Misión de Cristo: predicar la Buena Nueva (20.IV.88)
1. Comienza hay la última etapa de nuestras catequesis sobre Jesucristo
(que venimos haciendo durante las audiencias generales de los miércoles).
Hasta ahora hemos intentado mostrar quien es Jesucristo. Lo hemos hecho,
en un primer momento, a la luz de la Sagrada Escritura, sobre todo a la
luz de los Evangelios, y, después, en las últimas catequesis,
henos examinado e ilustrado la respuesta de fe que la Iglesia ha dado a
la revelación de Jesús mismo y al testimonio y predicación
de los Apóstoles, a lo largo de los primeros siglos, durante la elaboración
de las definiciones cristológicas de los primeros Concilios (entre
los siglos IV y VII)
Jesucristo )verdadero Dios y verdadero hombre), consubstancial al Padre
(y al Espíritu Santo) en cuanto a la divinidad: consubstancial a
nosotros en cuanto a la humanidad: Hijo de Dios y nacido de María
Virgen. Este es el dogma central de la fe cristiana en el que se expresa
el misterio de Cristo.
2. También la misión de Cristo pertenece a este misterio.
El símbolo de la fe relaciona esta misión con la verdad sobre
el ser del Dios-Hombre (Theandrikos), Cristo, cuando dice, en modo conciso,
que 'por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó
del cielo y se hizo hombre'. Por esto, en nuestras catequesis, intentaremos
desarrollar el contenido de estas palabras del Credo, meditando, uno tras
otro, sobre los diversos aspectos de la misión de Jesucristo.
3. Desde el comienzo de a actividad mesiánica, Jesús manifiesta,
en primer lugar, su misión profética. Jesús anuncia
el Evangelio. El mismo dice que 'ha venido' (del Padre) (Cfr. Mc 1, 38),
que 'ha sido enviado' para 'anunciar la Buena Nueva del reino de Dios' (Cfr.
Lc 4, 43).
A diferencia de su precursor Juan el Bautista, que enseñaba a
orillas del Jordán, en un lugar desierto, a quienes iban allí
desde distintas partes, Jesús sale al encuentro de aquellos a quienes
El debe anunciar la Buena Nueva. Se puede ver en este movimiento hacia la
gente un reflejo del dinamismo propio del misterio mismo de la Encarnación:
el ir de Dios hacia los hombres. Así, los Evangelistas nos dicen
que Jesús 'recorría toda Galilea, enseñando en sus
sinagogas' (Mt 4, 23), y que 'iba por ciudades y pueblos' (Lc 8, 1). De
los textos evangélicos resulta que la predicación de Jesús
se desarrolló casi exclusivamente en el territorio de la Palestina,
es decir, entre Galilea y Judea, con visitas también a Samaria (Cfr.
por ejemplo, Jn 4, 3)4), paso obligado entre las dos regiones principales.
Sin embargo, el Evangelio menciona además la 'región de Tiro
y Sidón', o sea, Fenicia (Cfr. Mc 7, 31; Mt 15, 21) y también
la Decápolis, es decir, 'la región de los gerasenos', a la
otra orilla del lago de Galilea (Cfr. Mc 5, 1 y Mc 7, 31). Estas alusiones
prueban que Jesús salía, a veces, fuera de los límites
de Israel (en sentido étnico), a pesar de que El subrayaba repetidamente
que su misión se dirige principalmente 'a la casa de Israel' (Mt
15, 24). Asimismo, cuando envía a los discípulos a una primera
prueba de apostolado misionero, les recomienda explícitamente: 'No
toméis caminos de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos;
dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel'
(Mt 10, 5-6). Sin embargo, al mismo tiempo, El mantiene uno de los coloquios
mesiánicos de mayor importancia en Samaria, junto al pozo de Siquem
(Cfr. Jn 4, 1-26).
Además, los mismos Evangelistas testimonian también que
las multitudes que seguían a Jesús estaban formadas por gente
proveniente no sólo de Galilea, Judea y Jerusalén, sino también
'de Idumea, del otro lado del Jordán, de los alrededores de Tiro
y Sidón' (Mc 3, 7-8; cfr. también Mt 4, 12-15)
4. Aunque Jesús afirma claramente que su misión está
ligada a la 'casa de Israel', al mismo tiempo, de entender, que la doctrina
predicada por El (la Buena Nueva) está destinada a todo el género
humano. Así, por ejemplo, refiriéndose a la profesión
de fe del centurión romano, Jesús preanuncia: 'y os digo que
vendrán muchos de Oriente y Occidente y se pondrán a la mesa
con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos' (Mt 8, 11 ).
Pero, sólo después de la resurrección, ordena a los
Apóstoles 'Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes'
(Mt. 28, 19)
5. ¿Cuál es el contenido esencial de la enseñanza
de Jesús? Se puede responder con una palabra: el Evangelio, es decir,
Buena Nueva. En efecto, Jesús comienza su predicación con
estas palabras: 'EL tiempo se ha cumplido y el reino de Dios esta cerca;
convertíos y creed en la Buena Nueva' (Mc 1, 15).
El término mismo 'Buena Nueva' indica el carácter fundamental
del mensaje de Cristo. Dios desea responder al deseo de bien y felicidad,
profundamente enraizado en el hombre. Se puede decir que el Evangelio, que
es esta respuesta divina, posee un carácter 'optimista'. Sin embargo,
no se trata de un optimismo puramente temporal, un eudemonismo superficial;
no es un anuncio del 'paraíso en la tierra'. La 'Buena Nueva' de
Cristo plantea a quien la oye exigencias esenciales de naturaleza moral;
indica la necesidad de renuncias y sacrificios; está relacionada,
en definitiva, con el misterio redentor de la cruz. Efectivamente, en el
centro de la 'Buena Nueva' está el programa de las bienaventuranzas
(Cfr. Mt 5, 3-11), que precisa de la manera más completa la clase
de felicidad que Cristo ha venido a anunciar y revelar a la humanidad, peregrina
todavía en la tierra hacia sus destinos definitivos y eternos. El
dice: 'Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es
el reino de los cielos'. Cada una de las ocho bienaventuranzas tiene una
estructura parecida a ésta. Con el mismo espíritu, Jesús
llama 'bienaventurado' al criado, cuyo amo 'lo encuentre en vela (es decir,
activo), a su regreso' (Cfr. Lc 12, 37). Aquí se puede vislumbrar
también la perspectiva escatológica y eterna de la felicidad
revelada y anunciada por el Evangelio.
