La Resurrección como hecho histórico que afirma la fe
(25.I.89)
1. En esta catequesis afrontamos la verdad culminante de nuestra fe en
Cristo, documentada por el Nuevo Testamento, creída y vivida como
verdad central por las primeras comunidades cristianas, transmitida como
fundamental por la tradición, nunca olvidada por los cristianos verdaderos
y hoy profundizada, estudiada y predicada como parte esencial del misterio
pascual, junto con la cruz; es decir la resurrección de Cristo. De
El, en efecto, dice el Símbolo de los Apóstoles que 'al tercer
día resucitó de entre los muertos'; y el Símbolo niceno-constantinopolitano
precisa: 'Resucitó al tercer día, según las Escrituras'.
Es un dogma de la fe cristiana, que se inserta en un hecho sucedido
y constatado históricamente. Trataremos de investigar 'con las rodillas
de lamente inclinadas' el misterio enunciado por el dogma y encerrado en
el acontecimiento, comenzando con el examen de los textos bíblicos
que lo atestiguan.
2. El primero y más antiguo testimonio escrito sobre la resurrección
de Cristo se encuentra en la primera Carta de San Pablo a los Corintios.
En ella el Apóstol recuerda a los destinatarios de la Carta (hacia
la Pascua del año 57 d. De C.): 'Porque os transmití, en primer
lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros
pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó
al tercer día, según las Escrituras; que se apareció
a Cefas y luego a los Doce; después se apareció a más
de quinientos hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte
viven y otros murieron. Luego se apareció a Santiago; más
tarde a todos los Apóstoles. Y en último lugar a mi, como
a un abortivo' (1 Cor 15, 3-8).
Como se ve, el Apóstol haba aquí de la tradición
viva de la resurrección, de la que él había tenido
conocimiento tras su conversión a las puertas de Damasco (Cfr. Hech
9, 3)18). Durante su viaje a Jerusalén se encontró con el
Apóstol Pedro, y también con Santiago, como lo precisa la
Carta a los Gálatas (1,18 ss.), que ahora ha citado como los dos
principales testigos de Cristo resucitado.
3. Debe también notarse que, en el texto citado, San Pablo no
habla sólo de la resurrección ocurrida el tercer día
'según las Escrituras' (referencia bíblica que toca ya la
dimensión teológica del hecho), sino que al mismo tiempo recurre
a los testigos a los que Cristo se apareció personalmente. Es un
signo, entre otros, de que la fe de la primera comunidad de creyentes, expresada
por Pablo en la Carta a los Corintios, se basa en el testimonio de hombres
concretos, conocidos por los cristianos y que en gran parte vivían
todavía entre ellos. Estos 'testigos de la resurrección de
Cristo' (Cfr. Hech 1, 22), sonante todo los Doce Apóstoles, pero
no sólo ellos: Pablo habla de a aparición de Jesús
incluso a más de quinientas personas a la vez, además de las
apariciones a Pedro, a Santiago y a los Apóstoles.
4. Frente a este texto paulino pierden toda admisibilidad las hipótesis
con las que se ha tratado, en manera diversa, de interpretar la resurrección
de Cristo abstrayéndola del orden físico, de modo que no se
reconocía como un hecho histórico; por ejemplo, la hipótesis,
según la cual la resurrección no sería otra cosa que
una especie de interpretación del estado en el que Cristo se encuentra
tras la muerte (estado de vida, y no de muerte), o la otra hipótesis
que reduce la resurrección al influjo que Cristo, tras su muerte,
no dejó de ejercer (y más aún reanudó con nuevo
e irresistible vigor) sobre sus discípulos. Estas hipótesis
parecen implicar un prejuicio de rechazo a la realidad de la resurrección,
considerada solamente como 'el producto' del ambiente, o sea, de la comunidad
de Jerusalén. Ni la interpretación ni el prejuicio hallan
comprobación en los hechos. San Pablo, por el contrario, en el texto
citado recurre a los testigos oculares del 'hecho': su convicción
sobre la resurrección de Cristo, tiene por tanto una base experimental.
Está vinculada a ese argumento 'ex factis', que vemos escogido y
seguido por los Apóstoles precisamente en aquella primera comunidad
de Jerusalén. Efectivamente, cuando se trata de la elección
de Matías, uno de los discípulos más asiduos de Jesús,
para completar el número de los 'Doce' que había quedado incompleto
por la traición y muerte de Judas Iscariote, los Apóstoles
requieren como condición que el que sea elegido no sólo haya
sido 'compañero' de ellos en el período en que Jesús
enseñaba y actuaba, sino que sobre todo pueda ser 'testigo de su
resurrección' gracias a la experiencia realizada en los días
anteriores al momento en el que Cristo (como dicen ellos) 'fue ascendido
al cielo entre nosotros' (Hech 1, 22).
5. Por tanto no se puede presentar la resurrección, como hace
cierta crítica neostestamentaria poco respetuosa de los datos históricos,
como un 'producto' de la primera comunidad cristiana, la de Jerusalén.
La verdad sobre la resurrección no es un producto de la fe de los
Apóstoles o de los demás discípulos pre o post-pascuales.
De los textos resulta más bien que la fe 'prepascual' de los seguidores
de Cristo fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte
en cruz de su Maestro. El mismo había anunciado esta prueba, especialmente
con las palabras dirigidas a Simón Pedro cuando ya estaba a las puertas
de los sucesos trágicos de Jerusalén; '¡Simón,
Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como
trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca' (Lc 22,
31-32). La sacudida provocada por la pasión y muerte de Cristo fue
tan grande que los discípulos (al menos algunos de ellos) inicialmente
no creyeron en la noticia de la resurrección. En todos los Evangelios
encontramos la prueba de esto. Lucas, en particular, nos hace saber que
cuando las mujeres, 'regresando del sepulcro, anunciaron todas estas cosas
(o sea, el sepulcro vacío) a los Once y a todos los demás...,
todas estas palabras les parecieron como desatinos y no les creían'
(Lc 24, 9. 11).
6. Por lo demás, la hipótesis que quiere ver en la resurrección
un 'producto' de la fe de los Apóstoles, se confuta también
por lo que es referido cuando el Resucitado 'en persona se apareció
en medio de ellos y les dijo: ¡Paz a vosotros!'. Ellos, de hecho,
'creían ver un fantasma'. En esa ocasión Jesús mismo
debió vencer sus dudas y temores y convencerles de que 'era El':
'Palpadme y ved, que un espíritu no tiene carne y huesos como veis
que yo tengo'. Y puesto que ellos 'no acababan de creerlo y estaban asombrados'
Jesús les dijo que le dieran algo de comer y 'lo comió delante
de ellos' (Cfr. Lc 24,36-43).
7. Además, es muy conocido el episodio de Tomás, que no
se encontraba con los demás Apóstoles cuando Jesús
vino a ellos por primera vez, entrando en el Cenáculo a pesar de
que la puerta estaba cerrada (Cfr. Jn 20, 19). Cuando, a su vuelta, los
demás discípulos le dijeron: 'Hemos visto al Señor',
Tomás manifestó maravilla e incredulidad, y contestó:
'Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo
en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado no creeré.
Ocho días después, Jesús vino de nuevo al Cenáculo,
para satisfacer la petición de Tomás 'el incrédulo'
y le dijo: 'Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y
métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente'.
Y cuando Tomás profesó su fe con las palabras 'Señor
mío y Dios mío', Jesús le dijo: 'Porque me has visto
has creído. Dichosos los que no han visto y han creído' (Jn
20, 24-29).
La exhortación a creer, sin pretender ver lo que se esconde Por
el misterio de Dios v de Cristo, permanece siempre válida; pero la
dificultad del Apóstol Tomás para admitir la resurrección
sin haber experimentado personalmente la presencia de Jesús vivo,
y luego suceder ante las pruebas que le suministró el mismo Jesús,
confirman lo que resulta de los Evangelios sobre la resistencia de los Apóstoles
y de los discípulos a admitir la resurrección.
Por esto no tiene consistencia la hipótesis de que la resurrección
haya sido un 'producto' de la fe (o de la credulidad) de los Apóstoles.
Su fe en la resurrección nació, por el contrario (bajo a acción
de la gracia divina), de la experiencia directa de la realidad de Cristo
resucitado.
8. Es el mismo Jesús el que, tras la resurrección, se pone
en contacto con los discípulos con el fin de darles el sentido de
la realidad y disipar la opinión (o el miedo) de que se tratara de
un 'fantasma' y por tanto de que fueran víctimas de una ilusión.
