El presbiterado, participación ministerial en el sacerdocio
de Cristo (31.III.1993)
1. Comenzamos hoy una nueva serie de catequesis, dedicadas al presbiterado
y a los presbíteros, que, como es bien sabido, son los más
íntimos colaboradores de los obispos, de cuya consagración
y misión sacerdotal participan. Desarrollaré el tema fundándome
continuamente en los textos del Nuevo Testamento y siguiendo la línea
del concilio Vaticano II, como suelo hacer en estas catequesis. Quiero iniciar
la exposición del tema con el alma rebosante de afecto hacia estos
íntimos colaboradores del orden episcopal, a quienes siento muy cerca
y amo en el Señor, como afirmé ya desde el principio de mi
pontificado y, de manera especial, en mi primera carta a los sacerdotes
de todo el mundo, escrita el Jueves Santo de 1979.
2. Es preciso advertir que el sacerdocio, en todos sus grados, y por
consiguiente tanto en los obispos como en los presbíteros, es una
participación del sacerdocio de Cristo que, según la carta
a los Hebreos, es el único sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza,
que se ofreció a si mismo de una vez para siempre con un sacrificio
de valor infinito, que permanece inmutable y perenne en el centro de la
economía de la salvación (cf. Hb 7, 24.28). No existe ni la
necesidad ni la posibilidad de otros sacerdotes además de .o junto
a. Cristo, el único mediador (cf. Hb 9, 15; Rm 5, 15.19;1 Tm 2, 5),
punto de unión y reconciliación entre los hombres y Dios (cf.
2 Co 5, 14.20), el Verbo hecho carne, lleno de gracia (cf. Jn 1, 1.18),
verdadero y definitivo hieréus, sacerdote (cf. Hb 5, 6; 10, 21),
que en la tierra llevó a cabo la destrucción del pecado mediante
su sacrificio (Hb 9, 26), y en el cielo sigue intercediendo por sus fieles
(cf. Hb 7, 25), hasta que lleguen a la herencia eterna conquistada y prometida
por él. Nadie más, en la nueva alianza, es hieréus
en el mismo sentido.
3. La participación en el único sacerdocio de Cristo, que
se ejerce en diversos grados, fue voluntad del mismo Cristo, quien quiso
que existieran en su Iglesia funciones diferentes, como se requiere en un
cuerpo social bien organizado, y para la función directiva estableció
ministros de su sacerdocio (cf. Catecismo de la Iglesia católica,
n. 1554). A éstos les confirió el sacramento del orden para
constituirlos oficialmente sacerdotes que obran en su nombre y con su poder,
ofreciendo el sacrificio y perdonando los pecados. Así pues .observa
el Concilio., enviados los Apóstoles como él fuera enviado
por su Padre, Cristo, por medio de los mismos Apóstoles, hizo partícipes
de su propia consagración y misión a los sucesores de aquéllos,
que son los obispos, cuyo cargo ministerial, en grado subordinado, fue encomendado
a los presbíteros, a fin de que, constituidos en el orden del presbiterado,
fuesen cooperadores del orden episcopal para cumplir la misión apostólica
confiada por Cristo (Presbyterorum ordinis, 2; cf. Catecismo de la Iglesia
católica, n.1562).
Esa voluntad de Cristo aparece claramente en el Evangelio, que nos refiere
cómo Jesús atribuyó a Pedro y a los Doce una autoridad
suprema en su Iglesia, pero quiso colaboradores para el cumplimiento de
su misión. Es significativo lo que nos dice el evangelista Lucas:
Jesús, después de haber enviado en misión a los Doce
(cf. 9, 1.6), manda un número aún mayor de discípulos,
como para dar a entender que la misión de los Doce no basta en la
obra de la evangelización. Designó el Señor a otros
setenta y dos, y los envió de dos en dos os delante de sí,
a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir (Lc 10,1).
Sin duda, este paso es sólo una prefiguración del ministerio
que Cristo instituiría formalmente más tarde, pero manifiesta
ya la intención del Maestro divino de introducir un número
notable de colaboradores en el trabajo de la viña. Jesús eligió
a los Doce de entre un grupo más amplio de discípulos (cf.
Lc 6, 12.13). Estos discípulos, según el significado que tiene
el término en los textos evangélicos, no son solamente los
que creen en Jesús, sino los que lo siguen, quieren recibir su enseñanza
de Maestro y dedicarse a su obra. Y Jesús los compromete en su misión.
Según san Lucas, precisamente en esta circunstancia Jesús
dijo aquellas palabras: La mies es mucha y los obreros, pocos (10, 2). Así
quería indicar que, según su pensamiento, vinculado a la experiencia
del primer ministerio, el número de los obreros era demasiado pequeño.
Y no lo era sólo por entonces, sino en todos los tiempos, incluido
el nuestro, en el que el problema se ha agravado notablemente. Debemos afrontarlo
sintiéndonos estimulados y, al mismo tiempo, confortados por esas
palabras y .se podría decir. por aquella mirada de Jesús tendida
hacia los campos en los que hacen falta obreros para la siega. Jesús
dio ejemplo con su iniciativa, que podríamos definir de promoción
vocacional: envió a los setenta y dos discípulos, además
de haber enviado a los doce Apóstoles.
4. Según refiere el Evangelio, Jesús asigna a los setenta
y dos discípulos una misión semejante a la de los Doce: los
discípulos son enviados para anunciar la llegada del reino de Dios.
Realizarán esa predicación en nombre de Cristo, con su autoridad:
'Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros
os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza
al que me ha enviado" (Lc 10, 16).
Los discípulos reciben, como los Doce (cf. Mc 6, 7; Lc 9, 1),
el poder de arrojar los espíritus malignos, hasta el punto de que,
después de sus primeras experiencias, le dicen a Jesús: "Señor,
hasta los demonios se nos someten en tu nombre" ". Jesús
mismo confirma ese poder: "Yo veía a Satanás caer del
cielo como un rayo. Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes
y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo..."(Lc 10, 17.19). También
para ellos, se trata de participar con los Doce en la obra redentora del
único sacerdote de la nueva Alianza, Cristo, que quiso conferirles
también a ellos una misión y poderes semejantes a los de los
Doce. La institución del presbiterado, por consiguiente, no responde
sólo a una necesidad práctica de los obispos, a quienes hacen
falta colaboradores, sino que deriva de una intención explícita
de Cristo.
5. De hecho, vemos que, ya en los primeros tiempos del cristianismo,
los presbíteros (presbyteroi) están presentes y tienen funciones
en la Iglesia de los Apóstoles y de los primeros obispos, sus sucesores
(cf. Hch 11,30; 14, 23; 15,2. 4. 6. 22. 23. 41; 16, 4; 20, 17; 21, 18;1
Tm 4, 14; 5, 17.19; Tt 1, 5; St 5,14;1 P 5, 1. 5; 2 Jn 1; 3 Jn 1). En estos
libros del Nuevo Testamento, no siempre resulta fácil distinguir
a los presbíteros de los obispos, por lo que se refiere a las tareas
que se les atribuyen; pero en seguida se van dibujando, ya en la Iglesia
de los Apóstoles, las dos clases de personas que participan en la
misión y el sacerdocio de Cristo, y que luego vuelven parecer y se
especifican mejor en las obras de los escritores post.apostólicos
(como la Carta a los Corintios del Papa san Clemente, las Cartas de san
Ignacio de Antioquía, el Pastor de Hermas, etc.), hasta que, en el
lenguaje difundido en la Iglesia establecida en Jerusalén, en Roma
y en las demás comunidades de Oriente y Occidente, se termina por
reservar el nombre de obispo al jefe y pastor único de la comunidad,
mientras que el de presbítero designa a un ministro que actúa
bajo la dependencia del obispo.
6. Siguiendo esa línea de la tradición cristiana y de acuerdo
con la voluntad de Cristo atestiguada en el Nuevo Testamento, el concilio
Vaticano II habla de los presbíteros como de ministros que no poseen
la cumbre del pontificado y, en el ejercicio de su potestad, dependen de
los obispos, pero por otra parte están unidos a ellos "en el
honor del sacerdocio, (Lumen Gentium, 28; cf. Catecismo de la Iglesia católica,
n. 1564). Esta unión se funda en el sacramento del orden: "El
ministerio de los presbíteros, por estar unido con el orden episcopal,
participa de la autoridad con que Cristo mismo edifica, santifica y gobierna
su cuerpo" (Presbyterorum ordinis, 2; cf. Catecismo de la Iglesia católica,
n. 1563).
También los presbíteros llevan en sí mismos "la
imagen de Cristo, sumo y eterno sacerdote" (Lumen Gentium, 28). Por
tanto, participan de la autoridad pastoral de Cristo: y ésta es la
característica específica de su ministerio, fundada en el
sacramento del orden, que se les ha conferido. Como leemos en el decreto
Presbyterorum ordinis, "el sacerdocio de los presbíteros supone,
desde luego, los sacramentos de la iniciación cristiana; sin embargo,
se confiere por aquel especial sacramento con el que los presbíteros,
por la unción del Espíritu Santo, quedan sellados con un carácter
particular, y así se configuran con Cristo sacerdote, de suerte que
puedan obrar como en persona de Cristo cabeza" (n. 2; cf. Catecismo
de la Iglesia católica, n. 1563).
Ese carácter, conferido con la unción sacramental del Espíritu
Santo, en los que lo reciben es signo de una consagración especial,
con respecto al bautismo y a la confirmación; de una configuración
más profunda a Cristo sacerdote, que los hace sus ministros activos
en el culto oficial a Dios y en la santificación de sus hermanos;
y de los poderes ministeriales que han de ejercer en nombre de Cristo, cabeza
y pastor de la Iglesia (cf. Catecismo de la Iglesia católica, nn.
1581.1584).
7. El carácter es también signo y vehículo, en el
alma del presbítero, de las gracias especiales que necesita para
el ejercicio del ministerio, vinculadas a la gracia santificante que el
orden comporta como sacramento, tanto en el momento de ser conferido como
a lo largo de todo su ejercicio y desarrollo en el ministerio. Así
pues, envuelve e implica al presbítero en una economía de
santificación, que el mismo ministerio comporta en favor de quien
lo ejerce y de quienes se benefician de él en los varios sacramentos
y en las demás actividades que realizan sus pastores. La Iglesia
entera recibe los frutos de las santificación llevada a cabo por
el ministerio de los presbíteros.pastores: tanto de los diocesanos,
como de los que, con cualquier título y de cualquier manera, una
vez recibido el orden sagrado, realizan su actividad en comunión
con los obispos diocesanos y con el Sucesor de Pedro.
8. La ontología profunda de la consagración del orden y
el dinamismo de santificación que comporta en el ministerio excluyen,
ciertamente, toda interpretación secularizante del ministerio presbiteral,
como si el presbítero se hubiera de dedicar simplemente a la instauración
de la justicia o a la difusión del amor en el mundo. El presbítero
es ontológicamente partícipe del sacerdocio de Cristo, verdaderamente
consagrado, hombre de lo sagrado, entregado como Cristo al culto que se
eleva hacia el Padre y a la misión evangelizadora con que difunde
y distribuye las cosas sagradas la verdad, la gracia de Dios. a sus hermanos.
