Lo esencial de la salvación: liberación de pecado
(27.VII.88)
1. 'El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos
y creed en la Buena Nueva' (Mc 1, 15): Estas palabras que dice Marcos al
comienzo de su Evangelio, resumen y esculpen lo que vamos explicando en
este ciclo de catequesis cristológicas sobre la misión mesiánica
de Jesucristo. Según esas palabras, Jesús de Nazaret es el
que anuncia la 'cercanía del reino de Dios' en la historia terrena
del hombre. Es aquel con el cual ha entrado el reino de Dios de modo definitivo
e irrevocable en la historia de la humanidad, y tiende, a través
de esta 'plenitud del tiempo', hacia el cumplimiento escatológico
en la eternidad de Dios mismo.
Jesucristo 'transmite' el reino de Dios a los Apóstoles. En ellos
se apoya el edificio de su Iglesia la cual, después de su partida,
ha de continuar la propia misión: 'Como el Padre me envió,
también yo os envío Recibid el Espíritu Santo' (Jn
20, 21-22).
2. En este contexto se debe considerar lo que hay de esencial en la misión
mesiánica de Jesús. El Símbolo de la fe lo expresa
con estas palabras: 'Por nosotros los hombres y por nuestra salvación
bajó del cielo' (Símbolo niceno-constantinopolitano). Lo esencial
en toda la misión de Cristo es la obra de la salvación, que
está indicada 'en el mismo nombre de Jesús' (Yeshúa
= Dios salva), que se le puso en a anunciación del nacimiento del
Hijo de Dios, cuando el Ángel dijo a José: '(María)
dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús,
porque él salvará a su pueblo de sus pecados' (Mt 1,21). Con
estas palabras, que José oyó en sueños, se repite lo
que María había oído en la Anunciación: 'Le
pondrás por nombre Jesús' (Lc 1,31). Muy pronto los Ángeles
anunciaron a los pastores, en los alrededores de Belén, la llegada
al mundo del Mesías ( = Cristo) como Salvador: 'Os ha nacido hoy,
en la ciudad de David, un salvador, que es Cristo el Señor' (Lc 2,
11): ' porque él salvará a su pueblo de sus pecados' (Mt 1,
21).
3. 'Salvar' quiere decir: liberar del mal. Jesucristo es el Salvador
del mundo porque ha venido a liberar al hombre de ese mal fundamental, que
ha invadido la intimidad del hombre a lo largo de toda su historia, después
de la primera ruptura de a alianza con el Creador. El mal del pecado es
precisamente este mal fundamental que aleja de la humanidad la realización
del reino de Dios. Jesús de Nazaret, que desde el principio de su
misión anuncia la 'cercanía del reino de Dios', viene como
Salvador. El no sólo anuncia el reino de Dios, sino que elimina el
obstáculo esencial a su realización, que es el pecado enraizado
en el hombre según la herencia original, y que fomenta en él
los pecados personales ('fomes peccati)'. Jesucristo es el Salvador en este
sentido fundamental de !a palabra: llega a la raíz del mal que hay
en el hombre, la raíz que consiste en volver las espaldas a Dios,
aceptando el dominio del 'padre de la mentira' (Cfr. Jn 8, 44) que, como
'principe de las tinieblas' (Cfr. Col 1, 13) se ha hecho, por medio del
pecado (y siempre se hace de nuevo), el 'principe de este mundo' (Jn 12,
31; 14, 30; 16, 11).
4. El significado más inmediato de la obra de la salvación,
que ya se ha revelado con el nacimiento de Jesús, lo expresará
Juan el Bautista en el Jordán. Pues, al señalar en Jesús
de Nazaret al que 'tenía que venir', dirá: 'He aquí
el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo' (Jn 1, 29). En estas
palabras se contiene una clara referencia a la imagen de Isaías del
Siervo sufriente del Señor. El Profeta habla de El como del 'cordero'
que es llevado al matadero, y El, en silencio ('oveja muda': Is 53, 7),
acepta 'la muerte, por medio de la cual justificará a muchos, y las
culpas de ellos él soportará' (Is 53, 11 ). Así la
definición 'cordero de Dios que quita el pecado del mundo', enraizada
en el Antiguo Testamento, indica que la obra de la salvación )es
decir, la liberación de los pecados) se llevará a cabo a costa
de la pasión y de la muerte de Cristo. El Salvador es al mismo tiempo
el Redentor del hombre (Redemptor hominis). Realiza la salvación
a costa del sacrificio salvífico de Si mismo.
5. Todo ello, incluso antes de realizarse en los acontecimientos de la
Pascua de Jerusalén, encuentra expresión, paso a paso, en
toda la predicación de Jesús de Nazaret como leemos en los
Evangelios: 'El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba
perdido' (Lc 19, 10) 'EI Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino
a servir y a dar su vida en rescate por muchos' (Mc 10, 45; Mt 20, 28).
Aquí se descubre fácilmente la referencia a la imagen de Isaías
referente al Siervo de Yahvéh. Y si el Hijo del hombre, en toda su
forma de actuar, se da a conocer como 'amigo de los publicanos y de los
pecadores' (Mt 11, 19), con ello no hace más que poner de relieve
la característica 'Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar
al mundo, sino para que el mundo se salve con El' (Jn 3, 17).
6. Estas palabras del Evangelio de Juan, el último que se escribió,
reflejan lo que aparece en todo el desarrollo de la misión de Jesús,
la cual encuentra confirmación al final en su pasión, muerte
y resurrección. Los autores del Nuevo Testamento ven agudamente,
a través del prisma de este acontecimiento definitivo (el misterio
pascual), la verdad de Cristo, que ha realizado la liberación del
hombre del mal principal, el pecado, mediante la redención. El que
ha venido a 'salvar a su pueblo' (Cfr. Mt 1, 21). 'Cristo Jesús,
hombre se entregó como rescate por todos' (1 Tim 2, 5)6). 'Al llegar
la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo para rescatar a
los que se hallaban bajo la ley, para que recibiéramos la filiación
adoptiva' (Cfr. Gal 4, 45). En El 'tenemos por medio de su sangre la redención,
el perdón de los delitos' (Ef 1, 7).
Este testimonio de Pablo se completa con las palabras de la Carta a los
Hebreos: 'Cristo penetró en el santuario una vez para siempre consiguiendo
una redención eterna quien por el Espíritu Eterno se ofreció
a si mismo sin tacha a Dios' (Heb 9, 12. 14).
7. Las Cartas de Pedro son también unívocas como el corpus
paulinum: 'Habéis sido rescatados, no con algo caduco, oro o plata,
sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla'
(1 Pe 1, 18-19). 'El mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados
en su cuerpo, a fin de que, muertos a nuestros pecados, viviéramos
para la justicia; con cuyas heridas habéis sido curados' (1 Pe 2,
24-25).
