¿QUIÉN FUE SAN ISIDRO?

  San Isidro es por excelencia el patrón de los campesinos, es el santo a quienes muchos acuden para que llueva y los madrileños le tienen un especial aprecio porque es su patrón. 
La mayoría de personas que han escrito sobre la vida del santo sitúan su nacimiento a finales del siglo XI, y la fecha en que muchos se han puesto de acuerdo es en la de 1080, pero nadie ha sabido aún en que barrio nació, seguro que no lo hizo en el de Las Rozas ni tampoco en un piso de alto standing del Paseo de la Castellana porque en aquella época, no existían. Ten en cuenta, que Madrid, por aquellos tiempos no dejaba de ser un pueblo agrícola, y que la capital hispánica, por decirlo así, era Toledo. Las tradiciones sitúan su bautizo en la iglesia de San Andrés de la capital madrileña.

El nombre de Isidro -que no es más que una derivación de Isidoro- fue en honor al Arzobispo San Isidoro de Sevilla. Muchas de las cosas que sabemos de este buen hombre es gracias a Juan Diácono, que en el siglo XIII escribió su biografía, la "Vita Sancti Isidori". Él nos retrata a un hombre ejemplar, de buen corazón y muy bondadoso con los más necesitados.

Parece ser que una de las primeras ocupaciones de Isidro fue la de pocero, o sea, cavar pozos, al servicio de la familia Vera hasta que se trasladó a trabajar a Torrelaguna, donde contrajo matrimonio con una chica del pueblo llamada María Toribia, conocida más tarde con el nombre de Santa María de la Cabeza, también declarada santa. Fruto de su matrimonio tuvieron un hijo llamado Illán. Al cabo de unos años la familia regresó a Madrid, para cuidar las tierras de la familia Vargas. Fue en ese momento cuando Isidro realizó las tareas de labrador y pasase a ser conocido popularmente como "Isidro labrador". Falleció en el año 1130.

Tradiciones

Sobre la figura del santo se han vestido muchas narraciones populares. La más conocida de ellas es la que nos presenta a un hombre muy piadoso que muy a menudo tenía que soportar las burlas de sus vecinos porque cada día iba a la iglesia antes de salir a labrar el campo. A veces, Isidro llegaba algunos minutos tarde al trabajo y sus compañeros lo denunciaron al patrón por holgazán. Juan de Vargas, que así se llamaba el propietario de la finca, lo quiso comprobar por si mismo, y un buen día se escondió tras unos matorrales situados a medio camino entre la iglesia y el campo. Al salir del templo le recriminó su actitud. Cuando llegaron al campo, su patrón vio por sorpresa que los bueyes estaban arando ellos solos la parte que le correspondía al buen Isidro. El patrón entendió aquél hecho como un prodigio del cielo.

También es conocida "la olla de San Isidro". Se cuenta que cada año nuestro amigo organizaba una gran comida popular donde eran invitados los más pobres y marginados de Madrid. Sin embargo, en una ocasión el número de de presentes superó lo previsto y la comida que habían preparado no llegaba ni a la mitad de los convocados. Isidro metió el puchero en la olla y la comida se multiplicó "milagrosamente", hubo para todos y más.

Así mismo, hay un relato que nos dice que en un año de sequía y temiendo por la rentabilidad de la hacienda de su patrón, Isidro con un golpe de su arada hizo salir un chorro de agua del campo. Salió tanta agua de allí que pudo abastecer toda la ciudad de Madrid. Fíjate amigo cibernauta que en estas dos narraciones hay una homología en dos textos de la Biblia; la primera es una analogía del milagro de los panes y los peces de Jesús y la segunda de Moisés, que en el éxodo de Egipto hacia la Tierra prometida, golpeó una piedra con su bastón y salió de ella agua para saciar la sed de su pueblo.

En este apartado de "prodigios" no podríamos dejar de lado una curación atribuida a San Isidro y que le valió la beatificación. En tiempos del rey Felipe III (1578-1621) habiendo caído gravísimamente enfermo, a su regreso de Lisboa, en Casarrubios del Monte (Toledo), le fue llevado el cuerpo de San Isidro hasta su estancia real, y el monarca sanó milagrosamente. La beatificación tuvo lugar el 14 de abril de 1619, y tres años más tarde, el 12 de marzo de 1622, el Papa Gregorio XV lo canonizaría.

Amor a los animales

Durante toda su vida de labrador tuvo un gran aprecio con los animales. En ningún momento maltrató a los bueyes y a los otros animales de trabajo de la hacienda, todo al contrario. Existe una leyenda que explica que una día de invierno y mientras se dirigía al molino con un saco de grano sintió compasión de los pájaros que en la nieve ya no encontraban alimento y que estaban a punto de morir. Isidro limpió un pedazo de tierra apartando la nieve y vació allí la mitad del saco. Al llegar al molino resultó que el saco estaba tan lleno de grano como antes.

Devoción

El aprecio a San Isidro es notable para todas aquellas personas que trabajan en el campo, por lo tanto es el patrón de los campesinos y de los viticultores, así como de los ingenieros técnicos agrícolas. Como ya he comentado anteriormente es el patrón de la ciudad de Madrid desde el 14 de abril de 1619, día en que el Papa Pablo V firmó el decreto de su beatificación. Su protección a los campesinos y labradores españoles así como de todos los agricultores católicos del mundo fue declarada por el Papa Juan XXIII. Se le puede invocar para que llueva y tener una buena cosecha. En Catalunya, San Isidro comparte el patronazgo de los campesinos junto a San Galderic, un santo de la comarca catalano-francesa del Rosellón.

Como te puedes imaginar son muchas las ermitas que tiene dedicadas. La más popular es la que hay en Madrid, en el paseo Quince de Mayo en el barrio de Carabanchel, donde cada año en el día de su fiesta se bendice el agua de la fuente del agua, la misma que el santo hizo manar en tiempos de sequía. Fue construida en 1528 y la edificación actual corresponde al 1725. Cabe mencionar que el santo tiene dedicada en la capital de España una colegiata que fue construida entre los años 1626 y 1664 y que desde el año 1885 hasta 1993 actuó como catedral. Dicho templo está situado en la calle Toledo. Recuerda que la actual Catedral de Madrid y desde 1993 es la Catedral de la Almudena.

También me gustaría comentarte que en el Santuario de la Mare de Déu de les Salines (Nuestra Señora de las Salinas) situado a pocos kilómetros de Maçanet de Cabrenys (Girona) se organiza el domingo después al 15 de mayo un aplec (fiesta) que concentra a muchos devotos de la zona y de la parte catalana de Francia. Después del oficio solemne se reparte arroz y la tradicional "berena", un pan redondo bendecido de unos 300 gramos. El origen de esta ofrenda arranca cuando, antiguamente se repartía comida a todos los pobres de la comarca que asistían al encuentro. Una fiesta muy popular que cosecha éxito desde el año 1974.

Cabe recordar que bajo el nombre de "San Isidro" se organizan durante los días colindantes a su onomástica diferentes ferias agrícolas en diversos pueblos de España.


El ejemplo de San Isidro

Sin lugar a dudas, Isidro es otro de los ejemplos a imitar por su sencillez y para ver también que Jesús se sirve de los hombres para que éstos colaboren en la sociedad para hacerla más justa e igual para todos. ¡Cuántos de nosotros no podríamos hacer el milagro de la "olla" si compartiésemos parte de nuestras ganancias con los más necesitados! Vaya desde aquí también un fuerte saludo a todos los trabajadores del campo, y sobretodo a los que están en condiciones inhumanas, piensa en los inmigrantes que dejan su tierra con la intención de prosperar en un país ajeno y que se encuentran en pésimas condiciones y cobrando un salario por debajo de lo que les correspondería. ¿Sabes que muchos de ellos han vendido o hipotecado sus casas de su país de origen para pagar el viaje a un nuevo país?.

Por otra parte, Isidro nos muestra como Francisco de Asís, San Roque y otros muchos santos, el aprecio hacia los animales. Es más, Isidro lo hace con aquellos que son sus propias herramientas de trabajo: los bueyes. Desgraciadamente, se tienen a los animales del campo como simples instrumentos y muchos aún no se han parado a pensar que son seres que sienten, igual que nosotros. En este caso, los animales son puestos al servicio del hombre de una forma gratuita, para nuestro provecho; bueno será reconocerles la ayuda que prestan a los trabajadores del campo. Gran ejemplo sin duda la que nos da Isidro.

Onomástica: 15 mayo

Oración

Glorioso San Isidro, tu vida fue un ejemplo de humildad y sencillez, de trabajo y oración; enséñanos a compartir el pan de cada día con nuestros hermanos los hombres, y haz que el trabajo de nuestras manos humanice nuestro mundo y sea al mismo tiempo plegaria de alabanza al nombre de Dios. Como tú queremos acudir confiadamente a la bondad de Dios y ver su mano providente en nuestras vidas. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.


 


Puedes dejar un mensaje, oración o lo que te parezca a San Isidro en nuestro correo rodurosa@jazzfree.com




 

Mesonero Romanos y San Isidro

1803-2003

R

amón de Mesonero Romanos (1803-1882), escritor costumbrista y periodista español que escribió casi exclusivamente sobre Madrid.

Como no podía ser menos, nació en Madrid; fue funcionario e inspector de obras públicas municipales por lo que participó en la renovación urbanística del siglo XIX de la capital. Ante el éxito de su primera publicación, Manual de Madrid, descripción de la Corte y de la Villa (1831), los periódicos y revistas de la época le pidieron colaboraciones, así que comenzó a escribir con asiduidad en Cartas Españolas. Pero como sentía una gran aversión por el compromiso político, a pesar de que también tenía una gran preocupación por modernizar su ciudad y elevar el nivel cultural de sus conciudadanos, en vez de publicar sus artículos en periódicos que tenían claras direcciones ideológicas y políticas, fundó, en 1836, el Semanario Pintoresco Español.

Esta revista tuvo un planteamiento moderno para su época. Como pretendía llegar al mayor número de lectores, buscó la manera de conseguir un precio muy barato y lo consiguió incluyendo publicidad; para que gustara debía estar muy ilustrada y los textos estar escritos con claridad y sencillez. En ella fueron apareciendo la mayoría de sus artículos, que después se recogerían en libros.

Mesonero se servía de la ironía para retratar a los tipos y las circunstancias del Madrid capitalino, con ironía pero sin la aspereza de Larra. Sus obras son documentos impagables sobre la vida cotidiana durante los reinados de Fernando VII e Isabel II.

Él es sin duda el gran representante de la literatura costumbrista romántica, cuyos antecedentes estilísticos hay que buscarlos en las obras del siglo de oro español, desde la novela picaresca, las comedias de Lope de Vega o los relatos de Juan de Zabaleta.

Las obras que recogen sus artículos son Panorama matritense (1835), Escenas matritenses (1842) y Tipos y caracteres (1862). En 1880, publicó su autobiografía, Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid.

San Isidro de Madrid

 

L

a vida de este sencillo y modesto hijo de Madrid, cuyas emi­nentes virtudes y sólida piedad, aunque ejercidas en la humilde esfera de un pobre labrador, bastaron á elevarle á los altares y á colocarle entre sus paisanos en el rango privilegiado de patrono y tutelas de la villa de Madrid, ha sido tantas veces trazada y comentada por los autores sagrados y profanos, y de tal modo está enlazada por los historiadores con los sucesos y tradiciones de la época de la restauracion de esta villa por las armas cristia­nas, que es indispensable conocerla y estudiarla para compren­der, en lo posible, aquel período importantísimo y remoto. En nuestra literatura historíca, no es este el único ejemplo de rela­cion inmediata entre las crónicas y descripciones mas ó menos apasionadas de mártires y de santos, de célebres santuarios, monasterios y de imágenes aparecidas, y las vicisitudes, historia y marcha política de los pueblos y las sociedades en que aque­llos brillaron: por eso el historiador tiene que tomar en cuenta todos los documentos de esta especie (y que por desgracia van desapareciendo) donde á vueltas de relaciones exageradas, de milagros apócrifos y de estilo afectado y campanudo, suele hallar datos preciosísimos, descripciones animadas y minuciosos detalles que esplican los sucesos, los enigmas y la filosofía de la historia.

 

Tal sucede en nuestro Madrid con los muchos coronistas ó entusiastas panegíricos de las célebres imágenes de Nuesta Señora de la Almudena y de Atocha, y muy especialmente con las relaciones de la vida de su insigne patron, colocado por la iglesia en el rango de los santos, del humilde labrador.

Desde el códice casi contemporaneo del Santo, escrito á lo que parece por Juan Diácono á mediados del siglo XII que se conser­va en la iglesia de San Andrés y hoy en la Colegiata de San Isidro el Real y que fué primero publicado en Flandes por el padre Daniel Papebroquio y despues traducido del original y ámplia­mente comentado por el padre fray Jaime Bleda, hasta las reñidas y eruditas disertaciones de los señores Rosell, Mondejar, Pellicer y otros en el siglo pasado, los hechos históricos y las relaciones milagrosas del glorioso San Isidro, han sido debatidos hasta la saciedad, pero que prueban con evidencia el carácter y virtudes

altamente recomendables de aquel siervo de Dios y la simpatía y devocion que aun en vida logró inspirar á sus compatriotas.