Efectivamente, establece con ellos relaciones directas, precisamente mediante
el tacto. Así es en el caso de Tomás, que acabamos de recordar,
pero también en el encuentro descrito en el Evangelio de Lucas, cuando
Jesús dice a los discípulos asustados: 'Palpadme y ved que
un espíritu no tiene carne y huesos como veis que yo tengo' (24,
39). Les invita a constatar que el cuerpo resucitado, con el que se presenta
a ellos, es el mismo que fue martirizado y crucificado. Ese cuerpo posee
sin embargo al mismo tiempo propiedades nuevas: se ha 'hecho espiritual'
(y 'glorificado' y por lo tanto ya no está sometido a las limitaciones
habituales a los seres materiales y por ello a un cuerpo humano. (En efecto,
Jesús entra en el Cenáculo a pesar de que las puertas estuvieran
cerradas, aparece y desaparece, etc.) Pero al mismo tiempo ese cuerpo es
auténtico y real. En su identidad material está la demostración
de la resurrección de Cristo.
9. El encuentro en el camino de Emaús, referido en el Evangelio
de Lucas, es un hecho que hace visible de forma particularmente evidente
cómo se ha madurado en la conciencia de los discípulos la
persuasión de la resurrección precisamente mediante el contacto
con Cristo resucitado (Cfr. Lc 24, 15-21). Aquellos dos discípulos
de Jesús, que al inicio del camino estaban 'tristes y abatidos' con
el recuerdo de todo lo que había sucedido al Maestro el día
de la crucifixión y no escondían la desilusión experimentada
al ver derrumbarse la esperanza puesta en El como Mesías liberador
('Esperábamos que sería El el que iba a librar a Israel')
experimentan después una transformación total, cuando se les
hace claro que el Desconocido, con el que han hablado, es precisamente el
mismo Cristo de antes, y se dan cuenta de que El, por tanto, ha resucitado.
De toda la narración se deduce que la certeza de la resurrección
de Jesús había hecho de ellos casi hombres nuevos. No sólo
habían readquirido la fe en Cristo, sino que estaban preparados para
dar testimonio de la verdad sobre su resurrección.
Todos estos elementos del texto evangélico, convergentes entre
sí, prueban el hecho de la resurrección, que constituye el
fundamento de la fe de los Apóstoles y del testimonio que, como veremos
en las próximas catequesis, está en el centro de su predicación.
El sepulcro vacío y el encuentro con Cristo Resucitado
(1.II.89)
1. La profesión de fe que hacemos en el Credo cuando proclamamos
que Jesucristo 'al tercer día resucitó de entre los muertos',
se basa en los textos evangélicos que, a su vez, nos transmiten y
hacen conocer la primera predicación de los Apóstoles. De
estas fuentes resulta que la fe en la resurrección es, desde el comienzo,
una convicción basada en un hecho, en un acontecimiento real, y no
un mito o una 'concepción', una idea inventada por los Apóstoles
o producida por la comunidad postpascual reunida en torno a los Apóstoles
en Jerusalén, para superar junto con ellos el sentido de desilusión
consiguiente a la muerte de Cristo en cruz. De los textos resulta todo lo
contrario y por ello, como he dicho, tal hipótesis es también
crítica e históricamente insostenible. Los Apóstoles
y los discípulos no inventaron la resurrección (y es fácil
comprender que eran totalmente incapaces de una acción semejante).
No hay rastros de una exaltación personal suya o de grupo, que les
haya llevado a conjeturar un acontecimiento deseado y esperado y a proyectarlo
en la opinión y en la creencia común como real, casi por contraste
y como compensación de la desilusión padecida. No hay huella
de un proceso creativo de orden psicológico)sociológico)literario
ni siquiera en la comunidad primitiva o en los autores de los primeros siglos.
Los Apóstoles fueron los primeros que creyeron, no sin fuertes resistencias,
que Cristo había resucitado simplemente porque vivieron la resurrección
como un acontecimiento real del que pudieron convencerse personalmente al
encontrarse varias veces con Cristo nuevamente vivo, a lo largo de cuarenta
días. Las sucesivas generaciones cristianas aceptaron aquel testimonio,
fiándose de los Apóstoles y de los demás discípulos
como testigos creíbles. La fe cristiana en la resurrección
de Cristo está ligada, pues, a un hecho, que tiene una dimensión
histórica precisa.
2. Y sin embargo, la resurrección es una verdad que, en su dimensión
más profunda, pertenece a la Revelación divina: en efecto,
fue anunciada gradualmente de antemano por Cristo a lo largo de su actividad
mesiánica durante el período prepascual. Muchas veces predijo
Jesús explícitamente que, tras haber sufrido mucho y ser ejecutado,
resucitaría. Así, en el Evangelio de Marcos, se dice que tras
la proclamación de Pedro en las cerca de Cesarea de Filipo, Jesús
'comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía
sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los
escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto
abiertamente' (Mc 8, 31-32). También según Marcos, después
de la transfiguración, 'cuando bajaban del monte les ordenó
que a nadie contaran lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre
resucitara de entre los muertos' (Mc 9. 9). Los discípulos quedaron
perplejos sobre el significado de aquella 'resurrección' y pasaron
a la cuestión, y agitada en el mundo judío, del retorno de
Elías (Mc 9, 11): pero Jesús reafirmó la idea de que
el Hijo del hombre debería 'sufrir mucho y ser despreciado' (Mc 9,
12). Después de la curación del epiléptico endemoniado,
en el camino de Galilea recorrido casi clandestinamente, Jesús toma
de nuevo la palabra para instruirlos: 'El Hijo del hombre será entregado
en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber
muerto resucitará'. 'Pero ellos no entendían lo que les decía
y temían preguntarle' (Mc 9, 31-32). Es el segundo anuncio de la
pasión y resurrección, al que sigue el tercero, cuando ya
se encuentran en camino hacia Jerusalén: 'Mirad que subimos a Jerusalén,
y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y los
escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles,
y se burlarán de él, le escupirán, le azotarán
y le matarán, y a los tres días resucitará' (Mc 10,
33-34).
3. Estamos aquí ante una previsión profética de
los acontecimientos, en la que Jesús ejercita su función de
revelador, poniendo en relación la muerte y la resurrección
unificadas en la finalidad redentora, y refiriéndose al designio
divino según el cual todo lo que prevé y predice 'debe' suceder.
Jesús, por tanto, hace conocer a los discípulos estupefactos
e incluso asustados algo del misterio teológico que subyace en los
próximos acontecimientos, como por lo demás en toda su vida.
Otros destellos de este misterio se encuentran en la alusión al 'signo
de Jonás' (Cfr. Mt 12, 40) que Jesús hace suyo y aplica a
los días de su muerte y resurrección, y en el desafío
a los judíos sobre 'la reconstrucción en tres días
del templo que será destruido' (Cfr. Jn 2, 19). Juan anota que Jesús
'hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre
los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho
eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho
Jesús' (Jn 2 20-21). Una vez más nos encontramos ante la relación
entre la resurrección de Cristo y su Palabra, ante sus anuncios ligados
'a las Escrituras'.
4. Pero además de las palabras de Jesús, también
a actividad mesiánica desarrollada por El en el período prepascual
muestra el poder de que dispone sobre la vida y sobre la muerte, y la conciencia
de este poder, como la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5, 39-42),
la resurrección del joven de Naín (Lc 7, 12-15), y sobre todo
la resurrección de Lázaro (Jn 11, 42-44) que se presenta en
el cuarto Evangelio como un anuncio y una prefiguración de la resurrección
de Jesús. En las palabras dirigidas a Marta durante este último
episodio se tiene la clara manifestación de a autoconciencia de Jesús
respecto a su identidad de Señor de la vida y de la muerte y de poseedor
de las llaves del misterio de la resurrección: 'Yo soy la resurrección.
El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive
y cree en mí, no morirá jamás' (Jn 11, 25-26).
Todo son palabras y hechos que contienen de formas diversas la revelación
de la verdad sobre la resurrección en el período prepascual.
5. En el ámbito de los acontecimientos pascuales, el primer elemento
ante el que nos encontramos es el 'sepulcro vacío'. Sin duda no es
por sí mismo una prueba directa. A Ausencia del cuerpo de Cristo
en el sepulcro en el que había sido depositado podría explicarse
de otra forma, como de hecho pensó por un momento María Magdalena
cuando, viendo el sepulcro vacío, supuso que alguno habría
sustraído el cuerpo de Jesús (Cfr. Jn 20, 15). Más
aún, el Sanedrín trató de hacer correr la voz de que,
mientras dormían los soldados,
el cuerpo había sido robado por los discípulos. 'Y se corrió
esa versión entre los judíos, (anota Mateo) hasta el día
de hoy' (Mt 28, 12-15).