El 'rescate por todos' (el infinito coste de la Sangre del Cordero),
la redención 'eterna': este conjunto de conceptos, contenidos en
los escritos del Nuevo Testamento, nos hace descubrir en sus mismas raíces
la verdad sobre Jesús (= Dios salva), el cual, como Cristo (= Mesías,
Ungido) libera a la humanidad del mal del pecado, enraizado por herencia
en el hombre y cometido siempre de nuevo. Cristo)liberador: El que libera
ante Dios. Y la obra de la redención es también la 'justificación'
obrada por el Hijo del hombre, como 'mediador entre Dios y los hombres'
(1 Tim 2, 5) con el sacrificio de Sí mismo, en nombre de todos los
hombres.
8. El testimonio del Nuevo Testamento es particularmente fuerte. Contiene
no sólo una limpia imagen de la verdad revelada sobre la 'liberación
redentora', sino que se remonta a su altísima fuente, que se encuentra
en el mismo Dios. Su nombre es Amor.
Esto es lo que dice Juan: 'En esto consiste el amor: No en que nosotros
hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a
su Hijo como propiciación por nuestros pecados' (1 Jn 4, 10). Pues
'la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado' (1 Jn 1,
7). 'El es víctima de propiciación por nuestros pecados; no
sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero'
(1 Jn 2, 2). ' El se manifestó para quitar los pecados y en El no
hay pecado' (1 Jn 3, 5). En esto precisamente se contiene la revelación
más completa del amor con que Dios amó al hombre: esta revelación
se ha realizado en Cristo y por medio de El. 'En esto hemos conocido lo
que es amor: en que El dio su vida por nosotros' (1 Jn 3, 16).
9. En todo esto encontramos una coherencia sorprendente, casi una profunda
'lógica' de la Revelación, que une los dos Testamentos entre
sí (desde Isaías a la predicación de Juan en el Jordán)
y nos llega a través de los Evangelios y los testimonios de las Cartas
apostólicas. El Apóstol Pablo expresa a su modo lo mismo que
está contenido en las Cartas de Juan. Después de haber observado
que 'apenas hay quien muera por un justo', declara: 'La prueba de que Dios
nos ama es que Cristo, siendo nosotros pecadores, murió por nosotros'
(Rom 5, 7-8).
Por lo tanto, la redención es el regalo de amor por parte de Dios
en Cristo. El Apóstol es consciente de que su 'vida en la carne'
es la vida 'en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó
a si mismo por mi' (Gal 2, 20). En el mismo sentido, el autor del Apocalipsis
ve las falanges de la futura Jerusalén como aquellos que al venir
de la 'gran tribulación han lavado sus vestiduras y las han blanqueado
con la sangre del cordero' (Ap 7, 14).
10. La 'sangre del Cordero': Con este don del amor de Dios en Cristo,
totalmente gratuito, comienza la obra de la salvación, es decir,
la liberación del mal del pecado, en la que el reino de Dios 'se
ha acercado' definitivamente, ha encontrado una nueva base, ha comenzado
su realización en la historia del hombre.
Así la Encarnación del Hijo de Dios tiene su fruto en la
redención. En la noche del Belén 'nació' realmente
el 'Salvador' del mundo (Lc 2, 11).
La libertad del pecado obrada por Cristo (3.VIII.88)
1. Cristo es el Salvador, en efecto ha venido al mundo para liberar,
por el precio de su sacrificio pascual, al hombre de la esclavitud del pecado.
Lo hemos visto en la catequesis precedente. Si el concepto de 'liberación'
se refiere, por un lado, al mal, y liberados de él encontramos 'la
salvación'; por el otro, se refiere al bien, y para conseguir dicho
bien hemos sido liberados por Cristo, Redentor del hombre, y del mundo con
el hombre y en el hombre. 'Conoceréis la verdad y la verdad os hará
libres' (Jn 8, 32). Estas palabras de Jesús precisan de manera muy
concisa el bien, para el que el hombre ha sido liberado por obra del Evangelio
en el ámbito de la redención de Cristo. Es la libertad en
la verdad. Ella constituye el bien esencial de la salvación, realizada
por Cristo. A través de este bien el reino de Dios realmente 'está
cerca' del hombre y de su historia terrena.
2. La liberación salvífica que Cristo realiza respecto
al hombre contiene en sí misma, de cierta manera, las dos dimensiones:
liberación 'del' (mal) y liberación 'para el' (bien), que
están íntimamente unidas, se condicionan y se integran recíprocamente.
Volviendo de nuevo al mal del que Cristo libera al hombre (es decir,
al mal del pecado),es necesario añadir que, mediante los 'signos'
extraordinarios de su potencia salvífica (esto es: los milagros),
realizados por El curando a los enfermos de diversas dolencias, El indicaba
siempre, al menos indirectamente, esta esencial liberación, que es
la liberación del pecado, su remisión. Esto se ve claramente
en la curación del paralítico, al que Jesús primero
dice: 'Tus pecados te son perdonados', y sólo después: 'Levántate,
toma tu camilla y vete a tu casa' (Mc 2, 5. 11). Realizando este milagro,
Jesús se dirige a los que le rodeaban (especialmente a los que le
acusaban de blasfemia, puesto que solamente Dios puede perdonar los pecados):
'Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder
de perdonar pecados' (Mc 2, 10).
3. En los Hechos de los Apóstoles leemos que Jesús 'pasó
haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios
estaba con él' (Hech 10, 38). En efecto, se ve por los Evangelios
que Jesús sanaba a los enfermos de muchas enfermedades (como por
ejemplo, la mujer encorvada, que 'no podía en modo alguno enderezarse',
cfr. Lc 13, 10-16). Cuando se le presentaba la ocasión de 'expulsar
a los espíritus malos', si le acusaban de hacer esto con a ayuda
del mal, El respondía demostrando lo absurdo de tal insinuación
y decía: 'Pero, si por el Espíritu de Dios expulso yo los
demonios, es que ha llegado a vosotros el reino de Dios' (Mt 12, 28; cfr.
Lc 11, 20). Al liberar a los hombres del mal del pecado, Jesús desenmascara
a aquel que es el 'padre del pecado'. Justamente en él, en el espíritu
maligno, comienza 'la esclavitud del pecado' en la que se encuentran los
hombres. 'En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un
esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo
se queda para siempre; si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis
realmente libres' (Jn 8, 34-36).
4. Frente a la oposición de sus oyentes, Jesús añadía:
'he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que él
me ha enviado. ¿Por qué no reconocéis mi lenguaje?
Porque no podéis escuchar mi Palabra. Vosotros sois de vuestro padre
el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Este era
homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay
verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro,
porque es mentiroso y padre de la mentira' (Jn 8, 42)44). Es difícil
encontrar otro texto en el que el mal del pecado se presente de manera tan
fuerte en su raíz de falsedad diabólica.
5. Escuchemos una vez más la Palabra de Jesús: 'Si, pues,
el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres' (Jn 8, 36). 'Si
os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos,
y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres' (Jn 8,
31)32). Jesucristo vino para liberar al hombre del mal del pecado. Este
mal fundamental tiene su comienzo en 'el padre de la mentira' (como ya se
ve en el libro del Génesis, cfr. Gen 3, 4). Por esto la liberación
del mal del pecado, llevada hasta sus últimas raíces, debe
ser la liberación para la verdad, y por medio de la verdad. Jesucristo
revela esta verdad. El mismo es 'la Verdad' (Jn 14, 6). Esta Verdad lleva
consigo la verdadera libertad. Es la libertad del pecado y de la mentira.
