EXAMEN DE CONCIENCIA Un instrumento para el progreso espiritual ¿Qué es el examen de conciencia? Uno de los mejores instrumentos que tenemos para progresar en la vida espiritual es el examen de conciencia. Se trata de un medio que se suele deformar, convirtiéndolo con frecuencia en una especie de examen moral y jurídico, que nos puede llevar fácilmente al desánimo en vez de impulsarnos al progreso espiritual; por lo cual lo abandonamos con facilidad. Dicho esto, hemos de afirmar que el examen es algo muy distinto: es una forma de orar, de entrar en contacto con Dios. La única manera de hacer un examen de conciencia verdadero es que sea un verdadero momento de oración. Así voy aprendiendo de Dios a recibir el conocimiento que él quiere darme de mí mismo. Aprendo a encontrar en él a Jesucristo dentro de lo más hondo de mi ser, en ese «dentro» de donde sale todo lo que mancha al hombre (cf. Mc 7,21). Es el momento en el que la persona, tras haber estado atareada todo el día, vuelve en sí y se pone la mano en el corazón. Haya obrado el bien o el mal, considera ambas cosas exclusivamente en relación a Dios. Se trata de decirle a Dios: «Te ofrezco el mal que haya hecho, Señor, a fin de que sea para ti ocasión de manifestar tu amor y tu poder. Y te ofrezco también el bien que haya podido hacer, porque reconozco en él tu obra». Todo cuanto descubro en mí de odio, de amargura, de pereza, de sensualidad... lo reconozco y lo asumo, pero no para desanimarme (porque sé perfectamente que no conseguiré liberarme de ello por mí mismo), sino para exponerlo a la acción de la gracia de Dios. El verdadero examen de conciencia nos ayuda a mantener en nuestra vida cotidiana la visión fundamental de la fe que nos descubre la verdad profunda de quién es Dios, quién soy yo y cuál es mi relación con Dios. Como modo de orar deberíamos comenzar el examen reconociendo y agradeciendo la obra de Dios; porque sólo así podré descubrir mis errores o mis defectos. Y este descubrimiento se convertirá en una ocasión de contar con la misericordia de Jesucristo, que es la salvación de Dios para mis pecados y para los del mundo entero, como nos dice san Juan: «Si alguno peca, tenemos un abogado, Jesucristo el Justo. El ha muerto por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino por los del mundo entero» (1Jn 2,1-2). Así, el examen de conciencia nos ayuda a mantener el esfuerzo espiritual impidiéndonos caer en la mediocridad o en la monotonía; teniendo en cuenta que en la vida espiritual el que no avanza retrocede. Sería un error concebir ese esfuerzo como la autocomplacencia o el repliegue en uno mismo. El verdadero esfuerzo espiritual consiste en salir de sí para apegarse a Dios. El esfuerzo consistirá en aceptar las necesarias purificaciones que la vida y sus dificultades imponen a nuestro corazón aún vacilante e indeciso. No tratemos entonces de eludir las dificultades, porque a través de ellas vamos llegando progresivamente a amar a Dios y al otro por sí mismos. El examen de conciencia nos ayuda precisamente a reconocer esas dificultades interiores y exteriores y a ponerlas en relación con Dios. Junto a Cristo y con la luz de su amor puedo mirar mi vida para reconocer todo lo bueno que ha depositado en mí y todo aquello que desdice el amor y del plan de Dios, para que él lo tome sobre sí y me transforme. Por eso el examen de conciencia tiene que hacerse en clima de paz y debe llevar a la alegría del encuentro entre amigos. Sólo es obligado confesar los pecados graves, o «mortales», que son los que tienen como objeto una materia grave y se cometen con pleno conocimiento y consentimiento deliberado. Sin embargo, para una más profunda y progresiva conversión, será bueno examinar, arrepentirse y confesar también los pecados veniales. Las siguientes pistas pueden ayudar a realizar mejor el examen. No es necesario repasarlas siempre todas. Poco a poco iremos descubriendo aquellos aspectos más significativos en los que nos vemos reflejados habitualmente. Pautas para el examen 1. Dice el Señor: «Amarás a tu Dios con todo tu corazón» 1. ¿Tiende mi corazón a Dios de manera que en verdad lo ame sobre todas las cosas en el cumplimiento fiel de sus mandamientos, como ama un hijo a su padre, o, por el contrario, vivo obsesionado por las cosas temporales? ¿Obro en mis cosas con recta intención? 2. ¿Es firme mi fe en Dios, que me habló por medio de su Hijo? ¿Me adhiero firmemente a la doctrina de la Iglesia? ¿Tengo interés en mi instrucción cristiana escuchando la Palabra de Dios, participando en la catequesis, evitando cuanto pudiera dañar mi fe? ¿He profesado siempre, con vigor y sin temores, mi fe en Dios? ¿He manifestado mi condición de cristiano en la vida pública y privada? 