitió esa enseñanza
del Vaticano Y dando mayor relieve al vínculo existente entre el
primado de los sucesores de Pedro y la colegialidad de los sucesores de
los Apóstoles, sin que eso debilite la definición del primado,
justificado por la tradición cristiana más antigua, en la
que destacan sobre todo san Ignacio de Antioquía y san Ireneo de
Lión. Apoyándose en esa tradición, el concilio Vaticano
I definió también que 'el Romano Pontífice es sucesor
del bienaventurado Pedro en el mismo primado'(DS 3058). Esta definición
vincula el primado de Pedro y de sus sucesores a la sede romana, que no
puede ser sustituida por ninguna otra sede, aunque puede suceder que, por
las condiciones de los tiempos o por razones especiales, los obispos de
Roma establezcan provisionalmente su morada en lugares diversos de la ciudad
eterna. Desde luego, las condiciones políticas de una ciudad pueden
cambiar amplia y profundamente a lo largo de los siglos: pero permanece
como ha permanecido en el caso de Roma un espacio determinado en el que
se puede considerar establecida una institución, como una sede episcopal;
en el caso de Roma, la sede de Pedro. A decir verdad, Jesús no especificó
el papel de Roma en la sucesión de Pedro. Sin duda, quiso que Pedro
tuviese sucesores, pero el Nuevo Testamento no da a entender que desease
explícitamente la elección de Roma como sede del primado.
Prefirió confiar a los acontecimientos históricos, en los
que se manifiesta el plan divino sobre la Iglesia, la determinación
de las condiciones concretas de la sucesión a Pedro. El acontecimiento
histórico decisivo es que el pescador de Betsaida vino a Roma y sufrió
el martirio en esta ciudad. Es un hecho de gran valor teológico,
porque manifiesta el misterio del plan divino que dispone el curso de los
acontecimientos humanos al servicio de los orígenes y del desarrollo
de la Iglesia.
3. La venida y el martirio de Pedro en Roma forman parte de la tradición
más antigua, expresada en documentos históricos fundamentales
y en los descubrimientos arqueológicos sobre la devoción a
Pedro en el lugar de su tumba, que se convirtió rápidamente
en lugar de culto. Entre los documentos escritos debemos recordar, ante
todo, la carta a los Corintios del Papa Clemente (entre los años
89.97), donde la Iglesia de Roma es considerada como la Iglesia de los bienaventurados
Pedro y Pablo, cuyo martirio durante la persecución de Nerón
recuerda el Papa (5, 1.7). Es importante subrayar, al respecto, que la tradición
se refiere a ambos Apóstoles, asociados a esta Iglesia en su martirio.
El obispo de Roma es el sucesor de Pedro, pero se puede decir que es también
el heredero de Pablo, el mejor ejemplo del impulso misionero de la Iglesia
primitiva y de la riqueza de sus carismas. Los obispos de Roma, por lo general,
han hablado, enseñado, defendido la verdad de Cristo, realizado los
ritos pontificales, y bendecido a los fieles, en el nombre de Pedro Pablo,
los 'príncipes de los Apóstoles', 'olivae binae pietatis unicae',
como canta el himno de su fiesta, el 29 de junio. Los Padres, la liturgia
y la iconografía presentan a menudo esta unión en el martirio
y en la gloria.
Queda claro, con todo, que los Romanos Pontífices han ejercido
su autoridad en Roma y, según las condiciones y las posibilidades
de los tiempos, en áreas más vastas e incluso universales,
en virtud de la sucesión a Pedro. Cómo tuvo lugar esa sucesión
en el primer anillo de unión entre Pedro y la serie de los obispos
de Roma, no se encuentra explicado en documentos escritos. Ahora bien se
puede deducir considerando lo que dice el Papa Clemente en esa carta a propósito
del nombramiento de los primeros obispos y sus sucesores. Después
de haber recordado que los Apóstoles 'predicando por los pueblos
y las ciudades, probaban en el Espíritu Santo a sus primeros discípulos
y los constituían obispos y diáconos de los futuros creyentes'
(42,4), san Clemente precisa que, con el fin de evitar futuras disputas
acerca de la dignidad episcopal, los Apóstoles ('instituyeron a los
que hemos citado y a continuación ordenaron que, cuando éstos
hubieran muerto, otros hombres probados les sucedieran en su ministerio'
(44,2). Los modos históricos y canónicos mediante los que
se transmitió esa herencia pueden cambiar, y de hecho han cambiado
a lo largo de los siglos, pero nunca se ha interrumpido la cadena de anillos
que se remontan a ese paso de Pedro a su primer sucesor en la sede romana.
4. Este camino, que podríamos afirmar que da origen a la investigación
histórica sobre la sucesión petrina en la Iglesia de Roma,
queda afianzado por otras dos consideraciones: una negativa, que, partiendo
de la necesidad de una sucesión a Pedro en virtud de la misma institución
de Cristo (y, por tanto, iure divino, como se suele decir en el lenguaje
teológico-canónico), constata que no existen señales
de una sucesión similar en ninguna otra Iglesia. A esa consideración
se añade otra, que podríamos calificar como positiva: consiste
en destacar la convergencia de las señales que en todos los siglos
dan a entender que la sede de Roma es la sede del sucesor de Pedro.
5. Sobre el vínculo entre el primado del Papa y la sede romana
es significativo el testimonio de Ignacio de Antioquía que pone de
relieve la excelencia de la Iglesia de Roma. Este testigo autorizado del
desarrollo organizativo y jerárquico de la Iglesia, que vivió
en la primera mitad del siglo II, en su carta a los Romanos se dirige a
la Iglesia 'que preside en el lugar de la región de los Romanos,
digna de Dios, digna de honor, con razón llamada bienaventurada,
digna de éxito, dignamente casta, que preside la caridad' (proemio).
