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Milagros
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![]() En esta parte se relatan literalmente los milagros realizados post mortem por el santo incluidos los dos milagros de la traslación de su cuerpo desde el cementerio hasta el interior de la parroquia de San Andrés. Se trata de 55 milagros de los que los correspondientes a la primera parte del códice son más extensos.
1 Milagros
de la traslación del cuerpo: dos 2 Milagros
de rogativas para pedir la lluvia: seis 3 Milagros
relacionados con la vista: veintiuno 4 Milagros
relacionados con la parálisis: 5 Milagros
relacionados con fiebres cuartanas: tres 6 Milagros
relacionados con la fertilidad: 7 Milagros
relacionados con la garganta: 8 Milagros
relacionados con muelas y dientes: uno 9 Milagros
varios, de diversa índole y naturaleza: catorce 10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 18....varios
1. Por compasión
divina, aconteció una vez que a un compadre suyo, que vivía junto a la
antedicha Iglesia, se le apareció Isidro una noche aconsejándole que
comunicase a los feligreses de aquella iglesia que, por orden del Señor, su
cuerpo debía ser exhumado de la susodicha tumba y colocado con honor en la
iglesia del citado San Andrés Apóstol. Sin embargo, aquel compadre suyo, acordándose
de los tiempos en que vivió humildemente y poniendo en duda su buena fe, no
quiso comunicar el encargo de la aparición. Por esta razón cayó enfermo hasta
el día del traslado del cuerpo de Isidro. Por disposición de Dios, por segunda vez,
se apareció de noche a una mujer casada de buena fe y le aconsejó, como queda
dicho, que su cuerpo debía ser traslado por el pueblo a la mencionada Iglesia.
Advertencia que la referida mujer de buena fe comunicó al pueblo, y puesto que
algunos habían conocido la honrada y justa vida de Isidro, o bien habían oído
hablar de ella, todos a una excavaron con prontitud en su tumba. Y, encontrando
su cuerpo intacto y sin daño, y su mortaja, en buen estado y entera,
desprendiendo un suave olor de incienso, con gran regocijo y alabanzas dieron
muchísimas gracias a Dios Magnífico Señor "que Él solo obra grandes
prodigios", por haberse dignado revelar a su humilde y fiel siervo, y
colocar la reliquia de su elegido en compañía de sus elegidos, los Príncipes
de la Iglesia. Y así, tanto los caballeros devotos como todos los demás, con
alegría general, colocaron, con el debido honor, el cuerpo del bienaventurado
varón en la Iglesia del referido Apóstol, "al lado de los altares de
los Santos Apóstoles en una nueva tumba'.
2.
Obrando el Señor a través de Isidro,
muchos milagros, que por culpa de la incuria no han sido recogidos por escrito,
se manifestaron en muchas personas en diversas épocas y maneras. De ellos, los
que en nuestro tiempo he podido hallar fidedignos, según la norma exigida, me
he esforzado en relatarlos a continuación.
3. En verdad que no está bien pasar por
alto lo que la divina Majestad quiso que ocurriera milagrosamente. En efecto, en
la exhumación del sagrado cuerpo para trasladarlo a la iglesia de San Andrés,
el Señor se dignó manifestar el siguiente prodigio: todas las campanas de
aquella iglesia, volteadas por sí mismas sin que nadie las manejase y sin la
ayuda de ningún artilugio, repicaron a la vez, hasta que el cuerpo quedó
depositado en el sepulcro, como si hubiesen sido movidas por las manos de los hombres.
Tanto los contemporáneos como los de las generaciones Si vieron en esto un
milagro divino y otorgaron a Isidro el título de Santo, con absoluta convicción, sin la
autoridad eclesiástica. Y así, tanto por los hombres como por las mujeres,
se le llamó universalmente San Isidro, cumpliéndose el pasaje de la Sagrada
Escritura que, en medio de alabanza, se lee públicamente . diga en el camino real y que tenían su
puesto cerca de la Villa, cuando oyeron la noticia de un prodigio tan grande,
con fe ciega y alegres, se congregaron junto a la fosa donde Isidro había
estado enterrado y, recogiendo con fe tierra y restregándola por sus miembros
contrahechos, recibieron el don de la curación, queriendo así la Misericordia
Divina poner de manifiesto la santidad de su siervo.
4. En el año 1232, bajo el reinado del
Rey Don Fernando, como por la escasez de lluvias la perniciosa sequía pusiese
en peligro la cosecha del mes de mayo, por común acuerdo, tanto el clero como
el pueblo saca ron el cuerpo de Isidro de su sepulcro y lo expusieron honoríficamente
en un pedestal delante del altar de San Andrés Apóstol. Y entonces la
clemencia de la Bondad Divina derramó lluvia sobre los campos. Cuando iban a
colocar de nuevo al Santo en su sepulcro, muchos clérigos rodearon el pedestal
contemplando su cuerpo. Uno de ellos, sacerdote honesto, porcionero de la
Iglesia de Santa María, al que llamaban Pedro García, cortó cabellos de la
cabeza del Santo para guardarlos con las reliquias en la Iglesia de Santa María.
