EL CÓDICE DE JUAN DIACONO

Los milagros de San Isidro fueron recogidos en un códice del siglo XII sobre el que se ha discutido mucho a la hora de fijar tanto su cronología exacta como su autor.

Fue el jesuita, historiador e investigador de temas madrileños Fidel Fita quien a ¡males del siglo pasado en su afán de conocer mejor el pasado medieval de Madrid realizó el estudio del códice cuyo original se encuentra en el archivo de la iglesia de San Isidro entonces catedral de Madrid, hoy Real, Colegiata del mismo nombre. El crudilo jesuita se limitó por entonces a hacer Solamente la trascripción del texto latino, pero sin traducirlo, y a comentar algunos Aspectos referidos a su posible notoria y Contenido al que llegó a calificar de leyenda Evidentemente elaborada por un tal Juan, Diácono, que es el que firma uno de los Mi1agros: Yo Juan, un humilde diácono, y muchos, tal como lo oímos... lo hemos con- deforma sencilla en la presente cédula"'.

Hasta ese momento ningún autor había lo tan tajante a la hora de enjuiciar crítica - el manuscrito y de señalar su autoría -e una manera firme y sin titubeos. Sin EMBARGO debemos matizar muchas de las afirmaciones de Fita referentes al contenido 'el códice, como ya lo han hecho otros auto- aunque debemos coincidir con éste y incidimos en el asunto de la autoría.

No debemos menospreciar la afirmación de Fita referente a que el autor del códice de San Isidro fue Juan, diácono de Madrid, al que resueltamente identifica con Juan Gil de Zamora ya que el jesuita fue uno de los mejores conocedores e investigadores de su obra, a pesar de las opiniones en contra de algún autor que afirma que dicha estaría debe atribuirse a un tal Juan, diácono que fue de la iglesia de Santa María de la Almudena y luego arcipreste de Madrid .

Veamos quién fue Juan Gil de Zamora. Según las últimas investigaciones habría nacido hacia 1240 en Zamora, aunque no sabemos nada de su familia ni de parte de su vida hasta que no ingresa en la orden de San Francisco de la provincia zamorana entre 1269 o 1270. Es posible que estudiara en Salamanca y que se trasladase luego a París donde en 1276 obtuvo el grado de maestro en teología. Después regresó a Castilla ocupando importantes cargos en la corte de Alfonso X (1252-1284) como scriptor, secretario regio y preceptor del infante don Sancho, futuro Sancho IV el Bravo (12841295). Tuvo también cargos en la orden franciscana y debió morir a edad muy avanzada a comienzos del Siglo XIV4.

Juan Gil de Zamora fue un gran erudito y uno de los representantes del humanismo del siglo xiii en la corte del rey Alfonso X, el sabio, para quien trabajó como colaborador en su extensa obra tanto de carácter laico como religioso. Tan sólo mencionaremos su obra religiosa dedicada casi íntegramente a la vida y milagros de la Virgen y algunos santos.

Es casi seguro que trabajase a las órdenes reales compilando tradiciones marianas que luego sirvieron al rey sabio para elaborar Las Cantigas de Santa María'. Dedicado a María está el Liber Mariael donde recoge multitud de milagros atribuidos a la Virgen'. Entre las biografías de santos destacar los panegíricos que hace de San Pablo, Santiago y Santo Tomás, así como las vidas de San Apeles, santo herrero, y San Borondón, monje aventurero y viajero que vivió en el siglo vi'. Toda su obra hagiográfica forma parte de otra de carácter enciclopédico más extensa titulada De viribus flustribus, o conjunto de biografías de personajes célebres, famosos o conocidos entre los que incluye filósofos, reyes, profetas, apóstoles y santos'. En esta obra creemos se puede incluir el códice sobre los milagros de San Isidro que Gil de Zamora debió escribir o mandar componer durante su estancia en el convento de franciscanos de Madrid siendo diácono de la parroquia de San Andrés donde pudo conocer de primera mano, incluso por testigos directos, toda la tradición referida al santo labrador cuyo cuerpo se custodiaba en el interior de la iglesia.