A pesar de esto el 'sepulcro vacío' ha constituido para todos,
amigos y enemigos, un signo impresionante. Para las personas de buena voluntad
su descubrimiento fue el primer paso hacia el reconocimiento del 'hecho'
de la resurrección como una verdad que no podía ser refutada.
6. Así fue ante todo para las mujeres, que muy de mañana
se habían acercado al sepulcro para ungir el cuerpo de Cristo. Fueron
las primeras en acoger el anuncio: 'Ha resucitado, no está aquí...
Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro...' (Mc 16, 6-7). 'Recordad
cómo os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo:
!Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores
y sea crucificado, y al tercer día resucite!. Y ellas recordaron
sus palabras' (Lc 24, 6-8).
Ciertamente las mujeres estaban sorprendidas y asustadas (Cfr. Mc 24,
5). Ni siquiera ellas estaban dispuestas a rendirse demasiado fácilmente
a un hecho que, aun predicho por Jesús, estaba efectivamente por
encima de toda posibilidad de imaginación y de invención.
Pero en su sensibilidad y finura intuitiva ellas, y especialmente María
Magdalena, se aferraron a la realidad y corrieron a donde estaban los Apóstoles
para darles la alegre noticia.
El Evangelio de Mateo (28, 8-10) nos informa que a lo largo del camino
Jesús mismo les salió al encuentro les saludó y les
renovó el mandato de llevar el anuncio a los hermanos (Mt 28, 10).
De esta forma las mujeres fueron las primeras mensajeras de la resurrección
de Cristo, y lo fueron para los mismos Apóstoles (Lc 24, 10). ¡Hecho
elocuente sobre la importancia de la mujer ya en los días del acontecimiento
pascual!
7. Entre los que recibieron el anuncio de María Magdalena estaban
Pedro y Juan (Cfr. Jn 20, 3-8). Ellos se acercaron al sepulcro no sin titubeos,
tanto más cuanto que María les había hablado de una
sustracción del cuerpo de Jesús del sepulcro (Cfr. Jn 20,
2). Llegados al sepulcro, también lo encontraron vacío. Terminaron
creyendo, tras haber dudado no poco, porque, como dice Juan, 'hasta entonces
no habían comprendido que según la Escritura Jesús
debía resucitar de entre los muertos' (Jn 20, 9).
Digamos la verdad: el hecho era asombroso para aquellos hombres que
se encontraban ante cosas demasiado superiores a ellos. La misma dificultad,
que muestran las tradiciones del acontecimiento, al dar una relación
de ello plenamente coherente, confirma su carácter extraordinario
y el impacto desconcertante que tuvo en el ánimo de los afortunados
testigos. La referencia 'a la Escritura' es la prueba de la oscura percepción
que tuvieron al encontrarse ante un misterio sobre el que sólo la
Revelación podía dar luz.
8. Sin embargo, he aquí otro dato que se debe considerar bien:
si el 'sepulcro vacío' dejaba estupefactos a primera vista y podía
incluso generar acierta sospecha, el gradual conocimiento de este hecho
inicial, como lo anotan los Evangelios, terminó llevando al descubrimiento
de la verdad de la resurrección.
En efecto, se nos dice que las mujeres, y sucesivamente los Apóstoles,
se encontraron ante un 'signo' particular: el signo de la victoria sobre
la muerte. Si el sepulcro mismo cerrado por una pesada losa, testimoniaba
la muerte, el sepulcro vacío y la piedra removida daban el primer
anuncio de que allí había sido derrotada la muerte.
No puede dejar de impresionar la consideración del estado de
ánimo de las tres mujeres, que dirigiéndose al sepulcro al
alba se decían entre si: '¿Quién nos retirará
la piedra de la puerta del sepulcro?' (Mc 16, 3), y que después,
cuando llegaron al sepulcro, con gran maravilla constataron que 'la piedra
estaba corrida aunque era muy grande' (Mc 16, 4). Según el Evangelio
de Marcos encontraron en el sepulcro a alguno que les dio el anuncio de
la resurrección (Cfr. Mc 16, 5); pero ellas tuvieron miedo y, a pesar
de las afirmaciones del joven vestido de blanco, 'salieron huyendo del sepulcro,
pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas' (Mc 16,
8). ¿Cómo no comprenderlas? Y sin embargo la comparación
con los textos paralelos de los demás Evangelistas permite afirmar
que, aunque temerosas, las mujeres llevaron el anuncio de la resurrección,
de la que el 'sepulcro vacío' con la piedra corrida fue el primer
signo.
9. Para las mujeres y para los Apóstoles el camino abierto por
'el signo' se concluye mediante el encuentro con el Resucitado: entonces
la percepción aun tímida e incierta se convierte en convicción
y, más aún, en fe en Aquél que 'ha resucitado verdaderamente'.
Así sucedió a las mujeres que al ver a Jesús en su
camino y escuchar su saludo, se arrojaron a sus pies y lo adoraron (Cfr.
Mt 28, 9). Así le pasó especialmente a María Magdalena,
que al escuchar que Jesús le llamaba por su nombre, le dirigió
antes que nada el apelativo habitual: Rabbuni, ¡Maestro! (Jn 20, 16)
y cuando El la iluminó sobre el misterio pascual corrió radiante
a llevar el anuncio a los discípulos: '!He visto al Señor!'
(Jn 20, 18). Lo mismo ocurrió a los discípulos reunidos en
el Cenáculo que la tarde de aquel 'primer día después
del sábado', cuando vieron finalmente entre ellos a Jesús,
se sintieron felices por la nueva certeza que había entrado en su
corazón: 'Se alegraron al ver al Señor' (Cfr. Jn 20,19-20).
¡El contacto directo con Cristo desencadena la chispa que hace
saltar la fe!
Las apariciones de Jesús resucitado (22.II.89)
1. Conocemos el pasaje de la Primera Carta a los Corintios, donde Pablo,
el primero cronológicamente, anota la verdad sobre la resurrección
de Cristo: 'Porque os transmití... lo que a mis vez recibí:
que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras:
que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según
las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce... ' (1
Cor 15,3-5). Se trata, como se ve, de una verdad transmitida, recibida,
y nuevamente transmitida. Una verdad que pertenece al 'depósito de
la Revelación' que el mismo Jesús, mediante sus Apóstoles
y Evangelistas, ha dejado a su Iglesia.
2. Jesús reveló gradualmente esta verdad en su enseñanza
prepascual. Posteriormente ésta, encontró su realización
concreta en los acontecimientos de la pascua jerosolimitana de Cristo, certificados
históricamente, pero llenos de misterio.
Los anuncios y los hechos tuvieron su confirmación sobre todo
en los encuentros de Cristo resucitado, que los Evangelios y Pablo relatan.
Es necesario decir que el texto paulino presenta estos encuentros (en los
que se revela Cristo resucitado) de manera global y sintética (añadiendo
al final el propio encuentro con el Resucitado a las puertas de Damasco:
Cfr. Hech 9, 3-6). En los Evangelios se encuentran, al respecto, anotaciones
más bien fragmentarias.
No es difícil tomar y comparar algunas líneas características
de cada una de estas apariciones y de su conjunto para acercarnos todavía
más al descubrimiento del significado de esta verdad revelada.
3. Podemos observar ante todo que, después de la resurrección,
Jesús se presenta a las mujeres y a los discípulos con su
cuerpo transformado, hecho espiritual y partícipe de la gloria del
alma: pero sin ninguna característica triunfalista. Jesús
se manifiesta con una gran sencillez. Habla de amigo a amigo, con los que
se encuentra en las circunstancias ordinarias de la vida terrena. No ha
querido enfrentarse a sus adversarios, asumiendo a actitud de vencedor,
ni se ha preocupado por mostrarles su 'superioridad', y todavía menos
ha querido fulminarlos. Ni siquiera consta que se haya presentado a alguno
de ellos. Todo lo que nos dice el Evangelio nos lleva a excluir que se haya
aparecido, por ejemplo, a Pilato, que lo había entregado a los sumos
sacerdotes para que fuese crucificado (Cfr. Jn 19, 16), o a Caifás,
que se había rasgado las vestiduras por a afirmación de su
divinidad (Cfr. Mt 26, 63-66).
A los privilegiados de sus apariciones, Jesús se deja conocer
en su identidad física: aquel rostro, aquellas manos, aquellos rasgos
que conocían muy bien, aquel costado que habían traspasado;
aquella voz, que habían escuchado tantas veces. Sólo en el
encuentro con Pablo en las cercanías de Damasco, la luz que rodea
al Resucitado casi deja ciego al ardiente perseguidor de los cristianos
y lo tira al suelo (Cfr. Hech 9, 3-8); pero es una manifestación
del poder de Aquél que, ya subido al cielo, impresiona a un hombre
al que quiere hacer un 'instrumento de elección' (Hech 9, 15), un
misionero del Evangelio.