Y así, acabado el oficio divino y devuelto ya el cuerpo del Santo a su
sepulcro, puesto que era día de ayuno, es decir, el viernes, y la hora
establecida para comer había pasado, el susodicho clérigo volvió a su casa
llevando consigo los cabellos y los colocó en la ventana con la intención de
llevarlos a la iglesia después de cenar o al día siguiente. Como su virtuosa tía
materna, en cuya casa vivía, le apremiara a sentarse a la mesa, mientras se
lavaba las manos, de repente le dio un trastorno cardíaco, un estado de
ansiedad y una conmoción cerebral. Sin embargo, como era una persona culta y
penetrante, reflexionó en su fuero interno, sorprendiéndose del motivo que había
provocado tan repentino De esta forma, recriminándose a sí
mismo, con las manos ya lavadas y secas, se levantó deprisa y, cogiendo los
cabellos con unción y temor, los llevó a la iglesia de la Santa Virgen y los
colocó sobre el altar en una arqueta muy hermosa para que se guardasen con el
debido respecto. Hecho esto, el susodicho clérigo, lleno de vida y
completamente aliviado, de regreso a su casa y contento por el prodigio
ocurrido, cenó tranquilamente con su familia. Yo Juan, un humilde diácono, y muchos
otros, tal como lo oímos de su boca, lo hemos contado de forma sencilla en la
presente cédula.
5. Y después de haber permanecido durante
mucho tiempo en el citado sepulcro el cuerpo del muy bienaventurado Isidro,
acaeció esto. Desde el primero de mayo hasta la festividad de San Gregorio,
Dios, que es Proveedor Universal de todas las criaturas, se negó a derramar la
lluvia imprescindible para la tierra, bien por su propia disposición o por
merecerlo el peso de nuestros pecados; hasta tal punto que muchos campesinos no
se atrevieron a sembrar trigo en los campos. Pero los lugareños, según su
costumbre, con el fin de implorar al Señor por la cosecha de la estación y por
un tiempo propicio, fueron muy preocupados a la iglesia de San Andrés durante
un mes entero sin interrupción, para honrar al muy bienaventurado Isidro y al
Apóstol San Andrés. También los campesinos y los aldeanos de otros lugares,
que temían la escasez futura, visitaban sin cesar muchos lugares santos, dando
limosna a los pobres de lo que Dios les había proporcionado. Así, después de
haber llegado por las mismas fechas a la Iglesia de San Andrés, donde descansa
y es venerado el cuerpo del Santo, un fraile de la Orden de los Franciscanos, al
que hay que otorgarle total credibilidad, mientras dormía de noche en su
camastro vio por intercesión divina a Isidro, el siervo de Dios, que le hablaba
claramente: "Queridísimos, no dejéis todos de rogar a Dios, que da
alimento a todo viviente y que nos creó, y no nosotros mismos, pues por su
inefable misericordia os dará la lluvia necesaria". Esta aparición, tal y
como la había visto el fraile, fue ampliamente divulgada, y aunque el
cumplimiento de la visión no fue inmediato, sin embargo, al cabo de quince días
el Señor se dignó derramar copiosa lluvia que Él tenía reservada, de acuerdo
con la predicción de San Isidro al fraile franciscano. Creyendo todos que esto
había ocurrido por intercesión de San Isidro, en el año
1252 devolvieron con unción su cuerpo al sepulcro de donde lo habían sacado.
6. También por designio de la Divina
Providencia, a cansa de la maldad de los hombres, en una primavera la cosecha
peligraba por falta de lluvia y apremio de la sequía. Por ello, tanto el clero
como el pueblo estuvieron de acuerdo con la decisión de sacar del sepulcro a
San Isidro y colocarlo solemnemente en un pedestal delante del altar de San Andrés
Apóstol, de cara al crucifijo, e insistían con vigilias, cánticos, rezos y
con cuidado de tener las velas encendidas para que el Señor se dignase, por sus
inmerecimientos y rezos, derramar lluvia sobre el campo y, librándoles del
peligro, remediar sus necesidades. Y esto fue cumplidamente alcanzado por la
Misericordia Divina y los merecimientos de San Isidro, por lo que después
hicieron muchas veces lo mismo en situación semejante, y 11 su esperanza no se
vio defraudada ". 7.
Durante el reinado del Rey Don Fernando, cuyo cuerpo descansa en Sevilla, un
servidor de su Corte llegó a Madrid invierno, en el mes de diciembre, con
la clara resolución de cobrar el impuesto regularmente llamado martiniega,
y, por hablar con más precisión del tema, se hospedó en las afueras al lado de
la iglesia deSan Martín, en la posada de Pedro Carrantón. Y como, después del
anochecer y tras lacena, cuando estaba sentado al fuego encompañía de otros huéspedes,
tuviese noticia de la bondad y de los milagros de esteSanto, se enfadó mucho y
pronunció despectivamente estas palabras: "Yo estaría bien Al oír esto todos los presentes,
afligidos y compadecidos de su angustia, al amanecer encendieron velas y juntos
lo condujeron con gran devoción al sepulcro del Santo. Allí, como era natural,
entre lloros y palabras de dolor y de repulsa por su necedad, sintió que había
obtenido el perdón del Santo y el bienestar corporal. Luego de oír misa y dar
ofrendas, volvió reconfortado a su casa, prometiendo en adelante pregonar por
doquier que San Isidro era verdaderamente siervo de Dios.
