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U na antigua leyenda judía tomada del libro apócrifo "La vida de Adán y Eva" cuenta que Adán, en la enfermedad que le llevaría a la muerte, mandó a su hijo Set, junto con Eva, a la región del Paraíso para traer el aceite de la misericordia, de modo que le ungiesen con él y sanara. Después de tantas oraciones y llanto de los dos en busca del árbol de la vida, se les apareció el arcángel Miguel para decirles que no conseguirían el óleo del árbol de la misericordia, y que Adán tendría que morir pero les añadió una palabra de consuelo. El arcángel le dijo que vendria el Rey bondadoso, Cristo, el Hijo de Dios, y ungiría con el óleo de su misericordia a todos los que creyeran en él: "El óleo de la misericordia se dará de eternidad en eternidad a cuantos renaciesen por el agua y el Espíritu Santo. Entonces, el Hijo de Dios, rico en amor, Cristo, descenderá en las profundidades de la tierra y llevará a Adan y a todos los justos al Paraíso, junto al árbol de la misericordia". En esta leyenda puede verse toda la aflicción del hombre ante el destino de enfermedad, dolor y muerte que sufre. En alguna parte -han pensado repetidamente los hombres- deberá haber una hierba medicinal contra la muerte. Sí, la hierba medicinal contra la muerte existe pero no lleva sólo a prolongar indefinidamente esta vida actual, sino más bien transforma nuestra vida desde dentro. Crea en nosotros una vida nueva, verdaderamente capaz de eternidad, nos transforma de tal manera que no se acaba con la muerte, sino que comienza en plenitud con ella. L o nuevo y emocionante del mensaje cristiano, del Evangelio de Jesucristo es esto que se nos dice: -Sí, esta hierba medicinal contra la muerte, este fármaco de inmortalidad existe. Se ha encontrado. Es accesible. Esta medicina se nos da en el Bautismo. Una vida nueva comienza en nosotros, una vida nueva que madura en la fe y que no es truncada con la muerte de la antigua vida, sino que sólo entonces sale plenamente a la luz. Lo que ocurre en el Bautismo es el comienzo de un camino que abarca toda nuestra existencia, que nos hace capaces de eternidad, de manera que con el vestido de luz de Cristo podamos comparecer en presencia de Dios y vivir por siempre con él. Cristo es el árbol de la vida hecho de nuevo accesible. Si nos atenemos a Él, entonces estamos en la vida. Por eso, Pablo puede decir a los Filipenses: "Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres" (Flp 4,4). No se puede ordenar la alegría. Sólo se la puede dar. El Señor resucitado nos da la alegría: la verdadera vida. Estamos ya cobijados para siempre en el amor de Aquel a quien ha sido dado todo poder en el cielo y sobre la tierra (cf. Mt 28,18).
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