No es de este lugar el entrar ahora en las intrincadas contro­versias históricas que han suscitado aquellos diligentes, así como los coronistas madrileños, sobre la autenticidad de las aparicio­nes del piadoso labrador al rey don Alfonso VIII en la batalla de las Navas, sus prodigiosos milagros durante su vida, ni los obra­dos por su intercesion despues de su dichosa muerte.

Tampoco pretendemos enlazar su modesta historia con la de la restauracion de Madrid por don Alfonso VI en 1083, ni con la nueva acometida que hicieron los moros marroquíes de Texufin y Alí en 1108. En la primera (ocurrida á lo que se cree en los mis­mos años del nacimiento de San Isidro Labrador) estaria demás el atribuirle intervencion alguna; en la segunda, acaecida cuando pudiera tener veintiseis años, le consideramos orando al Señor por la defensa de su pueblo, como le vemos aun pintado en antiguos cuadros de nuestras iglesias. Para nuestro objeto basta consignar aquí las rápidas noticias de su vida, que se deducen de aquellos piadosos comentarios, diciendo que pudo ser su nacimiento hácia 1082 y su muerte en 30 de noviembre del 1172, sobre los noventa años de su edad; que hijo, segun se cree, de labradores, fué labra­dor él mismo, y sirvió, entre otros, á la ilustre familia de los Vargas, en cuyos caseríos de campo vivió el Santo largo tiempo: que trabajó tambien de obrero ó albañil abriendo varios pozos, segun la traclicion que se conserva en diferente sitios de esta -,villa: que toda su vida fué una série no interrumpida de actos de cari­dad, de oracion y de modestia, sobresaliendo entre todos ellos su profunda devocion á Nuestra Señora bajo los títulos ó ad,,-ocac o­nes de la Almudena y de Atocha; que vivió algun tiempo en Torre­Laguna y allí casó con María de la Cabeza, que se cree natural de la aldea de Carraquiz, y que tambien, como su esposo, alcanzó por sus virtudes la canonizacion de la Iglesia; y que honrado en tln, por un especial favor del cielo que le hacia aparecer como santo entre sus piadosos contempóraneos, descansó en el Señor en una edad avanzada, con sentimiento general de sus convecinos y ado­radores. Desde el mismo instante de su muerte empezaron á tri­butarle con espontáneo entusiamo el mas tierno culto y venera­cion, siendo muchos los milagros obrados por su intercesion, movieron á la santidad de Paulo V á acordar su beatificacion en 14 de febrero de 1619 y posteriormente á 12 de marzo fué canoniza­do solemnemente por Gregorio XV, con cuyo motivo se celebra­ron en Madrid grandes fiestas y regocijos.

Además de los documentos escritos, quedan en Madrid, á pesar del trascurso de siete siglos, otros objetos materiales con­sagrados por la tradicion, de los sitios en que vivió nuestro Santo y en que obró sus notables milagros, ó de los que ocupó su pre­cioso cuerpo despues de su muerte; por último, queda este mismo venerado cadáver, entero, incorrupto y resistente á la accion de los siglos y á los argumentos de la incredulidad (1).

Consta de aquellas historias y relaciones contemporaneas y de las diligencias hechas para la canonizacion, que acaecida la muerte del Santo Labrador, como queda dicho en 1172, fué sepultado en el cementerio contiguo á esta parroquia de San Andrés, en el mismo sitio en que aun se ve una reja y es hoy el suelo del presbiterio ó altar mayor de dicha iglesia, por haberse esta agrandado y dado diversa forma á su planta y distribucion. Y esos cuarenta años parece que permaneció el cuerpo del Santo en aquel sitio, hasta que en 1212, creciendo de dia en dia la devo­cion de los madrileños á su intervencion milagrosa, fué solemne­mente exhumado y colocado en un sepulcro digno en la capilla mayor, que entonces estaba donde hoy los pies de la iglesia.- Allí es donde, segun varios coronistas, y con mas ó menos probabili­dad, le visitó el rey don Alfonso VIII, y declaró, en vista de las facciones conservadas del Santo, ser el mismo milagroso pastor que se le habla aparecido y conducido su ejército por las aspere­zas de Sierra Morena la víspera de la batalla de las Navas de Tolosa.

Atribuyen tambien á esta visita del mismo monarca el orígen del arca de madera, cubierta de cuero, en que se encerró el cuer­po del Santo, y que aun se conserva en el sitio de piedra, y mos­trando en sus costados restos de las pinturas con que mandó adornarla Alfonso, representando los milagros del Santo (1).

En aquella arca y capilla permaneció el Santo cuerpo, hasta que el obispo don Gutierrez de Vargas Carvajal, construyó en 1535 la suntuosa que lleva su nombre, contigua á ésta parroquia de San Andrés, y le hizo trasladar á ésta con gran solemnidad; pero por discordias ocurridas entre los capellanes de ambas, solo permaneció en ésta unos veinticuatro años, hasta que se cerró la comunicacion y quedó independiente aquella capilla.

(1)

Entre los primeros, señalaremos mas ade­lante tres modestos recintos, convertidos hoy en otras tantas capillas dedicadas al Santo: el primero el que se ve en la casa de los Vargas, plazuela de San Andrés, núm. 21. En esta anti­quísima casa y al servicio de ¡van de Vargas, tronco de aquella ilustre familia madrileña, es oplnion constante que vivió el labrador Isidro, y la capilla ocupa una pieza baja pequña en que se supone ocurrió su gloriosa muerte. En ella se conserva una buena imagen del Santo de tamaño natural y se le da culto público el día de si conmemoracion. La capilla existe en el patio de la casa del Marqués de Villanueva de la Sagra, (calle del santiesteban. núm. 9), y es conocida por la tradicion supone que guarda­el ganado del Santo doméstico de Ivan de Vargas           

1 en la calle del Aguila, núm. 1, de la sacramental de San Andrés doce se conserva las arcas en que se guardó en  antiguo el cuerpo del Santo, señalado hasta nues­tros tiempos e paso del piadoso madrileño en otros sitios de esta villa y sus contornos, ya en lo que hoy es su calle Mayor, y entonces era estramuros de la puerta de Guadalajara, donde había hasta hace pocos años un trozo de soportales, llamados aun de San Isidro, que se han derribado. Allí se encontraba un pozo mila­grosamente abierto, segun se cree, por el Santo, y otro en una casa de ¡a calle de los Estudios, contigua al colegio Imperial. Tambien se señala gratamente el sitio que ocupa hoy a la orilla opuesta del Manzanares la famosa ermita que visita en su dia toda la poblacion de Madrid, por ser el mismo donde hizo brotar el Santo al impulso de su ahijada la fuente mila­grosa a cuyas aguas se atribuye gran virtud.

 

CAPILLA DE SAN ISIDRO

Vuelto el Santo á la parroquia, al sitio en que antes estuvo, per­maneció en él mas de otro siglo, hasta que se cocluyó á costa del rey y de la villa la magnifica Capilla bajo la advocacion del mismo Santo, que hoy admiramos aun al lado del Evangelio de aquella iglesia parroquial; y en ella y en su altar central, fué colocado el Santo cuerpo con una pompa estraordinaria el dia 15 de mayo de aquel año de 1669.- La descnpcion de esta suntuosa capilla ó mas bien templo primoroso, nos llevaría mas lejos de los límites que por sistema nos hemos impuesto en esta orbita. Baste decir que en las dos piezas de que consta, cuadrada la primera y ochavada la segunda, apuraron sus autores Fráy Diego de Madrid, José de Vifareal y Sebastian Herrera, todo los recursos de la mas rica arquitectura, mezclados con todos los caprichos del gusto plate­resco de la época, y realzado el todo con bellas esculturas, bustos y relieves, magníficas pinturas de Rici y de Carreño, y una rique­za tal, en fin, en la materia y en la forma, que sin disputa puede asegurarse que es el objeto mas primoroso de su clase que encie­rra Madrid. Tardó la construccion de esta elegante obra unos doce años, empleándose en ella 11.960,000 reales, suministrados por el rey, por la villa y por los vireyes de Méjico y el Perú.

Por último diremos, que en el magnifico altar ó retablo de mármoles que formado de cuatro frentes se levanta aíslado enmedio del ochavo ó pieza segunda, se conservó cien años el cuerpo de San Isidro, hasta que en 1769, de órden de Cárlos 111,  y la custodia de su Real Cofradía de naturales de Madrid fué trasladado á la iglesia del colegio imperial de los extinguidos jesuitas, que quiso dedicar al Santo Patrono de Madrid, aunque separándole inoportunamente para ello de los sitios en que durante seis siglos habia permanecido, y que estaban, por decir­lo así, impregnados de su memoria.

 

Anteriormente, en 1620, el gremio de plateros de esta villa, con­sagró al Santo, en ocasion de su beatificacion, una urna primoro­sa de oro, plata y bronce, que aunque obra que adolece del mal gusto de la época, es de grande valor, como que solo la materia, sin hechuras, ascendió á 16,000 ducados; y dentro de esta urna está la interior de filigrana de plata sobre tela de oro riquísimo que le dió la reina doña Mariana de Neoburg. En ella reposa el Santo cuerpo perfectamente conservado, incorrupto, amomiado y com­pleto, pues solo le faltan tres dedos de los pies, y por que puede calcularse de su estension (que es mayor de dos varas) debió ser en vida de una estatura elevada. Cúbrenle ricos paños, guarneci­dos de encage, y renovados de tiempo en tiempo por la piedad de los reyes, en cuyas tribulaciones de nacimientos, enfermedades y muertes, son conducidos las preciosas reliquías á los reales apo­sentos ó espuestas con pompa á la pública veneracion; y á veces tambien, cuando las personas reales desean implorar la interce­sion del Santo y van á adorar su sepulcro, la urna que contiene los preciosos restos es bajada á mano por ocho regidores del Señor Patriarca de las Indias, del Nrcario eclesiastico,clerecía de San Andrés y San Isidro, del A«.tntamiento de Madrid, del conde de Paredes (que cuenta entre los timbres de su casa el descender del piadoso Ivan de Vargas, amo de San Isidro) y de la congregacion de los plateros, con hachas verdes encendidas, van entregando todos las llaves que conservan respectivamente de la urna precio­sa, y abierta esta y pueso de manifiesto el cadáver, le adoran los reyes, los prelados, corporaciones y demás circustancias (I ).

Terminaremos lo relativo á esta parroquia, diciendo. que la otra iglesia, aunque independiente de la parroquia de San Andrés, cae al lado de la Epístola y es la conocida con el nombre

de Capilla del Obispo

, aunque su verdadero nombre es el de San Juan de Letran, con salida tambien por un patio y escalerilla á la plazuela de la Paja. Este precioso templo, de una sola nave al estilo gótico ú ogival, del que apenas queda otro ejemplar en Madrid, encierra, entre obras notables de arte, los magníficos sepulcros ó enterramientos de sus fundadores don Gutierrez de Vargas Carvajal, obispo de Plasencia, y su padre el licenciado don Francisco Vargas, del consejo de los Reyes Católicos y del emperador Cárlos V, primorosa obra de escultura, la primera de su clase en Madrid, así como tambien las preciosas hojas de la puerta de ingreso á la capilla, delicadamente esculpidas y bas­tante bien conservadas.

En el sitio mismo donde está edificada esta suntuosa capilla, y en la parte mas alta de la colina conocida hoy por Plazuela de la Paja, existió á principios del siglo XV la casa del muy noble madrileño Ruy Gonzalez Clavijo, llamado el Orador por su facundia, camarero de don Enrique 111 y célebre en el mundo por el viage que hizó á Samarcanda en la Gran Bukaria, por los años 1403, con el objeto de cumplimentar de parte de su sobera­no al memorable conquistador Timur-bek (Tamorlan), siendo el primer europeo, segun se cree, que penetró en aquel pais de la Tartaria Mayor. Regresado á Madrid, publicó su curioso itinera­rio de viage, que anda impreso (2). Las casas de Ruy Gonzalez

Clavijo debían de ser tan suntuosas que sirvieron de aposento al infante don Enrique de Aragon, primo del rey don Juan el 11 en 1422, y pasando á fines del mismo siglo XV á la ilustre y anti­quísima familia madrileña de los Vargas (que tenia tambien con­tiguas las solariegas de su apellido)  la cual teneian dos casas siendo una en el barrio de la moreria antes de los lujanes donde abito en efecto el santo labrador;labraron en su recinto la bella capilla ya indicada.

