Una de las iconologías propias de mediados del siglo XIX, recogiendo la más antigua tradición sobre la representación artística del santo, dice que «a san Hermenegildo, Príncipe godo de España, hijo del rey Leovigildo (...) se le pintará con cetro, corona y manto real, y por debajo de éste, vestido a la goda, como (...) fue muerto de un golpe de segur –hacha grande–, puede ponérsele al lado o en la mano el instrumento de su martirio».
Esta significativa descripción iconológica marcó la pauta de cierta imaginería posterior del santo con representaciones escultóricas o pictóricas en las que se mantienen las insignias reales y del martirio (hacha), pero se añaden unas cadenas alusivas al cautiverio y una figura humana de pequeño tamaño a sus pies que vendría a representar al obispo arriano que intentó hacerle abjurar de su fe católica.
En medio, podríamos citar algunas imágenes que sustituyen el hacha por una espada o cimitarra, y hacen aparecer al obispo con una hostia en la mano.
Sin embargo, muchos de los elementos simbólicos de estos modelos iconográficos han sido olvidados u obviados por grandes pintores, como Herrera el Joven o el mismo Goya, en sus obras para dejar a los imagineros escultóricos la ortodoxia formal de las efigies.
De cualquier manera, no son muchas las obras artísticas de cierto relieve dedicadas a san Hermenegildo, tanto en el orden pictórico, como en el escultórico, destacando más por su calidad las primeras que las segundas.
De las pinturas más conocidas, y sobre las
que aportamos ciertos datos de interés, podríamos citar, por ejemplo, el Martirio de san Hermenegildo pintado sobre
tabla por un artista flamenco del siglo XV; el San Hermenegildo pintado hacia 1601 por Juan de Roelas (1558-1625)
en la bóveda del crucero de la iglesia parroquial de San Isidoro (Sevilla);
la Apoteosis de san Hermenegildo obra de Francisco
de Herrera el Viejo fechada hacia 1620 (Museo de Bellas Artes de Sevilla);
el Triunfo de san Hermenegildo,
de mediado el siglo XVII, que tiene por autor al hijo del anterior: Francisco
de Herrera el Mozo, y que conserva en Madrid el Museo del Prado; de época
semejante es también un San Hermenegildo
en Prisión, obra pintada por Juan Carreño de Miranda (Museo de Bellas
Artes de Oviedo); digno de mención especial es el Tránsito
de san Hermenegildo depositado en Sevilla (Museo de Bellas Artes) con
autoría de los pintores Alonso Vázquez y Juan de Uceda; curioso es el San Hermenegildo rey pintado para la serie
de los reyes en la iglesia de San Antonio de los Alemanes (Madrid, calle Puebla);
y, por último, el San Hermenegildo en
prisión, pintado por Goya como boceto (Museo Lázaro Galdiano
de Madrid) para un cuadro de grandes dimensiones.![]()
El lateral izquierdo del presbiterio de nuestro templo parroquial está presidido por un gran icono del santo, pintado en Grecia (Meteora) para este fin, en el que aparece ataviado como príncipe; su estilo sigue las trazas propias del estilo bizantino occidental. Como todo icono, la simplicidad y estilización de la figura permiten trascender lo material para captar fácilmente la transparencia de lo sagrado a través de la imagen física.
También podemos contar como obras menores, aunque no exentas de menos valor estético, un aguafuerte impreso en Nueva York en 1894 (aparecen el santo y su verdugo en el momento en que aquel es degollado); o una tabla con una “Apoteosis de san Hermenegildo” inspirada a medio camino entre Carreño y Herrera el Mozo, cuyo autor es el feligrés (médico y artista) don Abelardo Fernández, que se encuentra en uno de los despachos de nuestra parroquia.
De las imágenes escultóricas, merece la pena que demos cuenta, por su valor artístico, del San Hermenegildo que preside el pináculo central del retablo mayor de la iglesia de San José (Madrid, calle de Alcalá), si bien en el atrio de la misma iglesia se expone otra de buen tamaño, realizada en escayola siguiendo las pautas iconológicas del pasado siglo y sin mayor interés artístico.
Hecha la oportuna referencia de estas obras, no estará de más que nos aproximemos a la catalogación y análisis estético de algunas de ellas.
Tabla flamenca de autor anónimo
En esta tabla puede verse a san Hermenegildo arrodillado, vestido a la moda renacentista y en actitud orante, mientras el verdugo, blandiendo un hacha de hoja ancha (segur) se dispone a asestar el golpe mortal en la cabeza del santo. Alrededor de éste se disponen los atributos regios (cetro y corona) y luce un gran manto; en el suelo, circundando su figura, aparecen las cadenas, mientras un nimbo de luz ilumina su cabeza. Toda la escena se desarrolla en una estancia baja con dos ventanales enrejados y el suelo revestido con ladrillos cerámicos dispuestos en tablero de ajedrez. Una cartela sobre fondo de pared nos da las señas de identidad escritas por si no fuese suficiente con los símbolos: SAT-EMERGILDO.REI, cuya trascripción es clara (San Hermenegildo Rey).