6. La bienaventuranza de la pobreza nos remonta al comienzo de la actividad
mesiánica de Jesús, cuando, hablando en la sinagoga de Nazaret,
dice: 'El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha
ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva' (Lc 4,18) . Se trata aquí
de los que son pobres no sólo, y no tanto, en sentido económico)
social (de 'clase'), sino de los que están espiritualmente abiertos
a acoger la verdad y la gracia, que provienen del Padre, como don de su
amor, don gratuito ('gratis' dato), porque, interiormente, se sienten libres
del apego a los bienes de la tierra y dispuestos a usarlos y compartirlos
según las exigencias de la justicia y de la caridad. Por esta condición
de los pobres según Dios (anawim), Jesús 'da gracias al Padre',
ya que 'ha escondido estas cosas (= las grandes cosas de Dios) a los sabios
y entendidos y se las ha revelado a la gente sencilla' (Cfr. Lc 10, 21).
Pero esto no significa que Jesús aleja de Sí a las personas
que se encuentran en mejor situación económica, como el publicanos
Zaqueo que había subido a un árbol para verlo pasar (Cfr.
Lc 19, 2)9), o aquellos otros amigos de Jesús, cuyos nombres no nos
transmiten los Evangelios. Según las palabras de Jesús son
'bienaventurados' los 'pobres de espíritu' (Cfr. Mt 5, 31) y 'quienes
oyen la palabra de Dios y la guardan' (Lc 11 23).
7. Otra característica de la predicación de Jesús
es que El intenta transmitir el mensaje a sus oyentes de manera adecuada
a su mentalidad y cultura. Habiendo crecido y vivido entre ellos en los
años de su vida oculta en Nazaret (cuando 'progresaba en sabiduría':
Lc 2, 52), conocía la mentalidad, la cultura y la tradición
de su pueblo, en la herencia del Antiguo Testamento.
8. Precisamente por esto, muy a menudo da a las verdades que anuncia
la forma de parábolas, como nos resulta de los textos evangélicos,
por ejemplo, de Mateo: 'Todo esto dijo Jesús en parábolas
a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese
el oráculo del profeta: !Abriré en parábolas mi boca,
publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo
(Sal 77,2)' (Mt 13, 34-35).
Ciertamente, el discurso en parábolas, al hacer referencia a
los hechos y cuestiones de la vida diaria que estaban al alcance de todos,
conseguía conectar más fácilmente con un auditorio
generalmente poco instruido (Cfr. S.Th. III, q 42. a. 2). Y, sin embargo,
'el misterio del reino de Dios', escondido en las parábolas, necesitaba
de explicaciones particulares, requeridas, a veces, por los Apóstoles
mismos (por ejemplo, cfr. Mc 4, 11-12). Una comprensión adecuada
de éstas no se podía obtener sin a ayuda de la luz interior
que proviene del Espíritu Santo. Y Jesús prometía y
daba esta luz.
9. Debemos hacer notar todavía una tercera característica
de la predicación de Jesús, puesta de relieve en la Exhortacion
Apostólica 'Evangelii nuntiandi', publicada por Pablo VI después
del Sínodo de 1974, con relación al tema de la evangelización
En esta Exhortación leemos: 'Jesús mismo, Evangelio de Dios,
ha sido el primero y más grande evangelizador. Lo ha sido hasta el
final: hasta la perfección, hasta el sacrificio de su existencia
terrena' (n. 7).
Si, Jesús no sólo anunciaba el Evangelio, sino que El
mismo era el Evangelio. Los que creyeron en El siguieron la palabra de su
predicación, pero mucho más a aquel que la predicaba. Siguieron
a Jesús porque El ofrecía 'palabras de vida', como confesó
Pedro después del discurso que tuvo el Maestro en la sinagoga de
Cafarnaún: 'Señor, ¿donde (a quién) vamos a
ir? Tú tienes palabras de vida eterna' (Jn 6, 68). Esta identificación
de la palabra y la vida, del predicador y el Evangelio predicado, se realizaba
de manera perfecta sólo en Jesús. He aquí la razón
por la que también nosotros creemos y lo seguimos, cuando se nos
manifiesta como el 'único Maestro' (Cfr. Mt 23, 8.10).
La Buena Nueva del Reino de Dios (27.IV.88)
1. 'El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos
y creed en la Buena Nueva' (Mc 1, 15). Jesucristo fue enviado por el Padre
'para anunciar a los pobres la Buena Nueva' (Lc 4, 18). Fue (y sigue siendo)
el primer Mensajero del Padre, el primer Evangelizador, como decíamos
ya en la catequesis anterior con las mismas palabras que Pablo VI emplea
en la Evangelii Nuntiandi. Es más, Jesús no es sólo
el anunciador del Evangelio, de la Buena Nueva, sino que El mismo es el
Evangelio (Cfr. Evangelii Nuntiandi, 7).
Efectivamente, en todo el conjunto de su misión, por medio de
todo lo que hace y enseña y, finalmente, mediante la cruz y resurrección,
'manifiesta plenamente el hombre al propio hombre' (Cfr. Gaudium et Spes,
22), y le descubre las perspectivas de aquella felicidad a la que Dios lo
ha llamado y destinado desde el principio. El mensaje de las bienaventuranzas
resume el programa de vida propuesto a quien quiere seguir la llamada divina;
es la síntesis de todo el 'éthos' evangélico vinculado
al misterio de la redención.
2. La misión de Cristo consiste, ante todo, en la revelación
de la Buena Nueva (Evangelio) dirigida al hombre. Tiene como objeto, por
tanto, el hombre, se puede decir que es 'antropocéntrica'; pero al
mismo tiempo, está profundamente enraizado en la verdad del reino
de Dios, en el anuncio de su venida y de su cercanía: 'El reino de
Dios está cerca creed en la Buena Nueva' (Mc 1, 15).