 CASAS DE LOS VARGAS

El resto de la manzana hasta la Costanilla de San Pedro, Calle sin Puertas y Plazuela de la Paja, fué todo igualmente casas del ya citado Francisco de Vargas, de quien era tambien la Casa del Campo antes de comprarla Felipe II á sus herederos. Este licen­ciado Francisco de Vargas, padre del obispo Gutierre v señor de la ilustre y antiquísima casa de los Vargas de Madrid, fué tan pri­vado consejero de los señores Reyes Católicos y del Emperador, que no habla asunto de importancia que no le consultasen, res­pondiendo con la fórmula de Averígüelo Vargas, que quedó des­pues como dicho popular, y aun como título de comedias de Tirso y otros. - La parte conocida hoy mas propiamente con el nombre de Casa de San Isidro, que recayó, por alianza con los Vargas, en la familia de los Lujanes, es la que cae á los pies de la iglesia de San Andrés y tiene su entrada por la plazoleta. En ella es donde como dijimos, vivió Ivan de Vargas en el siglo XI, en tiempo en que le servia para la labranza de sus propiedades el piadoso Isidro Labrador, y en el patio de la misma casa se ve aun el pozo mila­groso de donde sacó el Santo al hijo de Ivan, que habia caldo en él, y la estancia hoy convertida en capilla,donde, segun la tradi­cion, espiró aquel Bienaventurado. Esta casa pertenece en el dia al señor conde de Paredes, descendiente de Ivan de Vargas por una de sus nietas, doña Catalina Lujan, condesa de Paredes, á cuyo título debe tambien el privilegio, que ya hemos indicado, de guar­dar una de las llaves del arca en que se conserva el cuerpo del Santo Patrono de Madrid.- las otras casa contiguas á la capilla del Obispo por la plazuela de la Paja, fueron tambien de los mayo­razgos fundados por Francisco de Vargas, que recayeron en su hijo don Francisco, primer marqués de San Vicente, y hoy perte­necen como tal al señor duque de Hijar, que conserva el patrona­to de la capilla. En una de ellas (en la que está el pasadizo de San Pedro) existe aun un espacioso patio cuadrado, circundado de galerías con columnas y escudos de armas, de cuyo gusto puede inferirse su construccion en los principios del siglo XVI.- Todas estas casas, habitadas por el mismo licenciado Vargas en tiempo de los disturbios de los comuneros, fueron saqueadas y maltratadas por estos en ocasion de hallarse aquel ausente al lado del Emperador.

 

 

(2) Titúlase Vida y hazañas del gran Tamorlan, con la descripcion de las tierras de su imperio y señorío; escrita por Ruy Gonzalez de Clavijo, camarero del muy alto y poderoso señor don Enrique tercero de este nombre, rey de Castilla y de Leon, con un Itinerario de lo sucedido en la embajada que por dicho señor hizo al dicho príncipe, llamado por otro nombre Tamurbec, año del nacimiento de 1403.

Es muy interesante esta relacion de viage que emprendió Ruy Clavijo en union con Frey Alonso Perez de Santa María, maestro en teología, y Gomez de Salazar, su guarda, embarcándose en el puerto de Santa María, en 22 de mayo de dicho año 1403.

Este sepulcro, que describe Gonzalo Argote de Molina, dice él mismo que luego fue quitado de la capilla mayor y trasladado á otro sitio para dar en ella lugar al cuerpo de la reina doña Juana. Es escusado decir que estos monumen­tos desaparecieron cuando la iglesia y conven­to antiguo de San Francisco.

Sobre las curiosas patrañas que Gonzalo Fernandez de Oviedo y el maestro Hoyos, atri­buyen á Ruy Gonzalez cerca del Tamorlan, véase el Apéndice.

 

(1) De esta ceremonia fuimos testigos el día 4 de marzo de 1847, con ocasion de visitar el cuerpo y cambiar los paños riquísimos que le cubren y regaló S. M. la reina madre doña María Cristina de Borbon, lo que creemos no había tenido lugar desde el reinado de Fernando el VI. -El patriarca de las Indias, señor Orbe, des­pues cardenal arzobispo de Toledo, levantó por sus manos los paños, incorporó y dió á adorar el precioso cadáve,  á colocar y envolver en una r -a, saca a je encages, cerrando despues a  á los cir­cunstantes una b,eve ,lcararlca exhortacion, hecho lo cual, fié ce r..evc s:jdida aquella por ocho regidores e, represen:acion de la villa de Madrid, dueña de san- c,erpo, y colocada en el sepulcro de mármol que se ostenta en el altar mayor

 

(1) Este preciosísimo resto de venerable anti­güedad, escitó hace algunos años al celo del gobierno y de la comision de monumentos artí­sitcos, para empeñar al ayuntamiento de Madrid á su conservacion y la traslacion á sitio mas decoroso y resguardado de la humedad; y el que escribe estas líneas (como individuo que era de la corporacion municipal) en union del arquitecto de Madrid y de dos señores vocales

de la comision de monumentos, fueron encar­gados de llevar a ejecucion aquella idea. Reconocieron en su consecuencia los sitios y el arca, levantó el arquitecto el plano de la nueva colocacion en la capilla propia del Santo en la misma iglesia, se proyectó tambien una restau­racion bien entendida de las pinturas del arca, y de los leones; pero despues se olvidó el asun­to y quedó en tal estado.

 

 

EL PRINCIPE NEGRO

 

 

El nombre es de príncipe de Fez y de Marruecos, Muley Xeque, que vino á España no recibió el bautismo hasta 1593, tomando el nombre de don Felipe de Africa ó de Austria, y es mas conocido con el de El Príncipe Negro. Este personage vivió efectivamente en dicha calle, en la casa que fué de Ruy Lopez de Vega (que es la que da vuelta á la calle de las Huertas y hoy está reedificada.) El sobrescrito de la carta de que habla el inmortal autor del Quijote en la Adjunta al Parnaso dice; "Al señor Miguel de Cervantes Saavedra, en la calle de las Huertas, frontero de las casas donde solía vivir el príncipe de Marruecos," es decir, que pudo habitar aquel ingenio en las señaladas ahora con los números 6 al 10 nuevo de dicha calle.esta ewnterrado en la Colegiata- Algo mas abajo y conduciendo desde la calle del Príncipe á la plazuela de Anton Martin, está la plazoleta llamada del Matute, cuyo nombre hay motivo para creer que le quedó por la razon de que en ella y las huertas inmediatas á la puerta de Vallecas, se preparaban los contrabandos ó matutes.

 

La colegiata

 Trae su origen de la fundacion hecha en el reinado de Felipe II, por cuya religiosidad y munificencia se construyó en 1567 y en el mismo sitio que ocupa el atual, un templo bajo la advocacion de San Pedro y San Pablo, cue fué demolido en 1603, cuando la emperatriz doña .María., aceptó el patronato de esta casa, que por esta razon llevó el título de Imperial, para dar principio á la ereccon del suntuoso templo actual, bajo los planes y direccion de  padre jesuita llamado Francisco Bautista, que comenzó en quedó terminado en 1651.- Por su grandiosidad y elegancia , esta hermosa iglesia es sin disputa la primera y mas digna de la capital; y así que, á la estincion de los padres jesuitas, ­Cárlos 111 dispuso dedicarla al Santo Patrono de Madrid, trasla­dando á ella sus venerables reliquias, dotándola de una espléndi­da capilla real, y disponiendo obras de consideracion y elegante ornato en el referido templo, que desde entonces ha sido conside­rado como colegiata, á falta de la catedral de que carece la córte.

No es de este lugar ni propio de nuestras escasas pretensiones. el emprender la descripcion artística (que por otra parte está ya bien hecha en distintas obras) de este magnífico templo y dula multitud de objetos apreciabilísimos de bellas artes que le engran­decen. Limitados al recuerdo histórico, solo consignaremos el hecho de que esta santa iglesia, por su capacidad é importancia por su dedicacion al patrono de Madrid, ha sido escogida con preferencia para las grandes solemnidades religiosas de la córre  de la villa; para las exéquias de los monarcas, los aniversarios, nacionales y las rogativas públicas; mereciendo una cita especial los honores fúnebes tributados anualmente en ella con giran e ostentacion á las victimas del 2 de mayo de 1808, sus cuerpos gloriosos se guardaron en sus bóvedas desde 1814 hasta que fueron traladados al monumento nacional del Pº Prado. En dichas religiosas bóvedas yacen tambien las multitud de varones célebres por su santidad,tales como el Padre Diego Laynez, general que compañero de San Ignacio de Loyola, y uno que asa­tieron al santo concilio de Trento, el cual renuncio las mitras de Florencia y de Pisa, el capelo y hasta la misma tiare. El otro santo padre jesuita Juan Eusebio Nieremberg, otros muchos hijos de esta insigne casa, que figuraron digna­mente en la república literaria en los siglos XVII y XVIII; y no les acompañan en ella las de los celebérrimos padres Isla, A_ndrés y otras lumbreras de este último siglo, por haber muerto en tie­rra estraña,á consecuencia de la espulsion general de los padres de la Compañia. Pero brillan al lado de aquellos los monumen­tos fúnebres que guardan los restos de otras muchas personas de grande importancia política y literaria, como los del célebre diplomático y autor don Diego de Saavedra Fajardo, que estu­vieron anteriormente en la iglesia de Recoletos, los del Príncipe de Esquilache don Francisco de Borja y Aragon, insigne poeta del siglo XVII y nieto de San Francisco de Borja, y los del prín­cipe Muley Xeque, hijo del rey de Marruecos, que se convitió á la fé cristiana y fué bautizado con el nombre de don Felipe de Africa, mas conocido por el del Príncipe Negro .

En el espacioso convento contiguo se establecieron en el rei­nado de Felipe IV los Estudios reales con diferentes cátedras encomendadas á los padres de la Compañia, cesando entonces los que la villa de Madrid sostenia en la calle del Estudio, de que ya hablamos anteriormente. Estas cátedras fueron ampliadas á la estincion de la Compañía por el rey don Cárlos III, y hoy forman uno de los dos instítutos de la Universidad central. Tambien merece especial mencion la rica biblioteca pública, que sigue inmediatamente en importancia á la Nacional.

 

 

La calle de los Urosas, tomó su nombre del apellido de una ilustre familia á quien pertenecian en los principios del siglo XVI varias casas de ella, y era la principal la que hace esquina y vuel­ve á la calle de Atocha, por donde tiene su entrada, con el núme­ro 2 antiguo y 18 moderno de la manzana 157, y las que estaban contiguas,donde hoy está construido el nuevo teatro de Tirso de Molina, la frontera número 26 viejo y 3 nuevo de la manzana 156, y alguna otra. En una de ellas (no podemos decir en cual, sino que era calle y casa de los Urosas) vivió y murió en 1639 el ilustre y desdichado poeta dramático don Juan Ruiz de Alarcon (el de las jorobas), relator que fué del Consejo de las Indias, que fué sepultado como Lope de Vega en la parroquia de San Sebastian.

 

 

 

ISIDRO, POCERO Y LABRADOR DE MADRID

 

M

ás de ocho siglos nos separan de esa figura por dentro de la hagiografía, que es Isidro, de su existencia humilde y oscura no propició que se registrara en historiados pergaminos ni se recogiera en los cronicones coetáneos, ya que éstos se reservaban para los relatos de los hechos sobresalientes de un rei­nado, de las grandes hazañas bélicas o para resaltar a las figuras religiosas que asombraban con prodi­gios místicos a sus compañeros de comunidad. Pero, de verdad, ¿quién se iba a acordar de recoger la his­toria de un pobre pocero, más tarde labrador? Hubie­ra sido perder el tiempo. Por eso creo que hay que acercarse a su figura con profunda humildad: ello no implica que se investigue con ahínco para aclarar los hechos principales biográficos todo lo que se pueda, separando en lo posible lo realmente histórico de lo tradicional y de las exageraciones que algunos trata­distas han intercalado por su cuenta y riesgo, si­guiendo el viento histórico-religioso del momento. Esta labor de auténticos poceros de la historia, alum­brando las corrientes claras de los hechos, se está realizando honestamente y con todo rigor; creemos que está en buenas manos; muestra de ello es el inte­resante libro titulado: San Isidro labrador. Biografía crítica, escrito por don Francisco Moreno, miembro del Instituto de Cultura «Marqués de Santillana», pu­blicado en 1982.

Nuestro empeño, aquí, es muy simple -dejando las necesarias erudiciones para los especialistas-, pero, precisamente por ello, es condenadamente dificulto­so, ya que necesita de un esfuerzo de síntesis verda­deramente arduo, pues se trata de incluir en esta pa­norámica general de las devociones madrileñas la semblanza de Isidro, con una extensión limitada, ne­cesariamente, con la deseada claridad y, sobre todo, con mucho amor. Hay pocos documentos fehacientes escritos sobre el santo, pero, ¡qué profunda y varia es su huella en la villa: ermita, capilla, catedral, cemen­terio, romería...! ¡Qué hondamente penetró la reja de su arado en el espíritu de Madrid!