Caridad (ágape) se refiere, según el lenguaje de san Ignacio,
a la comunidad eclesial. Presidir la caridad expresa el primado en la comunión
dela caridad, que es la Iglesia, e incluye necesariamente el servicio de
la autoridad el ministerium petrinum. De hecho, Ignacio reconoce que la
Iglesia de Roma posee autoridad para enseñar: 'Vosotros no habéis
envidiado nunca a nadie; habéis enseñado a los demás.
Yo quiero que se consoliden también esas enseñanzas que, con
vuestra palabra, dais y ordenáis' (3,1 )
El origen de esta posición privilegiada se señala con aquellas
palabras que aluden al valor de su autoridad de obispo de Antioquía,
también venerable por su antigüedad y su parentesco con los
Apóstoles: 'Yo no os lo mando como Pedro y Pablo' (4,3). Más
aún, Ignacio encomienda la Iglesia de Siria a la Iglesia de Roma:
'Recordad en vuestra oración a la Iglesia de Siria que, a través
de mí, tiene a Dios por pastor. Sólo Jesucristo la gobernará
como obispo, y vuestra caridad' (9,1).
6. San Ireneo de Lión a su vez, queriendo establecer la sucesión
apostólica de las Iglesias, se refiere a la Iglesia de Roma como
ejemplo y criterio, por excelencia, de dicha sucesión. Escribe: 'Dado
que en esta obra sería demasiado largo enumerar las sucesiones de
todas las Iglesias, tomaremos la Iglesia grandiosa y antiquísima,
y por todos conocida, la Iglesia fundada y establecida en Roma por los dos
gloriosos apóstoles Pedro y Pablo. Mostrando la tradición
recibida de los Apóstoles y la fe anunciad los hombres, que llega
a nosotros a través de las sucesiones de los obispos, confundimos
a todos los que, de alguna manera, por engreimiento o vanagloria, o por
ceguera y error de pensamiento, se reúnen más allá
de lo que es justo. En efecto, con esta Iglesia, en virtud de su origen
más excelente, debe ponerse de acuerdo toda Iglesia, es decir, los
fieles que vienen de todas partes: en esa Iglesia, para el bien de todos
los hombres, se ha conservado siempre la tradición que viene de los
Apóstoles' (Adv. haereses, 3, 2). A la Iglesia de Roma se le reconoce
un 'origen más excelente' pues proviene de Pedro y Pablo, los máximos
representantes de la autoridad y del carisma de los Apóstoles: el
Claviger Ecclesiae y el Doctor Gentium. Las demás Iglesias no pueden
menos de vivir y obrar de acuerdo con ella: ese acuerdo implica unidad de
fe, de enseñanza y de disciplina, precisamente lo que se contiene
en la tradición apostólica. La sede de Roma es, pues, el criterio
y la medida de la autenticidad apostólica de las diversas Iglesias,
la garantía y el principio de su comunión en la 'caridad'
universal, el cimiento (kefas) del organismo visible de la Iglesia fundada
y gobernada por Cristo resucitado como 'Pastor eterno' de todo el redil
de los creyentes.
El 'munus petrinum ' del Obispo de Roma como pastor universal
(24.II.93)
1. En la catequesis anterior hemos hablado del obispo de Roma como sucesor
de Pedro. Esta sucesión es de fundamental importancia para el cumplimiento
de la misión que Jesucristo ha transmitido a los Apóstoles
y a la Iglesia.
El concilio Vaticano 11 enseña que el obispo de Roma, como Vicario
de Cristo, tiene potestad suprema y universal sobre toda la Iglesia (Cfr.
Lumen Gentium, 22). Esta potestad, como la de todos los obispos, tiene carácter
ministerial (ministerium=servicio) como ya hacían notar los Padres
de la Iglesia.
Las definiciones conciliares sobre la misión del obispo de Roma
sede deben leer y explicar a la luz de esta tradición cristiana,
teniendo presente que el lenguaje tradicional utilizado por los Concilios
y especialmente por el concilio Vaticano I, sobre los poderes tanto del
Papa como de los obispos emplea, para hacerse comprender, los términos
propios del mundo jurídico civil a los cuales hay que dar, en este
caso, el justo sentido eclesial.
También en la Iglesia, en cuanto agregación de seres humanos
llamados a realizar en la historia el designio que Dios ha predispuesto
para la salvación del mundo, el poder se presenta como una exigencia
imprescindible de la misión. Sin embargo, el valor analógico
del lenguaje utilizado permite concebir el poder en el sentido ofrecido
por la máxima de Jesús sobre el 'poder para servir' y por
la concepción evangélica de la guía pastoral. El poder
exigido por la misión de Pedro y de sus sucesores se identifica con
esta guía autorizada y garantizada por la divina asistencia, que
Jesús mismo ha enunciado como ministerio (servicio) de pastor.
2. Dicho esto, podemos volver a leer la definición del concilio
de Florencia (1439), que dice: 'Definimos que la Santa Sede Apostólica
.y el Romano Pontífice. tiene el primado sobre toda la tierra, y
el mismo Romano Pontífice es el sucesor del bienaventurado Pedro,
jefe de los Apóstoles y verdadero Vicario de Cristo, y cabeza de
toda la Iglesia, padre y maestro de todos los cristianos, y que a él
ha sido confiada por Nuestro Señor Jesucristo, en la persona del
bienaventurado Pedro, la plena potestad de apacentar, regir y gobernar a
toda la Iglesia, como también se contiene en las actas de los concilios
ecuménicos y en los sagrados cánones' (DS 1307).
Se sabe que, históricamente, el problema del primado había
sido planteado por la Iglesia oriental separada de Roma. El concilio de
Florencia, tratando de favorecer la reunión, precisaba el significado
del primado. Se trata de una misión de servicio a la Iglesia universal,
que comporta necesariamente, precisamente en función de este servicio,
una correlativa autoridad: la plena potestad de apacentar, regir y gobernar,
sin que ello dañe los privilegios y los derechos de los patriarcas
orientales, según el orden de su dignidad (Cfr. DS 1308).