4. Es de destacar también un hecho significativo: Jesucristo se
aparece en primer lugar a las mujeres, sus fieles seguidoras, y no a los
discípulos, y ni siquiera a los mismos Apóstoles, a pesar
de que los había elegido como portadores de su Evangelio al mundo.
Es a las mujeres a quienes por primera vez confía el misterio de
su resurrección, haciéndolas las primeras testigos de esta
verdad. Quizá quiera premiar su delicadeza, su sensibilidad a su
mensaje, su fortaleza, que las había impulsado hasta el Calvario.
Quizá quiere manifestar un delicado rasgo de su humanidad, que consiste
en a amabilidad y en la gentileza con que se acerca y beneficia a las personas
que menos cuentan en el gran mundo de su tiempo. Es lo que parece que se
puede concluir de un texto de Mateo: 'En esto, Jesús les salió
al encuentro (a las mujeres que corrían para comunicar el mensaje
a los discípulos) y les dijo: !¡Dios os guarde!!. Y ellas,
acercándose, se asieron de sus pies y le adoraron. Entonces les dice
Jesús: !No temáis. Id y avisad a mis hermanos que vayan a
Galilea; allí me verán!' (28, 9-10).
También el episodio de a aparición a María de Magdala
(Jn 20, 11-18) es de extraordinaria finura ya sea por parte de la mujer,
que manifiesta toda su apasionada y comedida entrega al seguimiento de Jesús,
ya sea por parte del Maestro, que la trata con exquisita delicadeza y benevolencia.
En esta prioridad de las mujeres en los acontecimientos pascuales tendrán
que inspirarse la Iglesia, que a lo largo de los siglos ha podido contar
enormemente con ellas para su vida de fe, de oración y de apostolado.
5. Algunas características de estos encuentros postpascuales los
hacen, en cierto modo, paradigmáticos debido a las situaciones espirituales,
que tan a menudo se crean en la relación del hombre con Cristo, cuando
uno se siente llamado o 'visitado' por El.
Ante todo hay una dificultad inicial en reconocer a Cristo por parte
de aquellos a los que El sale al encuentro, como se puede apreciar en el
caso de la misma Magdalena (Jn 20, 14-16) y de los discípulos de
Emaús (Lc 24, 16). No falta un cierto sentimiento de temor ante El.
Se le ama, se le busca, pero, en el momento en que se le encuentra, se experimenta
alguna vacilación...
Pero Jesús les lleva gradualmente al reconocimiento y a la fe,
tanto a María Magdalena (Jn 20,16), como a los discípulos
de Emaús (Lc 24, 26 ss.), y, análogamente, a otros discípulos
(Cfr. Lc 24, 25)48). Signo de la pedagogía paciente de Cristo al
revelarse al hombre, al atraerlo, al convertirlo, al llevarlo al conocimiento
de las riquezas de su corazón y a la salvación.
6. Es interesante analizar el proceso psicológico que los diversos
encuentros dejan entrever: los discípulos experimentan una cierta
dificultad en reconocer no sólo la verdad de la resurrección,
sino también la identidad de Aquél que está ante ellos,
y aparece como el mismo pero al mismo tiempo como otro: un Cristo 'transformado'.
No es nada fácil para ellos hacer la inmediata identificación.
Intuyen, sí, que es Jesús, pero al mismo tiempo sienten que
El ya no se encuentra en la condición anterior, y ante El están
llenos de reverencia y temor.
Cuando, luego, se dan cuenta, con su ayuda, de que no se trata de otro,sino
de El mismo transformado, aparece repentinamente en ellos una nueva capacidad
de descubrimiento, de inteligencia, de caridad y de fe. Es como un despertar
de fe: '¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros
cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?' (Lc 24,
32). 'Señor mío y Dios mío' (Jn 20, 28). 'He visto
al Señor' (Jn 20, 18). Entonces una luz absolutamente nueva ilumina
en sus ojos incluso el acontecimiento de la cruz; y da el verdadero y pleno
sentido del misterio del dolor y de la muerte, que se concluye en la gloria
de la nueva vida! Este será uno de los elementos principales del
mensaje de salvación que los Apóstoles han llevado desde el
principio al pueblo hebreo y, poco a poco, a todas las gentes.
7. Hay que subrayar una última característica de las apariciones
de Cristo resucitado: en ellas, especialmente en las últimas, Jesús
realiza la definitiva entrega a los Apóstoles (y a la Iglesia) de
la misión de evangelizar el mundo para llevarle el mensaje de su
Palabra y el don de su gracia.
Recuérdese a aparición a los discípulos en el Cenáculo
la tarde de Pascua: 'Como el Padre me envió, también yo os
envío...' (Jn 20, 21); ¡y les da el poder de perdonar los pecados!
Y en la aparición en el mar de Tiberíades, seguida de
la pesca milagrosa, que simboliza y anuncia la fructuosidad de la misión,
es evidente que Jesús quiere orientar sus espíritus hacia
la obra que les espera (Cfr. Jn 21,1-23). Lo confirma la definitiva asignación
de la misión particular a Pedro (Jn 21, 15)18): '¿Me amas?...
Tú sabes que te quiero... Apacienta mis corderos...Apacienta mis
ovejas...'.
Juan indica que 'ésta fue ya la tercera vez que Jesús
se manifestó a los discípulos después de resucitar
de entre los muertos' (Jn 21,14). Esta vez, ellos, no sólo se habían
dado cuenta de su identidad: 'Es el Señor' (Jn 21, 7), sino que habían
comprendido que, todo cuanto había sucedido y sucedía en aquellos
días pascuales, les comprometía a cada uno de ellos (y de
modo muy particular a Pedro) en la construcción de la nueva era de
la historia, que había tenido su principio en aquella mañana
de pascua.
La resurrección hecho histórico y metahistórico
(1.III.89)
1. La resurrección de Cristo tiene el carácter de un evento,
cuya esencia es el paso de la muerte a la vida. Evento único, como
Paso (Pascua), fue inscrito en el contexto de las fiestas pascuales, durante
las cuales los hijos y las hijas de Israel recordaban cada año el
éxodo de Egipto, dando gracias por la liberación de la esclavitud
y, por lo tanto, exaltando el poder de Dios Señor que se había
manifestado claramente en aquel 'Paso' antiguo.
La resurrección de Cristo es el nuevo Paso, la nueva Pascua,
que hay que interpretar a partir de la Pascua Antigua, pues ésta
era figura y anuncio de la misma. De hecho, así fue considerada en
la comunidad cristiana, siguiendo la clave de lectura que ofrecieron los
Apóstoles y los Evangelistas a los creyentes sobre la base de la
palabra del mismo Jesús.
2. Siguiendo la línea de todo lo que se nos ha transmitido desde
aquellas antiguas fuentes, podemos ver en la resurrección sobre todo
un evento histórico, pues ésta sucedió en una circunstancia
precisa de lugar y tiempo: 'El tercer día' después de la crucifixión,
en Jerusalén, en el sepulcro que José de Arimatea puso a disposición
(Cfr. Mc 15, 46), y en el que había sido colocado el cuerpo de Cristo,
después de quitarlo de la cruz. Precisamente se encontró vacío
este sepulcro al alba del tercer día (después del sábado
pascual).
Pero Jesús había anunciado su resurrección al tercer
día (Cfr. Mt 16,21; 17, 23; 20, 19). Las mujeres que acudieron al
sepulcro ese día, encontraron a un 'ángel' que les dijo: Vosotras...
'buscáis a Jesús, el Crucificado. No está aquí,
ha resucitado como lo había dicho' (Mt 28, 5-6).
En la narración evangélica la circunstancia del 'tercer
día' se pone en relación con la celebración judía
del sábado, que excluía realizar trabajos y desplazarse más
allá de cierta distancia desde la tarde de la víspera. Por
eso, el embalsamamiento del cadáver, de acuerdo con la costumbre
judía, se había pospuesto al primer día después
del sábado.
3. Pero la resurrección, aun siendo un evento determinable en
el espacio y en el tiempo, transciende y supera la historia.
Nadie vio el hecho en si. Nadie pudo ser testigo ocular del suceso.
Fueron muchos los que vieron la agonía y la muerte de Cristo en la
Gólgota, algunos participaron en la colocación de su cadáver
en el sepulcro, los guardias lo cerraron bien y lo vigilaron, lo cual se
habían preocupado de conseguirlo de Pilato 'los sumos sacerdotes
y los fariseos', acordándose de que Jesús había dicho:
A los tres días resucitaré. 'Manda, pues, que quede asegurado
el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan los discípulos,
lo roben y digan luego al pueblo: !Resucitó de entre los muertos!'
