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TESTIMONIO |
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A la pregunta de; ¿Por qué ser sacerdote? Solo puedo contestar compartiéndoos mi historia, ya que no podemos entender la una vocación sin su relación con una historia personal, que Dios ha hecho por su Amor y Gracia Historia de Salvación. Por lo tanto presentado el protagonista principal de esta historia, que no puede ser otro que Dios, queda concretar como ha ido él concretando en mi vida ese plan salvador, que pensó y quiso para mí, que tiene y quiere para cada uno de nosotros desde siempre. Este plan que no es otro que el desarrollo de nuestro ser “Imagen y Semejanza” suya, a imagen de Cristo hombre perfecto, en el proyecto que él tiene para cada uno y que en nuestro encuentro amoroso con él nos va desvelando. Para este camino, Dios me regaló una familia, donde me dieron la vida y con su amor me hicieron persona, dando respuesta en ese encuentro personal a mí ¿Quién soy yo? A esta pregunta mi padre y mi madre con su amor, me hicieron hijo, mi hermano con su amor fraternal me hizo hermano, y mis abuelos, tíos y primos con su amor, me hicieron miembro de una familia, donde poder crecer, donde poder ser hombre con la dignidad que ello supone. Me acompañaron para salir al encuentro de ese Dios, al que aprendí a adorar y amar a su lado. En este punto recuerdo como fundamental para descubrir el amor de Dios, la compañía de mi abuelo, con el que empecé a ser monaguillo y a descubrir la importancia de la celebración de la Eucaristía. También puso personas en el colegio de Franciscanos de Usera donde estudie, que me fueron mostrando una vocación, a la que el Señor por medio de ellos me fue llamando. Recuerdo con emoción lo que me cuestionó de pequeño, la primera vez que escuché a un sacerdote hablar de su vocación. Recuerdo como ardió mi corazón, en 3 de BUP. Cuando en una Semana Santa pude profundizar, en ese Amor apasionado que Dios nos tiene, y como ese amor que subió a la cruz por mí fue trasformándome. Al año siguiente me confirme en mi parroquia, y los sacramentos especialmente de la Eucaristía y Penitencia, afianzaron su compañía en mi camino mucho más asiduamente. Como recuerdo el bien que me hizo la compañía del Padre Marcelino, con su paciencia y fidelidad en la confesión, mostrándome que el amor de Dios estaba por encima de mis pecados y dificultades. En cuantos momentos la fidelidad del amor de Dios celebrado en la Eucaristía sostuvo mi humilde ser. Como me Evangelizo la vivencia de la amistad, cuanto aprendió lo bello que es amar al lado de los amigos y amigas que Dios me regalo. Y en este fervorín de emociones, me toco vivir COU. Y con ello afrontar el futuro de mi vocación, y al deseo de responder a ese amor de Dios se unió el miedo a dejar en sus manos mi vida, por lo que la presión venció, me deje llevar por los consejos de posponer la decisión, y empecé a estudiar químicas en la facultad. Esta nueva decisión supuso una oportunidad para crecer, ya que Dios me siguió trasformando por su amor, y el amor de tantos testigos suyos que puso en mi camino, que hicieron que su llamada a entregar la vida como respuesta a su amor, no dejara de resonar en mi corazón. Pero también supuso un acomodarme, un buscarme más a mí mismo, haciendo yo los planes de mi vida, en lugar de dejar que Dios hiciera su plan de salvación en mi vida. Así os confieso tanto tiempo perdido, tantas relaciones no aprovechadas y vividas solo en superficialidad, tantos pecados que me separaron de Dios y de mis hermanos, haciendo angustioso a veces mi caminar, donde parecía imposible volver a experimentar ese amor de Dios. En este marco recuerdo el primer día que decidí, en la tibieza de la vida, hablar con un sacerdote del seminario, para afrontar en el marco de la Iglesia, la respuesta de este amor de Dios, que en el fondo de mi corazón no dejaba de llamarme a responderle, ya que nadie había satisfecho mi deseo de felicidad como su amor. Así afronte mi