ésta es su verdadera identidad sacerdotal; y ésta es la exigencia
esencial del ministerio sacerdotal también en el mundo de hoy.
La misión evangelizadora de los presbíteros (21/04/1993)
1. En la Iglesia todos estamos llamados enunciar la buena nueva de Jesucristo,
a comunicarla de una manera cada vez más plena a los creyentes (cf.
Col 3, 16) y a darla a conocer a los no creyentes (cf. I P 3, 15). Ningún
cristiano puede quedar exento de esta tarea, que deriva de los mismos sacramentos
del bautismo y la confirmación, y actúa bajo el impulso del
Espíritu Santo. Así pues, es preciso decir en seguida que
la evangelización no está reservada a una sola clase de miembros
de la Iglesia. Con todo, los obispos son sus protagonistas y sus guías
para toda la comunidad cristiana, como hemos visto a su tiempo. En esta
misión cuentan con la colaboración de los presbíteros
y, en cierta medida, de los diáconos, según las normas y la
praxis de la Iglesia, tanto en los tiempos más antiguos como en los
de la nueva evangelización.
2. Con respecto a los presbíteros, se puede afirmar que el anuncio
de la palabra de Dios es la primera función que han de desempeñar
(cf. Lumen Gentium, 28; Catecismo de la Iglesia católica, n. 1564),
porque la base de la vida cristiana, personal y comunitaria, es la fe, que
es suscitada por la palabra de Dios y se alimenta de ella.
El concilio Vaticano II subraya esta misión evangelizadora, poniéndola
en relación con la formación del pueblo de Dios y con el derecho
de todos a recibir de los sacerdotes el anuncio evangélico (cf. Presbyterorum
ordinis, 4). San Pablo pone de relieve la necesidad de esta predicación,
añadiendo al mandato de Cristo su experiencia de Apóstol.
En su actividad evangelizadora realizada en muchas regiones y en muchos
ambientes, se había dado cuenta de que los hombres no creían
porque nadie les había anunciado todavía la buena nueva. Aun
estando abierto a todos el camino de la salvación, había comprobado
que no todos habían tenido acceso a él. Por ello, daba también
esta explicación de la necesidad de la predicación por mandato
de Cristo: ¿"Cómo invocarán a aquel en quien no
han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no
han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique?
Y ¿cómo predicarán si no son enviados?" (Rm 10,
14.15).
A los que se habían convertido en creyentes, el Apóstol
cuidaba luego de comunicar abundantemente la palabra de Dios. Lo dice él
mismo a los Tesalonicenses: "Como un padre a sus hijos, lo sabéis
bien, a cada uno de vosotros os exhortábamos y alentábamos,
conjurándoos a que vivieseis de una manera digna de Dios, que os
ha llamado..." (I Ts 2, 11.12). Al discípulo Timoteo, el Apóstol
recomienda encarecidamente este ministerio: "Te conjuro en presencia
de Dios y de Cristo... Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo,
reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina" (2 Tm 4,
1.2). Por lo que se refiere a los presbíteros, afirma: "Los
presbíteros que ejercen bien su cargo merecen doble remuneración,
principalmente los que se afanan en la predicación y en la enseñanza"
(I Tm 5, 17).
3.. La predicación de los presbíteros no es un simple ejercicio
de la palabra, para responder a una necesidad personal de expresarse y comunicar
su pensamiento, ni puede consistir sólo en la manifestación
de una experiencia personal. Este elemento psicológico, que puede
desempeñar un papel bajo el aspecto didáctico.pastoral, no
puede constituir ni la razón ni la parte principal de la predicación.
Como decían los padres del Sínodo de los obispos de 1971,
"las experiencias de la vida de los hombres, en general, y de los presbíteros,
que es preciso tener en cuenta e interpretar siempre a la luz del Evangelio,
no pueden ser ni la única norma de la predicación ni la principal"(Ench.
Vat. 4,1186).
La misión de predicar ha sido confiada por la Iglesia a los presbíteros
como participación en la mediación de Cristo, y se ha de ejercer
en virtud y según las exigencias de su mandato: los presbíteros,
"partícipes, en su grado de ministerio, del oficio de Cristo,
el único mediador (cf. I Tm 2, 5), anuncian a todos la palabra divina"(ib.).
Esta expresión no puede por menos de hacernos meditar: se trata de
una palabra divina que, por consiguiente, no es nuestra, no puede ser manipulada,
transformada o adaptada según el gusto personal, sino que debe ser
anunciada íntegramente. Y, dado que la "palabra divina"
ha sido confiada a los Apóstoles y a la Iglesia, "todos los
presbíteros participan de una responsabilidad especial en la predicación
de toda la palabra de Dios y en su interpretación según la
fe de la Iglesia", como decían también los padres del
Sínodo en 1971 (Ench. Vat. 4, 1183).
4. El anuncio de la Palabra se realiza en intima conexión con
los sacramentos, por medio de los cuales Cristo comunica y desarrolla la
vida de la gracia. A este respecto, conviene observar también que
buena parte de la predicación, especialmente en nuestro tiempo, se
lleva a cabo durante la celebración de los sacramentos, sobre todo
en la santa misa. Es preciso advertir, asimismo, que el anuncio se realiza
y través de la administración de los sacramentos, tanto por
la riqueza teológica y catequética de las fórmulas
y lecturas litúrgicas, que hoy se hacen en lenguas vivas comprensibles
por el pueblo, como por el proceso pedagógico del rito.
A pesar de ello, no cabe duda de que la predicación debe preceder,
acompañar y coronar la administración de los sacramentos,
a fin de que se logre la preparación necesaria para recibirlos y
den fruto en la fe y en la vida.
5. El Concilio recordó que el anuncio de la palabra divina tiene
como efecto suscitar y alimentar la fe, y contribuir al desarrollo de la
Iglesia: Por la palabra de salvación se suscita en el corazón
de los que no creen y se nutre en el corazón de los fieles la fe,
por la que empieza y se acrecienta la congregación de los fieles"
(Presbyterorum ordinis, 4).
Conviene tener siempre en cuenta este principio: la misión de
difundir, fortalecer y hacer crecer la fe debe seguir siendo fundamental
en todo predicador del Evangelio y, por tanto, en el presbítero que,
de modo muy especial y con mucha frecuencia, está llamado a ejercer
el ministerio de la Palabra. Una predicación que fuese sólo
un entramado de motivos psicológicos vinculados a la persona, o que
se limitase a plantear problemas sin resolverlos o a suscitar dudas sin
señalar la fuente de la luz evangélica que puede iluminar
el camino de los individuos y las sociedades, no lograría el objetivo
esencial querido por el Salvador. Más aún, se convertiría
en fuente de desorientación para la opinión pública
y de daño para los mismos creyentes, cuyo derecho a conocer el contenido
verdadero de la Revelación no sería respetado.
6. El Concilio ha mostrado también la amplitud y la variedad de
formas que asume el auténtico anuncio del Evangelio, según
la enseñanza y el mandato de la Iglesia a los predicadores: A todos,
pues, se deben los presbíteros para comunicarles la verdad del Evangelio,
de que gozan en el Señor. Ora, pues, con su buena conducta entre
los gentiles los induzcan a glorificar a Dios, ora públicamente predicando
anuncien el misterio de Cristo a los que no creen, ora enseñen la
catequesis cristiana o expliquen la doctrina de la Iglesia, ora se esfuercen
en estudiar las cuestiones de su tiempo a la luz de Cristo, su misión
es siempre no enseñar su propia sabiduría, sino la palabra
de Dios, e invitar a todos instantemente a la conversión y santidad"(ib.
).éstos son, por tanto, los caminos de la enseñanza de la
palabra divina, según la Iglesia: el testimonio de la vida, que ayuda
a descubrir la fuerza del amor de Dios y hace persuasiva la palabra del
predicador; la predicación explícita del misterio de Cristo
a los no creyentes; la catequesis y la exposición ordenada y orgánica
de la doctrina de la Iglesia; y la aplicación de la verdad revelada
al juicio y a la solución de los casos concretos. Con esas condiciones,
la predicación muestra su belleza y atrae a los hombres, deseosos
de ver la gloria de Dios, también hoy.
7. A esa exigencia de autenticidad e integridad del anuncio no se opone
el principio de la adaptación de la predicación, que puso
de relieve el Concilio(cf. ib.). Es evidente que el presbítero, ante
todo, debe preguntarse con sentido de responsabilidad y realismo, si lo
que dice en su predicación es comprendido por sus oyentes y si tiene
efecto en su modo de pensar y vivir. Asimismo, ha de esforzarse por tener
presente su propia predicación, las diversas necesidades de los oyentes
y las diferentes circunstancias por las que se reúnen y solicitan
su intervención. Desde luego, también debe conocer y reconocer
sus cualidades, y aprovecharlas oportunamente, no para un exhibicionismo
que, más que nada, lo descalificaría ante los oyentes, sino
con el fin de introducir mejor la palabra divina en el pensamiento y en
el corazón de los hombres.
Pero, más que en sus propias cualidades naturales, el predicador
ha de confiar en los carismas sobrenaturales que la historia de la Iglesia
y de la oratoria sagrada presenta en tantos predicadores santos, y debe
sentirse impulsado a pedir al Espíritu Santo la inspiración
para lograr el modo más adecuado y eficaz de hablar, de comportarse
y de dialogar con su auditorio.
Y esto vale para todos los que ejercen el ministerio de la Palabra con
escritos, publicaciones o transmisiones radiofónicas y televisivas.
También el uso de estos medios de comunicación requiere que
el predicador, el conferenciante, el escritor, el ensayista religioso y,
en especial, el presbítero recurran al Espíritu Santo, luz
que vivifica las mentes y los corazones.
8. Según las directrices del Concilio, el anuncio de la palabra
divina ha de hacerse en todos los ambientes y en todos los estratos sociales,
teniendo en cuenta también a los no creyentes, ya se trate de verdaderos
ateos, ya, como sucede con mayor frecuencia, de agnósticos, o de
indiferentes o distraídos.
Para despertar el interés de éstos, es preciso descubrir
los caminos más adecuados. Baste aquí haber señalado
una vez más el problema, que es grave y que conviene afrontar con
celo, acompañado de inteligencia, y con espíritu sereno. Al
presbítero le podrá ser útil recordar la sabia reflexión
del Sínodo de los obispos de 1971, que decía: "El ministro
de la Palabra, con la evangelización, prepara los caminos del Señor
con gran paciencia y fe, adaptándose a las diversas condiciones de
la vida de los individuos y de los pueblos" (Ench. Vat. 4, 1184). Recurrir
a la gracia del Señor y al Espíritu Santo, que distribuye
los dones divinos, siempre es necesario. Ahora bien, esa necesidad se debe
sentir mucho más vivamente en todos los casos de ateísmo .al
menos práctico., agnosticismo, ignorancia e indiferencia religiosa,
y en ocasiones hostilidad por prejuicios o incluso rabia, que hacen constatar
al presbítero la insuficiencia de todos los medios humanos para abrir
en las almas un resquicio para Dios. Entonces, más que nunca, experimentará
el misterio de las manos vacías, como se ha dicho; pero, precisamente
por esto, recordará que san Pablo, casi crucificado por experiencias
parecidas, encontraba siempre nuevo valor en "la fuerza y la sabiduría
de Dios" (cf. I Co 1, 18. 29), y recordaba a los Corintios: "Y
me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso.