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Antonio Estela (1560-1591) - Óleo sobre
lienzo (60x59 cm)
Real Colegio Seminario del "Corpus Christi" (Valencia)
La efigie del santo se presenta en tres cuartos y ricamente vestido a la moda del momento. La cabeza, nimbada, y el juego de luz que ofrecen el fondo oscuro y la cara iluminada dan a la figura un relieve notable que nos acerca a la escultura. En realidad, pasaría por ser el retrato de un joven noble anónimo si no fuese por la inscripción que podemos leer en la parte superior; está escrita con letras capitales e identifica al santo por su nombre (curiosamente, no aparece la H inicial actual).
Alonso Vázquez (h.1575-1645) y Juan de Uceda (h.1570-1635)
Museo de Bellas Artes (Sevilla)
Su factura recuerda la influencia manierista de tinte veneciano y pone de manifiesto la intervención de los dos artistas. La había proyectado y comenzado Alonso Vázquez, pero al tener que marcharse a Méjico el mismo año de la ejecución del cuadro (1603) se le encargó su remate a Juan de Uceda. De ello puede derivarse también la diferencia de factura entre los dos planos señalados, puesta de manifiesto sobre todo en el color, la luz y las texturas o el tratamiento de las telas; de cualquier manera, en ambos se observa un cierto abigarramiento del espacio por acumulación de figuras.
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Óleo sobre lienzo de gran tamaño
Francisco de Herrera el Viejo (Sevilla, 1576-Madrid, 1656)
Museo de Bellas Artes (Sevilla)
El santo sobre una nube, con su figura centrando la composición; en primer plano –abajo– aparecen dos obispos (posiblemente, san Leandro, a la izquierda, con un niño al que alecciona –probablemente el santo– y san Isidoro, a la derecha) En medio puede verse a dos ángeles que flanquean a san Hermenegildo; uno porta las cadenas y el otro un hacha (segur) como símbolos del cautiverio y del martirio.
En el plano superior, una guirnalda de angelotes enmarca la figura central (la del santo); unos sostienen la corona, otros el cetro (ambos, símbolos de su condición regia) y otros dos llegan volando a colocar una corona floral sobre su cabeza como signo de santidad. La figura de san Hermenegildo sujeta un pequeño crucifijo con la mano derecha en señal de su testimonio martirial y se viste a la romana, con el manto rojo propio de su dignidad como rey.
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Francisco de Zurbarán (1598-1664)
Óleo sobre lienzo - Iglesia de san Esteban (Sevilla)
Aunque no es segura la autoría, la mayor parte de los expertos coinciden en atribuir este cuadro a la gran figura de la escuela barroca española que es el pintor.
No cabe duda de que, por el tratamiento de la figura del santo, la sencillez de la composición y las dificultades para representar el aura sobrenatural que debería acompañar a nuestro mártir, nos encontramos ante una obra de juventud del artista; por lo menos, de su primera época, anterior a 1650.
A pesar de la rigidez compositiva, la figura de san Hermenegildo no está exenta de cierta majestuosidad, evidente en la actitud del personaje, en la riqueza del atuendo y en la presencia de los atributos regios (manto y corona) y el de su martirio (el segur), que hace ostensible en su mano izquierda.
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Óleo sobre lienzo: 328 x 229 cm
Francisco de Herrera el Mozo (Sevilla, 1622-Madrid, 1685)
Museo del Prado (Madrid)
Es otro formidable lienzo, pintado por Francisco de Herrera el Mozo, o el Joven –hijo del anterior– para efigiar al santo mártir visigodo español.
Los estudios más recientes precisan la fecha de 1653 para su ejecución, tras el viaje realizado por el artista a Italia, donde quedó asombrado ante los pintores de la escuela veneciana, en especial Pietro de Cortona, de quien trasladó a este cuadro no pocos elementos y recursos pictóricos como, por ejemplo, el desarrollo helicoidal que describe la figura del santo protagonista en un movimiento ascendente similar al de una columna salomónica de los principios barrocos.