A su vez, el concilio Vaticano I (1870) cita la definición del
concilio de Florencia (cfr. DS 3060) y, después de haber recordado
los textos evangélicos (Jn 1, 42; Mt 16, 16 s., Jn 21, 15 s.), precisa
ulteriormente el significado de esta potestad. El Romano Pontífice
no tiene solamente un cargo de inspección o de dirección,
sino que tiene 'una potestad plena y suprema de jurisdicción sobre
la Iglesia universal, no sólo en aquellas cosas que pertenecen a
la fe y costumbres, sino también en lo tocante a la disciplina y
al gobierno de la Iglesia extendida por todo el mundo' (DS 3064).
Habían existido intentos de reducir la potestad del Romano Pontífice
a un cargo de inspección o de dirección. Algunos habían
propuesto que el Papa fuese simplemente un árbitro en los conflictos
entre las Iglesias locales, o diese solamente una dirección general
a las actividades autónomas de las Iglesias y de los cristianos,
con consejos y exhortaciones. Pero esta limitación no estaba conforme
con la misión conferida por Cristo a Pedro. Por ello el concilio
Vaticano I subraya la plenitud del poder papal, y define que no basta reconocer
que el Romano Pontífice tiene la parte principal: se debe admitir
en cambio que él 'tiene toda la plenitud de esa potestad suprema'
(DS 3064).
3. A este propósito es bueno precisar enseguida que esta plenitud
de potestad atribuida al Papa no quita nada a la plenitud que pertenece
también al cuerpo episcopal. Más aún, se debe afirmar
que ambos, el Papa y el cuerpo episcopal, tienen toda la plenitud de la
potestad. El Papa posee esta plenitud a título personal mientras
el cuerpo episcopal la posee colegialmente, estando unido bajo la autoridad
del Papa. El poder del Papa no es el resultado de una simple adición
numérica, sino el principio de unidad y de conexión del cuerpo
episcopal.
Precisamente por esto el Concilio subraya que la potestad del Papa 'es
ordinaria e inmediata tanto en todas y cada una de las Iglesias como en
todos y cada uno de los pastores y fieles' (DS 3064). Es ordinaria, en el
sentido de que es propia del Romano Pontífice en virtud de la tarea
que le corresponde, y no por delegación de los obispos; es inmediata,
porque puede ejercerla directamente, sin el permiso o la mediación
de los obispos.
La definición del Vaticano I, sin embargo, no atribuye al Papa
un poder o una tarea de intervenciones diarias en las Iglesias locales;
pretende excluir sólo la posibilidad de imponerle normas para limitar
el ejercicio del primado. El Concilio lo declara expresamente: 'Esta potestad
del Sumo Pontífice está muy lejos de menoscabar el poder de
jurisdicción episcopal ordinario e inmediato, por el cual los obispos
apacientan y rigen como verdaderos pastores, cada uno la grey que le fue
asignada, pues establecidos por el Espíritu Santo (Cfr. Hech 20,
28), sucedieron en lugar de los Apóstoles...' (DS 3061).
Al contrario, hay que recordar una declaración del Episcopado
alemán (1875), aprobada por Pío IX, que dice: 'En virtud de
la misma institución divina, sobre la que se funda el oficio del
Sumo Pontífice se tiene también el Episcopado: a él
competen derechos y deberes en virtud de una disposición que proviene
de Dios mismo, y el Sumo Pontífice no tiene ni el derecho ni la potestad
de cambiarlos'. Los decretos del concilio Vaticano I se entienden de modo
errado cuando se conjetura que, en virtud de ellos 'la jurisdicción
episcopal ha sido absorbida por la papal'; que el Papa 'por sí toma
el puesto de cada uno de los obispos'; y que los obispos no son otra cosa
que 'instrumentos del Papa: son sus oficiales sin una responsabilidad propia'
(DS 3115).
4. Escuchemos ahora la amplia, equilibrada y serena enseñanza
del concilio Vaticano II, que declara que 'Jesucristo, Pastor eterno, (...)
quiso que los obispos (como sucesores de los Apóstoles) fuesen los
pastores en su Iglesia hasta la consumación de los siglos. Pero para
que el mismo Episcopado fuese uno solo e indiviso, puso al frente de los
demás Apóstoles al bienaventurado Pedro e instituyó
en la persona del mismo el principio y fundamento, perpetuo y visible, de
la unidad de fe y de comunión' (Lumen Gentium, 18).
En este sentido el concilio Vaticano II habla del obispo de Roma como
del pastor de toda la Iglesia, que 'tiene sobre ella plena, suprema y universal
potestad' (Lumen Gentium, 22). Es el 'poder primacial sobre todos, tanto
pastores como fieles' (ib.). 'Por tanto, todos los obispos... están
obligados a colaborar entre sí y con el sucesor de Pedro, a quien
particularmente le ha sido confiado el oficio excelso de propagar el nombre
cristiano' (ib., 23).
Según el mismo Concilio, la Iglesia es católica también
en el sentido de que todos los seguidores de Cristo deben cooperar en su
misión salvífica global mediante el apostolado propio de cada
uno. Pero la acción pastoral de todos, y especialmente la colegial
de todo el Episcopado obtiene la unidad a través del ministerium
Petrinum del obispo de Roma. 'Los obispos .dice también el Concilio.
respetando fielmente el primado y preeminencia de su cabeza, gozan de potestad
propia para bien de sus propios fieles, incluso para bien de toda la Iglesia'
(Lumen Gentium, 22). Y debemos añadir, también con el Concilio,
que, si la potestad colegial sobre toda la Iglesia obtiene su expresión
particular en el Concilio ecuménico es 'prerrogativa del Romano Pontífice
convocar estos Concilios ecuménicos, presidirlos y confirmarlos'
(ib.). Todo, pues tiene por cabeza al Papa, obispo de Roma, como principio
de unidad y de comunión.
