PARROQUIA DE SAN HERMENEGILDO Fósforo, 4 · 28005 Madrid (España) ·Tlf: 91 366 29 71 · sanherme@gmail.com
La adoración La verdadera oración lleva necesariamente a la adoración. Esto constituye una dimensión básica de la vida espiritual, que completa y plenifica la oración verdadera: la adoración. Es la cumbre de la vida interior, en la que la oración se hace vida. El proceso de la adoración requiere en principio la conciencia clara de que Dios me ama. Y a la luz de este amor, el descubrimiento de que yo no amo de verdad (ni a él ni a los demás). Adorar es aceptar a Dios como Dios. Dios es el absoluto, ante el que el hombre se reconoce criatura dependiente. Dios es amor, y amor en fidelidad. Adorar es reconocer la primacía absoluta de Dios; pero no con la razón, sino con la vida: renunciando a la voluntad de dominio y poniéndonos en actitud de admiración, docilidad, entrega, humilde reconocimiento de nuestra pequeñez y pobreza. Y ese reconocimiento supone que uno se coloca ante Dios acogiendo agradecido que él es «compasivo y misericordioso» (Sal 86,15; 103,8; 11,4; 116,5; 145,8; Eclo 2,11; Jl 2,13), que «perdona todas nuestras culpas» (Sal 103,3), que «cuida de nosotros» como una madre de sus hijos, que «siente ternura de nosotros como un padre siente ternura de sus hijos» (Sal 69,17; 103,13). La revelación del amor de Dios, lleno de ternura y misericordia, nos descubre que somos preciosos a sus ojos (cf. Is 43,1-4) y, desde nuestra incapacidad para amar, nos descubre la verdadera dimensión de la trascendencia divina (que tiene poco que ver con el sentido filosófico de trascendencia): -Dios desborda en su amor infinito mi ser y mis capacidades y me deja anonadado. -Me descubro pequeño, débil... Y entonces estoy preparado para entrar en un diálogo de amor en el que me acerco a Dios con mi pequeñez, desde la que contemplo, agradezco y busco la grandeza que él me presenta y me ofrece. Este acto es la esencia de la adoración. Y es tan importante que podemos afirmar que hemos sido creados por Dios para hacerlo: lo que da sentido y consistencia a mi vida es el acto de adoración; eso es lo único que Dios busca del hombre, algo que Dios «necesita» y para lo que ha creado al hombre. A nosotros nos cuesta entender cómo se compaginan la transcendencia de Dios y la consistencia de la criatura. Parece que si decimos que Dios es grande estamos diciendo que el hombre es pequeño; y si decimos que el hombre es grande decimos que Dios es pequeño. El equilibrio está precisamente en la adoración, que nos hace grandes precisamente porque Dios es grande. Al reconocer la grandeza de Dios desde nuestra pequeñez adquirimos la mayor grandeza a la que el hombre puede aspirar. La dependencia de Dios nos ofrece la mayor libertad. La adoración supone expresar realmente que soy grande y valioso, no al margen de Dios o en contra de su grandeza, sino precisamente gracias a Dios y como consecuencia de la grandeza de su amor. El acto de adoración proclama que sólo Dios es grande e importante. Y al hacerlo manifestamos, inseparablemente, que el hombre es infinitamente valioso ante los ojos de Dios como adorador. El fundamento de la adoración a Dios no es su bondad, sino su amor. No lo debemos confundir: Dios no es «bondadoso», Dios ama. El amor es mucho más serio y profundo que la bondad. ¿Qué queremos decir con esto? Que la bondad es un sentimiento que procura que los demás no sufran (por bondad matamos a un animal, «para que no sufra»). El amor es mucho más exigente. Una madre no busca que su hijo no sufra a cualquier precio y prefiere verlo sufrir que disfrutar de un placer despreciable: prefiere verle llorar ante un plato de sopa que no le gusta a que «disfrute» tomando una golosina que le hace daño. Pues bien, si Dios es amor, es por definición algo mucho más grande que la simple bondad y nos hace el honor -doloroso a veces- de