En medio de una aureola de color, en la que destacan los azules y los blancos, se yergue la joven figura de san Hermenegildo, que vuela arrobado hacia el cielo, portando un crucifijo en la mano derecha y vistiendo a la romana con ropajes de gala imperial (coraza y manto incluidos). Mientras, a su alrededor, una guirnalda de ángeles asciende con él llevando cada uno en sus manos alguna de las insignias reales (corona y cetro) y los atributos martiriales y de santidad (hacha, espada, palma y corona de flores); al tiempo, un coro de ángeles parece rubricar, cantando y tocando la gloria del sacrificio. En contraste, bajo sus pies, se sitúan las figuras de su padre –el rey Leovigildo– con un gesto de irremediable y angustiado arrepentimiento y la del obispo arriano, entre sorprendido y asustado, con un copón en la mano.
Óleo sobre lienzo (124x116 cm)
Juan Carreño de Miranda (Avilés, 1614- Madrid, 1685)
Museo de Bellas Artes de Asturias (Oviedo)
Considerada obra menor de entre las realizadas por este famoso pintor de Corte, es una representación en la que el santo se encuentra sentado, en actitud de calma y serenidad, con una cruz sujeta por la mano derecha. Es una cruz lisa y estrecha, de tamaño casi natural –según la figura del personaje– quien la mira con arrobamiento, mientras la mano derecha señala las cadenas, símbolo de su cautiverio, tiradas en el suelo.
Está vestido a la romana –tal como hemos visto en las imágenes anteriores–, según los cánones de las iconologías tradicionales: sandalias y polaina, rica coraza y manto azul que rodea la parte inferior de su cuerpo al modo regio.
Se trata de una imagen tallada a tamaño natural (según los valores antropomórficos de la época) que nos muestra una figura del santo llena de dignidad y valentía en el gesto. Se nos presenta ataviado a la romana, con el manto y la corona de su condición real y los atributos propios del martirio: la cruz (mano derecha) y el segur (mano izquierda).
Denota muy buena factura y una notables condiciones estéticas, donde destacan la líneas de movimiento sin necesidad de recargar en exceso las violentas curvas del Barroco pleno. Destaca también el buen tratamiento del rostro. Ambos elementos dan aire de sosiego y majestuosidad a la figura.
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Obra escultórica
monumental, ocupa el pináculo del retablo mayor -en el presbiterio-
y la efigie del santo se esculpió en una sola pieza de madera noble.
No ha sido policromada, pero sí ligeramente dorada.
Su ejecución fue realizada por el artista francés R. Michel, afincado en Madrid (por ello uno de los mejores representantes del llamado Barroco madrileño) y escultor de Cámara de Carlos III de quien, al parecer, recibió el encargo.
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El conjunto de esta Apoteosis sigue una perfecta composición de tipo piramidal, bajo arco mural de medio punto, como remate final del retablo. En él pueden contemplarse varias figuras: la principal, la del santo, se eleva hacia el cielo sobre una nube en una actitud orante, con las piernas semiflexionadas y el tronco en ligera torsión, y viste galas regias, según la interpretación barroca de la moda a la romana; a la izquierda, en el vértice correspondiente de la base del imaginario triángulo compositivo, se sitúa un ángel que sostiene, y le muestra, una corona; a derecha, puede verse otro ángel en actitud reverente. Apartados de este núcleo compositivo, pero formando parte del conjunto, en el arranque del arco que cierra el fondo del presbiterio, encontramos cuatro figuras de ángeles, dos a la izquierda y otros tantos a la derecha, que portan la palma del martirio (los de la izquierda) y una cruz griega de gusto visigótico (los de la derecha).
La perfecta simetría de la composición figurativa y las dimensiones de la figura principal logran en el espectador un efecto de extraordinaria complacencia estética, viendo la Apoteosis como el elemento final que remata y totaliza, presidiéndolo, el espacio estético del espléndido templo barroco.
Óleo
sobre lienzo (83,5 x 55,5 cm)
Corrado Giaquinto (1703-1765)
Casita del Príncipe. San Lorenzo de El Escorial (Madrid)
(Imagen cedida por el Patrimonio Nacional)
Forma parte de una serie de bocetos realizados por el artista para decorar las pechinas de la Capilla del Palacio Real de Madrid. San Hermenegildo se encuentra representado en el centro de la composición con la figura de un joven de porte noble; vestido a la romana y arrebatado al cielo sobre una nube, mientras con su mano derecha muestra la palma del martirio. Junto a él, un ángel recoge dos de los atributos reales (cetro y corona), pues el manto lo viste él mismo. En los ángulo, rodeando a estas figuras, pueden versa a grupos de ángeles niños que se arremolinan y portan algún distintivo alusivo a la santidad de nuestro patrón: la llama de la fe, en sendas vasija; la luz de Cristo, en el velón; las cadenas del cautiverio...