5. Ahora bien, es justo hacer notar que, si el Vaticano II ha asumido
la tradición del magisterio eclesiástico sobre el tema del
ministerium Petrinum del obispo de Roma, que anteriormente había
hallado expresión en el concilio de Florencia (1439) y en el Vaticano
I (1870), su mérito, al repetir esta enseñanza, ha sido poner
de relieve la correlación entre el primado y la colegialidad del
Episcopado en la Iglesia. Gracias a esta nueva clarificación se han
excluido las interpretaciones erróneas que se habían dado
varias veces a la definición del concilio Vaticano I, y se ha demostrado
el pleno significado del ministerio petrino en armonía con la doctrina
de la colegialidad del Episcopado. Se ha confirmado también el derecho
del Romano Pontífice de comunicarse libremente con los pastores y
fieles de toda la Iglesia en el ámbito de la propia función,
y ello respecto a todos los ritos (Cfr. Pastor aeternus, c.2: DS 3060, 3062).
Para el sucesor de Pedro no se trata de reivindicar poderes semejantes
a los de los dominadores terrenos, de los que habla Jesús (Cfr. Mt
20, 25.28), sino de ser fiel a la voluntad del Fundador de la Iglesia que
ha instituido este tipo de sociedad y este modo de gobernar al servicio
de la comunión en la fe y en la caridad.
Para responder a la voluntad de Cristo, el sucesor de Pedro deberá
asumir y ejercer la autoridad que le ha sido dada con espíritu de
humilde servicio y con la finalidad de asegurar la unidad. Incluso en los
diversos modos históricos de ejercerla deberá imitar a Cristo
en el servir y reunir a los llamados a formar parte del único redil.
No subordinará nunc fines personales lo que ha recibido para Cristo
y para su Iglesia. No podrá olvidar jamás que la misión
pastoral universal no puede dejar de implicar una asociación más
profunda con el sacrificio Redentor, con el misterio de la cruz.
Por lo que se refiere a la relación con sus hermanos en el Episcopado,
recordará y aplicará las palabras de san Gregorio Magno: 'Mi
honor es el honor de la Iglesia universal. Mi honor es el sólido
vigor de mis hermanos. Así pues, soy realmente honrado cuando a ninguno
de ellos se le niega el honor debido' (Epis. ad Eulogium Alexandrinum, PL
77, 933).
La misión doctrinal del sucesor de Pedro (10.III.93)
1. De los pasajes del Nuevo Testamento que hemos analizado varias veces
en las catequesis anteriores se deduce que Jesús manifestó
su intención de dar a Pedro las llaves del reino, como respuesta
a una profesión de fe. En ella Pedro habló, en nombre de los
Doce, en virtud de una revelación que venia del Padre. Expresó
su fe en Jesús como el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Esta
adhesión de fe a la persona de Jesús no es una simple actitud
de confianza, sino que incluye claramente la afirmación de una doctrina
cristológica. La función de piedra fundamental de la Iglesia
que Jesús confirió a Pedro comporta, por consiguiente, un
aspecto doctrinal (Cfr. Mt 16, 18.19). La misión de confirmar a sus
hermanos en la fe, que también le confió Jesús (Cfr.
Lc 22,32), va en la misma dirección. Pedro goza de una oración
especial del Maestro para desempeñar este papel de ayudar a sus hermanos
a creer. Las palabras 'Apacienta mis corderos', 'Apacienta mis ovejas',
(Jn 21, 15.17) no enuncian explícitamente una misión doctrinal,
pero sí la implican. Apacentar el rebaño es proporcionarle
un alimento sólido de vida espiritual, y en este alimento está
la comunicación de la doctrina revelada para robustecer la fe.
De ahí se sigue que, según los textos evangélicos,
la misión pastoral universal del Romano Pontífice, sucesor
de Pedro comporta una misión doctrinal. Como pastor universal, el
Papa tiene la misión de anunciar la doctrina revelada y promover
en toda la Iglesia la verdadera fe en Cristo. Es el sentido integral del
ministerio petrino.
2. El valor de la misión doctrinal confiad Pedro resulta del hecho
de que, siempre según las fuentes evangélicas, se trata de
una participación en la misión pastoral de Cristo. Pedro es
el primero de los Apóstoles, a quienes Jesús dijo: 'Como el
Padre me envió, también yo os envió' (Jn 20, 21; cfr.
17,18). Como pastor universal, Pedro debe actuar en el nombre de Cristo
y en sintonía con él en toda la amplia área humana
en la que Jesús quiso que se predicara su evangelio y se anunciara
la verdad salvífica: al mundo entero. El sucesor de Pedro en la misión
de pastor universal es, pues, heredero de un munus doctrinal, en el que
está íntimamente asociado, con Pedro, a la misión de
Jesús.
Esto no quita nada a la misión pastoral de los obispos que, según
el concilio Vaticano II, tienen entre sus deberes principales el de la predicación
del Evangelio, pues 'son los pregoneros de la fe... que predican al pueblo
que les ha sido encomendado la fe que ha de ser creída y ha de ser
aplicada a la vida' (Lumen Gentium, 25).
Con todo, el obispo de Roma, como cabeza del colegio episcopal por voluntad
de Cristo, es el primer pregonero de la fe, al que corresponde la tarea
de enseñar la verdad revelada y mostrar sus aplicaciones al c comportamiento
humano. El es quien tiene la primera responsabilidad de la difusión
de la fe en el mundo. Eso es lo que afirma el segundo concilio de Lión
(1274) acerca del primado y la plenitud de potestad del obispo de Roma,
cuando subraya que 'como tiene el deber de defender la verdad de la fe,
así también por su juicio deben ser definidas las cuestiones
que acerca de la fe surgieren' (DS 861). En la misma línea, el concilio
de Florencia (1439) reconoce en el Romano Pontífice al padre y maestro
de todos los cristianos'(DS 1307).
3. El sucesor de Pedro cumple esta misión doctrinal mediante una
serie continuada de intervenciones, orales y escritas, que constituyen el
ejercicio ordinario del magisterio como enseñanza de las verdades
que es preciso creer y traducir a la vida (fidem et mores). Los actos que
expresan ese magisterio pueden ser más o menos frecuentes y tomar
formas diversas, según las necesidades de los tiempos, las exigencias
de las situaciones concretas, las posibilidades y los medios de que se dispone,
las metodologías y las técnicas dela comunicación;
pero, al derivar de una intención explícita o implícita
de pronunciarse en materia de fe y costumbres, se remiten al mandato recibido
por Pedro y se revisten de la autoridad que Cristo le confirió.