Más extensa  conjunto de biografías de personajes célebres, famosos o conocidos entre los que incluye filósofos, reyes, profetas, apóstoles y santos'. En esta obra creemos se puede incluir el códice sobre los milagros de San Isidro que Gil de Zamora debió escribir o mandar componer durante su estancia en el convento de franciscanos de Madrid siendo diácono de la parroquia de San Andrés donde pudo conocer de primera mano, incluso por testigos directos, toda la tradición referida al santo labrador cuyo cuerpo se custodiaba en el interior de la iglesia.

DESCRIPCIÓN DEL CÓDICE Y PINTURAS

La descripción externa o codicológica del manuscrito ha sido realizada en varias ocasiones debido a su estudio, análisis o publicación, la última en 1993 con motivo de su publicación facsímil por la Academia diocesana de Arte e Historia de San Dámaso como conmemoración de la inaugura formado loor tres pliegos o cuadernos rayadlos a ptzón sin foliar pero sí paginados con numeración moderna. El tipo de letra corresponde al estilo caligráfico del reinado de Alfonso X, es decir, la conocida como letra gótica redonda de tipo castellano del último tercio del siglo xui.

Todos los autores que han estudiado el códice distinguen por la forma de estar escrito dos partes distintas. Una, la pertene ciente a los dos primeros cuadernos con un buen estilo caligráfico muy refinado y cuidado y la segunda correspondiente al tercer pliego que resulta ser más tosco en su escritura. La primera parte abarcaría desde el primer folio del códice hasta los seis himnos musicados en honor del santo, es decir los primeros milagros en vida y los siguientes post mortem hasta los huirnos .Esto ha planteado no pocos problemas de interpretación ya que se ha pensado que el códice pudiera ser obra de dos autores distintos. Sin embargo hasta la fecha se considera que fue el diácono Juan Gil de Zamora el que proyectó y ordenó escribir todo el códice a través de escribanos, de forma que no habría dos autores sino más bien dos escribanos distintos, debido a que con el paso de los años el códice original se fue completando con la relación de otros milagros añadidos por los testigos. Al final del códice se inserta un folio aparte con el relato de un milagro acaecido en 1426  la rcilizada en el siglo xvi en pergamino y en latín que reproduce literalmente el manuscrito medieval, pero sin miniaturas y con las notas musicales de los himnos un poco nás desarrolladas. Tan sólo añade al final copia de algunas de las visitas pastorales realizadas a la parroquia de San Andrés y al cuerpo de San Isidro desde 1504 hasta 1595 Se dice en el prólogo que dicho manuscrito que. se guardaba junto a otros papelee se salvó milagrosamente por intercesión de San Isidro de un incendio que deslr 1yó todo lo demás, lo cual se aporta como prueba en el proceso de su canonización.La decoración del códice se redoma a base de bellas miniaturas que se plasma 1 a través de las iniciales de las palabras cou las que comienza cada milagro. Éstas son (le gran tamaño para distinguirlas del con 11nto, están primorosamente dibujadas y van policromadas a base de colores 1arlncsí, azul-violado, verde y sepia, predontir, ndo el carmesí y el verde . A su vez estas letras o se ornamentan con motivos  vegetales muy estilizados extrañas formas y figuras. En  ocasiones dichas formas representan zoomórficos de animales  en los bestiarios medievales.  se representan estas figuras se  siempre el carmesí y el verde, por otro lado predominan en los  cuadernos mientras en el tereeio el carmesí y el sepia los más utilizadoreciendo casi por completo las zoomórficas. Tan sólo aparece la cabeza de un hombre como remate de la inicial con la que comienza el primer milagro post mortem que se relata inmediatamente después de los dos milagros de la traslación. Parece ser que todas las iniciales se trazaron posteriormente al resto de la escritura.

Mención aparte merecen los himnos con anotaciones musicales en honor del santo que constituyen una especie de oficio que se debía cantar en la celebración de sus solemnidades en la parroquia de San Andrés. Estas notas musicales son semejantes a las que aparecen en algunos códices de las Cantigas de Santa María, y también se decoran con letras mayúsculas de colores sobre todo en carmesí, verde y azul-violado. Los signos musicales son de tipo cuadrado, neumático y diastemático, carecen de claves y se observa un sistema de medición del tiempo mediante el trazado de líneas verticales ". Sería deseable que algún experto en música y composiciones medievales pusiese sonido a estos himnos de San Isidro y nos regalase el oído con sus cánticos que deben ser algo muy parecido a la música coral polifónica que empezó a utilizarse en Castilla a partir del siglo xiv.Por último hablaremos de las representaciones iconográficas del códice. Es obvio que a pesar de las miniaturas que decoran las letras, el manuscrito carece de imágenes a diferencia de lo que sucede con alguno de los códices de Las Cantigas de Santa María. Sin embargo los milagros realizados en vida de San Isidro aparecen representados en otro lugar y de otra forma: Nos referimos al arca contemporánea del códice que contuvo su cuerpo en la parroquia de San Andrés.