Y mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos
discursos de la sabiduría, sino que fueron una demostración
del Espíritu y del poder, para que vuestra fe se fundase, no en sabiduría
de hombres, sino en el poder de Dios" (1 Co 2, 3.5). Tal vez éste
es el viático más importante para el predicador de hoy.
La misión de los presbíteros en el ministerio sacramental
de santificación (5.V.93)
1.. Hablando de la misión evangelizadora de los presbíteros,
hemos visto ya que, en los sacramentos y mediante los sacramentos, es posible
impartir a los fieles una instrucción metódica y eficaz acerca
de la palabra de Dios y el ministerio de la salvación. En efecto,
la misión evangelizadora del presbítero está vinculada
esencialmente con el ministerio de santificación que se lleva acabo
por medio de estos sacramentos (cf. Código de derecho canónico,
n. 893).
El ministerio de la palabra no puede limitarse sólo al efecto
inmediato y propio de la palabra. La evangelización es el primero
de los trabajos apostólicos que, según el Concilio, "se
ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos
se reúnan, alaben a Dios en medio de la Iglesia, participen en el
sacrificio y coman la cena del Señor" (Sacrosanctum Concilium,
10). Y el Sínodo de los obispos de 1971 afirmaba que "el ministerio
de la palabra, rectamente entendido, lleva a los sacramentos y a la vida
cristiana, tal como se practica en la comunidad visible de la Iglesia y
en el mundo" (cf. L'Osservatore Romano, edición lengua española,
12 de diciembre de 1971, p. 3).
Todo intento de reducir el ministerio sacerdotal a la manera predicación
o a la enseñanza pasaría por alto un aspecto fundamental de
este ministerio. Ya el concilio de Trento había rechazado una proposición
según la cual el sacerdocio consistiría únicamente
en el ministerio de predicar el Evangelio (cf. Denz.S. ,1771). Dado que
algunos, incluso recientemente, han exaltado de manera demasiado unilateral
el ministerio de la palabra, el Sínodo de los obispos de 1971 subrayó
la unión indisoluble entre palabra y sacramentos. "En efecto
.dice. los sacramentos se celebran juntamente con proclamación de
la palabra de Dios y de esta manera desarrollan la fe, corroborándola
con la gracia. Por lo tanto, I se pueden menospreciar los sacramentos, ya
que por medio de ellos la palabra consigue su efecto más pleno, es
decir, comunión del misterio de Cristo"(cf. L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 12 de diciembre de 1971, p. 3).
2. Con respecto a este carácter unitario de la misión evangelizadora
y del ministerio sacramental, el Sínodo de 1971 no dudó en
afirmar que una separación entre la evangelización y la celebración
de los sacramentos "dividiría el corazón mismo de la
Iglesia hasta poner en peligro la fe"(cf. ib.).
Con todo, el Sínodo reconoce que en la aplicación concreta
del principio de unidad caben modalidades diversa para cada sacerdote, "pues
el ejercicio del ministerio sacerdotal debe ramificarse en la práctica
con el fin de responder mejor a las situaciones peculiares o nuevas en que
ha de se anunciado el Evangelio"(cf. ib.).
Una sabia aplicación del principio de unidad debe tener en cuenta
también los carismas que ha recibido cada uno de los presbíteros.
Si algunos tienen talentos particulares para la predicación o la
enseñanza, es preciso que los exploten para el bien de la Iglesia.
Es útil recordar aquí el caso de san Pablo, quien, a pesar
de estar convencido de la necesidad del bautismo, y de haber administrado
él mismo ese sacramento en diversas ocasiones, se consideraba enviado
para la predicación del Evangelio, y dedicaba sus energías
sobre todo a esta forma de ministerio (cf. I Co 1, 14. 17). Pero en su predicación
no perdía de vista la obra esencial de edificación de la comunidad
(cf. I Co 3, 10),a cuyo servicio ha de estar la predicación.
Quiere decir que también hoy, como ha sucedido siempre en la historia
del ministerio pastoral, la repartición del trabajo podrá
llevar a insistir en la predicación o en el culto y los sacramentos,
según las capacidades de las personas y la valoración de las
situaciones. Pero no se puede poner en duda que, para los presbíteros,
la predicación y la enseñanza, incluso en los más altos
niveles académicos y científicos, deben conservar siempre
su finalidad: están al servicio del ministerio de santificación
por medio de los sacramentos.
3. En todo caso, queda fuera de toda discusión la importante misión
de santificación confiada a los presbíteros, que pueden ejercerla
sobre todo en el ministerio del culto y los sacramentos. Sin lugar a dudas,
es una obra realizada ante todo por Cristo, como subraya el Sínodo
de 1971: "La salvación que se realiza por los sacramentos no
proviene de nosotros, sino de lo alto, de Dios. Lo cual demuestra la primacía
de la acción de Cristo, único sacerdote y mediador en su cuerpo,
que es la Iglesia"(cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 12 de diciembre de 1971, p. 4; cf. también Pastores
dabo vobis, 12). Ahora bien, en la actual economía salvífica,
Cristo se sirve del ministerio de los presbíteros para llevar a cabo
la santificación de los creyentes (cf. Presbyterorum ordinis, 5).
Actuando en nombre de Cristo, el presbítero alcanza la eficacia de
la acción sacramental por medio del Espíritu Santo, Espíritu
de Cristo, principio y fuente de la santidad de la vida nueva.
La vida nueva que el presbítero suscita, alimenta, protege y desarrolla
por medio de los sacramentos, es una vida de fe, esperanza y amor. La fe
es el don divino fundamental: "De ahí la gran importancia que
tienen la preparación y la disposición de la fe para quien
recibe los sacramentos. De ahí también la necesidad del testimonio
de la fe por parte del ministro en toda su vida, sobre todo en la manera
de estimar y celebrar los mismos sacramentos" (cf. L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 12 de diciembre de 197 1,p. 4).
La fe que otorga Cristo por medio de los sacramentos va acompañada
siempre por una "esperanza viva"(l P 1, 3) que infunde en el alma
de los fieles un fuerte dinamismo de vida espiritual, un impulso hacia "
"las cosas de arriba""(Col 3, 1.2). Por otra parte, la fe
"actúa por la caridad"(Ga 5, 6), caridad que brota del
corazón del Salvador y fluye en los sacramentos para propagarse a
toda la existencia cristiana.
4. El ministerio sacramental de los presbíteros está, por
tanto, dotado de una fecundidad divina. Lo recordó muy bien el Concilio.
Así, con el bautismo, los presbíteros "introducen
a los hombres en el pueblo de Dios" (Presbyterorum ordinis, 5) y, por
tanto, son responsables no sólo de una digna celebración del
rito, sino también de una buena preparación para el mismo,
con la formación de los adultos en la fe y, en el caso de los niños,
con la educación de la familia para colaborar en el acontecimiento.
Además, "en el espíritu de Cristo Pastor los instruyen
para que con espíritu contrito sometan sus pecados a la Iglesia en
el sacramento de la penitencial, de suerte que día a día se
conviertan más y más al Señor, recordando aquellas
palabras suyas: 'Haced penitencia, pues se acerca el reino de los cielos'
(Mt 4,17)" (ib.). Por ello, también los presbíteros deben
vivir personalmente con la actitud de hombres que reconocen sus propios
pecados y su propia necesidad de perdón, en comunión de humildad
y penitencia con los fieles. Así podrán manifestar de una
forma más eficaz la grandeza de la misericordia divina y dar, junto
con el perdón, una confortación celeste a quienes se siente
oprimidos por el peso de sus culpas.
En el sacramento del matrimonio, el presbítero está presente
como responsable de la celebración, testimoniando la fe y acogiendo
el consentimiento de parte de Dios, a quien representa como ministro de
la Iglesia. De ese modo, participa profunda y vitalmente no sólo
en el rito, sino también en la dimensión más profunda
del sacramento.
Y, por último, con la unción de los enfermos, los presbíteros
"alivian a éstos" (ib.). Es una misión prevista
por Santiago, que en su carta enseñaba: "¿Está
enfermo alguno entre vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia,
que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor"(St
5, 14). Sabiendo, pues, que el sacramento de la unción está
destinado a aliviar y a proporcionar purificación y fuerza espiritual,
el presbítero sentirá la necesidad de esforzarse por que su
presencia transmita al enfermo la compasión eficaz de Cristo y dé
testimonio de la bondad de Jesús para con los enfermos, a los que
dedicó gran parte de su misión evangélica.
5. Esta reflexión acerca de las disposiciones con que es preciso
procurar acercarse a los sacramentos, celebrándolos con conciencia
y espíritu de fe, la completaremos en las catequesis que, con la
ayuda de Dios, dedicaremos a los sacramentos. En las próximas catequesis
trataremos otro aspecto de la misión del presbítero en el
ministerio sacramental: el culto de Dios, que se realiza especialmente en
la Eucaristía. Digamos, ya desde ahora, que se trata del elemento
más importante de su función eclesial, la razón principal
de su ordenación, la finalidad que da sentido y alegría a
su vida.
El culto eucarístico, principal misión de los presbíteros
(12.V.93)
1. Para comprender la dimensión completa de la misión del
presbítero con respecto a la Eucaristía, es preciso tener
presente que este sacramento es, ante todo, la renovación, sobre
el altar, del sacrificio de la cruz, momento central en la obra de la redención.
Cristo sacerdote y hostia es, como tal, el artífice de la salvación
universal, en obediencia al Padre. É1 es el único sumo sacerdote
de la Alianza nueva y eterna que, realizando nuestra salvación, dl
Padre el culto perfecto, del que las antiguas celebraciones veterotestamentarias
no eran más que una prefiguración. Con el sacrificio de su
sangre en la cruz, Cristo "penetró en el santuario una vez para
siempre..., consiguiendo una redención eterna"(Hb 9, 12). Así
abolió todos los sacrificios antiguos para establecer uno nuevo con
la oblación de si mismo a la voluntad del Padre (cf. Sal 40, 9).
"Y en virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación
de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo... En efecto, mediante
una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre
a los santificados"(Hb 10,10.14).
Al renovar sacramentalmente el sacrificio de la cruz, el presbítero
abre nuevamente esa fuente de salvación en la Iglesia y en el mundo
entero (cf. Catecismo de la Iglesia católica, nn. 1362.1372).
2. Por esto, el Sínodo de los obispos de 1971, de acuerdo con
los documentos del Vaticano II, puso de relieve que "el ministerio
sacerdotal alcanza su punto culminante en la celebración de la sagrada
Eucaristía, que es la fuente y el centro de la unidad de la Iglesia"(L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 12 de diciembre de 1971,
p. 3; cf. Ad gentes, 39).