amarnos en el sentido más profundo y más dramático (cf. Hb 12,5-8: Dios corrige a los que ama como un padre a sus hijos). Lo que nos aparta de la adoración no es sólo la idolatría sino la duda, no de la existencia de Dios, sino de su extraordinario amor por nosotros. Una duda alimentada por unas realidades que parecen contradecir la imagen del Dios «bondadoso» que tenemos. Desde el Antiguo Testamento, los grandes servidores de Dios (Abraham, Job, María...) se ven enfrentados a una contradicción que ninguna sabiduría humana puede solucionar: por una parte, la afirmación de un amor extraordinario de Dios y, por otra, unos acontecimientos incomprensibles y desconcertantes que parecen negar ese amor. El hombre se ve roto por la tentación de pensar que ese amor (no cualquier amor) especialísimo de Dios es una quimera. ¿Qué es lo único que puede superar esta contradicción esencial que se le presenta al hombre y que ninguna sabiduría puede resolver?: la adoración. Por la adoración nos sumergimos en pleno corazón de la oscuridad y afirmamos con todo vigor que somos inmensamente amados por Dios en medio de unas realidades cuyo sufrimiento no negamos, aceptando la conciencia de que parece que Dios nos ha abandonado. No se trata de un perezoso acto de fe de quien se resigna fácilmente a no creer, sino de un acto de fe en lucha. Un acto de fe que requiere mucho amor y gran sencillez. Los corazones sencillos no tienen necesidad de mucha teología para ser agitados por el misterio del mal y volverse hacia Dios con el acento apasionado que procede del amor. La condición humana está marcada por muchas oscuridades. Y la certeza de ser amado por Dios no disipa esas oscuridades. Incluso, en determinado sentido, las agrava. Es difícil saberse amado por un Dios que no disipa nuestras tinieblas ni resuelve todos nuestros problemas. Y ver que nuestra razón y nuestros esfuerzos se quiebran tantas veces frente a tantas situaciones incomprensibles y desgarradoras. La respuesta no es la «resignación» pasiva, sino el grito desgarrado de quien se vuelve a Dios para decirle que no tiene respuesta, que Dios debería dársela, pero aceptando que Dios no tiene ninguna obligación de responder. Adorar es aceptar que Dios supone un camino de purificación, de peregrinación, que exige dejarlo todo, abandonarlo todo, vivir como en la Pascua, pasando de la esclavitud a la libertad a través del desierto. Es decir, adorar a Dios es aceptar al Dios de la historia, que abre paso a la salvación en la historia, en las circunstancias humanas. Adorar es aceptar que el Señor es el Dios de la vida y del futuro, Señor de la historia. Por eso hay que buscarlo en el trabajo real de conversión hacia el plan que él va realizando en nosotros y en el mundo. Nuestra vida y nuestra suerte está en sus manos. Él es nuestra roca, nuestro baluarte, nuestra seguridad. Acoger dócilmente su voluntad en el abismo de la fe, en la entrega confiada de quien espera todo de Dios, le venera, le ama. Es la disponibilidad para dejarse guiar, ser como el barro en las manos del alfarero. La conciencia del puro amor de Dios, reconocido en todo momento y circunstancia, es la fuente de una alegría más verdadera y profunda que cualquier alegría humana. El encuentro con Dios que lleva a la adoración se transforma ante el mundo en un testimonio de gozo, de libertad... Este testimonio fundamenta la misión que el cristiano tiene ante el mundo. Pero se trata de un largo camino. Un camino que comienza con la renuncia a la idolatría en sus diversas manifestaciones. Dios no puede compartir su puesto con ningún ídolo. Esto exige que el hombre comprometa todo su ser, todo su corazón, con la exclusión de todo otro dios o de todo otro amor, sin ningún género de recortes. Adorar a Dios es reconocerse vivo bajo su mirada, aceptar que él lo conoce todo y lo sondea todo (cf. salmo 139: «Señor, tú me sondeas y me conoces...»). Adorar es aprender a descubrir la presencia de Dios. Y es en Jesucristo donde el hombre se encuentra con Dios. Por la actitud de adoración el hombre es capaz de descubrir a Dios en Jesucristo como Dios cercano, puede palparle en los sacramentos, en la vida de la Iglesia, en la historia de cada uno, en las circunstancias... Le reconoce, le acepta y le acoge. La adoración nos saca de nuestras seguridades. No encontramos aquí las garantías que tanto nos gustan. El encuentro con Dios nos sumerge en el misterio; por tanto no es de extrañar que nos desconcierte, porque nos desinstala de toda seguridad personal. La adoración nos coloca en la provisionalidad de la carencia de méritos, de derechos adquiridos, porque nos mete en la órbita de la misericordia, de la pura gratuidad del amor. El adorador se pone ante Dios con las manos vacías, sin nada más que ofrecerle que su pobreza. Pero ahí encuentra la materia de su sacrificio. ¿Qué podemos darle a Dios que no tenga? Recordemos el Sal 50,8-15: No te reprocho tus sacrificios, pues siempre están tus holocaustos ante mí. Pero no aceptaré un becerro de tu casa ni un cabrito de tus rebaños: pues las fieras de la selva son mías, y hay miles de bestias en mis montes. Conozco todos los pájaros del cielo, tengo a mano cuanto se agita en los campos. Si tuviera hambre, no te lo diría: pues el orbe y cuanto lo llena es mío. Comeré yo carne de toros, beberé sangre de cabritos? Ofrece a Dios el sacrificio de tu confesión, cumple tus votos al Altísimo, e invócame el día del peligro: yo te libraré, y tú me darás gloria. Lo único que Dios no tiene y nosotros tenemos es nuestra miseria, nuestra limitación, nuestro pecado. Y eso es lo que él busca con ardiente deseo: alguien que se ofrezca para que él pueda derramar su amor, ejercer su misericordia. Esto es lo que afirmaba la beata Isabel de la Trinidad: «Dios se lanza como un buitre, para devorar nuestra miseria»; o, como pretendía santa Teresa del Niño Jesús: «ofrecerse como víctima del amor»). El adorador se pone ante Dios y le ofrece su miseria para que Dios le inunde con su misericordia, para que la consuma como un holocausto con su amor. La adoración es ese encuentro de la misericordia de Dios con nuestra miseria. Dios es Dios y se abaja al hombre, regalándole el don de un amor cercano, pero de un amor que el hombre no domina, ni posee ni controla. Jesucristo coloca al hombre ante el reconocimiento de su condición indigente, pobre frente a Dios. El adorador acepta esa pequeñez y esa desposesión de sí mismo. El adorador es el hombre que carece de derechos ante Dios, pero que sin embargo se siente inundado por los dones del consuelo, de la amistad de Dios, de su protección, de su fidelidad. El que adora descubre que Dios está comprometido por ese amor al hombre; y, sin embargo, no se deja confiscar por el hombre, ni siquiera por la observancia legal de obras virtuosas ni por el culto, cuando el hombre se instala en una falsa seguridad. La adoración produce la libertad del hombre, porque dejamos a Dios ser Dios, ser un absoluto de amor para el hombre, y es reconocido, amado, adorado como tal en plena libertad. Adorar es la libertad del hombre cuando no se intenta forzar la libertad de Dios y cuando nosotros no nos instalamos en la seguridad de nuestra propia complacencia. La adoración supone que la relación de amistad entre Dios y el hombre no conoce límites en su purificación, en su avance. El adorador no le dice a Dios «hasta aquí», no le pone límites a la acción de Dios ni al despojamiento que quiere producir en él. El hombre es invitado a entrar en el misterio del ser de Dios. Pero no admite otros intereses yuxtapuestos, sobreañadidos. El hombre se coloca en la actitud de servicio, de gozoso y amoroso servicio en docilidad al Dios verdadero y a su proyecto de salvación. La