Este es, pues, 'el Evangelio del reino', cuya referencia al hombre,
visible en toda la misión de Cristo, está enraizada en una
dimensión 'teocéntrica', que se llama precisamente reino de
Dios. Jesús anuncia el Evangelio de este reino, y, al mismo tiempo,
realiza el reino de Dios a lo largo de todo el desarrollo de su misión,
por medio de la cual el reino nace y se desarrolla ya en el tiempo, como
germen inserto en la historia del hombre y del mundo. Esta realización
del reino tiene lugar mediante la palabra del Evangelio y mediante toda
la vida terrena del Hijo del hombre, coronada en el misterio pascual con
la cruz y la resurrección. Efectivamente, con su 'obediencia hasta
la muerte' (Cfr. Fil 2, 8), Jesús dio comienzo a una nueva fase de
la economía de la salvación, cuyo proceso se concluirá
cuando Dios sea 'todo en todos' (1 Cor 15, 28), de manera que el reino de
Dios ha comenzado verdaderamente a realizarse en la historia del hombre
y del mundo, aunque en el curso terreno de la vida humana nos encontremos
y choquemos continuamente con aquel otro término fundamental de la
dialéctica histórica: la 'desobediencia del primer Adán',
que sometió su espíritu al 'principe de este mundo' (Cfr.
Rom 5, 19, Jn 14, 30).
3. Tocamos aquí el punto central )y casi el punto crítico)
de la realización de la misión de Cristo, Hijo de Dios, en
la historia: cuestión ésta sobre la que será necesario
volver en una etapa sucesiva de nuestra catequesis. Si en Cristo el reino
de Dios 'está cerca' )es más, está presente) de manera
definitiva en la historia del hombre y del mundo, al mismo tiempo, su cumplimiento
sigue perteneciendo al futuro. Por ello, Jesús nos manda que, en
nuestra oración, digamos al Padre, 'venga tu reino' (Mt 6, 10).
4. Esta cuestión hay que tenerla bien presente a la hora de ocuparnos
del Evangelio de Cristo como 'Buena Nueva' del reino de Dios. Este era el
tema 'guía' del anuncio de Jesús cuando hablaba del reino
de Dios, sobre todo, en sus numerosas parábolas. Particularmente
significativa es la que nos presenta el reino de Dios parecido a la semilla
que siembra el sembrador de la tierra. (Cfr. Mt 13, 3-9). La semilla está
destinada 'a dar fruto', por su propia virtualidad interior, sin duda alguna,
pero el fruto depende también de la tierra en la que cae (Cfr. Mt
13, 19-23)
5. En otra ocasión Jesús compara el reino de Dios (el 'reino
de los cielos', según Mateo) con un grano de mostaza, que 'es la
más pequeña de todas las semillas', pero que, una vez crecida,
se convierte en un árbol tan frondoso que los pájaros pueden
anidar en las ramas (Cfr. Mt 13, 31)32). Y compara también el crecimiento
del reino de Dios con la 'levadura' que hace fermentar la masa para que
se transforme en pan que sirva de alimento a los hombres (Mt 13, 35). Sin
embargo, Jesús dedica todavía una parábola al problema
del crecimiento del reino de Dios en el terreno que es este mundo. Se trata
de la parábola del trigo y la cizaña, que el 'enemigo' esparce
en el campo sembrado de semilla buena (Mt 13, 24-30): así, en el
campo del mundo, el bien y el mal, simbolizados en el trigo y la cizaña.
crecen juntos 'hasta la hora de la siega)' (es decir, hasta el día
del juicio divino), otra alusión significativa a la perspectiva
escatológica de la historia humana. En cualquier caso, Jesús
nos hace saber que el crecimiento de la semilla, que es la 'Palabra de Dios',
está condicionada por el modo en que es acogida en el campo de los
corazones humanos: de esto depende que produzca fruto dando 'uno ciento,
otro sesenta, otro treinta' (Mt 13, 23), según las disposiciones
y respuestas de aquellos que la reciben.
6. En su anuncio del reino de Dios, Jesús nos hace saber también
que este reino no está destinado a una sola nación, o únicamente
al 'pueblo elegido', porque vendrán 'de Oriente y Occidente' para
'sentarse a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob' (Cfr. Mt 8, 11 ).
Esto significa, en efecto, que no se trata de un reino en sentido temporal
y político. No es un reino 'de este mundo' (Cfr. Jn 18, 36), aunque
aparezca insertado, y en él deba desarrollarse y crecer. Por esta
razón se aleja Jesús de la muchedumbre que quería hacerlo
rey y ('Dándose cuenta Jesús de que Intentaban venir a tomarle
por la fuerza para hacerlo rey huyó de nuevo al monte El solo': Jn
6, 15). Y, poco antes de su pasión, estando en el Cenáculo,
Jesús pide al Padre que conceda a los discípulos vivir según
esa misma concepción del reino de Dios: 'No te pido que los retires
del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como
yo no soy del mundo' (Jn 17, 15)16). Y mas aún: según la enseñanza
y la oración de Jesús, el reino de Dios debe crecer en los
corazones de los discípulos 'en este mundo'; sin embargo, llegará
a su cumplimiento en el mundo futuro: !cuando el Hijo del hombre venga en
su gloria.. Serán congregadas delante de El todas las naciones!'
(Mt 25, 31-32). ¡Siempre en una perspectiva escatológica!
7. Podemos completar la noción del reino de Dios anunciado por
Jesús, subrayando que es el reino del Padre, a quien Jesús
nos enseña a dirigirnos con la oración para obtener su llegada:
'Venga tu reino' (Mt 6, 10; Lc 11, 2). A su vez, el Padre celestial ofrece
a los hombres, mediante Cristo y en Cristo, el perdón de sus pecados
y la salvación, y, lleno de amor, espera su regreso, como el padre
de la parábola esperaba el regreso del hijo pródigo (Cfr.
Lc 13,20-32) porque Dios es verdaderamente 'rico en misericordia' (Ef. 2,
4).
Bajo esta luz se coloca todo el Evangelio de la conversión que,
desde el comienzo, anunció Jesús: 'convertíos y creed
en la Buena Nueva' (Mc 1, 15). La conversión al Padre, al Dios que
'es amor' (Jn 4, 16), va unida a la aceptación del amor como mandamiento
(nuevo): amor a Dios, 'el mayor y el primer mandamiento' (Mt 22, 3S) y amor
al prójimo, 'semejante al primero' (Mt 22, 39). Jesús dice:
'Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros'.