La constitución dogmática sobre la Iglesia reafirma que
los presbíteros "su oficio sagrado lo ejercen, sobre todo, en
el culto o asamblea eucarística, donde, obrando en nombre de Cristo
y proclamando su misterio, unen las oraciones de los fieles al sacrificio
de su Cabeza y representan y aplican en el sacrificio de la misa, hasta
la venida del Señor, el único sacrificio del Nuevo Testamento
a saber: el de Cristo, que se ofrece a si mismo al Padre una vez por todas,
como hostia inmaculada" (Lumen Gentium, 28; Catecismo de la Iglesia
católica, n. 1566).
Al respecto, el decreto Presbyterorum ordinis presenta dos afirmaciones
fundamentales: a) la comunidad es congregada, por medio del anuncio del
Evangelio, para que todos puedan hacer la oblación espiritual de
si mismos; y b) el sacrificio espiritual de los fieles se vuelve perfecto
mediante la unión con el sacrificio de Cristo, ofrecido de modo incruento
y sacramental por medio de los presbíteros. Todo su ministerio sacerdotal
saca su fuerza de ese único sacrificio (cf. Presbyterorum ordinis,
2; Catecismo de la Iglesia católica, n.1566).
Así, aparece el nexo entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio
común de los fieles. Y se manifiesta también el hecho de que,
entre todos los fieles, el presbítero está llamado de modo
especial a identificarse mística y sacramentalmente con Cristo, para
ser también él, de algún modo, sacerdos et hostia,
según la hermosa expresión de santo Tomás de Aquino
(cf. Summa TheoL, III, q. 83, a. 1, ad 3).
3. El presbítero alcanza en la Eucaristía el punto culminante
de su ministerio cuando pronuncia las palabras de Jesús: "Esto
es mi cuerpo... este es el cáliz de mi sangre...". En esas palabras
se hace realidad el máximo ejercicio del poder que capacita al sacerdote
para hacer presente la oblación de Cristo. Entonces se obtiene de
verdad .por vía sacramental y, por tanto, con eficacia divina. la
edificación y el desarrollo de la comunidad. En efecto, la Eucaristía
es el sacramento de la comunión y de la unidad, como lo reafirmó
el Sínodo de los obispos de 1971 y, más recientemente, la
carta de la Congregación para la doctrina de la fe sobre algunos
aspectos de la Iglesia entendida como comunión (cf. Conmunionis notio,
11).
Se explica, por consiguiente, la piedad y el fervor con que los sacerdotes
santos .de los que habla en abundancia la hagiografía. han celebrado
siempre la misa, realizando una preparación adecuada y añadiendo
al final de la misma los oportunos actos de acción de gracias. Para
ayudar en el ejercicio de estos actos, el misal ofrece oraciones adecuadas,
expuestas a veces en hojas enmarcadas en las sacristías. Sabemos
también que varias obras de espiritualidad sacerdotal, siempre recomendables
para los presbíteros, han tratado acerca del tema del sacerdos et
hostia.
4. Otro punto fundamental de la teología eucarístico sacerdotal,
objeto de nuestra catequesis, es el siguiente: todo el ministerio y todos
los sacramentos están orientados hacia la Eucaristía, en la
que se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia (cf. santo Tomás
de Aquino, Summa Theol., III, q. 65,a. 3, ad 1; q. 79, a. 1), a saber, Cristo
mismo, nuestra Pascua y Pan vivo por su carne, que da la vid los hombres,
vivificada y vivificante por el Espíritu Santo. Así son ellos
invitados y conducidos a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas
sus cosas en unión con él mismo" (Presbyterorum ordinis,
5).
En la celebración de la Eucaristía se realiza, por tanto,
la máxima participación en el culto que el sumo sacerdote
Cristo brinda al Padre, en representación y expresión de toda
la creación. El presbítero, que ve y reconoce su vida tan
profundamente vinculad la Eucaristía, por una parte siente ensancharse
los horizontes de su espíritu hasta abarcar el mundo entero, más
aún, la tierra y el cielo, y por otra siente que aumenta la necesidad
y la responsabilidad de hacer participe de este tesoro . "todo el bien
espiritual de la Iglesia". a la comunidad.
5. Por ese motivo, en sus propósitos y programas de ministerio
pastoral, teniendo presente que la vida sacramental de los fieles está
ordenada a la Eucaristía (cf. ib.), procurará que la formación
cristiana promueva la participación activa y consciente de los fieles
en la celebración eucarística.
Hoy es necesario volver a descubrir el carácter central de esa
celebración en la vida cristiana y, por tanto, en el apostolado.
Los datos acerca de la participación de los fieles en la misa no
son satisfactorios: a pesar de que el celo de muchos presbíteros
ha llevado a una participación, por lo común, fervorosa y
activa, el porcentaje de asistencia resulta bajo. Es verdad que en este
campo, más que en cualquier otro que concierna a la vida interior,
el valor de las estadísticas es muy relativo, y que por otra parte
la exteriorización sistemática del culto no implica necesariamente
su consistencia real. Con todo, no se puede ignorar que el culto exterior
es normalmente una consecuencia lógica del interior (cf. santo Tomás
de Aquino, Summa Theol., II.II, q. 81, a.7) y, en el caso del culto eucarístico,
es consecuencia de la misma fe en Cristo sacerdote y en su sacrificio redentor.
Tampoco seria correcto quitar importancia a la celebración del culto
invocando el hecho de que la vitalidad de la fe cristiana se manifiesta
con el comportamiento según el Evangelio, más que con gestos
rituales. En efecto, la celebración eucarística no es un mero
gesto ritual: es un sacramento, es decir, una intervención de Cristo
mismo que nos comunica el dinamismo de su amor. Seria un engaño pernicioso
querer tener un comportamiento de acuerdo con el Evangelio sin recibir su
fuerza de Cristo mismo en la Eucaristía, sacramento que él
instituyó para este fin. Esa pretensión sería una actitud
de autosuficiencia, radicalmente antievangélica. La Eucaristía
da al cristiano más fuerza para vivir según las exigencias
del Evangelio; lo inserta cada vez mejor en la comunidad eclesial de la
que forma parte; y renueva y enriquece en él la alegría de
la comunión con la Iglesia.
Por ello, el presbítero debe esforzarse por favorecer de todas
las maneras posibles la participación en la Eucaristía, con
la catequesis y las exhortaciones pastorales, y también con una excelente
calidad de la celebración, bajo el aspecto litúrgico y ceremonial.
De ese modo, como subraya el Concilio (cf. Presbyterorum ordinis, 5), logrará
enseñar a los fieles a ofrecer la víctima divina a Dios Padre
en el sacrificio de la misa y a hacer, en unión con esta víctima,
la ofrenda de su propia vida al servicio de los hermanos. Los fieles han
de aprender, además, a pedir perdón por sus pecados, a meditar
en la palabra de Dios, a orar con corazón sincero por todas las necesidades
de la Iglesia y del mundo, y a poner toda su confianza en Cristo salvador.
6. Quiero recordar, por último, que el presbítero tiene
asimismo mismo la misión de promover el culto de la presencia eucarística,
también fuera de la celebración de la misa, esforzándose
por hacer de su propia iglesia una casa de oración cristiana, "
"en que .según el Concilio. se adora, para auxilio y consuelo
de los fieles, la presencia del Hijo de Dios, salvador nuestro, ofrecido
por nosotros en el ara del sacrificio" (ib.). Esta casa debe ser apta
para la oración y las funciones sagradas, tanto por el orden, la
limpieza y la pulcritud con que se la mantiene, como por la belleza artística
del ambiente, que tiene gran importancia para ayudar a la formación
y para favorecer la oración. Por este motivo, el Concilio recomienda
al presbítero "cultivar debidamente la ciencia y el arte litúrgicos"(ib.).
He aludido a estos aspectos porque también pertenecen al conjunto
de elementos que abarca una auténtica cura de almas por parte de
los presbíteros, y en especial de los párrocos y de todos
los responsables de las iglesias y los demás lugares de culto. En
todo caso, quiero confirmar el vínculo estrecho que existe entre
el sacerdocio y la Eucaristía, como nos enseña la Iglesia,
y reafirmo con convicción, y también con intimo gozo del alma,
que el presbítero es sobre todo el hombre de la Eucaristía:
servidor y ministro de Cristo en este sacramento, en el que .según
el Concilio, que resume la doctrina de los antiguos padres y doctores. "se
contiene todo el bien espiritual de la Iglesia" (ib.). Todo presbítero,
en cualquier nivel, en cualquier campo de trabajo, es servidor y ministro
del misterio pascual realizado en la cruz y revivido sobre el altar para
la redención del mundo.
El presbítero, pastor de la comunidad (19.V.93)
1. En las catequesis anteriores hemos explicado la función de
los presbíteros como cooperadores de los obispos en el campo del
magisterio (enseñar) y del ministerio sacramental (santificar). Hoy
hablaremos de su cooperación en el gobierno pastoral de la comunidad.
Para los presbíteros, al igual que para los obispos, se trata de
una participación en el tercer aspecto del triple munus de Cristo
(profético, sacerdotal y real): un reflejo del sumo sacerdocio de
Cristo, único mediador entre los hombres y Dios, único maestro
y único pastor. En una perspectiva eclesial, la función pastoral
consiste principalmente en el servicio a la unidad, es decir, en asegurar
la unión de todos en el cuerpo de Cristo, que es la Iglesia (cf.
Pastores dabo vobis, 16).
2. En esta perspectiva, el Concilio dice que 'los presbíteros,
que ejercen el oficio de Cristo, cabeza y pastor, según su parte
de autoridad, reúnen, en nombre del obispo, la familia de Dios, como
una fraternidad de un solo ánimo, y por Cristo, en el Espíritu,
la conducen a Dios Padre" (Presbyterorum ordinis, 6). éste es
el objetivo esencial de su acción de pastores y de la autoridad que
se les confiere para que la ejerza en su nivel de responsabilidad: conducir
a la comunidad, que se les ha confiado a su pleno desarrollo de vida espiritual
y eclesial. El presbítero.pastor debe ejercer esta autoridad dad
según el modelo de Cristo, buen pastor, que no quiso imponerla mediante
la coacción exterior, sino formando la comunidad mediante la acción
interior de su Espíritu. Cristo trató de transmitir su amor
ardiente al grupo de los discípulos y a todos los que acogían
su mensaje, para dar origen a una comunidad de amor que, a su debido tiempo,
constituyó también visiblemente como Iglesia. En calidad de
cooperadores de los obispos, sucesores de los Apóstoles, también
los presbíteros cumplen su misión en la comunidad visible
animándola con la caridad, para que viva del Espíritu de Cristo.
3. Es una exigencia intrínseca a la misión pastoral, según
la cual la animación no se regula por los deseos y opiniones personales
del presbítero, sino por la doctrina del Evangelio, como dice el
Concilio: 'Deben portarse con ellos no de acuerdo con los principios de
los hombres, sino conforme las exigencias de la doctrina y vida cristianas"
(ib.).