adoración eucarística Oración de san Juan Pablo II Señor Jesús: Nos presentamos ante ti sabiendo que nos llamas y que nos amas tal como somos. "Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Hijo de Dios" (Jn. 6,69). Tu presencia en la Eucaristía ha comenzado con el sacrificio de la última cena y continúa como comunión y donación de todo lo que eres. Aumenta nuestra FE. Por medio de ti y en el Espíritu Santo que nos comunicas, queremos llegar al Padre para decirle nuestro SÍ unido al tuyo. Contigo ya podemos decir: Padre nuestro. Siguiéndote a ti, "camino, verdad y vida", queremos penetrar en el aparente "silencio" y "ausencia" de Dios, rasgando la nube del Tabor para escuchar la voz del Padre que nos dice: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia: Escuchadlo" (Mt. 17,5). Con esta FE, hecha de escucha contemplativa, sabremos iluminar nuestras situaciones personales, así como los diversos sectores de la vida familiar y social. Tú eres nuestra ESPERANZA, nuestra paz, nuestro mediador, hermano y amigo. Nuestro corazón se llena de gozo y de esperanza al saber que vives "siempre intercediendo por nosotros" (Heb. 7,25). Nuestra esperanza se traduce en confianza, gozo de Pascua y camino apresurado contigo hacia el Padre. Queremos sentir como tú y valorar las cosas como las valoras tú. Porque tú eres el centro, el principio y el fin de todo. Apoyados en esta ESPERANZA, queremos infundir en el mundo esta escala de valores evangélicos por la que Dios y sus dones salvíficos ocupan el primer lugar en el corazón y en las actitudes de la vida concreta. Queremos AMAR COMO TÚ, que das la vida y te comunicas con todo lo que eres. Quisiéramos decir como San Pablo: "Mi vida es Cristo" (Flp. 1,21). Nuestra vida no tiene sentido sin ti. Queremos aprender a "estar con quien sabemos nos ama", porque "con tan buen amigo presente todo se puede sufrir". En ti aprenderemos a unirnos a la voluntad del Padre, porque en la oración "el amor es el que habla" (Sta. Teresa). Entrando en tu intimidad, queremos adoptar determinaciones y actitudes básicas, decisiones duraderas, opciones fundamentales según nuestra propia vocación cristiana. CREYENDO, ESPERANDO Y AMANDO, TE ADORAMOS con una actitud sencilla de presencia, silencio y espera, que quiere ser también reparación, como respuesta a tus palabras: "Quedaos aquí y velad conmigo" (Mt. 26,38). Tú superas la pobreza de nuestros pensamientos, sentimientos y palabras; por eso queremos aprender a adorar admirando el misterio, amándolo tal como es, y callando con un silencio de amigo y con una presencia de donación. El Espíritu Santo que has infundido en nuestros corazones nos ayuda a decir esos "gemidos inenarrables" (Rom. 8,26) que se traducen en actitud agradecida y sencilla, y en el gesto filial de quien ya se contenta con sola tu presencia, tu amor y tu palabra. En nuestras noches físicas y morales, si tú estás presente, y nos amas, y nos hablas, ya nos basta, aunque muchas veces no sentiremos la consolación. Aprendiendo este más allá de la ADORACIÓN, estaremos en tu intimidad o "misterio". Entonces nuestra oración se convertirá en respeto hacia el "misterio" de cada hermano y de cada acontecimiento para insertarnos en nuestro ambiente familiar y social y construir la historia con este silencio activo y fecundo que nace de la contemplación. Gracias a ti, nuestra capacidad de silencio y de adoración se convertirá en capacidad de AMAR y de SERVIR. Nos has dado a tu Madre como nuestra para que nos enseñe a meditar y adorar en el corazón. Ella, recibiendo la Palabra y poniéndola en práctica, se hizo la más perfecta Madre. Ayúdanos a ser tu Iglesia misionera, que sabe meditar adorando y amando tu Palabra, para transformarla en vida y comunicarla a todos los hermanos. Amén.             Juan Pablo II
Álbumes fotográficos
Icono de san Hermenegildo, parroquia Madrid