(Mt 27, 63-64). Pero los discípulos no habían pensado en esa
estratagema. Fueron las mujeres quienes, al ir al sepulcro la mañana
del tercer día con los aromas, descubrieron que estaba vacío,
la piedra retirada, y vieron a un joven vestido de blanco que les habló
de la resurrección de Jesús (Cfr. Mc 16, 6). Ciertamente,
el cuerpo de Cristo ya no estaba allí. A continuación fueron
muchos los que vieron a Jesús resucitado. Pero ninguno fue testigo
ocular de la resurrección. Ninguno pudo decir cómo había
sucedido en su carácter físico. Y menos aún fue perceptible
a los sentidos su más intima esencia de paso a otra vida.
Este es el valor metahistórico de la resurrección, que
hay que considerar de modo especial si queremos percibir de algún
modo el misterio de ese suceso histórico, pero también transhistórico,
como veremos a continuación.
4. En efecto, la resurrección de Cristo no fue una vuelta a la
vida terrena, como había sucedido en el caso de las resurrecciones
que El había realizado en el periodo prepascual: la hija de Jairo,
el joven de Naín, Lázaro. Estos hechos eran sucesos milagrosos
(y, por lo tanto, extraordinarios), pero las personas afectadas volvían
a adquirir, por el poder de Jesús, la vida terrena 'ordinaria'. Al
llegar un cierto momento, murieron nuevamente, como con frecuencia hace
observar San Agustín.
En el caso de la resurrección de Cristo, la cosa es esencialmente
distinta. En su cuerpo resucitado El pasa del estado de muerte a 'otra'
vida, ultratemporal y ultraterrestre. El cuerpo de Jesús es colmado
del poder del Espíritu Santo en la resurrección, es hecho
participe de la vida divina en el estado de gloria, de modo que podemos
decir de Cristo, con San Pablo, que es el 'homo caelestis' (Cfr. 1 Cor 15,
47 ss.).
En este sentido, la resurrección de Cristo se encuentra más
allá de la pura dimensión histórica, es un suceso que
pertenece a la esfera metahistórica, y por eso escapa a los criterios
de la mera observación empírica del hombre. Es verdad que
Jesús, después de la resurrección, se aparece a sus
discípulos, habla, conversa y hasta come con ellos, invita a Tomás
a tocarlo para que se cerciore de su identidad: pero esta dimensión
real de su humanidad total encubre la otra vida, que ya le pertenece y que
le aparta de lo 'normal' de la vida terrena ordinaria y lo sumerge en el
'misterio'.
5. Otro elemento misterioso de la resurrección de Cristo lo constituye
el hecho de que el paso de la muerte a la vida nueva sucedió por
la intervención del poder del Padre que 'resucitó' (Cfr. Hech
2, 32) a Cristo, su Hijo, y así introdujo de modo perfecto su humanidad
(también su cuerpo) en el consorcio trinitario, de modo que Jesús
se manifestó como definitivamente 'constituido Hijo de Dios con poder,
según el Espíritu... por su resurrección de entre los
muertos' (Rom 1, 3)4). San Pablo insiste en presentar la resurrección
de Cristo como manifestación del poder de Dios (Cfr. Rom 6, 4; 2
Cor 13, 4; Flp 3, 10; Col 2, 12; Ef 1,19 ss.; cfr. también Hb 7,16)
por obra del Espíritu que, al de volver la vida a Jesús, lo
ha colocado en el estado glorioso de Señor (Kyrios), en el cual merece
definitivamente, también como hombre, ese nombre de Hijo de Dios
que le pertenece eternamente (Cfr. Rom 8, 11; 9, 5; 14, 9; Flp 2, 9)11;
cfr. también Hb 1, 1-5; 5, 5, etcétera).
6. Es significativo que muchos textos del Nuevo Testamento muestren la
resurrección de Cristo como 'resurrección de los muertos',
llevada a cabo con el poder del Espíritu Santo. Pero al mismo tiempo
hablan de ella como de un 'resurgir en virtud de su propio poder' (en griego:
anéste), tal como lo indica, por lo demás, en muchas lenguas
la palabra 'resurrección'. Este sentido activo de la palabra (sustantivo
verbal) se encuentra también en los discursos prepascuales de Jesús,
por ejemplo, en los anuncios de la pasión, cuando dice que el Hijo
del hombre tendrá que sufrir mucho, morir, y luego resucitar (Cfr.
Mc 8, 31; 9, 9. 31;10, 34). En el Evangelio de Juan, Jesús afirma
explícitamente: 'Yo doy mi vida, para recobrarla de nuevo... Tengo
poder para darla y poder para recobrarla de nuevo' (Jn 10, 17-18). También
Pablo, en la Primera Carta a los Tesalonicenses, escribe: 'Nosotros creemos
que Jesús murió y resucitó' (1 Tes 4, 14).
En los Hechos de los Apóstoles se proclama muchas veces que 'Dios
ha resucitado a Jesús...' (2, 24. 32; 3,15. 26, etcétera),
pero se habla también en sentido activo de la resurrección
de Jesús (Cfr. 10, 41), y en esta perspectiva se resume la predicación
de Pablo en la sinagoga de Tesalónica, donde 'basándose en
las Escrituras' demuestra que 'Cristo tenia que padecer y resucitar de entre
los muertos...' (Hech 17, 3).
De este conjunto de textos emerge el carácter trinitario de la
resurrección de Cristo, que es 'obra común' del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo, y, por lo tanto, incluye en sí
el misterio mismo de Dios.
7. La expresión 'según las Escrituras', que se encuentra
en la Primera Carta a los Corintios (15, 34) y en el Símbolo niceno-constantinopolitano,
pone de relieve el carácter escatológico del suceso de la
resurrección de Cristo, en el cual se cumplen los anuncios del Antiguo
Testamento. El mismo Jesús, según Lucas, hablando de su pasión
y de su gloria con los dos discípulos de Emaús, los recrimina
por ser tardos de corazón 'para creer todo lo que dijeron los profetas',
y después, 'empezando por Moisés y continuando por todos los
profetas, les explicó lo que había sobre él en todas
las Escrituras' (Lc 24, 26-27). Lo mismo sucedió durante el último
encuentro con los Apóstoles, a quienes dijo: 'Estas son aquellas
palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con
vosotros: !Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en
la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mi!.
Y, entonces, abrió su inteligencia para que comprendieran las Escrituras,
y les dijo: Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara
de entre los muertos al tercer día, y se predicara en su nombre la
conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones,
empezando desde Jerusalén' (Lc 24, 44-48).
Era la interpretación mesiánica, que dio el mismo Jesús
al conjunto del Antiguo Testamento y, de modo especial a los textos que
se referían más directamente al misterio pascual, como los
de Isaías sobre la humillación y sobre la 'exaltación'
del Siervo del Señor (Is 52, 13-53; 12), y los del Salmo 109/110.
A partir de esta interpretación escatológica de Jesús,
que vinculaba el misterio pascual con el Antiguo Testamento y proyectaba
su luz sobre el futuro (la predicación a todas las gentes), los Apóstoles
y los Evangelistas también hablaron de la resurrección 'según
las Escrituras', y se fijó a continuación la fórmula
del Credo. Era otra dimensión del Acontecimiento como misterio.
8. De todo lo que hemos dicho se deduce claramente que la resurrección
de Cristo es el mayor evento en la historia de la salvación y, más
aún, podemos decir que en la historia de la humanidad, puesto que
da sentido definitivo al mundo. Todo el mundo gira en torno a la cruz, pero
la cruz sólo alcanza en la resurrección su pleno significado
en evento salvífico. Cruz y resurrección forman el único
misterio pascual, en el que tiene su evento cargado de todos los anuncios
del Antiguo Testamento, comenzando por el 'Protoevangelio' de la redención
y de todas las esperanzas y las expectativas escatológicas que se
proyectan hacia la 'plenitud del tiempo' que se llevó a cabo cuando
el reino de Dios entró definitivamente en la historia del hombre
y en el orden universal de la salvación.
La resurrección culmen de la Revelación (8.III.89)
1. En la Carta de San Pablo a los Corintios, recordada ya varias veces
a lo largo de estas catequesis sobre la resurrección de Cristo, leemos
estas palabras del Apóstol: 'Sino resucitó Cristo, vacía
es nuestra predicación, vacía es también vuestra fe'
(1 Cor 15, 14). Evidentemente, San Pablo ve en la resurrección el
fundamento de la fe cristiana y casi la clave de bóveda de todo el
edificio de doctrina y de vida levantado sobre la revelación, en
cuanto confirmación definitiva de todo el conjunto de la verdad que
Cristo ha traído. Por esto, toda la predicación de la Iglesia,
desde los tiempos apostólicos, a través de los siglos y de
todas las generaciones, hasta hoy, se refiere a la resurrección y
saca de ella la fuerza impulsora y persuasiva, así como su vigor.
