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“No olvides el cuidado de ti mismo, y no te entregues a los demás hasta el punto de que no quede nada tuyo para ti mismo. Debes tener ciertamente presentes a las almas, de las que eres pastor, pero sin olvidarte de ti mismo. Comprended, hermanos, que nada es tan necesario a los eclesiásticos como la meditación que precede, acompaña y sigue todas nuestras acciones: Cantaré, dice el profeta, y meditaré (cf. Sal 100, 1). Si administras los sacramentos, hermano, medita lo que haces. Si celebras la Misa, medita lo que ofreces. Si recitas los salmos en el coro, medita a quién y de qué cosa hablas. Si guías a las almas, medita con qué sangre han sido lavadas; y todo se haga entre vosotros en la caridad (1 Cor 16,14). Así podremos superar las dificultades que encontramos cada día, que son innumerables. Por lo demás, esto lo exige la misión que se os ha confiado. Si así lo hacemos, tendremos la fuerza para engendrar a Cristo en nosotros y en los demás”.  

 

Estas palabras subrayan la prioridad de la formación permanente en el sacerdote, como exigencia de fidelidad al ministerio recibido.  El Plan de Formación ofrece ayudas puntuales con el deseo de que sean estímulo para la auténtica formación permanente, que es siempre muy personal.  Ponemos vuestro proceso de renovación y estos programas bajo la protección de María.

  Justo Bermejo del Pozo

Vicario Episcopal para el Clero

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