Los que eran 'esclavos del pecado), porque se encontraban bajo el influjo
del 'padre de la mentira', son liberados mediante la participación
en la Verdad, que es Cristo, y en la libertad del Hijo de Dios ellos mismos
alcanzan 'la libertad de los hijos de Dios' (Cfr. Rom 8,21). San Pablo puede
asegurar: 'La ley del espíritu que da la vida en Cristo. Jesús
te liberó de la ley del pecado y de la muerte' (Rom 8, 2).
6. En la misma Carta a los Romanos, el Apóstol presenta de modo
elocuente la decadencia humana, que el pecado lleva consigo. Viendo el mal
moral de su tiempo, escribe que los hombres, habiéndose olvidado
de Dios, 'se ofuscaron en sus razonamientos, y su insensato corazón
se entenebreció' (Rom 1, 21). 'Cambiaron la verdad de Dios por la
mentira, y adoraron y sirvieron ala criatura en vez del Creador' (Rom 1,
25). 'Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios,
entrególos Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no
conviene' (Rom 1, 28).
7. En otros párrafos de su Carta, el Apóstol pasa de la
descripción exterior, al análisis del interior del hombre,
donde luchan entre si el bien y el mal. 'Mi proceder no lo comprendo; pues
no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que
no quiero, estoy de acuerdo con la ley en que es buena; en realidad, ya
no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí' (Rom 7, 15)17).
'Advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón
y me esclaviza a la ley del pecado'. 'Pobre de mí! Quién me
librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? Gracias sean dadas
a Dios por Jesucristo Nuestro Señor!' (Rom 7, 23-25). De este análisis
paulino resulta que el pecado constituye una profunda alienación,
en cierto sentido 'hace que se sienta extraño' el hombre en sí
mismo, en su íntimo 'yo'. La liberación viene con la 'gracia
y la verdad' (Cfr. Jn 1, 17), traída por Cristo.
8. Se ve claro en qué consiste la liberación realizada
por Cristo: para qué libertad El nos ha liberado. La liberación
realizada por Cristo se distingue de la que esperaban sus coetáneos
en Israel. Efectivamente, todavía antes de ir deforma definitiva
al Padre, Cristo era interrogado por aquéllos que eran sus más
íntimos: 'Señor, ¿es en este momento cuando vas a establecer
el reino de Israel?' (Hech 1, 6). Y así todavía entonces )después
de la experiencia de los acontecimientos pascuales) ellos seguían
pensando en la liberación en sentido político: bajo este aspecto
se esperaba el mesías, descendiente de David.
9. Pero la liberación realizada por Cristo al precio de su pasión
y muerte en la cruz, tiene un significado esencialmente diverso: es la liberación
de lo que en lo más profundo del hombre obstaculiza su relación
con Dios. A ese nivel, el pecado significa esclavitud; y Cristo ha vencido
el pecado para insertar nuevamente en el hombre la gracia de la filiación
divina, la gracia liberadora. 'Pues no recibisteis un espíritu de
esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu
de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre!' (Rom
8, 15) .
Esta liberación espiritual, esto es, 'la libertad en el Espíritu
Santo', es pues el fruto de la misión salvífica de Cristo:
'Donde está el Espíritu del Señor, allí está
la libertad' (2 Cor 3, 17). En este sentido hemos 'sido llamados a la libertad'
(Gal 5, 13) en Cristo y por medio de Cristo. 'La fe que actúa por
la caridad' (Gal 5, 6), es la expresión de esta libertad.
10. Se trata de la liberación interior del hombre, de la 'libertad
del corazón'. La liberación en sentido social y político
no es la verdadera obra mesiánica de Cristo. Por otra parte, es necesario
constatar que sin la liberación realizada por El, sin liberar al
hombre del pecado, y por tanto de toda especie de egoísmo, no puede
haber una liberación real en sentido socio) político. Ningún
cambio puramente exterior de las estructuras lleva a una verdadera liberación
de la sociedad, mientras el hombre esté sometido al pecado y a la
mentira, hasta que dominen las pasiones y con ellas la explotación
y las varias formas de opresión.
11. Incluso la que se podría llamar liberación en sentido
psicológico, no se puede realizar plenamente, si no con las fuerzas
liberadoras que provienen de Cristo. Ello forma parte de su obra de redención.
Solamente Cristo es 'nuestra paz' (Ef 2, 14). Su gracia y su amor liberan
al hombre del miedo existencial ante la falta de sentido de la vida, y de
ese tormento de la conciencia que es la herencia del hombre caído
en la esclavitud del pecado.
12. La liberación realizada por Cristo con la verdad de su Evangelio,
y definitivamente con el Evangelio de su cruz y resurrección, conservando
su carácter sobre todo espiritual e 'interior', puede extenderse
en un radio de acción universal, y está destinada a todos
los hombres. Las palabras 'por gracia habéis sido salvados' (Ef 2,
5), conciernen a todos. Pero al mismo tiempo, esta liberación, que
es 'una gracia', es decir, un don, no se puede realizar sin la participación
del hombre. El hombre la debe acoger con fe, esperanza y caridad. Debe 'esperar
su salvación con temor y temblor' (Cfr. Flp 2, 12). 'Dios es quien
obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece' (Flp 2, 13).
Conscientes de este don sobrenatural, nosotros mismos debemos colaborar
con la potencia liberadora de Dios, que con el sacrificio redentor de Cristo,
ha entrado en el mundo.
Cristo nos libera para que vivamos una nueva vida (10.VIII.88)
1. Es oportuno que hagamos hincapié en lo que hemos dicho en las
ultimas catequesis considerando la misión salvífica de Cristo
como liberación, y a Jesús como Liberador. Se trata de la
liberación del pecado como mal fundamental, que 'aprisiona' al hombre
en su interior, sometiéndolo a la esclavitud de aquel que por Cristo
es llamado el 'padre de la mentira' (Jn 8, 44). Se trata, al mismo tiempo,
de la liberación para la Verdad, que nos permite participar en la
'libertad de los hijos de Dios' (Cfr. Rom 8, 21). Jesús dice: 'Si,
pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres' (Jn 8,
36). La 'libertad de los hijos de Dios' proviene del don de Cristo, que
posibilita al hombre la participación en la filiación divina,
esto es, la participación en la vida de Dios.
Así, pues, el hombre liberado por Cristo, no sólo recibe
la remisión de los pecados, sino que además es elevado a 'una
nueva vida'. Cristo, como autor de la liberación del hombre, es el
creador de la 'nueva humanidad'. En El nos convertimos en 'una nueva creación'
(Cfr. 2 Cor 5, 17).