Es fácil comprender el porqué.
2. La resurrección constituía en primer lugar la confirmación
de todo lo que Cristo mismo había ú hecho y enseñado'.
Era el sello divino puesto sobre sus palabras y sobre su vida. El mismo
había indicado a los discípulos y adversarios este signo definitivo
de su verdad. El ángel del sepulcro lo recordó a las mujeres
la mañana del 'primer día después del sábado':
'Ha resucitado, como lo había dicho' (Mt 28, 6). Si esta palabra
y promesa suya se reveló como verdad también todas sus demás
palabras y promesas poseen la potencia de la verdad que no pasa, como El
mismo había proclamado: 'El cielo y la tierra pasarán, pero
mis palabras no pasará' (Mt 24, 35; Mc 13, 31; Lc 21, 33). Nadie
habría podido imaginar ni pretender una prueba más autorizada,
más fuerte, más decisiva que la resurrección de entre
los muertos. Todas las verdades, también las más inaccesibles
para la mente humana, encuentran, sin embargo, su justificación,
incluso en el ámbito de la razón, si Cristo resucitado ha
dado la prueba definitiva, prometida por El, de su autoridad divina.
3. Así, la resurrección confirma la verdad de su misma
divinidad. Jesús había dicho: 'Cuando hayáis levantado
(sobre la cruz) al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy'
(Jn 8, 28). Los que escucharon estas palabras querían lapidar a Jesús,
puesto que 'YO SOY' era para los hebreos el equivalente del nombre inefable
de Dios. De hecho, al pedir a Pilato su condena a muerte presentaron como
acusación principal la de haberse 'hecho Hijo de Dios' (Jn 19, 7).
Por esta misma razón lo habían condenado en el Sanedrín
como reo de blasfemia después de haber declarado que era el Cristo,
el Hijo de Dios, tras el interrogatorio del sumo sacerdote (Mt 26, 63-65;
Mc 14, 62; Lc 22, 70): es decir, no sólo el Mesías terreno
como era concebido y esperado por la tradición judía, sino
el Mesías Señor anunciado por el Salmo 109/110 (Cfr. Mt 22,
41 ss.), el personaje misterioso vislumbrado por Daniel (7, 13-14). Esta
era la gran blasfemia, la imputación para la condena a muerte: ¡el
haberse proclamado Hijo de Dios! Y ahora su resurrección confirmaba
la veracidad de su identidad divina y legitimaba la atribución hecha
a Si mismo, antes de la Pascua, del 'nombre' de Dios: 'En verdad, en verdad
os digo: antes de que Abrahán existiera, Yo soy' (Jn 8, 58). Para
los judíos ésa era una pretensión que merecía
la lapidación (Cfr. Lv 24, 16), y, en efecto, 'tomaron piedras para
tirárselas; pero Jesús se ocultó y salió del
templo' (Jn 8, 59). Pero si entonces no pudieron lapidarlo, posteriormente
lograron 'levantarlo' sobre la cruz: la resurrección del Crucificado
demostraba, sin embargo, que El era verdaderamente Yo soy, el Hijo de Dios.
4. En realidad, Jesús aun llamándose a Sí mismo
Hijo del hombre, no sólo había confirmado ser el verdadero
Hijo de Dios, sino que en el Cenáculo, antes de la pasión,
había pedido al Padre que revelara que el Cristo Hijo del hombre
era su Hijo eterno: 'Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo para
que el Hijo te glorifique' (Jn 17, 1). '... Glorifícame tú,
junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo
fuese' (Jn 17, 5). Y el misterio pascual fue la escucha de esta petición,
la confirmación de la filiación divina de Cristo, y más
aún, su glorificación con esa gloria que 'tenia junto al Padre
antes de que el mundo existiera': la gloria del Hijo de Dios.
5. En el periodo prepascual Jesús, según el Evangelio de
Juan, aludió varias veces a esta gloria futura, que se manifestaría
en su muerte y resurrección. Los discípulos comprendieron
el significado de esas palabras suyas sólo cuando sucedió
el hecho.
Así, leemos que durante la primera pascua pasada en Jerusalén,
tras haber arrojado del templo a los mercaderes y cambistas, Jesús
respondió a los judíos que le pedían un 'signo' del
poder por el que obraba de esa forma: 'Destruid este Santuario y en tres
días lo levantaré... El hablaba del Santuario de su cuerpo.
Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos
de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras
que había dicho Jesús' (Jn 2,19-22).
También la respuesta dada por Jesús a los mensajeros de
las hermanas de Lázaro, que le pedían que fuera a visitar
al hermano enfermo, hacia referencia a los acontecimientos pascuales: 'Esta
enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo
de Dios sea glorificado por ella' (Jn 11 , 4).
No era sólo la gloria que podía reportarle el milagro,
tanto menos cuanto que provocaría su muerte (Cfr. Jn 11, 46)54);
sino que su verdadera glorificación vendría precisamente de
su elevación sobre la cruz (Cfr. Jn 12,32). Los discípulos
comprendieron bien todo esto después de la resurrección.
6. Particularmente interesante es la doctrina de San Pablo sobre el valor
de la resurrección como elemento determinante de su concepción
cristológica, vinculada también a su experiencia personal
del Resucitado. Así, al comienzo de la Carta a los Romanos se presenta:
'Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación,
escogido para el Evangelio de Dios, que había ya prometido por medio
de sus profetas en las Escrituras Sagradas, acerca de su Hijo, nacido del
linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder,
según el Espíritu de santidad, por su resurrección
de entre los muertos; Jesucristo, Señor nuestro' (Rom 1, 1-4).
Esto significa que desde el primer momento de su concepción humana
y de su nacimiento (de la estirpe de David), Jesús era el Hijo eterno
de Dios, que se hizo Hijo del hombre. Pero, en la resurrección, esa
filiación divina se manifestó en toda su plenitud con el poder
de Dios que, por obra del Espíritu Santo, devolvió la vida
a Jesús (Cfr. Rom 8, 11) y lo constituyó en el estado glorioso
de 'Kyrios' (Cfr. Flp 2, 9-11; Rom 14, 9; Hech 2, 36), de modo que Jesús
merece por un nuevo titulo mesiánico el reconocimiento, el culto,
la gloria del nombre eterno de Hijo de Dios (Cfr. Hech 13, 33; Hb 1,1-5;
5, 5).
7. Pablo había expuesto esta misma doctrina en la sinagoga de
Antioquía de Pisidia, en sábado, cuando, invitado por los
responsables de la misma, tomó la palabra para anunciar que en el
culmen de la economía de la salvación realizada en la historia
de Israel entre luces y sombras, Dios había resucitado de entre los
muertos a Jesús, el cual se había aparecido durante muchos
días a los que habían subido con El desde Galilea a Jerusalén,
los cuales eran ahora sus testigos ante el pueblo. 'También nosotros
(concluía el Apóstol) os anunciamos la Buena Nueva de que
la Promesa hecha a los padres Dios la ha cumplido en nosotros, los hijos,
al resucitar a Jesús, como está escrito en los salmos: Hijo
mío eres tú; yo te he engendrado hoy' (Hech 13, 32-33; Cfr.
Sal 2, 7).
Para Pablo hay una especie de ósmosis conceptual entre la gloria
de la resurrección de Cristo y la eterna filiación divina
de Cristo, que se revela plenamente en esta conclusión victoriosa
de su misión mesiánica.
8. En esta gloria del 'Kyrios' se manifiesta ese poder del Resucitado
(Hombre-Dios), que Pablo conoció por experiencia en el momento de
su conversión en el camino de Damasco al sentirse llamado a ser Apóstol
(aunque no uno de los Doce), por ser testigo ocular del Cristo vivo, y recibió
de El la fuerza para afrontar todos los trabajos y soportar todos los sufrimientos
de su misión. El espíritu de Pablo quedó tan marcado
por esa experiencia, que en su doctrina y en su testimonio antepone la idea
del poder del Resucitado a la de participación en los sufrimientos
de Cristo, que también le era grata: Lo que se había realizado
en su experiencia personal también lo proponía a los fieles
como una regla de pensamiento y una norma de vida: 'Juzgo que todo es pérdida
ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor...
para ganar a Cristo y ser hallado en él... y conocerle a él
el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos
hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la
resurrección de entre los muertos' (Flp 3, 8-11). Y entonces su pensamiento
se dirige a la experiencia del camino de Damasco: '... Habiendo sido yo
mismo alcanzado por Cristo Jesús' (Flp 3, 12).