'Que como yo os he amado, así os améis también vosotros
los unos a los otros' (Jn 13, 34). Y nos encontramos aquí con la
esencia del 'reino de Dios' en el hombre y en la historia. Así, la
ley entera (es decir, el patrimonio ético de la antigua Alianza)
debe cumplirse, debe alcanzar su plenitud divino-humana. El mismo Jesús
lo declara en el sermón de la montaña: 'No penséis
que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir sino
a dar cumplimiento' (Mt 5, 17).
En todo caso, El libra al hombre de la 'letra de la ley', para hacerle
penetrar en su espíritu, puesto que como dice San Pablo, 'la letra
(sola) mata', mientras que 'el Espíritu da la vida' (Cfr. 2 Cor 3,
6). El amor fraterno, como reflejo y participación del amor de Dios,
es, pues, el principio animador de la Nueva Ley, que es como la base constitucional
del reino de Dios (Cfr. S.Th. I-II, q. 106, a. l; q. 107. aa. 1,2).
8. Entre las parábolas, con las que Jesús reviste de comparaciones
y alegorías su predicación sobre el reino de Dios, se encuentra
también la de un rey 'que celebró el banquete de bodas de
su hijo' (Mt 22, 2). La parábola narra que muchos de los que fueron
invitados primero no acudieron al banquete buscando distintas excusas y
pretextos para ello y que, entonces, el rey mandó llamar a otra gente,
de los 'cruces de los caminos', para que se sentaran a su mesa Pero, entre
los que llegaron, no todos se mostraron dignos de aquella invitación
por no llevar el 'vestido nupcial' requerido.
Esta parábola del banquete, comparada con la del sembrador y
la semilla, nos hace llegar a la misma conclusión: si no todos los
invitados se sentarán a la mesa del banquete, ni todas las semillas
producirán la mies, ello depende de las disposiciones con las que
se responde a la invitación o se, recibe en el corazón la
semilla de la Palabra de Dios. Depende del modo con que se acoge a Cristo,
que es el sembrador, y también el hijo del rey y el esposo, como
El mismo se presenta en distintas ocasiones: '¿Pueden ayunar los
invitados a las bodas cuando el esposo está todavía con ellos?'
(Mc 2, 19), preguntó una vez a quien lo interrogaba, aludiendo a
la severidad de Juan el Bautista Y El mismo dio la respuesta: 'Mientras
el esposo está con ellos no pueden ayunar' (Mc 2, 19).
Así, pues, el reino de Dios es corno una fiesta de bodas a la
que el Padre del cielo invita a los hombres en comunión de amor y
de alegría con su Hijo. Todos están llamados e invitados:
Pero cada uno es responsable de la propia adhesión o del propio rechazo,
de la propia conformidad o disconformidad con la ley que reglamenta el banquete.
9. Esta es la ley del amor: se deriva de la gracia divina en el hombre
que la acoge y la conserva, participando vitalmente en el misterio pascual
de Cristo. Es un amor que se realiza en la historia, no obstante cualquier
rechazo por parte de los invitados, sin importar su indignidad. Al cristiano
le sonríe la esperanza de que el amor se realice también en
todos los 'invitados': precisamente porque la 'medida' pascual de ese amor
esponsal es la cruz, su perspectiva escatológica ha quedado abierta
en la historia con al resurrección de Cristo. Por El el Padre 'nos
ha librado del poder de las tinieblas y nos ha llevado al reino de su Hijo
querido' (Cfr. Col 1, 13). Si acogemos la llamada y secundamos a atracción
del Padre, en Cristo 'tenemos todos la redención' y la vida eterna
Dar testimonio de la verdad (4.V.88)
1. 'Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio
de la verdad' (Jn 18, 37). Cuando Pilato, durante el proceso, preguntó
a Jesús si El era rey, la primera respuesta que oyó fue: 'Mi
reino no es de este mundo' Y cuando el gobernador insiste y e pregunta de
nuevo: '¿Luego tú eres Rey?', recibe esta respuesta: 'Sí,
como dices, soy Rey' (Cfr. Jn 18, 33 37). Este diálogo judicial,
que refiere el Evangelio de Juan, nos permite empalmar con la catequesis
precedente, cuyo tema era el mensaje de Cristo sobre el reino de Dios. Abre,
al mismo tiempo, a nuestro espíritu una nueva dimensión o
un nuevo aspecto de la misión de Cristo, indicado por estas palabras:
'Dar testimonio de la verdad'. Cristo es Rey y 'ha venido al mundo para
dar testimonio de la verdad'. El mismo lo afirma; y añade: 'Todo
el que es de la verdad, escucha mi voz' (Jn 18, 37).
Esta respuesta desvela ante nuestros ojos horizontes nuevos, tanto sobre
la misión de Cristo, como sobre la vocación del hombre. Particularmente,
sobre el enraizamiento de la vocación del hombre en Cristo.
2. A través de las palabras que dirige a Pilato, Jesús
pone de relieve lo que es esencial en toda su predicación. Al mismo
tiempo, anticipa, en cierto modo, lo que construirá siempre el elocuente
mensaje incluido en el acontecimiento pascual, es decir, en su cruz y resurrección.