2. En esta catequesis vamos a aclarar ulteriormente este aspecto de la
liberación salvífica, que es obra de Cristo. Ella pertenece
a la esencia misma de su misión mesiánica. Jesús hablaba
de ello, por ejemplo, en la parábola del Buen Pastor, cuando decía:
'Yo he venido para que !las ovejas tengan vida y la tengan en abundancia'
(Jn 10, 10). Se trata de esa abundancia de vida nueva, que es la participación
en la vida misma de Dios. También de esta manera se realiza en el
hombre 'la novedad' de la humanidad de Cristo: el ser 'una nueva creación'.
3. Es lo que, hablando de manera figurada y muy sugestiva, Jesús
dice en su diálogo con la samaritana junto al pozo de Sicar: 'Si
conocieras el don de Dios, y quien es el que te dice: !Dame de beber!, tú
le habrías pedido a él, y el te habría dado agua viva.
Le dice la mujer: !Señor, no tienes con qué sacarla, y el
pozo es hondo: ¿De dónde, pues, tienes esa agua viva?! Jesús
respondió: ¡Todo el que beba de esta agua, volverá a
tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá
sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá
en él en fuente de agua que brota para la vida eterna!' (Jn 4, 10-14).
4. También a la multitud Jesús repitió esta verdad
con palabras muy parecidas, enseñando durante la fiesta de las tiendas:
'!Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí!,
como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva'
(Jn 7, 37-38). Los 'ríos de agua viva' son la imagen de la nueva
vida en la que participan los hombres en virtud de la muerte en cruz de
Cristo. Bajo esta óptica, la tradición patrística y
la liturgia interpretan también el texto de Juan, según el
cual, del costado (del Corazón) de Cristo, después de su muerte
en la cruz, 'salió sangre y agua', cuando un soldado romano 'le atravesó
el costado' (Jn 19, 34).
5. Pero, según una interpretación preferida por gran parte
de los padres orientales y todavía seguida por varios exegetas, ríos
de agua viva surgirán también 'del seno' del hombre que bebe
el 'agua' de la verdad y de la gracia de Cristo. 'Del seno' significa: del
corazón. Efectivamente, se ha creado 'un corazón nuevo' en
el hombre, como anunciaban (de manera muy clara) los Profetas, y en particular
Jeremías y Ezequiel. Leemos en Jeremías: 'Esta será
a alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos
días )oráculo de Yahvéh):pondré mi Ley en su
interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su
Dios y ellos serán mi pueblo' (Jer 31, 33). En Ezequiel, todavía
más explícitamente: 'Os daré un corazón nuevo,
infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de
vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón
de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré
que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y
practiquéis mis normas (Ez 36, 26-27).
Se trata, pues, de una profunda transformación espiritual). Los
'ríos de agua viva' de los que habla Jesús significan la fuente
de una vida nueva que es la vida 'en espíritu y en verdad', vida
digna de los 'verdaderos adoradores del Padre' (Cfr. Jn 4, 23-24).
6. Los escritos de los Apóstoles, y en particular las Cartas de
San Pablo, están llenos de textos sobre este tema: 'El que está
en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo'
(2 Cor 5, 17). El fruto de la redención realizada por Cristo es precisamente
esta 'novedad de vida': 'Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestíos
del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto
(de Dios), según la imagen de su Creador' (Col 3, 9-10). El hombre
viejo' es 'el hombre del pecado'. 'El hombre nuevo' es el que gracias a
Cristo encuentra de nuevo en sí la original 'imagen y semejanza'
de su Creador. De aquí también la enérgica exhortación
del Apóstol para superar todo lo que en cada uno de nosotros es pecado
y resquicio del pecado: 'Desechad también vosotros todo esto: cólera,
ira, maldad, maledicencia y palabras groseras, lejos de vuestra boca. No
os mintáis unos a otros' (Col 3, 8-9).
7. Una exhortación así se encuentra en la Carta a los Efesios:
'Despojaos, en cuanto a vuestra vida interior, del hombre viejo que se corrompe
siguiendo la seducción de las concupiscencias, a renovar el espíritu
de vuestra mente, y a revestiros del Hombre Nuevo, creado según Dios,
en la justicia y santidad de la verdad' (Ef 4, 22-24). 'En efecto, hechura
suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a la buenas obras que
de antemano dispuso Dios que practicáramos' (Ef 2, 10).
8. La redención es, pues, la nueva creación en Cristo.
Ella es el don de Dios (la gracia), y al mismo tiempo lleva en si una llamada
dirigida al hombre. El hombre debe cooperar en la obra de liberación
espiritual, que Dios ha realizado en él por medio de Cristo. Es verdad
que 'habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no
viene de vosotros, sino que es don de Dios' (Ef 2, 8). En efecto, el hombre
no puede atribuir a sí mismo la salvación, la liberación
salvífica, que es don de Dios en Cristo. Pero al mismo tiempo tiene
que ver en este don también la fuente de una incesante exhortación
a realizar obras dignas de tal don. El marco completo de la liberación
salvífica del hombre comporta un profundo conocimiento del donde
Dios en la cruz de Cristo y en la resurrección redentora, así
como también la conciencia de la propia responsabilidad por este
don: conciencia de los compromisos de naturaleza moral y espiritual, que
ese don y esa llamada imponen. Tocamos aquí las raíces de
lo que podemos llamar el 'ethos de la redención'.
9. La redención realizada por Cristo, que obra con la potencia
de su Espíritu de verdad (Espíritu del Padre y del Hijo, Espíritu
de verdad), tiene una dimensión personal, que concierne a cada hombre,
y al mismo tiempo una dimensión interhumana y social, comunitaria
y universal.
Es un tema que vemos desarrollado en la Carta a los Efesios, donde se
describe la reconciliación de las dos 'partes' de la humanidad en
Cristo: esto es, de Israel, pueblo elegido de a antigua Alianza, y de todos
los demás pueblos de la tierra: 'Porque El (Cristo) es nuestra paz:
el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba,
la enemistad, anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos,
para crear en sí mismo, de los dos tipos de hombres, un solo Hombre
Nuevo, haciendo la paz, y reconciliar con Dios a ambos en un solo Cuerpo,
por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a la enemistad' (Ef
2, 14-16).
10. Esta es la definitiva dimensión de la 'nueva creación'
y de la 'novedad de vida' en Cristo: la liberación de la división,
la 'demolición del muro' que separa a Israel de los demás.
En Cristo todos son el 'pueblo elegido', porque en Cristo el hombre es elegido.
Cada hombre, sin excepción y diferencia, reconciliado con Dios y
(por lo tanto) está llamado a participar en la eterna promesa de
salvación y de vida. La humanidad entera es creada nuevamente como
el Hombre Nuevo según Dios, en la justicia y santidad de la verdad'
(Ef 4, 24). La reconciliación de todos con Dios por medio de Cristo
tiene que ser la reconciliación de todos entre si; una dimensión
comunitaria y universal de la redención, plena expresión del
'ethos de la redención'.
La imitación de Cristo (17.VIII.88)
1. En el desarrollo gradual de las catequesis sobre el tema de la misión
de Jesucristo, hemos visto que El es quien realiza la liberación
del hombre a través de la verdad de su Evangelio, cuya palabra última
y definitiva es la cruz y la resurrección. Cristo libera al hombre
de la esclavitud del pecado y le da nueva vida mediante su sacrificio pascual.