El ejercicio de ese magisterio puede realizarse también de modo
extraordinario, cuando el sucesor de Pedro )solo o con el concilio de los
obispos, en calidad de sucesores de los Apóstoles) se pronuncia ex
cathedra sobre un punto determinado de la doctrina o la moral cristiana.
Pero de esto hablaremos en las próximas catequesis. Ahora debemos
concentrar nuestra atención en la forma acostumbrada y ordinaria
del magisterio papal, que tiene una extensión mucho más vasta
y una importancia esencial para el pensamiento y la vida de la comunidad
cristiana.
4. A este respecto, conviene ante todo subrayar el valor positivo de
la misión de anunciar y difundir el mensaje cristiano, de dar a conocer
la doctrina auténtica del Evangelio, respondiendo a los interrogantes
antiguos y nuevos de los hombres ante los problemas fundamentales de la
vida con las palabras eternas de la revelación. Reducir el magisterio
papal sólo a la condena de los errores contra la fe seria limitarlo
demasiado; más aún, seria una concepción equivocada
de su función. Ese aspecto, en cierto modo negativo, está
sin duda presente en la responsabilidad de difundir la fe, dado que es necesario
defenderla contra los errores y las desviaciones. Pero la tarea esencial
del magisterio papal consiste en exponer la doctrina de la fe, promoviendo
el conocimiento del misterio de Dios y de la obra de la salvación
y poniendo de manifiesto todos los aspectos del plan divino que se está
realizando en la historia humana bajo la acción del Espíritu
Santo.
Este es el servicio a la verdad, confiado principalmente al sucesor de
Pedro, que ya en el ejercicio ordinario de su magisterio actúa no
como persona privada, sino como maestro supremo de la Iglesia universal,
según la aclaración del concilio Vaticano II sobre las definiciones
ex cathedra (Cfr. Lumen Gentium, 25). Al cumplir esta tarea, el sucesor
de Pedro expresa de forma personal, pero con autoridad institucional, la
regla de la fe, a la que deben atenerse los miembros de la Iglesia universal
.simples fieles, catequistas, profesores de religión, teólogos.
al buscar el sentido de los contenidos permanentes de la fe cristiana también
en relación con las discusiones que surgen dentro y fuera de la comunidad
eclesial acerca de los diversos puntos o de todo el conjunto de la doctrina.
Es verdad que en la Iglesia todos, y especialmente los teólogos,
están llamados a realizar este trabajo de continuo esclarecimiento
y explicitación. Pero la misión de Pedro y sus sucesores consiste
en establecer y reafirmar autorizadamente lo que la Iglesia ha recibido
y creído desde el principio, lo que los Apóstoles enseñaron,
lo que la sagrada Escritura y la tradición cristiana han fijado como
objeto de la fe y norma cristiana de vida.
También los demás pastores de la Iglesia, los obispos sucesores
de los Apóstoles, son confirmados por el sucesor de Pedro en su comunión
de fe con Cristo y en el cumplimiento fiel de su misión. De ese modo,
el magisterio del obispo de Roma señal todos una línea de
claridad y unidad que, especialmente en tiempos de máxima comunicación
y discusión, como el nuestro, resulta imprescindible.
5. El sucesor de Pedro lleva a cabo su misión fundamentalmente
de tres maneras: ante todo con la palabra. Como pastor universal, el obispo
de Roma se dirige a todos los cristianos y a todo el mundo, cumpliendo de
modo pleno y supremo la misión confiada por Cristo a los Apóstoles:
'haced discípulos a todas las gentes' (Mt 28, 19). Hoy que los medios
de comunicación le permiten hacer llegar su palabra todas las gentes,
cumple ese mandato divino mejor que nunca. Además, gracias a los
medios de transporte que le permiten llegar personalmente incluso a los
lugares más lejanos, puede llevar el mensaje de Cristo a los hombres
de todos los países, realizando de modo nuevo .imposible de imaginar
en otros tiempos. el "id" que forma parte de ese mandato divino:
Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes.
El sucesor de Pedro cumple, también, su misión con sus
escritos: mediante sus discursos, que suelen publicarse, para que sea conocida
y quede documentada su enseñanza; mediante todos los demás
documentos emanados directamente )y aquí conviene recordar, en primer
lugar, las encíclicas, que también formalmente tienen el valor
de enseñanza universal); y, aunque indirectamente, mediante los dicasterios
de la Curia romana que actúan bajo sus órdenes.
El Papa cumple, por último, su misión de pastor mediante
iniciativas autorizadas e institucionales de orden científico y pastoral:
por ejemplo, impulsando o favoreciendo actividades de estudio, santificación,
evangelización, caridad y asistencia, etc... en toda la Iglesia;
promoviendo institutos autorizados y garantizados para la enseñanza
de la fe seminarios, facultades de teología y de ciencias religiosas,
asociaciones teológicas, academias, etc...). Mediante toda esa gama
de intervenciones formativas y operativas cumple su misión el sucesor
de Pedro.
6. Para concluir, podemos decir que el contenido de la enseñanza
del sucesor de Pedro (como de los demás obispos), en su esencia,
es un testimonio de Cristo, del acontecimiento de la Encarnación
y de la Redención, así como de la presencia y acción
del Espíritu Santo en la Iglesia y en la historia. En su forma de
expresión puede variar según las personas que lo ejercen,
según sus interpretaciones acerca de las necesidades de los tiempos,
y según sus estilos de pensamiento y comunicación. Pero la
relación con la Verdad viva, Cristo, ha sido, es y será siempre
su fuerza vital.
Precisamente en esta relación con Cristo se halla la explicación
definitiva de las dificultades y las oposiciones que el magisterio de la
Iglesia siempre ha encontrado desde los tiempos de san Pedro hasta hoy.
