Mejorar la misa La liturgia, principalmente la celebración de la eucaristía, es una de las principales manifestación de la fe. Por eso la forma de realizarla revela la calidad de nuestra fe, que debería estar en premanente tensión de crecimiento y superación. Para ayudar en este crecimiento ofrecemos unas cuantas pautas para entender mejor y realizar adecuadamente la liturgia eucarística, siguiendo las últimas indicaciones de la última versión de la Ordenación General del Misal Romano. Antes de la misa –Lleguemos con tiempo suficiente, evitando incorporarnos a la misa ya empezada. A las citas importantes no llegamos tarde, y la misa no tiene menos importancia que el cine o cualquier compromiso social en los que cuidamos la puntualidad. –Preparémonos interiormente, serenando el espíritu y tratando de liberarnos de agobios y prisas para poder vivir a fondo la celebración. –Cuidemos el silencio y ayudemos a que los demás lo cuiden. Aunque no haya empezado la misa, estamos en un lugar de oración y los demás necesitan de nuestro silencio. Y, por supuesto, apaguemos el teléfono móvil (para hablar con Dios no lo necesitamos). La participación de los fieles –La misa no es una devoción privada sino una celebración comunitaria en la que todos participamos, aunque no tengamos ninguna intervención especial. Es importante que realicemos esta participación siguiendo de manera activa las oraciones del sacerdote, cantando las partes cantadas, diciendo en alta voz las oraciones de la asamblea, guardando un verdadero silencio orante después de la liturgia de la Palabra y en los demás momentos de silencio de la misa. Las posturas –Como celebración comunitaria que es, en la misa expresamos nuestra unión en la fe a través de la unidad de posturas, que son las siguientes: - De pie cuando entra el celebrante en la procesión de entrada. - Sentados para escuchar las lecturas no evangélicas. - De pie en el «Aleluya» y durante la lectura del Evangelio, como señal de respeto ante los textos más importantes de la Palabra de Dios. - Sentados durante la homilía y el silencio que debe seguir a ella. - De pie para el «Credo» y la «Oración de los fieles». - Sentados durante el ofertorio. - De pie al terminar el ofertorio, cuando el sacerdote termina de lavarse las manos y va a decir: «Orad, hermanos...». - De rodillas en la consagración: desde el momento en el que el sacerdote extiende las manos sobre las ofrendas hasta que baja el cáliz después de mostrarlo. Seguimos de pie hasta que termine la comunión. - De pie al recibir la comunión. - Sentados al concluir la comunión. - De pie para la «Oración final», la bendición y durante la salida del celebrante. Las oraciones –Todos hemos de acomodarnos al ritmo común de las distintas oraciones, de forma que toda la asamblea rece a la vez, evitando ir desacompasados. Esta unidad de las voces expresa la unidad en la misma fe de todos los corazones. El canto –El canto es un elemento importante de la liturgia; por eso debemos prestarle el máximo interés. Tanto si hay coro como si sólo canta la asamblea, todos hemos de participar de la mejor manera que sepamos. El acto penitencial –Al comienzo de la misa, el sacerdote invita a los fieles a reconocerse pecadores. No se trata de hacer examen de conciencia, sino de realizar un humilde reconocimiento de nuestra condición de pecadores, para activar una actitud de humildad que nos predisponga a vivir la misa como un regalo inmerecido que Dios nos da. La Palabra de Dios –Las lecturas se leen para que se escuchen; no basta con oírlas simplemente y menos aún dedicar ese momento a rezos privados. Por eso es importante que los lectores las proclamen con claridad y respeto, expresando así que lo que se lee no es cualquier palabra sino la Palabra de Dios; cuidando de manera especial el salmo responsorial, que debe ser proclamado con ritmo meditativo y poético, a la vez que se facilita la respuesta de la asamblea dejando el tiempo suficiente. –Hay que evitar los lectores improvisados. Si alguien puede prestar el servicio litúrgico de proclamar la Palabra, convendría que prepare la lectura previamente en su casa, sirviéndose de algún misal. Antes de la misa debería brindarse al sacerdote, para no tener que recurrir a los «espontáneos» y, si es posible, repasar de nuevo las lecturas. –El que lee, comienza proclamando el texto que va a leer (por ejemplo: «Lectura del profeta Isaías»), hace la lectura y termina con la aclamación «Palabra de Dios». No debe decirse nada más (como «primera lectura», «salmo responsorial», etc.), ni cambiar nada (como «es Palabra de Dios»). –La homilía no debería ser un momento de estricto cumplimiento del sacerdote y la asamblea. A veces da la impresión de que el celebrante predica porque no le queda más remedio y los que asisten se limitan a oír sin escuchar aguantando un sermón. El que predica debería hacerlo desde la fe de la Iglesia que él mismo vive intensamente; y los que escuchan deberían atender con la intensidad que pone el que recibe un mensaje de vital importancia para ellos. El ofertorio –Mientras el sacerdote, preferiblemente en silencio, ofrece