Conviene, lo primero, enmarcar históricamente su figura; aceptamos, con la tradición, que Isidro vivió en la segunda mitad del siglo XI y la primera del XII, naciendo en Madrid -en esto sí que hay absoluta coincidencia-, que era entonces una localidad de cier­ta importancia, con sus diez parroquias y un término jurisdicional que llegaba hasta los ríos Jarama, He­nares y Guadarrama; al final del período, en 1145, hubo de tener Fuero propio, concedido por Alfonso VII; documento que a través de sus disposiciones nos hace vislumbrar atisbos de la forma de vida que tra­taba de reglamentar. Cristianos, judíos y musulma­nes convivían en un reducido marco urbano: el casti­llo, el collado de San Andrés, el carrascal de Puerta Cerrada y los arenales de San Ginés y de San Martín. Los ricos estaban entregados a sus dos ocupaciones preferidas: la caza y la guerra; los plebeyos y los sier­vos se dedicaban a la agricultura, que al haber incor­porado la técnica árabe alcanzaba un buen nivel, y a la industria, representada casi exclusivamente por los tejedores; claro está, que se divertían en ocasio­nes con cantos y bailes y asistiendo a las fiestas de toros. Aquella vida sencilla se alteró con la conquis­ta realizada por Alfonso VI, en 1083, y de la que nos ocuparemos con algún detalle más adelante, cuan­do hablemos de la aparición de la imagen de la Al­mudena.

Difícil biografía. En aquel Madrid -que aún no había unificado su denominación- nace Isidro. ¿Cuándo? Digamos que poco antes de la reconquista

de la villa. ¿Dónde? En una casa pobre, ladera de la puente segoviana, situada, poco mas o menos, donde hoy se halla la calle de las Aguas. ¿Padres? Se ig­noran los nombres, pero se mencionan, sin mucha seguridad, que pertenecían a las familias de los Mer­los y de los s. ¿Su primer oficio? Segura­mente el de pocero, que alternó pronto con el de la­labrador. De la primer actividad pueden servir de ejem­plo el que hizo para doña Nufla, en una alquería que estaba en la hoy calle Mayor, enfrente a la de Borda­dores, o el que realizó en una casa donde hoy está el Instituto de San Isidro.

En 1110 atacó Madrid el rey de Marruecos. Isidro no pudo seguir trabajando en su campo, marchó a Torrelaguna, estableciéndose en Carraquiz y luego en Talamanca. Años después, lo haría en las tierras de Iván de Vargas, al otro lado del Manzanares, en­frente de la puerta de la Vega, donde hoy está la fuente y el cementerio de San Isidro.

Se le recuerda ya maduro -tras una infancia anó­nima y una adolescencia llena de atisbos ultrasensi­bles-, con andar parsimonioso, con zaragüelles y con los pies metidos en zuecos forrados de piel de Oveja. Oía misa de alba en San Andrés; comía torrez­nos al atravesar «la puente» entre dos santiguadas, y en seguida al trabajo (aquí sí que hay que desmitifi­car), a un trabajo intenso, de sol a sol, binando la yugada cada día, buscando la «obra bien hecha» de Eugenio D'Ors, tras los bueyes, amoscados sin tre­gua; eso sí, con la mirada en lo alto, en oración elo­cuente, y cuando el sudor invadía su rostro y la fatiga atenazaba su cuerpo, lógicamente, en aquella comu­nicación con lo divino, las fuerzas se le renovaban, el empeño podía continuar y el trabajo se hacía más fecundo. Y así años y años, mezclando la tierra con mucho amor, durante... ¿noventa?; desde luego, du­rante toda una existencia que fue muy larga, observada tan sólo por el reducido círculo de familiares y de convecinos. ¿Qué hay de sobresaliente en esta vi­da? Nada, rotundamente nada; por eso su recuerdo es tan importante y ha permanecido tanto.Silencio, traslado y sorpresa. Quedó enterra­do, como pobre de solemnidad, en el cementerio anejo a la parroquia de San Andrés, en caja de tablones sin cepillar y en fosa casi a ras del suelo, expuesto por tanto a todas las inclemencias de los elementos cli­matológicos. La vida madrileña se desperazaba y se envolvía en monotonía; de cuando en cuando, hasta ella llegaban lejanos los ecos de cuanto ocurría en Castilla.

Habían pasado años y años, cuando se comenzó a sospechar que quien yacía con tanta incuria bien pu­diera ser un santo. Primero fue como un run-run, que fue tomando mayor volumen y frecuencia, con motivo de pestes, sequías, de curaciones de enfermedades sin curación. Inicialmente fue cosa de la gente humilde (¡siempre los desheredados, los primeros en creer!) y, más tarde, también los nobles y personas reales coin­cidieron con aquéllos en quién era el autor de tales prodigios:

 

-¡Fue obra de Isidro! ¡Fue obra de Isidro! -clama­ban al unísono.

 

Transcurridos cuarenta años de su primitivo en­terramiento y con el permiso de la autoridad eclesiás­tica, entraron el cuerpo del santo al interior del templo, siendo grande su asombro cuando al hacerlo, en vez de encontrar unos restos descompuestos o converti­dos en polvo, como correspondía a un cadáver ente­rrado hacía tantos años y expuesto a las aguas que sobre él corrían, contemplaron un cuerpo entero; cual pudiera estarlo un varón sano dormido.

Restos itinerantes.               

Y entonces se desarrolla elespectáculo, tan esperpéntico y tan español, de aquí para allá, de los restos de San Isidro.

Decíamos que fueron entrados en el interior de la entonces importantísima iglesia de San Andrés, que había escuchado tantas de sus oraciones de amane­cida.

El rey Alfonso VIII, el día quince de julio de 1212, obtiene junto a la localidad de Las Navas de Tolosa un decisivo triunfo sobre los almohades, llegados a la Península para reforzar la causa musulmana. Parece ser que, en aquella ocasión, un misterioso pastor con­dujo a los cristianos a un lugar estratégico, para que desde allí se iniciara el combate; esta circunstancia influyó mucho en la victoria conseguida después.

El monarca castellano regresó, al poco, a Madrid, y visitando la vieja iglesia de San Andrés tuvo oca­sión de contemplar el cuerpo del santo, al que mandó sacar -seguimos con la tradición- de su románica sepultura de piedra para colocarlo en un arca policro­mada (lo del arca ya es historia) levantada sobre tres leoncillos de piedra; en el pergamino que cubría los testeros, el frente y la tapa, se representaban diver­sas escenas de la vida del santo. Está considerada esta pintura como la mejor muestra de la escuela cas­tellana de la época.

Es tradición que este regalo fue en agradecimiento de la supuesta colaboración del santo en el mencio­nado gran triunfo de Las Navas de Tolosa, porque parece ser que Alfonso VIII, al contemplar el cuerpo muerto de Isidro, exclamó:

 

-¡Este es el pastor que nos enseñó el camino y nos llevó a la victoria!

 

La intervención del pastor, pero no el hecho del re­conocimiento realizado por el monarca, lo recoge en su relato histórico Rodrigo Jiménez de Rada, arzo­bispo toledano y testigo excepcional de la famosa batalla; su silencio nos parece harto significativo.

 

Pasan los siglos al ritmo de las armas. Se fina­liza la larga empresa de la Reconquista. El licenciado Francisco Vargas, consejero y tesorero del emperador Carlos, obtiene permiso para erigir, en terrenos de su propiedad anejos a la parroquia de San Andrés, una capilla para depositar en ella, con la mayor dignidad posible, los restos del que el pueblo ya aclamaba como santo, aunque todavía no lo era «oficialmente» para la Iglesia. Las obras se terminaron en 1535, cuando ya había muerto el famoso licenciado y gracias al tesón de su hijo, Gutierre de Carvajal, obispo que era de Plasencia. El título eclesial de la capilla es el de Nuestra Señora de los Angeles y de San Juan de Le­trán, pero el pueblo, para la posteridad, le concedió otro mucho más sencillo que ha prevalecido: «capilla del Obispo», que constituye una de las joyas más pre­ciadas del arte madrileño y que, afortunadamente, aún podemos contemplar. En ella fue depositado el cuerpo de San Isidro en el arca policromada.

De verdad que no fue pacífica la convivencia entre los clérigos de la capilla y los de la parroquia. Pare­ciéronles a éstos que las apasionadas celebraciones litúrgicas de los primeros rompían su sosiego. No se daban cuenta de que el amor recién estrenado hacia el ahora ilustre paisano, era más ruidoso que el que inspiraban viejas devociones. No lo comprendieron así y surgieron incidentes desagradables.

-Pues no faltaba más, que vinieran a echarnos de nuestra casa -decían los de San Andrés, en el colmo de la indignación.

-¡Qué se habrán creído estos clérigos de mesa y olla! -exclamaban con aire de superioridad sus opo­nentes, mirando de soslayo el pectoral de su Ilustrí­sima.

La tormenta estalló. Hubo excomunión para los parroquiales; luego absolución, y por último intervi­no la Sede Primada de Toledo, consiguiéndose el si­guiente acuerdo: el obispo de Plasencia renunciaba a futuros derechos sobre la parroquia y cerraría con un muro la comunicación existente entre la capilla

en lo sucesivo tendría entrada independiente templo parroquial, pero dejando en la separacion un hueco para colocar el arca que guardaba el propia y cuerpo, que de este modo podría ser venerado por lós que estuvieran en la capilla y también por los qué ­hallaran en la iglesia de San Andrés. Se cumplió lo ordenado y el arca fue depositada donde se indicaba; esto ocurría en el año 1544.

Un hecho decisivo obliga a un nuevo traslado: en 1622 es canonizado Isidro. Claro está que, dada su nueva categoría, era conveniente que sus restos se colocaran en una capilla más ostentosa y más acorde con los nuevos tiempos, en que predominaba un ba­rroquismo delirante; y así, el día quince de mayo de 1669 se llevan a la capilla de San Isidro, situada al otro lado de la parroquia de San Andrés, junto a la puerta (le los Carros, casi en el mismo sitio donde primitiva­rnente enterraron su cadáver. Ahora todo era distin­to: no lleva una simple caja de tablones, sino que iba clentro de una urna de plata que le habían regalado los artífices madrileños; no hay silencios rotos por el sordo llanto de su esposa María, tampoco está el amo Iván, ni el panzudo sacristán de San Andrés, ni su vecino Rodrigo el Tuerto; el espectáculo es totalmente sugerente, ya que ahora se hallan presentes la reina Mariana de Austria, con su impresionante guardan­ante negro, su hijo el rey-hechizado, arrastrando penosamente el final de una dinastía, la deslucida y triste corte y todos los clérigos de Madrid que son  muchísimos; los solemnes cantos litúrgicos se elevan i las alturas mezclados con el sensual olor a incienso. Pero, Isidro, ten paciencia, que todavía no han ter­minado de llevarte de un lado para otro.

Y ahora, interviene Carlos III (¿pero es que hay alguna cazuela del vivir madrileño en que no haya metido su cuchara el magnífico y narigudo monar­ca?). El va a ser quien ordene el nuevo traslado, en 1769, al antiguo Colegio Imperial, desde esta fecha Iglesia Real de San Isidro, y más tarde catedral de Madrid. ¿Qué motiva el «ilustrador» Carlos dictar el nuevo cambio? ¿Le movía su devoción a escoger un templo más importante? Frío. ¿O borrar de éste su huella jesuítica? Igualmente frío. La cuestión es mu­cho más simple, ya que la capilla de San Isidro era pequeña, sin sacristía, sin despacho, sin sitio algu­no para guardar los enseres empleados en el culto.

 

El nuevo traslado se verifica el día cuatro de febre­ro del año anteriormente citado. Se inicia la proce­sión y pronto ocurre un curioso incidente: el párroco de San Andrés resucita las viejas y agrias discrepan­cias, insistiendo en que salga el cuerpo por la puerta de la iglesia y no por el de la capilla, como se intenta hacer por parte de los clérigos pertenecientes a ella.

 

-¡Que tiene que ser por ésta!

-De ninguna manera; ¡por aquélla!

Los ánimos se encrespan y cuando la cosa va a pasar a cuestiones mayores se consulta el caso a Car­los III, porque la procesión no se acaba de poner en marcha a la espera de una decisión, y el monarca res­ponde:

-¡Por la que sea, pero que salga de una vez! Entonces el cortejo se inicia. Dentro de su iglesia el párroco de San Andrés la ve marchar con infinita tristeza.

El sepulcro del santo permanece en la actualidad todavía en el altar mayor de la catedral; pero, ¿ha sido así siempre, durante los doscientos quinces años transcurridos? Hubo una excepción: en abril ele 1936, cuando el trágico nubarrón de una guerra civil se aproximaba amenazador en el horizonte político de España, el Cabildo de la diócesis acordó ocultar los

restos de San Isidro, junto con los de su esposa, dentro de un hueco hecho a propósito en el muro lin­dante con el Instituto, dejando la urna vacía en el mencionado altar mayor, y allí permanecieron hasta el día catorce de mayo de 1939.

A todos estos múltiples cambios el pueblo se refería irónico:

«San Isidro labrador muerto lo llevan en...»

Devoción impregnada en el espíritu madrile­ño. Vaya este dato previo que juzgo imprescindible para la mejor comprensión de todo lo que se refiera a la profunda devoción despertada por San Isidro. Los primitivos cristianos, espontáneamente, sin control de autoridad eclesiástica alguna, empezaron a dar un culto rudimentario a los mártires en el día de su na­cimiento o en el de su trágica muerte; luego, este tri­buto se extendió también a los confesores, personas que no habían muerto en holocausto de su fe, pero que sí habían llevado una existencia verdaderamente ejemplar. Es a partir del siglo IX cuando se empieza a considerar necesaria la intervención del Pontífice, y fue Juan XV el primero que canonizó por bula o de­claración obligatoria y solemne que reconoce la san­tidad de un siervo de Dios.