Para todos los obispos y pastores de la Iglesia, y en especial para el sucesor
de Pedro, valen las palabras de Jesús: 'No está el discípulo
por encima del maestro' (Mt 10, 24; Lc 6, 40). Jesús mismo desempeñó
su magisterio en medio de la lucha entre las tinieblas y la luz, que constituye
el ambiente de la encarnación del Verbo (Cfr. Jn 1, 1.14). Esa lucha
era viva en los tiempos de los Apóstoles, como les había advertido
el Maestro: 'Si a mí me han perseguido, también os perseguirán
a vosotros' (Jn 15, 20). Por desgracia esa lucha también se libraba
en el ámbito de algunas comunidades cristianas, hasta el punto de
que san Pablo sintió la necesidad de exhortar a Timoteo, su discípulo:
'Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza,
exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en
que los hombres no soportarán la doctrina sana' (2 Tim 4, 2.3). Lo
que Pablo recomendaba a Timoteo vale también para los obispos de
hoy, y especialmente para el Romano Pontífice, que tiene la misión
de proteger al pueblo cristiano contra los errores en el campo de la fe
y la moral, y el deber de conservar el depósito de la fe (Cfr. 2
Tim 4, 7). ¡Ay de él si se asustase ante las criticas y las
incomprensiones! Su consigna es dar testimonio de Cristo, de su palabra,
de su ley y de su amor. Pero a la conciencia de su responsabilidad en el
campo doctrinal y moral, el Romano Pontífice debe añadir el
compromiso de ser, como Jesús, 'manso y humilde de corazón'
(Mt 11, 29). Orad para que lo sea y para que llegue a serlo cada vez más.
La asistencia divina en el magisterio del sucesor de Pedro (I)
(17.III.93)
1. El magisterio del Romano Pontífice que hemos explicado en la
catequesis precedente, entra en el ámbito y marca el culmen de la
misión de predicar el Evangelio, confiada por Jesús a los
Apóstoles y a sus sucesores. Leemos en la constitución Lumen
Gentium del concilio Vaticano II: 'Entre los principales oficios de los
obispos se destaca la predicación del Evangelio. Porque los obispos
son los pregoneros de la fe que ganan nuevos discípulos para Cristo
y son los maestros auténticos, o sea los que están dotados
de la autoridad de Cristo que predican al pueblo que les ha sido encomendado
la fe que ha de ser creída y ha de ser aplicad la vida... Cuando
enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben
ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica;
los fieles, por su parte, en materia de fe y costumbres, deben aceptar el
juicio de su obispo, dado en nombre de Cristo, y deben adherirse a él
con religioso respeto (n. 25).
La función magisterial de los obispos está, pues, estrechamente
vinculada con la del Romano Pontífice. Por eso, con razón,
el texto conciliar prosigue afirmando: 'Este obsequio religioso de la voluntad
y del entendimiento de modo particular ha de ser prestado al magisterio
auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable ex cathedra;
de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con
sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él
según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente
ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la frecuente proposición
de la misma doctrina, ya sea por la forma de decirlo' (ib.).
2. Esta autoridad suprema del magisterio papal que tradicionalmente se
suele definir apostólico, también en su ejercicio ordinario
deriva del hecho institucional por el que el Romano Pontífice es
el sucesor de Pedro en la misión de enseñar, confirmar a sus
hermanos y garantizar la conformidad de la predicación de la Iglesia
con el depósito de la fe de los Apóstoles y con la doctrina
de Cristo. Pero deriva también de la convicción madurada en
la tradición cristiana, de que el obispo de Roma es el heredero de
Pedro también en los carismas de asistencia especial que Jesús
le aseguró cuando le dijo: 'Yo he rogado por ti' (Lc 22, 32). Eso
significa una ayuda continua del Espíritu Santo en todo el ejercicio
de la misión doctrinal, orientada a hacer comprenderla verdad revelada
y sus consecuencias en la vida humana.
Por esto el concilio Vaticano II afirma que toda la enseñanza
del Papa merece ser escuchada y aceptada incluso cuando no la expone ex
cathedra, sino que la presenta en el ejercicio ordinario del magisterio
con clara intención de enunciar, recordar o reafirmar la doctrina
de fe. Es una consecuencia del hecho institucional y de la herencia espiritual
que dan las dimensiones completas de la sucesión de Pedro.
3. Como es bien sabido, existen casos en los que el magisterio pontificio
se ejerce solemnemente acerca de algunos puntos particulares de la doctrina,
pertenecientes al depósito de la revelación o estrechamente
vinculados a ella. Es el caso de las definiciones ex cathedra, como las
de la Inmaculada Concepción de María, hecha por Pío
IX en 1854, y de la Asunción al cielo, hecha por Pío XII en
1950. Como sabemos, estas definiciones han proporcionado a todos los católicos
la certeza en la afirmación de estas verdades y la exclusión
de toda duda al respecto.
Casi siempre la razón de las definiciones ex cathedra es esta
certificación de las verdades que es preciso creer porque pertenecen
al depósito de la fe, y la exclusión de toda duda o también
la condena del error acerca de su autenticidad y su significado. Así
se produce el momento de máxima concentración, incluso formal,
de la misión doctrinal conferida por Jesús a los Apóstoles
y, en ellos, a sus sucesores.
4. Dada la extraordinaria grandeza e importancia de ese magisterio para
la fe, la tradición cristiana ha reconocido al sucesor de Pedro,
que lo ejerce solo o en comunión con los obispos reunidos en concilio,
un carisma de asistencia del Espíritu Santo, que se suele llamar
infalibilidad.
He aquí lo que dice a este respecto el concilio Vaticano I: 'El
Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, esto es, cuando, cumpliendo
su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema
autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe
ser sostenida por la Iglesia universal, por la asistencia divina que le
fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad
de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la
definición de la doctrina sobre la fe y las costumbres; y, por tanto,
las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí
mismas y no por el consentimiento de la Iglesia' (DS 3074).