el pan y el vino, la asamblea permanece en silencio o canta un canto apropiado. Al regresar el celebrante al altar, después de realizar el lavatorio de las manos, los fieles se ponen de pie para participar en la plegaria eucarística. La consagración –La postura habitual durante la consagración es de rodillas, desde el momento en el que el sacerdote extienda las manos sobre las ofrendas hasta después de la elevación del cáliz, sin esperar a la aclamación «Este es el sacramento de nuestra fe». Quien tenga algún impedimento físico para arrodillarse debe procurar colocarse en un lateral del templo o hacia el final, evitando formar una barrera que dificulte la visibilidad de los demás. El «amén» –Una de las palabras más importantes de la liturgia es «Amén», con la que expresamos nuestro asentimiento de fe. La plegaria eucarística, que incluye la consagración, es el momento más importante de la misa y concluye con una solemne alabanza a la Trinidad: «Por Cristo, con él y el él, a ti Dios Padre omnipotente...» Esta alabanza la dice, o la canta, el sacerdote, no los fieles. Y toda la asamblea responde solemnemente: «Amén». El gesto de la paz –Antes de la comunión el celebrante da la paz del Señor a todos los fieles. Ése es propiamente el rito de la paz. Pero el sacerdote puede también (no es obligatorio) invitar a los fieles a darse la paz, usando la fórmula: «La paz contigo» - «Y con tu espíritu». No es un momento para intercambiar saludos entre todos. Se trata de un gesto litúrgico, poco importante, que debe realizarse sobriamente; para lo cual sólo debe darse la paz al que está a nuestro lado, a la derecha y a la izquierda. De ningún modo hay que dar la paz a los del banco de atrás ni, mucho menos, salir del banco para saludar a los que están a la otra parte del pasillo. Mientras nos entretenemos en un gesto secundario perdemos un gesto fundamental que es el de la fracción del pan, algo tan importante que daba nombre a la celebración de la eucaristía en los comienzos de la Iglesia. Y, además, no es un gesto que se realiza automáticamente cuando el sacerdote dice: «La paz del Señor esté siempre con vosotros», de modo que nos damos la paz sólo después de que el sacerdote concluya la invitación a hacerlo. La comunión –El modo en que recibimos la comunión tiene mucha importancia. El recogimiento necesario exige evitar la actitud del que trata de llegar el primero, incluso colándose, en la cola de la caja del supermercado. Se trata de una procesión en la que la asamblea se acerca solemnemente a la mesa del Señor para recibir su Pan. Por eso debemos formar una sola fila ordenada hasta el lugar donde el ministro distribuye la comunión y regresar, también en una fila, evitando salirnos de ella o dificultar el paso a los demás. –Antes de comulgar debemos hacer un gesto de adoración, como una inclinación profunda o genuflexión. Pero no debe hacerse ningún gesto en el momento de recibir la eucaristía, como inclinar de cabeza, santiguarnos, etc. Este signo de adoración debe hacerse antes, mientras comulga el que va delante. –La comunión se recibe normalmente de pie, aunque también se puede recibir de rodillas; y podemos elegir comulgar en la boca o en la mano. Si vamos a comulgar en la mano, lo debemos expresar claramente para que el sacerdote lo vea, extendiendo la palma de la mano izquierda y colocando la derecha debajo (los zurdos al revés). Una vez el sacerdote ha depositado el cuerpo del Señor en la mano, se comulga allí mismo e inmediatamente, retirándose ligeramente a un lado y delante del celebrante. La despedida –Hay que evitar las prisas al salir, como si deseáramos dejar algo desagradable. La celebración eucarística termina con la despedida que hace el sacerdote. Sólo debemos empezar a salir cuando el sacerdote haya salido del templo. –Si hemos vivido la misa de verdad, lo normal es que nos quedemos un momento en silencio y oración para dar gracias a Dios y profundizar espiritualmente en lo que hemos celebrado y recibido. Después de la misa –Evitemos dar limosna a los mendigos de la puerta. Aunque nuestra intención sea buena, con frecuencia este tipo de limosna fomenta la mendicidad pública, que no hace bien ni al que la da ni al que la recibe, crea serios problemas a los demás y, en ocasiones, supone una colaboración con organizaciones delictivas. La auténtica caridad consistiría en ayudar eficazmente a los mendigos en lo que verdaderamente necesitan, comprometiéndonos personalmente en ello; y, si no somos capaces de ese compromiso, mejor sería colaborar con nuestra limosna a las instituciones que se dedican a este fin. –Aunque la misa haya terminado materialmente, sus frutos deberían prolongarse a lo largo de toda nuestra vida. Para ello hemos de procurar conservar interiormente la gracia de Dios que hemos recibido, evitando actuar como quien acaba de realizar cualquier acto profano del que se olvida enseguida. Todo esto y más lo podemos ver el documento Redemptionis Sacramentum de la Santa Sede sobre «algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía».
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