Hablando de la predicación de Jesús, incluso sus opositores
expresaban, a su modo, su significado fundamental, cuando le decían:
'Maestro, sabemos que eres veraz, que enseñas con franqueza el camino
de Dios' (Mc 12, 14). Jesús era, pues, el maestro en el 'camino de
Dios': expresión de hondas raíces bíblicas y extrabíblicas
para designar una doctrina religiosa y salvífica. En lo que se refiere
a los oyentes de Jesús, sabemos, por el testimonio de los Evangelistas,
que éstos estaban impresionados por otro aspecto de su predicación:
'Quedaban asombrados de su doctrina, porque Él enseñaba como
quien tiene autoridad, y no como los escribas' (Mc 1, 22). 'Hablaba con
autoridad' (Lc 4, 32) Esta competencia y autoridad estaban constituidas,
sobre todo, por la fuerza de la verdad contenida en la predicación
de Cristo. Los oyentes, los discípulos, lo llamaban 'Maestro', no
tanto en el sentido de que conociese la Ley y los Profetas y los comentase
con agudeza, como hacían los escribas. El motivo era mucho más
profundo: El 'hablaba con autoridad', y ésta era la autoridad de
la verdad, cuya fuente es el mismo Dios. El propio Jesús decía:
'Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado' (Jn 7, 16)
3. En este sentido )que incluye la referencia a Dios), Jesús era
Maestro. 'Vosotros me llamáis !el Maestro! y !el Señor!, y
decís bien, porque lo soy' (Jn 13, 13). Era Maestro de la verdad
que es Dios. De esta verdad dio El testimonio hasta el final, con a autoridad
que provenía de lo alto: podemos decir, con la autoridad de uno que
es 'rey' en la esfera de la verdad.
En las catequesis anteriores hemos llamado ya a atención sobre
el sermón de la montaña, en el cual Jesús se revea
a Sí mismo como Aquel que ha venido no 'para abolir la Ley y los
Profetas', sino 'para darles cumplimiento'. Este 'cumplimiento' de la Ley
era obra de realeza y 'autoridad': la realeza y a autoridad de la Verdad,
que decide sobre la ley, sobre su fuente divina, sobre su manifestación
progresiva en el mundo.
4. El sermón de la montaña deja traslucir esta autoridad,
con la cual Jesús trata de cumplir su misión. He aquí
algunos pasajes significativos: 'Habéis oído que se dijo a
los antepasados: no matarás pues yo os digo'. 'Habéis oído
que se dijo: !no cometerás adulterio!. Pues yo os digo'. ' Se dijo..
!no perjurarás!. Pues yo os digo'. Y después de cada 'yo os
digo', hay una exposición, hecha con autoridad, de la verdad sobre
la conducta humana, contenida en cada uno de los mandamientos de Dios. Jesús
no comenta de manera humana, como los escribas, los textos bíblicos
del Antiguo Testamento, sino que habla con a autoridad propia del Legislador:
la autoridad de instituir la Ley, la realeza. Es, al mismo tiempo, a autoridad
de la verdad, gracias a la cual la nueva Ley llega a ser para el hombre
principio vinculante de su conducta.
5. Cuando Jesús en el sermón de la montaña pronuncia
varias veces aquellas palabras: 'Pues yo os digo', en su lenguaje se encuentra
el eco, el reflejo de los textos de la tradición bíblica,
que, con frecuencia, repiten: 'Así dice el Señor, Dios de
Israel' (2 Sm 12, 7). 'Jacob.. Así dice el Señor que te ha
hecho' (Is 44, 1-2). 'Así dice el Señor que os ha rescatado,
el Santo de Israel' (Is 43, 14). Y, aún más directamente,
Jesús hace suya la referencia a Dios, que se encuentra siempre en
los labios de Moisés cuando da la Ley (la Ley 'antigua') a Israel.
Mucho más fuerte que la de Moisés es la autoridad que se atribuye
Jesús al dar 'cumplimiento a la Ley y a los Profetas', en virtud
de la misión recibida de lo alto: no en el Sinaí, sino en
el misterio excelso de su relación con el Padre.
6. Jesús tiene una conciencia clara de esta misión, sostenida
por el poder de la verdad que brota de su misma fuente divina. Hay una estrecha
relación entre la respuesta a Pilato: 'He venido al mundo para dar
testimonio de la verdad' (Jn 18, 37), y su declaración delante de
sus oyentes: 'Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado'
(Jn 7, 16) El hilo conductor y unificador de ésta y otras afirmaciones
de Jesús sobre la 'autoridad de la verdad' con que El enseña,
está en la conciencia que tiene de la misión recibida de lo
alto.
7. Jesús tiene conciencia de que, en su doctrina, se manifiesta
a los hombres la Sabiduría eterna. Por esto reprende a los que la
rechazan, no dudando en evocar a la 'reina del Sur', la 'reina de Saba',
que vino 'para oír la sabiduría de Salomón', y afirmando
inmediatamente: 'Y aquí hay algo más que Salomón' (Mt
12, 42),
Sabe también, y lo proclama abiertamente, que las palabras que
proceden de esa Sabiduría divina 'no pasarán': 'EL cielo y
la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán' (Mc 13, 31).
En efecto, éstas contienen la fuerza de la verdad, que es indestructible
y eterna. Son, pues, 'palabras de vida eterna', como confesó el Apóstol
Pedro en un momento crítico, cuando muchos de los que se habían
reunido para oír a Jesús empezaron a marcharse, porque no
lograban entender y no querían aceptar aquellas palabras que preanunciaban
el misterio de la Eucaristía (Cfr. Jn 6, 66),
8. Se toca aquí el problema de la libertad del hombre, que puede
aceptar o rechazar la verdad eterna contenida en la doctrina de Cristo,
válida ciertamente, para dar a los hombres de todos los tiempos (y,
por tanto, también a los hombres de nuestro tiempo) una respuesta
adecuada a su vocación, que es una vocación con apertura eterna.
Frente a este problema, que tiene una dimensión teológica,
pero también antropológica (el modo como el hombre reacciona
y se comporta ante una propuesta de verdad), será suficiente, por
ahora, recurrir a lo que dice el Concilio Vaticano II especialmente con
relación a la sensibilidad particular de los hombres de hoy. El Concilio
afirma, en primer lugar, que 'todos los hombres están obligados a
buscar la verdad, sobre todo en lo referente a Dios y a su Iglesia'; pero
dice también que 'la verdad no se impone de otra manera que por la
fuerza de la misma verdad, que penetra suave y a la vez fuertemente en las
almas' (Dignitatis humanae, 1). El Concilio recuerda, además, el
deber que tienen los hombres de 'adherirse a la verdad conocida y ordenar
toda su vida según las exigencias de la verdad'. Después añade:
'Pero los hombres no pueden satisfacer esta obligación de forma adecuada
a su propia naturaleza si no gozan de libertad psicológica, al mismo
tiempo que de inmunidad de coacción externa (Ib., 2).