La redención se ha convertido así en una nueva creación.
En el sacrificio redentor y en la resurrección del Redentor se inicia
una 'humanidad nueva'. Aceptando el sacrificio de Cristo, Dios 'crea' el
hombre nuevo 'en la justicia y en la santidad verdadera' (Ef 4,24): el hombre
que se hace adorador de Dios 'en espíritu y en verdad' (Jn 4,23).
Jesucristo, con su figura histórica, tiene para este 'hombre nuevo'
el valor de un modelo perfecto, es decir, del modelo ideal. El, que en su
humanidad era la perfecta 'imagen del Dios invisible' (Col 1, 15), se convierte,
a través de su vida terrena )a través de todo lo que 'hizo
y enseñó'(Hech 1, 1), y, sobre todo, mediante el sacrificio),
en modelo visible para los hombres. El modelo más perfecto.
2. Entramos aquí en el terreno del tema de la 'imitación
de Cristo', que se halla claramente presente en los textos evangélicos
y en otros escritos apostólicos, aunque la palabra 'imitación'
no aparezca en los Evangelios. Jesús exhorta a sus discípulos
a 'seguirlo' (en griego acolouqein. Cfr. Mt 16, 24: 'Si alguno quiere venir
en pos de mi, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame';
Cfr. además, Jn 12, 26).
La palabra en cuestión la encontramos sólo en Pablo, cuando
escribe: 'Sed mis imitadores, como yo lo soy de Cristo (en griego mimhtai)
(1 Cor 11,1). Y en otro lugar dice: 'Por vuestra parte, os hicisteis imitadores
nuestros y del Señor, abrazando la palabra con gozo del Espíritu
Santo en medio de muchas tribulaciones' (1 Tes 1, 6).
3. Pero conviene observar que lo más importante aquí no
es la palabra 'imitación'. Importantísimo es el hecho que
subyace en esa palabra: es decir, que toda la vida y la obra de Cristo,
coronada con el sacrificio de la cruz, realizado por amor, 'por los hermanos',
sigue siendo modelo e ideal perennes. Así, pues, anima y exhorta
no sólo a conocer, sino además y sobre todo a imitar. Por
otra parte, Jesús mismo, tras haber lavado los pies a los Apóstoles,
dice en el Cenáculo: 'Os he dado ejemplo, para que también
vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros' (Jn 13, 15).
Estas palabras de Jesús no contemplan sólo el gesto de
lavar los pies, sino que, a través de ese gesto, se refieren a toda
su vida, considerada como humilde servicio. Cada uno de los discípulos
es invitado a seguir las huellas del 'Hijo del hombre', el cual 'no ha venido
a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos' (Mt
20, 28). Precisamente a la luz de esta vida, de este amor, de esta pobreza,
y en definitiva de este sacrificio, la 'imitación de Cristo' se convierte
en exigencia para todos sus discípulos y seguidores. Se convierte,
en cierto sentido, en 'la estructura sobre la que se cimenta' el 'ethos'
evangélico, cristiano.
4. En esto precisamente consiste esa 'liberación' para la vida
nueva de que hemos hablado en las catequesis anteriores. Cristo no ha transmitido
a la humanidad una magnífica 'teoría', sino que ha revelado
en qué sentido y en qué dirección debe realizarse la
transformación salvífica del hombre 'viejo' (el hombre del
pecado) en el hombre 'nuevo'. Esta transformación existencial, y,
en consecuencia, moral, debe llegar a configurar el hombre a ese 'modelo'
originalísimo, según el cual ha sido creado. Sólo a
un ser creado 'a imagen y semejanza de Dios' pueden dirigirse las palabras
que leemos en la Carta a los Efesios: 'Sed, pues, imitadores de Dios como
hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó
por nosotros como oblación y víctima de suave aroma' (Ef 5,
1-2).
5. Así, pues, Cristo es el modelo en el camino de esta 'imitación
de Dios'. Al mismo tiempo, El solo es el que crea la posibilidad de esta
imitación, cuando, mediante la redención nos ofrece la participación
en la vida de Dios. En este sentido, Cristo se convierte no sólo
en el modelo perfecto, sino además en el modelo eficaz. El don, es
decir, la gracia de la vida divina, se convierte, en virtud del misterio
pascual de la redención, en la raíz misma de la nueva semejanza
con Dios en Cristo y, en consecuencia, es también la raíz
de la imitación de Cristo como modelo perfecto.
6. De este hecho sacan su fuerza y eficacia exhortaciones como la de
San Pablo (a los Filipenses): 'Así, pues, os conjuro en virtud de
toda exhortación en Cristo, de toda persuasión de amor, de
toda comunión en el Espíritu, de toda entrañable compasión,
que colméis mi alegría, siendo todos del mismo sentir, con
un mismo amor, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos. Nada
hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando
cada cual a los demás como superiores a sí mismo, buscando
cada cual no su propio interés, Sino el de los demás' (Flp
2, 1-4). ¿Cuál es el punto de referencia de esta 'parenesis'?
¿Cuál es el punto de referencia de esas exhortaciones y exigencias
planteadas a los Filipenses? Toda la respuesta está contenida en
los versículos sucesivos de la Carta: 'Tales sentimientos estaban
en Cristo Jesús Tened en vosotros los mismos sentimientos' (Cfr.
Flp 2, 5). Cristo, en efecto, 'tomando la condición de siervo, se
humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de
cruz' (Flp 2, 7-8).
El Apóstol toca aquí lo que constituye el elemento central
y neurálgico de toda la obra de la redención realizada por
Cristo. Aquí se halla también la plenitud del modelo salvífico
para cada uno de los redimidos. El mismo principio de imitación lo
encontramos enunciado también en la Carta a de San Pedro: 'Pero si
obrando el bien soportáis el sufrimiento, esto es cosa bella ante
Dios. Pues para esto habéis sido llamados, ya que también
Cristo sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo para que sigáis
sus huellas' (1 Pe 2, 20-21).
8. En la vida humana, el sufrimiento tiene el valor de una prueba moral.
Significa sobre todo una prueba de las fuerzas del espíritu humano.
Esta prueba tiene un significado 'liberador': libera las fuerzas ocultas
del espíritu, les permite manifestarse y, al mismo tiempo, se convierte
en ocasión para purificarse interiormente. Aquí se aplican
a las palabras de la parábola de la vid y los sarmientos propuesta
por Jesús, cuando presenta al Padre como el que cultiva la viña:
'Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta para que dé
más fruto' (Jn 15, 2). Efectivamente, ese fruto depende de que permanezcamos(como
los sarmientos) en Cristo, la vid, en su sacrificio redentor, porque 'sin
El no podemos hacer nada' (Cfr. Jn 15, 5). Por el contrario, como afirma
el Apóstol Pablo, 'todo lo puedo en Aquel que conforta' (Flp 4, 13).
Y Jesús mismo dice: 'El que cree en mi, hará él también
las obras que yo hago' (Jn 14,12).