8. Tampoco debe
pasar por alto el milagro obrado en una noche de vigilia por la Divina
Misericordia para ensalzar la dignidad del Santo. En efecto, como es habitual en
la vela del santo cuerpo, mientas unos perseveraban en la oración y otros en
descansar, un ciego llamado Benito, a media noche, cuando rezaba cerca del lecho
del Santo varón, iluminado por la misericordia de la gracia divina, de repente
gritó con todas sus fuerzas: "¡Todos vosotros que estáis aquí, levantaos y ved
cuántos milagros ha obrado el Señor en mí por la intercesión de este su Santo!
Yo, que había sido ciego, ahora, lleno de júbilo, veo; glorifico y bendigo
eternamente la mediación de este Santo en nombre de Nuestro Señor Jesucristo a
quien él sirvió fielmente ".
9. También digno de contarse otro
milagroso suceso. En la sequía más grave del tiempo de peste, tanto fieles
como infieles perseveraban en la oración para pedir lluvias, y como las manos
del Señor retrasasen la llegada de las lluvias, un moro llama do Garcés en
aquella ocasión formuló un voto delante de algunos otros moros y muchos
cristianos: "Yo prometo a Dios y a la fe cristiana que, si en esta situación
de sequía en la que los cristianos han sacado de su sepulcro a San Isidro para
conseguir lluvia, el señor se digna concederla, no tardaré en hacerme
cristiano. Y si ni llego a cumplirlo antes de ocho días, que izo me escape de
una mala muerte". Mas, después de que Dios se hubiese dignado, por los
merecimientos de su Santo, derramar lluvia en abundancia y de que el cuerpo de
Isidro hubiese sido metido en el sepulcro, el tal Garcés, hombre miserable,
desdeñó cumplirse voto, y antes de que terminasen los ocho días, dirigiendo
una noche sus pasos al río, pereció de mala muerte apuñalado por unos
matamoros.
10. En el reinado del Rey Don Fernando, de
grato recuerdo, a un joven de las afueras de Madrid llamado Domingo Pérez
cuando volvía del somonte a su casa con sus compañeros, de repente le
sobrevino en el camino una parálisis momentánea de sus miembros, hasta el
punto de que no podía moverse en absoluto. Cuando los compañeros avisaron a su
familia, sus padres lo llevaron a casa a lomos de una bestia. Y al percatarse
sus padres de que no le surtían efecto los emplastos, ungüentos, abluciones y
otros remedios aplicados durante largo tiempo, prometieron llevarlo al sepulcro
del Santo con el fin de que allí la divina clemencia decidiese sobre su curación
o su muerte. La noche siguiente, el Santo siervo de Dios se le apareció en sueños
al joven y le dijo esta palabras: "Domingo, hijo, yo Isidro, uno más entre
los servidores de Dios, te aconsejo que te frotes con este bálsamo y ten por
cierto que recobrarás la salud". El joven, por la mañana, comunicó a sus
padres esa revelación y ellos, considerándola como una predicción divina, al
instante reconfortaron su cuerpo con el bálsamo indicado por el Santo. Y de
l
En el mes de julio de 1265, bajo el
reinado Don Alfonso, tuvo a bien el Señor obrar otro milagro semejante en un
niño, valiéndose del bendito Isidro. Un matrimonio tenía un hijo pequeño,
cuyos ojos padecían una infección tan grande que estaban rojos como el fuego,
El niño, de casi cuatro años, no podía ver a causa de la enfermedad, s, por
eso los que lo veían aseguraban que era completamente ciego. Sus padres,
aconsejados por hombres de bien, hicieron promesa de llevarlo al sepulcro del
bienaventurado Isidro durante nueve vigilias nocturnas seguidas, con la
esperanza de que Dios se compadeciera de su hijo, como ya lo había hecho con
otros aquejados por diversas enfermedades, por intercesión de San Isidro, Así,
pues, la madre lo llevó un día en cumplimiento de la promesa ante el sepulcro
donde estaba el venerable cuerpo. Y allí, mientras ella rezaba, un clérigo tocó
el rostro del niño con el sudario en el que había estado en la sepultura el
cuerpo del Santo, \, el niño, gracias a la misericordia divina, empezó a dar
voces diciendo que veía. Y su madre , llena de alegría, le preguntó:
",Quién te curó, hijo mío?" El niño respondió: "San
Isidro". Y desde aquel momento sano, de manera que volvió a su casa por
su propio pie sin que nadie lo guiara, aunque poco antes no había podido venir
a la iglesia sin una guía. Este milagro se dignó el Señor hacerlo por mediación
de su siervo y mostrarlo de forma bien patente ante todos los presentes.