9. He aquí la misión de Cristo como maestro de verdad eterna
. El Concilio, después de recordar que 'Dios llama ciertamente a
los hombres a servirle en espíritu y en verdad Porque Dios tiene
en cuenta la dignidad de la persona humana, que El mismo ha creado', añade
que 'esto se hizo patente sobre todo en Cristo Jesús, en quien Dios
se manifestó perfectamente a Sí mismo y descubrió sus
caminos. En efecto, Cristo, que es Maestro y Señor nuestro, manso
y humilde de corazón, atrajo e invitó pacientemente a los
discípulos. Cierto que apoyó y confirmó su predicación
con milagros para excitar y robustecer la fe de los oyentes, pero no para
ejercer coacción sobre ellos'.
Y, por último, relaciona esta dimensión de la doctrina
de Cristo con el misterio pascual: 'Finalmente, al completar en la cruz
la obra de la redención, con la que adquiría para los hombres
la salvación y la verdadera libertad, concluyó su revelación.
Dio, en efecto, testimonio de la verdad, pero no quiso imponerla por la
fuerza a los que le contradecían. Porque su reino no se defiende
a golpes, sino que se establece dando testimonio de la verdad y prestándole
oído, y crece por el amor con que Cristo, levantado en la cruz, atrae
a los hombres a si mismo' (Ib., 11).
Podemos, pues, concluir ya desde ahora que quien busca sinceramente
la verdad encontrará bastante fácilmente en el magisterio
de Cristo crucificado la solución, incluso del problema de la libertad.
Cristo revela al Padre (1.VI.88)
1. 'Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros
padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha
hablado por medio del Hijo...' (Heb 1, 1 ss.). Con estas palabras, bien
conocidas por los fieles, gracias a la liturgia navideña, el autor
de la Carta a los Hebreos habla de la misión de Jesucristo, presentándola
sobre el fondo de la historia de la Antigua Alianza. Hay, por un lado, una
continuidad entre la misión de los Profetas y la misión de
Cristo; por otro lado, sin embargo, salta enseguida a la vista una clara
diferencia. Jesús no es sólo el último o el más
grande entre los Profetas: el Profeta escatológico como era llamado
y esperado por algunos. Se distingue de modo esencial de todos los antiguos
Profetas y supera infinitamente el nivel de su personalidad y de su misión.
El es el Hijo del Padre, el Verbo-Hijo, consubstancial al Padre.
2. Esta es la verdad clave para comprender la misión de Cristo.
Si El ha sido enviado para anunciar la Buena Nueva del Evangelio a los pobres,
si junto con El 'ha llegado a nosotros' el reino de Dios, entrando de modo
definitivo en la historia del hombre, si Cristo es el que da testimonio
de la verdad contenida en la misma fuente divina, como hemos visto en las
catequesis anteriores, podemos ahora extraer del texto de la Carta a los
Hebreos que acabamos de mencionar, la verdad que unifica todos los aspectos
de la misión de Cristo: Jesús revea a Dios del modo más
auténtico, porque está fundado en la única fuente absolutamente
segura e indudable: la esencia misma de Dios. El testimonio de Cristo tiene,
así, el valor de la verdad absoluta.
3. En el Evangelio de Juan encontramos la misma afirmación de
la Carta a los Hebreos, expresada de modo más conciso. Leemos al
final del prólogo: 'A Dios nadie le ha visto jamas. El Hijo único
que está en el seno del Padre, él lo ha contado' (Jn 1, 18).
En esto consiste la diferencia esencial entre la revelación de
Dios que se encuentra en los Profetas y en todo el Antiguo Testamento y
la que trae Cristo, que dice de Sí mismo: 'Aquí hay algo más
que Jonás' (Mt 12, 41). Para hablar de Dios está aquí
Dios mismo, hecho hombre: 'El Verbo se hizo carne' (Cfr. Jn 1, 14). Aquel
Verbo que 'está en el seno del Padre' (Jn 1, '8) se convierte en
'la luz verdadera' (Jn 1, 9), 'la luz del mundo' (Jn 8, 12). El mismo dice
de Sí: 'Yo soy el camino, la verdad y la vida' (Jn 14, 6).
4. Cristo conoce a Dios como el Hijo que conoce al Padre y, al mismo
tiempo, es conocido por El: 'Como me conoce al Padre (ginoskei) y yo conozco
a mi Padre....', leemos en el Evangelio de Juan (Jn 10, 15), y casi idénticamente
en los Sinópticos: 'Nadie conoce bien al Hijo (epiginoskei) sino
el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien
el Hijo se lo quiera revelar' (Mt 11, 27).
Por tanto, Cristo, el Hijo, que conoce al Padre, revela al Padre. Y,
al mismo tiempo el Hijo es revelado por el Padre. Jesús mismo, después
de la confesión de Cesarea de Filipo, lo hace notar a Pedro, quien
lo reconoce corno 'el Cristo, el Hijo de Dios vivo' (Mt 16, 16). 'No te
lo ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está
en los cielos' (Mt 16, 17).
5. Si la misión esencial de Cristo es revelar al Padre, que es
'nuestro Dios' (Cfr. Jn 20, 17) al propio tiempo El mismo es revelado por
el Padre como Hijo. Este Hijo 'siendo una sola cosa con el Padre' (Cfr.
Jn 10, 30), puede decir: 'El que me ha visto a mí, ha visto al Padre'
(Jn 14, 9). En Cristo, Dios se ha hecho 'visible': en Cristo se hace realidad
la 'visibilidad' de Dios. Lo ha dicho concisamente San Ireneo: 'La realidad
invisible del Hijo era el Padre y la realidad visible del Padre era el Hijo'
(Adv. haer., IV, 6, 6).
Así, pues, en Jesucristo, se realiza a autorrevelación
de Dios en toda su plenitud. En el momento oportuno se revelará luego
el Espíritu que procede del Padre (Cfr. Jn 15, 26), y que el Padre
enviará en el nombre del Hijo (Cfr. Jn 14, 26)
6. A la luz de estos misterios de la Trinidad y de la Encarnación,
alcanza su justo significado la bienaventuranza proclamada por Jesús
a sus discípulos: '¡Dichosos los ojos que ven lo que veis!
Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros
veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no
lo oyeron' (Lc 10, 23-24).
