No hay mirada hacia el pasado que no nos diga tanto de las cosas ya acaecidas como de las que nos inquietan en el porvenir. Seguramente por eso, porque en los pasos dados por nuestros predecesores no buscamos únicamente reconstruir su camino, sino trazar también el nuestro, cada generación toma el relevo de la memoria destacando en el legado recibido aquello que más significativo y, útil le resulta para su andadura futura. Así, no ha habido, desde el Códice medieval de Juan Gil de Zamora, generación de madrileños que haya dejado de evocar el perfil que San Isidro ofrece a la ciudad como espejo donde mirarse. Y si en un primer momento llama la atención que en este Madrid postindustrial que se esfuerza en protagonizar la era de la información aún siga llegando con fuerza el eco más o menos idealizado de aquel otro Madrid agrario y gremial en el que vivió el santo labrador, enseguida se advierte que esa permanencia en el tiempo y más allá de los cambios se debe a la vigencia de ciertos rasgos de su figura que, erigidos en modelo de comportamiento, han terminado por convertirse en señas de identidad de la ciudad.
Una de las pocas semejanzas que encontramos entre aquel Madrid medieval y el de hoy es la convivencia de culturas diferentes pero convecinas dentro de un mismo espacio urbano. El propio origen mozárabe de San Isidro ya nos alerta de esa identidad cruzada que, pasados los siglos, sigue alimentando la personalidad diversa de Madrid, hecha de tantos y tan distintos aportes humanos. Pero además, San Isidro es el paradigma de la laboriosidad, la sencillez, la ausencia de prejuicio o afectación, el sosiego, la solidaridad y la sociabilidad. Características que son, o que la ciudad quiere que sean, las que distinguen a Madrid, y que por eso mismo explican la espontaneidad del culto ofrecido a un santo al que se venera como patrón desde 1212, y al que se canonizó por iniciativa popular.
 
Juan Gil de Zamora confiesa en el Codice referido, hilo conductor de los primeros capítulos de este libro, que pudo componerlo gracias al "relato de buenas personas", pues, pese a la leyenda que retrata Madrid como artificio oficial, brota, una y otra vez, y a nada que se ahonde en ella, su naturaleza franca y vital, suficiente para dotarla de personalidad propia e iniciativa autónoma. Y si Weber pudo levantar toda una teoría sobre la prosperidad material del norte de Europa a partir de la observación de la práctica religiosa de sus gentes, a nosotros nos basta el ora et labora de San Isidro, reflejado en todas las generaciones posteriores, para fundar una teoría válida de Madrid y, su capacidad de transformación y desarrollo. Pues, desde entonces, Madrid confía ante todo en su propio esfuerzo, sin que, a diferencia de lo explicado por el sociólogo alemán, esa obsesión por el trabajo bien hecho haya enfriado nuestro carácter nos haya hecho olvidar, sino más bien al contrario, el sentido de cercanía y la escala humana que actitudes como las del santo sirven, siquiera idealmente, para alentar.
 
Con enfoque científico y exaustivo, Tomás Puñal y José María Sánchez ilustran y profundizan en las figuras de Isidro y su esposa, buscan a su hijo Illán, y nos acompañan en un recorrido por los escenarios y rincones que fueron testigos de sus vidas y de la devoción popular asociada mas tarde a ellas. Arganzuela, Carabanchel Bajo, Latina, y, cómo no, la ribera del Manzanares, llamada en la actualidad a recobrar el protagonismo urbano del que gozó en otro tiempo, pueblan estas páginas en las que, junto a los cincuenta y cinco prodigas atribuidos al santo, cabe destacar otro más, igualmente valioso; el reconocimiento por los ciudadanos de la capital de España de unos valores y unas actitudes que, encarnadas en San Isidro, y plenamente identificadas con la proyección universal de la ciudad, han servido para cimentar el pasado de Madrid y, sobre todo, ayudan a construir su futuro.
 
Alberto Ruiz-Gallardon.
 
 Alcalde de Madrid