El presbítero tiene la responsabilidad del funcionamiento orgánico
de la comunidad, y para cumplir esa tarea recibe del obispo la oportuna
participación en su autoridad., presbítero corresponde asegurar
el desarrollo armonioso de los diversos servicios indispensables para el
bien de todos encontrar las personas que colaboren en la liturgia, la catequesis
y la ayuda espiritual a los cónyuges; favorecer el desarrollo de
diversas asociaciones o movimientos espiritual, y apostólicos con
armonía y colaboración; organizar la asistencia caritativa
a los necesitados, a los enfermos y a los inmigrantes. Al mismo tiempo,
debe asegurar y promover la unión de la comunidad con el obispo y
con el Papa.
4. Ahora bien, la dimensión comunitaria de la tarea pastoral no
puede pasar por alto las necesidades de cada uno de los fieles. Como leemos
en el Concilio, 'a los sacerdotes, en cuanto educadores en la fe, atañe
procurar, por sí mismos o por otros, que cada uno de los fieles sea
llevado, en el Espíritu Santo, a cultivar su propia vocación
de conformidad con el Evangelio, a una caridad sincera y activa y a la libertad
con que Cristo nos libertó" (ib.). El Concilio subraya la necesidad
de ayudar a cada uno de los fieles a descubrir su vocación específica,
como tarea propia y característica del pastor que quiere respetar
y promover la personalidad de cada uno. Se puede decir que Jesús
mismo, el buen pastor "que llama a sus ovejas una por una" con
una voz que ellas conocen muy bien (cf. Jn 10, 3.4), ha establecido con
su ejemplo el primer canon de la pastoral individual: el conocimiento y
la relación de amistad con las personas. Al presbítero corresponde
ayudar a cada uno a usar bien su don y también a ejercitar rectamente
la libertad que brota de la salvación de Cristo, como recomienda
san Pablo (cf. Ga 4, 3; 5,1. 13; cf. también Jn 8, 36).
Todo debe orientarse a la práctica de una caridad sincera y activa.
Esto significa que "se instruya bien a los fieles para que no vivan
solamente para sí mismos, sino que, de acuerdo con las exigencias
de la ley nueva de la caridad, cada uno, cual recibió la gracia,
adminístrela en favor de su prójimo, y así cumplan
todos cristianamente sus deberes en la comunidad de los hombres" (Presbyterorum
ordinis, 6). Por eso, forma parte de la misión de los presbíteros
recordar las obligaciones de la caridad; mostrar las aplicaciones de la
caridad a la vida social; favorecer un clima de unidad, respetando las diferencias;
estimular iniciativas y obras de caridad, para las que se abren a todos
los fieles grandes posibilidades, especialmente con el nuevo impulso dado
al voluntariado, practicado conscientemente como buen empleo del tiempo
libre y, en muchos casos, como opción de vida.
5. El presbítero está llamado a comprometerse también
personalmente en las obras de caridad, a veces incluso media te formas extraordinarias,
como ha acaecido en la historia acaece también hoy. Aquí deseo
subrayar, sobre todo, la caridad sencilla, habitual, casi oculta, pero constante
y generosa, que se manifiesta no tanto en obras llamativas .para las que
no todos tienen los talentos y la vocación. sino en ejercicio diario
de la bondad que ayuda, sostiene y consuela en la medida que cada uno puede
hacerlo. Es evidente que se debe prestar atención principal .podríamos
decir preferencia., "a los pobres y los más débiles...
cuya evangelización se da como signo de la obra mesiánica"
"(ib.); "a los enfermos y moribundos" por quienes los presbíteros
deben tener particular solicitud, "visitándolos y confortándolos
en Señor" (ib.); "los jóvenes, a quienes han de
dedicar también particular diligencia" ; así como a los
"cónyuges y padres de familia" . A los jóvenes,
en especial, que son la esperanza de la comunidad, el presbítero
debe dedicar su tiempo, sus energías y sus capacidades, para favorecer
su educación cristiana y la maduración en su compromiso de
coherencia con el Evangelio.
El Concilio recomienda al presbítero también a "los
catecúmenos y neófitos, que han de ser gradualmente educados
para que conozcan y vivan la vida cristiana" (ib.).
6. Por último, es preciso atraer la atención hacia la necesidad
de superar toda visión demasiado restringida de la comunidad local,
toda actitud de particularismo y, como suele decirse, localismo, alimentando
por el contrario el espíritu comunitario, que se abre a los horizontes
de la Iglesia universal. También cuando el presbítero debe
dedicar su tiempo y sus atenciones a la comunidad local que se le ha confiado,
como es el caso especialmente de los párrocos y de sus colaboradores
directos, su espíritu debe mantenerse abierto a las mieses de todos
los campos del mundo, sea como dimensión universal del espíritu,
sea como participación personal en las tareas misioneras de la Iglesia,
sea como celo por promover la colaboración de su comunidad con las
ayudas espirituales y materiales que se precisan (cf. Redemptoris missio,
67; Pastores dabo vobis, 32). "En virtud del sacramento del orden,
afirma el Catecismo de la Iglesia católica., los presbíteros
participan de la universalidad de la misión confiada por Cristo a
los Apóstoles. El don espiritual que recibieron en la ordenación
los prepara, no para una misión limitada y restringida, 'sino para
una misión amplísima y universal de salvación hasta
los extremos del mundo' (Presbyterorum ordinis, 10), 'dispuestos a predicar
el Evangelio por todas partes' (Optatam totius, 20)" (n. 1565).
7. En cualquier caso, todo ha de centrarse en la Eucaristía, en
la que se encuentra el principio vital de la animación pastoral.
Como dice el Concilio, "ninguna comunidad cristiana se edifica si no
tiene su raíz y quicio en la celebración de la santísima
Eucaristía, por la que debe, consiguientemente, comenzarse toda educación
en el espíritu de comunidad" (Presbyterorum ordinis, 6). La
Eucaristía es la fuente de la unidad y la expresión más
perfecta de la unión de todos los miembros de la comunidad cristiana.
Es tarea de los presbíteros procurar que sea efectivamente tal. A
veces, por desgracia, sucede que las celebraciones eucarísticas no
son expresiones de unidad. Cada uno asiste de forma aislada, ignorando a
los demás. Con gran caridad pastoral los presbíteros deben
recordar a todos la enseñanza de san Pablo: ..Aun siendo muchos,
un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan"
, que "es comunión con el cuerpo de Cristo" (1 Co 10, 16.17).
La conciencia de esta unión en el cuerpo de Cristo estimulará
una vida de caridad y solidaridad efectiva.
La Eucaristía es, por tanto, el principio vital de la Iglesia
como comunidad de los miembros de Cristo; de aquí recibe inspiración,
fuerza y dimensión la animación pastoral.
El presbítero, hombre consagrado a Dios (26.V.93)
1. Toda la tradición cristiana, nacida de la sagrada Escritura,
habla del sacerdote como hombre de Dios, hombre consagrado a Dios. Homo
Dei: es una definición que vale para todo cristiano, pero que san
Pablo dirige en particular al obispo Timoteo, su discípulo, recomendándole
el uso de la sagrada Escritura (cf. 2 Tm 3, 16). Dicha definición
se puede aplicar tanto al presbítero como al obispo, en virtud de
su especial consagración a Dios. A decir verdad, ya en el bautismo
todos recibimos una primera y fundamental consagración, que incluye
la liberación del mal y el ingreso en un estado de especial pertenencia
ontológica y psicológica a Dios (cf. santo Tomás, Summa
Theol., II.II, q. 81, a. 8). La ordenación sacerdotal confirma y
profundiza ese estado de consagración, como recordó el Sínodo
de los obispos de 1971, refiriéndose al sacerdocio de Cristo participado
al presbítero mediante la unción del Espíritu Santo
(cf. Ench. Vat., 4, 1200.1201).
Ese Sínodo recoge la doctrina del concilio Vaticano II que, después
de recordar a los presbíteros el deber de tender a la perfección
en virtud de su consagración bautismal, añadía: "Los
sacerdotes están obligados de manera especial a alcanzar esa perfección,
ya que, consagrados de manera nueva a Dios por la recepción del orden,
se convierten en instrumentos vivos de Cristo, sacerdote eterno, para proseguir
en el tiempo la obra admirable del que, con celeste eficacia, reintegró
a todo el género humano" (Presbyterorum ordinis, 12). Esa misma
recomendación hacía Pío XI en la encíclica Ad
Catholici sacerdotii, del 20 de diciembre de 1935 (cf. AAS 28,1936, p. 10).
Así pues, según la fe de la Iglesia, con la ordenación
sacerdotal no sólo se confiere una nueva misión en la Iglesia,
un ministerio, sino también una nueva consagración de la persona,
vinculada al carácter que imprime el sacramento del orden, como signo
espiritual e indeleble de una pertenencia especial a Cristo en el ser y,
consiguientemente, en el actuar. En el presbítero la exigencia de
la perfección deriva, pues, de su participación en el sacerdocio
de Cristo como autor de la Redención: el ministro no puede menos
de reproducir en sí mismo los sentimientos, las tendencias e intenciones
íntimas, así como el espíritu de oblación al
Padre y de servicio a los hermanos que caracterizan al Agente principal.
2. Con ello, en el presbítero se da un cierto señorío
de la gracia, que le concede gozar de la unión con Cristo y al mismo
tiempo estar entregado al servicio pastoral de sus hermanos. Como dice el
Concilio, "puesto que todo sacerdote, a su modo, representa la persona
del mismo Cristo, es también enriquecido de gracia particular para
que mejor pueda alcanzar, por el servicio de los fieles que se le han confiado
y de todo el pueblo de Dios, la perfección de Aquel a quien representa,
y cure la flaqueza humana de la carne la santidad de Aquel que fue hecho
para nosotros 'pontífice santo, inocente, sin mácula y separado
de los pecadores' (Hb 7, 26)" (Presbyterorum ordinis, 12; cf. Pastores
dabo vobis, 20). Por esa razón, el presbítero tiene que realizar
una especial imitación de Cristo sacerdote, que es fruto de la gracia
especial del orden: gracia de unión a Cristo sacerdote y hostia y,
en virtud de esta misma unión, gracia de buen servicio pastoral a
sus hermanos.
A este respecto, es útil recordar el ejemplo de san Pablo, que
vivía como apóstol totalmente consagrado, pues había
sido "alcanzado por Cristo Jesús" y lo había abandonado
todo para vivir en unión con él (cf. Flp 3, 7.12). Se sentía
tan colmado de la vida de Cristo que podía decir con toda franqueza:
"No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Ga 2,
20). Y, con todo, después de haber aludido a los favores extraordinarios
que había recibido como "hombre en Cristo" (2 Co 12, 2),
añadía que sufría un aguijón en su carne, una
prueba de la que no había sido librado. A pesar de pedírselo
tres veces, el Señor le respondió: "Mi gracia te basta,
que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza" (2 Co 12, 9). A la
luz de este ejemplo, el presbítero puede entender mejor que debe
esforzarse por vivir plenamente su propia consagración, permaneciendo
unido a Cristo y dejándose imbuir por su Espíritu, a pesar
de la experiencia de sus limitaciones humanas. Estas limitaciones no le
impedirán cumplir su ministerio, porque goza de una gracia que le
basta. En esa gracia, por tanto, el presbítero debe poner su confianza,
y a ella debe recurrir, consciente de que así puede tender a la perfección
con la esperanza de progresar cada vez más en la santidad.