Esta doctrina ha sido resumida, confirmada y explicada también
por el concilio Vaticano II que afirma: 'El Romano Pontífice cabeza
del colegio episcopal, goza de esta misma infalibilidad en razón
de su oficio cuando como supremo pastor y doctor de todos los fieles, que
confirma en la fe a sus hermanos (Cfr. Lc 22, 32), proclama de una forma
definitiva la doctrina de fe y costumbres. Por esto se afirma, con razón,
que sus definiciones son irreformables por sí mismas y no por el
consentimiento de la Iglesia, por haber sido proclamadas bajo la asistencia
del Espíritu Santo... y no necesitar de ningún aprobación
de otros ni admitir tampoco apelación a otro tribunal. Porque en
esos casos, el Romano Pontífice no da una sentencia como persona
privada, sino que, en calidad de maestro supremo de la Iglesia universal,
en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia
misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica (Lumen Gentium,
25).
5. Conviene notar que el concilio Vaticano II pone de relieve el magisterio
de los obispos unidos con el Romano Pontífice, subrayando que también
ellos gozan de la asistencia del Espíritu Santo cuando definen juntamente
con el sucesor de Pedro un punto de fe: 'La infalibilidad prometida a la
Iglesia reside también en el cuerpo de los obispos cuando ejerce
el supremo magisterio en unión con el sucesor de Pedro... Mas cuando
el Romano Pontífice o el cuerpo de los obispos juntamente con él
definen una doctrina, lo hacen siempre de acuerdo con la misma Revelación...,
la cual es íntegramente transmitida por escrito o por tradición
a través de la sucesión legítima de los obispos...
y, bajo la luz del Espíritu de verdad, es santamente conservada y
fielmente expuesta en la Iglesia' (ib.).
Y prosigue: 'Aunque cada uno de los prelados no goce por si de la prerrogativa
de la infalibilidad, sin embargo, cuando, aun estando dispersos por el orbe,
pero manteniendo el vínculo de comunión entre sí y
con el sucesor de Pedro, enseñando auténticamente en materia
de fe y costumbres, convienen en que una doctrina ha de ser tenida como
definitiva, en ese caso proponen infaliblemente la doctrina de Cristo. Pero
todo esto se realiza con mayor claridad cuando, reunidos en concilio ecuménico,
son para la Iglesia universal los maestros y jueces de la fe y costumbres,
a cuyas definiciones hay que adherirse con la sumisión de la fe'.
'Esta infalibilidad que el divino Redentor quiso que tuviese su Iglesia
cuando define la doctrina de fe y costumbres, se extiende tanto cuanto abarca
el depósito de la Revelación' (ib.).
6. En estos textos conciliares se realiza una especie de codificación
de la conciencia existente ya en los Apóstoles reunidos en el concilio
de Jerusalén: 'Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros...'
(Hech 15, 28). Esa conciencia confirmaba la promesa de Jesús de mandar
el Espíritu de verdad a los Apóstoles y a la Iglesia, después
de haber vuelto al Padre, una vez realizado el sacrificio de la cruz: 'El
Espíritu Santo... os lo enseñará todo y os recordará
todo lo que yo os he dicho' (Jn 14, 26). Esa promesa se había cumplido
en Pentecostés, y los Apóstoles se sentían aún
vivificados por ella. La Iglesia ha heredado de ellos esa conciencia y ese
recuerdo.
La asistencia divina en el magisterio del sucesor de Pedro (II)
(24.III.93)
1. La infalibilidad del Romano Pontífice es tema de suma importancia
para la vida de la Iglesia. Por ello, resulta oportuno hacer algunas reflexiones
más acerca de los textos conciliares, para precisar mejor el sentido
y la extensión de esa prerrogativa.
Ante todo, los concilios afirman que la infalibilidad atribuida al Romano
Pontífice es personal, en el sentido que le corresponde personalmente
por ser sucesor de Pedro en la Iglesia de Roma. En otras palabras, esto
significa que el Romano Pontífice no es el simple portador de una
infalibilidad perteneciente, en realidad, a la Sede romana. Ejerce su magisterio
y, en general, el ministerio pastoral como vicarius Petri: así se
le solía llamar durante el primer milenio cristiano. Es decir, en
él se realiza casi una personificación de la misión
o la autoridad de Pedro ejercidas en nombre de aquel a quien Jesús
mismo se las confirió.
Con todo, es evidente que al Romano Pontífice no se le ha concedido
la infalibilidad en calidad de persona privada, sino por el hecho de que
desempeña el cargo de pastor y maestro de todos los cristianos. Además,
no la ejerce como quien tiene autoridad en sí mismo o por sí
mismo, sino 'por su suprema autoridad apostólica' y 'por la asistencia
del Espíritu Santo, prometida a él en la persona de san Pedro'.
Por último, no la posee como si pudiera disponer de ella o contar
con ella en cualquier circunstancia, sino sólo cuando habla ex cathedra,
y sólo en un campo doctrinal limitado a las verdades de fe y moral,
y a las que están íntimamente vinculadas con ellas.
2. Según los textos conciliares, el magisterio infalible se ejerce
en la doctrina de fe y costumbres. Se trata del campo de las verdades revelada
se explícita o implícitamente, que exigen una adhesión
de fe y cuyo depósito, confiado a la Iglesia por Cristo y transmitido
por los Apóstoles, ella custodia. Y no lo custodiaría de forma
adecuada, si no protegiese su pureza e integridad. Se trata de verdades
que atañen a Dios en sí mismo y en su obra creadora y redentora;
al hombre y al mundo, en su condición de criaturas y en su destino
según el designio de la Providencia; y a la vida eterna y a la misma
vida terrena en sus exigencias fundamentales con vistas a la verdad y al
bien.
