Yo
nací en una familia numerosa, que me enseñó los
contenidos de la fe, pero de la que no supe aprender a vivir la relación
con Dios. Por eso fui creciendo como si Dios no existiera y no tuviera
nada que ver con mi vida.
Ya
desde pequeño empecé a meterme en serios líos.
A los once años me dedicaba a robar chapas de coches para venderlas
en el rastro y a forzar las cerraduras de los coches. Desde muy pronto
me pasaba el día en la calle, y no paraba por casa.
Cuando
estaba en octavo, iba con los amigos a un parque donde, desde unos matorrales
disparábamos a la gente que iba por la calle con una pistola
de aire comprimido que habíamos arreglado para que hiciese más
daño. También llenábamos de agua las bolsas negras
"para los perros" y concursábamos a ver quién
acertaba a la gente que pasaba por la calle; en internet nos dedicábamos
a mirar páginas "inapropiadas", etc. También
empecé a salir con una chica del pueblo, y no era un modelo de
pureza.
Cuento
esto para que veáis que era un chico "normal", y no
exactamente un modelo de comportamiento.
Pero
a la vez que llevaba esta vida turbulenta, iba creciendo en mi interior
una sensación de vacío. Tenía sólo quince
años, pero veía cómo mi vida carecía de
sentido, y me angustiaba ante el vacío que hallaba en mi interior.
Muchos días me ponía a llorar sólo de ver lo absurda
que era mi vida, y cómo no había nada que la llenara.
Fueron años de mucho salir por ahí, muchas maldades, mucha
diversión... y mucha tristeza. No quería enfrentarme a
mi verdad.
El
año noventa y ocho me fui de campamento con la parroquia, y allí
pude cambiar de amigos. Empecé a salir con una chica que se llamaba
Lola, muy buena y muy guapa -para qué lo vamos a negar-, y mi
vida empezó a cambiar, porque ya no salía por ahí
para hacer chorradas con mis amigos; ahí empezó una amistad
de verdad.
Y aquel septiembre sucedió el cambio de mi vida. Yo me aburría,
y decidí leer un tebeo sobre la vida de San Agustín. Él
había nacido en una familia cuya madre era cristiana, pero no
se bautizó, y empezó a vivir una vida de diversión,
triunfo y chicas. Pero se sentía vacío, y empezó
a buscar la verdad. Y tras mucho sufrir y mucho buscar, se encontró
con Dios, y su vida cambió, y pasó de ser un vividor a
ser sacerdote, obispo y santo. Cuando yo leí esto me sentí
muy identificado con él, y me pregunté: ¿quién
es este Dios que cambia así la vida de la gente? Y en ese momento,
Dios se me hizo presente internamente, sentí su presencia, y
me di cuenta de que Él me había creado y de que me había
amado hasta encarnarse y dar su vida por mí, y sólo me
pedía que yo le amase a él.
Cuando
caí en la cuenta del amor que Dios me tenía, todo mi interior
se resquebrajó y empecé a amar a Dios y a vivir orando
y hablado con él, dándome cuenta de que yo no podía
vivir como si Dios no existiese.
En
mi corazón quedó una inquietud, como una voz que me decía:
"yo quiero que seas sacerdote". Nunca me había planteado
semejante cosa, y lo primero que dije fue... que no.
Pero
con el tiempo, aquella inquietud se fue perfilando. Y hubo sobre todo
una cosa que me hizo darme cuenta de que Dios me quería todo
para él. Conocí a un chaval que iba siempre de negro -del
que me hice muy amigo- y que me decía que su vida no tenía
sentido, que todo era absurdo para él. Era lo mismo que yo sentía
antes de conocer a Jesucristo. Entonces comencé a hablar con
él para transmitirle la felicidad que yo había encontrado
en Dios. En una ocasión llegó a decirme: "a mi la
vida no me da nada; no me importaría morirme". Aquellas
palabras se me clavaron en el alma, y aquella noche, mientras oraba
y lloraba en presencia de Dios, me di cuenta de que había muchos
en el mundo que, como ese chaval, no tenían sentido en su vida,
aunque no se diesen ni cuenta, y noté cómo Dios me pedía
que me entregase del todo a la misión de llevar el evangelio
a los que no lo conocen.
Entonces
decidí ser sacerdote.
Pero
como no me atrevía a decírselo a mi novia, le dije a Dios:
"Si realmente quieres que sea sacerdote, tú harás
que ella lo deje conmigo". Y le faltó tiempo. Al poco fue
ella la que me dijo que quería dejarlo conmigo, porque... ¡veía
que Dios me llamaba a sacerdote, y que era más de Dios que de
ella!
Fue
la última prueba que necesité.
Dije
que sí, y desde entonces soy la persona más feliz del
mundo; he podido experimentar que merece la pena dar la vida por Jesucristo,
porque sólo él tiene el secreto de la felicidad verdadera.
Si escuchas la voz de Dios que te llama, no seas tonto: ¡dí
que sí!
JESÚS
SILVA CASTIGNANI