último año de carrera, en el que Dios me regalo experiencias inolvidables. Como me trasformo el verano que pase en Inglaterra, las amistades que allí me regalo Dios, y especialmente la que viví con Raquel, por la que Dios me mostró la posibilidad de vivir relaciones afectivas plenas en el camino al que él me llamaba. Así que a pesar de que me asustaba el reto, me costaba abandonarme en manos de Dios y abandonar los proyectos que ya me había construido. Con la única certeza de esa mirada amorosa de Dios, decidí confiar en el que me había cautivado, ya que la corta experiencia de la vida que tenia, me había mostrado que era allí donde Dios hacía saltar mi corazón. Así pronuncie él “Sí” a la voluntad de Dios, más relevante de mi vida, ya que esta decisión te engloba en un camino determinado, para decir “Sí” a su voluntad todos los días, en las pequeñas decisiones de cada día. Buscaba así que Dios siguiera en mí su obra, respondiendo al deseo de felicidad, que él había puesto en mi corazón y al que solo su amor es capaz de satisfacer. De mi vida en el seminario comentaros, que el Señor a puesto gente que me ha ayudado a mirar mi historia con ojos nuevos, que me ha ayudado a poner con más certeza cada día mi vida en manos de Dios, para que él siga sorprendiéndome en lo cotidiano de la vida con su salvación. De manera que la certeza que tengo es que el Señor camina a mi lado, va trasformado mi vida, va convirtiéndome de mis pecados, de los que no estoy libre, pero de los que cada día voy siendo más consciente del mal que me hacen, e intento con más fuerza abrirme a su gracia, para que su amor me trasforme cada día un poco más, en esa dinámica del amor que en Dios llega a plenitud. Dios ha iluminado la realidad para que la pueda ver con ojos nuevos, haciendo como dice S Pablo “tiempo favorable día de salvación” lo cotidiano de mi vida diaria en la que buscamos como dice, la ratio, (documento eclesial que reflexiona sobre la formación sacerdotal) crecer en la dimensión espiritual, intelectual, humana y pastoral, si bien es cierto que a veces con más o menos acierto, queriendo dejar que Dios ensanche mi corazón a la medida del corazón de Cristo Buen Pastor, que entrego la vida por nosotros sus ovejas, ya que es a él al que tenemos que remitir a todo hombre. En esta tarea cotidiana reconozco el grandísimo bien que me hace compartir mi vida con sacerdotes, que me han hecho participes de su paternidad sacerdotal, en la que he crecido, y que son modelo para la paternidad que un día, si Dios quiere, espero en su nombre ejercer. Cuanto bien me hace participar de la Dirección Espiritual y del sacramento de la Penitencia, como lugares privilegiados para experimentar el amor de Dios. Como me sostiene la vivencia de la Eucaristía, Como lugar en el que sostener la comunión con Dios y con la Iglesia. Comunión necesaria para que Dios siga haciendo de la historia de hombre Historia de Salvación, y que tantas veces esquivo porque me cuesta obedecer, me cuesta amar al que opina distinto y tantas cosa más que me cuestan y que Dios va purificando. También compartiros, el bien que me hace la fraternidad que Dios me ha regalado con hermanos / as míos, con los que me han hecho crecer hacia una afectividad madura, capaz de disfrutar mucho más de lo sencillo de la vida, haciéndome participe del amor humano, como vehículo indispensable para participar del amor de Dios. Por todo esto, quiero invitaros a vivir dejando que en vuestra vida se haga la voluntad de Dios, que es en lo que se resume la vocación que tenemos todos los cristianos a la santidad. Ya que la voluntad de Dios para nuestra vida, colma nuestro deseo de felicidad, que solo en su amor es satisfechos, ya que como dice S. Agustín “Nos has hecho Señor para Ti y solo descansaremos cuando descansemos en Ti”. Terminaré ofreciéndoos mi oración y encomendándome a la vuestra, para que el sueño de Dios para la vida de todos los hombres se cumpla en nosotros y en todos los hombres, muchas gracias. David López Corrales. |