12. En el extrarradio de Madrid, una
virtuosa mujer llamada Ovenia, enferma de los ojos, guiada por su criadita llegó
al sepulcro del Santo con gran devoción y le rogó que, por compasión, le
socorriera en la enfermedad de los ojos. Y su petición la hizo con tanta devoción
y fe que, acabada la oración, sintió que sus ojos recobraban plenamente la
visión. Y así, ella, que había venido con guía, sana y salva, sin ningún
lazarillo regresó a su casa muy contenta. Pasado un tiempo, Juan, su marido,
cayó gravemente enfermo, aquejado de parálisis en sus articulaciones; y ya que
su mujer no podía ayudarlo con ningún remedio humano, apesadumbrada reflexionó
consigo misma y recordó la curación de sus ojos tan repentinamente lograda por
intercesión del Santo, y así, confiada de todo corazón en el Señor y en la
clemencia del Santo recordada con agradecimiento, midió los miembros del cuerpo
de su marido con una mecha y los recubrió con la cera necesaria. Así, que una
tarde, tres días después de la festividad de San Bernabé Apóstol, ordenó
que llevasen ante el sepulcro del Santo a su marido, montado a lomos de una
bestia con la ayuda de seis hombres, que lo sujetaban rodeándolo a uno y otro
lado. Allí, tanto la mujer como los que le acompañaban velaron inquietos toda
la noche con los cirios encendidos. Pero ella, que destacaba sobre todos los demás
por su mayor fe y fervor, rogó al Señor pasar aquella noche sin dormir con el
fin de que, por la clemencia de Dios y del Santo, pudiese regocijarse con la
visión del milagro. Y como lo imploró con devota fe, mereció alcanzar su
deseo. En efecto, a media noche vio que su marido doblaba sus manos y brazos y
se movía con vitalidad como si hubiera recobrado la salud, y que se levantaba
al punto para arrodillarse ante el sepulcro y que, abrazándolo, besaba las
reliquias del Santo con gran devoción. Al ver esto su mujer, maravillándose de
que el milagro de Dios hubiese ocurrido tan rápidamente, rebosante de alegría,
quiso despertar a los que dormían. Pero su marido, aunque ella le insistía, le
prohibió contárselo a nadie antes del amanecer. Y llegada esa hora, al verlo
todos erguido y caminando con decisión, por su propio pie, fueron auténticos
testigos de la realización del milagro. Y así, después de celebrar los
oficios divinos de maitines y misas, tanto él como su esposa y amigos,
maravillados y llenos de alegría, alabaron el nombre del Señor en su siervo y
volvieron a sus casas. Mas los que lo habían visto el día anterior ser
traslado a lomos del animal y regresar al
13. Bajo el reinado del Rey Don Alfonso,
de gran renombre, en el año 1266, sucedió otro milagro que, por acomodarse a
la honra divina, no ha merecido ser silenciado. En efecto, un virtuoso sacerdote
del Cabildo de Madrid, llamado Domingo Domínguez, por una comida de anguilas
que le sentó mal, cayó enfermo de los ojos. Pero ya que, a la sazón, se
ocupaba en preparar para una fecha determinada un convite colectivo para la
hermandad de una cofradía de clérigos seglares y de franciscanos, por la
enfermedad de los ojos no pudo cumplir el encargo y, a ruego suyo, le
sustituyeron otros. Y llegando el día del convite, se preocupó de personarse
ante los clérigos cofrades, para que no lo tacharan de descortés; al llegar
casi junto a ellos detrás de uno que le servía de guía, los encontró delante
de la entrada de la iglesia de San Andrés, y él, después de presentar excusas
justificadas por su indisposición, dejándolos allí, entró a la iglesia a
rezar, y acercándose al sepulcro del Santo para suplicar remedio a su
enfermedad, pasó su rostro sobre la piedra del sepulcro donde descansa el
cuerpo incorrupto del Santo; y, como el mencionado clérigo nos contó, sintió
repentinamente un alivio tan dulce desde la cabeza hasta los pies, que constató
que había sido socorrido por la generosidad de Dios. y, aniñado, se levantó y
abriendo una cajita de madera y tomando un trozo de lienzo que había sido
cortado de la mortaja del Santo, lo restregó cuidadosamente en sus ojos.
Plenamente iluminado por la gracia divina, quedó curado y, lleno de gozo por
haber visto el milagro, corrió al encuentro de los cofrades que ya se habían
recogido, para anunciarles el labor divino. Los encontró reunidos en el
convento de los hermanos franciscanos a punto de sentarse a la mesa, y al verlo
acercarse con resolución adonde ellos estaban, se alegraron sobremanera al
comprobar que él volvía sano de la vista. Mientras comían alegres, les relató
con todo tipo de detalles el milagro divino. Y entonces, muy de corazón, dieron
infinitas gracias y alabanzas al Celestial Rey de la gloria, que por medio de su
digno siervo no desdeña dispensar in se mericordiosa mente a sus súbditos
necesitados espléndidos milagros de curaciones.
14. Al año siguiente de la fecha citada
en el capítulo anterior, es decir, en 1267, en la Iglesia de San Andrés donde
se guarda con la debida veneración el cuerpo de San Isidro, acaeció un
prodigio que debe ser narrado con detalle. En efecto, a un sacristán de la
citada iglesia, llamado Blas, una noche de invierno, mientras estaba
profundamente dormido, se le apareció en sueños un niño muy negro y de
aspecto horrible, y, cogiéndole el índice de la mano derecha, lo apretó tanto
que le produjo un dolor muy intenso. Pero entonces, por la divina misericordia,
vio que desde la parte del sepulcro del Santo se le acercaba un hombre con hábito
de monje y que pasaba con la cabeza inclinada ante el altar de San Andrés. Y
acercándose a él, se detuvo mirando fijamente hacia aquella aparición. Cuando
el malvado niño se percató de que le miraba así, atemorizado soltó el dedo
del sacristán y, encogiéndose como un niño medroso, retrocedió huyendo rápidamente
hasta el fondo de la iglesia; y desapareciendo de allí, no se le vio en ninguna
parte. Despertando entonces el sacristán, se enderezó en el lecho, tembloroso
y admirado estupefacto de lo que le había ocurrido. Finalmente reconoció el
favor divino obrado en él, y de todo corazón dio gracias a Dios que, con
paternal indulgencia y por mediación de su santo siervo, se dignó libarlo del
demonio tentado y de un peligro inminente.