Casi un vivo eco de estas palabras del Maestro parece resonar en la
primera Carta de Juan: 'Lo que existía desde el principio, lo que
hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplaron
y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida (pues la Vida se manifestó,
y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciarnos la Vida eterna...),
lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también
vosotros estéis en comunión con nosotros' (1 Jn 1,1)3). En
el prólogo de su Evangelio, el mismo Apóstol escribe: '...
y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad' (Jn 1,14).
7. Con referencia a esta verdad fundamental de nuestra fe, el Concilio
Vaticano II, en la Constitución sobre la Divina Revelación,
dice: 'La verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre, que
transmite dicha revelación, resplandece en Cristo, mediador y plenitud
de toda revelación' (Dei Verbum, 2). Aquí tenemos toda la
dimensión de Cristo-Revelación de Dios, porque esta revelación
de Dios es al propio tiempo la revelación de la economía salvífica
de Dios con respecto al hombre y al mundo. En ella, como dice San Pablo
a propósito de la predicación de los Apóstoles, se
trata de 'esclarecer cómo se ha dispensado el misterio escondido
desde siglos en Dios, creador de todas las cosas' (Ef 3, 9). Es el misterio
del plan de la salvación que Dios ha concebido desde la eternidad
en la intimidad de la vida trinitaria, en la cual ha contemplado, querido,
creado y 're-creado' las cosas del cielo y de la tierra, vinculándolas
a la Encarnación y, por eso, a Cristo.
8. Recurramos una vez más al Concilio Vaticano II, donde leemos:
'Jesucristo, Palabra hecha carne, !hombre enviado a los hombres!, !habla
las palabras de Dios! (Jn 3, 34) y realiza la obra de la salvación
que el Padre le encargó (Cfr. Jn 5, 36; 17, 4)...', El, 'con su presencia
y manifestaciones, con sus palabras y obras, signos y milagros, sobre todo
con su muerte y gloriosa Resurrección, con el envío del Espíritu
de la verdad, lleva a plenitud toda la revelación y la confirma
con testimonio divino, a saber: que Dios está con nosotros para librarnos
de las tinieblas del pecado y de la muerte y para hacernos resucitar a una
vida eterna.
'La economía cristiana, por ser a alianza nueva y definitiva,
nunca pasará; ni hay que esperar otra revelación pública
antes de la gloriosa manifestación de Jesucristo, nuestro Señor
(Cfr. 1 Tim 6, 14 y Tit 2, 13)' (Dei Verbum, 4).
Misión de Jesucristo (desde el Padre) (8.VI.88)
1. Leemos en la Constitución 'Lumen Gentium' del Concilio Vaticano
II, respecto a la misión terrena de Jesucristo: 'Vino, por tanto,
el Hijo enviado por el Padre, quien nos eligió en El antes de la
creación del mundo y nos predestinó a ser hijos adoptivos,
porque se complació en restaurar en El todas
las cosas (Cfr. Ef 1, 4)5 y 10). Así, pues, Cristo, en cumplimiento
de la voluntad del Padre inauguro en la tierra el reino de los cielos, nos
reveló su misterio y con su obediencia realizó la redención'
(Lumen Gentium, 3).
Este texto nos permite considerar de modo sintético todo lo que
hemos hablado en las últimas catequesis. En ellas, hemos tratado
de poner de relieve los aspectos esenciales de la misión mesiánica
de Cristo. Ahora el texto conciliar nos propone de nuevo la verdad sobre
la estrecha y profunda conexión que existe entre esta misión
y el mismo Enviado: Cristo que, en su cumplimiento, manifiesta sus disposiciones
y dotes personales. Se pueden subrayar ciertamente en toda la conducta de
Jesús algunas características fundamentales, que tienen también
expresión en su predicación y sirven para dar una plena credibilidad
a su misión mesiánica.
2. Jesús en su predicación y en su conducta muestra, ante
todo, su profunda unión con el Padre en el pensamiento y en las palabras.
Lo que quiere transmitir a sus oyentes (y a toda la humanidad) proviene
del Padre, que lo ha 'enviado al mundo' (Jn 10, 36). 'Porque yo no he hablado
por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado, me ha mandado lo que
tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna.
Por eso, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí'
(Jn 12, 49-5O). 'Lo que el Padre me ha enseñado eso es lo que hablo'
(Jn 8, 28). Así leemos en el Evangelio de Juan. Pero también
en los Sinópticos se transmite una expresión análoga
pronunciada por Jesús: 'Todo me ha sido entregado por mi Padre' (Mt
11, 27). Y con este 'todo', Jesús se refiere expresamente al contenido
de la Revelación traída por El a los hombres (Cfr. Mt 11,
25)27; análogamente Lc 10, 21-22). En estas palabras de Jesús
encontramos la manifestación del Espíritu con el cual realiza
su predicación. El es y permanece como 'el testigo fiel' (Ap 1, 5).
En este testimonio se incluye y resalta esa especial 'obediencia' del Hijo
al Padre, que en el momento culminante se demostrará como 'obediencia
hasta la muerte' (Cfr. Flp 2, 8).
3. En la predicación, Jesús demuestra que su fidelidad
absoluta al Padre, como fuente primera y última de 'todo' lo que
debe revelarse, es el fundamento esencial de su veracidad y credibilidad.
'Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado', dice Jesús,
y añade: 'El que habla por su cuenta busca su propia gloria, pero
el que busca la gloria del que le ha enviado ese es veraz y no hay impostura
en él' (Jn 7, 16, 18).
En la boca del Hijo de Dios pueden sorprender estas palabras. Las pronuncia
el que es 'de la misma naturaleza que el Padre'. Pero no podernos olvidar
que El habla también como hombre. Tiene que lograr que sus oyentes
no tengan duda alguna sobre un punto fundamental, esto es: que la verdad
que el transmite es divina y procede de Dios. Tiene que lograr que los hombres,
al escucharle, encuentren en su palabra el acceso a la misma fuente divina
de la verdad revelada. Que no se detengan en quien la enseña, sino
que se dejen fascinar por la 'originalidad' y por el 'carácter extraordinario'
de lo que en esta doctrina procede del mismo Maestro. El Maestro 'no busca
su propia gloria'. Busca sólo y exclusivamente 'la gloria del que
le ha enviado'. No habla 'en nombre propio', sino en nombre del Padre.