Pues bien, Isidro gozó de aquella «canonización po­pular» desde el día siguiente al primer traslado de su cuerpo, y así comenzó a ser San Isidro por aclama­ción, sin que se esperara el visto bueno pastoral, que poco después también se otorgó.

La devoción fue en auge hasta que los obsesionan­tes temores de herejía, que tanto soplaron en Trento, llegaron a la sede primada de Toledo; desde allí se prohibió taxativamente el culto al glorioso labrador. Madrid entero, y al frente el rey Felipe 11, como res- puesta, comienzan una campaña para que se inicie el proceso de su beatificación. Los trámites van por buen camino, pero se detienen a la muerte del discu­tido monarca, reanudándose algo después con su su­cesor, de quien se dijo que tenía «por confesor a San Isidro». El pueblo se impacienta por la tardanza, sin acabar de entender la parsimonia vaticana; pero todo llega y así el Breve de Beatificación se firma el ca­torce de junio de 1619. El entusiasmo de los madrile­ños al conocer la noticia es enorme («ahora sí que Toledo no podrá impedirlo»); se hallan -como siem­pre- anhelantes de celebrar el suceso. Lo realizan, durante quince días, con fiestas en las que actúa co­mo director de escena el prolífico Lope de Vega, y que se aprovechan para inaugurar la Plaza Mayor madri­leña, escenario destacado de tantos acontecimientos históricos.

Es el diecinueve de junio de 1622. ¿Qué ocurre?; pues que vamos otra vez de fiesta a la Plaza Mayor porque el beato Isidro ya es santo oficial y hay que ce­lebrarlo por todo lo alto. Su canonización se había realizado al unísono con las de otros tres españoles: Teresa de Jesús, Ignacio de Loyola y Francisco Ja­vier, así como la del italiano Felipe Neri, que «había caído muy bien a los madrileños».

A tan prontas fiestas, sucede un hecho muy signifi­cativo para tratar de comprender algo de la compleja sicología madrileña: y es que la Bula no se publica en castellano hasta el año 1751 (¿Qué importancia tenía el documento?; lo había dicho el Papa y con eso bas­taba.)

A San Isidro se le reza también -y con fuerza- en catalán y en vascuence, porque hasta aquellas regio­nes donde se hablan estas lenguas llegó su entraña­ble devoción.

Su gran milagro. No es que desdeñe los otros,unos recogidos en los procesos para su beatificación y canonización y otros añadidos por la fe popular y de lo que no fue ajeno su primer y apasionado biógrafo, el diácono Juan; es que, particularmente, me atrae éste; ¡cómo persiste, a través de los siglos, la presen­cia isidril, no sólo en el ámbito intangible de un fer­vor profundo y alegre, sino también, físicamente, en este Madrid de hoy!

Sigue su impronta bien marcada: calle de San Isi­dro Labrador, la posada de San Isidro, la ermita y la fuente de San Isidro, el templete con San Isidro en el Puente de Toledo, la capilla de San Isidro, en restau­ración, la archicofradía de San Isidro, el Instituto de San Isidro, la catedral de San Isidro y el parque de San Isidro, inaugurado ya en nuestros días, en el año 1970.

Para finalizar, queremos hacerlo evocando a aque­llos inefables «isidros», ya desaparecidos, porque los de ahora son totalmente distintos; llegan motoriza­dos, beben whisky, se las saben todas y no están en la movida como comparsas. Aquéllos se alojaban en las posadas de las Cavas y, frecuentemente, eran vícti­mas además de los consabidos timos que explotaban su avaricia y de increíbles bromas; algunos castizos chungones se colocaban una gorra de plato y se iban hacia ellos para hacerles pagar el fantástico derecho de ir por la acera de la sombra o de entrar en la Puer­ta del Sol; en este último caso el precio era más alto si incluía contemplar la ruidosa bajada de la bola del reloj, del entonces ministerio de la Gobernación.

Pero, ¿es verdad que existió en algún momento la ingenuidad?

 

SANTA MARIA DE LA CABEZA,

A

l fin se repara en ella. La canonización de San Isidro fue la ocasión de que saliera del anonima­to en que se hallaba sumida la mujer que Dios le había concedido para compartir la vida matrimonial y las prácticas piadosas; y así, el Madrid oficial y eclesial, la archicofradía de San Isidro, las herman­dades de Torrelaguna y la cofradía de Nuestra Seño­ra de la Cabeza, se fijaron un objetivo: que figurase la esposa también en el santoral, y a ello se aprestaron con ilusión y empeño. Se iniciaron los correspondien­tes procesos y, tras los trámites fijados para el caso, fue beatificada en 1697 por Inocencio XII, y canoni­zada por Benedicto XIV, en 1752.

Biografía y tradición.          Los datos que figuran en los mencionados procesos son las principales noticias procedentes de una tradición oral, nunca. desmentida.

Los testigos, entre los que figuró Lope de Vega, se­ñalaron distintas probables poblaciones como luga­res de su nacimiento: Madrid, Torrelaguna, Uceda y, hasta algunos, Coveña, por hallarse allí el origen del apellido Cabeza. Hay casi unanimidad con respecto al nombre: María. En cuanto al apelativo, de la Cabeza, parece ser que se le concedió, referido a la ermita de Santa María de la Cabeza, tan amada por ella, que a su vez lo llevaba por hallarse junto a la Peña Rasa, antiguamente llamada Errasa, que en árabe significa la cabeza.

No se conocen los nombres de sus padres, que al parecer eran mozárabes y labradores pobres. El casa­miento es probable que se celebrara en Madrid, es­tando el que iba a ser su marido al servicio del ya mencionado Iván (Juan) de Vargas, y aquí nació su

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hijo, el rescatado de las aguas en el famoso milagro del pozo. Los esposos residieron en Madrid, Torrela­guna y Caraquiz, llevando una vida de intensa reli­giosidad; en el último pueblo, María barría y arregla­ba la ermita de Santa María de la Cabeza y, con sus pobres recursos y las limosnas que recogía para tal fin, costeaba el aceite para alumbrar a la imagen. Cuando estaba en Madrid, sentía tener abandonado el pequeño templo de sus amores, y por ello, siempre que podía, hacía una escapada a Caraquiz, y en la ermita se hallaba cuando un ángel le avisó que Isi­dro se encontraba moribundo en la villa. María llegó a tiempo de recoger su último aliento y de asistir a su modestísimo entierro. Después, regresó a Caraquiz; vivió algunos años más y cuando murió fue enterra­da bajo una fosa, en la ermita que durante su vida había cuidado con tanto cariño.

Otra vez el juego macabro. Más tarde, su cabeza fue colocada a los pies de la Virgen y el resto escondido en un lugar secreto. (Como advertirá el lec­tor, la palabra cabeza se repite en todo el relato.) La ermita pasó a la jurisdicción de los franciscanos, que eran titulares en la vecina localidad de Torrelaguna. Al iniciarse el proceso de beatificación se encontra­ron los restos que fueron llevados al mencionado ce­nobio, permaneciendo la cabeza en la ermita duran­te unos años.

En 1645, el superior de los franciscanos entregó los restos a unos enviados del Ayuntamiento madrileño; al saberlo, los habitantes del pueblo organizaron un imponente motín. Se procuró acallar a los que protes­taban diciéndoles que la entrega se había hecho con la promesa de su devolución. De Torrelaguna a Ma­drid, varias veces, se enviaron mensajeros con objeto de recuperarlos.

-Que tienen que volver.

 

-Que no.

-Que la armamos gorda.

Hasta que intervino el propio rey para resolver la crítica situación, ordenando que se instalaran en el oratorio privado del Ayuntamiento y, en 1769, la mis­ma comitiva que llevó el cuerpo de San Isidro desde la parroquia de San Andrés hasta la antigua iglesia de los jesuitas de la calle de Toledo, antes de penetrar en ésta, recogió, en el referido oratorio del Ayuntamien­to, los restos de la ya Santa María de la Cabeza que, desde entonces, reposan en una caja situada debajo de la elegante urna que guardan los de su esposo y compañero de santidad.

La devoción a esta santa es un grano en el arenal de la que se profesa a San Isidro. El recuerdo de ella nos ha quedado como una sombra. El papel humilde que le correspondió desempeñar en vida es el mis­mo de esas mujeres a las que se designa en las pre­sentaciones con un desdeñoso:

-Es la esposa de...

 

 

 

LA VIRGEN DE LA ALMUDENA

 

N

o hay duda que esta advocación mariana es la más añeja de todas las madrileñas, puesto que Ma­drid todavía no era Madrid, y ya la Virgen morena se hallaba dentro del primer cogollo urbano de la villa, mientras que                              la de Atocha, por entonces, quedaba muy lejos del mismo.

La nebulosa histórica que envuelve las circunstan­cias de esta imagen genera, aún en estos momentos, diversas incógnitas. Algo se ha adelantado en este estudio para obtener una mayor clarificación, aun­que la espesa tradición existente, relacionada con el tema, así como lo mucho escrito basándose en ella, no ha facilitado el empeño; y sin embargo es preciso insistir para enmarcar adecuadamente las diversas épocas que abarca su culto; el suceso de la milagrosa aparición, sujeta al hito, tan fundamental para la historia de Madrid como lo fue su reconquista defini­tiva por el rey Alfonso VI, y la fuerza apasionada que tiene la devoción del pueblo madrileño a la Virgen de la Almudena, desde que surge en el primitivo poblado indígena y prosigue en las diversas amplia­ciones del mismo, siguiendo las vicisitudes porque atraviesa la villa en el transcurso de los tiempos.

Además, no es conveniente -y lo decimos no sólo desde el aspecto religioso, sino también siguiendo las más modernas corrientes de la investigación histó­rica- que despreciemos totalmente las fuentes de la tradición, que nos pueden aportar importantes da­tos.

El nombre de «Almudena». Interpretaciones anteriores lo hacen derivar de alma dona, que quiere traducirse como «santa señora». Hay quien se re­monta más en el tiempo, asegurando que tenía su origen en el paganismo por haber existido en el lugar un templo dedicado a Serapis, divinidad egipcia, en quien personificaban al casto José del Antiguo Tes­tamento, intendente del Faraón y al cual represen­taban con una medida para granos (almud) en su mano, no queriendo reparar en que esta palabra es específicamente arábiga.

Vera Tassis descifra así ingeniosa:

el vocablo, de manera

AL - Alma= Virgen, en hebreo. MU - Mater o mulier=madre. DE - De¡ =Dios.

NA - Natus =Nacido.

Con cierto simplismo, se asegura también que la denominación proviene de que mientras se habilita­ba un local decoroso para la imagen fue depositada en el pósito o alhóndiga, almudín o almudayna, de donde tomó el nombre la virgen; o de que el cubo o torreón donde permaneció oculta durante la Recon­quista estaba próximo al depósito de granos o alhón­

diga, y finalmente, siguiendo la búsqueda eti dirección, se afirma que en el sitio que ex¡ Madrid, destinado a la provisión de grano, los dores que venían a realizar sus ventas medía meramente un almud (equivalente a media fa con destino al culto de la Virgen.

Tras el riguroso estudio que realiza del tema dise Jaime Oliver Asín, en su conocida obra Historia del nombre de Madrid, es necesario admitir, como ,Va definitiva, esta versión: el término almudena previa­ne del vocablo árabe almudayna=ciudadela (ciudad pequeña). Por tanto, la mezquita allí situada era la mezquita de la ciudadela, es decir, de la almudayna y, al cristianizarse el templo y colocarse en él a la Vir­gen aparecida, el pueblo comenzó a llamarla de la Almudena.

Parece ser que en los últimos tiempos anteriores a la ocultación, el nombre de la imagen fue el de Con­cepción Admirable, o tal vez, tan solo, Virgen de la Villa; al paso del tiempo fueron totalmente olvida­das estas denominaciones.

Es un hecho curioso, y revelador al mismo tiempo, que la Patrona de Madrid lleve un nombre de origen arábigo que pone de manifiesto el ensamblaje de lo cristiano y de lo musulmán, con sus luchas, pero, también, con sus más duraderas épocas de coexisten­cia pacífica, compartiendo el quehacer de cada día bajo el entonces limpio cielo madrileño.

El origen de la imagen. La tradición expresa que fue traída a España por Santiago el Mayor (la ac­tual crítica histórica religiosa coloca sus dudas sobre la presencia real del Hijo del Trueno en nuestra Patria, mientras que cada día se confirma más la realidad de la venida del apóstol San Pablo). La imagen había sido tallada por José Nicodemus y pin­tada por San Lucas. Conviene hacer constar, al respecto, que no se trata del evangelista que según el mencionado San Pablo fue un excelente médico, sino que se refiere a otro Lucas, artista muy celebrado, que vivió en Oriente, en el siglo V, a quien, por sus virtudes se le consideró como santo y que bien pudo ser el que realizara la pintura de la talla. En su humilde trono fue colocada por San Colocero y los indígenas iniciaron una devoción que iba a penetrar a través de los siglos. Hasta aquí la piadosa leyenda.