15. El en año 1269 un soldado de don
Federico, natural de Guadalajara, llamado Domingo Pérez, padeció Lina
inflamación de garganta que no podía curarse con ningún medicamento. Y como
por orden de don Federico se viese forzado a emprender viaje, al pasar por
Madrid oyó hablar de las virtudes del sudario del Santo, por cuyo contacto habían
sido curados muchos de las anginas. Al saber esto, se alegró y con una fe plena
se encaminó presto a visitar el sepulcro de San Isidro donde pidió el sudario.
Y después de a verlo aplicado sobre su garganta inflamada, en un abrir y
cerrar de ojos, por decirlo así, se sintió libre de la inflamación. Dando
gracias a la bondad divina, prometió que, donde quiera que estuviese, pregonaría
ante todo el mundo la santidad del siervo de Dios. Y esto, tal y como él en
persona nos lo contó, hemos procurado consignarlo por escrito en la presente cédula.
16. En el año 1270, un buen hombre
llamado Juan Domínguez, afincado en la ciudad de Córdoba, como en una incursión
militar él y otros cristianos hubiesen ido a la frontera a luchar contra los
moros, por culpa de sus pecados fueron cercados y vencidos por el arrojo de los
infieles, y, apresados, fueron reducidos a cruel cautividad. Pero Juan Domínguez,
a causa de los atroces castigos que soportaba, a todas horas rogaba de corazón
al Señor que, apiadándose de él, le liberase de los enemigos por intercesión
de un santo suyo. Y el Señor, habiéndolo mirado con gran misericordia, le envió
una noche a San Isidro, el que está enterrado en Madrid, quien le habló del
siguiente modo: "Da gracias a Dios, que, al escucharte, se ha apiadado de
ti. Él me ha enviado para librarte de los enemigos". Y al instante lo
desató de las cadenas y lo condujo hasta un lugar desde donde pudo huir con más
seguridad. Y así, viéndose libre por obra del siervo de Dios, alegre, volvió
a su casa. Por este milagro hizo promesa de visitar el sepulcro del Santo y
llevarle ofrendas, pero no cumplió el voto que le había hecho al Santo por la
oposición de su familia, que incluso no creía lo que le había sucedido. No
mucho tiempo después, cayó de nuevo prisionero y, reconociendo con pesar su
culpa, entre lloros y lamentaciones pidió insistentemente a Dios que, por su
gran misericordia, le librase por segunda vez de los enemigos por mediación de
su Santo. Como antes había hecho tan benévolamente la divina clemencia
satisfizo al instante su deseo de modo prodigioso; y él, liberado tan
milagrosamente, volvió a su casa y contó a sus parientes y amigos y a otros
muchos el milagro que le había sucedido, e incluso se explayó, además, lo que
es admirable de ser contado, en la descripción de la fisonomía y de la
estatura del Santo, al que nunca había visto ni del que nada había oído
hablar. Luego, resueltamente preparó lo necesario y se puso en camino llevando
velas y ofrendas, y lleno de entusiasmo llegó a Madrid para cumplir su gran
deseo de visitar el sepulcro del Santo, donde cumplió con fervor su promesa
ofreciéndole las velas y los presentes. Después de oír misa y de dar
infinitas gracias a Dios y a su siervo, alegre y sin daño regresó a su casa.
Tal y como ese hombre nos contó lo sucedido, así, para conocimiento de muchos,
lo hemos juzgado digno de ser registrado.
17. En el año 1271, una humilde mujer,
por nombre María, de la alquería llamada Leganés, que se encuentra en el término
de Madrid, llevaba- diez años unida con su marido en legítimo matrimonio y se
lamentaba de no haber tenido descendencia. Movida por la fama del Santo, que,
según sus noticias, había socorrido a muchos en múltiples necesidades, llena
de unción no a la unida del Santo, donde haciendo pidió con fe
a la Divina Providencia que. por intercesión de su fiel siervo, se apiadase de
ella y le concediese descendencia. Y en ese mismo año, por la divina bondad,
alcanzó lo que esperanzadamente había pedido. Poco tiempo después de tener un
hijo. volvió a presentarse ante el Santo para dar, de todo corazón, a Dios y a
SU siervo infinitas gracias y luminarias .
18. En el año 1271, bajo el reinado del
muy preclaro Rey Don Alfonso, por la intervención de la gracia divina y para
renovar el recuerdo del Santo, tres días antes de la JESÚS dad de Todos los
Santos, tuvo lugar un milagro que alcanzó grande. En muchacho llamado Domingo,
que ya no era un niño, al mediodía de Un viernes, de repente se quedó ciego.