3. La participación en el sacerdocio de Cristo no puede menos
de suscitar también en el presbítero un espíritu sacrificial,
una especie de pondus crucis, de peso de la cruz, que se manifiesta especialmente
en la mortificación. Como dice el Concilio, "Cristo, a quien
el Padre santificó o consagró y envió al mundo (cf.
Jn 10, 36), 'se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos
de toda iniquidad' (Tt 2, 14)... De semejante manera, los presbíteros,
consagrados por la unción del Espíritu Santo y enviados por
Cristo, mortifican en sí mismos las obras de la carne y se consagran
totalmente al servicio de los hombres, y así, por la santidad de
que están enriquecidos en Cristo, pueden avanzar hasta el varón
perfecto" (Presbyterorum ordinis, 12).
Es el aspecto ascético del camino de la perfección, que
el presbítero no puede recorrer sin renuncias y sin luchas contra
toda suerte de deseos y anhelos que le impulsarían a buscar los bienes
de este mundo, poniendo en peligro su progreso interior. Se trata del combate
espiritual, del que hablan los maestros de ascesis, y que debe librar todo
seguidor de Cristo, pero de manera especial todo ministro de la obra de
la cruz, llamado a reflejar en sí mismo la imagen de Aquel que es
sacerdos et hostia.
4. Desde luego, hace falta siempre una apertura y una correspondencia
a la gracia, que proviene también de Aquel que suscita "el querer
y el obrar"(Flp 2, 13), pero que exige asimismo el empleo de los medios
de mortificación y autodisciplina, sin los que permanecemos como
un terreno impenetrable. La tradición ascética ha señalado
.y, en cierto modo, prescrito. siempre a los presbíteros, como medios
de santificación, especialmente la oportuna celebración de
la misa, el rezo adecuado del Oficio divino (que no se ha de recitar atropelladamente,
como recomendaba san Alfonso María de Ligorio), la visita al Santísimo
Sacramento, el rezo diario del santo rosario, la meditación y la
recepción periódica del sacramento de la penitencia. Estos
medios siguen siendo válidos e indispensables. Conviene dar especial
relieve al sacramento de la penitencia, cuya práctica metódica
permite al presbítero formarse una imagen realista de sí mismo,
con la consiguiente conciencia de ser también él hombre frágil
y pobre, pecador entre los pecadores, y necesitado de perdón. Así
logra la verdad de si mismo y se acostumbra a recurrir con confianza a la
misericordia divina (cf. Reconciliatio et paenitentia, 31; Pastores dabo
vobis, 26).
Además, es preciso recordar siempre que, como dice el Concilio,
"los presbíteros conseguirán de manera propia la santidad
ejerciendo sincera e incansablemente sus ministerios en el Espíritu
de Cristo" (Presbyterorum ordinis, 13). Así, el anuncio de la
Palabra los impulsa a realizar en sí mismos lo que enseñan
a los demás. La celebración de los sacramentos los fortifica
en la fe y en la unión con Cristo. Todo el conjunto del ministerio
pastoral desarrolla en ellos la caridad: "Al regir y apacentar al pueblo
de Dios, se sienten movidos por la caridad del buen Pastor a dar su vida
por sus ovejas, prontos también al supremo sacrificio" (ib.).
Su ideal consistirá en alcanzar en Cristo la unidad de vida, llevando
a cabo una síntesis entre oración y ministerio, entre contemplación
y acción, gracias a la búsqueda constante de la voluntad del
Padre y a la entrega de sí mismos a la grey (cf. ib. 14).
5. Por otra parte, saber que su esfuerzo personal de santificación
contribuye a la eficacia de su ministerio, será fuente de valentía
y de gozo para el presbítero. En efecto, "si es cierto .como
recuerda el Concilio. que la gracia de Dios puede llevar a cabo la obra
de salvación aun por medio de ministros indignos, de ley ordinaria,
sin embargo, Dios prefiere mostrar sus maravillas por obra de quienes, más
dóciles al impulso e inspiración del Espíritu Santo,
por su íntima unión con Cristo y la santidad de su vida, pueden
decir con el Apóstol: 'Pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en
mí' (Ga 2,20) (ib., 12).
Cuando el presbítero reconoce que ha sido llamado a servir de
instrumento de Cristo, siente la necesidad de vivir en íntima unión
con él, para ser instrumento válido del Agente principal.
Por eso, trata de reproducir en sí mismo la vida consagrada (sentimientos
y virtudes) del único y eterno sacerdote, que le hace partícipe
no sólo de su poder, sino también de su estado de oblación
para realizar el plan divino. Sacerdos et hostia.
6. Deseo concluir con la recomendación del Concilio: "Para
conseguir sus fines pastorales de renovación interna de la Iglesia,
de difusión del Evangelio por el mundo entero, así como de
diálogo con el mundo actual, este sacrosanto Concilio exhorta vehementemente
a todos los sacerdotes a que, empleando los medios recomendados por la Iglesia,
se esfuercen por alcanzar una santidad cada vez mayor, para convertirse,
día a día, en más aptos instrumentos en servicio de
todo el pueblo de Dios" (ib., 12). esta es la contribución mayor
que podemos dar a la edificación de la Iglesia como inicio del reino
de Dios en el mundo.
El presbítero, hombre de oración (2.VI.93)
1. Volvemos hoy a abordar algunos conceptos ya tratados en la catequesis
anterior, para subrayar una vez más las exigencias y las consecuencias
que se siguen de la realidad de hombre consagrado a Dios, que hemos explicado.
En una palabra, podemos decir que, por estar consagrado a imagen de Cristo,
el presbítero debe ser, como el mismo Cristo, hombre de oración.
En esta definición sintética se encierra toda la vida espiritual,
que da al presbítero una verdadera identidad cristiana, lo caracteriza
como sacerdote y es el principio animador de su apostolado.
El Evangelio nos presenta a Jesús haciendo oración en todos
los momentos importantes de su misión. Su vida pública, que
se inaugura con el Bautismo, comienza con la oración (cf. Lc 3, 21
). Incluso en los períodos de más intensa predicación
a las muchedumbres, Cristo se concede largos ratos de oración (Mc
1, 35; Lc 5, 16). Antes de elegir a los Doce, pasa la noche en oración
(Lc 6, 12). Ora antes de exigir a sus Apóstoles una profesión
de fe (Lc 9, 18); ora después del milagro de los panes, él
solo, en el monte (Mt 14, 23; Mc 6, 46);ora antes de enseñar a sus
discípulos a orar (Lc 11, 1); ora antes de la excepcional revelación
de la Transfiguración, después de haber subido a la montaña
precisamente para orar (Lc 9, 28); ora antes de realizar cualquier milagro
(Jn 11, 41.42); y ora en la última cena para confiar al Padre su
futuro y el de su Iglesia (Jn 17). En Getsemaní eleva al Padre la
oración doliente de su alma afligida y casi horrorizada (Mc 14, 35.39
y paralelos), y en la cruz le dirige las últimas invocaciones, llenas
de angustia (Mt 27, 46), pero también de abandono confiado (Lc 23,
46). Se puede decir que toda la misión de Cristo está animada
por la oración, desde el inicio de su ministerio mesiánico
hasta el acto sacerdotal supremo: el sacrificio de la cruz, que se realizó
en la oración.
2. Los que han sido llamados a participar en la misión y el sacrificio
de Cristo, encuentran en la comparación con su ejemplo el impulso
para dar a la oración el lugar que le corresponde en su vida, como
fundamento, raíz y garantía de santidad en la acción.
Más aún, Jesús nos enseña que no es posible
un ejercicio fecundo del sacerdocio sin la oración, que protege al
presbítero del peligro de descuidar la vida interior dando la primacía
a la acción, y de la tentación de lanzarse a la actividad
hasta perderse en ella.
También el Sínodo de los obispos de 1971, después
de haber afirmado que la norma de la vida sacerdotal se encuentra en la
consagración a Cristo, fuente de la consagración de sus Apóstoles,
aplica la norma a la oración con estas palabras: "A ejemplo
de Cristo que estaba continuamente en oración y guiados por el Espíritu
Santo, en el cual clamamos Abbá, Padre, los presbíteros deben
entregarse a la contemplación del Verbo de Dios y aprovecharla cada
día como una ocasión favorable para reflexionar sobre los
acontecimientos de la vida a la luz del Evangelio, de manera que, convertidos
en oyentes fieles y atentos del Verbo, logren ser ministros veraces de la
Palabra. Sean asiduos en la oración personal, en la recitación
de la liturgia de las Horas, en la recepción frecuente del sacramento
de la penitencia y, sobre todo, en la devoción al misterio eucarístico"
(Documento conclusivo de la II Asamblea general del Sínodo de los
obispos sobre el sacerdocio ministerial, n. 3; L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 12 de diciembre de 1971, p. 4).
3. El concilio Vaticano II, por su parte, había recordado al presbítero
la necesidad de que se encuentre habitualmente unido a Cristo, y para ese
fin le había recomendado la oración frecuente: " "De
muchos modos, especialmente por la alabada oración mental y por las
varias formas de preces que libremente eligen, los presbíteros buscan
y fervorosamente piden a Dios aquel espíritu de verdadera adoración
por el que... se unan íntimamente con Cristo, mediador del Nuevo
Testamento" (Presbyterorum ordinis, 18). Como se puede comprobar, entre
las diversas formas de oración, el Concilio subraya la oración
mental, que es un modo de oración libre de fórmulas rígidas,
no requiere pronunciar palabras y responde a la guía del Espíritu
Santo en la contemplación del misterio divino.
4. El Sínodo de los obispos de 1971 insiste, de forma especial,
en la contemplación de la palabra de Dios (cf. L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 12 de diciembre de 1971, p. 4).
No nos debe impresionar la palabra contemplación a causa de la carga
de compromiso espiritual que encierra. Se puede decir que, independientemente
de las formas y estilos de vida, entre los que la vida contemplativa sigue
siendo siempre la joya más preciosa de la Esposa de Cristo, la Iglesia,
vale para todos la invitación a escuchar y meditar la palabra de
Dios con espíritu contemplativo, a fin de alimentar con ella tanto
la inteligencia como el corazón. Eso favorece en el sacerdote la
formación de una mentalidad, de un modo de contemplar el mundo con
sabiduría, en la perspectiva del fin supremo: Dios y su plan de salvación.
El Sínodo dice: "Juzgar los acontecimientos a la luz del
Evangelio" (cf. ib.). En eso estriba la sabiduría sobrenatural,
sobre todo como don del Espíritu Santo, que permite juzgar bien a
la luz de las razones últimas, de las cosas eternas. La sabiduría
se convierte así en la principal ayuda para pensar, juzgar y valorar
como Cristo todas las cosas, tanto las grandes como las pequeñas,
de forma que el sacerdote .al igual e incluso más que cualquier otro
cristiano. refleje en sí la luz, la adhesión al Padre, el
celo por el apostolado, el ritmo de oración y de acción, e
incluso el aliento espiritual de Cristo. A esa meta se puede llegar dejándose
guiar por el Espíritu Santo en la meditación del Evangelio,
que favorece la profundización de la unión con Cristo, ayuda
a entrar cada vez más en el pensamiento del maestro y afianza la
adhesión z él de persona a persona.