Se trata de una caja externa de madera de grandes dimensiones que a su vez contenía en su interior otra caja más pequeña con el cuerpo del santo. Toda ella estaba decorada con pinturas alusivas a los milagros de San Isidro, algunos personajes religiosos y otros adornos florales. Desafortunadamente parte de estas pinturas se han perdido, aunque han podido ser reconstruidas, pero se han conservado en más o menos buen estado las que en la parte frontal del arca ilustran los principales milagros: el de los bueyes, el del molino y el de la olla.El estilo pictórico que se utiliza es el propio de la época en que se hizo el arca, último cuarto del siglo xttr, es decir el llama do estilo franco gótico o gótico lineal. Se caracteriza esta pintura por el predominio del dibujo y la línea sobre el color, de ahí su nombre, con figuras planas y horizontales, tratadas sin volumen ni perspectiva utilizando colores cálidos muy bellos y luminosos, de carácter escasamente realista y natural pero muy significativa en cuanto a la ingenuidad y casi el candor con que son tratadas las imágenes y sus composiciones.

Las escenas aparecen cobijadas, a modo de viñetas, de 23 x 38 cms, bajo arcos de tipo gótico formados por arcos apuntados que a su vez cobijan arcos trilobulados y que se rematan con un rosetón. Éstos se apoyan sobre columnas de gusto clásico con basa y fuste liso y capiteles trapezoidales con decoración vegetal a modo de atauriques. Cada escena aparece separada por dichas columnas, contablilizándose ocho arcos en el frente con sendas escenas y otros tantos en la cubierta. Todos los arcos aparecen rematados por arquitecturas fingidas que representan puertas de gusto gótico-mudéjar enmarcadas por alfiz. Todas ellas se coronan con pináculos góticos. Las escenas no siguen una secuencia narrativa, o por lo menos no la secuencia del códice; una técnica muy semejante a las del arca de San Isidro, por lo que su autor podría haber sido también un mudéjar. En pintura al fresco destacar la capilla de San Martín de la catedral vieja de Salamanca. El resto de las pinturas del gótico lineal se encuentran mayoritariamente en Navarra y Corona de Aragón" por lo que de nuevo destacamos la importancia del arca de San Isidro en Madrid.Sorprende las veces que aparece representada la esposa del santo (dos veces) cuando su mención en el códice es mínima. Ello puede deberse a que en el milagro de la olla donde aparece, ella es una de las principales protagonistas, correspondiéndose la otra escena al momento en que lleva la comida a Isidro mientras está arando. En todo caso parece que ya en el siglo xill la tradición sobre Santa María de la Cabeza era reconocida. Otras imágenes como la del amo Juan de Vargas a caballo, el pobre que pide a la puerta del santo, los tres pares de bueyes y los ángeles con el arado, las tres palomas objeto de la caridad del santo, así arreos del caballo, el arado, el cesto de frutas que María lleva sobre la cabeza, así como las vestimentas, entre otros, del santo y su esposa, son una fuente de gran valor para conocer en detalle la vida cotidiana de la época.

En las pinturas, aparte del sentido estético de todas las Bellas Artes, se aprecia una función didáctica muy importante como sucede con casi todas las artes figurativas en la Edad Media (véase el románico). Téngase en cuenta que la mayor parte de las personas no sabían leer ni escribir y las imágenes eran el único medio de llegar a determinados mensajes. En este caso las representadas sobre el arca servían para ilustrar a los fieles que se acercaban hasta la capilla de San Isidro, en San Andrés. Las imágenes eran el complemento del texto de los milagros al que los fieles no podían acceder. Precisamente esto manifiesta que el poder de la imagen no es algo sólo propio de nuestra presente sociedad de consumo, como se ha dicho, sino que ya en la Edad Media tenía una función añadida muy importante.