9. La fe en esta potencia transformadora de Cristo frente al hombre,
tiene sus raíces más profundas en el designio eterno de Dios
sobre la salvación humana: 'Pues a los que de antemano conoció
(Dios), también los predestinó a reproducir la imagen de su
Hijo, para que fuera él el primogénito entre muchos hermanos'
(Rom 8, 29). En esta línea, el Padre 'poda' cada uno de los sarmientos,
como leemos en la parábola (Jn 15, 2). Y por este camino se realiza
la transformación gradual del cristiano según el modelo de
Cristo, hasta el punto de que en El, 'reflejamos como en un espejo la gloria
del Señor y nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez
más gloriosa: así es como actúa el Señor que
es Espíritu'. Son las palabras del Apóstol en la segunda Carta
a los Corintios (3, 18).
10. Se trata de un proceso espiritual, del que surge la vida: y, en ese
proceso, la muerte generosa de Cristo es la que da fruto, introduciendo
en la dimensión pascual de su resurrección. Este proceso se
inicia en cada uno de nosotros por el bautismo, sacramento de la muerte
y resurrección de Cristo, como leemos en la Carta a los Romanos:
'Fuimos, pues, sepultados con él en la muerte por el bautismo, a
fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por
medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos
una vida nueva' (Rom 6, 4). Desde ese momento, el proceso de esta transformación
salvífica en Cristo se desarrolla en nosotros 'hasta que lleguemos
todos al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo'
(Ef 4, 13).
Cristo, modelo de filiación amorosa, obediente y piadosa
(24.VIII.88)
1. Jesucristo es el Redentor. Esto constituye el centro y el culmen de
su misión; es decir, !a obra de la redención incluye también
este aspecto: El se ha convertido en modelo perfecto de la transformación
salvífica del hombre. En realidad, todas las catequesis precedentes
de este ciclo se han desarrollado en la perspectiva de la redención.
Hemos visto que Jesús anuncia el Evangelio del reino de Dios; pero
también hemos aprendido de El que el reino entra definitivamente
en la historia del hombre sólo en la redención por medio de
la cruz y la resurrección. Entonces El 'entregara' este reino a los
Apóstoles, para que permanezca y se desarrolle en la historia del
mundo mediante la Iglesia. De hecho, la redención lleva en sí
la 'liberación' mesiánica del hombre, que de la esclavitud
del pecado pasa a la vida en la libertad de los hijos de Dios.
2. Jesucristo es el modelo más perfecto de esa vida, como hemos
visto en los escritos apostólicos, citados en la catequesis precedente.
Aquel que es el Hijo consubstancial al Padre, unido a El en la divinidad
('Yo y el Padre somos uno': Jn 10, 30), mediante todo lo que 'hace y enseña'
(Cfr. Hech 1, 1 ) constituye el único modelo en su género
de vida filial orientada y unida al Padre. En referencia a este modelo,
reflejándolo en nuestra conciencia y en nuestro comportamiento, podemos
desarrollar en nosotros un modo y una orientación de vida 'que se
asemeje a Cristo' y en la que se exprese y realice la verdadera 'libertad
de los hijos de Dios' (Cfr. Rom 8, 21).
3. De hecho, como hemos indicado en diversas ocasiones, toda la vida
de Jesús estuvo orientada hacia el Padre. Esto se manifiesta ya en
la respuesta que dio a sus padres cuando tenia doce años y lo encontraron
en el templo: '¿No sabíais que yo debía estar en la
casa de mi Padre?' (Lc 2, 49). Hacia el final de su vida, el día
antes de la pasión, 'sabiendo que había llegado su hora de
pasar de este mundo al Padre' (Jn 13, 1), ese mismo Jesús dirá
a los Apóstoles: 'Voy a prepararos un lugar; y cuando haya ido y
os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para
que donde esté yo, estéis también vosotros En la casa
de mi Padre hay muchas mansiones' (Jn 14, 2-3).
4. Desde el principio hasta el fin, esta orientación, teocéntrica
de la vida y de a acción de Jesús es clara y unívoca.
Lleva a los suyos 'hacia el Padre', creando un claro modelo de vida orientada
hacia el Padre. 'Yo he cumplido el mandamiento de mi Padre y permanezco
en su amor'. Y Jesús considera su 'alimento' este 'permanecer en
su amor', es decir, el cumplimiento de su voluntad: 'Mi alimento es hacer
la voluntad del que me ha enviado y llevar acabo su obra' (Jn 4, 34). Es
lo que dice a sus discípulos junto al pozo de Jacob en Sicar. Ya
antes, en el transcurso del diálogo con la samaritana, había
indicado que ese mismo 'alimento' deberá ser la herencia espiritual
de sus discípulos y seguidores: 'Pero llega la hora (ya estamos en
ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu
y en verdad; porque así quiere el Padre que sean los que lo adoran'
(Jn 4, 23).
5. Los 'verdaderos adoradores' son, ante todo, los que imitan a Cristo
en lo que hace. Y El lo hace todo imitando al Padre: 'Las obras que el Padre
me ha encomendado llevar a cabo, las mismas obras que realizo, dan testimonio
de mí, de que el Padre me ha enviado' (Jn 5, 36). Más aún:
'El Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino la que ve hacer al Padre;
lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo' (Jn
5, 19) .
Encontramos así un fundamento perfecto a las palabras del Apóstol,
según las cuales somos llamados a imitar a Cristo (Cfr. 1 Cor 11,
1; 1 Tes 1,6), y, en consecuencia, a Dios mismo: 'Sed, pues, imitadores
de Dios, como hijos queridos' (Ef 5, 1). La vida 'que se asemeja a Cristo'
es al mismo tiempo una vida semejante a la de Dios, en el sentido más
pleno de la palabra .
6. El concepto de 'alimento' de Cristo, que durante su vida fue el cumplimiento
de la voluntad del Padre, se inserta en el misterio de su obediencia, que
llegó hasta la muerte de cruz. Entonces fue un alimento amargo, como
se manifiesta sobre todo en la oración de Getsemaní y luego
durante toda la pasión y a agonía de la cruz: 'Abbá,
Padre; todo es posible para ti, aparta de mí esta copa; pero no sea
lo que yo quiero, sino lo que quieras tú' (Mc 14, 36). Para entender
esta obediencia, para entender incluso por qué este 'alimento' resultó
tan amargo, es necesario mirar toda la historia del hombre sobre la tierra,
marcada por el pecado, es decir, por la desobediencia a Dios, Creador y
Padre, 'El Hijo que libera' (Cfr. Jn 8, 36), libera por consiguiente mediante
su obediencia hasta la muerte. Y lo hace revelando hasta el fin su plena
entrega de amor: 'Padre, en tus manos pongo mi espíritu' (Lc 23,
46). En esta entrega, en este 'abandonarse' al Padre, se afirma sobre toda
la historia de la desobediencia humana, la unión divina contemporánea
del Hijo con el Padre: 'Yo y el Padre somos uno' (Jn 10, 30).Y aquí
se expresa lo que podemos definir como aspecto central de la imitación
a la que el hombre es llamado en Cristo: 'Pues todo el que cumple la voluntad
de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre'
(Mt 12, 50; y además Mc 3, 35).