Si el sacerdote es asiduo en esa meditación, permanece más
fácilmente en un estado de gozo consciente, que brota de la percepción
de la íntima realización personal de la palabra de Dios, que
él debe enseñar a los demás. En efecto como dice el
Concilio, los presbíteros, "buscando cómo puedan enseñar
más adecuadamente a los otros lo que ellos ha contemplado, gustarán
más profundamente las irrastreables riquezas de Cristo (Ef 3, 8)
y la multiforme sabiduría d Dios" (Presbyterorum ordinis, 13).
Pidamos al Señor que nos conceda un gran número de sacerdotes
que en la vida de oración descubran, asimilen y gusten la sabiduría
de Dios como el apóstol Pablo (cf. ib.), sientan una inclinación
sobrenatural a anunciarla y difundirla como verdadera razón de su
apostolado (cf. Pastores dabo vobis, 47).
5. Hablando de la oración de los presbíteros, el Concilio
recuerda y recomienda también la liturgia de las Horas, que une la
oración personal del sacerdote a la de la Iglesia. "En la recitación
del Oficio divino prestan su voz a la Iglesia que, en nombre de todo el
género humano, persevera en la oración, juntamente con Cristo,
que vive siempre para interceder por nosotros (Hb 7,25)" (Presbyterorum
ordinis, 13).
En virtud de la misión de representación e intercesión
que se le ha confiado, el presbítero está obligado a realizar
esta forma de oración oficial, hecha por delegación de la
Iglesia no sólo en nombre de los creyentes, sino también de
todos los hombres, e incluso de todas las realidades del universo (cf. Código
de derecho canónico, can. 1174, 1). Por ser partícipe del
sacerdocio de Cristo, intercede por las necesidades de la Iglesia, del mundo
y de todo ser humano, consciente de ser intérprete y vehículo
de la voz universal que canta la gloria de Dios y pide la salvación
del hombre.
6. Conviene recordar que, para asegurar mejor la vida de oración,
así como para afianzarla y renovarla acudiendo a sus fuentes, el
Concilio invita a los sacerdotes a dedicar, además del tiempo necesario
para la práctica diaria dela oración, períodos más
largos a la intimidad con Cristo: "Dediquen de buen grado tiempo al
retiro espiritual" (Presbyterorum ordinis, 18). Y también les
recomienda: "Estimen altamente la dirección espiritual"
(ib.), que será para ellos como la mano de un amigo y de un padre
que les ayuda en su camino. Atesorando la experiencia de las ventajas de
esta guía, los presbíteros estarán mucho más
dispuestos a ofrecer, a su vez, esa ayuda a las personas con quienes deben
ejercer su ministerio pastoral. ése será un gran recurso para
muchos hombres de hoy, especialmente para los jóvenes, y constituirá
un factor decisivo en la solución del problema de las vocaciones,
como muestra la experiencia de muchas generaciones de sacerdotes y religiosos.
En la catequesis anterior aludimos y la importancia del sacramento de
la penitencia. El Concilio, al respecto, recomienda al presbítero
su recepción frecuente. Es evidente que quien ejerce el ministerio
de reconciliar a los cristianos con el Señor por medio del sacramento
del perdón, deba recurrir también a él. Debe ser el
primero en reconocerse pecador y en creer en el perdón divino que
se manifiesta con la absolución sacramental. Al administrar el sacramento
del perdón, esta conciencia de ser pecador le ayudará a comprender
mejor a los pecadores. ¿No dice, acaso, la carta a los tos Hebreos,
a propósito del sacerdote: tomado de entre los hombres, "puede
sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también
él envuelto en flaqueza" (Hb 5, 2). Además, si recurre
personalmente al sacramento de la penitencia, el presbítero se sentirá
impulsado a una mayor disponibilidad a administrar este sacramento a los
fieles que lo soliciten. Se trata también de una gran urgencia en
la pastoral de nuestro tiempo.
7. Pero la oración de los presbíteros alcanza su cima en
la celebración eucarística, su principal ministerio (Presbyterorum
ordinis, 13). Es un aspecto tan importante para la vida de oración
del sacerdote, que quiero dedicarle la próxima catequesis.
La Eucaristía en la vida espiritual del presbítero (9.VI.93)
1. La mirada de los creyentes de todo el mundo se dirige en estos días
hacia Sevilla, donde, como sabéis muy bien, se está celebrando
el Congreso eucarístico internacional y a donde tendré el
gozo de acudir el sábado y domingo próximos.
Al comienzo de este encuentro, en el que reflexionaremos sobre el valor
de la Eucaristía en la vida espiritual del presbítero, os
quiero dirigir una invitación paternal a uniros espiritualmente a
esa grande e importante celebración, que nos llama a todos a una
auténtica renovación de la fe y la devoción hacia la
presencia real de Cristo en la Eucaristía.
Las catequesis que estamos desarrollando sobre la vida espiritual del
sacerdote valen de manera especial para los presbíteros, pero se
dirigen igualmente a todos los fieles, ya que conviene que todos conozcan
la doctrina de la Iglesia acerca del sacerdocio y lo que ella espera de
quienes, por su ordenación, han sido transformados según la
imagen sublime de Cristo, eterno sacerdote y hostia santísima del
sacrificio salvífico. Esa imagen quedó trazada en la carta
a los Hebreos y en otros textos de los Apóstoles y los evangelistas,
y ha sido transmitida fielmente por la tradición de pensamiento y
vida de la Iglesia. También hoy es necesario que el clero siga permaneciendo
fiel a esa imagen, en la que se refleja la verdad viva de Cristo, sacerdote
y hostia.
2. La reproducción de esa imagen en los presbíteros se
realiza principalmente mediante su participación vital en el misterio
eucarístico, al que está esencialmente ordenado y vinculado
el sacerdocio cristiano. El concilio de Trento subrayó que el vínculo
existente entre sacerdocio y sacrificio depende de la voluntad de Cristo,
que dio a sus ministros "el poder de consagrar, ofrecer y administrar
su cuerpo y su sangre" (cf. Denz-S. 1764). Eso implica un misterio
de comunión con Cristo en el ser y en el obrar, que exige que se
manifieste en una vida espiritual imbuida de fe y amor a la Eucaristía.
El sacerdote es plenamente consciente de que no le bastan sus propias
fuerzas para alcanzar los objetivos del ministerio sino que está
llamado a servir de instrumento para la acción victoriosa de Cristo,
cuyo sacrificio, hecho presente en el altar, proporción la humanidad
la abundancia de los dones divinos. Pero sabe también que, para pronunciar
dignamente, en el nombre de Cristo, las palabras de la consagración:
"Esto es mi cuerpo", "este es el cáliz de mi sangre",
debe vivir profundamente unido a Cristo, y tratar de reproducir en sí
mismo su rostro. Cuanto más intensamente viva de la vida de Cristo,
tanto más auténticamente podrá celebrar la Eucaristía.
El concilio Vaticano II recordó que "señaladamente
en el sacrificio de la misa, los presbíteros representan a Cristo"
(Presbyterorum ordinis, 13) y que, por esto mismo, sin sacerdote no puede
haber sacrificio eucarístico; pero también reafirmó
que cuantos celebran este sacrificio deben desempeñar su papel en
íntima unión espiritual con Cristo, con gran humildad, como
ministros suyos al servicio de la comunidad: deben "imitar lo mismo
que tratan, en el sentido de que, celebrando el misterio de la muerte del
Señor, procuren mortificar sus miembros de vicios y concupiscencias"
(ib.). Al ofrecer el sacrificio eucarístico, los presbíteros
deben ofrecerse personalmente con Cristo, aceptando todas las renuncias
y todos los sacrificios que exige la vida sacerdotal. También ahora
y siempre con Cristo y como Cristo, sacerdos et hostia.
3. Si el presbítero siente esta verdad que se le propone a él
y a todos los fieles como expresión del Nuevo Testamento y de la
Tradición, comprenderá la encarecida recomendación
del Concilio en favor de una "celebración cotidiana (de la Eucaristía),
la cual, aunque no pueda haber en ella presencia de fieles, es ciertamente
acto de Cristo y de la Iglesia" (ib.). Por esos años existía
cierta tendencia a celebrar la Eucaristía sólo cuando había
una asamblea de fieles. Según el Concilio, aunque es preciso hacer
todo lo posible para reunir a los fieles para la celebración, es
verdad también que aun estando solo el sacerdote, la ofrenda eucarística
realizada por él en nombre de Cristo tiene la eficacia que proviene
de Cristo y proporciona siempre nuevas gracias a la Iglesia. Por consiguiente,
también yo recomiendo a los presbíteros y a todo el pueblo
cristiano que pidan al Señor una fe más intensa en este valor
de la Eucaristía.
4. El Sínodo de los obispos de 1971 recogió la doctrina
conciliar, declarando: "Esta celebración de la Eucaristía,
aun cuando se haga sin participación de fieles, sigue siendo, sin
embargo, el centro de la vida de toda la Iglesia y el corazón de
la existencia sacerdotal" (cf. L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 12 de diciembre de 1971, p. 4)."Gran expresión
esa de "el centro de la vida de toda la Iglesia"! La Eucaristía
es la que hace a la Iglesia, al igual que la Iglesia hace a la Eucaristía.
El presbítero, encargado de edificar la Iglesia, realiza esta tarea
esencialmente con la Eucaristía. Incluso cuando no cuenta con la
participación de los fieles, cooper reunir a los hombres en torno
a Cristo en la Iglesia mediante la ofrenda eucarística.
El Sínodo afirma, también, que la Eucaristía es
el corazón de la existencia sacerdotal. Eso quiere decir que el presbítero,
deseoso de ser y permanecer personal y profundamente adherido a Cristo,
lo encuentra ante todo en la Eucaristía, sacramento que realiza esta
unión íntima abierta a un crecimiento que puede llegar hasta
el nivel de una identificación mística.
5. También en este nivel, que han alcanzado muchos sacerdotes
santos, el alma sacerdotal no se cierra en sí misma, precisamente
porque en la Eucaristía participa de modo especial de la caridad
de Aquel que se da en manjar a los fieles (Presbyterorum ordinis, 13); y,
por tanto, se siente impulsada a darse a sí misma a los fieles, a
quienes distribuye el Cuerpo de Cristo. Precisamente al nutrirse de ese
Cuerpo, se siente estimulada a ayudar a los fieles a abrirse a su vez a
esa misma presencia, alimentándose de su caridad infinita, para sacar
del Sacramento un fruto cada vez más rico.