FUNCIÓN DEL CÓDICE

Hasta ahora hemos descrito las características externas del códice. Queda por referirnos a la función para la que fue escrito y compuesto. Al señalar la existencia de dos partes diferenciadas de distinto escribano

 1275 la segunda desde los himnos hasta el final. En todo caso parece ser que el conjunto del códice pudo estar acabado a partir de la última fecha .Si el diácono Gil de Zamora profesó en la orden franciscana alrededor del año 1270, parece evidente que pudo escribir el códice poco después. Sin embargo en 1276 le encontramos en París estudiando teología, regresando a Castilla al año siguiente. Esto significa que en algún momento entre 1270 y 1276 tuvo que escribir el códice. Si nos atenemos a las fechas propuestas por los especialistas para su redacción: 1271 la primera parte y 1275 la segunda, llegamos a la conclusión que poco después de ingresar en la orden de San Francisco llegó a Madrid, posiblemente destinado al convento franciscano de la villa, fue diácono de San Andrés, permaneció en Madrid algún tiempo, no mucho, pero el suficiente para mandar redactar la primera y segunda parte del códice y finalmente marcharse a París. También es posible que dejara redactada la primera parte y reiniciase la segunda a su vuelta del extranjero.

En todo caso sobre las razones que impulsaron a Juan Gil de Zamora a escribir o mandar escribir los milagros de San Isidro parece que podemos apuntar dos hipótesis: Primero sabemos que el códice de San Isidro no es una obra aislada sino que forma parte de un conjunto de relatos hagiográficos más extenso escrito por Gil de Zamora para su De Viribus Ilustribus, obra de carácter enciclopédico destinada posiblemente a la educación del infante don Sancho, hijo de Alfonso X, de quien era preceptor.

TRASCRIPCION:

«En Madrid, la memoria del bienaventurado Isidro, gloriosísimo confesor de Jesucristo, nuestro Señor, el cual siendo un simple labrador, fue amante de Dios, cariñoso con los hombres y estudioso e imitador muy diligente de las Sagradas Escrituras; anteponiendo no lo temporal a lo espiritual, sino lo espiritual a lo temporal;
porque cada día, según lo hemos sabido por relación de hombres buenos, muy de mañana, dejando la labor del campo, visitaba muchas iglesias y rezaba en ellas, empleando además gran parte en la oración. Entretanto, trabajaban denodadamente sus vecinos en las labores; Isidro iba el último, pero a pesar de esto, por un favor especial de Dios, hacía al fin de la jornada más faena que los otros;
acordándose de lo que dice el Apóstol: «Trabajad con vuestras manos, para que podáis socorrer las necesidades de los pobres» (Efesios 4, 28), y del otro consejo: «Tened siempre entre manos algún trabajo, para que el demonio os coja ocupados. > (San Jerónimo, ep. 125, ad Rusticum.)

Abrasábase su alma en tanta caridad y amor de Dios y de sus prójimos, que no sólo daba de comer a los hombres (aunque no era rico); mas careciendo de todo, como si todo lo poseyera (2 Cor 6, 10), proveía de sustento a las aves del cielo, compadeciéndose del hambre y frío que padecían.

Y así acaeció un día en el invierno, que estando la tierra cubierta de nieve, fue con un mozo a moler un poco de trigo al molino; y viendo posada en los árboles una banda de palomas, pareciéndole que estaban hambrientas, movido de misericordia, limpió la tierra con manos y pies, y les echó en abundancia parte del trigo que tenía preparado para su necesidad.
Viendo esto su compañero, se enojó e hizo burla de él, teniendo por bobería echar a mal tanto trigo.

Pero, llegados al molino, no se halló merma ninguna en el saco; antes bien, creció tanto la harina, que los sacos de ambos, que estaban sólo hasta la mitad de trigo, se llenaron de harina hasta arriba.


Pero sucedió que algunos labradores de los campos vecinos, viéndole ir tarde a trabajar, dijeron a su amo: «Venerando señor, nosotros, como conocidos y súbditos vuestros, no podemos callar lo que vemos que cede en vuestro daño.

Sabed "que aquel señor Isidro, a quien pagáis anualmente una soldada para que os cultive los campos, dejando el trabajo propio del labrador, se levanta al amanecer, y va en peregrinación por todas las iglesias de Madrid, deteniéndose a rezar en ellas.


Y, como empieza tarde la labor, no hace ni la mitad de lo que debía hacer.