9. Así pues, los textos referidos dejan claro que la resurrección
de Cristo está estrechamente unida con el misterio de la encarnación
del Hijo de Dios: es su cumplimiento, según el eterno designio de
Dios. Más aún, es la coronación suprema de todo lo
que Jesús manifestó y realizó en toda su vida, desde
el nacimiento a la pasión y muerte, con sus obras, prodigios, magisterio,
ejemplo de una vida perfecta, y sobre todo con su transfiguración.
El nunca reveló de modo directo la gloria que había recibido
del Padre 'antes que el mundo fuese' (Jn 17, 5), sino que ocultaba esta
gloria con su humanidad, hasta que se despojó definitivamente (Cfr.
Flp 2, 7-8) con la muerte en cruz.
En la resurrección se reveló el hecho de que 'en Cristo
reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente' (Col 2, 9; cfr. 1,
19). Así, la resurrección 'completa' la manifestación
del contenido de la Encarnación. Por eso podemos decir que es también
la plenitud de la Revelación. Por tanto, como hemos dicho, ella está
en el centro de la fe cristiana y de la predicación de la Iglesia.
El valor salvífico de la resurrección (15.III.89)
l. Si, como hemos visto en anteriores catequesis, la fe cristiana y la
predicación de la Iglesia tienen su fundamento en la resurrección
de Cristo, por ser ésta la confirmación definitiva y la plenitud
de la revelación, también hay que añadir que es fuente
del poder salvífico del Evangelio y de la Iglesia en cuanto integración
del misterio pascual. En efecto, según San Pablo, Jesucristo se ha
revelado como 'Hijo de Dios con poder, según el espíritu de
santidad, por su resurrección de entre los muertos' (Rom 1, 4). Y
El transmite a los hombres esta santidad porque 'fue entregado por nuestros
pecados y fue resucitado para nuestra justificación' (Rom 4, 25).
Hay como un doble aspecto en el misterio pascual: la muerte para liberar
del pecado y la resurrección para abrir el acceso a la vida nueva.
Ciertamente el misterio pascual, como toda la vida y la obra de Cristo,
tiene una profunda unidad interna en su función redentora y en su
eficacia, pero ello no impide que puedan distinguirse sus distintos aspectos
con relación a los efectos que derivan de él en el hombre.
De ahí la atribución a la resurrección del efecto específico
de la 'vida nueva', como afirma San Pablo.
2. Respecto a esta doctrina hay que hacer algunas indicaciones que, en
continua referencia los textos del Nuevo Testamento, nos permitan poner
de relieve toda su verdad y belleza.
Ante todo, podemos decir ciertamente que Cristo resucitado es principio
y fuente de una vida nueva para todos los hombres. Y esto aparece también
en la maravillosa plegaria de Jesús, la víspera de su pasión,
que Juan nos refiere con estas palabra: 'Padre... glorifica a tu Hijo para
que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado
sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú
le has dado' (Jn 17, 1-2). En su plegaria Jesús mira y abraza sobre
todo a sus discípulos a quienes advirtió de la próxima
y dolorosa separación que sé verificaría mediante su
pasión y muerte, pero a los cuales prometió asimismo: 'Yo
vivo y también vosotros viviréis (Jn 14, 19). Es decir: tendréis
parte en mi vida, la cual se revelará después de la resurrección.
Pero la mirada de Jesús se extiende a un radio de amplitud universal.
Les dice: 'No ruego por éstos (mis discípulos), sino también
por aquellos, que por medio de su palabra, creerán en mí...
(Jn 17, 20): todos deben formar una sola cosa al participar en la gloria
de Dios en Cristo.
La nueva vida que se concede a los creyentes en virtud de la resurrección
de Cristo, consiste en la victoria sobre la muerte del pecado y en la nueva
participación en la gracia. Lo afirma San Pablo de forma lapidaria:
'Dios, rico en misericordia..., estando muertos a causa de nuestros delitos
nos vivificó juntamente con Cristo' (Ef 2, 4-5). Y de forma análoga
San Pedro: 'El Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo..., por su
gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre
los muertos nos ha reengendrado para una esperanza viva' (1 Pe 1, 3).
Esta verdad se refleja en la enseñanza paulina sobre el bautismo:
'Fuimos, pues, con El (Cristo) sepultados por el bautismo en la muerte,
a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por
medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos
una vida nueva' (Rom 6, 4).
3. Esta vida nueva (la vida según el Espíritu) manifiesta
la filiación adoptiva: otro concepto paulino de fundamental importancia.
A este respecto, es 'clásico' el pasaje de la Carta a los Gálatas:
'Envió Dios a su Hijo... para rescatar a los que se hallaban bajo
la ley y para que recibiéramos la filiación adoptiva' (Gal
4, 4-5). Esta adopción divina por obra del Espíritu Santo,
hace al hombre semejante al Hijo unigénito: '...Todos los que son
guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios' 'm 8, 14). En
la Carta a los Gálatas San Pablo se apela a la experiencia que tienen
los creyentes de la nueva condición en que se encuentran: 'La prueba
de que sois hijos de Dios es que Dios ha enviado a nuestros corazones el
Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre! De modo
que ya no eres esclavo sino hijo; y si hijo, también heredero por
voluntad de Dios' (Gal 4, 6)7). Hay, pues, en el hombre nuevo un primer
efecto de la redención: la liberación de la esclavitud; pero
la adquisición de la libertad llega al convertirse en hijo adoptivo,
y ello no tanto por el acceso legal a la herencia, sino con el don real
de la vida divina que infunden en el hombre las tres Personas de la Trinidad
(Cfr. Gal 4, 6; 2 Cor 13, 13). La fuente de esta vida nueva del hombre en
Dios es la resurrección de Cristo.
La participación en la vida nueva hace también que los
hombres sean 'hermanos' de Cristo, como el mismo Jesús llama a sus
discípulos después de la resurrección: 'Id a anunciar
a mis hermanos...' (Mt 28, 10; Jn 20, 17). Hermanos no por naturaleza sino
por don de gracia, pues esa filiación adoptiva da una verdadera y
real participación en la vida del Hijo unigénito, tal como
se reveló plenamente en su resurrección.
4. La resurrección de Cristo (y, más aún, el Cristo
resucitado) es finalmente principio y fuente de nuestra futura resurrección.
El mismo Jesús habló de ello al anunciar la institución
de la Eucaristía como sacramento de la vida eterna, de la resurrección
futura: 'El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo
resucitaré el último día' (Jn 6, 54). Y al 'murmurar'
los que lo oían, Jesús les respondió: '¿Esto
os escandaliza? ¿Y cuándo veáis al Hijo del hombre
subir a donde estaba antes...?' (Jn 6, 61-62).De ese modo indicaba indirectamente
que bajo las especies sacramentales de la Eucaristía se da los que
la reciben participación en el Cuerpo y Sangre de Cristo glorificado.
También San Pablo pone de relieve la vinculación entre
la resurrección de Cristo y la nuestra, sobre todo en su Primera
Carta a los Corintios; pues escribe: 'Cristo resucitó de entre los
muertos como primicia de los que murieron... Pues del mismo modo que en
Adán mueren todos, así también todos revivirán
en Cristo' (1 Cor 15, 20-22). 'En efecto, es necesario que este ser corruptible
se revista de incorruptibilidad y que este ser mortal se revista de inmortalidad.
Y cuando este ser corruptible se revista de incorruptibilidad y este ser
mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra
que está escrita: !La muerte ha sido devorada en la victoria!' (1
Cor 15, 53-54). 'Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por nuestro
Señor Jesucristo' (1 Cor 15, 57).
La victoria definitiva sobre la muerte, que Cristo ya ha logrado, El
la hace partícipe a la humanidad en la medida en que ésta
recibe los frutos de la redención. Es un proceso de admisión
a la 'vida nueva', a la 'vida eterna', que dura hasta el final de los tiempos.
Gracias a ese proceso se va formando a lo largo de los siglos una nueva
humanidad: el pueblo de los creyentes reunidos en la Iglesia, verdadera
comunidad de la resurrección. A la hora final de la historia, todos
resurgirán, y los que hayan sido de Cristo, tendrán la plenitud
de la vida en la gloria, en la definitiva realización de la comunidad
de los redimidos por Cristo 'para que Dios sea todo en todos' (1 Cor 15,
28).
5. El Apóstol enseña también que el proceso redentor,
que culmina con la resurrección de los muertos, acaece en una esfera
de espiritualidad inefable, que supera todo lo que se puede concebir y realizar
humanamente. En efecto, si por una parte escribe que 'la carne y la sangre
no pueden heredar el reino de los cielos; ni la corrupción hereda
la incorrupción' (1 Cor 15, 50) lo cual es la constatación
de nuestra incapacidad natural para la nueva vida), por otra, en la Carta
a los Romanos asegura a los que creen lo siguiente: 'Si el Espíritu
de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita
en nosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará
también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu
que habita en vosotros' (Rom 8, 11). Es un proceso misterioso de espiritualización,
que alcanzará también a los cuerpos en el momento de la resurrección
por el poder de ese mismo Espíritu Santo que obró la resurrección
de Cristo.