Y como él confesara con voz medrosa a su tutor y familiares que no veía nada,
ellos le reprendían que, por tener los ojos m muy claros, fingía no ver. Pero
un compañero suyo aportaba pruebas de su ceguera, afirmando que, al salir los
dos fuera de la Villa para solucionar un encargo del tutor, Domingo, se hubiera
precipitado al foso de la muralla si él mismo no lo hubiese sujetado con sus
manos y que, sin ver nada, había vuelto a su casa sirviéndole él de
lazarillo. Sin embargo, puesto que parecía que
Nace
Isidro en Madrid en torno a los años 1080 o 1082, hijo de labradores sencillos
y humildes y cristianos viejos. Se desconoce la primera profesión de Isidro fue
la de pocero, el nombre de sus padres no se sabe pero se afirma ser de la
familia de los Quintana o Merlo, ambos mozarabes de León. Pudo recibir el
bautismo en cualquiera de las
parroquias la villa le pusieron el
nombre del santo arzobispo de León,
San Isidoro, bien por el 4 de abril, festividad o por ser éste un nombre de muy
común entre ellos, la infancia la pasó en la villa en testigo de la conquista
cristiana y Musulmanes y donde fue educado según costumbres cristianas,
practicando el perdón, y en las letras, aprendiendo a escribir en Santa María
de la que era iglesia de canónigos de San Benito y que había sido restituida
por Alfonso VI, allí iba a rezar a la virgen de la flor de lis aun se conserva.
Al alcanzar la juventud siendo muy joven se fue a servir con una noble señora
llamada doña Nufla que vivía en lo que hoy son los muros de la plaza
Mayor. Allí realizó su primer pozo para abastecer la casa de dicha señora.
Otros pozos abrió Isidro a lo largo del camino que entonces unía la villa con
Toledo, actual calle de Toledo, entre ellos el que un caballero de la familia de
los Veras encargó al santo para hacer en su casa junto a una bodega, los cuales
aún se conservan en la actual colegiata de San Isidro debajo de la capilla de
la Real Congregación de San Isidro de Naturales de Madrid. Junto a la colegiata
existe otro pozo en el patio del antiguo colegio imperial de los jesuitas,
actual instituto de San Isidro. Todos estos pozos se han distinguido por sus
propiedades milagrosas y curativas. Los Veras fueron los primeros amos de Isidro
y con ellos permaneció algún tiempo como trabajador labrando sus tierras de
Madrid.
En
el año 1108 el rey almorávide decide invadir el territorio de Toledo y con él
Madrid, por lo que el santo labrador junto a otros muchos tuvo que abandonar la
villa y refugiarse en las intrincadas tierras de la sierra norte madrileña,
Buitrago del Lozoya y sus alrededores como Garganta de los Montes para pasar
luego a la vega del Jarama en los actuales términos de Uceda (Guadalajara) y
Torrelaguna (Madrid), en la alquería de Caraquiz donde tenía algunos
parientes,
Aquí
se puso al servicio de un labrador para trabajar sus tierras y conoció a la que
sería su esposa, María Toribia, llamada después Santa María de la Cabeza,
hija le cristianos mozárabes, sencillos y dedicados también a la labranza. Se
celebro el matrimonio en el lugar y allí tomaron a renta una hacienda, dedicándose
Isidro a las faenas agrarias y María a cuidar y asear a modo de santera la
cercana ermita de Nuestra Señora de la Piedad a la que acudía diariamente
desde Caraquiz atravesando las aguas del Jarama con la alcuza de aceite en una
mano y el hacha de lumbre encendida en la otra para proveer la lámpara de la
Virgen.
Durante
su estancia en Caraquiz obró Isidro varios milagros siendo admirado y querido
por todos sus vecinos. De Caraquiz pasó con su esposa a vivir a la vecina villa
de Talamanca para administrar la hacienda del caballero madrileño Juan de
Vargas. En este lugar el matrimonio llevó una vida ejemplar. Pero quiso el
demonio a través de los rumores de sus convecinos inducir a Isidro a sospecha
de que su mujer de camino a la ermita de la Virgen, que aún estando en
Talamanca seguía visitando, se entendía con los pastores de la vega del Jarama.
Por ello un día decidió en secreto vigilar a la esposa y escondiéndose tras
unos matorrales observó como María regresaba de su acostumbrado recorrido por
el otro lado del río, pero al llegar a la orilla levantando la cabeza hacia el
cielo y haciendo la señal de la cruz pasó las crecidas aguas de una orilla a
otra a pie enjuto sobre su mantellina como si andara por tierra firme. Visto lo
cual Isidro entendió que todo habían sido calumnias por lo que volvió a
confiar en la santidad e inocencia de su esposa.
Desde
las tierras del Jarama Isidro y su esposa pasaron a Madrid para trabajar la
hacienda que Juan de Vargas tenía junto a la ribera del Manzanares. Este
caballero tenía varias posesiones en la villa entre ellas varias casas, unas
situadas en la parroquia de San Andrés \ otras junto a la parroquia de San
Justo, al otro lado de la calle de Segovia. En estas casas vivió San Isidro
largas temporadas, \ yendo a trabajar de la villa al campo no sin antes visitar
muy de mañana las iglesias de Madrid para hacer oración. Muy en especial Santa María de quien era gran devoto y la virgen de Atocha a la que profesaba gran veneración acudiendo a menudo a su santuario. Por este motivo algunos labradores viendo que llegaba al trabajo más tarde que los demás informaron al dueño desfavorablemente. El amo dispuesto a comprobarlo al amanecer, siguió al santo hasta SU labranza y escondido se percató de la veracidad de estas acusaciones. Cuando fue al santo se disponía a reprimir su actitud observó desde lejos como junto a el araban la tierra dos jóvenes vestidos De blanco cada uno con su yunta. Estupefacto desvió la mirada y al volver a mirar de nuevo no vio sino a Isidro arando. Acercándose comprobó la labor y que estaba muy adelantada y que había sido hecho por manos de santo, en oración ante la Virgen de a Almudena por lo que juzgó ser ángeles lo que había visto y desde aquel día tuvo a Isidro por santo.