Por lo tanto, de ahora en adelante no podréis quejaros contra nosotros de que no os hemos avisado lo que pasaba y lo que os conviene.»
Oído esto, turbóse el amo; y al día siguiente fuese a ver lo que le habían dicho, y hallando que era verdad, se enfadó, y dirigiéndose al bienaventurado varón, tratóle mal de palabra; pero Isidro le respondió con modestia: «¡Venerando y querido señor, a quien sirvo! Os declaro ingenuamente que ni puedo ni quiero apartarme en manera alguna del Rey de los reyes y de los santos, ni de su servicio.

Y si teméis que por venir yo tarde al trabajo se ha de disminuir vuestra cosecha, yo os resarciré las pérdidas de lo mío a juicio de los vecinos.

Dejadme, pues, emplearme en el servicio de Dios, ya que no redunda en vuestro daño ni en perjuicio de vuestra hacienda.»


Oídas estas razones, el buen amo, aunque no del todo convencido, volvió tranquilo a su casa;


e Isidro que había construido su edificio sobre la roca viva (Mt 6, 24), sin inmutarse por las amenazas y cuidados, no desistió de su buena costumbre de visitar las iglesias, teniendo ante la vista aquellas palabras: «Buscad primero el reino de Dios, y no os faltará lo necesario» (Mt 6, 33).

Pero su amo, queriendo enterarse por sí mismo de lo que pasaba, se puso en acecho.


Levantóse un día muy de mañana, y cogiendo secretamente el camino de su heredad,
se escondió cerca del campo donde Isidro había de trabajar; y viéndole venir muy tarde
de su peregrinación, tuvo por demasiada su negligencia en ponerse a arar; y colérico, se fue a su
encuentro, dispuesto a reprenderle acremente.
Yendo el dicho caballero con mucha ira contra el siervo de Dios, dispuso la divina potencia que
viese además de su yunta, otras dos de color blanco que araban junto con la de Isidro.


Quedó admirado, no sabiendo cómo fuese aquello; pero recapacitando que el varón de Dios
no tenía quién le ayudase, no dudó que la ayuda era del cielo.


Acercóse gozoso a ver aquello, y habiendo tornado los ojos a un montecillo, cuando los volvió hacia su campo, sólo vio al siervo de Dios.
Atónito ante este prodigio, interrogó modestamente a Isidro: «Te ruego, carísimo, por el Dios a quien tú sirves tan fielmente, que me digas quiénes eran los que poco ha te ayudaban a arar; pues los he visto con mis ojos, y han desaparecido ya de mi presencia.»
A lo que contestó el varón justo, sabedor de lo que pasaba: «Os aseguro ante Dios, a quien sirvo como buenamente puedo, que no he llamado ni visto a nadie, para que me ayude en mi labor, sino a sólo Dios, a quien invoco constantemente y tengo siempre en mi amparo.»

Quedó convencido el amo que la ayuda era del cielo,



y al marchar le dijo: «Cuanto de ti me han dicho los aduladores y murmuradores lo desprecio, y de ahora en adelante quiero que todo lo que poseo en esta alquería esté bajo tu mando, y dejo a tu arbitrio lo que se ha de hacer»; y despidiéndose de él, se volvió a su casa, contando lo sucedido a cuantos encontraba.


Y este milagro lo recuerdan aún hoy día muchos

3. Aconteció asimismo un día de fiesta en tiempo de verano que, habiendo entrado como de costumbre a rezar en la iglesia de Santa María Magdalena, dejó el borriquillo a la puerta. En esto entran en la iglesia unos muchachos y le dicen: «Levántese corriendo, padre Isidro, que viene un lobo a comer a su burro. •



El santo varón les respondió: «Hijos, id en paz. Hágase la voluntad de Dios.» Acabada la oración, salió tranquilo y halló al lobo muerto, y junto a él ileso a su jumento.



Ante esta maravilla penetró de nuevo en la iglesia para dar gracias a Dios, pues su misericordia salva a los hombres y a los jumentos. (Salmo 35, 7.)





4. Tenía el varón justo muy presente el dicho de Tobías a su hijo: «Si tuvieres mucho, da en
abundancia; si poco, precíate de dar de buena gana algo de eso poco> (Tob. 4, 9). Así que era muy limosnero.