Se trata, sin duda, de realidades que escapan a nuestra capacidad de
comprensión y de demostración racional, y por eso son objeto
de nuestra fe fundada en la Palabra de Dios, la cual, mediante San Pablo,
nos hace penetrar en el misterio que supera todos los límites del
espacio y del tiempo: 'Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente;
el último Adán, espíritu que da vida'(1 Cor 15, 45).
'Y del mismo modo que hemos llevado la imagen del hombre terreno, llevaremos
también la imagen del celeste' (1 Cor 15, 49).
6. En espera de esa transcendente plenitud final, Cristo resucitado vive
en los corazones de sus discípulos y seguidores como fuente de santificación
en el Espíritu Santo, fuente de la vida divina y de la filiación
divina, fuente de la futura resurrección.
Esa certeza le hace decir a San Pablo en la Carta a los Gálatas:
'Con Cristo estoy crucificado; y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive
en mí. La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe
del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo
por mí' (Gal 2, 20). Como el Apóstol, también cada
cristiano, aunque vive todavía en la carne (Cfr. Rom 7, 5), vive
una vida ya espiritualizada con la fe (Cfr. 2 Cor 10, 3), porque el Cristo
vivo, el Cristo resucitado se ha convertido en el sujeto de todas sus acciones:
Cristo vive en mí (Cfr. Rom 8, 2. 10)11;. Flp 1, 21; Col 3, 3). Y
es la vida en el Espíritu Santo.
Esta certeza sostiene al Apóstol, como puede y debe sostener
a cada cristiano en los trabajos y los sufrimientos de esta vida, tal como
aconsejaba Pablo al discípulo Timoteo en el fragmento de una Carta
suya con el que queremos cerrar )para nuestro conocimiento y consuelo) nuestra
catequesis sobre la resurrección de Cristo: 'Acuérdate de
Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David, según
mi Evangelio... Por eso todo lo soporto por los elegidos, para que también
ellos alcancen la salvación que está en Cristo Jesús
con la gloria eterna. Es cierta esta afirmación: si hemos muerto
con El, también viviremos con El; si nos mantenemos firmes, también
reinaremos con El; si le negamos, también El nos negará; si
somos fieles, El permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo...'
(2 Tim 2, 8-13).
'Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos': esta
afirmación del Apóstol nos da la clave de la esperanza en
la verdadera vida en el tiempo y en la eternidad.
Cristo vencedor de la muerte (29.III.89)
1. '¡Cristo nuestra Pascua, se ha inmolado en la cruz por nuestros
pecados y ha resucitado glorioso: hagamos fiesta en el Señor!'.
Este es el sentimiento que invade la liturgia en estos días,
tras la celebración de la Pascua; en estos días repetimos
con júbilo, en la Santa Misa, las palabras de la Secuencia: 'Mors
et vita duello conflixere mirando, dux vitae mortuus regnat vivus!': '¡Lucharon
vida y muerte en singular batalla, y muerto el que es la Vida, triunfante
se levanta!'.
Cristo, victorioso sobre la muerte, está presente activamente
también en la historia de hoy.
El cristianismo continúa su camino, porque cuenta con la acción
del Verbo encarnado, que se hizo hombre, murió en cruz, fue sepultado
y resucitó, como lo había predicho. 'La fe cristiana (ha escrito
el conocido teólogo Romano Guardini) se mantiene o se pierde según
se crea o no en la resurrección del Señor. La resurrección
no es un fenómeno marginal de esta fe; ni siquiera un desenlace mitológico
que la fe haya tomado de la historia y del que más tarde haya podido
deshacerse sin daño para su contenido: es su corazón' ('Il
Signore', Parte sexta, Resurrección y Transfiguración).
Y así la Iglesia, junto al sepulcro vacío, advierte siempre
a los hombres: '¡No busquéis entre los muertos al que vive!
No está aquí: ha resucitado!'. 'Acordaos (dice la Iglesia
con las palabras de los ángeles a las mujeres piadosas atemorizadas
ante la piedra corrida) de lo que os dijo estando todavía en Galilea:
'El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado
y al tercer día resucitar' (Lc 24, 6-7).
Pedro, que entró con Juan en el sepulcro vacío, vio 'las
vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza,
no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte' (Jn 20,
6-7). El, después, le vio resucitado y se entretuvo con Él,
como afirmó en el discurso en la casa del centurión Cornelio:
'Los judíos lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios
lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el
pueblo, sino a los testigos que El había designado: a nosotros, que
hemos comido y bebido con Él después de su resurrección.
Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios
lo ha nombrado juez de vivos y muertos' (Hech 10, 39-42).
Pedro, los Apóstoles y los discípulos comprendieron perfectamente
que les tocaba a ellos la tarea de ser esencialmente y sobre todo los 'testigos'
de la resurrección de Cristo, porque de este acontecimiento único
y sorprendente dependería la fe en El y la aceptación de su
mensaje salvífico.
2. También el cristiano, en la época y en el lugar en que
vive, es un testigo de Cristo resucitado: ve con los mismos ojos de Pedro
y de los Apóstoles; está convencido de la resurrección
gloriosa de Cristo crucificado y por ello cree totalmente en El, camino,
verdad, vida y luz del mundo, y lo anuncia con serenidad y valentía.
El 'testimonio pascual' se convierte, de este modo en la característica
especifica del cristiano.
Así escribe San Pablo a los Colosenses: 'si habéis resucitado
con Cristo, buscadlas cosas de arriba, donde está Cristo, sentado
a la diestra de Dios; aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra,
porque habéis muerto y vuestra vida está oculta con Cristo
en Dios' (Col 3, 1-3).
En un discurso sobre los sacramentos, San Ambrosio observaba justamente:
'Dios, por tanto, te ha ungido, Cristo te ha sellado con su sello. ¿De
qué forma? Has sido marcado para recibir la impronta de su cruz,
para configurarte a su pasión. Has recibido el sello que te ha hecho
semejante a El, para que puedas resucitar a imagen de Él que fue
crucificado al pecado y vive para Dios. Tu hombre viejo ha sido inmerso
en la fuente, ha sido crucificado en el pecado, pero ha resucitado para
Dios' (Discurso VI, 2, 7).
El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Iglesia,
tratando de la vocación universal a la santidad, escribe: 'Quedan,
pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente
la santidad y la perfección dentro del propio estado. Estén
todos atentos a encauzar rectamente sus afectos, no sea que el uso de las
cosas del mundo y un apego a las riquezas contrario al espíritu de
pobreza evangélica les impida la prosecución de la caridad
perfecta' (Lumen Gentium, 42).
3. Obligado al 'testimonio pascual', el cristiano tiene indudablemente
una gran dignidad, pero también una fuerte responsabilidad: en efecto,
debe hacerse cada vez más creíble con la claridad de la doctrina
y con la coherencia de la vida.
El 'testimonio pascual', por lo tanto, se expresa antes que nada mediante
el camino de ascesis espiritual, es decir, mediante la tensión constante
y decidida hacia la perfección, en valiente adhesión a las
exigencias del bautismo y de la confirmación; se expresa, además,
mediante el empeño apostólico, aceptando con sano realismo
las tribulaciones y las persecuciones, acordándose siempre de lo
que dijo Jesús: 'Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mi
antes que a vosotros... Tendréis tribulaciones en el mundo, pero
tened confianza: ¡Yo he vencido al mundo!' (15, 18; 16, 33); se expresa,
por fin, mediante el 'ideal de la caridad', por el que el cristiano, como
buen samaritano, aun sufriendo por tantas situaciones dolorosas en que se
encuentra la humanidad, se halla siempre implicado de alguna forma en las
obras de misericordia temporales y espirituales, rompiendo constantemente
el muro del egoísmo y manifestando así de modo concreto el
amor del Padre.
4. Queridísimos: ¡Toda la vida del cristiano debe ser Pascua!
¡Llevad a vuestras familias, a vuestro trabajo, a vuestros intereses,
llevad al mundo de la escuela, de la profesión y del tiempo libre,
así como al sufrimiento, la serenidad y la paz, la alegría
y la confianza que nacen de la certeza de la resurrección de Cristo!
¡Que María Santísima os acompañe y os conforte
en este 'testimonio pascual' vuestro!
'Scimus Christum surrexisse a mortuis vere: tu nobis victor Rex, miserere!':
'¡Sabemos que en verdad resucitaste de entre los muertos. Rey vencedor,
apiádate de nosotros!' |