Para lograr este fin, el presbítero puede y debe crear el clima
necesario para una celebración eucarística fructuosa: el clima
de la oración. Oración litúrgica, a la que debe invitar
y educar al pueblo. Oración de contemplación personal. Oración
de las sanas tradiciones populares cristianas, que puede preparar, seguir
y, en cierto modo, también acompañar la misa. Oración
de los lugares sagrados, del arte sagrado, del canto sagrado, de las piezas
musicales (especialmente con el órgano), que se encuentra casi encarnada
en las fórmulas y los ritos, y todo lo anima y reanima continuamente,
para que pueda participar en la glorificación de Dios y en la elevación
espiritual del pueblo cristiano reunido en la asamblea eucarística.
6. El Concilio, además de la celebración cotidiana de la
misa, recomienda también al sacerdote "el cotidiano coloquio
con Cristo Señor en la visita y culto personal de la santísima
Eucaristía" (Presbyterorum ordinis, 18). La fe y el amor a la
Eucaristía no pueden permitir que Cristo se quede solo en el tabernáculo
(cf. Catecismo de la Iglesia católica n. 1418). Ya en el Antiguo
Testamento se lee que Dios habitaba en una tienda (o tabernáculo),
que se llamaba "tienda del encuentro" (Ex 33, 7). El encuentro
era anhelado por Dios. Se puede decir que también en el tabernáculo
de la Eucaristía Cristo está presente con vistas a un coloquio
con su nuevo pueblo y con cada uno de los fieles. El presbítero es
el primer invitado a entrar en esta tienda del encuentro, para visitar a
Cristo presente en el tabernáculo para un coloquio cotidiano.
Quiero, por último, recordar que el presbítero está
llamado más que cualquier otra persona a compartir la disposición
fundamental de Cristo en este sacramento, es decir, la acción de
gracias, de la que toma su nombre. Uniéndose a Cristo, sacerdote
y hostia, el presbítero comparte no sólo su oblación,
sino también su sentimiento, su disposición de gratitud al
Padre por los beneficios otorgados a la humanidad, a toda alma, al presbítero
mismo, a todos los que en el cielo y en la tierra son admitidos a tomar
parte en la gloria de Dios. Gratias agimus tibi propter magnam gloriam tuam...Así,
a las expresiones de acusación y protesta contra Dios .que a menudo
se escuchan en el mundo., el presbítero opone el coro de alabanzas
y bendiciones, que elevan quienes saben reconocer en el hombre y en el mundo
los signos de una bondad infinita.
La devoción a María Santísima en la vida del
presbítero (30.VI.93)
1. En las biografías de los sacerdotes santos siempre se halla
documentada la gran importancia que han atribuido a Mana en su vida sacerdotal.
Esas vidas escritas quedan confirmadas por la experiencia de las vidas vividas
de tantos queridos y venerados presbíteros, a quienes el Señor
ha puesto como ministros verdaderos de la gracia divina en medio de las
poblaciones encomendadas a su cuidado pastoral, o como predicadores, capellanes,
confesores, profesores y escritores. Los directores y maestros del espíritu
insisten en la importancia dela devoción a la Virgen en la vida del
sacerdote, como apoyo eficaz en el camino de santificación, fortaleza
constante en las pruebas personales y energía poderosa en el apostolado.
También el Sínodo de los obispos de 1971 ha transmitido
estas recomendaciones de la tradición cristiana a los sacerdotes
de hoy, afirmando que "con el pensamiento puesto en las cosas celestiales
y sintiéndose partícipe de la comunión de los santos,
el presbítero mire con frecuencia a María, Madre de Dios,
que recibió con fe perfecta al Verbo de Dios, y le pida cada día
la gracia de conformarse a su Hijo" (L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 12 de diciembre de 1971, p. 4). La razón
profunda de la devoción del presbítero a María santísima
se funda en la relación esencial que se ha establecido en el plan
divino entre la madre de Jesús y el sacerdocio de los ministros del
Hijo. Queremos profundizar este aspecto tan importante de la espiritualidad
sacerdotal y sacar sus consecuencias prácticas.
2. La relación de María con el sacerdocio deriva, ante
todo, del hecho de su maternidad. Al convertirse .con su aceptación
del mensaje del ángel. En madre de Cristo, María se convirtió
en madre del sumo sacerdote. Es una realidad objetiva: asumiendo con la
Encarnación la naturaleza humana, el Hijo eterno de Dios cumplió
la condición necesaria para llegar a ser, mediante su muerte y su
resurrección, el sacerdote único de la humanidad (cf. Hb 5,
1). En el momento de la Encarnación, podemos admirar una armonía
perfecta entre María y su Hijo. En efecto, la carta a los Hebreos
nos muestra que "entrando en el mundo" Jesús dio a su vida
una orientación sacerdotal hacia su sacrificio personal, diciendo
a Dios: "Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado
un cuerpo [...]. Entonces dije: "He aquí que vengo [...] a hacer,
oh Dios, tu voluntad!" (Hb 10, 5.7). El Evangelio nos refiere que,
en el mismo momento, la Virgen María expresó idéntica
disposición, diciendo: "He aquí la esclava del Señor;
hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Esta
armonía perfecta nos muestra que entre la maternidad de María
y el sacerdocio de Cristo se estableció una relación íntima.
De aquí deriva la existencia de un vínculo especial del sacerdocio
ministerial con María santísima.
3. Como sabemos, la Virgen santísima desempeñó su
papel de madre no sólo en la generación física de Jesús,
sino también en su formación moral. En virtud de su maternidad,
le correspondió educar al niño Jesús de modo adecuado
a su misión sacerdotal, cuyo significado había comprendido
en el anuncio de la Encarnación.
En la aceptación de María puede, por tanto, reconocerse
una adhesión a la verdad sustancial del sacerdocio de Cristo y la
disposición a cooperar en su realización en el mundo. De esta
forma, se ponía la base objetiva del papel que María estaba
llamada a desempeñar también en la formación de los
ministros de Cristo, partícipes de su sacerdocio. He aludido a ello
en la exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis:
cada aspecto de la formación sacerdotal puede referirse a María
(n. 82).
4. Por otra parte, sabemos que la Virgen vivió plenamente el misterio
de Cristo, que fue descubriendo cada vez más profundamente gracias
a su reflexión personal sobre los acontecimientos del nacimiento
y de la niñez de su Hijo (cf. Lc 2, 19; 2, 51). Se esforzaba por
penetrar, con su inteligencia y su corazón, el plan divino, para
colaborar con él de modo consciente y eficaz. ¿Quién
mejor que ella podría iluminar hoy a los ministros de su Hijo, llevándolos
a penetrar las riquezas inefables de su misterio para actuar en conformidad
con su misión sacerdotal.
María fue asociada de modo único al sacrificio sacerdotal
de Cristo, compartiendo su voluntad de salvar el mundo mediante la cruz.
Ella fue la primera persona y la que con más perfección participó
espiritualmente en su oblación de sacerdos et hostia. Como tal, a
los que participan .en el plano ministerial. del sacerdocio de su Hijo puede
obtenerles y darles la gracia de l impulso para responder cada vez mejor
a las exigencias de la oblación espiritual que el sacerdocio implica:
sobre todo, la gracia de la fe, de la esperanza y de la perseverancia en
las pruebas, reconocidas como estímulos para una participación
más generosa en la ofrenda redentora.
5. En el Calvario Jesús confió a María una maternidad
nueva, cuando le dijo: "Mujer, ahí tienes a tu hijo" (Jn
19, 26). No podemos desconocer que en aquel momento Cristo proclamaba esa
maternidad con respecto a un sacerdote, el discípulo amado. En efecto,
según los evangelios sinópticos, también Juan había
recibido del Maestro, en la cena de la víspera, el poder de renovar
el sacrificio de la cruz en conmemoración suya; pertenecía,
como los demás Apóstoles, al grupo de los primeros sacerdotes;
y reemplazaba ya, ante María, al Sacerdote único y soberano
que abandonaba el mundo. La intención de Jesús en aquel momento
era, ciertamente, la de establecer la maternidad universal de María
en la vida de la gracia con respecto a cada uno de los discípulos
de entonces y de todos los siglos. Pero no podemos ignorar que esa maternidad
adquiría una fuerza concreta e inmediata en relación a un
Apóstol sacerdote. Y podemos pensar que la mirada de Jesús
se extendió, además de a Juan, siglo tras siglo, a la larga
serie de sus sacerdotes, hasta el fin del mundo. Y a cada uno de ellos,
al igual que al discípulo amado, los confió de manera especial
a la maternidad de María.
Jesús también dijo a Juan: "Ahí tienes a tu
madre" (Jn 19, 27). Recomendaba, así, al Apóstol predilecto
que tratar María como a su propia madre; que la amara, venerara protegiera
durante los años que le quedaban por vivir en 1a tierra, pero a la
luz de lo que estaba escrito de ella en el cielo, al que sería elevada
y glorificada. Esas palabras son e origen del culto mariano. Es significativo
que estén dirigidas a un sacerdote. ¿No podemos deducir de
ello que e sacerdote tiene el encargo de promover y desarrollar ese culto,
y que es su principal responsable?
En su evangelio, Juan subraya que "desde aquella hora el discípulo
la acogió en su casa" (Jn 19, 27). Por tanto, respondió
inmediatamente a la invitación de Cristo y tomó consigo a
María, con una veneración en sintonía con aquellas
circunstancias. Quisiera decir que también desde este punto de vista
se comportó como un verdadero sacerdote. Y, ciertamente, como un
fiel discípulo de Jesús.
Para todo sacerdote, acoger a Maria en su casa significa hacerle un lugar
en su vida, y estar unido a ella diariamente con el pensamiento, los afectos
y el celo por el reino de Dios y por su mismo culto (cf. Catecismo de la
Iglesia católica, nn. 2673. 2679).
6. "Qué hay que pedir a María como Madre del sacerdote?
Hoy, del mismo modo (o quizá más) que en cualquier otro tiempo,
el sacerdote debe pedir a María, de modo especial, la gracia de saber
recibir el don de Dios con amor agradecido, apreciándolo plenamente
como ella hizo en el Magnificat; la gracia de la generosidad en la entrega
personal para imitar su ejemplo de Madre generosa; la gracia de la pureza
y la fidelidad en el compromiso del celibato, siguiendo su ejemplo de Virgen
fiel; la gracia de un amor ardiente y misericordioso a la luz de su testimonio
de Madre de misericordia.
El presbítero ha de tener presente siempre que en las dificultades
que encuentre puede contar con la ayuda de María. Se encomienda a
ella y le confía su persona y su ministerio pastoral, pidiéndole
que lo haga fructificar abundantemente. Por último, dirige su mirada
a ella como modelo perfecto de su vida y su ministerio, porque ella, como
dice el Concilio, "guiada por el Espíritu Santo, se consagró
toda al ministerio de la redención de los hombres; los presbíteros
reverenciarán y amarán, con filial devoción y culto,
a esta madre del sumo y eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles
y auxilio de su ministerio" (Presbyterorum ordinis, 18). Exhorto a
mis hermanos en el sacerdocio a alimentar siempre esta verdadera devoción
a María y a sacar de ella consecuencias prácticas para su
vida y su ministerio. Exhorto a todos los fieles a encomendarse a la Virgen,
juntamente con nosotros, los sacerdotes, y a invocar sus gracias para sí
mismos y para toda la Iglesia. |