También es éste un aspecto del 'despojo' (kénosis),
que según San Pablo (Cfr. Flp 2, 7), alcanzara su culminación
en el misterio de la cruz.
4. Cristo es el 'testigo fiel'. Esta fidelidad )en la búsqueda
exclusiva de la gloria del Padre, no de la propia) brota del amor que pretende
probar: 'Ha de saber el mundo que amo al Padre' (Jn 14, 31). Pero su revelación
del amor al Padre incluye también su amor a los hombres. El 'pasa
haciendo el bien' (Cfr. Hech 10, 38). Toda su misión terrena esta
colmada de actos amor de hacia los más pequeños y necesitados.
'Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados
y yo os daré descanso' (Mt 11, 28). 'Venid': es una invitación
que supera el círculo de los coetáneos que Jesús podía
encontrarse en los días de su vida y de su sufrimiento sobre la tierra:
es una llamada para los pobres de todos los tiempos, siempre actual, también
hoy, siempre volviendo a brotar en los labios y en el corazón de
la Iglesia.
5. Paralela a esta exhortación hay otra: 'Aprended de mí
que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para
vuestras almas' (Mt 11, 29). La mansedumbre y humildad de Jesús llegan
a ser atractivas para quien es llamado a acceder a su escuela: 'Aprended
de mí'. Jesús es 'el testigo fiel' del amor que Dios nutre
para con el hombre. En su testimonio están asociados la verdad divina
y el amor divino. Por eso, entre la palabra y a acción, entre lo
que El hace y lo que El enseña hay una profunda cohesión,
se diría que casi una homogeneidad. Jesús no sólo enseña
el amor como el mandamiento supremo, sino que el mismo lo cumple del modo
más perfecto. No solo proclama las bienaventuranzas en el sermón
de la montaña, sino que ofrece en Sí mismo la encarnación
de este sermón durante toda su vida. No sólo plantea la exigencia
de amar a los enemigos, sino que El mismo la cumple, sobre todo en el momento
de la crucifixión: 'Padre, perdónales, porque no saben lo
que hacen' (Lc 23, 34).
6. Pero esta 'mansedumbre y humildad de corazón' en modo alguno
significa debilidad. Al contrario, Jesús es exigente. Su Evangelio
es exigente. No ha sido El quien ha advertido: 'El que no toma su cruz y
me sigue detrás no es digno de mí'? Y poco después:
'El que encuentre su vida la perderá y el que pierda su vida por
mí la encontrará' (Mt 10, 38-39). Es una especie de radicalismo
no solo en el lenguaje evangélico, sino en las exigencias reales
del seguimiento de Cristo, de los que no duda en reafirmar con frecuencia
toda su amplitud: 'No penséis que he venido a traer paz a la tierra.
No he venido a traer paz, sino espada' (Mt 10, 34). Es un modo fuerte de
decir que el Evangelio es también una fuente de 'inquietud para el
hombre'. Jesús quiere hacernos comprender que el Evangelio es exigente
y que exigir quiere decir también agitar las conciencias, no permitir
que se recuesten en una falsa 'paz', en la cual se hacen cada vez más
insensibles y obtusas, en la medida en que en ellas se vacían de
valor las realidades espirituales, perdiendo toda resonancia.
Jesús dirá ante Pilato: 'Para esto he venido al mundo:
para dar testimonio de la verdad' (Jn 18, 37). Estas palabras conciernen
también a la luz que El proyecta sobre el campo entero de las acciones
humanas, borrando la oscuridad de los pensamientos y especialmente de las
conciencias para hacer triunfar la verdad en todo hombre. Se trata, pues,
de ponerse del lado de la verdad. 'Todo el que es de la verdad escucha mi
voz', dirá Jesús (Jn 18, 37). Por ello, Jesús es exigente.
No duro o inexorablemente severo; pero fuerte y sin equívocos cuando
llama a alguien a vivir en la verdad.
7. De este modo, las exigencias del Evangelio de Cristo penetran en el
campo de la ley, y de la moral. Aquel que es el 'testigo fiel' (Ap 1, 5)
de la verdad divina, de la verdad del Padre, dice desde el comienzo del
sermón de la montaña: 'Por tanto, el que traspase uno de estos
mandamientos más pequeños y así lo enseñe a
los hombres, será el más pequeño en el reino de los
cielos' (Mt 5, 19). Al exhortar a la conversión, no duda en reprobar
a las mismas ciudades donde la gente rechaza creerlo: 'Ay de ti, Corazaín!
Ay de ti, Betsaida!' (Lc 10, 13). Mientras amonesta a todos y cada uno:
'... si no os convertís, todos pereceréis' (Lc 13, 3).
8. Así, el Evangelio de la mansedumbre y de la humildad va al
mismo paso que el Evangelio de las exigencias morales y hasta de las severas
amenazas a quienes no quieren convertirse. No hay contradicción entre
el uno y el otro. Jesús vive verdad que anuncia y el amor que revela
y es éste un amor exigente como la verdad de la deriva. Por lo demás,
el amor ha planteado las mayores exigencias a Jesús mismo en la hora
de Getsemaní, en la hora del Calvario, en la hora de la cruz. Jesús
ha aceptado y secundado estas exigencias hasta el fondo, porque, como nos
advierte e! Evangelista, El 'amó hasta el extremo' (Jn 13. 1). Se
trata de un amor fiel, por lo cual, el día antes de su muerte, podía
decir al Padre: 'Las palabras que tú me diste se las he dado a ellos'
(Jn 17, 8).
9. Como 'testigo fiel', Jesús ha cumplido la misión recibida
del Padre en la profundidad del misterio trinitario. Era una misión
eterna, incluida en el pensamiento del Padre que lo engendraba y predestinaba
a cumplirla 'en la plenitud de los tiempos' para la salvación del
hombre (de todo hombre) y para el bien perfecto de toda la creación.
Jesús tenía conciencia de esta misión suya en el centro
del plan creador y redentor del Padre; y, por ello, con todo el realismo
de la verdad y del amor traídos al mundo, podía decir: 'Cuando
sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí' (Jn
12, 32). |