Siguiendo las conjeturas, pero ya en el camino de la lógica, es de suponer que aquellos primitivos cristia­nos sintieron la necesidad de esculpir una imagen, pequeña de tamaño, algo tosca, con formas, detalles y colorines bizantinos o, tal vez, perrománicos, para representar a aquella Virgen que en tierras muy leja­nas había tenido en sus entrañas al mismo Dios hecho hombre; por otro lado, dentro de la mentalidad de su anterior paganismo recién abandonado, no fal­taron los ídolos femeninos y hasta de diosas vírgenes. Esta primitiva imagen mariana a que nos estamos refiriendo, al parecer, se quemó en tiempos de Enri­que IV.

Y un último dato sobre el tema, con objeto de pun­tualizar, en lo posible, donde todo son ambigüedades. Las imágenes cristianas se comenzaron a esculpir, con la natural tosquedad y en formas variadas, des­de la época de las catacumbas, pero no fue hasta el Concilio de Efeso, en el año 431, cuando se deter­minaron los rasgos fisonómicos que la Virgen tendría en sus representaciones escultóricas y pictóricas.

¿Dónde se encuentra la primitiva imagen? En verdad que la lectura de los comentarios -obre este punto origina una profunda confusión, estando mi tarea esclarecedora reducida a esquematizar las más importantes posiciones:

El mencionado Vera Tassis afirma que don Die­

go de Salazar, cura de la Almudena en 1652, reinan­do Felipe IV, «consintió que se cortase parte de la talla, por la espalda», aun con la oposición de algu­nos feligreses. El presbítero «recogió todo la madera que cepillaron, la cual se puso en una caja, bajo llave, pero queriendo después repartir las astillas entre los muchos que deseaban guardarlas a modo de reli­quias abrió de nuevo la caja y la encontró vacía».

De forma que -al no estar serrada la imagen ac­tual- tenemos que afirmar que no es la primitiva. Gerardo Mulle de la Cerda también llega a idén­tica conclusión, comparando la efigie actual con la pintada en el arca que primeramente guardó los restos de San Isidro, ya que presenta con ella nota­bles y variadas diferencias. Si es real la imagen de Atocha en el arca, no tenemos motivos para dudar que sea auténtica también la imagen de la Almudena.

Pero, además, este historiador plantea un nuevo problema: al realizarse un profundo estudio del enve­jecimiento de la madera de la imagen -pino de So­ria- se advierte que la cabeza es de una época más antigua que el cuerpo.

Para avivar más estas dudas y hacer más com­plejo aun el problema, en la desaparecida revista «Blanco y Negro», en su número correspondiente al diez de octubre de 1935, publicaba el señor Díez Vica­rio una fotografía de la Virgen en la que, aunque coin­cidían algunos detalles con la imagen pintada en el arca de San Isidro, se veía que estaba aserrada por la espalda, observándose sin embargo que la imagen se hallaba sentada y no de pie, como se aprecia en la mencionada pintura, además de que constantemente se ha afirmado este hecho referente a la postura.

En resumen, la imagen actual que veneramos no es la primitiva, y de ésta -o éstas- no poseemos datos fidedignos que nos permitan conocer exactamente sus características más específicas. ¿Dónde se en­

cuentran si es que han sobrevivido? ¿Cuándo, cómo y por qué se realizaron las sustituciones? Hasta el mo­mento, la historia permanece muda sobre tales por­menores.

Las imágenes actuales. Son cuatro y de ellas vamos a tratar en los siguientes apartados: Ella.-Nos referimos a la que sigue recibiendo el principal culto de los madrileños -¿desde el siglo XVI?- y que el dos de febrero de 1954 fue traslada­da a la catedral de San Isidro, donde actualmente se halla expuesta a la veneración de los fieles.

Está en pie; su aspecto es majestuoso y de pro­funda gravedad y señorío. El rostro es redondo, pro­longado, su color trigueño; los ojos grandes y ras­gados, nariz aguileña, frente espaciosa, la boca pe­queña, el cuello bien torneado, las manos largas, los cabellos rubios, caídos sobre el cuello.

El manto, recalzado de oro y de azul; la túnica, no muy escotada, es carmesí y oro; su talle lo ciñe una cintura dorada.

El Niño, desnudo, como si se descolgara con su brazo izquierdo, teniendo la mano derecha en el pecho maternal. El rostro es llano, atrayente, gozoso y, al mismo tiempo, posee una gravedad que impre­siona. Es tal la unidad de ambas figuras que pare­cen partes de una misma pieza.

La efigie de.la Virgen no se sustrajo a las leyes de la moda y estuvo, durante mucho tiempo, engalanada con telas que a veces habían sido vestidos de baile, y con joyas ostentadas en saraos por damas corte­sanas. Afortunadamente el obispo de la Diócesis madrileña, don Ciriaco Sancha, despojó a la imagen de las fastuosas telas que la adornaban.

Las demás efigies.         Hay otra representación es­cultórica de la Almudena, copia más moderna y casi idéntica a la anterior. Se encuentra en la cripta. La

talla se hizo con el fin de no trasladar la imagen a que antes nos hemos referido, y así asegurar su mejo conservación. Cada año, al llegar la víspera del '` nueve de noviembre, se lleva a la catedral par carla en la procesión conmemorativa y, post mente, se devuelve a la cripta, donde en el d mayor, presidiéndolo, se encuentra el resto del a

En otro altar de esta misma cripta existe otra imagen, vestida; conservándose atuendos de la mis­ma del siglo XVII, además de un rico traje de tisú blanco, bordado en oro, y el manto correspondiente, regalos de Isabel II, que luce cuando es colocada en el altar mayor, durante la ausencia de la anterior, a que ya hemos hecho referencia. Durante el resto del año, los niños bautizados en la parroquia son ofrecidos a la Virgen y pasados por su manto.

Finalmente la cuarta imagen se halla situada en un nicho, en los muros de contención de la bajada de la Cuesta de la Vega. Recuerda el posible sitio donde -según la tradición- surgió ante el pueblo, recon­quistado Madrid por las tropas de Alfonso VI. Ante ella, las tardes de los sábados, muchos madrileños entonan la hermosa plegaria de la Salve.

Entre la tradición y la historia. Sí; en el comentario de los primeros tiempos de esta arriesga­da devoción tienen que ir entrelazadas en el relato, porque no hay manera de separarlas entre sí dicien­do esto es lo real y esto es lo legendario; pero ello no es óbice a nuestro propósito, que no es riguroso ni -mucho menos- erudito, ya que la permanencia de lo tradicional puede añadir a la narración poesía y amenidad.

La invasión romana facilita las comunicaciones, pero se le debe a la goda el establecimiento del ne­cesario esqueleto legislativo sobre el que se tiene que sustentar una nación, y que, por tanto, fue la primera que influyó poderosamente en la región central y, por ello, en aquel Madrid tan nebuloso desde nuestra contemplación de hoy.

Sobre la presencia visigótica en la villa se lanza la imaginación fácilmente a volar y hasta se habla de una catedral (siempre el sueño de tener una catedral en las mentes madrileñas), a la que no le faltaría la pintura mural de un San Cristóbal -el consabido y gigantesco Cristobalón catedralicio-. Posteriormen­te, al afirmarse Toledo no sólo como capital política sino igualmente religiosa -fue sede de diversos con­cilios-, la catedral quedaría reducida a una simple colegiata, hasta se dice que «regida por canónigos» de la orden de San Agustín. Leyendo estas referencias, sin querer, aflora a nuestro semblante una sonrisa irónica, pero no así al comprobar documentalmente una carta escrita por San Ildefonso, gran devoto de la Virgen de la Almudena, a un amigo suyo, canónigo de Zaragoza, que en un fragmento de la misma decía­le que si venía a Madrid adorase en su vega a «una singular y devotísima imagen de la Virgen María, muy semejante a la del sagrario de Toledo», señas que aluden -sin duda- a la Almudena, porque en­tonces no había dentro de la reducida villa más vega que la que rodeaba a Santa María.

¿Cómo vive Madrid durante esta época? En paz. Caza. Cultiva la tierra. Duerme. Se aburre un poco. Los últimos años de la dominación goda fueron para los madrileños de sobresalto, que cada vez se repetía con mayor frecuencia e intensidad. Primero sería «un dicen que los moros han cruzado el Estrecho».«No es para preocuparse, los nuestros los arrollarán fácil­mente; además eso ocurre en tierras lejanas, muy le­janas». Más tarde alguien llegó con la noticia: «¡Ya están en la Bética!» «Y ¿qué?; la Bética se halla mucho más lejos que Alcalá y que Toledo». Después vendría una frase a atormentar la mente de los habi­tantes de la villa: «¡Qué vienen los moros!» Y la querida imagen, que ya era algo consustancial con ellos, era escondida para que no fuese profanada, y cuando parecía que había desaparecido el peligro se la sacaba de su escondite. Pero, como en el cuento, el lobo terminó por llegar y surgió la rotunda noticia: «¡Los moros! ¡Qué vienen; qué se acercan; qué ya están aquí!» Y, presurosa, la comunidad cristiana en­comendó a un leñador que emparedara la sagrada efigie en un cubo de la muralla descarnada, no sin antes de que el pueblo la adorara, colocándosele dos cirios encendidos. No había temor alguno: el Manza­nares sabe guardar bien los secretos. (Por entonces nació, en la calle de las Aguas, un pocero, y también labrador, que daría mucho que hablar: se llamaba Isidro).

Un día cualquiera del siglo VIII, o del IX, el visi­godo carpetano de Madrid recibe la visita del musul­mán. Una afinidad, todavía no suficientemente expli­cada, hace que el indígena no repela ni soslaye la convivencia, que se realiza sin grandes choques y llena de mucha comprensión y generosidad para sus mutuas creencias, y el carpetano y el bereber aprietan su vivir, dentro del primitivo recinto amurallado, durante varios siglos.

Búsqueda y, por fin.., encuentro.

Año de gra­cia de 1083. Las huestes de Alfonso VI, el monarca atado a la leyenda con versos del Romancero, con­quista Madrid como operación previa a su gran obje­tivo bélico: la importante ciudad de Toledo, estraté­gicamente situada. Llega a oídos del monarca la noti­cia de que, ante la llegada de los musulmanes, los madrileños habían ocultado una milagrosa imagen mariana; se ordena la búsqueda, que de momento resulta infructuosa; se consagra la mezquita al nuevo culto, pintándose en el muro correspondiente del altar mayor -según la tradición- a la Virgen de la Flor de Lis. La imperial-ciudad, que todavía no es imperial, se resiste al empuje cristiano. Una idea fija permane­ce en el cerebro del monarca: el no haber recuperado la buscada efigie tal vez sea el motivo de su fracaso guerrero ante la ciudad que abraza varonil el padre Tajo. Un romance anónimo, ingenuamente, así lo manifiesta:

«Con lágrimas en los ojos dobla la rodilla en tierra y de buscar a la Virgen hace solemne promesa tan pronto como Toledo vencida y tomada sea.»

Recuperada por fin Toledo, Alfonso VI regresa a Madrid. Según unos, intenta destruir la ciudad para así hallar la imagen buscada; según los más, se orga­niza una solemne procesión, pidiendo a su Patrona que no les privara por más tiempo el consuelo de adorarla. Había empezado a caer la noche. La pe­queña vega se adormecía soñando frutos. Se distin­guía débilmente el rojizo resplandor de las últimas luces que entraban en la iglesia, en cuyo interior re­sonaban los cánticos litúrgicos. De pronto un es­truendo conmovió a todos. Antes de que algunos acierten a salir del templo, otros penetran en él con un gozo radiante; sus ojos son un torrente de lá­grimas; tartamudean; sus manos indican hacia la parte de la vega y, por fin, salen de sus labios unas palabras entrecortadas: «En la muralla... allí está». La muchedumbre se precipita en aquella dirección y, al llegar, todos se postran de rodillas. Uno de los cubos del muro se ha desplomado, dejando ver, en pie, a la imagen de la Virgen María.

Tuvo lugar este notable suceso el día nueve de no­viembre de 1085 -ahora se va a cumplir el noveno centenario del acontecimiento-, a los trescientos se­tenta y tres años de haberla ocultado. Los cirios que durante este largo tiempo la habían acompañado, continuaban encendidos.

Transcurren las centurias. A la Reconquista aún le faltan cuatro siglos para su conclusión. Madrid se va haciendo mayor, pero poquito a poco, sin exagerar. Ahora ya son tres las comunidades que conviven en su recinto: mudéjares, judíos y cristianos; siguen sin pelearse demasiado y se divierten más, ya que los musulmanes, descansan el viernes oficialmente, los hebreos el sábado, y los cristianos lo realizan el do­mingo, aunque el vulgo aprovecha las tres festivida­des.