7. Con su vida orientada completamente 'hacia el Padre' y unida profundamente
a El, Jesucristo es también modelo de nuestra oración, de
nuestra vida de oración mental y vocal. El no solamente nos enseñó
a orar, sobre todo en el Padrenuestro (Cfr. Mt 6, 9 ss.), sino que el ejemplo
de su oración se ofrece como momento esencial de la revelación
de su vinculación y de su unión con el Padre. Se puede afirmar
que en su oración se confirma de un modo especialísimo el
hecho de que 'sólo el Padre conoce al Hijo', 'y sólo el Hijo
conoce al Padre' (Cfr. Mt 11, 27; Lc 10, 22).
Recordemos los momentos más significativos de su vida de oración.
Jesús pasa mucho tiempo en oración (por ejemplo, Lc 6, 12;
11, 1), especialmente en las horas nocturnas, buscando además los
lugares más adecuados para ello (por ejemplo, Mc 1 35; Mt 14, 23;
Lc 6, 12). Con la oración se prepara para el bautismo en el Jordán
(Lc 3, 21 ) y para la institución de los Doce Apóstoles (Cfr.
Lc 6, 12-13). Mediante la oración en Getsemaní se dispone
para hacer frente a la pasión y muerte en la cruz (Cfr. Lc 22, 42).
A Agonía en el Calvario está impregnada toda ella de oración:
desde el Salmo 22, 1: 'Dios mío, ¿por qué me has abandonado?',
a las palabras: 'Padre, perdónales porque no saben lo que hacen'
(Lc 23, 34), y al abandono final: 'Padre, en tus manos pongo mi espíritu'
(Lc 23, 46). Sí, en su vida y en su muerte, Jesús es modelo
de oración .
8. Sobre la oración de Cristo leemos en la Carta a los Hebreos
que 'El, habiendo ofrecido, en los días de su vida mortal, ruegos
y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía
salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo
Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia' (Heb 5,
7-8). Esta afirmación significa que Jesucristo ha cumplido perfectamente
la voluntad del Padre, el designio eterno de Dios acerca de la redención
del mundo, a costa del sacrificio supremo por amor. Según el Evangelio
de Juan, este sacrificio era no sólo una glorificación del
Padre por parte del Hijo, sino también una glorificación del
Hijo, de acuerdo con las palabras de la oración 'sacerdotal' en el
Cenáculo: 'Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que
tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado
sobre toda carne, dé también vida eterna a todos lo que tú
le has dado' (Jn 17, 1-2). Fue esto lo que se cumplió en la cruz.
La resurrección a los tres días fue la confirmación
y casi la manifestación de la gloria con la que 'el Padre glorificó
al Hijo' (Cfr. Jn 17, 1). Toda la vida de obediencia y de 'piedad' filial
de Cristo se fundía con su oración, que le obtuvo finalmente
la glorificación definitiva.
9. Este espíritu de filiación amorosa, obediente y piadosa,
se refleja incluso en el episodio ya recordado, en el que sus discípulos
pidieron a Jesús que les 'enseñara a orar' (Cfr. Lc 11, 1-2).
A ellos y a todas las generaciones de sus seguidores, Jesucristo les transmitió
una oración que comienza con esa síntesis verbal y conceptual
tan expresiva: 'Padre nuestro'. En esas palabras está la manifestación
del Espíritu de Cristo, orientado filialmente al Padre y poseído
completamente por las 'cosas del Padre' (Cfr. Lc 2, 49). Al entregarnos
aquella oración a todos los tiempos, Jesús nos ha transmitido
en ella y con ella un modelo de vida filialmente unida al Padre. Si queremos
hacer nuestro para nuestra vida este modelo, si debemos, sobre todo, participar
en el misterio de la redención imitando a Cristo, es preciso que
no cesemos de repetir el 'Padrenuestro' como El nos ha enseñado.
El sacrificio de la Cruz, culmen del amor (31.VIII.88)
1. La unión filial de Jesús con el Padre se expresa en
el amor, que El ha constituido además en mandamiento principal del
Evangelio: 'Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón,
con toda tu alma, con toda tu mente Este es el mayor y primer mandamiento'
(Mt 22, 37 s.). Como sabéis, a este mandamiento Jesús une
un segundo 'semejante al primero': el del amor al prójimo (Cfr. Mt
22, 39). Y El se propone como ejemplo de este amor: 'Os doy un mandamiento
nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado,
así os améis vosotros los unos a los otros' (Jn 13, 34). Jesús
enseña y entrega a sus seguidores un amor ejemplarizado en el modelo
de su amor.
A este amor se pueden aplicar ciertamente las cualidades de la caridad,
elencadas por San Pablo: 'La caridad es paciente. benigna, no es envidiosa,
no es jactanciosa, no se engríe, no busca interés, no toma
en cuenta el mal, se alegra con la verdad Todo lo excusa. todo lo soporta'
(1 Cor 13, 4)7). Cuando, en su Carta, el Apóstol presentaba a los
destinatarios de Corinto esta imagen de la caridad evangélica, su
mente y su corazón estaban impregnados por el pensamiento del amor
de Cristo, hacia el cual deseaba orientar la vida de las comunidades cristianas,
de tal modo que su himno de la caridad puede considerarse un comentario
al precepto de amarse según el modelo de Cristo Amor (como dirá,
muchos siglos más tarde, Santa Catalina de Siena): '(como) yo os
he amado' (Jn 13, 34).
San Pablo subraya en otros textos que el culmen de este amor es el sacrificio
de la cruz: 'Cristo os ha amado y se ha ofrecido por vosotros, ofreciéndose
a Dios como sacrificio' 'Haceos, pues, imitadores de Dios, caminad en la
caridad' (Ef 5, 1-2).
Para nosotros resulta ahora instructivo, constructivo y consolador considerar
estas cualidades del amor de Cristo.
2. El amor con que Jesús nos ha amado, es humilde y tiene carácter
de servicio. 'El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir
y a dar su vida como rescate por muchos' (Mc 10,45). La víspera de
la pasión, antes de instituir la Eucaristía, Jesús
lava los pies a los Apóstoles y les dice: 'Os he dado ejemplo, para
que también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros'
(Jn 13, 15). Y en otra circunstancia, los amonesta así: 'El que quiera
llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que
quiera ser el primero entre vosotros, será el esclavo de todos' (Mc
10, 43-44).
3. A la luz de este modelo de humilde disponibilidad que llega hasta
el 'servicio' definitivo de la cruz, Jesús puede dirigir a los discípulos
la siguiente invitación: 'Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended
de mí que soy manso y humilde de corazón' (Mt 11, 29). El
amor enseñado por Cristo se expresa en el servicio recíproco,
que lleva a sacrificarse los unos por los otros y la verificación
definitiva es el ofrecimiento de la propia vida 'por los hermanos' (1 Jn
3, 16). Esto es lo que subraya San Pablo cuando escribe que 'Cristo amó
a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella' (Ef 5, 25).