3. ¿He rezado mañana y noche? Mi oración, ¿es auténtica conversación —de mente y de corazón— con Dios, o un puro rito exterior? ¿He ofrecido a Dios mis trabajos, dolores y gozos? ¿Recurro a él en las tentaciones? 4. ¿Tengo reverencia hacia el nombre de Dios, o le ofendo con blasfemia, falsos juramentos o usando su nombre en vano? ¿Me he conducido irreverentemente con la Virgen y los santos? 5. ¿Guardo los domingos y días de fiesta de la Iglesia participando activa, atenta y piadosamente en la celebración litúrgica, y especialmente en la misa? ¿He cumplido con el precepto anual de la confesión y comunión pascual? 6. ¿Tengo, quizá, otros dioses, es decir, cosas por las que me preocupo y en las que confío más que en Dios, como son las riquezas, las supersticiones? 2. Dice el Señor: «Amaos unos a los otros como yo os he amado» 1 . ¿Tengo un auténtico amor a mi prójimo, o abuso de mis hermanos usándolos para mis fines o portándome con ellos como no quisiera que se portasen conmigo? ¿Los he escandalizado gravemente con palabras o con obras? 2. ¿He contribuido, en el seno de mi familia, al bien y a la alegría de los demás con mi paciencia y verdadero amor? ¿He sido obediente a mis padres y familiares mayores, prestándoles respeto y ayuda en sus necesidades espirituales y temporales? 3. ¿Comparto mis bienes con quienes son más pobres que yo? ¿He despreciado a mis prójimos, sobre todo a los pobres, débiles, ancianos, extranjeros y hombres de otras razas? 4. ¿Realizo en mi vida la misión que recibí en el bautismo y la que al cristiano se le encomienda en la confirmación? ¿Participo en las obras de apostolado y caridad de la Iglesia y en la vida de mi parroquia, colaborando en las necesidades de ésta? ¿He orado especialmente por la unidad de la Iglesia, la evangelización de los pueblos, la realización de la paz y la justicia? 5. ¿Me preocupo por el bien y la prosperidad del pueblo o barrio en el que vivo, o me paso la vida preocupado tan sólo de mí mismo? ¿He cumplido con mis deberes de ciudadano? 6. ¿En mi trabajo y estudio soy laborioso, honesto, prestando con amor mi servicio a los demás? ¿He cumplido mis promesas? 7. ¿He prestado a mis educadores y a las autoridades la obediencia y respeto debidos? 8. ¿Soy servicial y buen compañero? ¿Procuro la alegría y el buen humor en el juego y en la convivencia con los demás? 9. ¿He mantenido la verdad y la fidelidad, o he perjudicado a alguien con palabras falsas, con calumnias o mentiras? 10. ¿He producido algún daño a la vida, la integridad física, la fama, el honor o los bienes de otros? ¿He odiado a alguien? ¿Me siento separado de alguien por riñas, injurias, ofensas o enemistades? ¿He hecho daño a otros con burlas sobre defectos del prójimo o bromas pesadas? 11. ¿He robado o deseado injusta o desordenadamente cosas de otros, o les he infligido algún daño? ¿He restituido o reparado ese daño? 12. Si alguien me ha injuriado, ¿me he mostrado dispuesto a la paz y a conceder, por el amor de Cristo, el perdón, o mantengo deseos de odio y venganza? 3. Cristo, el Señor, dice: «Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto» 1. ¿Pido a Dios mantenerme y crecer en la fe, esperanza y caridad? ¿Me esfuerzo en avanzar en la vida espiritual por medio de la oración, la lectura y la meditación de la palabra de Dios, la participación en los sacramentos y la mortificación? ¿Estoy esforzándome en dominar mis vicios, mis inclinaciones y pasiones malas? ¿He sido soberbio estimulándome a mí mismo más de lo debido? ¿He impuesto mi voluntad a los demás en contra de su libertad y derechos? 2. ¿Qué uso he hecho de mi tiempo, de mis fuerzas, de los dones que Dios me dio? ¿Los he usado en superarme y perfeccionarme a mí mismo? ¿He vivido ocioso o he sido perezoso? 3. ¿He soportado con serenidad y paciencia los dolores y contrariedades de la vida? ¿He mortificado mi cuerpo para ayudar a completar «lo que falta a la pasión de Cristo»? ¿He observado el ayuno y la abstinencia? 4. ¿He mantenido mis sentidos y todo mi cuerpo en la pureza y en la castidad? ¿He pecado con palabras o pensamientos impuros o con torpes acciones o deseos? ¿He mantenido conversaciones, realizado lecturas o asistido a espectáculos o diversiones contrarias a la honestidad humana y cristiana? ¿He descuidado la higiene o limpieza de mi propio cuerpo? 5. ¿He actuado alguna vez contra mi conciencia, por temor o por hipocresía? 6. ¿He tratado siempre de actuar dentro de la verdadera libertad de los hijos de Dios, según la ley del Espíritu, o soy siervo de mis pasiones?
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