Eso sí, de cuando en cuando, aún vienen los so­bresaltos, como ocurrió reinando en Castilla Alfon­so VIII, que los invasores reforzados por los almoha­des cercaron a Madrid con el propósito de rendir la plaza por falta de víveres. Pasaron los días y el ham­bre comenzó a atormentar a los sitiados. Las plega­rias a la Virgen se hicieron entonces más intensas. Unos niños que jugaban a los pies de la iglesia se pu­sieron a escarbar en una de las nuevas paredes, ha­ciendo una pequeña abertura que, prolongada des­pués, dio paso a tan gran cantidad de trigo que no sólo hubo bastante para alimentar a los cercados, sino que pudieron arrojarse a los sitiadores muchos sacos, con lo que se convencieron de que habían sido socorridos los cristianos y abandonaron su empeño. Según los historiadores, ocurrió este hecho en agos­to del año 1197.

Trasladada con toda solemnidad la imagen a su antiguo templo, según lo describe en bellas y fervo­rosas estrofas Lope de Vega, fue colocada en  altar mayor, conociéndosela desde entonces con el nombre ( Almudena, en recuerdo del lugar en que fue

hallada; otorgándola Alfonso VI el título de Real; fo ii mando su cabildo, como colegiata, con monjes , San Benito y adornando los muros de su camarín I, u, estandartes cogidos a los moros en las frecuentes bélicas mantenidas con ellos.

La vieja iglesia de Santa María.            

Ya es hora do. que nos detengamos, no con la minuciosidad ctrue desearamos, para hablar del templo que tantos siglo.s sirvió de modesto, pero entrañable estuche de la mili grosa efigie mariana. Naturalmente que nos estamos refiriendo a la iglesia de Santa María, seguramente, la primera que hubo en la villa.

Ocupaba la manzana que al final de la calle Mayor da frente al edificio de los Consejos, en cuya calle abría la puerta principal, con su corte neoclásico, que delataba la reforma -la última- llevada a cabo por Ventura Rodríguez. La fachada que daba al saliente correspondía al presbiterio y al camarín de la Virgen, y salía al callejón de la Almudena por un balcón saledizo; al pasar por debajo de él, en la trágica noche del martes de Pascua de 1577, fue asesinado Escobe­do, secretario de don Juan de Austria, salpicando su sangre los muros del mencionado camarín. La fa­chada norte daba a la plaza de Santa María y en ella se abría la puerta llamada de Reyes, por ser los mo­narcas la que utilizaban para entrar en la tribuna real; junto a ella se elevaba una esbelta torre mudé­jar con ocho huecos y seis campanas, coronada con un típico chapitel.

El interior era de tres naves, con crucero sobre el que se abría la cúpula. El retablo del altar mayor estaba revestido de repujados y labores y en su centro se abría el camarín de la Virgen sobre un trono que le regaló el Ayuntamiento en 1640.

Entre sus capillas merecen destacarse la dedicada a Santa Ana, de un gótico florido, que había funda­ Carlos I; y la capilla del Santo Cristo de laSan Antonio el Guindero, donde se daba culto,( altar principal, a una bella imagen de un cruce,y. , can un lateral, al famoso cuadro a que se refiereconocida leyenda que hemos relatado en el capítulo cuarto. También había una cripta, con un altar pre­sidido por un Ecce-Homo, que fue mudo testigo de un sinnúmero de penitencias cuaresmales.

La Revolución de 1868 había triunfado y el primer Ayuntamiento que se constituyó, mandó demoler el templo, sin tener en cuenta las protestas del clero y de los fieles, ni los antecedentes históricos de tan tradi­cional iglesia. El día veinticinco de octubre del refe­rido año se celebraba la última misa, precisamente en el altar de la Virgen, cantándose seguidamente una Salve de despedida que fue interrumpida varias veces por los sollozos del pueblo madrileño.

Por último las bernardas del Santísimo Sacramen­to acogieron en su templo a la sagrada imagen, en el que permaneció hasta su traslado a la cripta de la nueva catedral proyectada, verificado el treinta y uno de mayo de 1911.

El sueño de una catedral madrileña. ¿Desde cuándo? Creo que desde casi siempre. Ya hemos rela­tado cómo ciertos comentaristas -sin gran base do­cumental, pero al hacerlo ya reflejan este deseo-nos hablan de su existencia en la época goda y hasta enumeran y citan algunos de sus principales canó­nigos. Esta aspiración de tener una catedral, tan hon­damente sentida, llega intacta hasta la llegada de los Austrias al trono español y se continúa, así, renova­do, el largo proceso histórico para poderse encarnar definitivamente en piedra. Carlos I pretendió elevar a catedral la parroquia de la Almudena, y consiguió por Bula del Papa León X la autorización corresponde las posibles fórmulas en estudio, ya que se trata de que sea «una obra de todos».

El primero de julio del actual año de 1984 -cuando se escriben estas páginas- se van a reanudar las obras y se espera que estén terminadas en el plazo de cuatro años. En verdad que nos parece mentira que el sueño de una catedral madrileña se convierta -por fin- en gozosa realidad.

Devoción profunda con algo de misterio. A partir de la milagrosa aparición de la imagen, sur­gen, espaciados, documentos en los que se alude, no sólo a su presencia física, sino también a la influen­cia que va ejerciendo en la villa, que, cuando ésta se ensancha, comparte con la que origina la cortesana Virgen de Atocha. Lógicamente, ella no es más que manifestación de un fervor popular que, por diversos factores, se va apoderando del sentir religioso de los madrileños, creando una devoción, rodeada de un vago halo de misterio; devoción que se hace aún más profunda y extensa a partir del siglo XVII, en que se demuestra no sólo en viejos pergaminos y añejas consejas, sino igualmente en testimonios literarios y pictóricos de excelente calidad y en ofrendas de obje­tos y joyas de gran valor pecuniario y artístico.

Del voto de la villa al patronazgo, pasando por la coronación. Los señores regidores de la villa y corte, el día ocho de septiembre de 1646, tomaron el siguiente acuerdo:

«Que esta villa vota la asistencia a la festividad de Nuestra Señora de la Almudena, día de Nuestra Señora de septiembre, como es dicho día, perpetua­mente para siempre jamás, esperando que este servi­cio le será muy agradable a la Virgen Santísima y puede esperar muy buen suceso a su intercesión para

las armas de su majestad y bien público de esta villa».

Continuó realizándose en dicha fecha, durante mu­chísimos años con la asistencia oficial del Ayunta­miento, aunque, a partir de 1836, esta presencia apa­rece y desaparece, de acuerdo con los avatares polí­ticos que se suceden en el gobierno de la villa durante los últimos ciento cuarenta y ocho años transcu­rridos.

No tenemos noticia fehaciente del patronazgo, más que el asenso unánime realizado por el clero y el pueblo con motivo de la terrible inundación que hubo en Madrid en el año 1645. Eso si, tampoco hay voz discrepante que, con razones suficientes, haya podido contradecir tal patronazgo; antes bien, tres hechos significativos parecen confirmarlo:

La concesión de la primera Medalla de Oro de Ma­drid, impuesta con motivo del tricentenario de aquel suceso el día ocho de septiembre de 1945, por el alcal­de de la ciudad en esa fecha.

Es coronada canónicamente, tras haberse obteni­do de Roma las bulas necesarias, el diez de noviem­bre de 1948, por el entonces obispo de Madrid-Alcalá.

Posteriormente, en 1976, y bajo el reinado de Su Santidad el Papa Pablo VI, coincidiendo justamen­te con el primer año en que el nueve de noviembre fuera considerado fiesta laboral, el entonces arzobis­po de Madrid, Cardenal Enrique y Taranc6n, conse­guía del Vaticano, que el patronazgo de la Almude­na se extendiera a toda la diócesis.

Tres hermandades para una Virgen.

La Real Esclavitud.-Es la más antigua de to­das, ya que fue fundada en 1640, siendo sus prime­ros miembros los reyes Felipe IV y su esposa Isabel de Borbón. Celebra sus principales cultos en sep­tiembre, en conmemoración del mencionado voto de la villa. El «esclavo» obtiene indulgencia plenaria en todas las festividades de la Virgen, en la octava de la Natividad, en los días de la Santísima Trini­dad y San José. En la fecha de su ingreso en la her­mandad gozará del mismo privilegio espiritual y de sesenta días de indulgencia, siempre que obrare al­gún acto piadoso.

La Hermandad del Rosario Cantado. Aunque se ignora su origen, consta que ya era popular en el siglo XVIII. Celebra el nueve de noviembre -aniver­sario del descubrimiento de la imagen-, su fiesta oficial, que ha sido precedida por la correspondiente novena y que termina con la procesión de la Virgen por las calles del viejo Madrid; precisamente, en 1789, durante una de estas procesiones, un jardinero con­cibió el proyecto de apoderarse de las joyas de la Patrona madrileña; le acusó, en el correspondiente juicio, el fiscal de la Audiencia y gran poeta neo­clásico español, don Juan Meléndez Valdés.

Estas dos congregaciones piadosas son mixtas, es decir que están formadas por personas de ambos sexos; no así ocurre con la tercera, reservada al elemento femenino.

La Corte de Honor.     Fue fundada en 1912, por la infanta doña María Teresa de Borbón y Habsburgo, hermana de Alfonso XIII. La infanta vivía exac­tamente enfrente de la cripta y sintió en su orazón la soledad de la Virgen; para acabar con e consti­tuyó esta corte, dedicada principalmente a dar guar­dia constante a la Virgen, efectuando sus miembros un turno ininterrumpido de vela. Al advenimiento de la II República, con la salida de la familia real de España, no se pudo designar el cargo superior de la hermandad, el de Hermana Mayor, debido a que éste -según el acta fundacional- tenía que recaer en «la persona de sangre real más significada en España».

La hermandad experimentó una crisis, que ya se está superando, al realizarse la necesaria adaptación a los tiempos actuales: con una aceptación total de miem­bros, sin excepción alguna, marcando unas obligacio­nes mínimas devocionales, teniendo en cuenta la actividad que desarrolla la mujer moderna, y cam­biando su primitivo objetivo, los turnos de vela, por otros fines de carácter social, con una profunda de­dicación a los necesitados. La corte celebra misa mensual el día veinticinco de cada mes en la cate­dral de San Isidro. Sus miembros asisten con traje negro, peineta y mantilla -elegancia clásica espa­ñola- al gran desfile procesional del nueve de no­viembre por el evocador Madrid de los Austrias. Las pisadas rítmicas son como sordas trompetas que despiertan en la tarde otoñal madrileña, por unos minutos, a Isidro, a Lope de Vega, a Alonso Cano, y también -¿por qué no?- al conquistador castella­no, el rey Alfonso VI.

Las circunstancias históricas han hecho que per­manezcan en diversas ocasiones juntas, en los mis­mos templos, la Virgen de la Almudena, a la que aca­bamos de referirnos, y la Virgen de la Flor de Lis, que lo hacemos a continuación. Asimismo sus respecti­vas devociones han coexistido gozosamente.

 

ISidro-Isidoro, nace en Madrid, probablemente el 4 de abril de 1082. En ese día se celebraba la fiesta de San Isidoro de Sevilla a quien el pueblo español había honrado siempre con una particular devoción. Esta admiración por el santo sevillano se había acrecentado unos años antes de nacer Isidro, al ser trasladado su cuerpo de Sevilla a León (1063) por el rey Fernando 1. En este traslado «tuvieron lugar grandes milagros y numerosos prodigios». Los padres de Isidro, por esta razón, o quizá por la costumbre que existía en España de imponer al recién nacido el nombre del santo en cuyo día nacía, eligieron para su hijo el nombre de Isidro (o Isidoro).

Desconocemos el nombre de sus padres, hecho muy normal en la antigüedad, cuando la persona biografiada no pertenecía a la alta sociedad. El escritor no se detenía en detalles carentes de interés para sus lectores. Con todo, según las declaraciones de los testigos en los Procesos, pertenecería: por parte paterna, a la familia de los Isidros que vivían en el barrio de San Martín, extramuros del antiguo Magerit; y por parte materna, a la de los Merlos que vivían hacia el su reste, dentro de las murallas, junto a la

parroquia de San Andrés. Eran cristianos mozárabes, de convicciones religiosas profundas que supieron transmitir a su hijo '.

            Lope de Vega, uno de los mayores admiradores de su paisano Isidro, nos ha dejado páginas hermosas de la vida del santo labrador. No son simples fantasías. Había leído todo lo escrito anteriormente sobre el santo;Miraba las maravillas

conocía las costumbres y el modo de vivir deque el vcrde campo brotaba,

los madrileños en centurias anteriores, y a Dios tantas gracias daba,

además tuvo acceso a la amplia documentación recogida por el P. Domingo de Mendoza, comisario pontificio para la beatificación de Isidro '.

A la hacienda que tenía iba Isidro cada día, oyendo misa primero, porque era Dios el lucero con que Isidro amanecía.

Nacimiento y niñez

 

Nació en Madrid finalmente nuestro labrador divino, y aunque acá villano vino, volvió ilustre y excelente al trono del Uno y Trino...

No anduvo en juegos ningunos con muchachos importunos, ni juró como lo hacen, casi primero que nacen, el nombre de Dios, algunos.

 

Crecía Isidro, y en él la virtud y el ejercicio; sin ofenderle este vicio, ni en el ser a Dios fiel, ni* en las cosas de su oficio.

Señor, enseñad mi fe, sed vos el maestro mío, enseñadme sólo vos, porque solamente en vos lo que he de saber conFio...