Tanto la composición como la figuración y la perspectiva son muy semejantes a las del "San Hermenegildo" del Museo del Prado que hemos comentado ya. Sin embargo, el cromatismo se endulza aquí mucho más y el movimiento es menos violento y agitado, dando un tono de mayor serenidad a la representación, algo propio de este pintor barroco italiano afincado en la corte española.
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Corrado
Giaquinto (1703-1765)
Capilla del Palacio Real (Madrid)
(Imagen cedida por el Patrimonio Nacional)
Por último,
hemos de apuntar que la realidad física para la que se pintó
este cuadro (boceto) podemos admirarla en una de las pechinas de la Capilla
del Palacio Real. La diferencia estética y compositiva entre ambas
es mínima; por eso entendemos que no merece ninguno comentario más
que el apuntado en las líneas anteriores.
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Óleo sobre lienzo - Francisco de Goya (1746-1828)
Museo Lázaro Galdiano (Madrid)
Este es un boceto o “borrón” que Goya hizo para un cuadro de gran tamaño destinado a la iglesia de San Fernando de Torrero (Zaragoza); dicho cuadro estuvo expuesto desde la consagración del templo en 1802 en el altar situado a la derecha del presbiterio, lado de la epístola, quedando emparejado con el de “Santa Isabel curando el pie a una enferma”, que ocupaba el altar del lado del evangelio. Allí estuvieron, junto al cuadro con “La aparición de san Isidoro a san Fernando”, realizado para el panel central del altar mayor, hasta que desaparecieron en el transcurso de la guerra de la Independencia. Como dato curioso se sabe que los tres, en su conjunto, costaron a la Iglesia cesaraugustana treinta mil reales.
El boceto que aquí presentamos, es el mejor rematado de los realizados para cada uno de los cuadros referidos y nos permite atisbar la formidable factura del cuadro para el que se hizo. El genial maestro de Fuendetodos desarrolló en él una escena plenamente enraizada en sus creaciones, con lúgubres espacios cerrados –“hospitales de apestados” o “corrales de locos”– en los que el dramatismo se adueña del cuadro. Aquí, plasma el momento crucial en que el protagonista, san Hermenegildo, es acosado por sus carceleros con el fin de doblegar su voluntad y hacerle abjurar de su fe católica. Se acerca irremisiblemente el momento de su muerte (asesinato).
Por eso, a pesar del ambiente hostil y lo escalofriante del escenario, el santo mártir aparece revestido con los más significados atributos y atuendos de su dignidad regia: la corona sobre sus sienes, el manto rojo con estola de armiño sobre sus hombros, la armadura, el fajín e, incluso, el collar con el Toisón, lo que supone un trastrueque alusivo más a épocas esplendorosas e imperiales de la moderna monarquía española que a la de la realidad histórica que le tocó vivir.
Sin embargo, de forma a nuestro entender impropia, Goya elude la presencia de los signos martiriales que las normas iconográficas aconsejaban para concentrarlas –como nuevos símbolos– en las figuras crueles de los sayones y carceleros.
Digamos, finalmente, que la escena desentraña emociones, tras la expresión de los personajes, en una economía extraordinaria de elementos plásticos, reducida a los mínimos, tal como ha observado el profesor Morales Marín.
Esta es una imagen del santo que merece nuestra atención e interés por tratarse de una creación artística de nuestro tiempo con cierto valor estético y por lo sorprendente y curioso de su soporte: un manto de la Virgen.
El modelo seguido para su representación supone un acierto estético pues el diseño del profesor H. Pretel recoge los elementos iconográficos tradicionales y estilísticamente sigue los cánones cercanos a la transición bizantino-visigótica propia de la época del santo El motivo propuesto por el profesor para ornato bordado del manto es la efigie de san Hermenegildo, quien es representado de medio cuerpo, con la cabeza coronada, vistiendo el manto regio y con la cruz del martirio alzada en la mano derecha.
Las líneas de figuración de esta obra reciente, con marcado carácter bizantinista, nos acercan a cualquiera de las excelentes representaciones de figuras regias que pudiéramos contemplar en los grandes monumentos de Rávena pertenecientes a los siglos VI o VII.
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En la Capilla de Ntra. Señora de las Angustias de la Colegiata de San Antolín, de Medina del Campo, existe una interesante imagen de san Hermenegildo del s. XVIII.
También existe una obra del pintor sevillano Ignacio de Ríes (s XVII), discípulo de Zurbarán, titulada "El martirio de san Hermenegildo", que se conserva en la capilla de la Concepción de la catedral de Segovia (Cf. Benito Navarrete, Ignacio de Ries, Fundación Telefónica, 2001, I.S.B.N.: 84-930030-1)
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Breve historia de la Parroquia
Iconografía
de san Hermenegildo