PRÓLOGO
DEL CARDENAL-ARZOBISPO DE MADRID
Poco tiene que ver el Madrid de hoy con aquél de San Isidro en cuyos campos se santificó pegado al arado para ganarse el pan de cada día. El patrono de la capital del Reino es, por gracia de Dios, un humilde agricultor que recuerda a los habitantes de esta ciudad cosmopolita la grandeza del cristianismo en el santo que cumple su oficio de protector y que, para los vecinos y visitantes de la Villa y Corte, a pesar de la distancia, sigue siendo un madrileño universal cuyos recuerdos habitan poderosos los rincones más nobles del Madrid de los Austrias y de otros lugares de nuestra provincia. Por eso, me alegra prologar este libro que contribuye, como una especie de pregón de fiestas, a dar noticia de nuestro santo vecino y patrono y a mantener viva y actualizada su memoria.
Escrito con sencillez, el libro nos introduce de la mano de Juan Gil de Zamora, diácono de Madrid y posible autor del
Códice de San Isidro, en los milagros de su vida donde el amor a los pobres y a la alabanza divina for man un dúo que canta la santidad del Labrador. Quedan ahí, los milagros, como un signo elocuente de la gracia que encontró San Isidro a los ojos de Dios y refrendo de la devoción que tan pronto prendió en el corazón de los madrileños. Milagros en vida y milagros post mortem colocan a San Isidro en el lugar de los santos intercesores que, aún hoy, cuando falta la lluvia, se encargan de llevar ligeras peticiones de los buenos cristianos ante la presencia de Dios. El Santo es siempre un mediador entre el cielo y la tierra, entre las necesidades de los hombres y la magnanimidad de Dios. Pero, en el caso de San Isidro, esta mediación ha sido cantada por grandes poetas de nuestra lengua a quienes bastó poner en verso el rasgo característico de la santidad que vale para los hombres de nuestro tiempo: trabajar la tierra con la mirada puesta en el cielo. O, con otras palabras, vivir en la tierra con vocación celeste. No se equivocó San Isidro por este camino, ni se equivocarán quienes le imiten, en llegar adonde él llegó.La santidad de San Isidro logra así la
unidad de vida a la que todo cristiano es llamado desde el día que recibe las aguas bautismales. Unir la oración y el trabajo, la salvación eterna y la transformación de este mundo según Dios, el amor a los suyos y a los pobres que llaman a nuestra puerta. Si San Isidro es invocado como eficaz mediador es porque todo lo que hizo -vida familiar, trabajos de siervo y caridad de señor- lo vivió como una auténtica ofrenda de su vida a Dios, consciente de que unía así la tierra y el cielo, elarado y la gloria a la que era llamado como hijo de Dios. Contó los días de su vida con la medida de Dios y dio a cada uno de sus actos el valor de la eternidad. O dicho con palabras del poeta:
A ninguno Isidro el Cielo premió por arar tan bien, porque fuiste sólo quien aró con el Cielo el suelo
Mucho servirá este libro para quienes, visitando su cuerpo incorrupto, quieran conocer los traslados que sufrió hasta llegar al sitio donde son venerados hoy día, en la Colegiata que lleva su nombre; o recorran, por las vegas del Manzanares, del Jarama y del Tajo los lugares que reviven su memoria; o deseen acceder a los documentos de los Papas que, con ocasión de la beatificación, canonización y declaración como patrón de los agricultores españoles, ensalzan su figura y la proponen como modelo de la vida cristiana. Como Arzobispo de Madrid, deseo sobre todo que la lectura de estas páginas, escritas con indudable amor y devoción del Santo, despierten y acrecienten en sus lectores el deseo de la santidad, que permanece escondido e imperceptible para muchos hombres en lo más íntimo de su corazón como un grano de simiente que espera dar fruto. No le faltará, a quién lo descubra, la lluvia de la intercesión ante Dios del buen San Isidro Labrador.
Con mi afecto y bendición,
ANTONIO
M Rouco VÁRELA +Cardenal-Arzobispo de Madrid