Se trata, pues, también de verdades para la vida y de su aplicación
al comportamiento humano. El Maestro divino, en su mandato de evangelización,
ordenó a los Apóstoles: 'id, pues, y haced discípulos
a todas las gentes...enseñándoles a guardar todo lo que yo
os he mandado' (Mt 28, 19)20). En el rea de las verdades que el magisterio
puede proponer de modo definitivo entran aquellos principios de razón
que, aunque no estén contenidos en las verdades de fe, se hallan
íntimamente vinculados con ellas. En la realidad efectiva, de ayer
y de hoy, el magisterio de la Iglesia y, de manera especial, el del Romano
Pontífice es el que salva estos principios y los rescata continuamente
de las deformaciones y tergiversaciones que sufren bajo la presión
de intereses y vicios consolidados en modelos y corrientes culturales.
En este sentido, el concilio Vaticano I decía que es objeto del
magisterio infalible (da doctrina sobre la fe y costumbres que debe ser
sostenida por la Iglesia universal' (DS 3074). Y en la nueva fórmula
de la profesión de fe, aprobada recientemente (Cfr. AAS 81, 1989,
pp. 105; 1169), se hace la distinción entre las verdades reveladas
por Dios, a las que es necesario prestar una adhesión de fe, y las
verdades propuestas de modo definitivo, pero no como reveladas por Dios.
Estas últimas, por ello, exigen un asenso definitivo, pero no es
un asenso de fe.
3. En los textos conciliares se hallan especificadas también las
condiciones del ejercicio del magisterio infalible por parte del Romano
Pontífice. Se pueden sintetizar así: el Papa debe actuar como
pastor y maestro de todos los cristianos, pronunciándose sobre verdades
de fe y costumbres, con términos que manifiesten claramente su intención
de definir una determinada verdad y exigir la adhesión definitiva
a la misma por parte de todos los cristianos. Es lo que acaeció,
por ejemplo, en la definición de la Inmaculada Concepción
de Maria, acerca de la cual Pío IX afirmó: 'Es una doctrina
revelada por Dios y debe ser, por tanto, firme y constantemente creída
por todos los fieles' (DS 2803); o también en la definición
de la Asunción de María santísima cuando Pío
XII dijo: 'Por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados
apóstoles Pedro y Pablo, y nuestra, proclamamos, declaramos y definimos
ser dogma divinamente revelado...' (DS 3903).
Con esas condiciones se puede hablar de magisterio papal extraordinario,
cuyas definiciones son irreformables 'por sí mismas y no por el consentimiento
de la Iglesia' (ex sese, non autem ex consensu Ecclesiae). Eso significa
que esas definiciones, para ser válidas, no tienen necesidad del
consentimiento de los obispos: ni de un consentimiento precedente, ni de
un consentimiento consecuente, 'por haber sido proclamadas bajo la asistencia
del Espíritu Santo, prometida a él (al Romano Pontífice)
en la persona de san Pedro, y no necesitar de ninguna aprobación
de otros ni admitir tampoco apelación a otro tribunal' (Lumen Gentium,
25).
4. Los Sumos Pontífices pueden ejercer esta forma de magisterio.
Y de hecho así ha sucedido. Pero muchos Papas no la han ejercido.
Ahora bien, es preciso observar que en los textos conciliares que estamos
explicando se distingue entre el magisterio ordinario y el extraordinario,
subrayando la importancia del primero, que es de carácter permanente
y continuado, mientras que el que se expresa en las definiciones se puede
llamar excepcional.
Junto a esta infalibilidad de las definiciones ex cathedra, existe el
carisma de asistencia del Espíritu Santo, concedido a Pedro y a sus
sucesores para que no cometan errores en materia de fe y moral, y para que,
por el contrario, iluminen bien al pueblo cristiano. Este carisma no se
limita a los casos excepcionales, sino que abarca en medida diferente todo
el ejercicio del magisterio.
5. Esos mismos textos conciliares nos muestran también cuán
grave es la responsabilidad del Romano Pontífice en el ejercicio
de su magisterio, tanto extraordinario como ordinario. Por eso, siente la
necesidad, más aún, podríamos decir el deber, de investigar
el sensus Ecclesiae antes de definir una verdad de fe, plenamente consciente
de que su definición 'expone o defiende la doctrina de la fe católica'
(Lumen Gentium, 25).
Eso sucedió antes de las definiciones de la Inmaculada Concepción
y de la Asunción de María, con una amplia y precisa consulta
a toda la Iglesia. En la bula Munificentissimus, sobre la Asunción
(1950), Pío XII, entre los argumentos a favor de la definición,
aduce el de la fe de la comunidad cristiana: 'El consentimiento universal
del magisterio ordinario de la Iglesia proporciona un argumento cierto y
sólido para probar que la asunción corporal de la bienaventurada
Virgen María al cielo... es una verdad revelada por Dios' (AAS 42,1950,
p. 757).
Por lo demás, el concilio Vaticano II hablando de la verdad que
es preciso enseñar, recuerda: 'El Romano Pontífice y los obispos,
por razón de su oficio y la importancia del asunto, trabajan celosamente
con los medios oportunos para investigar adecuadamente y para proponer de
una manera apta esta Revelación' (Lumen Gentium, 25). Es una indicación
de sabiduría, que se refleja en la experiencia de los procedimientos
seguidos por los Papas y los dicasterios de la Santa Sede a su servicio,
al cumplir las tareas de magisterio y de gobierno de los sucesores de Pedro.
6. Podemos concluir observando que el ejercicio del magisterio concreta
y manifiesta la contribución del Romano Pontífice al desarrollo
de la doctrina de la Iglesia. El Papa .que no sólo desempeña
un papel como cabeza del colegio de los obispos en las definiciones de fe
y moral pronunciadas por ellos, o como notario de su pensamiento, sino también
un papel más personal tanto en el magisterio ordinario como en las
definiciones. cumple su misión aplicándose personalmente y
estimulando el estudio de pastores, teólogos, peritos en la doctrina
en los diversos campos, y expertos en el trabajo pastoral, en espiritualidad,
vida social, etc.
De este modo impulsa un enriquecimiento cultural y moral en todos los
niveles de la Iglesia. También en esta organización del trabajo
de consulta y de estudio, aparece como el sucesor de la Piedra sobre la
que Cristo construyó su Iglesia. |