4. Otra cualidad exaltada en el himno paulino a la caridad es que el
verdadero amor 'no busca su interés' (1 Cor 13, 5). Y nosotros sabemos
que Jesús nos ha dejado el modelo más perfecto de esta forma
de amor desinteresado. San Pablo lo dice claramente en otro texto: 'Que
cada uno de nosotros trate de agradar a su prójimo para el bien,
buscando su edificación. Pues tampoco Cristo buscó su propio
agrado' (Rom 15, 2)3). En el amor de Jesús se concreta y alcanza
su culmen el 'radicalismo' evangélico de las ocho bienaventuranzas
proclamadas por El: el heroísmo de Cristo será siempre el
modelo de las virtudes heroicas de los Santos.
5. Sabemos, efectivamente, que el Evangelista Juan, cuando nos presenta
a Jesús en el umbral de la pasión. escribe de El: 'habiendo
amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo'
(Jn 13, 1). Ese 'hasta el extremo' parece testimoniar en este caso el carácter
definitivo e insuperable del amor de Cristo: 'Nadie tiene mayor amor, que
el que da su vida por sus amigos' (Jn 15, 13), dice Jesús mismo en
el discurso transmitido por su discípulo predilecto.
El mismo Evangelista escribirá en su Carta: 'En esto hemos conocido
lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También
nosotros debemos dar la vida por los hermanos' (1 Jn 3. 16). El amor de
Cristo, que se manifestó definitivamente en el sacrificio de la cruz
(es decir, en el 'entregarla vida por los hermanos'), es el modelo definitivo
para cualquier amor humano auténtico. Si en no pocos discípulos
del Crucificado alcanza ese amor la forma del sacrificio heroico, como vemos
muchas veces en la historia de la santidad cristiana, este módulo
de la 'imitación' del Maestro se explica por el poder del Espíritu
Santo, obtenido por El y 'mandado' desde el Padre también para los
discípulos (Cfr. Jn 15, 26).
6. El sacrificio de Cristo se ha hecho 'precio' y 'compensación'
por la liberación del hombre la liberación de la 'esclavitud
del pecado' (Cfr. Rom 6, 5-17), el paso a la 'libertad de los hijos de Dios'
(Cfr. Rom 8, 21). Con este sacrificio, consecuencia de su amor por nosotros,
Jesucristo ha completado su misión salvífica. El anuncio de
todo el Nuevo Testamento halla su expresión más concisa en
aquel pasaje del Evangelio de Marcos: 'El Hijo del hombre no ha venido a
ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos' (Mc 10,
45).
La palabra 'rescate' ha favorecido la formación del concepto y
de la expresión 'redención' (en griego: lutron = rescate;
lutrwsiz = redención). Esta verdad central de la Nueva Alianza es
al mismo tiempo el cumplimiento del anuncio profético de Isaías
sobre el Siervo del Señor: 'EI ha sido herido por nuestras rebeldías,
y con sus cardenales hemos sido curados' (Is 53, 5). 'El llevó los
pecados de muchos' (Is 53,12). Se puede afirmar que la redención
constituía la expectativa de toda a antigua Alianza.
7. Así, pues, 'habiendo amado hasta el extremo' (Cfr. Jn 13, 1
) A aquellos que el Padre le 'ha dado' (Jn 17, 6), Cristo ofreció
su vida en la cruz como 'sacrificio por los pecados' (según las palabras
de Isaías). La conciencia de esta tarea, de esta misión suprema,
estuvo siempre presente en la mente y en la voluntad de Jesús. Nos
lo dicen sus palabras sobre el 'buen pastor' que 'da la vida por sus ovejas'
(Jn 10, 11). Y también su misteriosa, aunque transparente, aspiración:
'Con un bautismo tengo que ser bautizado, y ¡qué angustiado
estoy hasta que se cumpla!' (Lc 12, 50). Y la suprema declaración
sobre el cáliz del vino durante la última Cena: 'Esta es mi
sangre de a alianza, que es derramada por muchos para el perdón de
los pecados' (Mt 26, 28,1.
8. La predicación apostólica inculca desde el principio
la verdad de que 'Cristo murió )según las Escrituras) por
nuestros pecados' (1 Cor 15, 3). Pablo lo decía claramente a los
Corintios: 'Esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído'
(1 Cor 15, 11 ) . Lo mismo les predicaba a los ancianos de Éfeso:
'el Espíritu Santo os ha puesto como vigilantes para pastorear la
Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio
Hijo' (Hech 20, 28). Y la predicación de Pablo se halla en perfecta
consonancia con la voz de Pedro: 'Pues también Cristo, para llevarnos
a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos'
(1 Pe 3, 18). Pablo subraya la misma idea, es decir, que en Cristo 'tenemos
por medio de su sangre la redención, el perdón de los pecados,
según la riqueza de su gracia' (Ef 1, 7).
Para sistematizar esta enseñanza y por razones de continuidad
en la misma, el Apóstol proclama con resolución: 'Nosotros
predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos,
necedad para los gentiles' (1 Cor 1, 23). 'Porque la necedad divina es más
sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina es más
fuerte que la fuerza de los hombres' (l Cor 1, 25). El Apóstol es
consciente de la 'contradicción' revelada en la cruz de Cristo. ¿Porqué
es, pues, esta cruz, la suprema potencia y sabiduría de Dios? La
sola respuesta es ésta: porque en la cruz se ha manifestado el amor:
'La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía
pecadores, murió por nosotros' (Rom 5, 8). 'Cristo os amo y se entregó
por vosotros' (Ef 5, 2). Las palabras de Pablo son un eco de las del mismo
Cristo: 'Nadie tiene mayor amor que el que da su vida' (Jn 15, 13) por los
pecados del mundo.
9. La verdad sobre el sacrificio redentor de Cristo Amor forma parte
de la doctrina contenida en la Carta a los Hebreos. Cristo es presentado
en ella como 'Sumo Sacerdote de los bienes futuros', que 'penetró
de una vez para siempre en el santuario con su propia sangre, consiguiendo
una redención eterna' (Heb 9, 11-12). De hecho, EI no presentó
sólo el sacrificio ritual de la sangre de los animales que en a antigua
Alianza se ofrecía en el santuario 'hecho por manos humanas': se
ofreció a Sí mismo, transformando su propia muerte violenta
en un medio de comunicación con Dios. De este modo, mediante 'lo
que padeció' (Heb 5,8), Cristo se convirtió en 'causa de salvación
eterna para todos los que lo obedecen' (Heb 5, 9). Este solo sacrificio
tiene el poder de 'purificar nuestra conciencia de las obras muertas' (Cfr.
Heb 9, 14). Sólo él 'hace perfectos para siempre a aquellos
que son santificados' (Cfr. Heb 10,14).
En este sacrificio, en el que Cristo, 'con un Espíritu eterno
se ofreció así mismo a Dios' (Heb 9, 14), halló expresión
definitiva su amor: el amor con el que 'amó hasta el extremo (Jn
13, 1); el amor que le condujo a hacerse obediente 'hasta la muerte y una
muerte de cruz' (Flp 2, 8). |