Del mismo modo, éste en
la medida en que había asumido la máxima del justo varón Tobías, que
aconsejaba a su hijo: "Si llegas a tener mucho, repártelo con generosidad,
si, por el contrario, poco, afánate en repartirlo con agrado", en efecto,
abundando siempre la misericordia en su corazón, nunca desistía de la limosna
en la medida de sus posibilidades. Por lo cual sucedió que un cierto día de sábado,
como ya en su justa medida hiciese a algunos pobres una piadosa limosna de las
viandas de su cocina, de repente llegó inesperadamente cierta persona miserable
pidiendo a éste que le diese alguna limosna. Sin embargo, como no tenía nada a
mano para darle, llevado por su excesiva compasión, dijo a su esposa
ingenuamente: 'Te ruego, por Dios, queridísima esposa, que si sobra alguna ración
de comida, se la des como limosna al pobre. Pero la misma, sabiendo que no había
quedado ningún resto, prosiguió para mostrar a éste que la olla de la cocina
estaba vacía; sin embargo, puesto que el piadosísima designio de Dios quería
satisfacer el deseo de su devoto siervo, la mujer encontró la olla llena de
comida. Y al ver de repente tal prodigio, estupefacta enmudeció momentáneamente,
pero llena de regocijo por tan evidente milagro y convencida del favor divino,
dio de comer al pobre con gusto y abundantemente. Pero no se atrevió a
comunicar a su marido lo ocurrido, pues sabía que él desdeñaba la vanagloria,
puesto que los que arden en el amor de Dios no deben callar en los asuntos
referentes a Él, no quiso, puesto que no debía, ocultarlo a los demás. Son varios los milagros que Isidro realiza en Madrid, donde se dedicaba a la oración y el trabajo. Pasaremos por alto los mencionados en códice que ya conocemos para centrarnos en otros muchos que sabemos por algunas personas y testigos.
Otro de los principales y notables
milagros obrados por el santo fue el de la fuente. Estando Isidro labrando las
tierras de Juan de Vargas al otro lado del Manzanares un día de verano llegó
el amo sofocado por el intenso calor y pidió al santo de beber. Éste le señaló
una fuente cercana que allí había pero el caballero dirigiéndose hasta el
lugar no encontró nada. Volviendo de nuevo le recriminó por no haber hallado
el agua Una de las funciones de la cofradía era
la confraternización anual de los miembros a través de una comida o banquete.
Era frecuente que los pobres, como se señala en el relato, esperasen a la
puerta de la cofradía a recibir la acostumbrada limosna de alimentos que formaba
parte del evento, en el sentido que, como hemos señalado, la limosna
reconsideraba como un sufragio para el alma. Los milagros
del santo se siguieron sucediendo en Madrid. Tenía Juan de Vargas única hija única
llamada doña María, la cual cayó enferma y murió poco después ante la
desesperación de sus padres y del propio Isidro. Se acercó entonces el santo a
su cadáver \, levantando los ojos al cielo hizo oración a Dios y después
dirigiéndose a la difunta exclamó: !Señora María!, a lo cual ésta
levantando al instante la cabeza dijo: ¿Qué quieres Isidro?, ante la admiración
y la sorpresa de todos los presentes, de modo que la que antes estaba enferma
apareció sana y viva gracias al santo labrador que la resucitó con sus
oraciones. otro milagro no menos portentoso fue el que
Isidro realizó con el caballo de Julián Vargas
el cual repentinamente cayó muerto en un arenal al intentar el amo atravesar el
río Manzanares para dirigirse a la heredad que trabajaba el santo. Pasó como
pudo el río y dirigiéndose a Isidro le comentó lo sucedido. Éste, apiadándose
del amo, pues conocía el cariño que tenía por su caballo, se dirigió en su
compañía a donde estaba el caballo muerto, le dio una palmada y exclamó: ¡En
el nombre de Dios, levántate!, resucitando el animal en ese mismo momento tan
brioso y lozano como antes, por lo que el amo dio gracias a Dios por tener un
criado tan diligente y santo. En este tiempo
acordaron ambos esposos separarse por llevar tina vida más casta, hasta que le
llega la muerte al santo y sepultado en una simple fosa de tierra de un sólo
cuerpo posiblemente envuelto en un sencillo sudario de lana o lino, según la
costumbre de la época, y sin ataúd. No debió haber epitafio ni ninguna otra
señal sobre la tumba, pues tampoco era usual entre las personas del
pueblo. El cementerio, un espacio de terreno, a veces sin acotar, delante de la entrada a la iglesia. Cada parroquia tenía el suyo, aunque también se enterraba dentro del templo, costumbre que permaneció hasta que Carlos III, por razones de salubridad pública prohibió los cementerios parroquiales trasladándose éstos fuera de la ciudad. La nota de Gil de Zamora sobre que en tiempo de lluvias corría un arroyuelo por encima de la sepultura está en consonancia con la ubicación de este cementerio de San Andrés, aproximadamente en la actual Costanilla del mismo nombre en su bajada hacia la Plaza de la Paja, una zona en descenso que en época de lluvias propicia frecuentes escorrentías. POZO DE SAN ISIDRO
Sus padres eran unos campesinos sumamente pobres que ni siquiera pudieron enviar
a su hijo a la escuela.