Por donde acaeció un sábado que habiendo distribuido a los pobres todo lo que había en la cocina,
llegó un pordiosero pidiendo le diese algo;

y no teniendo a la mano otra cosa, compadecido, dijo a su esposa: «Te ruego, querida esposa, que des a
este pobre lo que haya sobrado del puchero.»


Ella, que estaba bien segura que no había sobrado nada, por darle contento,
fuese a la cocina para traer la olla vacía. Mas el piadosísimo Dios, queriendo satisfacer
los deseos de su siervo, hizo que se hallase la misma olla llena de comida.
Al principio se quedó la mujer parada, pero reconociendo el milagro, dio de comer a los
pobres, llena de alegría y reconocimiento.

No osó declarar esto a su marido, porque sabía muy bien cuan enemigo era de la vanagloria.



Mas, como a los que arden en el amor de Dios no se les puede cerrar la boca, al fin lo dijo a sus vecinos y a otras personas competentes.

Y nosotros lo consignamos como nos lo narraron testigos fidedignos.


5. Isidro fue, según costumbre, hermano de una cofradía. Acostumbran los cofrades a reunirse a comer juntos un día prefijado. Llegado éste, se juntaron los hermanos; pero Isidro, como antes tenía que visitar las iglesias, llegó cuando ya. se había terminado la comida


A la puerta del recinto encontró unos pobres que esperaban las sobras y los introdujo consigo.



Al ver esto, algunos de los cofrades le dijeron: «Pero, varón de Dios, ¿a qué traes contigo esos pobres, si no
hemos dejado más que tu ración?»
A lo que replicó Isidro con paciencia: «Repartiremos lo que haya entre todos.»


Entonces los que servían a la mesa fueron por la olla, a traerle la parte que se le había guardado,
y la hallaron llena de carne. Espantados ante tal prodigio, callaron, para publicarlo en su tiempo
oportuno, y sirvieron alegres a Isidro y a los que él había introducido; y aun sobró para repartir a otros pobres,




Cumpliéndose la profecía: «A los que buscan a Dios, no les faltará ningún bien» (Salmo 33, 11 ¿).
Acabada la comida, levantó el varón de Dios las manos al cielo, bendiciendo su santo nombre,
rogó por los bienhechores, y despidiéndose de los presentes, se fue a la iglesia de Santa María
Magdalena a dar gracias a Dios, cuya largueza había experimentado tan palpablemente en sus necesidades.



Todos los que se hallaron en aquella casa, tanto los cofrades como los demás servidores,
al saber el milagro, compungidos y alabando al Señor, creyeron que Isidro era verdadero siervo de Dios.

Certificados, pues, del prodigio, lo publicaron por los campos y la villa, a los hombres y a las mujeres, para que todos
bendijesen a Dios, que levanta del polvo al necesitado, y de la bajeza sublima al pobre, para que se siente al lado de los
príncipes y tenga solio de gloria (I Reg. n, 8);

lo cual experimentamos con este siervo de Dios, con quien pasó no sólo espiritual, sino también corporalmente.
Su glorioso cuerpo descansa colocado en la iglesia de San Andrés, entre los gloriosos príncipes de los Apóstoles,
en un sepulcro hermoso; y en el cielo está premiado con una silla de gloria perpetua en compañía de los santos.
una hermosa exhortación a los de su familia,

y luego, hiriendo su pecho, recogiendo sus manos y cerrando sus ojos, se entregó enteramente a su Redentor, a quien siempre había servido, y exhaló su espíritu, yendo a recibir el galardón sempiterno.
Cuadra a este bendito santo lo que en la Sabiduría se dice del varón justo con esta excelente alabanza: «Al justo guió el Señor por caminos derechos, y le mostró el reino de Dios: dióle la ciencia de los santos, honróle en sus trabajos y se los completó» (10 10). Fue sepultado en el cementerio de San Andrés apóstol, cuya iglesia visitaba el Santo la última, antes de partir al trabajo
Allí estuvo su cuerpo mucho tiempo, esto es cuarenta años, sin que ningún hombre lo visitara. Y estuvo tan olvidado, que en tiempo de lluvias un arroyuelo que pasaba por allí entró en el interior de la sepultura. Pero el Dios misericordioso, que cuida de sus escogidos de día y de noche, diciendo en su evangelio: «no perecerá un cabello de vuestra cabeza» (Lc. 21, 18), no consintió que pereciese ni un cabello ni un miembro de su fiel servidor.»