 

El Isidro, Canto I

En Torrelaguna

 

Muerto Alfonso VI, Alí ben Yusub, rey de los Almorávides, creyó llegada la ocasión de incorporar nuevamente Toledo al dominio mahometano. Cercó la ciudad; pero el ejército castellano, a las órdenes de Álvar Fáñez Minaya, le forzo a la retirada. Se dirigió entonces el jefe árabe a la conquista de Madrid. Los madrileños se defendieron con gran coraje, «pero no pudiendo resistir tanto número de moros, al fin consiguió el rey Alí entrarla por la fuerza... Sucedió este sitio de Madrid por los años de 1108».

                        Muchos cristianos abandonaron la ciudad, huyendo hacia el norte. Uno de ellos fue Isidro, que se refugió en Torrelaguna.

            Allí se ajustó con un vecino del pueblo como criado de labranza. «Hecho el concierto, comenzó a labrar las tierras de su nuevo amo.

            Al poco tiempo se conoció las mejoras de la y estaba tan bien querido y estimado en boda aquella tierra que no sólo la gente de Torrelaguna, sino la de aquel contorno y lujares circunvecinos, le cobró gran afición por su buen vivir y conversación afable». «Algunos de aquellos labradores, amigos apasionados del siervo de Dios, viendo las muchas descomodidades que padecía estando soltero, conocieron la necesidad que tenía de compañía, para alivio de sus trabajo y tareas»

 

María Toribia (de la Cabeza)

Según una tradición fiable, Isidro conoció a María en Torrelaguna, donde se encontraba sirviendo. Era natural de Uceda, pues «aunque naciese en Caraquiz, según se lee en la mayoría de los testigos que fueron examinados en los Procesos, como Caraquiz nunca fue lugar con parroquia propia. Sin una alquería en el término y territorio de Uceda, siempre se dirá, con razón, que fue la santa de Uceda»,

En los Procesos aparece comúnmente con el nombre de María, alguna vez con el de Toribia. «El sobrenombre de la Cabeza no es apellido propio; porque en aquel tiempo sólo la gente noble usaba de los apellidos... El sobrenombre se debe a que después que pasó a la gloria esta labradora celestial, fue colocada su bendita cabeza en una ermita de Nuestra Señora, que está junto a Caraquiz. al poniente, entre el río Jarama y Torrelaguna. Llamábase antiguamente nuestra Señora de la Piedad. En el principal altar de este santuario gozó por muy dilatado tiempo, en virtud de sus muchos milagros, tanta veneración. y fama la reliquia de esta santa cabeza, que dio renombre a la Imagen de nuestra Señora, llamándose desde entonces la Virgen de la Cabeza, y a la misma santa también, nombrándose Santa María de la Cabeza desde aquel tiempo».

 

SAN ISIDRO LABRADOR

N

 

ace en Madrid el 4 de abril de 1082. Aunque hay cierta controversia entre los distintos historiadores que han escrito sobre él en cuanto al día, me inclino por el que cito, en consideración a que se correspondía con la festividad de San Isidoro, nombre con el que se le bautiza y que, posteriormente, por contracción, se transformaría en el que conocemos y veneramos. En varios documentos antiguos en castellano, incluido el Poema del Mío Cid, aparece citado dicho Santo ya como "Esidre" .

No he encontrado referencias alusivas a su infancia. Por ello, inicio la semblanza biográ­fica a partir de sus años de juventud, comenzan do por decir que, aunque como todos sabemos, fue agricultor, antes trabajó horadando la tierra para obtener agua -oficio del padre- y con tan buena mano que no abría pozo del que no manase abundante caudal, aún tratándose de tie­rras secas.

En esta etapa nos vamos a encontrar ya con el que pudiéramos denominar su primer milagro. Cuéntase que una señora principal, lla mada Da Nuña, mujer muy piadosa, le contrató para que le abriese uno en su alquería; tropezó ion un terreno de roca viva que le puso en un _rase aprieto, pero lo venció mediante la ora­.ión. consiguiendo que se ablandase la piedra, `,agita el punto que quedó impresa en ella la hue­de su pie.

Muertos ya sus padres y con ocasión del :2°rco que pone al Alcázar madrileño el hijo de ? •uf ben Taxfin, rey de los almorávides, huye la ciudad, al igual que otros muchos habitan­refugiándose en Torrelaguna. Aprovecho sitar, a título de curiosidad, que precisa­_ -; el emplazamiento del campamento de pus huestes daría nombre al lugar que ~Javla conocemos como Campo del

En dicho pueblo obtiene trabajo como mozo de labranza. Comienza su tarea, y se dice que fue tal el beneficio que obtuvo que, en poco tiempo, el dueño reconoció como sus mejores tierras las que le trabajaba Isidro, siendo recom­pensado con una pequeña porción para que la sembrase por cuenta propia.

Todo iba muy bien, pero un agosto reco­gió de la parcela que explotaba para sí más trigo que su amo en sus extensos terrenos, lo que hizo sospechar a éste si ello no sería debido a una traspolación del suyo. Para evitar cualquier pro­blema, Isidro le entregó el propio, quedándose exclusivamente con la paja y ¡otro milagro!: pasa de nuevo la bielda para ver si ha quedado entre ella algún grano con que atender a las necesidades de los pobres a los que ayudaba y obtiene mucho más trigo del que cedió.

Es en esta villa donde se casa con la pia­dosa doncella María de la Cabeza-también san­tificada- trasladándose a vivir a la alquería de Caraquiz, donde toma a renta parte de las here­dades de un vecino de Torrelaguna. Aquí van a producirse algunos episodios milagrosos, como dejar inmóviles a unos galgos que iban persi­guiendo a una liebre; pasar con su esposa el río Jarama, muy crecido, sobre una mantilla de ellaque arrojan al mismo y obtener un manantial de rica agua de una roca para calmar la sed de un caballero que acude a él sediento, hecho que habría de repetirse después en Madrid, en el lugar en que hoy existe su ermita.

En unas tierras que trabaja próximas a Talamanca conoce ocasionalmente al propieta­rio, el hidalgo Juan de Vargas, con quien con cierta venir de nuevo a Madrid para ocuparse de sus tierras; al efecto, se traslada el matrimonio, acomodándoles en su casa-palacio -que poste­riormente pertenecería a Los Lujanes y a sus descendientes los Condes de Paredes- y en cuya fachada encontramos la placa. El edificio, des­pués de años prácticamente abandonado. está siendo reconstruido.

Es precisamente estando al sen-icio de este señor cuando va a producirse el milagro más conocido suyo y con el que ha sido repre sentado en lienzos, grabados. etc. Tuvo lugar cuando su amo, ante la denunciada negligencia de su siervo, acude personalmente para compro­bar su comportamiento en el trabajo y observa como unos ángeles dirigían el arado mientras Isidro permanecía en oración.

El que podríamos catalogar en segundo término, en cuanto a grado de conocimiento, es el ocurrido otro día que, cuando estaba en su faena, su hijo, de corta edad, se cae al pozo de la casa y cuando regresa, al ver la gran aflicción de su esposa, se encomienda a la Virgen de la Almudena y, por su intercesión, logra que suban las aguas hasta el brocal y les devuelva el chico sano y salvo.

Podría seguir relatando muchos otros. pero haría interminable la que pretendo sea sín­tesis de su biografía y paso a analizar si serían ellos suficiente justificación para elevarle a los altares. Para encontrarla, quizá sea imprescindi­ble situarse en la época. Veamos:

En Madrid, pequeña villa entonces, coe­xistían tres tipos de moradores con sus respecti­

vas religiones: moriscos, judíos y cristianos y éstos con un grado de espiritualidad que dejaba bastante que desear. mezclando ,u escasa fe con mucha superstición. fanatismo. milagrería y astrología. Y es aquí donde. según José Ma de Mena. puede radicar el quid de la cuestión.

Según él, Isidro no fue aclamado santo por milagros más o menos taumatúrgicos y espectaculares. sino por su conducta, muy dis tinta a la normal en su tiempo y que sirvió de ejemplo a toda una sociedad. Piénsese que el propio clero de entonces poco contribuía a ello, pues es sabido que muchos curas, los denomi­nados de olla ~ barragana. vivían amancebados

más dedicados a la caza \ a la comilona que a la predicación y al sacramento.

Muere Isidro el 15 de mayo de 117?. sien­do enterrado en el cementerio de la Parroquia de San .-Xndrzs. a la que pertenecía. Relatar todo el peregrinaje de sus restos. procesos eclesiásticos hasta su canonización \ efemérides acontecidas desde su óbito hasta nuestro: días me llev cría un espacio veinte veces superior al dedicado a los pasajes de su vida, objetivo primordial mío, por lo que voy a prescindir de ello, salvo decir que la magnífica Plaza Mayor madrileña fue inaugu­rada precisamente para celebrar con distintos festejos y durante seis días su beatificación.

Lo que si voy a contar para terminar, es algo que quizá para muchos sea desconocido. En Méjico hay un pequeño pueblecito que le tiene también por Patrón, donde, con ocasión de una visita pastoral del obispo de la diócesis, se le cantó un disparatado motete por el organista, a su vez sacristán de la iglesia del lugar, que pre­sumía de poeta y que le profesaba una gran veneración. Leamos la primera estrofa y tam­bién última, porque no le dejaron continuar:

 

Bendito San Isidro Labrador

padre putativo de Jesús,

María y José que un puntito le faltó

         para ser Madre de Dios.

 

 

POESIA:

A San isidro yo canto

que era pobre y era santo.

Fue por los días mejores,

el campo vestía flores.

Debía ser primavera,

crecía la sementera.

Pronto abandonaba el sueño

este santo madrileño.

San Isidro Labrador

sale al campo antes que el Sol.

Y se pone a trabajar

a los pies del vendaval.

Ve rezar a las hormigas

y las llama sus amigas.

Ve volar a los gorriones,

y les enseña oraciones.

Los bueyes se quedan quietos

en el silencio del huerto.

Deja el arado en la encina

y su rostro se ilumina.

Se arrodilla en el sembrado

y se queda ensimismado.

Mal vestido en su pobreza,

de rodillas ¡qué grandeza!

¡Qué señorío y nobleza

en medio de su rudeza!.

- Señor, tu voluntad sea...

(se le olvida la tarea).

- Das el árbol, das el trigo,

das la sombra y el abrigo.
- Das la lluvia en el verano,
todo brota de tu mano.

- Das la leña en el invierno,

nos das todo, Padre Eterno.

Así rezaba el Señor

San Isidro Labrador.

Y se le pasan las horas,

mientras él ora que ora.

¡ Bajan ángeles veloces

con herramientas y hoces.

Y se ponen a segar

la cebada del lugar.

Vuelve a moverse el arado,

por los ángeles guiado.

Los bueyes, en movimiento,

daban muestras de contento.

Y nunca vieron las flores

tan hermosos labradores.

Los peces del Manzanares

notaron sus alaridades.

Cuando se ocultó la luna

vieron sus alas de pluma.

¡ Un hortelano lo ha visto!

eran ángeles de Cristo.

¡ Eran rubios y espigados

y volaban afanados!

El milagro sucedió

a los pies del Labrador.

 

HIMNO A SAN ISIDRO


CORO
Oh Glorioso Patrón San Isidro,
hoy nos tienes postrados aquí,
implorando tu ayuda y tu auxilio
para un pueblo que tiene fe en ti,
Este pueblo que fuera tu pueblo,
al que fiel tú supiste servir

y que guarda constante el recuerc
de quien vela y protege a Madrid

SOLISTA

En tus manos el rústico apero
es emblema de paz y virtud,
pues con él, como humilde labriego
de la Gloria acreedor fuiste tú.
Trabajando afanoso y callado

en la vida imitaste a jesús

y trazando los surcos de arado
con paciencia abrazaste su Cruz.

Se repite CORO

ORACIÓN POR ESPAÑA

Dios todo Poderoso y Eterno; Tú, que por el amor que tienes a
nuestro Santo Patrón San Isidro Labrador, derrama sobre
nuestra Patria, tus bendiciones; ayúdanos a mantener nuestra
fe, ilumina a nuestros gobernantes, para que administren con
prudencia y sabiduría, aparta de nosotros la lacra infame del
terrorismo y líbranos de todos los males, por el amor que
profesamos a San Isidro.

Amén



San Isidro, nació en Madrid, en el seno de una familia pobre, huyó a Torrelaguna, cuando Madrid fue tomada por los almorávides y allí se casó con María Toribia ( venerada como santa María de la Cabeza). Volvió a Madrid y trabajó en los campos de Juan de Vargas. Fundó una cofradía de adoración del Santísimo Sacramento, se le consideró santo desde su muerte, al parecer acaecida en 1130 . Fue enterrado en la parroquia de San Andrés y sus restos incorruptos, se veneran en la catedral madrileña de su advocación.
Fue beatificado en 1618 y canonizado en 1622, su culto se extendió por Francia, Alemania y Austria. En Alía, al cual los ganaderos y agricultores le decidieron nombrar su patrón, se le invoca para que proporcione buena cosecha y les traiga el agua en días de escasez.