Alonso Cano fue pintor, arquitecto y escultor. Por su gran versatilidad se le
llamó el Miguel Ángel español. Se formó primero con su padre, Miguel Cano, y
después en el taller de Pacheco, en donde también estaba Diego Velázquez. A
partir de 1629 su actividad fue sobre todo escultórica, con la que tuvo un gran
reconocimiento; de hecho, su labor como escultor, aunque escasa en número, es la
más importante. Dentro de su obra pictórica vemos que desarrolla un estilo
renacentista junto a un vivo colorido de influencia veneciana. En Madrid, junto
a Velázquez tenía un taller en el que restauraba las pinturas de las colecciones
reales. Sus temas fundamentales fueron religiosos, como San Francisco de Borja
(1624) del Museo de Arte de Sevilla o el San Juan Evangelista (1635) de la
Colección Wallace en Londres. Apenas pintó temas profanos. Su vida fue muy
tormentosa, en contraste con la dulzura de sus pinturas. Casado con una
adolescente casi niña, parece ser que le causaba malos tratos. La muerte de ésta
hizo que se le acusara de parricidio, aunque no se demostró.
TRADICIÓN
POPULAR
Muere
Isidro pobre y humilde como había vivido en la casa de Juan de Vargas de edad
muy avanzada, en torno a los 90 años, un viernes, 30 de noviembre del año
1172, festividad de San Andrés apóstol. Es enterrado en el cementerio de la
iglesia de San Andrés que se encontraba a los pies del templo, el cual fue
luego incorporado al interior tras la ampliación de la iglesia. A este
sepulcro acudían los fieles en busca de tierra para curar sus enfermedades.su
esposa marchó de nuevo a Caraquiz después de despedirse de su hijo
adoctrinarle en la verdades de la fe cristiana. Allí dedicó su vida al
servicio de Dios en la misma ermita d a la que tantas veces durante su vida
había ido. Cuidaba de la imagen de la Virgen, limpiaba la ermita. Su fe
remanifestaba en el servicio a los pobres, viviendo de la limosnas que pedía
por aquellos ejerciendo no sólo la caridad sino penitencias y
mortificaciones, cono dormir poco y ayunar rigurosamente. se manifestaron en
ella locuciones con la Virgen, éxtasis. Murió en Caraquiz alrededor de los 80
años un 8 de septiembre de 1180, Día Natividad de Nuestra Señora. Fue
enterrada en la sacristía de la misma ,allí permaneció durante
cuatrocientos anos hasta que sus restos fueron encontrados. A poco de su
muerte fue tenida y venerada por el pueblo como Santa, añadiéndose a su
nombre el de la Cabeza por estar expuesta a la pública veneración la
reliquia de su cráneo sobre el altar mayor de dicha ermita.
A continuación algunos milagros mas Un hombre,
llamado Bartolomé, estuvo ciego durante siete semanas y, tras pedir el favor
del Santo, recobró su buena salud anterior. Otro varón, llamado Nuño, estuvo largo
tiempo ciego a causa de una grave dolencia de los ojos, y ante el sepulcro de
San Isidro acabó por sanar. A un hombre, llamado Pedro, mientras estaba acostado y
profundamente dormido, se le apareció el demonio con aspecto horrible y desmañado
y, cogiéndolo intento matarlo pero oro al santo y se curó.como había hecho a
menudo, se le apareció el Santo que ahuyentó a los demonios y obtuvo del Señor
tiempo para que se confesase. Un hombre, llamado Pedro Ordó, padecía una gravísima
dolencia y, puesto que había perdido toda esperanza en los médicos, volcó su
atención en conseguir la ayuda del Santo. Él, infatigable protector de los
desdichados, no dejó de escuchar sus ruegos. En efecto, el ojo que tenía casi
perdido, milagrosamente lo volvió a su sitio, le hizo recobrar su vitalidad y
lo iluminó con los rayos de la luz anhelada. Otro hombre, Garcés Pérez, f tic a la iglesia del
bienaventurado Isidro a velar una noche; por haberse dormido, se apagaron las
velas. Pero al momento se despertó y fue a buscar luz fuera de la iglesia, y al
volver encontró encendida, por voluntad divina, la lámpara que estaba ante el
sepulcro de San Isidro. Un hombre, Jimeno Pérez, se había quedado casi ciego y lo
llevaron a la iglesia de San Isidro y, por los merecimientos del Santo, recobró
la visión deseada. Otro hombre, llamado Juan Pérez, fue
presa de un enorme pánico, de manera que no podía descansar ni de noche ni de
día. Entonces prometió velar tres noches ante el sepulcro de San Isidro y
demando humildemente la ayuda del Santo que, se había oído, era eficaz para
ahuyentar los poderes maléficos. Acercándose al sepulcro del Santo, se durmió,y
el despertarse, milagrosamente se había liberado de su pánico. A una mujer, llamada Sol, por haber estado mucho tiempo ciega, le había crecido en los ojos una carúncula que le había dejado ciega y oro al santo y se curó. ..... * información sacada del libro de san Isidro un trabajador universal
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